-La Diabla del Puerto :
El crucero atracó en La Habana bajo un sol asesino. Turistas en chanclas, mojitos en la mano, sonrisas falsas. Todos querÃan bailar, beber, sentir que vivÃan algo auténtico. Pero él, MartÃn, un empresario de traje caro y ganas acumuladas, solo buscaba una cosa: sexo.
Le hablaron de una mujer en el Malecón. Una mulata de curvas criminales, piel canela, labios gruesos y culo tan redondo que parecÃa tallado por dioses lujuriosos. Se llamaba Carol, y no era puta... era sexópata. CogÃa por necesidad, por gusto, por hambre. Si le gustabas, te dejaba seco.
Cuando la vio, se le secó la boca. Vestido corto, sin sostén, nalgas rebotando al ritmo del tambor. Ella lo miró directo, sin pudor, y le dijo:
—¿Tú eres VIP, papi?
—Tengo la suite más cara del barco —respondió, tragando saliva.
—Entonces llévame… que te voy a hacer gritar hasta en portugués.

Apenas cerraron la puerta de la suite, ella se tiró sobre él, mordiéndole la boca, abriéndole el pantalón con desesperación.
—Saca esa pinga, papi… tengo la garganta seca de leche.
Y se lo metió en la boca. Directo. Con lengua, con baba, con gemidos de golosa. Se la tragaba hasta las bolas, haciendo ruidos sucios, mirándolo con ojos de perra feliz.
—¡Carajo! —jadeó él—. ¡Qué boca tenés!
Ella lo miró y se la sacó un segundo, la pija brillando.
—Y espérate que te dé el culo, mi amor… eso es pa’ morirse.
Se desnudó frente a él. Una diosa caribeña: tetas grandes, pezones oscuros, cintura pequeña y ese culo... redondo, carnoso, hecho para que se lo cojan de rodillas. Se lo ofreció de espaldas, arqueando la espalda como una gata en celo.
—Métemela ya… sin miedo. Quiero que me partas el toto.
MartÃn la embistió de una en la concha, sin piedad. Su pija chocaba contra ese culo glorioso con cada sentón. Carol gritaba, reÃa, se lo exigÃa más duro.
—¡Eso! ¡Cogeme como si tu mujer no existiera, papi! ¡Hazme mierda ese coño cubano!
Él sudaba, golpeando sus nalgas, enterrándose hasta el fondo. El cuarto olÃa a sexo y sal. Ella se tocaba el clÃtoris, chorreando, temblando de placer.
—Ahora el culo… —dijo ella, jadeando—. ¡Dame por el culo, que quiero acabarme con tu leche allá adentro!
Se lo escupió, se lo abrió con los dedos, y se la metió lenta… luego toda. Carol aulló como una diosa enloquecida.
—¡Dios! ¡Sigue! ¡Dame toda esa pinga VIP, papi!
MartÃn bombeando,se vino rugiendo, llenándole el culo caliente, mientras ella temblaba de orgasmo, empapando las sábanas de la suite.
Después, tirados en la cama, Carol lo miró con picardÃa.
—¿Tú sabes qué pasa cuando me cojo a un VIP?
—¿Qué?
—Que después quieren quedarse en Cuba pa’ siempre.

-El Turista del Pene Grande
El calor pegaba como lengua de dragón en La Habana. Carol caminaba lenta, con su vestido ajustado al culo redondo, haciendo que los hombres tropezaran por mirarla. TenÃa la sonrisa de quien sabe que puede escoger. Y esa noche… el destino le mandó un regalo.
Julián, 1.90 de puro músculo moreno, sonrisa fresca y esa mirada de que se la sabe toda. Lo conoció en una fiesta frente al mar, bailando pegado, sintiendo su bulto contra su muslo.
—¿Eso es una pistola o me estás provocando? —le susurró ella, rozándole la entrepierna.
—Ven y averigua, mami. Pero te advierto… soy peligroso.
No tardaron. Subieron a su cuarto en un hotel colonial con balcones abiertos y sábanas viejas. Apenas cerraron la puerta, Carol lo empujó contra la cama y le bajó los pantalones.
—¡La pinga, Dios mÃo! —jadeó al verla.
Era gigante, gruesa, venosa, caliente. Casi le daba miedo… pero más le daba hambre.
Se la metió en la boca sin pensarlo. Le costó. Le rasgaba la garganta. TosÃa, babeaba, pero no paraba. Se la mamaba como una adicta, agarrándola con dos manos, tragándosela lo más que podÃa.
Julián gemÃa, agarrándole la cabeza.
—¡Sigue, puta rica! ¡No pares! ¡Asà me gusta, trágatela entera!
Ella se sacó la verga de la boca, con saliva chorreando.
—Ahora me la vas a meter por el culo, papi. Porque esta totona no aguanta ese bicho sin partirse.

