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mi madre mi primera vez

El calor de aquella noche de verano se pegaba a la piel como una segunda membrana, espeso y húmedo. Santy la observaba desde el umbral de la cocina, el borde de una botella de cerveza fría presionado contra sus labios. Tenía dieciocho años, la edad en la que un hombre joven descubre que el mundo está lleno de mujeres, y que ninguna de ellas le hacía cosquillas en el vientre como lo hacía su propia madre. Adrina Corredor, a sus cuarenta y un años, era un milagro de la genética y las sentadillas. Desde la distancia, con esa luz amarillenta filtrándose desde la sala, parecía una mujer de treinta. Su cuerpo pequeño, de apenas un metro con cuarenta y nueve centímetros, era un compendio de curvas calculadas para destruir la compostura de cualquier hombre. Sus caderas anchas, su cintura que se estrechaba en un vértice imposible, sus senos que llenaban de manera obscena la tela de aquel bralette negro de triple tira lateral. La ropa interior que ella había modelado en aquella sesión fotográfica que su hijo había descubierto meses atrás, escondida en el cajón de su cómoda, impresa en papel fotográfico brillante, con el logo de la marca de lencería en la esquina. Santy había pasado noches enteras con esas fotos. Se las imaginaba en cada postura, las había memorizado hasta el más mínimo pliegue de tela. El tatuaje de la mariposa en su abdomen bajo, justo sobre la línea del panty, se había convertido en su obsesión.

mi madre mi primera vezSe masturbaba con una furia silenciosa en la ducha, con el agua fría para no dejar rastro, mientras el recuerdo de esa mariposa de alas sombreadas danzaba detrás de sus párpados. Y luego estaban los gemidos. Su madre creía que la casa era insonorizada. Creía que los finos muros de aquel departamento de clase media en Caracas eran muros de castillo. Santy había crecido escuchando sus suspiros de placer cuando traía a sus "amigos", hombres ocasionales que desaparecían al amanecer. Al principio, siendo niño, no entendía. Ahora, con la testosterona quemándole la sangre, cada gemido era una tortura dulce. Se acostaba en su cama, la mano en el boxer, y la imaginaba debajo de esos tipos, sus pequeñas manos aferradas a las sábanas, sus muslos abiertos. Aquella noche, sin embargo, había algo diferente en el aire. Un cambio en la energía, un magnetismo nuevo que hacía que el vello de sus brazos se erizara. Adrina estaba sentada en el sofá, una copa de vino tinto en la mano, vestida solo con aquel conjunto de lencería que Santy conocía de memoria.

