Contrariamente a lo que muchos puedan suponer, debuté tarde, a los 20 años. Hasta entonces solo me contentaba con pajas y algún otro jueguito que había ideado en esas húmedas noches de soledad. Por ejemplo, una de mis prácticas favoritas en esa época, cuándo todavía no había conocido lo glorioso que es una buena pija, era encerrarme en mi cuarto con un paquete de papas fritas y una botella de Coca Cola. La Coca por supuesto era la de la botella chica, de vidrio. Me recostaba en mi cama, y tras terminar con las papas y vaciar la botella, me abría de piernas, me corría para un costado la tanguita que tuviera puesta y comenzaba a jugar con el pico de la botella en esa zona de mi concha en donde las sensaciones parecían multiplicarse por miles. Tardé en animarme a metérmela, solo la punta, claro, pero cuándo lo hice la movía en mi interior imaginando que era una pija de verdad la que me estaba cogiendo.
Obviamente que necesitaba un buen pedazo de carne, pero aunque los hombres me decían cosas por la calle, y más de uno se animaba a seguirme, aún no me sentía con la confianza suficiente como para irme con alguno de ellos. Ganas no me faltaban, más de una vez me sentí tentada de aceptar la indecente propuesta de algún viejo verde, de esos que tantos abundan por las calles porteñas, pero en ese momento, en vez de lanzarme, me cohibía y emprendía la retirada.
Hasta que conocí a Quique. Tenía mi misma edad. Yo en ese entonces trabajaba en una ART y él vino a denunciar un accidente de trabajo. Me tocó a mí atenderlo y llenar todos los papeles, para después derivarlo al consultorio indicado. Ya desde el principio empezó a piropearme y hasta me pidió el número de teléfono, mail o algo, pero yo nada, apenas me sonreía, sin dar el brazo a torcer… todavía. Después que se atendió, pasó por la recepción y saludándome con el pulgar en alto me dijo:
-Te estoy llamando-
Pensé que estaba loco, porque yo no le había dado ningún número, pero en la semana recibo una llamada suya.
-¿Quién te dio mi número?- le pregunté tras reconocerlo.
-Eso no importa mi cielo, lo importante es que nos estamos hablando- me dijo.
Entonces reaccioné, había sido Irma, una de las enfermeras, que siempre me estaba buscando candidatos para que me pusiera de novia. A todos les hablaba de mí, seguro que él le cayó bien y este guacho aprovechó para pedirle mi celular.
-Me gustaría verte- me dijo entonces.
-Mirá, no sé, ni siquiera nos conocemos- respondí.
Así estuvimos como por dos semanas, solo con llamadas o chateos, hablando de nosotros, conociéndonos, pero sin llegar en ningún momento a tocar el tema sexual. Por supuesto que después de hablar con él me mataba a pajas, imaginando lo que podría llegar a pasar si de una buena vez me animaba y aceptaba que nos encontráramos. Siempre me lo pedía, quería verme, pero yo siempre tenía una excusa a mano, hasta que ya no me pude aguantar más. Fue justo un día que estaba con la regla. No me podía masturbar, así que cuándo volvió a insistirme una vez más con el tantas veces pospuesto encuentro, le dije que si, ya no podía seguir dilatando más ese momento.
Quedamos en encontrarnos esa misma tarde. ¿Les dije que estaba necesitada de carne, no? Bueno, a partir de esa llamada, no pasaron ni tres horas que ya estábamos en un telo. Demasiado rápido para una mina que no había probado todavía una pija de verdad. Pero había un problema, o mejor dicho, tres, estaba con mi período, era virgen y no me cuidaba. Así que la alternativa lógica, según él, era hacerlo por el culo.
-¿Por el culo?- me sorprendí.
-Si, vas a ver, te va a gustar- me aseguró.
Empezamos con unos besos, caricias y por una buena mamada de pija. Aunque era la primera vez que lo hacía me encantó sentir su verga palpitando entre mis labios, hasta me la tuvo que sacar por la fuerza, porque si hubiera sido por mí me quedaba abrochada a ese chotazo durante todo el turno.
Estando ya desnuda, hizo que me echara boca abajo y levantara bien la cola. Ahí empezó a amasarme las nalgas y a explorar con un dedo mi culito. Aunque dolía me mordí los labios, dispuesta a aguantar lo que fuera, era tanta la ansiedad que tenía por sentir una buena pija en mi interior, que no me importaba sentirla por donde fuera o morir en el intento. Quique agarró entonces unos sobrecitos de gel lubricante que había sobre la mesa, los abrió y extendió todo el contenido sobre esa parte de mi cuerpo, también se lubricó los dedos y comenzó a trabajarme, despacio aunque firmemente. Yo veía toda la acción a través de uno de los espejos, veía y sentía como sus dedos se perdían entre mis nalgas, tratando de entrar más allá de donde mi virginidad se los permitiera. Sentía dolor, ardor, incomodidad, alguna que otra punzada que me atravesaba, pero por sobre todas las cosas sentía una calentura tremenda. Un chico que apenas conocía me estaba metiendo los dedos en el culo, me lo repetía una y otra vez y no me lo creía. Me sentía tan puta, tan sucia (en el mejor sentido, jaja) que la excitación en mi cuerpo aumentaba en una forma descontrolada.