Se puso en cuatro, sacando ese culo redondo y enorme como ofrenda. Julián le escupió, lo abrió con los dedos, y empezó a introducir su pija. Lenta… gruesa… profunda.
—¡AYYYY! ¡Qué rico! ¡Me rompe el culo este hijueputa!
La cogÃa con fuerza, los huevos chocando contra su concha. El sonido de las nalgas rebotando llenaba la habitación. Carol gritaba, se tocaba el clÃtoris, se corrÃa sin parar.
—¡Dame leche en el culo! ¡Llénamelo, vergón! ¡Hazme tu perra cubana!
Julián la reventó en todas las posiciones. Le metió los dedos, la cogió de pie contra la pared, la sentó encima y la hizo brincar su concha sobre esa pija como si montara un toro salvaje.
Al final, acabó dentro de su boca. Ella se bebió todo su semen como si fuera miel, relamiéndose los labios.
Tirada en la cama, con el culo adolorido y la concha latiendo, Carol sonrió como bruja satisfecha.
—Esa pinga tuya es una maldición divina, mijo… y yo soy la diabla que la va a exorcizar cada noche.
Julián encendió un tabaco, aún desnudo, sonriendo.
—Entonces mañana te traigo a mi amigo… para ver si puedes con dos.
Ella lo miró, los ojos brillando.
—No me provoques, papi. Que si traes a dos… quizás me atrevo con tres.
El crucero atracó en La Habana bajo un sol asesino. Turistas en chanclas, mojitos en la mano, sonrisas falsas. Todos querÃan bailar, beber, sentir que vivÃan algo auténtico. Pero él, MartÃn, un empresario de traje caro y ganas acumuladas, solo buscaba una cosa: sexo.
Le hablaron de una mujer en el Malecón. Una mulata de curvas criminales, piel canela, labios gruesos y culo tan redondo que parecÃa tallado por dioses lujuriosos. Se llamaba Carol, y no era puta... era sexópata. CogÃa por necesidad, por gusto, por hambre. Si le gustabas, te dejaba seco.
Cuando la vio, se le secó la boca. Vestido corto, sin sostén, nalgas rebotando al ritmo del tambor. Ella lo miró directo, sin pudor, y le dijo:
—¿Tú eres VIP, papi?
—Tengo la suite más cara del barco —respondió, tragando saliva.
—Entonces llévame… que te voy a hacer gritar hasta en portugués.

