El Regreso de Billy el Niño
Capítulo 1: La Leyenda
Me desperté con el culo dolorido. No un dolor agudo, sino un dolor constante, pulsante, que me recordaba cada segundo lo que había pasado la noche anterior. Dos pollas negras simultáneas. Seis hombres en total. Mi cuerpo usado como nunca antes.
Y quería más.
Me miré en el espejo del baño. Mi cara seguía siendo la de un niño: mejillas redondas, ojos grandes, ausencia total de vello. Pero algo había cambiado. Una expresión diferente en la mirada. Una certeza de lo que podía soportar, de lo que deseaba.
Me vestí con más cuidado esa vez. Vaqueros aún más bajos, si eso era posible, dejando ver no solo las caderas sino el inicio de mi raja. Una camiseta de tirantes blanca, ajustada, con los dos pezones perforados visibles contra la tela. Nada de ropa interior. Nunca más.
Cuando llegué al billar, era mediodía. El sol iluminaba la entrada, pero dentro de toda era oscuridad y humo como la vez anterior.
La diferencia fue inmediata. Cuando entre, no hubo silencio gradual. Hubo un silencio instantáneo, absoluto, seguido de murmullos. Los hombres que estaban jugando dejaron los tacos. Los que estaban en la barra se giraron. Todos me miraban con una mezcla de reconocimiento, admiración y hambre renovada.
—Es él —susurró a alguien.
—El niño —dijo otro.
—Billy —corrigió una voz profunda desde la barra. Marcus se levantó, sonriendo de oreja a oreja—. Billy el Niño. Porque ayer demostró que puede manejar más plomo que cualquiera.
Se acercó, me agarró por la cintura, besándome en la boca sin pudor, delante de todos.
—Se ha corrido la voz —murmuró contra mis labios—. Todos quieren probarte. Pero primero... tengo una sorpresa.
Me llevó hacia la sala trasera. Pero esta vez no estaba vacía. Había un equipo montado: una camilla de cuero negra con correas, un trípode con una cámara, y una mesa lateral cubierta de botellas, lubricante, y... guantes de látex negros, largos, hasta el codo.
— ¿Qué es esto? —pregunté, sintiendo el corazón acelerarse.
—Has demostrado que puedes con dos —dijo Marcus, acariciando mi mejilla con ternura paternal que contrastaba con la crudeza de sus palabras—. Ahora queremos ver hasta dónde llega tu capacidad. ¿Has oído hablar del fisting?
Saliva tragué. Había visto vídeos. Imágenes. Sabía lo que era. Un puño entero. Un brazo. Dentro.
—Quiero probarlo —dije, y mi voz no tembló.
Marcus sonrió, orgulloso.
Capítulo 2: La Preparación
Había más gente esa vez. Doce, quince hombres, todos negros, todos mayores, todos con la mirada fija en mí mientras me desvestían lentamente. Me tomó tiempo. Me acariciaron. Me besaron. Jean me chupó los pezones, tirando de los aros de plata con los dientes hasta que gemí. Kofi me masturbó lentamente, negándome el orgasmo cada vez que me acercaba.
—Primero el calentamiento —ordenó Marcus.
Me pusieron de rodillas en el centro de la sala, sobre una alfombra gruesa. Y empezaron a alimentarme.
Uno tras otro, se acercaron, presentándome sus pollas, y yo las tomé todas. Las chupé, las lami, las tragué hasta la garganta. Algunos me follaron la boca rápidamente, corriéndose en mi garganta antes de ceder el lugar al siguiente. Otros querían más, turnándose en mi culo, que aún estaba abierto de la noche anterior, todavía receptivo, todavía hambriento.
—Dos —ordenó Marcus en un momento dado—. Quiero ver si ayer no fue casualidad.
Jean y Kofi se posicionaron frente a mí, sus pollas negras y erectas casi tocándose. Yo estaba de espaldas, con las piernas levantadas, expuestas. Jean entró primero, fácil, familiar. Luego Kofi, presionando contra la entrada ya ocupada, empujando, forzando, entrando.
El dolor fue menor esta vez. Mi cuerpo grababa. Se abrió para ellos, aceptándolos, y pronto estaban ambos dentro, moviéndose, frotándose, creando esa sensación de plenitud absoluta que me volvía loco.
