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pastor y la palabra

El estudio quedó en silencio tras el último «amén» transmitido en vivo. Las luces de grabación se apagaron con un zumbido eléctrico, y el aire aún olía a incienso barato y a sudor contenido de una hora de fervor fingido. David se quitó los auriculares, pasándose una mano por el cabello casi rapado, y soltó un suspiro largo. —Buen trabajo, Diana —dijo, sin volverse aún hacia ella—. La audiencia creció un doce por ciento esta semana. Diana sonrió, una sonrisa de niña bien que no llegaba a sus ojos verdes. Se ajustó el escote del vestido azul, un gesto que parecía inocente pero que sabía exactamente lo que hacía.

pastor y la palabra
La tela fina se tensó sobre sus pechos, grandes y naturales, un contraste absurdo con su cuerpo delgado de piernas largas y cintura diminuta. —Gracias, pastor David. —Su voz era dulce, casi virginal. Se acercó a la mesa de mezclas, moviendo las caderas con una cadencia que no era casualidad. Se inclinó para revisar algo, dejando que el escote se abriera lo suficiente para mostrar la curva superior de sus senos, la piel blanca y suave contra el azul del vestido. David la miró.
pastor
Sus ojos oscuros, pequeños, se entrecerraron con una mezcla de advertencia y algo más profundo, más oscuro. —Deberías irte a casa, Diana. Es tarde. —¿Y dejarle todo este equipo a usted solo? —Ella se irguió, pasándose una mano por el pelo largo y ondulado, castaño oscuro, que le caía hasta la mitad de la espalda—. No me parece justo, pastor. Usted trabaja demasiado. El silencio se espesó entre ellos. David tragó saliva, sintiendo el peso de la cruz colgando de su cuello, el anillo de bodas en su dedo. Cuatro hijos. Una esposa que lo esperaba en casa con la cena lista. Un rebaño que lo veneraba. —Diana... —empezó, pero ella ya estaba frente a él, demasiado cerca. Podía oler su perfume, algo floral y dulce que no debería tener efecto sobre él. —¿Sabe qué pienso, pastor? —Sus dedos finos juguetearon con el botón de su camisa—.
infielPienso que usted merece un descanso. De verdad. Alguien que lo consuele de todas esas responsabilidades. David la tomó del brazo, pero su agarre fue débil, vacilante. Ella no retrocedió. Al contrario, se inclinó hacia adelante, y sus labios carnosos, pintados de un rosa suave, rozaron su oído. —Su esposa no sabe lo que tiene, ¿verdad? —susurró—. Cuatro hijos, y usted sigue siendo un hombre joven. Un hombre con necesidades. —Diana, esto no es... —Su voz se quebró cuando ella soltó el botón y deslizó la mano hacia abajo, hasta el cinturón de sus pant
alones. —¿No es qué? ¿Correcto? —Ella se rió, una risa baja y ronca que no tenía nada de inocente—.

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Desde cuándo lo correcto es lo que te hace feliz, pastor. Le desabrochó el cinturón con una habilidad que desmentía cualquier pretensión de pureza. David la miró, hipnotizado, mientras ella se arrodillaba en el suelo frío del estudio, levantando su falda azul lo suficiente para mostrar sus muslos delgados y pálidos. —Déjeme demostrarle lo que una mujer de verdad puede hacer por usted —dijo, y sus dedos ya estaban bajando su cremallera. David quiso detenerla. Quiso invocar el nombre de Dios, de su esposa, de sus hijos. Pero cuando ella sacó su miembro, ya erecto y palpitante, todo pensamiento racional se evaporó. Diana lo tomó con ambas manos, con una reverencia que no era sagrada sino obscena. Sus labios carnosos se abrieron, y se lo llevó a la boca con una lentitud deliberada, saboreándolo como si fuera el fruto prohibido que llevaba años esperando probar.
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David gimió, dejando caer la cabeza hacia atrás. Sus manos encontraron el pelo largo de Diana, enredándose en las ondas castañas, guiándola sin suavidad. Ella no protestó. Al contrario, aceleró el ritmo, tomándolo más profundo, hasta que su nariz fina y respingada rozó su pelvis. —Eres una... —jadeó él, sin terminar la frase. Diana se retiró con un chasquido húmedo, mirándolo con esos ojos verdes que ahora brillaban con malicia. —¿Una qué, pastor? —preguntó, lamiéndose los labios hinchados—. ¿Una zorra? ¿Una pecadora? —Sonrió, una sonrisa que no tenía nada de niña bien—. Soy exactamente lo que usted necesita. Se levantó, y antes de que David pudiera reaccionar, se giró, apoyando las manos en la mesa de mezclas. Levantó la falda azul hasta la cintura, dejando al descubierto su trasero pequeño y redondo, y unas braguitas blancas de algodón que parecían sacadas de un uniforme escolar. —Tómeme, pastor —dijo, mirándolo por encima del hombro—. 
zorraHaga lo que no se atreve a hacer con su esposa. David se acercó, con la respiración pesada. Deslizó las braguitas hacia abajo, y el sonido que hizo Diana fue un gemido de anticipación. La penetró sin preliminares, sin piedad, enterrándose en ella hasta el fondo. Ella gritó, un sonido que mezclaba dolor y placer, y David la agarró de las caderas con fuerza, marcando su piel pálida con sus dedos. —Dios... —jadeó él. —No —dijo ella, apretándose contra él, desafiante—. No Dios. Solo yo. Solo esto. David la embistió con fuerza, sin compasión, cada embestida haciendo que sus pechos grandes y naturales se balancearan bajo el vestido arrugado

pastor y la palabra
Diana gemía, mordiéndose el labio para no gritar, sus uñas arañando la superficie de la mesa. —¿Le gusta, pastor? —preguntó con voz entrecortada—. ¿Le gusta que esta niña bien lo haga pecar? —Cállate —gruñó él, acelerando el ritmo, perdiendo el control. —Nunca —respondió ella, apretando los músculos internos alrededor de él—
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infiel
Quiero que recuerde esto cada vez que predique. Cada vez que mire a su esposa. Quiero que sepa que esta zorra lo tiene enganchado. David gimió, sintiendo el orgasmo acercarse como una ola imparable. Diana se retorció contra él, buscando su propio placer, y cuando lo encontró, se derrumbó con un grito ahogado, sus paredes internas contrayéndose alrededor de él. Eso fue suficiente. David se derramó dentro de ella con un gru
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