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como coger frente a un espejo

**El umbral de la puerta siempre estuvo condenado.** Valeria tenía dieciséis años cuando sintió por primera vez el peso de otra vida creciendo dentro de ella. Un embarazo que la había arrancado de la adolescencia como una tormenta arranca los pétalos de una flor prematura. Ahora, dieciocho años después, el espejo le devolvía una mujer que había aprendido a sobrevivir con la belleza como escudo y la sensualidad como lenguaje. Su cabello oscuro caía recto, más abajo de los hombros, enmarcando un rostro ovalado donde los pómulos se marcaban como cuchillos bajo la piel. Los ojos grandes, oscuros, delineados con un trazo preciso de kohl que acentuaba su mirada felina. Las cejas gruesas, arqueadas con deliberación, daban a su expresión una intensidad que pocos hombres podían sostener. Los labios carnosos, cubiertos de un nude rosado que brillaba bajo la luz cálida del dormitorio, se entreabrían mientras respiraba hondo. Llevaba un conjunto de lencería negra de encaje semitransparente que apenas contenía sus pechos medianos, la tela tan fina que los pezones oscuros se dibujaban como sombras detrás del patrón floral. Un pareo azul anudado en la cadera izquierda caía suelto, revelando la curva de sus muslos tonificados, largos y delgados, la piel clara a media que brillaba con una suavidad que desafiaba la edad

como coger frente a un espejo
Al otro lado del pasillo, en su habitación, Camila escuchaba el silencio con una tensión que le erizaba la piel. Dieciocho años. La misma edad que su madre cuando la trajo al mundo. La misma edad que tenía cuando el vientre se le hinchó y las amigas la abandonaron y el mundo la señaló con el dedo. Camila había crecido viendo a Valeria reconstruirse, viendo cómo la vergüenza se transformaba en poder, cómo el cuerpo que había sido traicionado por la biología se convertía en un arma que ella empuñaba con precisión quirúrgica. Y ahora, de pie frente al espejo de su propio cuarto, con el cabello recogido en un moño desordenado y una camiseta blanca que le llegaba a los muslos, Camila sentía algo que no tenía nombre. No era admiración. No era envidia. Era hambre. La puerta de la habitación de Valeria se abrió con un susurro. Camila la escuchó moverse por el pasillo, el roce de la tela contra la piel, el tintineo suave de los pendientes pequeños que siempre llevaba. Pasos lentos, deliberados. Como si supiera que alguien la esperaba. —¿No puedes dormir? —la voz de Valeria llegó desde el marco de la puerta, ronca, con ese tono que usaba cuando hablaba consigo misma en el espejo, ese tono que Camila había escuchado a través de las paredes durante años sin entender del todo qué significaba. Camila se giró. La luz del pasillo enmarcaba la silueta de su madre como una aparición. El encaje negro, el pareo azul, la piel pálida. Los ojos oscuros encontrándose con los suyos. —No —respondió Camila, y su voz sonó más ronca de lo que esperaba—
incesto
 No puedo. Valeria entró. Cerró la puerta detrás de ella con un clic que resonó en la habitación como un disparo. Se apoyó contra la madera, los brazos cruzados bajo el pecho, y miró a su hija con una intensidad que hacía que el aire se sintiera espeso. —Yo tampoco —dijo—. Hace mucho que no puedo. El silencio entre ellas era un animal vivo. Camila podía oler el perfume de Valeria—algo floral, algo oscuro, algo que se aferraba a la garganta—y podía ver el latido en la base de su cuello, rápido, insistente. —Mamá... —No me llames así —la interrumpió Valeria, y dio un paso hacia adelante—. No ahora. Otro paso. Las caderas de Valeria se movían con la cadencia lenta de una depredadora que ha encontrado a su presa. El pareo azul se deslizó un poco, revelando más de la curva de su cadera, la piel suave y tensa. —He pensado en esto —continuó Valeria, su voz apenas un susurro—. En ti. En lo que siento cuando te veo caminar por esta casa. En lo que siento cuando te oigo en la ducha y me quedo fuera de la puerta, escuchando el agua caer sobre tu piel. Camila sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Su corazón latía en su garganta, en sus muñecas, en el centro húmedo que palpitaba entre sus piernas. —Yo también —confesó, y las palabras salieron rotas, como vidrio—
