La casa no estaba abandonada. Estaba en pausa.
Eso es lo primero que pensás cuando cruzás la puerta: no es un lugar vacío, es un lugar que dejó de respirar hace poco. El polvo no es antiguo, es reciente. Como si alguien hubiera salido apurado y nunca volvió a encender la luz.
La cerrás atrás tuyo igual.
La campera es grande, demasiado común. Arriba sos alguien que podría pasar por la calle sin ser visto dos veces. Un cuerpo neutral, casi invisible. Eso es lo que querías: desaparecer lo suficiente como para poder aparecer después.
El pasillo te traga.
La luz entra rota por las persianas caídas. Cada paso suena distinto, como si el piso no supiera qué versión de vos está pisando. Hay espejos, pero ninguno refleja completo. Solo fragmentos. Un hombro. Una sombra. Una idea de rostro.
Te detenés en una habitación sin muebles.
Ahí empieza el cambio.
Primero la campera cae. Después lo demás que te hacía “alguien de afuera”. No hay apuro. No hay espectáculo. Es un procedimiento.
Debajo, no aparece otra persona: aparece otra intención.
La estética cambia sola. El lugar responde. Las paredes parecen más cercanas, la luz más dura. El cuerpo ya no está escondido; está compuesto. Líneas, texturas, contraste. Como una editorial de moda filmada en secreto, como si alguien estuviera documentando algo que no debería existir… pero existe igual.
No hay música. Solo el sonido leve de la casa acomodándose a vos.
Te mirás en un espejo astillado y no ves una imagen completa: ves versiones. Cada fragmento es una toma distinta. Ninguna pide permiso.
Empiezan las fotos.
No como registro. Como evidencia.
Cada click imaginario congela algo que no sabías que estabas haciendo: una narrativa sin testigos, una estética sin explicación. El tipo de imágenes que no se suben, pero que tampoco se olvidan.
La casa, alrededor, sigue en silencio.
Como si entendiera que por un rato, no es ella la que está abandonada.
Sos vos el que dejó atrás todo lo demás.
Eso es lo primero que pensás cuando cruzás la puerta: no es un lugar vacío, es un lugar que dejó de respirar hace poco. El polvo no es antiguo, es reciente. Como si alguien hubiera salido apurado y nunca volvió a encender la luz.
La cerrás atrás tuyo igual.
La campera es grande, demasiado común. Arriba sos alguien que podría pasar por la calle sin ser visto dos veces. Un cuerpo neutral, casi invisible. Eso es lo que querías: desaparecer lo suficiente como para poder aparecer después.
El pasillo te traga.
La luz entra rota por las persianas caídas. Cada paso suena distinto, como si el piso no supiera qué versión de vos está pisando. Hay espejos, pero ninguno refleja completo. Solo fragmentos. Un hombro. Una sombra. Una idea de rostro.
Te detenés en una habitación sin muebles.
Ahí empieza el cambio.
Primero la campera cae. Después lo demás que te hacía “alguien de afuera”. No hay apuro. No hay espectáculo. Es un procedimiento.
Debajo, no aparece otra persona: aparece otra intención.
La estética cambia sola. El lugar responde. Las paredes parecen más cercanas, la luz más dura. El cuerpo ya no está escondido; está compuesto. Líneas, texturas, contraste. Como una editorial de moda filmada en secreto, como si alguien estuviera documentando algo que no debería existir… pero existe igual.
No hay música. Solo el sonido leve de la casa acomodándose a vos.
Te mirás en un espejo astillado y no ves una imagen completa: ves versiones. Cada fragmento es una toma distinta. Ninguna pide permiso.
Empiezan las fotos.
No como registro. Como evidencia.
Cada click imaginario congela algo que no sabías que estabas haciendo: una narrativa sin testigos, una estética sin explicación. El tipo de imágenes que no se suben, pero que tampoco se olvidan.
La casa, alrededor, sigue en silencio.
Como si entendiera que por un rato, no es ella la que está abandonada.
Sos vos el que dejó atrás todo lo demás.
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