Este relato está basado en un hecho real. Una vez más la realidad supera la ficción. Aún hoy en la era de la información e Internet, el mundo del sexo y el erotismo “cotidiano” sigue estando bastante oculto, especialmente en lo que atañe a las personas “normales”, a la gente de la calle, a los seres grises y anónimos que somos la mayoría y que por dentro escondemos fuego, sin llegar a mostrarlo casi nunca…


(La historia transcurre en un pueblo pequeño de la provincia de Barcelona)


Junio de 1969

María tiene dieciocho años y hace dos meses que empezó a trabajar en la empresa del Sr. Altamira. Se trata de una compañía familiar dedicada a la fabricación de tejidos, con un total aproximado de cien trabajadores. Es la única industria del pueblo y la principal fuente de trabajo para los habitantes del lugar.

María se siente afortunada por haber conseguido el trabajo. De su círculo de amigas hay algunas que no necesitan trabajar porque sus familias tienen el dinero suficiente para mantenerlas hasta que se casen. Sin embargo hay otras que como ella sí necesitan o quieren ganar un dinero para ayudar en casa hasta que llegue el momento de casarse y fundar su propio hogar.

Estamos a finales de los años sesenta y aunque muchas mujeres se incorporan al mundo laboral, no es fácil ni son la mayoría, por eso María se siente orgullosa de sí misma y de poder ganar un dinero que en parte va a ser sólo para ella, para ir comprando el ajuar de su futura casa. Porque aunque son tiempos de cambio, no hay una sola chica en el pueblo que no tenga claro su futuro: casarse y tener hijos. Ahí acaba todo y eso es así y nadie se lo cuestiona.

María después de dejar la escuela siguió un curso de mecanógrafa y otro de contabilidad y gracias a eso ha conseguido el empleo en la oficina del Sr. Altamira, donde es asistente de dos contables y del propio Sr. Altamira.

Desde su mesa puede escuchar el ruido ensordecedor de los telares y se felicita de estar sentada en una silla, cómodamente instalada en un despacho grande con ventanas por las que entra el sol casi veraniego y no tener que aguantar las duras condiciones que soportan algunas de sus amigas sometidas a la dura disciplina de los encargados en la gran sala de telares, sin ventanas, con luz artificial y mala ventilación.

Maria termina su jornada laboral a las siete de la tarde, una hora después de que haya cesado la actividad en la nave de telares. Tanto ella como los contables llevan una bata gris con el nombre de la empresa bordado en el bolsillo superior. Sólo el Sr. Altamira puede permitirse el lujo de lucir cada semana un traje diferente, hecho a medida, como las camisas que se cambia a diario y las corbatas que se hace traer de París y Milán.

A las siete de la tarde María deja su mesa ordenada, se levanta, musita un “hasta mañana” que no va dirigido a nadie en particular y deja el despacho para dirigirse a la habitación donde están las taquillas de las mujeres. Se trata de un cuarto no muy grande en el que se amontonan unos ochenta armaritos metálicos en el que las trabajadoras guardan las batas, bolsos, etc.

Cuando María entra en la habitación siempre tiene la sensación de que hay alguien invisible, aunque hace ya una hora que el vendaval de mujeres pasó por allí, aún sigue flotando en el ambiente el olor a mujer joven, a sudor, a perfume barato, a cabellos cepillados a toda prisa... Y puede percibirse aún el calor que han dejado tras de sí esos cuerpos que han rendido al máximo durante horas.

Se trata de una sala sin ventanas, mal iluminada con un par de fluorescentes. En el suelo, migas de pan, algún cabello que se mueve levemente, pelusas de polvo, alguna hormiga que va de un lado a otro…

María se dirige a su taquilla, la abre, se quita la bata y la cuelga y recoge su bolso pensando ya en el fin de semana. El sábado por la tarde ha quedado con sus amigas para ir a tomar algo en el bar de la plaza del pueblo, donde se junta toda la juventud y fuente de la mayoría de noviazgos. Hace ya meses que María comparte miradas y sonrisas con Manuel, un muchacho alto y delgado de diecinueve años y que en breve partirá para cumplir el servicio militar en las Islas Canarias.

