Una nueva historia. Les invito a visitar mi blog donde encontraran una recopilación de mis historias. www.fantasiasdea2.blogspot.com. Y ahora a la historia:
Llevamos 20 años de casados. Después de ese tiempo la rutina nos ha ganado la partida. Los dos estamos aburridos y cansados. Mi mujer pasa su tiempo haciendo diversos cursos y conversando con sus amigas en Facebook. Yo me dedico a mi trabajo, y sueño con tener una aventura que me brinde la adrenalina que ya no encuentro en mi casa.
Como suele ocurrir en estos casos, tanto va el cántaro a la fuente que al final..... y el final llegó con una nueva compañera de trabajo. 30 años, morocha, atractiva y muy sensual. A mis 45 años le caían justo sus condiciones. Comenzamos a charlar durante las pausas, y estas charlas fueron haciéndose cada vez más prolongadas e íntimas. Ella hacía 8 años que estaba casada y su marido la engañaba desde antes de casarse . Pensó que con el casamiento cambiaría, pero se equivocó. Y ya estaba cansada , y a punto para pagarle con la misma moneda. Y allí estaba yo, en el lugar justo, y en el momento justo.
Fue en una oficina de la empresa donde coincidimos de casualidad y aprovechando la intimidad, la besé. Luego de la primera sorpresa, ella respondió con furia y costó bastante que nos despegáramos antes de que pudieran vernos.
Seguimos unos días mas así, pero la situación era ya insostenible. Los dos sabíamos como iba a terminar esta situación. Era solo cuestión de encontrar el momento y el lugar.
Como dije, mi mujer hace cursos por lo que tiene que viajar algunos días en la semana. Uno de esos días iba a ser el elegido para que pudiéramos encontrarnos sin que nadie se enterara.
Costó convencer a mi nueva amiga de que viniera a casa. Tenía miedo. No quería que nadie la viera. Pero luego de insistir varios días, por fin conseguí que aceptara. Le demostré lo conveniente que era encontrarnos en un lugar donde nadie sospechara. Y es que no iba a llamar la atención si una compañera de trabajo iba a mi casa a visitarnos. Por supuesto, no llamaría la atención la primera vez, pero no iba a poder repetirse muy seguido por que las dudas comenzarían, pero no era ese el plan. En realidad yo quería poseerla la primera vez en un lugar tranquilo. Después, si seguíamos, encontraríamos un hotel donde reunirnos, claro, en otra ciudad, y con más tiempo. Creo que los dos necesitábamos sacarnos la calentura lo más rápido posible.
Al fin, llegó el día. Yo me fui a mi casa un rato antes para preparar todo , y al rato llamaron a la puerta. Atendí con toda inocencia, me sorprendí al verla y la invité a pasar. Apenas había cerrado la puerta, ella se abalanzó sobre mí, y comenzamos a besarnos con desesperación. Así unidos la fui llevando hacia la habitación de huéspedes que quedaba frente a mi habitación. Caímos sobre la cama abrazados, y mientras la seguía besando comencé a desnudarla. Su blusa desabrochada dejaba a la vista un soutien blanco que encerraba dos macizos pechos como pomelos, de los que me adueñé de inmediato, sacándole los primeros gemidos de placer.
Cuando mis manos se apoderaron de sus tetas, las suyas bajaron para comenzar a apretar mi paquete por encima de mi pantalón. Una dureza inconfundible fue la respuesta a ese tratamiento.
Estábamos desesperados. El tiempo pasaba en ráfagas. No se el tiempo que estuvimos allí, si fueron minutos u horas, pero se que en un momento me encontré totalmente desnudo y mi compañera me masturbaba con su boca con una habilidad realmente destacable. La manera en que chupaba mi verga era inenarrable.
Por fin, y ya a punto de perder el control, la acosté en la cama, me coloqué entre sus piernas y mientras la besaba en al boca, fui buscando la conjunción que me permitiera poseerla. Ella me guió, se hizo accesible y cuando la punta de mi verga separó sus labios vaginales, y sentí el calor húmero de su cueva, sólo tuve que hundirme hasta el fondo. El acoplamiento fue fabuloso. El calor que irradiaba su sexo era como un horno, y me quemaba la verga que no estaba precisamente fría. Un largo gemido acompañó la intrusión, y sus piernas me envolvieron para asegurar la presa. Lentamente comencé a moverme dentro de su cuerpo, sin dejar de besarla.
