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Taxista nocturno

cuando yo comencé en el taxi tenía el turno de tarde noche, desde las siete de la tarde hasta las ocho de la mañana, en ese turno tenías que llevar a la gente a cenar, al cine, las discotecas y cuando eso se acaba hay que ir al barrio chino para buscar clientes, una noche me cogió un negro que acababa de dejar a sus prostitutas trabajando y me pidió que lo llevara a un barrio de las afueras, fuimos charlando animadamente, y entonces le pregunté ¿Es verdad que los negros teneis las vergas más grandes? no se como se me ocurrió preguntarle eso, pero se lo solté, el me dijo hombre con los negros pasa lo mismo que con los blancos, unos la tienen más grande, otros la tienen más gorda y los hay que la tienen más grande y más gorda, total que no me aclaró nada, cuando llegamos al destino me quiso pagar con tarjeta pero mi datáfono se había estropeado, y me dijo aparca y subes a mi casa que allí tengo dinero, y así lo hicimos,
El taxista aparcó el coche con las manos ligeramente sudorosas. El corazón le latía con fuerza contra las costillas mientras subía las escaleras detrás del pasajero, un hombre alto de piel oscura que respondía al nombre de Marcus. Cada peldaño resonaba en el silencio del edificio de las afueras, un bloque de apartamentos modesto donde las luces de los pasillos parpadeaban con indiferencia.
—No te preocupes por el ruido —dijo Marcus por encima del hombro, sacando un manojo de llaves—. Roberto siempre pone el volumen alto. Es... cómo decirlo... un apasionado del cine.
El taxista no supo si reír o sentir aprensión. La verdad es que llevaba toda la noche con una mezcla de curiosidad y excitación contenida desde que inició aquella conversación sobre anatomía en el coche. La pregunta que había soltado, impulsivo, sobre los estereotipos raciales, le había valido una respuesta evasiva pero amable. Y ahora, aquí estaba, siguiendo a un desconocido hasta su casa a las tres de la mañana porque su datáfono decidió morirse justo esa noche.
Marcus abrió la puerta y el sonido los envolvió como una ola. Gemidos femeninos amplificados por los altavoces, el característico golpeteo de los muebles contra la pared que solo produce el cine para adultos, y entre todo ese ruido, el chirrido de un sillón de cuero al girar.
—¡Roberto, hostia! —gritó Marcus cerrando la puerta—. ¿Otra vez con eso a todo volumen? Tenemos visita.
El taxista parpadeó mientras sus ojos se ajustaban a la penumbra del salón. El apartamento era pequeño pero ordenado, con posters de películas de acción en las paredes y una cocina americana donde olía a café reciente. Pero su atención se dirigió inevitablemente hacia la sala de estar, donde la televisión de pantalla plana mostraba una escena explícita: una mujer de pelo rubio siendo penetrada simultáneamente por dos hombres de piel oscura, ambos dotados de una anatomía que hacía que el taxista se humedeciera los labios involuntariamente.
—Dije que subiría a cobrar... —murmuró el taxista, más para sí mismo que para nadie.
—Y vas a cobrar —respondió Marcus con una sonrisa perezosa, quitándose la chaqueta—. Pero relájate, hombre. No muerdo. Bueno, no sin permiso.
El sillón giró completamente y Roberto se reveló. Era más joven que Marcus, quizás veinticinco o veintiséis años, con un cuerpo atlético que se adivinaba bajo una camiseta ajustada. Su pelo afro formaba una corona perfecta alrededor de un rostro de rasgos delicados pero masculinos. Pero lo que capturó toda la atención del taxista fue lo que asomaba por debajo de la camiseta, o más bien, lo que sobresalía por el borde de sus pantalones de chándal abiertos.
El taxista sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Roberto no se había estado "haciendo una paja" de cualquier manera. Sostenía con una mano un miembro que desafiaba la gravedad y la proporción humana. Veintitró o veinticuatro centímetros de longitud, quizás más, con un grosor que hacía que la mano de Roberto, grande por cierto, pareciera pequeña al agarrarlo. La punta brillaba con el lubricante natural de la excitación, y las venas marcaban un mapa de deseo bajo la piel oscura y satinada.
—Joder, Marcus —dijo Roberto sin vergüenza alguna, moviendo la mano en una caricia lenta, casi exhibicionista—. Has traído un fan. Mira esos ojos.
