La gran búsqueda
Parte II


Para comprender este relato, es absolutamente necesario leer la Introducción y los relatos previamente publicados

Estando amarrada todavía en el extraño altar, presencié como una por una de las sacerdotisas futanari se acercaban a mí, con sus vergas muy en alto.

Indefensa como estaba no podía hacer nada, pero tampoco era que quisiera hacer mucho. Como Lucía había dicho, esta era una experiencia única, y teniendo esas 14 majestuosas vergas a mi disposición, pues no podía hacer otra cosa más que disfrutarlo.

Una por una comenzaron a lamer todo mi cuerpo desnudo, catorce deliciosas lenguas que hacían maravillas alrededor de todo mi cuerpo. Dos se dedicaron a un erecto pezón, otras dos al otro pezón, dos se ocuparon de coño empapado, otras cuatro lamían mis muslos en toda su extensión, dos más lamían mi vientre y las dos últimas se acercaron a mi rostro para compartir un exquisito beso a tres bocas.

Era como ser sometida a una tortura de placer extremo, como si quisieran matarme del placer. Al tener mis manos amarradas, pugnaba por poder acariciar aunque fuera un poco aquellos cuerpos perfectos; masajear alguno de los turgentes pechos que se restregaban por mi cuerpo al ritmo de las lamidas; meter mis deditos en algún coño chorreante y lamer, aunque fuese una vez, alguno de sus rosados y apretados anitos.

Estaba ya en un paroxismo de placer, había perdido la cuenta de cuantas veces había acabado ya, pero sus lenguas no parecían querer ceder. De pronto Lucía, quien había estado presenciando la escena desde una distancia prudencial, dio una sonora palmada. A su orden, las catorce diosas dejaron de chuparme por todos los rincones y se accionó un mecanismo oculto que me liberó de mi prisión.
Disfruta Isa, disfruta…

Cuatro de ellas me tomaron en volandas y me colocaron delicadamente en el piso. Con un delicado pero firme gesto, me ordenaron que me arrodillara. Inmediatamente, alrededor mío se formó un círculo, en el que todas las pollas apuntaban hacia el interior, donde yo me encontraba. No tuvieron que darme más explicaciones, ya sabía exactamente lo que tenía que hacer.
De inmediato engullí con verdadera hambre una de las vergas. Mamé profusamente, hasta que el glande me llegaba a la campanilla. Con mis manos pajeaba fuertemente otras dos vergas para luego de unos minutos, cambiar hacia un nuevo trío de pollas.

Tenía catorce a mi disposición, pero sólo una boca, y quería abarcar más. Me metí dos vergas de un solo envión, retando a que mi mandíbula se desencajase. No me importaba, sólo quería sentir más vergas.

Las colosales porongas no parecían aminorar su marcha, y mientras más las mamaba y las pajeaba, más grandes, rojas e hinchadas se ponían. Tenían muy buena resistencia, ninguna parecía tener que acabar pronto.

Los rostros de las diosas se contraían en muecas de placer, y entre ellas compartían eróticos besos mientras sus vergas reposaban en mis manos y boca. A más de una aproveche para meterle un par de deditos en el coño y en el culo mientras le mamaba el cipote. Sus coños chorraban divinos néctar que nunca se desperdiciaban, ya que siempre había una boca dispuesta para lamerlos. Sus culos bien apretaditos se intuían como un caliente y acogedor refugio para cualquier verga que osara irrumpir en sus profundidades.

Cuando todas las vergas hubieron pasado al menos un par de veces por mi boca, las sacerdotisas decidieron que ya era suficiente y que debíamos pasar a algo más reconfortante. Nunca hablaban, pero no era necesario, ya que sus gestos reflejaban a la perfección lo que querían decir. El sexo es el idioma universal, y yo me estaba convirtiendo en una experta intérprete, manejando con esmero el lenguaje de las vergas, los coños y los culos.

Una de ellas se acostó en el frío suelo de mármol, que pronto iba a ser calentado por nuestros cuerpos ardientes y por los tibios fluidos que lo iban a inundar. Obedientemente, me coloqué a horcajadas sobre ella dirigiendo su erecto mástil hacia mi coño. Una vez que hubo entrado bien profundo, otra de ellas se acercó a mi culo, y ayudado por dos sacerdotisas que tiraban hacia afuera de cada una de mis nalgas, introdujo su cipote hasta el fondo de mis entrañas. Otra más se colocó al frente, ofreciendo su salchichón a mi golosa boquita, y dos más colocaron sus pollas al alcance de mis manos. Cuando las seis estuvimos bien acopladas, comenzamos el frenético ritmo de penetración, rodeadas de las nueve restantes quienes se masturbaban mutuamente alrededor nuestro. Cada cierto tiempo cambiaban, para que mi culo pudiera disfrutar de la variedad de pollas que estaban a mi disposición. La única que permanecía siempre en su sitio era la de mi coño, que de vez en cuando aprovechaba para masajear mis tetas y darle traviesos mordisquitos a mis erectos pezones.

Luego de que mi culo hubo catado trece diferentes vergas, y de un par de sonoros orgasmos por mi parte, cambiamos de posición. Nunca llegaron a acabar, y ya estaba comenzando a angustiarme pensando que no iba a poder degustar el delicioso néctar que de tan exquisitas vergas debía manar.
Esta vez, se acostaron dos en el piso muy juntas, abrazadas boca arriba, hasta que sus vergas se juntaban en un gran monstruo bicéfalo. Ya me iba a colocar encima de ellas para meterme ambas vergas en mi coño, cuando me hicieron señas para que me diera vuelta. ¡Esto iba mejorando cada vez más!
Me coloqué en cuclillas sobre ellas, y ayudada por cuatro sacerdotisas, logré colocar ambas cabezas de verga en la entrada de mi abierto ano. Dos de ellas dirigían las vergas hacía mi interior, mientras que las otras dos abrían mi culo al máximo para permitir la penetración. Dos más se acercaron y comenzaron a lamer ambos glandes y mi culo al mismo tiempo. Cuando llegó el momento indicado, me tomaron de los hombros y me empujaron hacia abajo.

Sentía que mi culo se iba a romper cuando ambas vergas llegaron hasta el fondo, pero inmediatamente, dos bocas comenzaron a lamer mis pezones para mitigar el dolor y una verga entró en mi boca para evitar que gritara, bien fuera de dolor o de placer.

Con las dos vergas aparcadas en mis intestinos, me recosté hacia atrás, hasta quedar mi cabeza entre las de las dueñas de ambas vergas. Lamían mi cuello y mis orejas, al tiempo que comenzaban con el mete y saca anal.

Cuando las dos vergas dueñas de mi oscuro agujero se hubieron acoplado al ritmo, dos sacerdotisas tomaron mis piernas y las llevaron hacia atrás, casi hasta mi cabeza, cuidando siempre de que ni un solo centímetro de verga abandonara mi culo.

Otras dos sacerdotisas se acercaron a mí, y arrodilladas cada una debajo de mis piernas, guiaron sus mástiles horizontales hacia la entrada de mi coño. Presionando al mismo tiempo, poco a poco ambos glandes con forma de champiñón gigante se fueron abriendo espacio en mi femenil cueva. El coño es mucho más elástico que el culo, así que no tuve problemas en darle alberque a ambas. Una vez acostumbradas a tan difícil posición, las cuatro vergas de mis bajos comenzaron a bombear de a pares en mis agradecidos agujeros.