madre e hija
Dios, mamá, yo también. Valeria cruzó el espacio que las separaba en dos zancadas. Sus manos—dedos largos, uñas cuidadas, la piel fresca—se posaron en las mejillas de Camila, y la besó. No fue un beso suave. No fue un beso de madre. Fue un beso que contenía dieciocho años de silencio, de miradas furtivas, de deseos que habían sido enterrados bajo capas de vergüenza y miedo. Los labios carnosos de Valeria se movieron contra los de Camila con una urgencia que dolía, la lengua deslizándose entre ellos, saboreando, reclamando. Camila gimió contra su boca, sus manos subiendo para agarrar la cintura de Valeria, sintiendo la piel cálida bajo el encaje. La cintura era estrecha, plana, los músculos abdominales tensos bajo sus dedos. Valeria era delgada pero fuerte, y Camila podía sentir la potencia contenida en cada centímetro de su cuerpo. —Te he deseado desde que eras una niña —murmuró Valeria contra sus labios, y sus manos bajaron por el cuello de Camila, por sus hombros, hasta agarrar el dobladillo de la camiseta blanca—. Desde que tus caderas empezaron a redondearse. Desde que tus pechos empezaron a crecer. Me odié por ello. Me odié durante años. La camiseta cayó al suelo. Camila quedó desnuda ante ella, su piel morena brillando bajo la luz tenue de la lámpara de noche. Sus pechos eran pequeños, firmes, los pezones oscuros y erectos.
putas
Valeria los miró con una devoción que hacía que Camila se sintiera sagrada y profana al mismo tiempo. —Pero ya no me odio —continuó Valeria, y sus dedos rozaron los pezones de Camila, haciéndola jadear—. Ya no me importa lo que esté bien o mal. Solo me importas tú. Se arrodilló. Camila miró hacia abajo, viendo a su madre—a la mujer que la había criado, que le había enseñado a caminar, a hablar, a sobrevivir en un mundo
Valeria se arrodilló frente a Camila con la gravedad de quien ha esperado una vida entera para cometer un pecado. Sus rodillas tocaron la alfombra gastada, y sus manos—esas manos que habían preparado biberones, curado rodillas raspadas, secado lágrimas de niña—ahora subían por los muslos desnudos de su hija con una lentitud que era casi cruel. La piel de Camila era un mapa. Valeria la recorría con la yema de los dedos, memorizando cada centímetro, cada vena azulada que se dibujaba bajo la superficie clara como ríos subterráneos. Los muslos eran firmes, tonificados por años de ejercicio obsesivo, y temblaban bajo su tacto. Valeria podía oler el jabón de la ducha reciente, el aroma limpio de la piel joven, y debajo de eso, algo más profundo—el almizcle cálido del deseo que hacía que su propia boca se llenara de saliva. —Ábrete —ordenó, y su voz no era la de una madre. Era la de una mujer que había decidido dejar de fingir. Camila obedeció. Sus piernas se separaron, y el aire de la habitación golpeó la humedad que brillaba entre sus pliegues. Tenía el vello oscuro, recortado en un triángulo cuidadoso, y los labios exteriores eran gruesos, hinchados, de un rosa más oscuro que el labial que llevaba en la boca. Estaban húmedos.
sexo oral
Resbaladizos. Valeria podía ver el brillo del fluido que ya goteaba hacia el pliegue de su trasero. —Dios mío —susurró Valeria, y su aliento cálido hizo que Camila se estremeciera—. Estás empapada. —Por ti —jadeó Camila, sus dedos buscando el marco de la puerta para sostenerse—. Solo por ti, mami. La palabra cayó entre ellas como una piedra en un estanque. Valeria cerró los ojos un instante, absorbiendo el impacto, y cuando los abrió, su mirada ya no tenía nada de maternal. Era pura hambre. Pura posesión. Su lengua salió, plana y caliente, y lamió desde el perineo hasta el clítoris en un solo movimiento largo y deliberado. El sabor la golpeó como un martillo—ácido, dulce, salado, joven. El sabor de su hija. El sabor de dieciocho años de espera. Valeria gimió contra la carne palpitante y repitió el movimiento, esta vez más lento, deteniéndose en cada pliegue, saboreando cada secreción que brotaba de Camila como una fuente. —Mami... mami, por favor... —Camila tenía la cabeza echada hacia atrás, el cuello arqueado, las venas de su garganta saltando con cada jadeo. Sus pechos pequeños subían y bajaban rápidamente, los pezones tan duros que dolían. Valeria no respondió con palabras. Respondió con su boca.