Ensimismada en sus pensamientos, María cierra la taquilla, se da la vuelta y se da de bruces con el Sr. Altamira. La muchacha lo mira sorprendida, no entiende que hace el hombre en esa sala reservada sólo a mujeres. Aunque la luz es escasa, Maria percibe las mejillas arreboladas de su jefe, los ojos brillantes y el pecho que le sube y baja aceleradamente sobre la prominente barriga.

El Sr, Altamira tiene cuarenta y pocos años, más bien bajito y con unos quilos de más, calvo y de mirada inteligente. Casado y padre de tres hijos que estudian internos en Barcelona capital.

Los dos se miran bajo la pálida luz intentando decir algo, pero a ninguno de los dos les salen las palabras. Hasta que el Sr. Altamira coge el bolso de las manos de María y lo deja sobre la banqueta en la que las empleadas se sientan para cambiarse los zapatos. María no comprende nada, está asustada, sobretodo por la falta de palabras de él, que siempre se muestra muy elocuente.

El hombre la coge de las manos y la atrae hacia él. Con la proximidad de los cuerpos María percibe el calor casi animal que se desprende del hombre, y el olor… Un olor que nunca antes ella ha percibido, una mezcla de sudor limpio, de piel ardiente, un aroma que le recuerda a la flor del saúco.

Al final él consigue articular unas palabras “no tengas miedo, no te voy a hacer daño, ya verás como te gusta…” y a María se le llenan los ojos de lágrimas porque, aunque no tiene ninguna experiencia con los hombres, sí que ha oído hablar de “esas cosas” y comprende que algo va a pasar y ve con meridiana claridad que tiene dos opciones, empujar a ese hombre, apartarlo de su camino, huir de ahí y perder el trabajo… O quedarse, apretar los dientes, pasar el mal rato y mantener su puesto de trabajo.

Con una frialdad que a ella misma le sorprende, escoge la segunda opción y musita un “soy virgen” que a los oídos del Sr. Altamira suena a gloria por lo que implica de aceptación.

Él la tranquiliza, sabe que la chica “necesita” su virginidad para casarse. Como hemos dicho los tiempos empiezan a cambiar, pero en un pueblo una muchacha “sin honra” se convierte en una solterona o en una puta.

Así que él le dice con voz queda, cargada de deseo, “no te preocupes, no te desgraciaré, levántate la falda”. María lentamente se sube la falda mostrando sus bien torneadas piernas y sus muslos blancos de piel fina. “Súbela más” dice él. Y María se sube la falda hasta la cintura, él se arrodilla delante de ella, le baja las bragas hasta los tobillos y acerca su cara al pubis poblado de un suave vello rubio oscuro. María se estremece al notar la cálida respiración de él sobre su vagina, no puede verle la cara, si mira hacia abajo ve el bulto de su falda abullonada alrededor de la cintura, la cabeza de él oculta a su mirada.

Él la empuja levemente hasta que la espalda de Maria queda apoyada en el frío metal de las taquillas. El Sr. Altamira separa con las dos manos los labios mayores de la vagina de la muchacha, saca la lengua y lame los labios internos con hambre. María percibe el ruido de los lametones, el chapoteo de la saliva, le recuerda a su perro cuando bebe agua. Él separa un poco más los labios, la punta de la lengua a la entrada de la vagina, girando en círculos, subiendo después hacia el clítoris, presionando el capuchón, como pidiendo permiso. El hombre refriega su cara entera en el coño suave, con un olor que le recuerda ligeramente a la piña, lo chupa, lo muerde con dulzura, lo degusta con pasión.

Mientras María mantiene las manos fuertemente apretadas alrededor de la falda. Percibe el calor de su cuerpo, como fiebre. La vergüenza y el asco iniciales han dado paso a la sorpresa, al estupor provocado por unas sensaciones que nunca antes había experimentado. La lengua caliente y dura de él le recorre todos los rincones del coño, como si se tratara de un gusano impaciente que busca comida.

El Sr. Altamira percibe con agrado como el coño de Maria se va humedeciendo de sus propios jugos, ácidos y ásperos, que a él le saben a gloria. Decide que es el momento y chupa el clítoris con suavidad y persistencia, dando golpecitos con la lengua, atento a la respiración de ella.