El placer era tremendo, y lo más extraño es que ninguno había dicho una palabra. Desde que había llegado, todo había pasado en silencio, aparte de los suspiros y gemidos. Y es que no necesitábamos hablar. Solo necesitábamos coger.
El ritmo fue ganando en intensidad, y por fin, sentí un fuego que bajaba por mi columna hasta la punta de mi verga, y ese río de fuego se convirtió en semen que inevitablemente inundó el sexo de mi amante, quien se elevó hasta el cielo cuando esa lava ardiente la quemó por dentro. Me vacié como hacía mucho que no ocurría. El dolor de lo potente de las eyaculaciones se mezclaba con el placer y por fin, los dos quedamos desmadejados en la cama.
Habrían pasado unos diez minutos del clímax. Ya estábamos recuperando la conciencia, cuando con horror, escucho abrirse la puerta del frente. Mi esposa estaba regresando imprevistamente y yo no tenia manera de salir de esa habitación sin que ella me viera , y a la mujer desnuda que tenía a mi lado.
Mi pareja casi grita de miedo. Alcancé a taparle la boca y le hice señas de que se callara. Me levanté sigilosamente y cerré la puerta. Me apoyé contra ella de manera que si mi mujer quisiera entrar se encontrara con que la puerta estaba trabada como si tuviera llave. Ya encontraría la excusa para justificar esa situación.
Y para colmo, escucho hablar. No estaba sola, y la situación se volvía mas y mas complicada. Yo ya me veía en los tribunales tramitando mi divorcio. Mi mujer nunca me perdonaría esta infidelidad.
El diálogo que la principio era fuerte, fue bajando de intensidad, y tuve curiosidad por saber con quien hablaba. Entreabrí la puerta y traté de escuchar.
- Es una situación muy delicada, tienes que comprender, decía mi mujer.
- Te entiendo perfectamente, no creas, dijo una voz masculina que al principio no reconocí, pero que luego asocié con la del plomero que siempre nos atendía. Recordé entonces la canilla del baño que perdía y me imaginé que a eso habría venido.
- Yo tengo que dejar mi curso y volver a casa en un horario no habitual, seguía diciendo mi esposa.
- Pero vamos, debes reconocer que vale la pena, decía el muchacho, bastante más joven que mi esposa.
- No digo que no, pero esto no se puede hacer costumbre.
- Ya veremos, por ahora vamos a lo que vinimos.
Realmente mi esposa lo había puesto en su lugar, y es que hacía semanas que lo llamaba para que viniera y no había venido. Rápidamente cerré la puerta y esperé que entraran al baño que estaba entre las dos habitaciones. Sentí los pasos acercarse y debo reconocer que temblaba de solo pensar que nos descubrieran. Mi compañera estaba en la cama, temblando, tapada con una sábana. Del susto ni había atinado a vestirse, y realmente no valía la pena, ya que si nos descubrían poco iba a importar que estuviésemos desnudos o vestidos.
Sin embargo algo raro ocurrió. Los pasos se alejaron y la puerta del baño no se abrió. Me quedé allí en silencio. Pasaron unos minutos y nada más se oía. Pensé que me había equivocado, pero si estuviera en el baño trabajando desde esta habitación se escucharías los ruidos, y nada se escuchaba.
Miré por la cerradura y nada se veía en el pasillo. Al fondo se veía una tenue luz que salía de nuestro dormitorio. Ahí caí en la cuenta que la pérdida del baño, filtraba a la pared del dormitorio. Seguramente le estaba mostrando cual era el problema para que el plomero supiera donde arreglar. Sin embargo 5 minutos después comencé a intranquilizarme al seguir sin ver aparecer a nadie por el baño.
Abrí la puerta. Le hice señas a mi pareja de que se quedara en silencio y me asomé afuera.
Nada se oía. Me fui acercando despacio al dormitorio. Un ruido sordo imposible de identificar se dejaba oir. En el rincón opuesto a la puerta había un espejo de pie. Su reflejo me permitía inspeccionar despacio el dormitorio tratando de ver lo que pasaba.
