No sé cuántas horas después desperté. Estaba desnuda, en una cama amplia, me dolía la cabeza y el ano.
Me senté. Sentía humedad en mi entrepierna. Tenía las tetas mojadas de leche de una acabada reciente, también las tetas.
Caminé a los tropiezos por la casa. El mendocino dormía desnudo en un sillón, mi marido en otro con los pantalones bajos. No había señales del porteño.
¿Cómo llegué a esta situación?
En un relato anterior conté cuando el degenerado de mi ex marido me compartió con un amigo suyo de la infancia. Esto es lo que sucedió después.
El tipo en cuestión es porteño y empezó a viajar cada vez más seguido a la ciudad donde vivo. Se hizo de otros amigos, y en una de esas ocasione festejó su cumpleaños. Por supuesto invitó al que entonces era mi marido y a mí.
La fiesta fue pequeña, éramos unas diez personas. Se bebió en abundancia, al rato estaban todos borrachos. Yo en esa época casi no probaba el alcohol pero me dejé llevar y no sólo tomé mucho sino que también fumé de los cigarrillos especiales que armaba el amigo de mi ex.
Algunos se pusieron a bailar. Yo estaba muy mareada, fui hasta la cocina a buscar un vaso de agua. En eso apareció el porteño. Creo que estaba buscando el momento de encontrarme a solas.
-¿Cómo estás? -me preguntó.
-Bien.
-Pensé mucho en vos todo este tiempo. ¿Y vos?
No contesté.
Me apoyó una mano en la concha por sobre el vestido.
-Está mi marido -le dije.
Apretó más su mano contra mi concha, me hizo gemir.
Metió la otra mano bajo mi falda. Yo estaba paralizada. Buscó mi bombacha y le pegó un tirón hacia abajo.
-No -dije.
-Shh dejame. Las estoy coleccionando.
De otro tirón me la bajó hasta las rodillas, luego hasta el piso. Se agachó, me hizo levantar un pie, luego el otro.
Con mi bombacha en su poder, se la llevó a la nariz.
-Me encanta tu olor, es único -dijo sonriendo.
Se guardó la bombacha en el bolsillo. Me dio un beso en el cuello y me dejó ir.
La fiesta se fue apagando, los invitados se retiraron. Sólo quedamos mi marido, yo, su amigo y otro tipo, un mendocino que andaba haciendo no sé qué negocios.
Mi marido (ahora ex) estaba recostado en un sillón, completamente borracho, casi dormido. Yo sentada en otro, muy dada vuelta. Los otros dos tipos enfrente de mí, en otro sillón.
Escuché que el mendocino le preguntaba al amigo de mi ex en voz baja:
-¿Es cierto lo tuyo y ella?
-¿Qué cosa? -preguntó el porteño haciéndose el desentendido.
-Vamos, todos dicen que la atendés. Y que el marido lo sabe y no le importa.
-La gente habla muchas boludeces -sonrió el porteño.
-Vamos, vos te estás haciendo el boludo.
El otro rió sin contestar.
El mendocino dijo:
-Qué fuerte que está esta mujer. Tiene unas tetas… unas piernas, un culo…
De pronto mi ex abrió un ojo y dijo con voz pastosa:
-Epa, ojito con mi mujer eh.
-Claro, claro, no pasa nada -lo tranquilizó el porteño.
-Ahora resulta que todos se la quieren coger. Cuidadito eh.
-No loco, está todo bien.
Le hablaba como a un chico. O como a un borracho.
-Se la cogen porque yo quiero y cuando yo quiero, ¿está claro? -dijo mi ex con su voz de completa borrachera.
Los otros dos rieron.
-Claro que sí mi viejo -dijo el porteño.
Se hizo un silencio. Mi marido parecía dormir, yo estaba en otro mundo, pero advertía que el mendocino no me sacaba los ojos de encima.
En voz baja le dijo al porteño:
-Ayudame, me la quiero coger.
-¿Y qué querés que haga? -sonrió.
-No sé, entretenelo al marido.
-No hace falta. Mirá el pedo que tiene.
-¿No se enojará?
-No creo ni que se entere -rió el porteño.
El mendocino lo pensó. Miró a mi marido, me miró a mí, y finalmente tomó impulso y vino a sentarse a mi lado.
-Hola -sonrió.