María ya se ha olvidado de donde está, con los ojos cerrados, las piernas ligeramente separadas, las manos tontamente cogidas a la falda, todo su cuerpo es una brasa encendida en manos de su amo. Respira tan rápido que cree que se va a desmayar, percibe los agujeros de su coño y de su culo como si fueran el centro del mundo y esa lengua ardiente que en cada lametazo le quita el oxígeno la tiene completamente sometida.

Sin dejar de lamer el clítoris el hombre desliza una mano por detrás de los muslos de ella, busca el agujero del culo, está completamente mojado de los líquidos que se han deslizado de la vagina, con el dedo índice traza suaves círculos alrededor del orificio que palpita con cada caricia. Al final lo penetra, todo el dedo dentro, después dos, sin dejar de dar lametones en el clítoris. Puede oír que María gime cada vez más alto.

Él consigue decir “silencio” y ella se muerde los labios mientras el primer orgasmo de su vida explota en cada milímetro de su cuerpo, de los pies a la cabeza. Primero María piensa que se va a mear, la sensación es esa, quiere aguantarse, pero no puede, las oleadas de placer empiezan a sacudir su cuerpo, no se mea, los espasmos le hacen temblar los muslos, la barriga, siente el corazón latir en el agujero de su coño. Las olas que suben de su bajo vientre son tan cálidas y placenteras que María querría ser mar para siempre.

El Sr. Altamira se separa rápido de ella, le da la vuelta y hace que la muchacha le ofrezca el culo bajando el torso y apoyando las manos en la banqueta. A la suave luz y a los hambrientos ojos del hombre el espectáculo es maravilloso. La hembra con el culo levantado, las piernas separados, sus agujeros ofrecidos, húmedos, brillantes, aún palpitantes…

El Sr. Altamira se desabrocha rápidamente la bragueta, se saca con dificultad un miembro duro y casi negro por la acumulación de sangre, grande, grueso, espléndido si alguien más ahí lo pudiera ver. Lo empieza a refregar suavemente por el culo de Maria, friccionando el glande en el esfínter, como haciéndole cosquillas, escupe sobre él para lubricarlo.

María está aturdida, la mezcla de emociones hace que no sepa si lo que vive es una pesadilla o un agradable sueño. El orgasmo ha sido increíble pero pensaba que allí acababa todo, que él la dejaría marchar, pero parece que el juego sigue y vuelve a sentir miedo.

La penetración llega sin avisar, de golpe, toda la polla hasta los huevos hundida en el culo de María. Un pequeño grito de ella silenciado nuevamente por las órdenes de él “no quiero que nos oigan”. Y el balanceo que empieza sin compasión, con penetraciones lentas y profundas que se alternan con golpes cortos que producen un sonido húmedo de frote y rozamiento.

A María se le saltan las lágrimas, ese cabrón la está poseyendo completamente, haciendo con ella lo que quiere. Sí, le ha dado placer, pero ha sido para al final forzarla salvajemente.

La mano derecha del Sr. Altamira se desliza sobre el coño chorreante de Maria, le pellizca el capuchón del clítoris, como encerrando dentro la sensible perlita. Y mientras lo mantiene presionado, encerrado en su cuevita, sigue follándose ese culo de nalgas blancas y redondas, que tiemblan con cada embestida.

A María le escuece enormemente el culo, le arde, mientras el Sr. Altamira se la folla sin piedad y le aprieta el clítoris entre los dedos. El segundo orgasmo la sorprende aún más que el primero, las ondas de placer empiezan a expandirse desde su pipita a toda su zona vaginal y anal, los espasmos hacen que las paredes de su ano aprieten aún más la polla que por su tamaño parece a punto de reventar…

Y sí, mientras María llora su placer y su humillación, el Sr. Altamira eyacula en silencio dentro de ese culo, apretando los dientes, bañado en sudor, tragando saliva…

Después él se separa, le ofrece un pañuelo y desaparece sin decir palabra.


Junio de 1973.