Me corrí así, con dos pollas en el culo y una mano de Marcus masturbándome, mi semen salpicando mi propio pecho mientras gritaba sin control.
Pero no era suficiente. Nunca era suficiente.
Capítulo 3: El Puño
Me llevaron a la camilla. Me ataron, pero suavemente, las correas en las muñecas y los tobillos más para mantenerme en posición que para inmovilizarme por completo. Quería que me moviera. Que me retorciera.
Me pusieron de lado, luego de espaldas, con las piernas levantadas y abiertas, expuestas. La cámara grababa todo. No me importaba. Quería que quedara registrado. Quería verme después.
Marcus se puso los guantes de látex negros. Los extendidos, largos, brillantes, hasta el codo. Aplicó lubricante generosamente, una cantidad obscena, haciendo brillar el látex.
—Relájate —dijo, acercándose a mi entrada—. Esto lleva tiempo. No vamos a forzar nada. Tú pides cuando quieras que pare.
Asentí, jadeando ya de anticipación.
Empezó con los dedos. Uno, luego dos, luego tres, luego cuatro. Girando, estirando, abriéndome. Cada vez más lubricante, cada vez más profundo. Yo gemía, sintiendo cómo mi cuerpo cedía, cómo se abría, cómo aceptaba lo imposible.
Cuando metió los cuatro dedos hasta el fondo, tocando algo dentro de mí que hizo que viera estrellas, supe que estaba listo.
—El pulgar —dijo Marcus, y lo dobló, creando la forma del puño—. Aquí viene, Billy. Aquí viene tu puño.
Empujó.
El dolor fue diferente. No agudo, sino una presión intensa, abrumadora, como si mi cuerpo fuera a rasgarse. Pero no se rasgó. Cedió. Se abrió. Y de repente, el puño de Marcus estaba dentro de mí.
—¡Joder! —grité, arqueándome, tirando de las correas—. ¡Dios, Dios, está dentro!
—Lo tengo —gruñó Marcus, maravillado—. Tengo mi puño en este culo blanco. Joder, estás caliente. Está apretado. Está perfecto.
Empezó a moverse. Pequeños movimientos, rotaciones, empujones suaves. Cada movimiento masajeaba mi próstata, mi colon, creando sensaciones que no sabía que existían. Gemí, lloré, reí, me retorcí. Era demasiado. Era perfecto.
—Más —oí mi propia voz decir, lejana, desesperada—. Más, por favor. Más profundo.
Marcas me miró, sorprendido.
—¿Estás seguro?
—Más allá del codo —suspiré, perdiendo toda vergüenza—. Quiero sentir tu brazo dentro de mí. Por favor.
Los hombres que observaban gemían, masturbándose, algunos ya corriéndose solo de ver la escena. La cámara capturaba cada detalle: mi cara de éxtasis, mi culo abierto alrededor del brazo negro de Marcus, el contraste obsceno de piel.
Marcus aplicó más lubricante. Mucho más. Luego empujó de nuevo.
Sentí cómo el puño pasaba el punto de resistencia interno, cómo mi cuerpo aceptaba el antebrazo, cómo la presión se movía más adentro, más profunda. Era una sensación de llenura absoluta, de posesión total, de convertirme en un receptáculo vivo para su deseo.
—Está llegando —dijo Marcus, maravillado—. Estoy más allá del codo. Joder, puedo sentir sus órganos. Puedo sentirlo todo.
Y entonces, de repente, el dolor desapareció por completo. Reemplazado por un placer intenso, profundo, que venía de dentro, de mi vientre, de mi centro. Empecé a gemir de forma diferente, un sonido continuo, animal, mientras Marcus movía el brazo lentamente, rotándolo, masajeándome por dentro.
—Se está corriendo —anunció Jean, señalando mi polla—. Sin tocarse. Solo con el brazo dentro.
Era cierto. Mi polla, pequeña y rosada, palpitaba, goteaba, y de repente explotó, un orgasmo seco al principio, luego con semen, largos hilos que caían sobre mi vientre, mientras mi culo se contraía alrededor del brazo de Marcus, masajeándolo, agradeciéndolo.