La sorpresa casi me hizo gritar. Allí sobre la cama, mi mujer, con las piernas abiertas y el plomero entre sus piernas comiéndole el sexo con desesperación. Me quedé petrificado. Cuando pude reaccionar, retrocedía hacia la oscuridad del pasillo, sin dejar de ver lo que allí ocurría. Mi esposa, con la cabeza en la almohada tirada hacia atrás gozaba mientras acariciaba la cabeza de quien le estaba dando placer.
- Sigue nene, sigue, susurraba mi esposa, como si hiciera falta darle ánimos a su amante.
- Sigue que me corro, ahhhhhh, gimió mientras se tensaba y se sacudía violentamente varias veces.
- Muy bien putita, ahora se buenita conmigo mamita, dijo el plomero levantándose y avanzando sobre el cuerpo de mi mujercita.
Colocó sus rodillas a cada lado de la cara de mi esposa, y le entregó una verga gruesa, larga y dura, que ella rápidamente tomó con sus labios y comenzó a desgustarla. Desde mi posición no podía ver su cara, pero me la imaginaba. El culo de su macho se movía. Claramente se estaba masturbando en su boca.
- Ahh, que placer putita, que bien la chupas.
- Por eso no quiero dejar de venir, eres realmente la puta mas puta que he conocido.
Este lenguaje degradante no parecía afectar a mi esposa. Por el contrario se notaba que se aferraba a esa verga con más desesperación.
- Bueno, y ahora te vas a poner en cuatro. Ya saber como me pone montarte, le dijo saliendo de la posición que tenía.
Mi esposa sin decir nada se dio vuelta y hundió su cabeza en la almohada dejando su culo bien levantado para facilitar el acceso al jinete, quien rapidamente tomó una posición favorable y afirmándose en sus caderas empezó a empujar hasta que sus cuerpos se pegaron uno al otro.
- Te la dí toda, putita, ahora empieza la cabalgata, le dijo mientras comenzaba a moverse en un pistoneo salvaje. Soltó sus caderas y se apoderó de sus tetas, haciendo la penetración más salvaje. Se encontraba totalmente volcado sobre su cuerpo y su verga salía casi toda para volver a enterrarse por completo, con un chapoteo que indicaba claramente el estado de excitación de mi mujercita.
Luego de unos minutos, los sollozos y gemidos de mi esposa indicaron claramente que estaba acabando nuevamente, alcanzando un clímax soberbio. Su jinete no aflojó un ápice y sus orgasmos se fueron encadenando uno tras otro hasta quedar agotada y comenzar a pedir por favor que ya terminara.
- Todavía no, nena, todavía no, y siguió unos cuantos minutos más perforándola con saña. Mi pobre mujercita estaba totalmente entregada y agotada. Por fin, su macho extrajo de su cuerpo esa verga dura y caliente y chorreando líquido de los dos.
Gateó hasta llegar a la cabecera y allí se sentó con las piernas bien abiertas.
- Ahora te voy a dar la lechita para que crezcas sana y putita, le dijo atrayéndola hacia él.
Mi esposa se acercó en cuatro patas como estaba y de inmediato lo peló, y se tragó el sable, comenzando a masturbarlo con su boca y sus manos.
- Sigue, sigue que ya siento que me viene, decía el joven con los ojos cerrados.
- Ya, ya, y no desperdicies una gota puta, le dijo mientras sus piernas se tensaban y comenzaba a bufar como un toro de lidia.
El primer chorro debe haberle pegado en la garganta a mi mujer porque quiso retirarse, pero él la tenía agarrada de los pelos y no se lo permitió. Solo pudo empezar a tragar y seguir tragando. Por los movimientos, esa acabada debe hacer sido muy abundante, ya que pasaron un par de minutos hasta que el joven se tranquilizó.
- Bueno, putita, ha estado muy bueno. La próxima seguramente estará mejor, le dijo levantándose de la cama y comenzando a vestirse.
- ¿ Cómo la próxima? No puedo seguir diciéndole a mi esposo que todavía no viniste a arreglar la canilla.
- Dile al cornudo de tu esposo que te estoy arreglando otras cosas, y no tengo tiempo.
- Pero no puedes volver nuevamente
- La semana que viene vuelvo, dijo ya una vez vestido.
- ¿ No has tenido suficiente?