Hoy es el último día de trabajo de María en la empresa del Sr. Altamira. Han pasado poco más de cuatro años desde que entrara a trabajar como secretaria y ahora que se casa dentro de dos días ha llegado el momento de dejarlo. A partir de su boda María se dedicará sólo a su marido y a su nuevo hogar. Vivirá en casa de sus suegros. Su futuro marido es hijo único de un albañil que ha trasmitido el oficio a su hijo y que no viven mal, siempre con trabajo y con tres asalariados que hacen que a María le espere una vida plácida siempre y cuando se adapte a la convivencia con sus suegros.

Son las siete de la tarde y María recoge sus objetos personales, se despide con un par de besos de los dos contables y también del Sr. Altamira.

Se dirige a la sala de taquillas y espera… Hasta que unos brazos conocidos la abrazan por detrás, unas manos calientes y hambrientas le manosean los pechos por encima de la blusa, un aliento de fuego le abrasa el cuello y puede percibir la dureza de una polla entre sus nalgas…

Cuatro años. Cuatro años en los que el Sr. Altamira ha abusado regularmente de ella, un par de veces a la semana, sin palabras, sin besos, sin quitarle su virginidad.

Cuatro años en los que ella se ha sometido a él. Humillada y asqueada al principio, con resignación después, sabiendo que una vez se casara todo aquello acabaría.

Encuentros furtivos de los que no han hablado nunca, comportándose en la oficina como si nada pasara, actos sexuales apasionados en los que ella siempre se ha mostrado pasiva y él ha llevado la iniciativa. Su amo…

María nunca le ha hablado a nadie de “eso” y mucho menos a su futuro marido. Sabe que no sería bueno para ella, como también sabe que su himen intacto atestiguará su virginidad.

Pero hoy, último día, María es consciente de cómo ha disfrutado cada encuentro, del placer que le ha dado el cabrón de su amo, de cómo cada vez que acababa un asalto ella ya estaba pensando en el siguiente. De cómo el la ha enviciado, la ha convertido en una adicta…

Cientos de veces pensó en dejar la empresa, no ha habido un solo día en que no se haya sentido mal por lo que estaba pasando, sabiendo que él abusaba de su poder y que ella era demasiado débil para rebelarse.

Siempre el mismo ritual, sin palabras, sin emociones compartidas, sexo oral al principio, buscando el orgasmo de ella, sexo anal después, sin contemplaciones, hasta llegar al orgasmo de él.

Hoy es el último día. Parece que el Sr. Altamira busca una despedida especial. La desnuda completamente, cosa no habitual, le pasa las manos por todo el cuerpo, desde la cabeza hasta los pies, acaricia cada rincón de piel como si a través de sus manos quisiera grabar en su memoria la calidez, la suavidad, la entrega de ese cuerpo que tiembla de deseo y placer anticipado bajo sus palmas.

Sabe que la perderá para siempre, que ella se traslada a vivir a otro pueblo, que será de otro hombre. Le pide que se tumbe entera sobre el banco, una pierna a cada lado de la banqueta, el coño abierto y ofrecido, el clítoris prominente entre el escaso y brillante vello. El hombre se arrodilla y empieza a lamer. Cada vez que la lengua roza el clítoris expuesto ella no puede evitar un respingo. Se sabe suya, a su merced, esclava de sus caricias. De vez en cuando su amo desplaza su boca a los pechos, succionando, mordisqueando los pezones glotonamente.

Al final es el quien se tumba en el banco y le pide a ella que se siente en su cara. María sabe que la puerta está cerrada con llave. Él se lo dijo una vez, que la cerraba siempre. Pero aún sabiéndolo, no puede evitar temer que alguien consiga entrar y los vea de esa manera. El Sr. Altamira, el amo, tumbado en un banco con su traje de alta costura y ella a horcajadas sobre su cara, abriendo su coño mojado a la boca y la lengua de él. Sus pechos abundantes colgando y temblando suavemente, el aliento de él rebotando en la humedad de ella, su lengua penetrándole el ano una y otra vez, como una pequeña polla incansable. Una vez más el le pellizca el clítoris con delicadeza pero sin compasión, presionando a través del capuchón mientras mantiene la lengua lo más adentro posible dentro de su culo.