Pero no paré. No podía parar. El placer continuaba, una ola tras otra, mientras Marcus me fistulaba con delicadeza, con maestría, encontrando puntos dentro de mí que desencadenaban convulsiones de éxtasis.
—Basta —gemí finalmente, exhausto, delirante—. Por favor. No puedo más.
Marcus salió lentamente, cuidadosamente, y el vacío que dejó fue casi doloroso. Me sentí vacío, literalmente vacío, mi culo abierto, rojo, palpitante, goteando lubricante y semen.
Los hombres que observaban explotaron. Uno tras otro, se acercaron, corriéndose sobre mí, marcándome con su esencia. Mi cara, mi pecho, mi vientre, mis piernas. Quedé cubierto, bañado, convertido en un lienzo para su placer.
Capítulo 4: La Leyenda Crece
Cuando salí del billar esa tarde, ya era famoso. Billy el Niño. El chico blanco que se tragaba pollas negras de dos en dos. El ángel caído que disfrutaba con un brazo entero dentro de su culo.
Me detuvieron en la puerta. Un hombre que no había estado dentro, mayor, con una barba canosa y ojos sabios.
—Tengo un grupo —dijo, su voz grave—. Amigos. Todos negros, todos grandes, todos con ganas de conocerte. ¿Vendrás mañana?
—Sí —respondí, sin dudar—. Traigan de todo. Quiero más.
—¿Más que un brazo?
Miré hacia atrás, hacia la sala donde Marcus me limpiaba con ternura, donde los demás me miraban con adoración.
—Traigan dos brazos —dije, y sonreí—. Veamos qué tan lejos puede llegar Billy el Niño.
El hombre mayor se echó a reír, una carcajada que resonó en la calle.
—Mañana entonces, leyenda. Mañana te convertimos en mito.
Caminé a casa, todavía sintiendo el fantasma del brazo de Marcus dentro de mí, todavía abierto, todavía hambriento.
Tenía dieciocho años. Parecía membrillo. Y estaba marcando el inicio de una leyenda que duraría años en ese barrio.
Billy el Niño. El chico que nunca dijo que no.
Y yo sonreí, pensando en mañana, pensando en los dos brazos, pensando en todo lo que aún había por descubrir.
Capítulo 1: La Leyenda
Me desperté con el culo dolorido. No un dolor agudo, sino un dolor constante, pulsante, que me recordaba cada segundo lo que había pasado la noche anterior. Dos pollas negras simultáneas. Seis hombres en total. Mi cuerpo usado como nunca antes.
Y quería más.
Me miré en el espejo del baño. Mi cara seguía siendo la de un niño: mejillas redondas, ojos grandes, ausencia total de vello. Pero algo había cambiado. Una expresión diferente en la mirada. Una certeza de lo que podía soportar, de lo que deseaba.
Me vestí con más cuidado esa vez. Vaqueros aún más bajos, si eso era posible, dejando ver no solo las caderas sino el inicio de mi raja. Una camiseta de tirantes blanca, ajustada, con los dos pezones perforados visibles contra la tela. Nada de ropa interior. Nunca más.
Cuando llegué al billar, era mediodía. El sol iluminaba la entrada, pero dentro de toda era oscuridad y humo como la vez anterior.
La diferencia fue inmediata. Cuando entre, no hubo silencio gradual. Hubo un silencio instantáneo, absoluto, seguido de murmullos. Los hombres que estaban jugando dejaron los tacos. Los que estaban en la barra se giraron. Todos me miraban con una mezcla de reconocimiento, admiración y hambre renovada.
—Es él —susurró a alguien.
—El niño —dijo otro.
—Billy —corrigió una voz profunda desde la barra. Marcus se levantó, sonriendo de oreja a oreja—. Billy el Niño. Porque ayer demostró que puede manejar más plomo que cualquiera.
Se acercó, me agarró por la cintura, besándome en la boca sin pudor, delante de todos.
—Se ha corrido la voz —murmuró contra mis labios—. Todos quieren probarte. Pero primero... tengo una sorpresa.
Me llevó hacia la sala trasera. Pero esta vez no estaba vacía. Había un equipo montado: una camilla de cuero negra con correas, un trípode con una cámara, y una mesa lateral cubierta de botellas, lubricante, y... guantes de látex negros, largos, hasta el codo.
