El sol de la tarde caía a plomo sobre el barrio, pero don Óscar no lo sentía. Tenía el cuello del polo negro abierto, sudoroso, y el pecho ligeramente velludo asomando con esa dignidad que solo un hombre que se cree José Luis Rodríguez puede tener. Se pasó la mano por el pelo —esa melena negra azulada de tinte de farmacia, con la raíz blanca traicionándolo en las patillas— y sonrió con la boca llena de dientes amarillentos por el café y el cigarro. —Mija, ¿pero cómo? ¿Esa eres tú? La tenía enfrente, parada en la puerta del edificio, con una maleta pequeña y una mochila al hombro. Años sin verla. La última vez que la cargó en brazos, era una escuálida con rodillas peladas y coletas. Ahora... ahora era otra cosa. Ella se llamaba Valeria, pero en el mundo era "La V": reguetonera emergente, portada de revistas digitales, con un tema sonando en las radios locales. Tenía las cejas pobladas, arqueadas con precisión, y los ojos claros que miraban directo, sin parpadear, como si estuviera evaluando si el viejo frente a ella merecía su tiempo. La nariz recta, los labios entreabiertos, la mandíbula definida. El pelo corto, con flequillo lateral, le enmarcaba una cara que era pura actitud. Y el cuerpo... el cuerpo era un pecado. Óscar tragó saliva. Bajo el top deportivo ajustado, las tetas se marcaban firmes, una copa C que no necesitaba sujetador para presumir. Las caderas anchas —95 centímetros de pura promesa— se balanceaban con cada respiro, y el culo, redondo y parado, de unos 90 centímetros de gloria, llenaba los jeans de tiro bajo como si hubieran sido cosidos a medida. —Papá... —dijo ella, con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. No me digas que no me reconoces. —¿Reconocerte? Mija, si tú eras una gusarapita la última vez que te vi. Ahora... —Se acercó, fingiendo abrazarla, pero sus manos se quedaron un segundo de más en su cintura—.

Ahora estás hecha toda una diva. Valeria lo miró. Sabía exactamente lo que estaba pasando. Había visto esa mirada en cientos de hombres, desde productores hasta tipos en la calle. Pero este era su padre. El baladista frustrado, el que cantaba boleros en las fiestas del barrio con su cadena de oro imaginaria, el que juraba que su tinte era natural mientras dejaba el lavamanos manchado de negro. —¿Y ese pelo? —dijo ella, tocándole las patillas—. ¿Sigues con la tinta de la farmacia? —Es natural, mija. Así nací. —Claro, claro. Se rieron, pero había tensión en el aire. Óscar la invitó a subir al apartamento. Dos cuartos, olor a café viejo y a colonia barata. Posters de José Luis Rodríguez y Roberto Carlos en la pared, junto a una guitarra colgada que nadie tocaba desde los 90.

¿Quieres algo de tomar? —preguntó él, yendo a la cocina—. Tengo ron, tengo cerveza... —Tengo una entrevista mañana —dijo ella, sentándose en el sofá—. Mejor algo suave. Óscar volvió con dos vasos y una botella de vino tinto barato. Se sentó a su lado, más cerca de lo necesario. La miró de reojo, y ella lo notó. —¿Qué pasa, papá? ¿Algo en mi cara? —No, no... es que... —Suspiró, pasándose la mano por el pelo—

Es que no puedo creer que seas mi hija. Mira tú, con ese cuerpazo. Yo a tu edad era... —Un artista frustrado —lo cortó ella—. Lo sé. Mamá me contó. —Tu mamá no entendía mi arte. Valeria rio, pero fue un sonido seco. Óscar se inclinó hacia ella, y su mano cayó sobre su muslo. Ella no lo apartó. —Mira, mija... yo sé que han pasado años. Y que tu viejo te falló. Pero ahora que estás aquí, grandota, hecha una mujer... —¿Qué quieres decir, papá? El silencio se estiró. Óscar sintió el pulso en las sienes. El tinte le corría por la frente con el sudor. Estaba a punto de cruzar la línea, y lo sabía. Pero el demonio dentro de él —ese mismo que cantaba "Amante Bandido" frente al espejo— no le dejaba retroceder. —Quiero decir —susurró, acercándose más— que a lo mejor tu viejo puede darte algo que esos productores no te dan. Un hombre de verdad. Valeria lo miró fijamente.