¡No podía creerlo! Tenía dos vergas en el culo y dos en el coño. Y no eran vergas cualquiera. El largo y el grosor de estos cipotes superaban en mucho al de cualquier negro que me hubiera follado antes. Las vergas de estas mujeres dejarían en ridículo a la de cualquier negro que hubiera pasado ya por mis agujeros.

Por supuesto, no podían olvidarse de mi boca, y a cada lado de mi cabeza se arrodillo una diosa ofreciéndome para que degustara su dura salchicha. Con esfuerzo, logré engullir ambos glandes. Dos más se acercaron, una a cada lado, para que las pajeara, y una más, aprovechándose de mi indefensión, se sentó en mi pecho y guío su verga por entre el canal que formaban mis tetas. Apretando con ambas manos mis pechos, comenzó a hacerse una deliciosa paja rusa.

Estaba en el paraíso: dos vergas en mi culo, dos en el coño, dos en la boca, una en cada una de mis manos y una más entre mis tetas. ¡Me estaba follando simultáneamente nueve vergas! ¿O las nueve vergas me estaban follando a mí? ¡Y todavía quedaban cinco más a la espera! No me importaba nada, definitivamente ¡este era mi nuevo récord!

Ya antes había contado con una buena cantidad de vergas que me hicieran el honor. Me había follado a casi 40 hombres en una noche, uno detrás de otro; y en la casa de la playa de mi novio, 5 negros me habían follado al mismo tiempo. Pero nunca había llegado a tener 6 pollas al mismo tiempo en mi interior.
Las seis vergas entraban y salían de mí ser a un ritmo frenético, al tiempo que mis manos no dejaban de pajear las otras dos y la de mis tetas arreaba con su deliciosa paja.

Así estuvimos un buen rato, hasta que mi voluntad cedió y decidí dejar de ser la que llevara el ritmo y convertirme en un simple trozo de carne violado a voluntad de 9 voluptuosas mujeres.

Esta era la cogida de mi vida, mi cerebro hacía tiempo que había dejado de pensar y simplemente era un ente que sólo servía para recibir placer. Placer, placer, placer, placer. Eso era todo lo que mi cuerpo sentía.
Las otras cinco diosas esperaban su turno, masturbándose frenéticamente las unas a las otras. Pero nunca ninguna acababa. Ya yo había perdido la cuenta de los orgasmos, se contarían por cientos, pero ellas, aún no habían sucumbido al placer.

Volví a la realidad cuando la que me follaba las tetas se levantó y las seis vergas de mi interior se detuvieron.

Las que me follaban el culo comenzaron a separarse un poco debajo de mí, pero nunca sin retirar sus vergas de mi agujero negro. Cuando hubieron dejado espacio suficiente como para una persona, una de las sacerdotisas que se estaba masturbando, se coló por debajo de nosotras, quedando directamente debajo de mí.

Diestramente, las que estaban libres guiaron su verga hacia mi doblemente ocupado trasero. Ambas vergas comenzaron a tirar hacia los lados, y entre ellas se coló un tercer ocupante. Mi culo había perdido toda resistencia, por lo que una tercera verga podía ser muy bien acogida. Empujando hacia arriba comenzó a penetrarme, y rápidamente alcanzó en profundidad a las otras dos. ¿Tres vergas en el culo? ¡Nuevo récord a la vista!

Pero no era suficiente. Al menos para ellas.

Haciéndose un poco a los lados, las dos que se encontraban arrodilladas encargándose de mi coño dieron la bienvenida a una tercera verga, que ubicándose entre ellas, penetró también sin dificultad alguna mi igualmente doble-penetrado coño. Si habían cabido tres en el culo, tres en el coño no debía ser problema alguno. Y no lo fue.

Seis pollas en mis agujeros inferiores. Increíble. Sencillamente increíble.

Por supuesto mi boca no podía ser menos, así que la que antes se estaba pajeando con mis tetas se colocó directamente encima de mi cabeza y guío su cipote hacia mi boca. Las dos que allí se encontraban previamente se alojaron cada una en cada uno de mis cachetes, para dejarle la boca libre a la nueva integrante. Nunca pensé que mi boca podría dar abrigo a tres gigantescos cipotes sin desencajarse mi mandíbula.

Faltaban tres. Una de ellas tomó el relevo de mis tetas, y sentándose como pudo en mi pecho, comenzó con su deliciosa pajar rusa. Las dos vergas restantes se acercaron a mis manos, pero como con ellas no podía abarcar el grosor conjunto de ambas vergas, decidí pajearlas una con los dedos índice y pulgar y la otra con los tres dedos restantes.

El círculo se había completado. Ahora entendía porque eran catorce, y no una más ni una menos. Si una mujer lograba aguantar el trote de catorce vergas follándosela a la vez, tenía ganado con orgullo propio el derecho de pertenecer a la secreta sociedad del "Magna Penis".

Si antes pensaba que nueve vergas era mi límite, ya con catorce no sabía ni qué pensar. Nunca pensé que las leyes de la física permitieran que una sola mujer pudiese ser follada al mismo tiempo por catorce vergas. Sencillamente era impensable. Impensable, más no imposible, como lo estábamos demostrando nosotras 15. Quince personas involucradas al mismo tiempo en el mismo acto sexual.

Las catorce vergas se movían a un ritmo endiablado. Las tres de mi culo entraban y salían al mismo tiempo que las tres de mi coño y que las tres de mi boca, así que había un segundo en el que me liberaba de las nueve, para al segundo siguiente ser invadida de un solo golpe por 9 ciclópeos mástiles.

Las sacerdotisas parecían estar increíblemente bien entrenadas, ya que nunca perdían el ritmo. Quién sabe cuántas veces habrían repetido este mismo acto con anterioridad.

Ya estaba a punto de caer inconsciente de tanto placer, cuando sentí que poco a poco las catorce vergas comenzaron a hincharse. Sentí que iba a explotar.

Casi al mismo tiempo, las catorce vergas comenzaron a correrse, unas en mi interior y otras por encima de mí.

Sentí un profundo chorro de leche caliente invadiendo mi interior, corriendo por todos mis intestinos, al mismo tiempo que en mi boca, tres vergas lanzaban sus cargas directamente hacía mi interior. Llegué a pensar que el semen de mi boca se juntaría con el de mi culo, tal era la presión con la que me estaban rellenando. Mi coño sufrió lo mismo, y sentí como me quemaba por dentro el caliente néctar que me llegaba directo hasta el útero.

Mi cuello se vio cubierto de grandes goterones disparados desde la que me follaba las tetas y las vergas de mis manos comenzaron a resbalarse debido a la gran cantidad de semen que de ellas manaba.

Tragué y tragué lo que pude, intentando también retener en el interior de mi coño y culo la mayor cantidad de leche posible. Pero mis agujeros estaban tan abiertos que era poco lo que podría retener.

Cuando hubieron soltado sus últimos chorros, las catorce se retiraron, dejándome allí tirada chorreando semen por todo mi cuerpo. Mi coño y mi culo se habían convertido en un manantial del que manaba leche sin parar.

No me había dado cuenta antes, pero el piso estaba un poco inclinado y a mis pies, un canal excavado en la piedra recogía en un singular río todo el semen que salía de mi interior. Al final de este canal, una oquedad en el piso contenía un recipiente en el que poco a poco se iba depositando todo el semen.
Luego de unos minutos, cuando ya la mayoría del semen se hubo depositado en el recipiente, Lucía, quien se había mantenido al margen de la orgía como una mera espectadora, lo tomó entre sus manos y con un gesto me hizo arrodillar.

– Bebe Isa, bebe del auténtico maná, el manjar enviado por los dioses.

