Yo creo que nunca había sentido tan raro estar en un gimnasio. O sea, sí, ya había venido varias veces, pero casi siempre lo hacía medio en automático, como cumpliendo con un ritual que mi novio se inventó de que tenía que “cuidar mi cuerpo y ponerme mas rica” y según él “mi cuerpo es mi mejor atributo”. Normalmente lo mío eran los jueves de pole dance, pero como mis tíos están en mi casa de visita y no quiero que me anden preguntando a dónde voy ni por qué me visto así tan provocativa, mejor decidí que hoy tocaba rutina en el gimnasio. Así como que me daba aire de ser responsable, de darme mi espacio y cuidar de mi cuerpo.
El lugar estaba casi vacío, solo un par de señoras que parecían más concentradas en chismear que en caminar en la caminadora, y un señor gordo que hacía pesas como si fuera a morirse de un infarto. Yo me puse mis audífonos, puse una playlist medio movida y me subí a la caminadora. No sé si fue la música, o el hecho de sentir mis piernas moverse en ese ritmo repetitivo, pero mi cabeza empezó a volar, a pensar en mil cosas al mismo tiempo.
Lo primero, obvio, fue Antonio. Porque sí, lo dejé en la casa, y lo dejé como con esa vibra rara, como con esa energía que se había acumulado después de todo lo que pasó. Y aunque no pasó nada “más allá”, siento que fue suficiente como para que él se quedara pensando. Y yo también. Y ahora aquí estaba yo, sudando, escuchando música, moviendo las piernas, pero con la mente atascada en lo mismo: qué hacer con él.
Y aquí viene mi dilema más grande, porque ya lo decidí: quiero hacerlo debutar. Quiero ser yo la que le enseñe. Pero no es cualquier cosa, es una línea que si cruzamos, no hay vuelta atrás. Me repito a mí misma que no es cualquier juego de besos, que no es cualquier tontería. Es algo que, para él, va a significar la primera vez. Y las primeras veces siempre pesan, marcan, se quedan tatuadas en la memoria, y yo sé que en el fondo me voy a quedar pegada a ese recuerdo también. ¿Estoy lista para cargar con eso? ¿O lo hago por egoísmo, porque me siento poderosa al saber que puedo darle algo que ninguna otra le ha dado?
Y ahí, entre los pasos de la caminadora, me quedé colgada en esa reflexión. Cada gota de sudor que me resbalaba por la frente me recordaba que el tiempo corre, que faltan solo dos días para que mis tíos y mi primo Antonio se regresen a Tlaxcala, y yo sigo aquí, dándole vueltas a lo mismo. Dos días. ¿Te das cuenta? Dos días suenan mucho, pero no lo son. En dos días se acaba todo esto, se rompe el hechizo, se va la oportunidad. Es como cuando estás en el último día de vacaciones y no quieres que se acabe, y sientes que cualquier decisión que tomes tiene que ser grande, intensa, porque si no lo haces ahora, no lo haces nunca.
Y entonces me entra esa ansiedad de “¿y si no hago nada?”. Porque si no lo hago, voy a quedarme con la duda de qué habría pasado, y esas dudas son las peores, las que se te clavan como una astilla y te pican años después. Y si sí lo hago… pues, no sé. Tal vez me quede con la culpa. Tal vez él se quede con una confusión que yo no quiero cargar. Pero también pienso en que la vida es así, que todo lo que hacemos siempre tiene un precio, y que lo importante es saber si quieres pagarlo o no.
Me bajé de la caminadora y me fui a las pesas, aunque en realidad solo estaba jugando a hacer pesas, porque ni estaba poniendo atención en la postura ni nada. Mis brazos subían y bajaban, pero mi mente estaba otra vez en Antonio mi orimo. Me acordé de su cara tímida, de cómo me miraba esperando instrucciones cuando lo besé, de cómo después se fue soltando hasta que me dominó él, y esa imagen me dio como un escalofrío raro, como una mezcla entre orgullo y nervios. ¿Y si lo llevo al siguiente paso, se va a soltar igual? ¿Va a ser capaz de sorprenderme otra vez?