El taxista se dio cuenta de que había estado mirando fijamente, con la boca ligeramente abierta, sintiendo un calor intenso subir por su cuello hasta las mejillas. Era una mezcla de vergüenza y fascinación pura, animal. Nunca había visto algo así en persona. Las historias, los rumores, los videos, nada preparaba a uno para la realidad física de semejante... presencia.
—Te dije que con los negros pasa como con los blancos —murmuró Marcus acercándose por detrás del taxista, haciendo que este se sobresaltara al sentir el calor de su cuerpo—. Pero Roberto aquí... es lo que se dice una excepción estadística. Un caso de estudio.
—Cállate, Marcus —rió Roberto, pero no dejó de masturbarse, ahora con la mirada fija en el taxista, evaluándolo de arriba abajo—. El blanquito parece que va a desmayarse. ¿Seguro que es consentimiento lo que estamos viendo, o es shock?
—Pregúntale —sugirió Marcus, y su aliento rozó la oreja del taxista.
—Yo... yo solo quería cobrar la carrera —logró articular el taxista, aunque su voz salió ronca, casi un susurro.
Roberto se levantó del sillón con una fluidez felina, su miembro erguido apuntando hacia el techo, desafiando cualquier intento de ignorarlo. Caminó hasta donde el taxista estaba paralizado cerca de la puerta, y el movimiento hacía que su anatomía se balanceara pesadamente, hipnótico.
—Cincuenta euros, ¿verdad? —preguntó Roberto, deteniéndose a escasos centímetros. Su olor era intenso, masculino, a limpio pero con algo salvaje debajo—. O cincuenta y cinco con la propina.
El taxista asintió, incapaz de desviar la mirada. Roberto estaba tan cerca que podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo, podía ver cada detalle: la textura de su piel, la curvatura de su miembro, la gota perlada en la punta que amenazaba con caer.
—No tengo efectivo arriba —dijo Roberto, y su voz bajó un tono, volviéndose ronca—. Pero estoy seguro de que podemos llegar a un acuerdo.
Marcus se había movido para bloquear cualquier retirada, aunque el taxista no estaba seguro de querer irse. La noche había tomado un giro surrealista, como si el salón se hubiera convertido en un escenario donde la realidad normal no aplicaba.
—Tú preguntaste si era verdad —recordó Marcus, y su mano se posó en el hombro del taxista, masajeándolo con firmeza—. Sería una pena dejarte con la duda.
Roberto dio un paso más, invadiendo completamente el espacio personal del taxista. Su miembro rozó ahora el abdomen del hombre a través de la camisa, dejando una marca húmeda que traspasaba la tela.
—Toca —invitó Roberto, y no era una orden, pero tampoco una súplica. Era una oferta—. Comprueba con tus propias manos si los estereotipos son ciertos.
La mano del taxista subió como si tuviera voluntad propia, temblorosa. Cuando sus dedos cerraron alrededor de la base de Roberto, el gemido que escapó de ambos hombres confundió al taxista sobre quién lo había emitido. La carne era caliente, sorprendentemente pesada, con una firmeza que cedía ligeramente al apretar. Las venas palpitaban contra su palma, y cuando deslizó la mano hacia arriba, descubrió que ni siquiera sus dos manos unidas cubrirían la totalidad de la longitud.
—Dios santo —susurró.
—Todavía no has visto nada —dijo Marcus, y sus manos comenzaron a desabrochar la camisa del taxista por detrás—. Roberto es generoso. Siempre comparte sus... propinas.
Roberto inclinó la cabeza, acercando sus labios al oído del taxista mientras este seguía fascinado con la exploración táctil.
—¿Sabes qué dicen? —murmuró Roberto—. Que los que conducen todo el día necesitan que alguien más tome el control de vez en cuando. Relájate, taxista. Esta noche, el viaje es gratis, pero el destino... el destino te va a cambiar.
El taxista sintió que sus pantalones caían, que las manos de Marcus eran expertas en desvestirlo, y que la realidad se desdibujaba entre la pantalla que seguía proyectando gemidos y la nueva película que estaba a punto de protagonizar, con una protagonista mucho más impresionante que cualquier actor de cine.
—Quita la ropa —ordenó Roberto finalmente, retrocediendo para dejar que el taxista se desvistiera—. Y arrodíllate. Si quieres cobrar, primero vas a tener que trabajar por esa propina.
