A MarÃa Paula le agarró tos cuando la escuchó, casi se atraganta con el sánguche.
-SÃ?
-SÃ. Está buenÃsimo -se sinceró Gabriela.
MarÃa Paula se quedó callada. Ella era virgen. Por convencimiento, no porque no haya tenido invitaciones y oportunidades.
Estuvieron en silencio un rato. Los autos paseaban despacito y la gente caminaba tranquila.
-Me gustarÃa verlo -dijo MarÃa Paula.
Daniel fue a lo de Gabriela a las nueve y cuarto de la noche del Sábado, cuando sus padres no estaban.
MarÃa Paula estaba escondida atrás de unas macetas al lado de la ventana que da a la cochera.
Gabriela y Daniel se sentaron en el sillón marrón del estar.
Charlaban y se besaban. Sobre todo se besaban. Mucho. Cada vez más. Esas bocas se comÃan entre sÃ. La luz permanecÃa prendida, como habÃan acordado las dos, para que MarÃa Paula pudiera espiar del otro lado de la persiana.
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