Un segundo, dos. Luego, lentamente, sonrió. Una sonrisa lenta, calculadora. —¿Y qué me darías, papá? No hizo falta más. Óscar la besó. Fue un beso seco, torpe, con sabor a café y a tinte barato. Ella respondió, pero con una frialdad que lo excitaba más. Sus manos subieron por sus muslos, por sus caderas, apretando esa carne firme que había estado imaginando desde que la vio en la puerta. —Ven —dijo él, yendo al dormitorio. Ella lo siguió. El cuarto olía a naftalina y a colonia. Óscar la empujó sobre la cama, sobre la colcha floreada que su exmujer había comprado en los 80. Se quitó el polo negro, mostrando un torso que ya no era el de la portada de su LP imaginario, pero que todavía tenía algo de orgullo. Ella lo observó, sin mover un músculo, con esa expresión seria que había puesto para la cámara. —¿Seguro, papá? —Llámame tu amante bandido —jadeó él, bajándole los jeans. Valeria no opuso resistencia.

Al contrario, alzó las caderas para ayudarlo. Cuando quedó en ropa interior, Óscar contuvo el aliento. Tenía el cuerpo que había visto en los videos de sus canciones, pero en persona era otra cosa. Las tetas, firmes bajo el encaje negro, la piel clara y suave, las caderas anchas que prometían un infierno de placer. —Dios mío —murmuró él, bajándole el sostén. Las tetas cayeron libres. Copa C, pezones rosados, duros ya por la excitación o por el aire acondicionado. Óscar se inclinó y las tomó con la boca, chupando, mordiendo suavemente, mientras sus manos apretaban las nalgas. —Así, papi —dijo ella, con un tono que no era de hija, sino de diosa—. No pares. Él le bajó las bragas. El vello púbico era escaso, recortado en una línea fina.

óscar la levantó de la cama como si pesara nada, y la sentó al borde del colchón. Ella quedó con las piernas abiertas, los muslos temblando apenas, y él se arrodilló entre ellos sintiendo el calor que emanaba de su piel. Las manos le temblaban no por miedo, sino por la urgencia de tenerla toda. —Papá... —susurró ella, pero no era una protesta, era un permiso. Él no perdió tiempo. Le abrió las piernas con las manos, y se inclinó sobre esa vulva que ya estaba húmeda, brillante, con los labios hinchados. La lamió de abajo hacia arriba, lento, saboreando esa mezcla de sal y almizcle que lo volvió loco.

Ella arqueó la espalda, clavando los dedos en sus hombros. —Así, papi —jadeó—. Así. Él le comió la concha con devoción de hombre hambriento. Chupó el clítoris, lo mordisqueó suave, introdujo dos dedos en ella mientras la lengua seguía trabajando. Los dedos se deslizaron fácil, porque estaba empapada, y él los movió en un ritmo que la hizo gemir más fuerte. —Jueputa, sí —dijo ella, apretando las piernas alrededor de su cabeza. Óscar se levantó, se bajó los pantalones y los calzoncillos de una sola vez. Su verga estaba dura, gruesa, con la cabeza morada y brillante de precum. Se la tomó con la mano, se la frotó un par de veces, y ella lo miró directo a los ojos mientras se humedecía los labios. —¿Te la vas a comer, mija? —Dámela, papá. No hizo falta más. Ella se arrodilló en el suelo, frente a él, y tomó esa polla con ambas manos. La lamió desde la base hasta la punta, sin prisa, saboreando cada centímetro. Luego abrió la boca y se la metió entera, hasta el fondo, sin arcadas, y Óscar gimió como un perro. —Jueputa, mija, así, así —jadeó, agarrando su pelo corto con ambas manos. Ella lo mamó con hambre, con la mano apretando la base mientras la cabeza le golpeaba el fondo de la garganta. Él movió las caderas, empujando más profundo, y ella lo tomó sin quejarse. Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero no soltó, no se detuvo. —Para, para —dijo él, retirándose—. No quiero acabar así. Te quiero encima de mí. La levantó y la puso en la cama, boca arriba. Le abrió las piernas y se colocó entre ellas, la cabeza de su verga rozando su entrada. Ella lo miró, con el pelo revuelto y los labios brillantes