No necesitaba decírmelo dos veces, y tomando el cuenco con mis manos degusté hasta la última gota. El embriagador sabor del sagrado néctar de las catorce vergas me hizo perder el conocimiento y, borracha de placer, me fui sumiendo en un lujurioso sopor.

Desperté sin tener la menor idea de dónde me encontraba. Todo estaba oscuro y en silencio.

– ¿Mamá? – Llamé por instinto - ¿Dónde estás, mamá? ¿Francis? ¿Anna? ¿Dani? ¿Hay alguien, por favor?

No obtuve respuesta.

Estaba completamente desnuda, pero eso no era nada extraño, ya que desde hacía tiempo que no solía dormir vestida.

Me levanté, y noté que me picaba el coño. Sentía un extraño picor en la vagina, sobre todo el clítoris.

De pronto, la completa oscuridad dio paso a una enceguecedora luminosidad, producida por las antorchas con forma de pene que se acababan de encender.

En ese momento, instintivamente, llevé una mano a mis ojos y la otra a mi clítoris, para intentar aminorar la picazón que allí sentía.

En ese momento, todo mi ser se estremeció.

No tenía clítoris, al menos no como lo recordaba. En su lugar, se encontraba una majestuosa y erecta verga. Surcada por gran cantidad de venas y con una roja cabeza de hongo, era tan grande que si quería, podía mamarla con sólo inclinar un poco mi cabeza. Era mi verga, mi propia verga, y rivalizaba en tamaño y proporciones con la mejor verga que había conocido en mi vida: la de mi madre.

Poco a poco, mis ojos se fueron adaptando a la claridad, y fui tomando conciencia de dónde me encontraba.

Aún me encontraba en el gran salón donde hacía horas (¿minutos? ¿o tal vez días?) había participado en la orgía de mi vida, donde catorce diosas me habían follado hasta perder el conocimiento.

Me encontraba en el centro, donde debía estar el altar. Pero este ya no estaba. En su lugar, y a mi alrededor, se había colocado una tarima circular, que se elevaba hasta la altura de mis rodillas.

Y encima de la tarima, no podía dar crédito a lo que se encontraba.

Allí se encontraban las catorce sacerdotisas, todas completamente desnudas, en cuatro patas con sus culos en pompa apuntando hacia mí, rodeándome completamente.

Era una visión espectacular, catorce culos abiertos a mi disposición, de todos los colores, pero con una sola forma: perfectamente redondos. En la mayoría, los ojetes pestañeaban, como pidiendo a gritos una verga que los penetrara. Debajo de ellos, catorce coños perfectamente depilados chorreaban líquidos que ya comenzaban a encharcar la tarima. Pero lo más impactante de todo era que las catorce vergas ¡habían desaparecido!

¿Qué obra de magia era esta? Hace poco, catorce suculentas vergas habían penetrado todos mis agujeros a diestra y siniestra y, ahora, todas habían desaparecido, y en su lugar, se encontraban catorce limpios coñitos, con sus traviesos clítoris. La única verga era la mía.

Mi verga.

El panorama de estos culos me había empalmado aún más, y la cabeza violácea de mi glande me rozaba la barbilla. Estaba aún más grande y gruesa todavía.

Una tímida gotita de líquido pre seminal escapó por el meato, y yo, sacando la lengua, la degusté con fruición. No tardé en excitarme y comenzar a mamar mi propia verga, mientras que con ambas manos me pajeaba vigorosamente en honor a los deliciosos culos que me iba a comer.

Pero no podía hacerlos esperar. Los culos querían verga, y la verga quería culos, así que había que complacerlos a todos.

Elegí concienzudamente el primer culo que me iba a coger. Tenía una piel completamente tersa, sin nada de vello, granos o cualquier tipo de imperfecciones, con una forma perfecta que asemejaba un delicioso durazno maduro. Su color era perfecto, ni muy blanco ni muy oscuro, con un tono canela claro tostado que invitaba más a darle unos buenos mordiscos que unos buenos pollazos.

Me acerqué a él con la verga a punto de explotar y dirigí el glande hacia el apretado asterisco. Como por arte de magia, el rosado ano se abrió completamente, como una flor que florece en primavera, como si el contacto de mi glande fuera la luz del sol que la despierta en primavera. Ante tal invitación, no pude menos que insertarle mi enorme champiñón y esperar a ver su reacción. Tanto el borde del ano como las paredes del recto se acoplaron perfectamente al gran grosor de mi verga, y apenas un sensual suspiro soltó la dueña de tan delicioso manjar cuando sintió invadidas sus intimidades.

Poco a poco, y con miedo de romper tan frágil y delicado monumento fui insertando mi vega hasta el fondo, hasta que mi pubis chocó contra su culo y los labios de nuestros coños se fundieron en un erótico beso.

Un calor acogedor invadió toda mi verga tan pronto estuvo embutida por completo en el recto de la sacerdotisa. 37 grados de temperatura que amenazaban con abrasar todo el tronco de mi polla. Pero era un calor delicioso, que hacía que toda la sangre de mi cuerpo fluyera en una sola dirección: hacia mi recién estrenado cipote.

Verga y culo se compenetraron de inmediato, como si hubieran sido hechos el uno para el otro. De haber sido por mí, la hubiera dejado allí para siempre, en su refugio hecho a la medida.

Pero la escultural diosa tenía otros planes. Primero tímidamente y luego con más ímpetu comenzó a moverse hacia adelante y hacia atrás. El sensual contoneo hizo que nuestros coños se separaran, y el roce de su recto alrededor de mi polla me hizo salir de mi letargo y regresar a la realidad.

A pesar de nunca haber tenido polla tenía algo de experiencia usando los consoladores strap-on de Daniela, así que sabía exactamente lo que tenía que hacer. Tome una nalga en cada mano y tire de ellas hacia afuera, para facilitar aún más la penetración. Con un renovado entusiasmo, comencé a taladrar el culo que me estaba follando, con todas mis fuerzas.

Nuestros coños chocaban a cada embestida, y la sacerdotisa parecía estar disfrutando tanto como yo, ya que sus tímidos suspiros fueron rápidamente sustituidos por unos estruendosos alaridos de placer. Mi verga entraba y salía de aquel culo como si de un pistón se tratase.

Por supuesto, esta situación no podía mantenerse por mucho tiempo, y luego de aproximadamente 15 minutos de intenso bombeo, derrame toda mi corrida en el interior del delicioso culo.

Nunca antes había tenido un orgasmo similar, pensé que me iba a morir allí mismo. Cuando solté la primera carga de leche perdí toda la noción de la realidad, y mi cuerpo se convirtió en una máquina de bombear verga dentro de aquel culo por simple instinto. Un placer intenso recorrió todo mi cuerpo, y solamente cedió cuando las últimas cargas de leche rellenaron el culo de la sacerdotisa.

Cuando hubo pasado el orgasmo, volví a la realidad, y mi verga aun entraba y salía del culo mecánicamente. Estaba empapada de sudor, y unas deliciosas gotitas adornaban la parte superior del suculento pandero como si de un collar de perlas se tratase.

Retire mi verga con delicadeza, esperando verla flácida, y me dispuse a saborear el manantial de semen que esperaba brotara del culo recién follado. Pero ninguna de las dos cosas ocurrió. Mi verga continuaba enhiesta, aún más tiesa que cuando empecé con el folleteo, y apenas una tímida gotita de nada fue toda la leche que salió de aquel culo. ¡Se lo había tragado todo! Aquel culo parecía entonces tan goloso como el mío, que casi nunca dejaba escapar la leche que atrapaba.