El taxista obedeció, sintiendo el suelo frío bajo sus rodillas, consciente de que la noche de turno acababa de convertirse en algo que nunca olvidaría, mientras dos sombras de piel oscura se cernían sobre él, prometiendo que la curiosidad, esa noche, no mataría al gato, pero sí lo dejaría sin poder caminar derecho durante días.
El taxista sintió el frío del suelo de parquet contra sus rodillas desnudas, pero el calor que irradiaba desde el centro de su cuerpo lo mantenía inmune al temblor. Estaba arrodillado frente a Roberto, con la mano aún envuelta alrededor de aquel miembro que parecía desafiar las leyes de la proporción humana, y por el rabillo del ojo veía a Marcus desvestirse con calma metódica, como quien se prepara para un evento deportivo.
—Lento —murmuró Roberto, posando una mano sobre la cabeza del taxista, sus dedos enredándose en el cabello—. No hay prisa. La noche es larga y tú has estado conduciendo todo el día. Déjame conducir yo ahora.
El taxista obedeció, abriendo la boca cuando Roberto guió su cabeza hacia adelante. La punta rozó sus labios, dejando un rastro salado que hizo que su lengua se activara por pura reacción química. Cuando finalmente se lo introdujo en la boca, el estiramiento de sus mandíbulas fue inmediato y casi doloroso. No era solo la longitud, era el grosor, esa circunferencia que hacía que sus comisuras se tensaran al máximo de su capacidad.
—Joder, mira eso —dijo Marcus desde atrás, ahora completamente desnudo, su propia erección visible en el reflejo del televisor—. Le está costando trabajo. Es demasiado para él.
—Se acostumbrará —gruñó Roberto, empujando con suavidad pero firmeza, buscando más profundidad—. Respira por la nariz, blanquito. Relaja la garganta.
El taxista intentó seguir las instrucciones, pero cada centímetro que avanzaba hacia su interior parecía multiplicar su tamaño. Podía sentir las venas palpitando contra su lengua, el sabor intenso y musculoso de la excitación pura. Cuando Roberto finalmente chocó contra el fondo de su garganta, los ojos del taxista se llenaron de lágrimas no derramadas y su nariz quedó presionada contra el vello púbico del hombre.
—Eso es, muy bien —alabó Roberto, comenzando a mover sus caderas en un ritmo lento, devastador—. Ahora muévete. Quiero sentir esa lengua trabajando.
Mientras el taxista intentaba mantener el ritmo, sintió las manos de Marcus sobre sus caderas, levantándolo ligeramente, posicionándolo. Unos dedos habilidosos se introdujeron entre sus nalgas, fríos con lubricante que no recordaba haber visto aplicar, y el gasp que intentó emitir quedó ahogado por la carne que llenaba su boca.
—Tranquilo —susurró Marcus detrás de él, alineándose—. Voy a entrar despacio. Pero voy a entrar.
La penetración fue un fuego que se extendió desde su interior hacia sus extremidades. Marcus no tenía el tamaño descomunal de Roberto, pero sabía cómo usar lo que tenía, angulando cada empuje para golpear ese punto interno que hacía que las piernas del taxista temblaran sin control. Estaba atrapado entre ambos, un puente de carne humana, impotente para moverse salvo para recibir lo que ambos le daban.
—Míralo —dijo Roberto, agarrando la mandíbula del taxista para obligarlo a mirar hacia arriba, hacia sus ojos—. Se ha convertido en nuestro juguete. ¿Te gusta, taxista? ¿Te gusta ser el medio de transporte de nuestra polla esta noche?
El taxista no pudo responder, pero su cuerpo habló por él. Estaba completamente erecto, más duro de lo que recordaba haber estado en años, con la punta goteando sobre el suelo del salón de forma vergonzosamente evidente. La humillación y el deseo se mezclaban en una cóctel embriagador mientras era usado por ambos extremos.
Marcus aumentó el ritmo, sus embestidas haciendo que el taxista se deslizara hacia adelante, forzándolo a tomar más de Roberto de lo que creía posible. La coordinación entre ambos era perfecta, como si hubieran hecho esto cientos de veces, un baile de violencia sexual que dejaba al taxista sin aliento ni voluntad propia.
—Voy a cambiar —anunció Marcus de repente, saliendo de él con un sonido húmedo que sonó obsceno en la sala—. Quiero ver su cara cuando entre Roberto.
El taxista sintió un momento de alivio seguido de pánico cuando Roberto también se retiró de su boca, dejándolo vacío y jadeante. Pero no hubo descanso. Roberto se sentó en el suelo, recostado contra el sofá, su miembro erguido como un mástil.