¿Seguro, papá? —Llámame tu amante bandido —dijo él, y la penetró de una sola embestida. Ella gimió, un sonido ronco, profundo, mientras él entraba hasta el fondo. Estaba apretada, caliente, perfecta. Óscar comenzó a moverse, primero lento, luego más rápido, hasta que perdió todo control. La embistió sin piedad, con las caderas golpeando contra las suyas, con las manos apretando sus tetas, pellizcando los pezones. —¡Jueputa que rico, papi! —gritó ella, clavándole las uñas en la espalda—. ¡Así, así, no pares! —¿Quién soy? —jadeó él, sudando, con el tinte corriéndole por la frente. —¡Mi amante bandido! —gritó ella—. ¡Mi papi, mi amante bandido, jueputa! Él la volteó de golpe, poniéndola a cuatro patas. Le agarró las caderas, la levantó, y la penetró de nuevo desde atrás, más profundo, más duro. Ella enterró la cara en la almohada, gimiendo, mientras él le daba duro, con las bolas golpeando contra su clítoris. —Ahora el culo —dijo él, y ella no protestó.

Se retiró, escupió en su mano, y se la frotó por el ano. Luego, lentamente, empujó la cabeza. Ella gimió, apretando las sábanas, pero no dijo que parara. Él siguió empujando, centímetro a centímetro, hasta que estuvo entero dentro de ella. —Jueputa, papi —jadeó ella—. Ese culo... es tuyo. Óscar comenzó a moverse, primero lento, sintiendo cada pliegue, cada apretón. Luego más rápido, más duro, hasta que la cama golpeaba contra la pared. Ella gritaba, sin control, con el culo temblando contra su pelvis. —¡Me voy a venir! —gritó ella—. ¡Papi, me voy a venir! —Vente, mija —jadeó él—. Vente en la verga de tu papi. Ella se vino con un grito largo, desgarrado, apretando todo a su alrededor. Él aguantó, sintiendo esas contracciones, y luego, cuando ella se relajó, se retiró del culo y se subió sobre su cara. —Abre la boca —ordenó. Ella obedeció. Él se masturbó sobre su cara, rápido, con la respiración rota, y se vino en su boca, en sus mejillas, en su pelo. Ella lo tomó, tragó, y lo miró con esos ojos claros, llenos de saliva y semen. —¿Y ahora, papá? —preguntó, lamiéndose los labios. Óscar cayó a su lado, agotado, con el corazón latiendo como un tambor. La abrazó, sintiendo su cuerpo sudado contra el suyo, y sonrió. —Ahora —dijo—, vamos a repetirlo. Porque yo soy tu amante bandido, y tú eres mi diva. Para siempre.

Ahora estás hecha toda una diva. Valeria lo miró. Sabía exactamente lo que estaba pasando. Había visto esa mirada en cientos de hombres, desde productores hasta tipos en la calle. Pero este era su padre. El baladista frustrado, el que cantaba boleros en las fiestas del barrio con su cadena de oro imaginaria, el que juraba que su tinte era natural mientras dejaba el lavamanos manchado de negro. —¿Y ese pelo? —dijo ella, tocándole las patillas—. ¿Sigues con la tinta de la farmacia? —Es natural, mija. Así nací. —Claro, claro. Se rieron, pero había tensión en el aire. Óscar la invitó a subir al apartamento. Dos cuartos, olor a café viejo y a colonia barata. Posters de José Luis Rodríguez y Roberto Carlos en la pared, junto a una guitarra colgada que nadie tocaba desde los 90.