Para todo esto les contaré como llegué hasta aquí de manera breve, resulta que mis tíos vinieron de visita una semana, así que mi primo venía con ellos. Mi primo tiene 19 años pero es un chico sumamente tímido así que yo en esa semana que estuvieron me iba a a la escuela y de vez en cuando mi primo se quedaba sólo, poco a poco comencé a notar mi cajón de mis calzones revuelto, noté que me llegaban a faltar tangas, que mi ropa sucia en específico mis tangas faltaban y se desaparecían, así que un día que mis tíos se fueron con mi primo me metí al cuarto de visita donde se quedaba mi primo y empecé a investigar hasta que encontré varias tangas mías debajo del colchón, estás estaban cubiertas con restos de semen y había tanto tangas sucias con fluidos míos y otras limpias.
La verdad no me molesté al contrario me dió mucho morbo saber que a mi primito lo excitaba y pues me ganó el morbo que terminé oliendo mis tangas con restos suyos. Así que le quería dar más material para sus travesuras.
Yo por lo regular todas las noches me masturbo como ritual para dormir mejor ya sea con mis dedos, con la almohada, con mi vibrador, con mis dildos o con lo que se ponga enfrente me lo meto en la vagina, pero siempre me quito la tanga para no manchar la pero estas veces me dejaba la tanga y me masturbaba con ella para dejarla impregnada de mis juguitos y que mi primito pudiera oler bien mi vagina, chupando mis juguitos o lo que hiciera con ellas cuando terminaba de correrme mi tanguita terminaba empapada y con ella limpiaba todo lo que había salpicado. Para después dejarla en el cesto de la ropa sucia, para el otro día en efecto ver qué mi tanguita había desaparecido.
Hasta que un día llegué temprano y subí a mi recamara y al abrir la puerta estaba mi primo sentado en mi cama masturbándose con una de mis tangas en su mano, y con la otra la tenía en su boca chupando mis fluidos, la verdad al ver esa escena me calentó pues su pene se ve bastante bien, grande y gruesa y saber que me la quiere meter no me disgusta al contrario me halaga.

Rápidamente se cubrió y me empezó a pedir perdón mientras mis tangas estaban sobre mi cama una ya llena de semen, lo senté en mi cama y le dije que tranquilo que estaba bien y le empecé a cuestionar que por qué lo hacía.
El me dijo que porque yo le resultaba muy guapa y que le gustaba y que nunca había besado ni mucho menos cogido con una mujer y que yo le gustaba demasiado, yo estaba muy muy halagada pero le comenté que eramos primos y que eso no podía ser y que después se encontraría a una buena mujer pero que no podía hacer eso así que el se disculpo y me abrazó.
Antes de que se levantars de mi cama le dije eh espera el volvió a sentarse y le dije voy a cumplirte tu primer beso pero nada más eh, el me dijo de verdad y yo respondí que si, pero me dijo pero sólo me vas a dar un pico y yo comenté que iba a ser un beso bien.
Comencé a explicarle y a darle las instrucciones y nos levantamos, me fuí acercando y le dije si quieres toma mi cara para que me beses. Se acercó y comencé a besarlo al principio fue muy tierno pero poco a poco el empezó a meter la lengua yo lo dejé no quería romper sus expectativas pero el empezó a bajar las manos y las puso en mi cintura y me empezó a apretar, la verdad es que mi vagina me estaba traicionado poco a poco se iba mojando y me empecé a sentir excitada mi vagina no reconocía si era mi primo sólo había visto una buena verga y la quería adentro, pero mi primo se empezó a emocionar y bajó sus manos a mis pompis y las empezó a apretar me intenté separar pero no me dejaba me las estaba apretando y sobando hasta que lo empujé y se quitó, me pidió una disculpa y que se había emocionado pero tímidamente me dió las gracias y se fue rápido.