Le di una sonora nalgada al culo que había desvirgado a mi polla, mi primer culo, y me dispuse a darle placer al siguiente. Era una ardua tarea, aún tenía trece culos más por follarme. Era un “sacrificio” que realmente valía la pena.

Para lubricar un poco mi verga antes de la siguiente penetración, mamé un poco mi glande, apreciando el sabor salado a culo recién cogido que lo impregnaba. Delicioso, simplemente delicioso. No hay nada mejor que el sabor de una polla con olor a culo.

El siguiente culo era tan perfecto como el primero. De hecho, todos eran perfectos. La gran diferencia, era que este era de un blanco leche inmaculado, con un ano ligeramente enrojecido.

Su dueña, una deliciosa pelirroja, al sentir la proximidad de la penetración arqueó la espalda hacia abajo, parando el culo completamente en pompa y ofreciéndolo impúdicamente a la verga que lo iba a rellenar. En cuatro patas, y con el pandero así levantado, se asemejaba a un monumento dedicado al sexo anal.

Por supuesto, no lo hice esperar, y con mi delicada mano dirigí mi soberbia verga directo hacia aquel negro agujero. A pesar de que este ano opuso un poco más de resistencia que el primero, no tardó en ceder ante la arremetida de mi polla.

El romanticismo había quedado atrás, dentro del primer culo junto con mi primera carga de semen, y ahora sólo pensaba en sexo primitivo, en follarme tantos culos y tan salvajemente como pudiese. Ahora entendí porque dicen que los hombres piensan con la polla.

La tomé con ambas manos por la cintura y luego de unos cuantos minutos de arremetidas, mi segunda carga láctea se depositaba en las profundidades del culo de la segunda sacerdotisa.

Cuando terminé de correrme, retiré mi polla de inmediato, y mayor fue mi sorpresa cuando comprobé que aún seguía erecta, sin dar la más mínima señal de desfallecimiento.

Mi experiencia en cuanto a vergas me dice que estas no aguantan más de dos polvos sin ponerse flácidas. Pero la mía, después del segundo, aún permanecía intacta.

Además, al igual que había sucedido con el primer culo, este tampoco había derramado una sola gota de semen. ¡Habrase visto culos más tragones!

El tercer culito que me iba a follar estaba aún más apretado que el anterior, a pesar de que su dueña se abría las nalgas al máximo con sus delicadas manitos, a la vez que pegaba la cara al suelo de la tarima.

Acerqué mi glande al ceñido asterisco, pero al sentirlo, más bien se apretó más. Delicadamente, acerqué mi cara hasta el rotundo pandero y con mi lenguita comencé a darle unas tímidas lamiditas al rosado anito.

Siguiendo mi ejemplo, y viendo que su compañera estaba en un aprieto (literalmente), las dos sacerdotisas que ya me había follado se acercaron a nosotras, y colocándose una a cada lado, me acompañaron con sus lenguas en la deliciosa lamida anal.

Tres lenguas lamían arduamente el ano de la tercera diosa, y este no tardó en acusar tan erótica tarea, y poco a poco comenzó a abrirse para dar paso a las lenguas que pretendían invadir sus profundidades.

Cuando estuvo lo suficientemente dilatado, me incorporé, y tomando firmemente mi verga con ambas manos, me dispuse a ensartarla como a un pavo en navidad.

Pensé que las otras dos sacerdotisas retirarían sus lenguas al aproximarse mi mástil, pero nada más alejado de la realidad. Allí permanecieron, lamiendo al mismo tiempo el ano de su amiga y mi glande que por la fuerza intentaba ingresar en los intestinos de la sumisa.

Poco a poco mi verga fue ganando terreno, y más pronto que tarde, estaba completamente insertada hasta el fondo. Por supuesto, las dos “amigas” no tardaron en dedicar unas sabrosas lamidas a mi coño, que se encontraba en las proximidades.

Comencé con el mete y saca, ayudada por la lubricación brindada por ambas lenguas, quienes lamían todo mi tronco viril a medida que entraba y salía. Estaban degustando una rica penetración anal a un culo ajeno.

Lo apretado del ano de la sacerdotisa, aunado a las lenguas que me lamían toda la polla, no tardaron en hacer efecto en mí, por lo que le dediqué una buena corrida a aquel apretado agujerillo que tanto placer me había brindado. Lástima que este tercer culo fue tan goloso como el segundo, y las dos “lubricadoras” que quedaron con las ganas de degustar aunque fuese una gotita de mi semen que se escapara del ano de su amiga.

Allí, con el culo roto, dejé a la tercera sacerdotisa para encargarme de la cuarta. Además de esta, aún faltaban diez culos más, pero afortunadamente, mi verga seguía tan erecta como al principio, desafiando a todos aquellos culos cuya única misión era exprimirle hasta la última gota de leche.

El cuarto culo, a diferencia de los tres primeros, estaba profusamente adornado con unos delicados tatuajes. El ano como tal estaba tatuado como una hermosa rosa roja, que florecería con una buena penetración. De la rosa-ano se desprendía por toda la raja del culo el tallo de la flor, lleno de espinas y pintado en verde oscuro. Al llegar a la parte superior de las nalgas, el tallo se dividía en dos y, a semejanza de una enredadera, se simétricamente extendía por toda la cintura, hasta llegar a las tetas, que colgaban libres cual ubres, al encontrarse la diosa, como no podía ser de otra manera, a cuatro patas.

Deleitándome con aquel espectacular tatuaje, no pude evitar sentirme un poco “burda”, sabiendo que mi ano estaba adornado con un zafio “Depósito público de semen”. Pero qué podía hacer, aquel tatuaje no era más que el reflejo de mi propia personalidad: una puta sucia con un culo permanentemente hambriento de leche.

A estas alturas, las tres primeras sacerdotisas se habían sumado a mi labor folladora y ayudaban en lo que se pudiera necesitar: dos de ellas separaban el culo de la tatuada y le lamían el ano por turnos, mientras que la otra, se insertaba mi cipote hasta la garganta para lubricarlo muy bien.

Cuando mi verga y el culo de la tatuada estuvieron lo suficientemente lubricados, procedí a mi labor de “catadora de intestinos” insertando mi poronga por completo en el delicioso ano que se me ofrecía. Soltando un tímido gemidito, la tatuada arqueó la espalda y haciéndome un gesto con la mano, me indicó que no me moviera. Poco a poco, ella fue retirando su ano de alrededor de mi verga, y cuando solamente la cabeza permanecía insertada, empujó violentamente hacia atrás volviéndosela a meter completa. Primero lentamente y luego aumentando la velocidad, la tatuada comenzó a follarse mi verga ella sola. Yo permanecía inmóvil, disfrutando de su apretado agujero y de lo caliente de su recto.

Bruscamente en cuatro patas, se movía hacia adelante y hacia atrás, disfrutando de cada centímetro de mi polla. Sus ojos estaban completamente volteados, en blanco, encontrándose en un trance sexual que invadía todo su cuerpo.

Yo, por mi parte, me sentía como si me estuvieran masturbando: masturbándome con un culo.

Tan extrema penetración no puede durar mucho, así que a los cinco minutos, ya mi verga estaba dejando su respectiva carga lechera en el recto de la tatuada.

Como ya había ocurrido antes, ni mi verga perdió dureza ni su culo soltó una sola gota de semen. Ya estaba comenzando a acostumbrarme a tamaña antinaturalidad.

Dejando a la tatuada recuperar el aliento, me coloqué detrás del quinto culo.

