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La Comic - Máscara de la Esclava: Una Fantasía Prohibida

La Comic  - Máscara de la Esclava: Una Fantasía Prohibida
En las sombras de una ciudad ficticia llamada Narcohaven, donde el poder se mide en billetes sucios y lealtades rotas, vivíamos nosotros: yo, el cornudo devoto con un fetiche insaciable por ver a mi esposa convertida en el centro de placeres ajenos, y ella, mi hotwife audaz, una mujer de curvas hipnóticas, tetas grandes que desafiaban la gravedad y un culo redondo que hacía girar cabezas. Nuestra vida era monótona hasta que decidimos jugar con fuego. Ella siempre había fantaseado con ser una prostituta anónima, una esclava del deseo que se entregaba sin consecuencias.

Yo, excitado por la humillación, la animé a disfrazarse y sumergirse en ese mundo oscuro.





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Todo empezó una noche de luna llena, cuando ella se transformó. Se puso un disfraz de esclava inspirado en leyendas antiguas: una máscara negra que cubría sus ojos y nariz, dejando solo su boca roja y carnosa al descubierto, como una invitación silenciosa. Llevaba cadenas finas en las muñecas, un corsé de cuero que apretaba sus tetas hasta hacerlas rebosar, y una falda corta que apenas ocultaba su coño depilado y húmedo. "Nadie me reconocerá, cornudito", me susurró con una sonrisa malvada, mientras yo temblaba de celos y excitación, encerrado en mi chastity para no poder tocarme. "Voy a chupar vergas de extraños por dinero, y tú solo podrás imaginarlo después




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A través de contactos oscuros en la red, contactó con un cartel de narcos ficticios, liderados por un capo llamado El Toro, un hombre musculoso con tatuajes que serpenteaban por su cuerpo como venas de poder. Ellos buscaban "entretenimiento discreto" para una fiesta privada en su mansión fortificada, llena de invitados: sicarios endurecidos, socios corruptos y aliados con bultos prominentes en los pantalones. "Queremos una puta que sepa tragar sin quejas", le dijeron en el mensaje. Ella aceptó por una suma ridícula: 10,000 dólares por noche, más propinas si los dejaba secos. "Seré su esclava oral", respondió ella, y yo, escondido en casa, me masturbé poquito imaginando lo que vendría.



Llegó a la mansión en un auto negro, con la máscara puesta y el disfraz ajustado. La recibieron en un salón iluminado por luces rojas, donde el humo de cigarros caros flotaba como niebla. El Toro la miró de arriba abajo, agarrando su culo con una mano callosa. "Buena elección, esclava. Hay 15 invitados esta noche. Tu boca es nuestra. Chupa hasta que todos se corran, y traga cada gota. Si lo haces bien, el dinero será tuyo". Ella asintió, arrodillándose en el centro de la habitación, donde un círculo de hombres se formó alrededor. Eran machos rudos, con pollas gruesas y venosas, algunas curvas como serpientes, otras rectas como pistolas cargadas.
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Empezó suave, como en nuestras fantasías iniciales de tríos. El Toro fue el primero: sacó su verga enorme, de al menos 20 cm, y la metió en su boca enmascarada. Ella chupó despacio, lamiendo la cabeza hinchada, succionando como una experta mientras él gemía "¡Así, puta! Traga mi poder". Yo, en casa, recibía mensajes suyos: "Su verga es más grande que la tuya, cornudo. Me está ahogando la garganta". Pronto se unió otro, un sicario con una polla tatuada, metiéndosela por un lado mientras ella alternaba, chupando uno y masturbando al otro con manos encadenadas. "Mira cómo trabaja esta esclava", reían ellos, y ella respondía con gemidos ahogados, su saliva goteando por el mentón.

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Pero la fantasía escaló rápido a lo pervertido. Los narcos la rodearon como lobos, turnándose en su boca. Uno tras otro, le metían las vergas profundas, follando su garganta hasta que las lágrimas corrían bajo la máscara. "¡Traga, zorra! ¡Sé nuestra lechera humana!", gritaban. Ella obedecía, chupando con fruición: lamía huevos pesados, succionaba cabezas palpitantes, dejaba que le corrieran en la lengua antes de tragar. El tercero se corrió primero, un chorro caliente y espeso que ella engulló con un gemido, seguido de otro que le llenó la boca hasta rebosar, semen blanco escapando por las comisuras. "Buena chica, no desperdicies ni una gota", la alababan, dándole palmadas en las tetas expuestas.

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Pronto era un gangbang oral caótico: cinco a la vez, pollas en su boca, en sus manos, rozando su máscara. Uno la agarró del pelo (falso, parte del disfraz) y la hizo deepthroat brutal, corriéndose directo en su estómago. Otro le ordenó abrir la boca para que todos escupieran semen dentro, como un ritual depravado. Ella tragaba y tragaba, su barriga hinchándose con litros de leche caliente, salada y viscosa, mezcla de sabores prohibidos. "Soy su puta anónima", pensaba ella, excitada por el poder, mientras los narcos la humillaban: "Esta esclava traga mejor que cualquier puta real. ¡Toma más, perra!".



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Al final de la noche, después de chupar a los 15 –algunos dos veces–, ella estaba exhausta, rodillas magulladas, boca hinchada y llena de residuos pegajosos. Habían eyaculado tanto que su disfraz estaba salpicado de semen seco, pero la máscara la mantuvo invisible, una sombra en la fiesta. El Toro le dio un maletín con 15,000 dólares –propinas incluidas por "tragar como campeona"–. "Vuelve cuando quieras, esclava.



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Nadie sabe quién eres". Ella salió tambaleante, con la panza llena de leche tragada, coño empapado de excitación no saciada, y una sonrisa triunfante bajo la máscara.



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De vuelta en casa, me lo contó todo, detalle por detalle, mientras yo lamía los restos de semen de su disfraz. "Tragué tanto por ti, cornudito patético. Ellos me llenaron como tú nunca podrías". Me humilló con fotos borrosas de la fiesta, y yo, liberado del chastity, me corrí al instante, sabiendo que nuestra fantasía solo acababa de empezar. En Narcohaven, ella era la reina enmascarada, rica y satisfecha, y yo, su cornudo eterno, adicto a su depravación.

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