- ¿ Suficiente? La próxima semana te voy a revisar la cañería trasera, y vas a saber lo que es bueno.
- Ni lo sueñes. Nunca lo he hecho por ahí.
- Nunca hasta la semana entrante, puta, y ahora me voy
- Espera que salgo contigo, dijo mi esposa apurándose a vestirse.
Volví a encerrarme en la pieza, y escuché como se fueron. Mi compañera de trabajo seguía en la cama asustada, pero algo raro había pasado. Lo ocurrido en lugar de enojarme me había calentado como nunca. Me acerqué a la cama con mi verga en ristre, y me abalancé sobre mi pareja. El miedo a ella también la había calentado y en cuestión de minutos la tuve en cuatro patas y ensartada hasta los huevos. Luego de un buen rato, puse en práctica lo que había visto e hice que mi amante se tomara mi leche mientras me vaciaba en su boca. Nunca gocé tanto con una hembra como ese día.
Unos días después le pregunté a mi esposa si el plomero había venido, y ella sin ponerse colorada, me dijo que aún no.
- Bueno, si no viene para la próxima semana tendremos que buscar a otro, le dije
- No te preocupes, que estoy segura que la semana que viene va a venir, me dijo
- Eso espero, le contesté.
Esa noche, cuando nos acostamos comencé a acariciarla y conseguí que me respondiera con pasión, seguramente por la culpa que sentía, lo que aproveché al máximo.
Conseguí que me la chupara como nunca había hecho, y comprendí el placer que sentía el plomero. Realmente era una aspiradora. No quise ni pensar con quien había aprendido a chupar de esa manera. Hay secretos que es mejor no conocer.
Por fin, luego de un buen rato de este tratamiento pude penetrarla hasta el fondo, y comencé a bombearla como nunca. Debo reconocer que la escena que había visto con su amante me había excitado mucho, y de solo pensar en esas imágenes me costaba contenerme, pero tenía que hacerlo. Necesitaba tiempo.
Luego de un rato, la hice poner en cuatro patas, y seguí bombeando mientras un dedo la penetraba por el culo, hasta que hice que alcanzara un orgasmo salvaje. Nunca llegaba tan rápido conmigo, así que era evidente que estaba pensando en otra cosa , por lo que ví mas larga y gruesa que la que le estaba dando.
Cuando empezó a acabar me quedé quieto y esperé que terminara. Despacio la saqué y seguí jugando con su culo, hasta tenerlo abierto y lubricado. En ese momento la apoyé en su entrada posterior y empujé.
- ¿ Qué haces?, preguntó sobresaltada
- Algo que tendría que haber hecho hace mucho tiempo, quedate quieta y disfruta, dije mientras la cabeza de mi verga atravesaba su esfinter, haciendo que gritara.
- ¡¡¡Duele!!!¡¡¡ NO, por favor!!!!!
Ya era tarde. Media verga estaba adentro y la otra mitad seguiría inevitablemente el mismo camino, nada ni nadie podría impedirlo
- Goza, perra. Era hora que te hiciera ese culo hermoso que tienes. Me imagino cuantos tendrán ganas de desvirgarte por atrás, le dije con toda la intención.
- ¿ Qué dices? Nadie me tiene ganas, dijo con decisión exagerada, pero dejó de quejarse y se aflojó, haciendo la penetración más placentera para los dos. Luego de quedarme un rato quieto en el fondo de su culo, comencé a retroceder despacio y a volver a empujar suave pero firmemente.
- Sigue, papito, sigue, que me está gustando, dijo aferrándose con las manos a la almohada y bajando su cabeza para facilitar la penetración. De allí en mas todo fue coser y cantar. Comencé a arremeter salvajemente, enterrándosela hasta el fondo y saliendo casi hasta afuera. Estaba totalmente fuera de mí y sabía que no dudaría mucho. Aceleré y mi furia la terminó de descontrolar haciendo que acabara a los gritos una vez mas. En medio de su orgasmo me imaginé a la verga del plomero enterrada en el caliente culo de mi esposa y me vacié furiosamente en su interior, regándola lujuriosamente. Y nos quedamos allí totalmente agotados, uno sobre el otro. Me sentía satisfecho.
En fin, a la semana siguiente, quizás el plomero le daría por el culo a mi mujer, pero al menos, ya no sería el primero.