¿Quieres algo de tomar? —preguntó él, yendo a la cocina—. Tengo ron, tengo cerveza... —Tengo una entrevista mañana —dijo ella, sentándose en el sofá—. Mejor algo suave. Óscar volvió con dos vasos y una botella de vino tinto barato. Se sentó a su lado, más cerca de lo necesario. La miró de reojo, y ella lo notó. —¿Qué pasa, papá? ¿Algo en mi cara? —No, no... es que... —Suspiró, pasándose la mano por el pelo—

Es que no puedo creer que seas mi hija. Mira tú, con ese cuerpazo. Yo a tu edad era... —Un artista frustrado —lo cortó ella—. Lo sé. Mamá me contó. —Tu mamá no entendía mi arte. Valeria rio, pero fue un sonido seco. Óscar se inclinó hacia ella, y su mano cayó sobre su muslo. Ella no lo apartó. —Mira, mija... yo sé que han pasado años. Y que tu viejo te falló. Pero ahora que estás aquí, grandota, hecha una mujer... —¿Qué quieres decir, papá? El silencio se estiró. Óscar sintió el pulso en las sienes. El tinte le corría por la frente con el sudor. Estaba a punto de cruzar la línea, y lo sabía. Pero el demonio dentro de él —ese mismo que cantaba "Amante Bandido" frente al espejo— no le dejaba retroceder. —Quiero decir —susurró, acercándose más— que a lo mejor tu viejo puede darte algo que esos productores no te dan. Un hombre de verdad. Valeria lo miró fijamente.

Un segundo, dos. Luego, lentamente, sonrió. Una sonrisa lenta, calculadora. —¿Y qué me darías, papá? No hizo falta más. Óscar la besó. Fue un beso seco, torpe, con sabor a café y a tinte barato. Ella respondió, pero con una frialdad que lo excitaba más. Sus manos subieron por sus muslos, por sus caderas, apretando esa carne firme que había estado imaginando desde que la vio en la puerta. —Ven —dijo él, yendo al dormitorio. Ella lo siguió. El cuarto olía a naftalina y a colonia. Óscar la empujó sobre la cama, sobre la colcha floreada que su exmujer había comprado en los 80. Se quitó el polo negro, mostrando un torso que ya no era el de la portada de su LP imaginario, pero que todavía tenía algo de orgullo. Ella lo observó, sin mover un músculo, con esa expresión seria que había puesto para la cámara. —¿Seguro, papá? —Llámame tu amante bandido —jadeó él, bajándole los jeans. Valeria no opuso resistencia.

Al contrario, alzó las caderas para ayudarlo. Cuando quedó en ropa interior, Óscar contuvo el aliento. Tenía el cuerpo que había visto en los videos de sus canciones, pero en persona era otra cosa. Las tetas, firmes bajo el encaje negro, la piel clara y suave, las caderas anchas que prometían un infierno de placer. —Dios mío —murmuró él, bajándole el sostén. Las tetas cayeron libres. Copa C, pezones rosados, duros ya por la excitación o por el aire acondicionado. Óscar se inclinó y las tomó con la boca, chupando, mordiendo suavemente, mientras sus manos apretaban las nalgas. —Así, papi —dijo ella, con un tono que no era de hija, sino de diosa—. No pares. Él le bajó las bragas. El vello púbico era escaso, recortado en una línea fina.

óscar la levantó de la cama como si pesara nada, y la sentó al borde del colchón. Ella quedó con las piernas abiertas, los muslos temblando apenas, y él se arrodilló entre ellos sintiendo el calor que emanaba de su piel. Las manos le temblaban no por miedo, sino por la urgencia de tenerla toda. —Papá... —susurró ella, pero no era una protesta, era un permiso. Él no perdió tiempo. Le abrió las piernas con las manos, y se inclinó sobre esa vulva que ya estaba húmeda, brillante, con los labios hinchados. La lamió de abajo hacia arriba, lento, saboreando esa mezcla de sal y almizcle que lo volvió loco.