-¿Tenés un cigarrillo? -le dije yo.
-Sí claro.
Me ofreció un Marlboro.
-De estos no -dije tirándolo al piso.
El porteño, que observaba todo divertido, le pasó uno de de los suyos y el tipo me lo dio. Lo encendí y dí una profunda pitada. Recosté la cabeza en el sillón y me abandoné.
Sé que el mendocino puso una mano en mis muslos y empezó a subirla, levantándome el vestido.
-Me gustás mucho, ¿sabes?
Yo fumaba sin responder.
Me subió más la falda y descubrió que yo estaba sin bombacha.
-¡No tiene nada abajo! -exclamó.
-Siempre anda así -dijo el porteño divertido.
Abrí los ojos y señalándolo con un dedo le dije:
-Vos… sos un hijo de puta, ya te lo dije.
Lo miré con desprecio y me levanté:
-Tengo que ir al baño -dije.
Fui a los tropezones. El mendocino me siguió y se metió conmigo.
Trabó la puerta, me abrazó y me besó en la boca. En un instante se bajó los pantalones y me penetró de pie.
Fue un polvo entre gemidos, quejidos y gruñidos, como dos animales. Me cogió con embestidas enérgicas mientras me sostenía por las nalgas. Me pareció que tenía un pene corto que apenas alcancé a sentir porque acabó en menos de un minuto.
Luego me senté en el inodoro a orinar. Él se quedó ahí viéndome, y dijo:
-Generalmente tardo bastante más. Lo que pasa es que me tenías muy caliente.
Tomé papel higiénico, me sequé la mezcla de orín y semen que tenía en la vagina, hice correr el agua, me acomodé el vestido y salí. El tipo salió detrás de mí.
Volvimos a la sala. Mi marido estaba a medias despierto, le dí un beso.
-¿Vamos a casa? -le dije.
-¿Estás bien? -me preguntó.
-Sí -le dije con una sonrisa cansada.
Los miró a los otros, me miró a mí y me preguntó:
-¿Dónde te habías ido?
-Al baño.
-¿Y él? -preguntó señalando con el mentón al mendocino.
-También fue al baño -contestó el porteño divertido.
Yo lo fulminé con la mirada.
-¿Vamos? -insistí.
Pero mi marido me hizo sentar sobre sus piernas.
-¿Vieron qué hermosa es mi mujer? -les dijo a los otros hombres.
Me bajó el vestido por los hombros. Yo lo volví a subir rápidamente.
-No quiero… -le dije con ligero reproche.
-¿Qué pasa? Sos una mujer muy hermosa y quiero que mis amigos lo vean.
-Basta -dije.
Mi ex sonrió.
-Es así, un poco tímida.
Los otros tipos me observaban como lobos hambrientos.
Mi marido volvió a bajarme el vestido, yo a subirlo.
-Vamos, quiero que te vean.
Entonces lo dejé hacer.
Me bajó los breteles, mis pechos quedaron al descubierto y me los tapé con el antebrazo.
-Qué buenas tetas tiene tu mujer -dijo el porteño.
-¿Buenas? Re buenas -afirmó mi marido.
-Las mejores -dijo el mendocino.
Yo mantenía la vista baja, avergonzada, humillada, esperando que terminara todo aquello de una vez.
Mi marido dijo:
-¿Pero saben qué es lo mejor que tiene mi mujer? Adivinen, a ver, digan.
-El culo -dijo el porteño riendo.
Mi ex hizo que no con un dedo.
-Eso pensás vos. Lo mejor que tiene es… la boca -dijo.
-Basta -dije.
Pero él siguió:
-No saben la boca que tiene esta mujer. No se imaginan cómo chupa la pija.
-¡No digas más! -le reproché.
-Es la mejor. La mejor, la mejor, la mejor -repitió, borracho.
-Qué bien, felicitaciones -dijeron ellos.
Mi marido me dio un beso y me dijo:
-Sos la mejor mi amor. Ninguna chupa la pija como vos.
Le gustaba exhibirme y contar esas cosas delante de sus amigos. Yo me sentía avergonzada y humillada.
-Te envidio loco -dijo el porteño riendo.
-No le hagan caso, está borracho -dije yo.
-Los borrachos siempre dicen la verdad -rió.
Mi ex también rió. Me pasó un dedo por los labios y dijo:
-Con esa boquita… cuántas pijas habrás chupado.