Era un culo precioso, blanco como la leche y con unas juguetonas pecas que lo adornaban. Su dueña era una hermosa pelirroja, con los cachetes de su cara aún más pecosos que los de su culo. Me dirigió una pícara mirada con sus ojos verdes, la primera muestra de sentimientos que había tenido desde que había comenzado mi aventura folladora en la secta.

Curiosamente, su ano se encontraba ya bastante dilatado, y presentaba una abertura más que considerable, por lo que supuse que mi verga no tendría problema alguno en entrar completa desde el primer envión.

Confiada, dirigí mi gigantesco glande hacia su oscuro agujero, pero ni la mitad pudo entrar.

– ¡Jijiji! – se rio la dueña del culo.

¿Qué broma de mal gusto era esta? ¿Por qué no podía meterle la polla por el culo si lo tenía más que abierto? Nuevamente, intenté meter mi herramienta, con el mismo resultado infructuoso.

– ¡Jijiji! – se reía traviesamente la pelirroja, tapándose la boca con la palma de la mano.

Yo intentaba volver a meter mi cipote, pero ni un centímetro entraba. No entendía, el ano estaba lo suficientemente abierto como para permitir la entrada de mi brazo, pero mi verga se topaba con algo que no la dejaba entrar.

– ¡Jijiji! – se volvió a reír.

Viendo mi frustración, las cuatro sacerdotisas a las que ya había roto el culo se acercaron a nosotras, y con sus cuatro delicadas lenguas comenzaron a juguetear con el ano de su pelirroja compañera.

Debieron haberlo excitado bastante, ya que este comenzó a estirarse y contraerse del placer. Poco a poco, y gracias a las contracciones derivadas del lameteo, comenzó a asomarse la razón de mi impotencia: una gran cabeza de verga, negra como el ébano, emergió de las profundidades anales de la sacerdotisa.

Al verla, las cuatro lamedoras no perdieron la oportunidad, y alternándose, comenzaron a mamar la verga artificial que brotaba del recto de su compañera. Como si de una polla verdadera se tratara, cada una se colocaba detrás del culo de la pelirroja, y aferrándose con ambas manos a sus nalgas, le dedicaban una mamada que hubiera dejado vacíos los cojones de cualquier hombre en unos pocos segundos.

Yo también quería participar del juego, y no se me ocurrió mejor forma de hacérselo saber a la mamadora de turno que darle unos golpecitos con mi verga en su cabeza.

Comprendió al instante, y llamando a sus tres amigas, comenzaron a extraer el dildo del níveo culo, sin utilizar más que sus bocas. Y no se detuvieron hasta que los más de treinta centímetros del consolador doble, casi tan grueso como mi verga, hubieron abandonado por completo los abismos anales de su amiga.

Tan excitada me encontraba luego de aquel lésbico espectáculo, que apenas a los pocos segundos de comenzar a taladrar el tan abierto culo, deje mi carga bien adentro. Apenas retiré mi verga el ano, que hacía pocos segundos presentaba un diámetro considerable, se cerró por completo, para que no escapara ni siquiera una gota.

– ¡Jijiji! – rio otra vez la pelirroja, guiñándome uno de sus preciosos ojazos verdes.

La labor seguía, y un sexto culo esperaba impacientemente por mí siempre erecta verga.

El sexto culo, perteneciente a una rubia monumental, me llamó bastante la atención. A pesar de que era de morfología perfecta, estaba surcado por algunas estrías, lo que revelaba su edad. Viendo el cuerpo de la sacerdotisa, noté que estaba tan deliciosa como las otras trece, pero imaginé que tantos años de labor folladora habían pasado factura, y sus agujeros ya no estaban tan apretados como al principio. Supuse que entonces, ella sería la de mayor edad de todas.

Su ano estaba bastante abierto ya, aún más que el de la pelirroja anterior, y cuando inserté mi cipote sin ningún preámbulo, noté que la resistencia era bastante escasa. Comparado con los apretados culitos que minutos antes me había follado, este dejaba bastante que desear, y el escaso roce de sus paredes rectales en mi verga no producía la suficiente excitación como para que pudiera rellenarle el culo de rica leche,

Durante más de diez minutos estuve bombeando aquel túnel sin ningún resultado, y ya estaba comenzando a perder la paciencia.

Las ya folladas sacerdotisas se encontraban tumbadas en la tarima, tonteando juguetonamente con el consolador que tiempo atrás había rellenado los intestinos de la pelirroja. Parecían cinco cachorritas retozonas disfrutando de una bola de estambre. Sólo que a diferencia de las cachorritas, el “estambre” entraba y salía sin ningún pudor de coños, culos y bocas. Casualmente, la tatuada volteó a verme notó que algo andaba mal. Apartándose del juguetón grupo, se acercó a mí con el consolador en la mano, para tristeza de los culos de sus amigas.

Delicadamente, me separó un poco del culo que estaba taladrando, y con gran sutileza, comenzó a meter el consolador por el ya previamente ocupado ano.

Por la gran abertura anal, y por cómo parecía disfrutarlo su dueña, deduje que este culo estaba bastante acostumbrado a tragarse pollas de a pares, y es por eso que una sola no lo rellenaba completo.

Poco a poco, la tatuada insertó casi todo el consolador en el recto de su compañera, dejando apenas el glande que remataba el final del juguete. Acto seguido, comenzó a bombearle el culo a la rubia, y yo, para no perder mi puesto, comencé también a darle verga a ese hambriento ano.

Ahora sí, con el consolador dentro del recto, el culo de la rubia se sentía bastante más acogedor, y ella debía sentirse bastante apretadita ahí adentro. A los pocos segundos, la tatuada y yo acompasamos nuestras penetraciones, y comenzamos una sucesión de embestidas que hacían el deleite de la rubia de culo ancho.

La presión que el consolador ejercía a lo largo del tronco de mi morcilla hizo que el placer durara poco y mi verga, por sexta vez en fila, derramo todo su lácteo contenido en las profundidades de la rubia.

Al igual que las otras veces, no derramé ni una sola gota, y aunque su culo estaba más abierto que los anteriores, tampoco dejó escapar nada de leche. Pero esta vez, el consolador si se trajo algo adherido, por lo que por primera vez pude degustar un poco de mi propio simiente.

Era delicioso, mucho más dulce que cualquier semen que hubiese probado anteriormente, y eso que se cuentan por centenas las vergas que han dejado su corrida en mi siempre golosa boquita.

Por supuesto, no podía ser egoísta con mi compañera de follada, así que le estampé un delicioso beso a la tatuada que tan amablemente me había ayudado a rellenar el culo de la rubia, compartiendo mi dulce leche con ella.

Mi verga no bajó ni un milímetro, y así de dispuesta pasé al siguiente culo.

Los dos culos que seguían eran simplemente una obra maestra de la naturaleza. No sólo pertenecían a dos morenas espectaculares y parecían haber sido diseñados con el compás de los dioses, otorgándoles una curvatura perfecta, sino que eran ¡gemelas!.

Así es, dos culos magistrales exactamente iguales.

Las largas melenas negras de las gemelas cubrían toda su espalda y se asomaban traviesamente por encima de las curvilíneas nalgas. Dos pares de ojos negros, profundos como pozos, observaban hipnotizados mi ciclópea morcilla y sus lenguas, juguetonas, lamían simultáneamente sus carnosos labios superiores, deleitándose en el maravilloso instrumento que dentro de poco iba a desaparecer dentro de sus agujeros negros.