María ha aprendido a tragarse los gemidos, a sofocar su respiración, pero su cuerpo se agita como si toda ella fuera un único músculo que se tensa y se relaja, que se dilata y se contrae en un orgasmo intenso que se deshace en sudor en las raíces de sus cabellos, en la saliva dulce de su boca, en el flujo fragante de su coño de hembra entregada.

Después ella se pone a cuatro patas en el suelo, sobre su propia ropa, y el Sr. Altamira la posee como a él le gusta, le clava la verga en el culo en un solo y hábil movimiento que a ella le para la respiración. Esta vez él se mueve lentamente, consciente de que es la última vez, alargando el placer y la unión todo lo que puede.

María siente la polla abrasándole el culo, recuerda las primeras veces, cuando una vez en casa, a escondidas, se aplicaba compresas de agua fría para aliviar el escozor. Inesperadamente él se separa, hace que ella se de la vuelta y le mete la polla en la boca. Nunca antes había sido así. Los ojos de María se llenan de lágrimas porque la enorme polla casi la ahoga. El hombre la coge por el pelo y guía la boca de ella adelante y atrás, a veces le presiona el cogote y la obliga a tragarse todo el miembro, es entonces cuando le falta el oxígeno, pero él calcula bien y la vuelve a separar para que ella recupere el aliento.

A María le gusta la sensación, esa carne dura y vibrante, la piel tirante, tensada por la acumulación de sangre. La polla arde sobre su lengua, el glande de una suavidad que la sorprende resbala una y otra vez en su paladar. Y el olor… una vez más la flor del saúco…

El Sr. Altamira acelera los movimientos de la cabeza de María, él vestido como un gran señor, ella desnuda y brillante de sudor bajo el par de fluorescentes. Eyacula abundantemente, la boca de María se llena de esperma caliente, dulce y áspero a la vez, empieza a tragar, hasta la última gota.


Junio de 1993

Hoy María celebra sus veinte años de matrimonio con Manuel. Veinte años en los que ha habido de todo. El nacimiento de tres hijos, la enfermedad y muerte de sus suegros, la convivencia al principio difícil, después feliz y al final monótona y aburrida con un marido trabajador y fiel.

Ella sabe que no puede quejarse. Algunas de sus amigas no han tenido suerte y ella vive una existencia plácida en la que no le falta de nada, con tres hijos ya crecidos que no le causan problemas.

Celebran una comida familiar en un restaurante de Barcelona. Su marido, sus hijos y los dos hermanos de María con sus parejas e hijos. Forman un buen grupo, animado y alegre. Hay regalos, brindis por los veinte años y María y Manuel se besan en la boca a petición de todos.

Por la noche, los dos acostados, a oscuras, Manuel busca el cuerpo de ella, le arremanga el camisón, se pone encima, la penetra suavemente y eyacula después de un delicado vaivén que no llega a los cinco minutos. Después él se tiende a su lado, le pregunta si le ha gustado, ella responde afirmativamente y él se duerme plácidamente. Los ronquidos de él envuelven la insatisfacción de ella. Siempre ha sido así con Manuel, suave, dulce, rápido, igual durante veinte años. Nunca le ha pedido nada y ella tampoco a él. Hace años que ella no piensa en el Sr. Altamira, a veces tiene un orgasmo cuando Manuel la penetra, una sensación leve de placer, un placer casero, seguro, sin remordimientos. Tiene todo lo que una puede desear, o casi todo…


Junio de 1998

Veinticinco años de matrimonio, como pasa el tiempo, María se acerca ya a los cincuenta años, está teniendo una existencia sosegada y sin sobresaltos. Dos de sus tres hijos ya no viven en casa. Aunque hoy están todos reunidos, celebrando una vez más su aniversario de boda. Esta vez también han invitado a primos lejanos a los que hacía años que no veía.

Están ya en la sobremesa, en un lujoso restaurante. María ha bebido más de la cuenta, se siente desinhibida y alegre, con ganas de hablar. Ha salido a ver los magníficos jardines del restaurante, pasea entre los árboles y parterres acompañada de uno de sus primos lejanos. Recuerdan tiempos pasados, algunos veranos en Sitges, junto al mar, o unas Navidades en casa de unos parientes en Andorra.