Los tres lanzaron una carcajada.
-Basta, vámonos -dije.
-¿Por qué te enojás? Los hombres apreciamos a una mujer que sabe chupar la pija. Es una gran virtud.
-Estás borracho, no sabés lo que decís.
-Vamos, estamos entre amigos. Es una conversación nada más.
-Tranquila, no pasa nada -intervino el porteño.
Yo seguía con la vista baja y tratando de tapar mis tetas.
En eso mi marido empezó a tener convulsiones.
-Voy a vomitar -alcanzó a decir.
-Ni se te ocurra hacerlo acá. Corre al baño -le gritó el mendocino.
Mi marido se puso de pie de un salto y me tiró al piso. Corrió hasta el baño.
El porteño me ayudó a levantarme, pero al mismo tiempo me quitó todo el vestido y lo arrojó lejos con rápidos movimientos. Quedé desnuda. Con el antebrazo me cubría los pechos y con la otra mano la entrepierna.
Desde la sala se escuchaba a mi marido vomitando. El porteño me abrazó desde atrás y me dijo al oído:
-Va a estar bien, es una borrachera nada más.
Sus grandes manos estaban tibias.
Me hizo sentar en el sillón de dos cuerpos, entre él y el mendocino. Los dos me acariciaron discretamente los brazos y los muslos. Mis pezones se pusieron furiosamente erectos.
No dejaron de tocarme cuando mi ex regresó y se tiró en el sillón enfrente nuestro.
-¿Estás mejor? -le preguntó su amigo.
Mi marido hizo que sí con la cabeza. Me miró, vio que estaba desnuda entre sus dos amigos.
El porteño le dijo:
-Dormí un rato si querés, nosotros vamos a cuidar a tu mujer.
Mi ex tenía dificultades para hablar por la borrachera. Dijo:
-Vos… vos sos mi amigo.
-Soy tu amigo. Soy tu hermano.
Mirándome a mí, dijo:
-¿Escuchaste? Es mi hermano.
Pero de pronto fue como si reaccionara y me preguntó:
-¿Qué hacés desnuda entre esos dos?
-La estamos cuidando, no te preocupes -se apresuró a responder el porteño.
A mi ex se le cerraban los ojos.
-Yo no soy ningún boludo. Estoy borracho, pero no soy ningún boludo -dijo.
-Nadie piensa eso querido -sonrió el porteño.
Luego pareció dormirse.
-Déjenme ir -les pedí.
-Pará, ¿cuál es el apuro? Tu marido está borracho, no puede ir a ningún lado, y vos estás muy fumada -dijo el porteño.
-Alcanzame el vestido -le pedí.
-Estamos entre amigos, podemos estar así sin ningún problema. ¿No es cierto? -preguntó mirando al mendocino.
-Claro, claro -dijo el tipo.
El porteño era el que llevaba la iniciativa, el otro lo seguía.
Se quitó la remera y empezó a sacarse el pantalón.
-¿Qué hacés? -le pregunté.
-Hagamos un poco de nudismo casero -sonrió.
Pronto quedaron desnudos los dos. Me pasó otro cigarrillo.
-Ya fumé mucho -dije.
-Vamos, sólo uno más.
Me ayudó a encenderlo.
Luego me dijo:
-Qué interesante lo que contó tu marido sobre vos. Y tiene razón, es una virtud muy apreciada por los hombres.
-Está borracho, no sabe lo que dice.
-Yo creo que dijo la verdad. Contame, ¿tenés alguna técnica especial? ¿Por qué dice que sos tan buena en eso?
Me sentía avergonzada, humillada. Ellos seguían acariciándome, y ya tenían una erección.
El porteño, que estaba muy bien dotado, puso una mano en mi nuca y empujó suavemente.
-¿No me harías una demostración?
-No -me negué débilmente.
-Vamos, a tu marido no le va a molestar.
Volvió a presionar sobre mi nuca. Con la otra mano sostenía firmemente su verga dura.
Miré a mi marido. Lo vi entreabrir los ojos, y volver a cerrarlos.
El porteño me dijo al oído:
-Vamos a mi habitación. Ahí me la vas a poder chupar a gusto, todo lo que quieras. Yo sé que tenés ganas.
Hice que no con la cabeza. Me metió dos dedos en la concha pero los retiró de inmediato.