Por costumbre, me coloqué detrás de la que estaba más próxima a mí, y sin perder ni un segundo apoye mi champiñón en su asterisco.

Apenas sintió el contacto, su espalda se arqueó y su culo se levantó aún más. Esto no me hubiera llamado la atención, ya que todas las putas hacen lo mismo, de no haber sido porque su gemela, ubicada a mi lado derecho, efectuó el mismo movimiento ¡al mismo tiempo que su hermana!.

Curioso, sí.

No le di mayor importancia y comencé poco a poco a vencer la resistencia del ano que se me ofrecía. Ya llevaba la mitad introducida cuando de pronto, soltó un gemido. Pero no había sido la gemela que tenía ensartada como un pollo, sino de nuevo ¡había sido su hermana!.

Fue en ese momento cuando reparé en un detalle escalofriante. El ano de la gemela que había soltado el gemido, tenía una abertura con un diámetro exactamente igual a la de su hermana, cuando segundos antes había estado completamente cerrado. Como cerrados tenían los ojos ambas hermanas.

Decidí entonces hacer un experimento.

Comencé a embestir con todas mis fuerzas el culo que rodeaba mi polla, y sin misericordia metía mi verga hasta el fondo, en toda su longitud (¡y vaya si era larga!). Durante toda la operación, la gemela follada no soltó ni un gemido, todo lo contrario que su hermana, que sin estar siento follada por nadie, soltaba unos alaridos estruendosos que hacían mojar todos los coños allí presentes. Esto comprobó mi “hipótesis”: las gemelas estaban conectadas hasta por el culo.

La gemela no penetrada estaba gozando hasta el paroxismo la cogida monumental que le estaba propinando a su hermana, más no ocurría así con la que en realidad estaba siendo follada. Me dio un poco de pena que solo una gozara de mi gran cipote, por lo que decidí que era hora de compartir.

Sin acabar aún, saqué mi miembro del culo de la primera gemela y lo inserté de inmediato en el de la segunda. Mi labor había dado sus frutos: ahora era la primera la que disfrutaba de la cogida anal telegrafiada. Durante un rato más bombee el culo de la segunda gemela, antes de volver a cambiar de ano.

Cinco embestidas en un ano y cambio, cinco embestidas más en el otro. Así, y sin perder apenas unos segundos entre ano y ano, cuando alguna de las sacerdotisas ya folladas lamían mi glande para saborear las intimidades de las gemelas, las fui follando a las dos casi a la vez.

Claro está, también tenía que compartir la corrida.

Haciendo acopio de mi fuerza de voluntad, me corrí dentro del culo de la primera, y apenas había dejado las dos primeras descargas, cambie de culo para terminar de descargarme dentro de la segunda. Ambas tenían que probar mi néctar, eso estaba claro.

Apenas terminé de vaciarme en la segunda, ambas cayeron rendidas fruto del orgasmo que se produjo al mismo tiempo, habiendo gozado del mismo placer. Ni una gota se derramó de sendos culos y ni un milímetro cedió mi polla.

Hora de seguir.

Próximo culo: una delgadísima rubia.

La portadora del noveno culo que iba a catar mi verga era una muñeca de porcelana. Con una piel extremadamente pálida y el cabello de un rubio que casi llegaba a ser blanco, no pasaría de los 40 kilos de peso. Unas teticas chiquitas, con unos enhiestos pezones rosados, y unos ojos azul clarísimos no demostraban lo puta que podía llegar a ser.

Siempre me ha llamado la atención el hecho de que mujeres delgadísimas puedan soportar en su interior vergas gigantes que, a todas luces, no deberían poder albergar en sus agujeros. Pero es así, parecen estar vacías por dentro y ser una simple funda de carne para penes superdesarrollados.

Delicadamente, tome su respingado culo entre mis manos y dirigí mi misil hacia el blanco que era su rosado ano. Aún no había insertado ni un milímetro de mi cipote, por miedo a lastimarla, cuando con un solo y violento movimiento, empujó sus caderas hacia atrás y ella misma se lo insertó, de un solo envión, hasta el fondo.

Una vez superado el estupor inicial, y con mi glande rozando sus entrañas, me di cuenta que su culo no ofrecía ninguna resistencia a mi verga, y que de este no sobresalía ni un solo centímetro de mi vara de carne caliente.

Comencé, o mejor dicho comenzó ella, con el mete y saca usual, pero se la notaba que no estaba disfrutando a tope.

Apoyándose con un solo brazo, dirigió su mano derecha hacia su coño, dispuesta a solucionar la situación. Pensé que simplemente se iba a masturbar, pero uno por uno comenzó a insertar sus delgados dedos en su rosada cueva. Poco a poco continúo, hasta que toda su mano hasta la altura de la muñeca desapareció dentro de su vagina. Inocente de mí, pensé que tal vez se iba a hacer un sencillo “fisting” vaginal, cuando a través de su recto percibí como iba abriendo su mano.

Sin dar crédito a lo que veía, sentí como comenzó a abrazar mi verga con su mano, a través de la membrana que separa el recto de la vagina. Finalmente, tenía toda su mano alrededor de mi verga. Sin ser suficiente aún, comenzó a masturbar concienzudamente mi verga, insertada hasta el fondo en su recto, a través de su vagina.

Este numerito circense ya lo había hecho yo con anterioridad, siendo la ocasión más reciente durante la orgía que nos montamos mi amiga Daniela y yo en una discoteca. Pero esa vez yo había sido la ejecutora, y ahora, yo me encontraba del otro lado, y la sensación era completamente diferente, increíble, sus dedos y la fuerza con la que movía su mano le daban a su recto, sensaciones que normalmente eran imposibles de realizar. Era como si su recto estuviera vivo y quisiera devorar mi verga.

Por supuesto, esta es una situación imposible de mantener durante largo rato, así que luego de unos minutos, y entre los alaridos de placer de la rubia, la “masturbación anal” hizo su efecto y una gran carga de leche se alojó concienzudamente en su interior.

Verga y manos se retiraron de sus orificios al mismo tiempo, y la rubia se desplomó allí mismo luego del intenso orgasmo. Creo que no tendría fuerzas de unirse a la orgía lésbica que estaban manteniendo las sacerdotisas que ya habían probado las “mieles” de mi polla en su culo.

Un culo más, y llegaría a la decena.

El culo número diez, tan redondo como el número otorgado, pertenecía a una diosa de ébano. Una negra tan hermosamente espectacular que daría envidia hasta a la negra Futambo, la mejor amiga y amante de mi madre.

Un cuerpo de escándalo, macizo por completo, el epítome de una hembra “neumática”, en palabras de Huxley. El pelo lacio, tan largo que pícaramente cubría como un flequillo el inicio de sus rotundas nalgas. Unas tetas enormes y unos labios tan excesivamente carnosos que, de no estar abocada por completo a las penetraciones anales, optaría por una buena paja cubana y soberbia mamada.

Su ano parecía un agujero negro, en el que con todo el gusto del mundo dejaría mi polla perderse en sus profundidades. No pude evitar lamerle las nalgas, tan perfectamente tersas y suaves que esperaba en algún momento sentir el delicioso sabor a chocolate en mi boca.

Mi verga estaba a reventar, y tal era la visión de semejante diosa que apresuradamente procedí a penetrarla, antes de acabar sin siquiera haber catado su recto.

La negra comenzó un salvaje meneo, agitando su melena como en una danza ritual ancestral. Unos rítmicos pero estruendosos alaridos acompañaban sus embestidas, y por primera vez en mi vida me sentía más follada que nunca, a pesar de ser yo quien debería estar ejerciendo esta función.