Cuándo ya creyó que los dedos habían hecho suficiente, prosiguió con su pija, antes hizo que se la volviera a chupar, para ponérsela bien dura, lo hice con el mayor de los gustos, obvio, tras lo cuál se colocó tras de mí, la pija apuntando hacia mi culo bien levantado. Cuándo sentí el glande, húmedo y caliente, apoyándose en la entrada de mi ojete, me estremecí toda, me puse a temblar. Él me agarró de la cintura y pegó un empujón, no muy fuerte, pero si lo suficiente como para que la cabeza se encajara entre mis paredes, solté un grito, no es que me haya dolido mucho, pero la sensación de sentirme a punto de ser atravesada en esa parte que me parecía tan estrecha, hacía que mi temor se acentuara. Igual no le dije nada, no le pedí que me la sacara ni que me lo hiciera más despacio, de la forma que él procediera estaba bien para mí. Así que siguió, la cabeza entró en mí justo cuándo sentí un ¡CRACK! Apenas audible para mí. Fue más bien una sensación que un sonido. Esa fue la rotura, el desvirgue, ya no tenía la colita sana, una muy buena pija me la estaba rompiendo.
Después de la cabeza, siguió un trozo y otro más, hasta que prácticamente llegue a tener un poco más de la mitad adentro. Aunque dolía se sentía delicioso, aparte de sangre del período, de la concha me fluía un líquido espeso y pegajoso que me chorreaba por los muslos. Estaba teniendo un orgasmo y ni siquiera había terminado de metérmela.
Sin llegar todavía hasta el fondo, empezó a meterla y sacarla, como tratando de abrir aún más ese hueco que recién había abierto, y cuándo ya sentía que por lo menos hasta la mitad me entraba sin problemas, empujó bien fuerte y me ensartó todo el resto. Pegué un grito bien fuerte y caí sobre la cama. Sentí un aluvión de punzadas atravesándome desde el agujero del culo y hasta lo más profundo de mis entrañas. El rompimiento era total y absoluto. Pese al impacto, él no me dejo, todo lo contrario, siguió embistiéndome, haciéndomela sentir cada vez más adentro, yo sentía que los esfínteres se me abrían hasta límites imposibles para recibir ese pedazo de verga que pretendía llenarme hasta el último rincón.
No sé en que momento el dolor se transformó en placer, la incomodidad ya no existía, y las rasgaduras que pude sentir en algún momento se evaporaron, la pija de Quique comenzó a deslizarse fluidamente por mi interior, enterrándose bien profundo dentro de mí, hasta que sus bolas chocaban contra mis nalgas, y sus pelitos me hacían cosquillas en los glúteos. Ahora si, había dejado de quejarme para gemir y suspirar plácidamente, moviendo mis caderas en torno a ese chotazo que me trabajaba tan bien el culito.
Agarrándome de la cintura, Quique hizo que me volviera a poner en cuatro, con la cola bien en alto, iniciando entonces un vaivén demoledor, decidido a romperme bien el orto, culeándome, destrozándome sin delicadeza alguna. Nunca creí que pudiera sentir tanto placer junto por el culo, todas mis pajas eran por la concha, jamás se me hubiera ocurrido meterme un dedito por ahí y mucho menos la famosa botellita de Coca Cola, pero lo que Quique me estaba proporcionando superaba ampliamente mis expectativas.
Luego de abrirme bien el ojete, me puso de costado, se acomodó tras de mí y me la volvió a meter, reiniciando ese bombeo que tantas satisfacciones me proporcionaba. Entraba y salía hasta la base, mientras me amasaba las gomas y me mordisqueaba la orejita. Mi culito no podía estar más abierto, sentía que me podía entrar una pija más de tan dilatado que estaba.
-¡Así mi amor… así… rompeme bien el culito…!- le decía yo en un murmullo apenas audible, empujando mi colita hacia atrás, ansiosa por sentirlo reventándome, porque me traspasara de un lado a otro, sin piedad ni remordimiento.
En eso, y en una de esas rotundas clavadas que me pegaba con irrefrenable ímpetu, me la dejo bien clavada adentro, y en medio de agónicos jadeos acabó con una fuerza incontenible, la leche empezó a filtrarse por todos mis rincones y a llenarme las entrañas con esa efusividad tan cargada de pasión. Me llenó de leche, pero no solo eso, sino que también me llenó de alucinantes e incomparables sensaciones, las que no se parecían en nada a las que tenía cuándo me pajeaba. Aquello era mil veces mejor, y eso que todavía faltaba que me desvirgara por la concha.
A Quique no le gustaba coger con forro, por lo que asesorada por mi ginecólogo de confianza, a los pocos días comencé a cuidarme, para que cuándo llegara ese tan ansiado momento no tuviéramos que preocuparnos por nada.
Salimos del telo ya como novios, y a los pocos días, y ya sin período de por medio, me arrancó el virgo. Por supuesto que se trató de otra experiencia digna de elogio, aunque el gustito por el sexo anal ya no me lo sacaba nadie. Besotes para todos.