Pablo se había acomodado en el sillón con una tranquilidad segura. Frente a él, Paola estaba de rodillas sobre la alfombra azul, todavía con su conjunto puesto. Sus manos lo recorrían con curiosidad, y era imposible no notar la presencia de él: largo, grueso, firme, ocupando casi toda su mano cuando intentaba rodearlo.
Paola lo miraba con una sonrisa nerviosa. A veces levantaba los ojos hacia mí, como buscando complicidad. Sus dedos subían y bajaban lentamente por aquel tronco pesado, deteniéndose de vez en cuando como si aún se sorprendiera del tamaño.
—¿Te gusta? —murmuró Pablo.
Ella respondió con un gesto suave de cabeza, acercándose un poco más, explorando con paciencia. El ambiente se volvió espeso, cargado de respiraciones cada vez más profundas.
Al poco tiempo Pablo se levantó y la llevó al cuarto. Yo los seguí.
La habitación estaba en penumbra. Pablo la acomodó sobre la cama y Paola arqueó el cuerpo con una naturalidad felina, levantando las caderas como invitándolo a acercarse. Cuando él se colocó detrás, el contraste volvió a ser evidente: su cuerpo firme y el tronco ancho contra la silueta flexible de ella.
Entró despacio, pero una vez dentro pareció desaparecer por completo en su calor. Paola ya estaba completamente rendida al momento, su cuerpo reaccionando con una humedad que hacía que cada movimiento sonara suave y rítmico contra la quietud del cuarto.
El vaivén comenzó lento, profundo. Cada vez que él se retiraba un poco, volvía a avanzar con firmeza, y el sonido húmedo acompañaba el movimiento como un eco íntimo en la habitación.
Paola dejó escapar un gemido más largo, la cabeza hundida en el colchón. Sus piernas empezaron a temblar mientras su cuerpo se tensaba.
—No… no puedo más… —dijo entre respiraciones cortadas.
Su cuerpo se estremeció y quedó unos segundos inmóvil, recuperando el aire.
Pablo se apartó entonces, respirando fuerte. La miró unos segundos, todavía excitado, mientras su mano buscaba terminar lo que el momento había dejado al borde. Paola estaba recostada sobre la cama, el pecho subiendo y bajando rápido.
Un instante después, Pablo liberó finalmente toda la tensión, dejando caer el final sobre el pecho de ella. Paola lo miró con una sonrisa cansada, todavía temblando un poco.
Desde atrás yo seguía observando en silencio, atrapado en la intensidad de lo que acababa de pasar. El cuarto quedó lleno solo de respiraciones que lentamente volvían a la calma.
Paola lo miraba con una sonrisa nerviosa. A veces levantaba los ojos hacia mí, como buscando complicidad. Sus dedos subían y bajaban lentamente por aquel tronco pesado, deteniéndose de vez en cuando como si aún se sorprendiera del tamaño.
—¿Te gusta? —murmuró Pablo.
Ella respondió con un gesto suave de cabeza, acercándose un poco más, explorando con paciencia. El ambiente se volvió espeso, cargado de respiraciones cada vez más profundas.
Al poco tiempo Pablo se levantó y la llevó al cuarto. Yo los seguí.
La habitación estaba en penumbra. Pablo la acomodó sobre la cama y Paola arqueó el cuerpo con una naturalidad felina, levantando las caderas como invitándolo a acercarse. Cuando él se colocó detrás, el contraste volvió a ser evidente: su cuerpo firme y el tronco ancho contra la silueta flexible de ella.
Entró despacio, pero una vez dentro pareció desaparecer por completo en su calor. Paola ya estaba completamente rendida al momento, su cuerpo reaccionando con una humedad que hacía que cada movimiento sonara suave y rítmico contra la quietud del cuarto.
El vaivén comenzó lento, profundo. Cada vez que él se retiraba un poco, volvía a avanzar con firmeza, y el sonido húmedo acompañaba el movimiento como un eco íntimo en la habitación.
Paola dejó escapar un gemido más largo, la cabeza hundida en el colchón. Sus piernas empezaron a temblar mientras su cuerpo se tensaba.
—No… no puedo más… —dijo entre respiraciones cortadas.
Su cuerpo se estremeció y quedó unos segundos inmóvil, recuperando el aire.
Pablo se apartó entonces, respirando fuerte. La miró unos segundos, todavía excitado, mientras su mano buscaba terminar lo que el momento había dejado al borde. Paola estaba recostada sobre la cama, el pecho subiendo y bajando rápido.
Un instante después, Pablo liberó finalmente toda la tensión, dejando caer el final sobre el pecho de ella. Paola lo miró con una sonrisa cansada, todavía temblando un poco.
Desde atrás yo seguía observando en silencio, atrapado en la intensidad de lo que acababa de pasar. El cuarto quedó lleno solo de respiraciones que lentamente volvían a la calma.
1 comentarios - Mi amigo y mi mujer