Se sientan en un banco. Como los dos están un poco achispados la conversación deriva hacia temas más íntimos de una forma que a los dos les parece natural, incluso les produce una leve excitación hablar sobre su respectiva vida conyugal. Ella sabe que su primo, de unos cincuenta años, es una persona abierta de mente, que a pesar de estar casado desde muy joven, ha intentado siempre disfrutar de los placeres de la vida, aunque por desgracia su mujer no le ha acompañado en los gustos y él ha vivido algunas historias fugaces y ocultas. Él se muestra comprensivo y atento a las explicaciones de María, hasta que casi sin ella darse cuenta, la mujer le confiesa que su vida sexual es un completo desastre. Y ella misma se sorprende oyendo por primera vez en su vida y en voz alta lo que hacía con el Sr. Altamira en el cuarto de taquillas…

“El placer que sentí entonces con el sexo anal, no lo he llegado a sentir nunca con mi marido, pero jamás me he atrevido a pedírselo porque sé que él no lo entendería, y no sabes como lo añoro, como lo he añorado durante todos estos años…”.

Y al decir estas palabras María deja que sus preciosos ojos almendrados, húmedos de emoción, resbalen por las azules pupilas de su primo, que sonríe y le dice “te entiendo”.

Después se levantan, abandonan el jardín y regresan con el grupo sin volver a cruzar ni una palabra hasta la despedida a las puertas del restaurante.


Junio de 2000

María tiene invitados el próximo fin de semana. Ha ido a la capital, Barcelona, para hacer unas compras de última hora. Son ya las doce del mediodía cuando oye que alguien pronuncia su nombre a sus espaldas. Se gira, reconoce a su primo lejano, Luís, recuerda que hace dos años que se vieron por última vez. También le viene a la cabeza la conversación íntima que mantuvieron y se sonroja al recordarlo.

El le da dos besos y le pregunta cómo está, entablan una conversación superflua en medio de la calle, con el ruido del tráfico de fondo, hasta que él le dice “¿quieres que aprovechemos esta casualidad?”. Y ella asiente con la cabeza, sin palabras.

Él la guía hasta un local donde alquilan habitaciones, los trámites son rápidos y discretos, en cinco minutos están los dos solos en una habitación decorada con cierto gusto, con una enorme cama, un par de sillas y un baño anexo. Todo parece bastante nuevo y flota en el aire un leve aroma a lilas y desinfectante.

María tiene aún el bolso colgado del brazo, las bolsas en la mano, se siente como en un sueño, como si ella misma fuera una espectadora de lo que pasa, sin capacidad para actuar o decidir.

Luís toma la iniciativa, le coge las bolsas y el bolso, los deposita en una silla, después empieza a desnudarla con determinación y autoridad. Ella se deja hacer. En unos instantes está desnuda en medio de la habitación. Luís la mira con superioridad y admiración a la vez. Saborea la belleza madura de ese cuerpo de cincuenta y pico años, que ha parido tres hijos, que ha vivido y dejado de vivir. La piel blanca y suave, el rubio vello de los brazos ligeramente erizado, la barriga temblorosa cuando el le pasa la mano casi sin tocar, el pubis abultado y con algunos pelitos blancos.

Ella le mira y le suplica con la mirada. Él se muere de ganas de besarla pero no lo hará, sabe bien cual es su papel. Le ordena que se tumbe en la cama, que sea ella misma quien se abra el coño con las manos, después él, vestido, se sitúa entre sus piernas y empieza a comerse ese chocho que lleva más de treinta años sin ser degustado.

Luís aspira el suave aroma de hembra caliente, besa con dulzura los rizos alrededor de los labios, mordisquea la carne ofrecida, lame la raja en toda su longitud, del clítoris hasta el ano, deteniéndose un momento en la cicatriz de una episiotomía. Le gusta esa hembra, un cuerpo que ha vivido, que ha viajado en el tiempo y que a la vez se ha mantenido al lado de los caminos del placer, sin pisarlos.

Cuando la lengua de Luís roza los pelitos alrededor del agujero del culo, María da un respingo y cuando lame con fuerza y deseo el agujero oscuro y caliente, el primer orgasmo sacude el cuerpo de la mujer, tomando a los dos por sorpresa.