Ella arqueó la espalda, clavando los dedos en sus hombros. —Así, papi —jadeó—. Así. Él le comió la concha con devoción de hombre hambriento. Chupó el clítoris, lo mordisqueó suave, introdujo dos dedos en ella mientras la lengua seguía trabajando. Los dedos se deslizaron fácil, porque estaba empapada, y él los movió en un ritmo que la hizo gemir más fuerte. —Jueputa, sí —dijo ella, apretando las piernas alrededor de su cabeza. Óscar se levantó, se bajó los pantalones y los calzoncillos de una sola vez. Su verga estaba dura, gruesa, con la cabeza morada y brillante de precum. Se la tomó con la mano, se la frotó un par de veces, y ella lo miró directo a los ojos mientras se humedecía los labios. —¿Te la vas a comer, mija? —Dámela, papá. No hizo falta más. Ella se arrodilló en el suelo, frente a él, y tomó esa polla con ambas manos. La lamió desde la base hasta la punta, sin prisa, saboreando cada centímetro. Luego abrió la boca y se la metió entera, hasta el fondo, sin arcadas, y Óscar gimió como un perro. —Jueputa, mija, así, así —jadeó, agarrando su pelo corto con ambas manos. Ella lo mamó con hambre, con la mano apretando la base mientras la cabeza le golpeaba el fondo de la garganta. Él movió las caderas, empujando más profundo, y ella lo tomó sin quejarse. Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero no soltó, no se detuvo. —Para, para —dijo él, retirándose—. No quiero acabar así. Te quiero encima de mí. La levantó y la puso en la cama, boca arriba. Le abrió las piernas y se colocó entre ellas, la cabeza de su verga rozando su entrada. Ella lo miró, con el pelo revuelto y los labios brillantes

¿Seguro, papá? —Llámame tu amante bandido —dijo él, y la penetró de una sola embestida. Ella gimió, un sonido ronco, profundo, mientras él entraba hasta el fondo. Estaba apretada, caliente, perfecta. Óscar comenzó a moverse, primero lento, luego más rápido, hasta que perdió todo control. La embistió sin piedad, con las caderas golpeando contra las suyas, con las manos apretando sus tetas, pellizcando los pezones. —¡Jueputa que rico, papi! —gritó ella, clavándole las uñas en la espalda—. ¡Así, así, no pares! —¿Quién soy? —jadeó él, sudando, con el tinte corriéndole por la frente. —¡Mi amante bandido! —gritó ella—. ¡Mi papi, mi amante bandido, jueputa! Él la volteó de golpe, poniéndola a cuatro patas. Le agarró las caderas, la levantó, y la penetró de nuevo desde atrás, más profundo, más duro. Ella enterró la cara en la almohada, gimiendo, mientras él le daba duro, con las bolas golpeando contra su clítoris. —Ahora el culo —dijo él, y ella no protestó.

Se retiró, escupió en su mano, y se la frotó por el ano. Luego, lentamente, empujó la cabeza. Ella gimió, apretando las sábanas, pero no dijo que parara. Él siguió empujando, centímetro a centímetro, hasta que estuvo entero dentro de ella. —Jueputa, papi —jadeó ella—. Ese culo... es tuyo. Óscar comenzó a moverse, primero lento, sintiendo cada pliegue, cada apretón. Luego más rápido, más duro, hasta que la cama golpeaba contra la pared. Ella gritaba, sin control, con el culo temblando contra su pelvis. —¡Me voy a venir! —gritó ella—. ¡Papi, me voy a venir! —Vente, mija —jadeó él—. Vente en la verga de tu papi. Ella se vino con un grito largo, desgarrado, apretando todo a su alrededor. Él aguantó, sintiendo esas contracciones, y luego, cuando ella se relajó, se retiró del culo y se subió sobre su cara. —Abre la boca —ordenó. Ella obedeció. Él se masturbó sobre su cara, rápido, con la respiración rota, y se vino en su boca, en sus mejillas, en su pelo. Ella lo tomó, tragó, y lo miró con esos ojos claros, llenos de saliva y semen. —¿Y ahora, papá? —preguntó, lamiéndose los labios. Óscar cayó a su lado, agotado, con el corazón latiendo como un tambor. La abrazó, sintiendo su cuerpo sudado contra el suyo, y sonrió. —Ahora —dijo—, vamos a repetirlo. Porque yo soy tu amante bandido, y tú eres mi diva. Para siempre.
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