Apenas cerraron la puerta de la suite, ella se tiró sobre él, mordiéndole la boca, abriéndole el pantalón con desesperación.
—Saca esa pinga, papi… tengo la garganta seca de leche.
Y se lo metió en la boca. Directo. Con lengua, con baba, con gemidos de golosa. Se la tragaba hasta las bolas, haciendo ruidos sucios, mirándolo con ojos de perra feliz.
—¡Carajo! —jadeó él—. ¡Qué boca tenés!
Ella lo miró y se la sacó un segundo, la pija brillando.
—Y espérate que te dé el culo, mi amor… eso es pa’ morirse.
Se desnudó frente a él. Una diosa caribeña: tetas grandes, pezones oscuros, cintura pequeña y ese culo... redondo, carnoso, hecho para que se lo cojan de rodillas. Se lo ofreció de espaldas, arqueando la espalda como una gata en celo.
—Métemela ya… sin miedo. Quiero que me partas el toto.
MartÃn la embistió de una en la concha, sin piedad. Su pija chocaba contra ese culo glorioso con cada sentón. Carol gritaba, reÃa, se lo exigÃa más duro.
—¡Eso! ¡Cogeme como si tu mujer no existiera, papi! ¡Hazme mierda ese coño cubano!
Él sudaba, golpeando sus nalgas, enterrándose hasta el fondo. El cuarto olÃa a sexo y sal. Ella se tocaba el clÃtoris, chorreando, temblando de placer.
—Ahora el culo… —dijo ella, jadeando—. ¡Dame por el culo, que quiero acabarme con tu leche allá adentro!
Se lo escupió, se lo abrió con los dedos, y se la metió lenta… luego toda. Carol aulló como una diosa enloquecida.
—¡Dios! ¡Sigue! ¡Dame toda esa pinga VIP, papi!
MartÃn bombeando,se vino rugiendo, llenándole el culo caliente, mientras ella temblaba de orgasmo, empapando las sábanas de la suite.
Después, tirados en la cama, Carol lo miró con picardÃa.
—¿Tú sabes qué pasa cuando me cojo a un VIP?
—¿Qué?
—Que después quieren quedarse en Cuba pa’ siempre.

-El Turista del Pene Grande
El calor pegaba como lengua de dragón en La Habana. Carol caminaba lenta, con su vestido ajustado al culo redondo, haciendo que los hombres tropezaran por mirarla. TenÃa la sonrisa de quien sabe que puede escoger. Y esa noche… el destino le mandó un regalo.
Julián, 1.90 de puro músculo moreno, sonrisa fresca y esa mirada de que se la sabe toda. Lo conoció en una fiesta frente al mar, bailando pegado, sintiendo su bulto contra su muslo.
—¿Eso es una pistola o me estás provocando? —le susurró ella, rozándole la entrepierna.
—Ven y averigua, mami. Pero te advierto… soy peligroso.
No tardaron. Subieron a su cuarto en un hotel colonial con balcones abiertos y sábanas viejas. Apenas cerraron la puerta, Carol lo empujó contra la cama y le bajó los pantalones.
—¡La pinga, Dios mÃo! —jadeó al verla.
Era gigante, gruesa, venosa, caliente. Casi le daba miedo… pero más le daba hambre.
Se la metió en la boca sin pensarlo. Le costó. Le rasgaba la garganta. TosÃa, babeaba, pero no paraba. Se la mamaba como una adicta, agarrándola con dos manos, tragándosela lo más que podÃa.
Julián gemÃa, agarrándole la cabeza.
—¡Sigue, puta rica! ¡No pares! ¡Asà me gusta, trágatela entera!
Ella se sacó la verga de la boca, con saliva chorreando.
—Ahora me la vas a meter por el culo, papi. Porque esta totona no aguanta ese bicho sin partirse.

Se puso en cuatro, sacando ese culo redondo y enorme como ofrenda. Julián le escupió, lo abrió con los dedos, y empezó a introducir su pija. Lenta… gruesa… profunda.
—¡AYYYY! ¡Qué rico! ¡Me rompe el culo este hijueputa!
La cogÃa con fuerza, los huevos chocando contra su concha. El sonido de las nalgas rebotando llenaba la habitación. Carol gritaba, se tocaba el clÃtoris, se corrÃa sin parar.
—¡Dame leche en el culo! ¡Llénamelo, vergón! ¡Hazme tu perra cubana!
Julián la reventó en todas las posiciones. Le metió los dedos, la cogió de pie contra la pared, la sentó encima y la hizo brincar su concha sobre esa pija como si montara un toro salvaje.
Al final, acabó dentro de su boca. Ella se bebió todo su semen como si fuera miel, relamiéndose los labios.
Tirada en la cama, con el culo adolorido y la concha latiendo, Carol sonrió como bruja satisfecha.
—Esa pinga tuya es una maldición divina, mijo… y yo soy la diabla que la va a exorcizar cada noche.
Julián encendió un tabaco, aún desnudo, sonriendo.
—Entonces mañana te traigo a mi amigo… para ver si puedes con dos.
Ella lo miró, los ojos brillando.
—No me provoques, papi. Que si traes a dos… quizás me atrevo con tres.
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