Por supuesto, no hay ser humano que aguante esto durante mucho tiempo, así que acompañando a la negra en sus alaridos, solté una copiosa carga de leche en su interior, mucho mayor a la que había dejado en los 9 rectos anteriores.

Si existía un culto a la verga, esta mujer, sin duda, debía ser su máxima sacerdotisa.

Cuando se hubo calmado un poco el ambiente, extraje mi verga de su interior, sin esperar por supuesto que nada de mi semen aflorase de sus profundidades. El negro culo no me decepcionó, pero por primera vez desde que la tenía, noté que mi polla perdía un poco de su erección. La diosa de ébano había sido demasiado para ella.

Aún faltaban cuatro culos más, y a estas alturas no iba a tirar la toalla. Felizmente, las diez sacerdotisas que ya me había follado me apoyaron por completo en tan difícil situación, y entre las diez, comenzaron a lamer y mamar alternativamente mi polla hasta que esta recupero su dureza inicial. Nada mejor para vigorizar una polla que diez bocas bien dispuestas.

Para seguir con la diversidad racial, el onceavo culo pertenecía a una delicada asiática, que no pasaría del metro y medio de estatura. Pero eso sí, con todo en su lugar. Unas téticas respingonas, ni muy grandes ni muy pequeñas, y un culito bien paradito, completamente redondito.

Sin más preámbulos que un escupitazo en mi glande y otro en su ano, y aún entumecida por la cogida que me había propinado la negra, inserté mi verga de un solo envión hasta el fondo, como una flecha que parte en dos una manzana, aunque esta vez en lugar de manzana era un “durazno”.

La asiática era bastante ligerita, con un peso acorde a su tamaño, por lo que en cada embestida se iba cada vez más hacia adelante. Para evitar que su culo desenfundara mi verga, la tomé por la pierna izquierda, levantándola y colocando mi brazo por debajo de su rodilla, aferrándola fuertemente. No pesaba casi nada, y parece que a la sacerdotisa le gustó el cambio de posición, porque enseguida se incorporó, pegando su espalda a mis tetas y echando su cabeza hacia atrás, por encima de mi hombro. Yo tampoco perdí oportunidad, y sin sacar ni un solo centímetro de mi verga de su culo, comencé a amasarle las tetas.

A estas alturas, su único punto de apoyo era la rodilla derecha, que aún permanecía encima de la tarima de madera. Decidí ir aún más allá, y soltando sus tetas, tomé la pierna izquierda de la diosa asiática por detrás de su rodilla y la levanté en vilo.

El brusco cambio de posición hizo que la verga le llegara completamente hasta el fondo, hasta rozar las paredes de su útero. Pero lamentablemente, no podría sostener esta posición durante mucho tiempo: había sobreestimado mi fuerza y subestimado el peso de la chica. A pesar de ahora tener polla, yo seguía siendo una mujer, y mi fuerza no era comparable a la de los hombres con los que yo había estado y me habían colocado en esta misma posición.

Afortunadamente, las diligentes sacerdotisas acudieron una vez más en mi ayuda, sujetándola entre dos, cada una por una pierna. De esta manera, yo me podía abocar por completo a mi labor de taladramiento y de paso, sobar tetas y culos al tener mis dos manos libres.

Poco a poco nos fuimos acoplando a un delicioso ritmo, hasta llegar al punto de que las dos sacerdotisas “asistentes” utilizaban el cuerpo de la asiática para follarme a mi. Yo me quedé completamente quieta, y eran ellas quienes me follaban a mí con el asiático culo, o follaban a la asiática con mi mediterránea verga, según el punto de vista.

No hizo falta mucho más para que mi verga escupiera su carga en el amarillo interior, pero una vez más, y ni siquiera con la ayuda de la fuerza de gravedad, el respectivo culo dejo escapar una sola gota. Ya me estaba acostumbrando.

Tres culos más faltaban y si bien mi verga, rejuvenecida luego de la mamada a diez bocas, no acusaba ni la más mínima falta de vitalidad, no podía decir del resto de mi cuerpo. La salvaje follada de la negra y el acrobático esfuerzo hecho con la asiática, aunado claro está a más de diez folladas, estaban pasando factura a mi cuerpo, y sentía en mis piernas un cansancio similar a quien corriera un maratón.

A las diez primeras diosas me las había follado en cuatro patas, pero luego de darle por el culo a la asiática en otra posición comprobé que esta no era una regla estricta.

Así que, dada la poca resistencia que le quedaba a mis piernas, decidí que los próximos tres culos me los iba a follar más cómodamente.

La próxima sacerdotisa en catar mi verga era una preciosidad de pelo negro azabache, con una piel blanca como la leche que contrastaba exóticamente con su pelo. Unos ojos negros me observaban a mí y a mi morcilla, suplicando que no tardara más en romperle el orto. Se colocó en la posición usual, en cuatro patas y con el culo en pompa, pero con una sonora nalgada le ordené que se levantara.

En el lugar de la tarima que previamente había ocupado me senté yo, con la verga apuntando al cielo. Ansiosa de ser ensartada, la muchacha me dio la espalda y abrió sus deliciosas nalgas con sus manos. Pensé que ya comenzaría el folleteo, pero ella quiso ir aún más lejos y, acercando sus manos a su ano, introdujo dos dedos de cada mano para tirar de los bordes de su negro agujero hacia afuera, abriéndolo al máximo. No contenta con eso, cuando su orificio hubo alcanzado una elasticidad suficiente, introdujo dos dedos más, estiró y por último introdujo también sus pulgares. Pensé que en algún momento se iba a partir en dos, su ano alcanzaba un diámetro impresionante, solamente comparable al mío propio en ocasiones muy especiales. Podía observar sus entrañas rosáceas, lo que provocó una erección aún mayor, si cabía, en mi verga.

Sin más preámbulos, la tome de las caderas y la senté de un solo envión sobre mi verga, la cual por supuesto entró sin ninguna dificultad. De hecho, el roce sobre mi pene era producido por sus dedos, y no por su recto, y apenas el glande era lo único que podía sentir el calor de su interior.

Comenzó a moverse hacia arriba y hacia abajo, dándose unos ricos sentones sobre mi barra de carne, lo que agradecí muchísimo, ya que todo el ejercicio sexual quedaba de su parte. Simplemente me limité a azotar sus nalgas de vez en cuando, para agregar un poco de “picante” a la situación.

Cuando estaba próxima mi corrida, la tomé de los brazos y la así fuertemente hacia mí, impidiendo que se levantara e insertando a la vez la longitud de toda mi verga hasta el fondo. Soltó su ano, y por primera vez sentí el caluroso abrazo rectal alrededor de mí, lo que hizo que la corrida fuera aún más copiosa. Debió haberle llegado, como mínimo, al estómago, dada la fuerza y la cantidad de leche que disparé en su interior.

Agradeciéndome con un simpático movimiento de caderas, la sacerdotisa se levantó, desensartándose sin derramar ni una sola gota de semen.

Dos culos más, y habrá finalizado la faena.

La penúltima muchacha, con unos rasgos marcadamente provenientes de la India, se acercó hacia mí en cuatro patas, contoneándose como una hermosa gata en celo. Abriendo su hermosa boquita, engulló casi hasta la base, y de un solo envión, la longitud completa de mi verga. Mordiéndome la verga, pero sin llegar a hacerme daño, comenzó a caminar hacia atrás, haciéndome levantar de la tarima donde me encontraba aún sentada luego del polvazo anterior. Así, jalándome con su boca por mi verga, me fue llevando hasta el centro del círculo, y con un ademán, me indicó que me acostara en el suelo, sin soltar en ningún momento mi verga.