— ¿Qué es esto? —pregunté, sintiendo el corazón acelerarse.
—Has demostrado que puedes con dos —dijo Marcus, acariciando mi mejilla con ternura paternal que contrastaba con la crudeza de sus palabras—. Ahora queremos ver hasta dónde llega tu capacidad. ¿Has oído hablar del fisting?
Saliva tragué. Había visto vídeos. Imágenes. Sabía lo que era. Un puño entero. Un brazo. Dentro.
—Quiero probarlo —dije, y mi voz no tembló.
Marcus sonrió, orgulloso.
Capítulo 2: La Preparación
Había más gente esa vez. Doce, quince hombres, todos negros, todos mayores, todos con la mirada fija en mí mientras me desvestían lentamente. Me tomó tiempo. Me acariciaron. Me besaron. Jean me chupó los pezones, tirando de los aros de plata con los dientes hasta que gemí. Kofi me masturbó lentamente, negándome el orgasmo cada vez que me acercaba.
—Primero el calentamiento —ordenó Marcus.
Me pusieron de rodillas en el centro de la sala, sobre una alfombra gruesa. Y empezaron a alimentarme.
Uno tras otro, se acercaron, presentándome sus pollas, y yo las tomé todas. Las chupé, las lami, las tragué hasta la garganta. Algunos me follaron la boca rápidamente, corriéndose en mi garganta antes de ceder el lugar al siguiente. Otros querían más, turnándose en mi culo, que aún estaba abierto de la noche anterior, todavía receptivo, todavía hambriento.
—Dos —ordenó Marcus en un momento dado—. Quiero ver si ayer no fue casualidad.
Jean y Kofi se posicionaron frente a mí, sus pollas negras y erectas casi tocándose. Yo estaba de espaldas, con las piernas levantadas, expuestas. Jean entró primero, fácil, familiar. Luego Kofi, presionando contra la entrada ya ocupada, empujando, forzando, entrando.
El dolor fue menor esta vez. Mi cuerpo grababa. Se abrió para ellos, aceptándolos, y pronto estaban ambos dentro, moviéndose, frotándose, creando esa sensación de plenitud absoluta que me volvía loco.
Me corrí así, con dos pollas en el culo y una mano de Marcus masturbándome, mi semen salpicando mi propio pecho mientras gritaba sin control.
Pero no era suficiente. Nunca era suficiente.
Capítulo 3: El Puño
Me llevaron a la camilla. Me ataron, pero suavemente, las correas en las muñecas y los tobillos más para mantenerme en posición que para inmovilizarme por completo. Quería que me moviera. Que me retorciera.
Me pusieron de lado, luego de espaldas, con las piernas levantadas y abiertas, expuestas. La cámara grababa todo. No me importaba. Quería que quedara registrado. Quería verme después.
Marcus se puso los guantes de látex negros. Los extendidos, largos, brillantes, hasta el codo. Aplicó lubricante generosamente, una cantidad obscena, haciendo brillar el látex.
—Relájate —dijo, acercándose a mi entrada—. Esto lleva tiempo. No vamos a forzar nada. Tú pides cuando quieras que pare.
Asentí, jadeando ya de anticipación.
Empezó con los dedos. Uno, luego dos, luego tres, luego cuatro. Girando, estirando, abriéndome. Cada vez más lubricante, cada vez más profundo. Yo gemía, sintiendo cómo mi cuerpo cedía, cómo se abría, cómo aceptaba lo imposible.
Cuando metió los cuatro dedos hasta el fondo, tocando algo dentro de mí que hizo que viera estrellas, supe que estaba listo.
—El pulgar —dijo Marcus, y lo dobló, creando la forma del puño—. Aquí viene, Billy. Aquí viene tu puño.
Empujó.
El dolor fue diferente. No agudo, sino una presión intensa, abrumadora, como si mi cuerpo fuera a rasgarse. Pero no se rasgó. Cedió. Se abrió. Y de repente, el puño de Marcus estaba dentro de mí.
—¡Joder! —grité, arqueándome, tirando de las correas—. ¡Dios, Dios, está dentro!
—Lo tengo —gruñó Marcus, maravillado—. Tengo mi puño en este culo blanco. Joder, estás caliente. Está apretado. Está perfecto.