como coger frente a un espejo
Sus labios se cerraron sobre el clítoris de Camila y chuparon, succionaron, mientras su lengua trazaba círculos rápidos y precisos alrededor del botón hinchado. Sus manos subieron para agarrar las nalgas de su hija, apretando, separando, y uno de sus dedos—el índice, largo y hábil—encontró la entrada empapada y se deslizó dentro sin resistencia. Camila gritó. No fue un grito de dolor. Fue un grito de liberación, de reconocimiento, de años de deseo comprimido que finalmente encontraba su válvula de escape. Su cuerpo se arqueó como un arco tensado, y sus caderas comenzaron a moverse contra la boca de su madre en un ritmo instintivo, animal. —Así —gruñó Valeria contra su clítoris, y el vibración de su voz hizo que Camila temblara—. Fóllate mi cara. Demuéstrame lo que quieres. Camila obedeció. Sus caderas ondulaban, empujando su coño contra la boca hambrienta de Valeria, y sus manos abandonaron el marco de la puerta para enredarse en el cabello oscuro de su madre. Lo agarró con fuerza, tirando, guiándola más profundo, y Valeria gimió de placer al sentir el dolor del cuero cabelludo siendo jalado. Un segundo dedo entró. Luego un tercero.
incesto
 La vagina de Camila se estiraba alrededor de ellos, caliente y resbaladiza, las paredes internas palpitando con cada embestida. Valeria curvó los dedos hacia arriba, buscando ese punto esponjoso que sabía que existía, y cuando lo encontró—cuando sintió la textura diferente, el bulto que hacía que Camila gritara y sus rodillas se doblaran—sonrió contra su carne. —Ahí está —murmuró—. Ahí está mi niña. Camila estaba al borde. Podía sentirlo en la tensión de sus muslos, en el calor que se concentraba en su bajo vientre como un sol naciente, en la forma en que su respiración se volvía cada vez más errática. Estaba a punto de correrse en la boca de su madre, y la idea era tan obscena, tan perfecta, que casi la empujó al abismo por sí sola. Pero Valeria se detuvo. Retiró los dedos, retiró la boca, y Camila gimió de frustración, sus caderas empujando hacia el vacío. —No —dijo Valeria, poniéndose de pie con un solo movimiento fluido. Su boca brillaba con los fluidos de su hija, y sus ojos oscuros tenían una chispa de crueldad que Camila nunca había visto—. No vas a correrte todavía. No hasta que yo lo diga. Agarró a Camila por el brazo y la lanzó sobre la cama. El colchón crujió bajo su peso, y Camila quedó boca abajo, las nalgas pálidas y redondas expuestas, el coño hinchado y brillante entre sus muslos. Valeria se desató el pareo azul con un tirón, dejando caer la tela al suelo, y luego se despojó del conjunto de encaje negro con movimientos rápidos y eficientes. 
madre e hija
 Quedó desnuda. Su cuerpo era un contraste con el de Camila—más maduro, más curvilíneo, los pechos medianos con pezones grandes y oscuros que apuntaban ligeramente hacia abajo, la cintura estrecha pero suavizada por los años, las caderas anchas y femeninas. Entre sus piernas, el vello oscuro estaba húmedo, y sus labios vaginales—más gruesos, más oscuros que los de su hija—brillaban con su propia excitación. Se subió a la cama, colocándose detrás de Camila, y su cuerpo se pegó al de su hija como una segunda piel. Sus pechos presionaron contra la espalda de Camila, sus pezones duros como piedras contra los omóplatos. Su mano derecha se deslizó alrededor de la cintura de Camila, bajando
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