—Súbete encima —ordenó—. Quiero sentir ese culo blanco bajando sobre mí.
Marcus lo ayudó a levantarse, sus piernas temblaban como si fueran de goma, y lo guió hasta Roberto. La posición era precaria, el taxista tuvo que agarrarse a los hombros de Roberto para mantener el equilibrio mientras se posicionaba sobre aquella torre que amenazaba con partirlo en dos.
—Despacio —advirtió Roberto, guiando su miembro con una mano—. Duele al principio, pero luego... luego vas a ver las estrellas.
La entrada fue una conquista lenta y tortuosa. El taxista gritó, un sonido ronco y desconocido que no reconoció como propio, mientras sentía cómo su cuerpo cedía ante la invasión. Roberto era demasiado, siempre demasiado, y cada centímetro que descendía era una batalla perdida contra su propia anatomía.
—Ya casi —murmuraba Roberto, agarrando sus caderas con fuerza suficiente para dejar moretones—. Un poco más. Tú puedes.
Cuando finalmente estuvo completamente sentado sobre el regazo de Roberto, con treinta centímetros de carne negra clavados en su interior, el taxista jadeaba con la boca abierta, los ojos desenfocados, la mente en blanco. Nunca había sentido tan lleno, tan expuesto, tan dominado. Su propio pene golpeaba contra el abdomen de Roberto, dejando marcas de humedad.
—Ahora el toque final —dijo Marcus, posicionándose frente a él, agachándose para alinear su miembro con la boca del taxista—. Doble penetración, taxista. Te vamos a estirar hasta los límites.
El taxista lo tomó con más facilidad esta vez, su boca ahora estaba preparada, relajada por la rendición total. Estaba completamente conectado a ambos hombres, un conducto de placer entre dos cuerpos poderosos. Cuando Marcus y Roberto encontraron un ritmo sincronizado, el taxista dejó de existir como individuo. Era solo un recipiente, un punto de encuentro, el espacio donde dos fuerzas colisionaban a través de su carne.
—Se viene —avisó Marcus, agarrando la cabeza del taxista con ambas manos—. Trágalo todo, no se escape ni una gota.
La primera descarga fue caliente y abundante, llenando su boca con un sabor salado y amargo que tuvo que tragar rápidamente mientras Marcus seguía empujando, prolongando su orgasmo con movimientos erráticos. El taxista tosió, el semen escapándose por las comisuras de sus labios, cayendo sobre su pecho desnudo.
Eso desencadenó a Roberto, que comenzó a embestir con fuerza brutal, levantando las caderas del suelo para clavarse más profundo, buscando el punto exacto.
—Dentro —gruñó—. Lo voy a dejar todo dentro, bien profundo. Vas a llevarme contigo todo el día mañana, taxista. Cada vez que sientes dolor al sentarte, recordarás quién condujo esta noche.
El orgasmo de Roberto fue un latido interno que el taxista sintió con claridad absoluta. El pulso de la eyaculación, el calor inundándolo, la sensación de ser marcado por dentro. Roberto gritó, un sonido animal que resonó en el apartamento, y sus uñas se clavaron en la carne del taxista con fuerza suficiente para dibujar sangre.
Cuando finalmente se detuvieron, el taxista colapsó hacia adelante, su rostro cayendo sobre el hombro de Roberto, jadeando como un pez fuera del agua. Estaba cubierto de sudor, de semen propio y ajeno, con el cuerpo dolorido y el mentón irritado por la fricción. No podía sentir sus piernas, y cuando intentó moverse, el dolor agudo de su interior le recordó la presencia aún palpitante de Roberto.
—La carrera —logró susurrar, con la voz completamente rota—. Cincuenta... cincuenta y cinco con propina...
Roberto y Marcus rieron, un sonido profundo y satisfecho.
—Considera esto como pago adelantado por las próximas diez carreras —dijo Roberto, besando su frente con una ternura que contrastaba con la brutalidad de momentos antes—. Y la próxima vez, trae el datáfono funcionando. O no. Quizás prefieras que siga estropeado.
El taxista cerró los ojos, sintiendo el peso de ambos hombres sobre él, y supo que su turno de noche nunca volvería a ser el mismo.





2 comentarios - Taxista nocturno

PasivoZSurcLug
NCV.... que querés inventar poniendolo en color casi blanco!!