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No era una puesta en escena casual: era la misma ropa interior de la sesión. La misma que él había visto en las fotos que ella había borrado de sus redes sociales años atrás. —Ven, siéntate conmigo —dijo ella, y su voz tenía un tono que Santy no le había escuchado nunca. Un tono que no era maternal, que era líquido, que envolvía. Santy obedeció. Dejó la botella en la mesita de centro y se sentó a su lado, sintiendo el calor que irradiaba su cuerpo diminuto. El bralette negro apenas cubría sus pechos, y desde su ángulo, podía ver la curva inferior de sus senos, la sombra del escote en V profundo que se sumergía hacia un valle que él había soñado tocar. —Estás muy callado, mi amor —murmuró Adrina, pasando su mano por la pierna de su hijo. El contacto fue una descarga eléctrica.
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Santy se tensó, pero no se apartó. Los dedos de su madre, pequeños y delicados, trazaban círculos lentos sobre el denim de sus jeans. —Es que... estoy cansado —mintió, con la voz ronca. —¿Seguro? —Ella inclinó la cabeza, sus ojos almendrados de un verde esmeralda intenso fijos en él. Su rostro, con ese toque asiático que le daba un aire exótico, estaba a centímetros del suyo. Podía oler su perfume, una mezcla de vainilla y algo más profundo, más animal. Adrina se inclinó hacia adelante, y su mano subió desde la pierna hasta el muslo. Santy sintió su corazón latiendo en la garganta. El silencio se volvió denso, cargado de una electricidad que no podía nombrarse. —He visto cómo me miras, Santy —dijo ella, con una sonrisa lenta que le mostró los dientes perfectos—. No soy tonta. El mundo se detuvo. Santy abrió la boca para negar, para inventar una excusa, pero las palabras se le murieron en la lengua cuando su madre se movió con una agilidad felina y se sentó a horcajadas sobre sus muslos. Su cuerpo diminuto, pero increíblemente firme, se acomodó sobre su entrepierna.
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Santy sintió el calor húmedo de su madre a través del panty de tela negra, presionando contra su erección que ya era dolorosa, dura como una piedra. Adrina sonrió, un destello de triunfo en sus ojos verdes. —Toda la vida he sido modelo, mi amor —susurró, frotándose lentamente contra él—. Sé perfectamente el efecto que tengo en los hombres. Y tú... tú ya no eres un niño. Sus manos subieron por el pecho de Santy, jugando con los botones de su camisa. Él estaba paralizado, atrapado entre la culpa y un deseo tan abrumador que nublaba su razón. —Mamá... —logró decir, pero la palabra salió débil, sin convicción. —Shh —Adrina puso un dedo sobre sus labios—. No digas nada. Solo déjame mostrarte. Ella bajó de su regazo, y antes de que Santy pudiera reaccionar, se arrodilló frente a él en el suelo alfombrado. Sus manos pequeñas trabajaron en el botón de sus jeans, bajando el cierre con una destreza que hablaba de práctica y de deseo contenido.
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—He visto cómo te tocas en la ducha —confesó ella, mientras tiraba del denim hacia abajo, liberando su erección que se alzaba rígida contra el algodón de su boxer—. Las paredes son finas, mi amor. Santy jadeó cuando su madre bajó el boxer, y su polla salió a la luz, gruesa, congestionada, con la punta brillante de líquido preseminal. Adrina lo miró con una devoción casi religiosa, sus dedos envolviendo el eje, sintiendo las venas latiendo bajo la piel caliente. —Qué hermoso eres —murmuró, y sin más preámbulo, se inclinó y tomó la cabeza de su polla en su boca. El calor húmedo de su lengua fue una revelación. Santy arqueó la espalda, su cabeza cayendo hacia atrás, un gruñido ronco escapando de su garganta. Su madre succionaba con una lentitud tortuosa, su lengua jugando con el frenillo, sus labios deslizándose por el glande antes de tomar más profundamente, hasta que su nariz rozó el vello púbico de su hijo. —Mierda... mamá... —jadeó Santy, sus manos aferrándose al cabello castaño oscuro de Adrina, guiándola sin control. Ella no protestó. Al contrario, gimió de placer, las vibraciones recorriendo la polla de su hijo, haciéndolo retorcerse. Sus ojos verdes se alzaron para encontrarse con los suyos, una mirada cargada de lujuria y complicidad. Cuando finalmente se separó, con un hilo de saliva conectando sus labios a la punta de su polla, se levantó y se quitó el bralette con un movimiento fluido. Sus pechos cayeron libres, firmes, con los pezones erectos y oscuros, que Santy se devoró con la mirada. —Quiero que me cojas, Santy —dijo ella, deslizando su panty hacia abajo por sus caderas, revelando su vello púbico oscuro y recortado, y justo encima, el tatuaje de la mariposa, sombreado y delicado, que él había adorado en secreto—. Quiero que me cojas como lo has soñado. Santy la tomó en sus brazos, sorprendido por lo liviana que era, y la llevó a su habitación. La arrojó sobre la cama, y se quitó la ropa con una prisa frenética. Adrina lo observaba, sus muslos abiertos, su coño brillante y rosado, húmedo de deseo. Él se posicionó entre sus piernas, la punta de su polla presionando contra su entrada, y la miró a los ojos
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—¿Estás segura? —preguntó, su voz ronca por la necesidad. —Hazme tuya, Santy —respondió ella, abriendo más las piernas—. Hazme tu perra. Y él la penetró. Fue un deslizamiento húmedo y caliente, un abrazo que lo succionó hasta el fondo. Adrina gimió, sus uñas clavándose en la espalda de su hijo, sus pies enganchados alrededor de su cintura. Santy se movió con una furia contenida, cada embestida más profunda que la anterior, el sonido de sus cuerpos chocando llenando la habitación. —Así... así, mi amor... —jadeaba Adrina, sus senos rebotando con cada golpe—. No pares... no pares... Santy la tomó en todas las posiciones que había imaginado. La puso de espaldas, de lado, la arrodilló para ver ese tatuaje de mariposa desde atrás mientras entraba en ella con una violencia que la hacía gritar de placer. Le dio nalgadas, viendo cómo la carne blanca se enrojecía bajo sus palmas. —Eres mía —gruñó, su polla enterrada hasta el fondo, sintiendo cómo el coño de su madre se contraía a su alrededor—
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 Solo mía. —Tuya... —gimió Adrina, el sudor perlando su frente—. Siempre tuya... Y cuando finalmente la montó a horcajadas, con su madre sentada sobre él, sus pechos en su cara, él la besó con una pasión que trascendía todo límite, mientras ella cabalgaba, sus caderas moviéndose en círculos, exprimiendo cada gota de placer. —Me voy a venir... —jadeó Adrina, sus ojos verdes nublados—. Me voy a venir contigo dentro..
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—Ven, mamá —gruñó Santy, sus manos aferrando sus nalgas, guiándola en un ritmo frenético—. Ven conmigo... El orgasmo los golpeó a ambos como una ola. Adrina se tensó, un grito ahogado escapando de sus labios, su coño agarrotándose alrededor de la polla de su hijo con una fuerza sobrecogedora. Santy rugió, su cuerpo convulsionándose mientras se derramaba dentro de ella, chorros de semen caliente que llenaban su matriz. Se quedaron así, abrazados, jadeando, el sudor pegando sus cuerpos.
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Adrina se acurrucó contra el pecho de su hijo, sus dedos trazando círculos perezosos sobre su piel. —Esto... no puede volver a pasar —murmuró ella, sin convicción. Santy sonrió, levantando su barbilla para mirarla a los ojos. —Por supuesto que no —dijo, con una sonrisa de lobo—. La próxima vez, será mejor.
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