Una vez que me hube acostado, se sacó mi cipote de la boca y se colocó en posición de cuclillas, frente a mí. Abriéndose el culo con una mano y guiando mi morcilla con la otra, colocó mi gigantesco glande en la entrada de su ano, y con un movimiento de piernas, se lo introdujo. Sólo el glande. Colocó sus manos sobre sus rodillas y comenzó a moverse de manera circular, primero lentamente y luego con más potencia. Todo el tronco de mi verga permanecía al aire libre, pero el placer que me estaba brindando por medio nada más de mi glande, era maravilloso. Así estuvo alrededor de diez minutos, cuando decidió ponerle algo más, y luego de unos cuantos vaivenes, se introdujo de un solo golpe mi polla hasta el fondo, rozando lo que supuse sería su útero. Con la verga completamente introducida, seguía moviéndose de la misma manera, y brindándome aún más placer si cabe. Diez minutos más así, y luego volvió a cambiar, alternando esta vez meneos a mi glande y meneos a mi verga completa. Se movía como posesa, como nunca había pensado que podía menearse un culo.

Mi corrida se acercaba, y decidí inyectársela justamente cuando mi verga se encontraba hasta el fondo de sus entrañas. El níveo y caliente líquido parecía quemarla por dentro, ya que cada lechazo que depositaba en su interior era acompañado por sonoros gritos. Poco a poco, su culo fue dejando de moverse, y cuando ya no había rastro de más acabadas, se detuvo y se levantó, como era de esperarse, sin escupir ni una sola gotita de leche.

Quedé tendida un rato en el suelo, con mi polla morcillona ya bastante enrojecida después de tan extenuante maratón. Pero aún quedaba un culo. Sólo un culo me separaba de mi meta, de follarme analmente a catorce diosas terrenales. Nunca había disfrutado el sexo de esta manera, desde el punto de vista del follador, y era muy probable que en mucho tiempo no pudiera volver a hacerlo, así que reuní fuerzas de flaquezas y me dispuse a romper el último orto que quedaba.

Una morenaza de piel canela, latina a todas luces, con un pandero de infarto, era la “portadora” de mi último desafío. Pero algo me hacía suponer que las reglas del juego iban a cambiar a último momento. En sus manos llevaba un gigantesco consolador, unido a un arnés strap-on, rematado a su vez en una verga más pequeña en la parte posterior.

A estas alturas, era inútil que me resistiera a cualquier cosa, así que me abandone a los designios de la sacerdotisa para que hiciera con mi cuerpo y mi verga lo que quisiera.

Tumbada en el piso como estaba, no oponía resistencia alguna, así que la diosa se arrodilló ante mí, entre mis piernas abiertas, y comenzó a colocarme el dildo. Pensé que más bien se lo iba a colocar ella para follarme a mí, pero ella tenía otros planes. La verga más pequeña me la introdujo en el culo, haciendo que mi verga diera un respingo, y luego me amarró el arnés, introduciendo previamente mi polla por un agujero ubicado debajo de la verga más grande, haciendo que esta quedara justamente encima de la mía.

Acostada, con mi culo invadido por una verga plástica y con otra más acompañando a mi barra de carne, me dispuse a dejarme hacer lo que ella quisiera. Se colocó a horcajadas, dándome la espalda (el culo, más bien), y colocando sus piernas a cada lado de mi cadera tomó ambas vergas con una mano y comenzó a hacer presión en su ano el cual, al parecer bastante acostumbrado a este tipo de prácticas, no tardó en dar cabida a ambas vergas hasta el fondo. Bajó aún más las piernas, y colocando sus rodillas en el piso, comenzó a moverse hacia atrás y hacia adelante, follándose ella misma. La visión que yo tenía en primera plana, era impresionante: un delicioso culo, dorado y con un color que invitaba más bien a morderlo que a follarlo, engullía dos vergas a la vez a pocos centímetros de mi cara. La sacerdotisa empujaba hacia atrás hasta más no poder, rellenando completamente su culo en cada embestida.

Yo ya estaba casi inconsciente de tanto placer, y la diosa arreciaba cada vez más penetraciones. Llevada por la lujuria, comencé a darle unos sonoros azotes en las nalgas, lo que no hacía más que excitarla aún más y que se moviera más rápido. Arrecié en mis azotes, hasta que el color dorado de sus nalgas se comenzó a tornar carmesí, de tanto castigo que le propinaba. Cada azote era correspondido por un alarido de placer. No aguanté más, y un segundo antes de perderme en los abismos de la inconciencia, derramé toda mi carga en el ardiente recto de la última sacerdotisa.

Mi desvanecimiento duró muy poco, y para cuando desperté, apenas un par de minutos habían pasado. Me encontraba aún en el piso, pero había sido colocada en la zona inclinada del piso donde, a mis pies, se encontraba el canal excavado en piedra que había recogido las corridas de la orgía anterior.

A mi alrededor, se encontraban las catorce sacerdotisas, de espaldas a mí, con los culos muy juntos la una con la otra, e inclinadas ligeramente de rodillas. Los catorce anos, bien apretados, apuntaban directamente hacia mí.

En ese momento entró en escena Lucía, completamente desnuda y con la verga rojiza completamente erecta.

– ¡Ha llegado el momento, mis leales súbditas! – gritó – ¡Que comience el bautizo!

Al terminar de decir estas palabras, todos los anos se abrieron al unísono, y de ellos comenzaron a brotar… ¡cataratas de semen!

Todas las corridas que mi verga había depositado en los rectos de las sacerdotisas, me estaban siendo devueltas, bañando cada centímetro de todo mi cuerpo. La nívea ducha parecía no tener fin, y yo abría mi boca para tragar la mayor cantidad de leche que pudiera, no me importaba que proviniera de mi propia polla.

Cubierta completamente de semen, desde el pelo en mi cabeza hasta la punta de los dedos de mis pies, comencé a restregarme y a sobarme por todas partes, cubriendo con pegajoso néctar las zonas donde la blanca cascada no había llegado.

Los catorce anos poco a poco comenzaron a secar su manantial, y ya comenzaban a “boquear” los últimos goterones de semen. Con mis manos, recogía lo que podía y lo llevaba a mis labios para degustarlo con fruición.

Una a una, las diosas se fueron retirando, chorreando aún traviesos hilillos de semen por sus piernas. Me dejaron allí tendida, revolcándome en mi propia simiente. Tal era el placer que no tardé en masturbarme para acompañar con un poco de leche recién ordeñada la que se encontraba en el piso. De haberme podido mamar mi propia verga, lo hubiese hecho.

El semen que no engullí, recorría su camino por el canal de piedra, yendo a para a un cuenco que Lucía recogió una vez se hubo llenado.

– Ven Isa, bebe el sagrado néctar – me dijo Lucía al tiempo que con la mano libre me ayudaba a sentarme.

Tomé el cuenco con ambas manos, y degusté hasta la última gota, como si fuese mi última cena y en ello se me fuese la vida.

Una vez hube terminado, Lucía retiró el cuenco y me indicó que volviera a acostarme, encima del piso aún pringado de leche.

– Descansa Isa, te hace falta – me dijo al tiempo que cerraba delicadamente mis ojos con su mano.

Así, en el éxtasis más grande que ser humano pueda alguna vez alcanzar, me dejé sumir en un reconfortante sopor, dispuesta a soñar con un universo sin fin de culos y vergas.



Continuara...