Dirigiéndose al mendocino le dijo:
-¿Qué hiciste boludo? Está llena de leche. Le acabaste adentro.
-Y sí… -se justificó el otro.
-Yo ahora no se la meto por ahí ni en pedo.
El porteño se levantó y fue hacia la habitación. El mendocino seguía encima de mí como una mosca, manoseándome.
-Qué buena que estás… qué buena -repetía obsesionado.
Yo miraba a mi marido, que cada tanto abría los ojos. En la boca se le dibujó una mueca parecida a una sonrisa.
El porteño regresó y se sentó junto a mi otra vez. Traía un frasquito. Tomó la palma de mi mano y dejó caer un líquido viscoso.
Me dijo:
-Dale, pasate esto por el ojete así te lubricás bien.
Yo estaba como sonámbula.
Y al mendocino le ordenó:
-Salí de ahí, dejala que se recueste.
El tipo obedeció. Me recosté boca arriba en el sillón, quedé con las piernas flexionadas por falta de espacio.
-Dale, pasate el aceite ese, vas a ver qué bueno.
Con movimientos torpes, porque estaba muy fumada, me pasé el líquido por entre las nalgas.
El porteño me hizo levantar más las piernas y la cadera. Apoyó la abultada cabeza de su verga en mi ano y empujó.
-Ayyyy -me quejé apretando los dientes.
-Tranquila, tranquila, vas a ver que vas a estar bien -dijo él.
Volvió a empujar y me enterró otro pedazo.
-Ayyyyyyy… despacio… -gemí y me retorcí.
-Ya está, ya está casi toda. Qué culo bestial tenés, es un sueño.
Dio un último empujón, la sentí entrar hasta el fondo.
-Agghhhh…. Ahhhh -grité arqueando la espalda.
-Ya está toda, ya está toda. Tranquila.
Se quedó inmóvil un rato. El dolor era intenso, me brotaron algunas lágrimas.
-Tranquila, ya está, ya la tenés toda en el culo.
El mendocino, arrodillado junto al sillón, me chupaba los pezones. Yo gemía y me quejaba sin parar.
El porteño intentó bombearme lentamente.
-Ayyyyyy -volví a gritar- No…. No te muevas…
-Ya va a pasar, relajate -me dijo.
Volvió a bombearme muy despacio. Me dolía como mil demonios.
Ahora mi marido tenía los ojos abiertos, lo habían despertado mis quejidos.
El porteño le dijo:
-No pasa nada hermano, al principio siempre es así, hasta que se acostumbra.
Para mi sorpresa, mi marido se bajó el cierre del pantalón y empezó a masturbarse. Pero su pene estaba blando, muy blando.
Su amigo sonrió y le dijo:
-Es caliente tu mujer eh. Yo te la voy a dejar más caliente para vos, ¿querés?
Reanudó el bombeo, con más fuerza.
-Ayyyyyy.
El porteño me miró con una sonrisa perversa y me dijo en voz baja:
-A tu marido le gusta, y a vos también. Te conozco, no hace falta que finjas.
Demostró tener una paciencia infinita. Esperó hasta que mi esfínter se acostumbró a tener incrustada su verga dura y gruesa, me fue bombeando de a poco hasta que pudo hacerlo a su gusto.
Ya no me dolía, estaba como anestesiada. Me hizo sexo anal hasta el hartazgo, hasta poder sacarla por completo y volverla a meter en mi culo completamente dilatado.
Cada tanto me ponía más lubricante y me frotaba la concha. Se oía un ruido a chapoteo.
El mendocino intentó meterse.
-Dejame a mí un poquito, dale -le pidió al porteño.
-No mi viejo, este orto me lo como yo solito -fue la respuesta.
Dirigiéndose a mi marido le dijo:
-¿Vos querés entrarle?
Pero mi marido tenía la pija blanda entre sus manos, no lograba una erección, se conformaba con mirarnos.
El porteño siguió su bombeada.
-¿Sabés qué dicen de las minas hermano? Que si no les alcanza una pija, no les alcanzan cien. Y tu mujer es de esa clase.
Mi marido, con su voz pastosa y borracha, dijo:
-¿Sabés qué? Yo estoy orgullo de que mi mujer se banque todas las pijas que vengan.
-Muy bien -rió el porteño.