Empezó a moverse. Pequeños movimientos, rotaciones, empujones suaves. Cada movimiento masajeaba mi próstata, mi colon, creando sensaciones que no sabía que existían. Gemí, lloré, reí, me retorcí. Era demasiado. Era perfecto.
—Más —oí mi propia voz decir, lejana, desesperada—. Más, por favor. Más profundo.
Marcas me miró, sorprendido.
—¿Estás seguro?
—Más allá del codo —suspiré, perdiendo toda vergüenza—. Quiero sentir tu brazo dentro de mí. Por favor.
Los hombres que observaban gemían, masturbándose, algunos ya corriéndose solo de ver la escena. La cámara capturaba cada detalle: mi cara de éxtasis, mi culo abierto alrededor del brazo negro de Marcus, el contraste obsceno de piel.
Marcus aplicó más lubricante. Mucho más. Luego empujó de nuevo.
Sentí cómo el puño pasaba el punto de resistencia interno, cómo mi cuerpo aceptaba el antebrazo, cómo la presión se movía más adentro, más profunda. Era una sensación de llenura absoluta, de posesión total, de convertirme en un receptáculo vivo para su deseo.
—Está llegando —dijo Marcus, maravillado—. Estoy más allá del codo. Joder, puedo sentir sus órganos. Puedo sentirlo todo.
Y entonces, de repente, el dolor desapareció por completo. Reemplazado por un placer intenso, profundo, que venía de dentro, de mi vientre, de mi centro. Empecé a gemir de forma diferente, un sonido continuo, animal, mientras Marcus movía el brazo lentamente, rotándolo, masajeándome por dentro.
—Se está corriendo —anunció Jean, señalando mi polla—. Sin tocarse. Solo con el brazo dentro.
Era cierto. Mi polla, pequeña y rosada, palpitaba, goteaba, y de repente explotó, un orgasmo seco al principio, luego con semen, largos hilos que caían sobre mi vientre, mientras mi culo se contraía alrededor del brazo de Marcus, masajeándolo, agradeciéndolo.
Pero no paré. No podía parar. El placer continuaba, una ola tras otra, mientras Marcus me fistulaba con delicadeza, con maestría, encontrando puntos dentro de mí que desencadenaban convulsiones de éxtasis.
—Basta —gemí finalmente, exhausto, delirante—. Por favor. No puedo más.
Marcus salió lentamente, cuidadosamente, y el vacío que dejó fue casi doloroso. Me sentí vacío, literalmente vacío, mi culo abierto, rojo, palpitante, goteando lubricante y semen.
Los hombres que observaban explotaron. Uno tras otro, se acercaron, corriéndose sobre mí, marcándome con su esencia. Mi cara, mi pecho, mi vientre, mis piernas. Quedé cubierto, bañado, convertido en un lienzo para su placer.
Capítulo 4: La Leyenda Crece
Cuando salí del billar esa tarde, ya era famoso. Billy el Niño. El chico blanco que se tragaba pollas negras de dos en dos. El ángel caído que disfrutaba con un brazo entero dentro de su culo.
Me detuvieron en la puerta. Un hombre que no había estado dentro, mayor, con una barba canosa y ojos sabios.
—Tengo un grupo —dijo, su voz grave—. Amigos. Todos negros, todos grandes, todos con ganas de conocerte. ¿Vendrás mañana?
—Sí —respondí, sin dudar—. Traigan de todo. Quiero más.
—¿Más que un brazo?
Miré hacia atrás, hacia la sala donde Marcus me limpiaba con ternura, donde los demás me miraban con adoración.
—Traigan dos brazos —dije, y sonreí—. Veamos qué tan lejos puede llegar Billy el Niño.
El hombre mayor se echó a reír, una carcajada que resonó en la calle.
—Mañana entonces, leyenda. Mañana te convertimos en mito.
Caminé a casa, todavía sintiendo el fantasma del brazo de Marcus dentro de mí, todavía abierto, todavía hambriento.
Tenía dieciocho años. Parecía membrillo. Y estaba marcando el inicio de una leyenda que duraría años en ese barrio.
Billy el Niño. El chico que nunca dijo que no.
Y yo sonreí, pensando en mañana, pensando en los dos brazos, pensando en todo lo que aún había por descubrir.
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