Soy rubia, de 23 años y, modestia aparte, estoy muy buena. Tengo buenas piernas, tetas medianas con pezones rosados y una cola grande y bien carnosa. Los hombres se quedan locos con mi trasero y muchas veces me dicen cosas por la calle. Supongo porque, al ser dentista, siempre ando con ropas blancas y livianas y la tanga se me trasluce un poco.
Mi marido tenía el extraño hábito de fantasear que yo cogía con otros hombres. Desde que éramos novios él inventaba historias zarpadas y morbosas donde yo estaba con otros tipos en la cama. Y a mí me calentaba.
Con el tiempo vino el casamiento y él se reveló como un cornudo de ley. Continuaba con sus historias donde me entregaba a varios machos y él era el más feliz del mundo, viendo como yo recibía pija de otros. Fuimos perfeccionando las historias hasta que llegué al punto de coger con él y llamarlo “cornudo” mientras lo miraba a la cara. ¡Y a él le encantaba! Me di cuenta que esto era algo más que una simple fantasía. Sin decirle nada, porque a pesar de todo es bastante celoso, decidí darle lo que se merecía: un par de cuernos enormes y bien puestos. Quiero dejar claro que yo lo amo, pero la excitación que él me provocó con sus historias y fantasías me dio mucha curiosidad.
Los primeros cuernos se los puse con mi ex profesor de facultad que me hizo de todo dentro de su despacho. Me sentí extraña porque nunca me había entregado a otra persona pero -en el fondo- la pasé bien, aunque no tenía una pija muy grande.
Esto me exacerbó la calentura y resolví tomármelo en serio. Conocía a un negro en el gimnasio que me tenía ganas y luego de una charla informal me lo llevé a mi casa. Cuando lo vi desnudo no lo podía creer. Muchas veces leí relatos de negros con cosas enormes, y mucho no lo creía, pero este sí lo era. Mi cornudito tiene unos 18 centímetros, y yo pensaba que era grande, pero al lado de este negro la tenía re chiquita.
Inmediatamente llevé mis manos a su pija y nada más agarrarlo entero me hizo gozar y excitarme. Pero el guacho me empezó a besar y terminó dándome un baño de lengua, haciéndome sentir la mujer más puta del mundo. Me puse a imaginar a mi marido, que debería estar trabajando, y su reacción al ver a su mujercita rubia y blanquita tragarse con ganas esa pija negra.
Me gustó la idea de ser “estirada” por el negro.
-Cogete a tu puta, turro. -le decía mientras me daba con todo- Ponele unos cuernos bien grandes al boludo de mi marido! Metemela toda! Dale, llename la concha de leche, así el cornudo aprende de una vez…
Mi macho me cogía con un vigor que me sacaba cada vez más. Yo gritaba que era una puta y que mi marido era un cornudo. Mis vecinos probablemente estaban escuchando, ya que me había descontrolado por completo con aquella pija.
-¡Vení, putita, que te voy a hacer el culo!
Al principio me quedé un poco porque no me iba a aguantar esa verga por atrás, pero nada más imaginar la corneada maravillosa que sería tragarme todo eso por mi colita, y zarparlo a mi marido como si fuera el mayor cornudo del mundo, me voló la cabeza.
Me curvé hacia adelante y le dije:
-Haceme lo que quieras. Quiero cornear a mi marido de todas las formas posibles.
-No te preocupes que te voy a coger sin compasión. -me dijo mientras me la enterraba de a poco- El cuerno debería estar acá para ver. Aunque si estuviese acá, seguramente me tendría que dar su culito también. Un tipo que le gusta ver cómo se empalan a su mujer merece que se lo garchen!
Esas palabras me excitaron mucho y gocé como una yegua. Me terminó acabando en la cara y no quería que me lave para que yo le viera la expresión a mi marido, cuando llegara.
Se despidió para irse y me prometió volver cuando yo tuviese el coraje de coger en frente del cornudo. Cuando mi maridito volvió a casa yo estaba completamente sacada y le conté todo. Se quedó perplejo y me dijo que se sentía feliz, a pesar de la infidelidad. Ahí comprobé que era efectivamente un corundo real.
Sigo cogiendo con mi macho y mi marido siempre participa activa o pasivamente. Pasé a llamarlo “cornudito” dentro de casa y él se pone re contento. El problema es cuando se me escapa un “cornudito” en una fiesta o un bar, con amigos. Ahí hay que explicar lo inexplicable… ¡es una locura!

autor: julietanay