Y dirigiéndose a mí me preguntó:
-¿Dónde querés que te acabe? ¿Adentro?
Yo no contesté.
Aceleró sus embestidas, las hizo más fuertes y enérgicas. Volví a quejarme de dolor.
-Vos dale, vos dale que se la re banca. No hay verga que la pueda -lo alentó mi marido- Esta nació para puta.
Miré a los ojos al tipo que me estaba haciendo el culo de manera bestial. Ví salvajismo en su mirada.
-Te gusta que te rompa el orto. A mí no me engañás -me dijo.
Yo no le quitaba los ojos de encima, con los dientes apretados.
El mendocino, que me había chupado los pezones todo el tiempo, dijo:
-Vamos a darle entre los dos. Dale, no seas egoísta man.
El porteño sonrió perversamente.
-Está bien. Pero el culo sigue siendo para mí.
Me la sacó lentamente y me hizo poner de pie. Camino hacia la habitación me dio palmadas en las nalgas.
-Vamos, vamos que te vamos a pegar una flor de enfiestada.
Y dirigiéndose a mi marido lo invitó:
-¿Vamos hermano? Se armó la partuza, ¿te sumás?
Yo miré a mi marido con la esperanza de que lo impidiera, de que dijera basta, que me rescatara. Fue en vano.
Llegamos a la habitación. El mendocino ya estaba tendido en la cama boca arriba con una erección. Tenía una pija más bien morena, algo corta y gruesa como lo había percibido en el baño.
Obligada por el porteño, que dirigía todo, me monté sobre él y me la metí en la concha. Me recosté sobre su pecho. El mendocino, que estaba feliz de la vida, me abrió las nalgas al tiempo que me bombeaba.
-Eso, abrile bien el culo. Uy qué maravilla, qué bien abierto que está. Es el túnel del amor -sonrió.
Se puso de rodillas en la cama, me apoyó la cabeza en el hueco y me preguntó:
-¿Estás lista bebé?
Lo miré por encima de mi hombro. Alguna extraña vinculación me unía con ese tipo al que despreciaba y deseaba a la vez.
-¿Estás lista? -volvió a preguntarme.
-Sí -dije con un jadeo ronco.
Él sonrió.
-Vas a ver que la vas a aguantar.
Y yo, no sé de dónde, respondí desafiante:
-Claro que la voy a aguantar.
Lanzó todo el peso de su cuerpo hacia delante. Su verga se deslizó dentro mío hasta el fondo sin escalas.
-Aghhh…
Quedé prisionera entre los dos. Mi pecho contra el pecho del mendocino, mi espalda aplastada por el pecho del porteño. Me costaba respirar.
Pero lo más terrible fue sentir las dos pijas deslizándose dentro de mí, apenas separadas por una delgada tela de carne.
La cabeza me daba vueltas.
-Ah qué perra es esta mina. Tiene dos troncos adentro y está como si nada -dijo el porteño mientras entraba y salía de mi ano.
Mi marido también se subió a la cama, se masturbaba mirando.
-¿Te gusta mi amor? ¿Estás bien llenita?
-Ahhh… me están matando -dije entre jadeos.
Él sonrió.
-¿Vieron que les dije? No hay pija que no se banque. Y de a dos también las aguanta. ¡Esto es una mujer señores!
El bombeo era rítmico, incesante. Tenía la concha tan dilatada que la pija del mendocino se salió sola, pero él se encargó de meterla otra vez.
Grité cuando el porteño me la enterró hasta el fondo y lanzó toda su descarga en mis tripas.
Quedé hecha un ovillo en el sillón, temblando porque yo también había tenido un orgasmo.
Luego me ofreció un trago no sé de qué, creo que vodka o algo así. Me dormí casi al instante.
No sé cuántas horas después desperté. Estaba desnuda, en una cama amplia, me dolía la cabeza y el ano.
Me senté. Sentía humedad en mi entrepierna. Tenía la pelambre del pubis llena de leche de una acabada reciente, también las tetas.
Caminé a los tropiezos por la casa. El mendocino dormía desnudo en un sillón, mi marido en otro con los pantalones bajos. No había señales del porteño.
Estaba amaneciendo. Me puse el vestido sin secarme el semen, desperté a mi marido y nos fuimos caminando a casa sin hablar. Al llegar nos acostamos y dormimos hasta el otro día.