Luís continua degustando ese coño entregado, esos agujeros que palpitan bajo su lengua, desliza todo el rostro en la humedad de sus jugos. Puede oír como ella ahoga sus gemidos, levanta la cabeza y la mira, María tiene los ojos cerrados y se muerde los labios.

Luís le introduce un par de dedos en el culo a la vez que le sigue comiendo el abultado garbancito. Las paredes internas del culo de María acogen sus dedos con vigor y dulzura a la vez, apretándolos y dejando que se deslicen, dentro y fuera, fuera y dentro hasta que un nuevo orgasmo los mantiene fuertemente sujetos en el interior para luego expulsarlos de nuevo con un espasmo de placer que hace que se escape un pequeño grito de la garganta de María.

Luís se separa de ella, permanece de pie mientras María sigue tumbada en la cama. El hombre se abre la bragueta y se saca la polla erecta y húmeda, exhibiéndola sin pudor delante de María, ella la mira con ojos vidriosos, mientras el acaricia todo el tronco, recogiendo las gotitas de lubricante de la punta y extendiéndolas a lo largo del miembro, haciendo que brille, que se muestre hermoso y orgulloso delante de la hembra.

Luís piensa que tiene todo el tiempo del mundo, piensa que se va a quedar ahí de pie los minutos que haga falta, acariciándose sensualmente, mostrándose…

Hasta que María no puede más, siente su ano ardiente, su recto agitándose sin poder esperar más, tiene que hablar, tiene que pedírselo… Se pone a cuatro patas encima de la cama, el culo completamente en pompa, las piernas separadas, tanto el agujero de su coño como el ojete dilatados y húmedos. Las palabras salen de su boca con voz temblorosa de deseo, suplicantes…

“Por el culo, por favor”

Y Luís le clava la verga en el culo de una embestida, él de pie en el suelo, ella en la cama como una perra callejera, sólo que sin aullar, manteniendo a duras penas el silencio, sus pechos colgando sobre las sábanas, relucientes de sudor.

El hombre la taladra durante media hora, sin descanso, combinando momentos de embestidas fuertes con otros de extrema dulzura. En la habitación apenas se oyen las respiraciones y el chapoteo del pene en el culo, el sonido de la carne resbalando sobre carne, el aire que entra y es expulsado de nuevo, el ruido seco de los golpes que la pelvis de él arranca en las nalgas de ella.

Los orgasmos de ella se suceden sin que Luís tenga más indicio que las contracciones del recto sobre su polla, está admirado de la capacidad de aguante de la mujer, de cómo sofoca sus gemidos. El hombre siente que ya no puede más, tiene el pene a punto de estallar, siente como si su esperma estuviera en ebullición y a punto de derramarse. Con la mano derecha coge a María del pelo y la obliga a levantar la cabeza, ahora ella sólo se aguanta con sus rodillas. El torso hacia atrás, los oscuros pezones oscilando con las embestidas, la cara congestionada de placer. El hombre tira fuerte del cabello de ella, con la otra mano consigue introducirle tres dedos en el coño. María no puede más, se siente completamente poseída, entregada, abre la boca, la respiración se le paraliza, por un momento se hace el silencio absoluto. El grito sube desde lo más profundo de sus entrañas, un grito que engloba todos los que sofocó en el pasado.

Y después la explosión, él percibe el orgasmo de ella primero en los dedos que tiene introducidos en la vagina, después en su culo y en todo el cuerpo que se convulsiona como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Los gritos de placer absoluto de María llenan la habitación. Los muslos, los brazos, todo su cuerpo tiembla en éxtasis.

Y Luís se permite al fin eyacular, con el miembro introducido al máximo en ese cuerpo convulso, dejando que su leche ardiente se derrame lentamente mientras su polla late a la par que su corazón, oleadas cálidas y aterciopeladas que van bajando de intensidad junto con su respiración, hasta que nuevamente se hace el silencio en el dormitorio y los dos se tumban agotados en la cama. María desliza una mano entre sus nalgas, después la huele con fruición, flor de saúco…

Al cabo de treinta minutos los dos primos se despiden en la calle con un par de besos en las mejillas. “Hasta la vista”, “hasta otra”. Hasta que el destino decida si deben cruzarse sus caminos de nuevo, o no…