Yo me quedé ahí excitada con ganas de verga y con mi labial desacomodado y después ví mis tangas en mi cama, tomé la que tenía semen fresco y no dude en probarlo, me la llevé a la boca y lo lamí todo, estaba rico o era por la excitación.
Después de ese contexto de como calenté a mi primo.
Al final, después de otra serie de abdominales que ni sentí, llegué a una conclusión rara: sí, quiero hacerlo. No sé si por rebeldía, por cariño, por curiosidad o por pura soberbia. Pero lo quiero. El problema es cómo. Cómo acercarme a él, cómo no hacerlo ver como algo sucio o prohibido, sino como algo natural, como parte de lo que ya venimos construyendo en secreto. Y sobre todo, cómo hacer que entienda que esto es solo entre nosotros, que no puede salir de la burbuja porque si se enteran mis tíos o mis papás me matan.
El sudor me resbalaba por la espalda cuando recogí mi botella de agua y me dirigí a la caminadora otra vez. Pensé que tal vez el gimnasio era el lugar perfecto para pensar en estas cosas: todos están ocupados en lo suyo, nadie te interrumpe, y tú puedes correr sin moverte de lugar, justo como yo ahora, corriendo sin moverme, atrapada en la contradicción de querer y temer al mismo tiempo.
Salgo del área de pesas todavía medio sudada, aunque ya me había echado un buen baño en las regaderas del club. Me puse la ropa más cómoda que traía en la mochila, una sudadera floja y shorts, porque lo último que quería era andar apretada después de todo el cardio. Iba caminando por el pasillo largo que lleva hacia la salida del GYM, medio distraída mirando el celular, cuando de repente escuché una voz grave, conocida, que dijo mi nombre. Levanté la vista y ahí estaba Don Julián, parado con esa sonrisa suya que parece que siempre está de buen humor. Sentí como si me hubiera topado con un amigo de toda la vida, aunque en realidad lo había visto poquísimas veces, pero me dio un gusto real, de esos que te cambian el humor de un segundo a otro.
Lo saludé como si lleváramos años sin vernos, con un “¡Don Julián!” demasiado entusiasta y hasta riéndome. Él me contestó con el mismo tono cálido, como si de verdad también estuviera feliz de verme. Y es raro porque apenas hemos cruzado un par de conversaciones sueltas, esas veces que me invitaba a comer y yo siempre inventaba cualquier cosa para escaparme, que si tenía tarea, que si tenía que ver a mi amiga, que si ya tenía planes… en fin, siempre tenía un pretexto. Y aun así, nunca se molestaba, siempre me decía “será para la próxima” con calma, como si supiera que en algún momento yo iba a decir que sí.
Y pasó, porque justo una vez acepté y no me arrepiento nada. Ese día me la pasé increíble platicando con él, me sorprendió lo fácil que fue soltarle cosas de mí, como si no hubiera diferencia de edad ni de nada. Era como hablar con alguien que me entiende sin juzgarme. No sé, me encantó esa comida, me encantó escucharlo, y hasta me quedé pensando que a lo mejor debí haber aceptado desde antes.
Así que en ese pasillo, con el cabello todavía húmedo de la regadera y la cara limpia, lo saludé con tanta alegría que hasta me salió natural acercarme y ponerle la mano en el brazo, como cuando saludas a alguien cercano. Y él se rió de verme tan efusiva.
—¿Qué tal, señorita deportista? —me dijo, mirándome de arriba abajo como notando mi pinta relajada después del GYM.
Yo también me reí y le dije que ya estaba exhausta, que si por mí fuera me tiraba ahí mismo en el suelo. Y mientras hablábamos, me di cuenta de que en serio lo sentía como si fuera un viejo amigo, aunque la verdad nuestra historia juntos apenas cabe en unas cuantas charlas. Eso sí, cada vez que lo veo me da esa sensación rara de familiaridad, de confianza inmediata. Salimos juntos hacia la salida, pero en lugar de dejarme ir, Don Julián me detuvo con esa naturalidad suya que hace que no se sienta raro. Me dijo:
—Oye, ¿por qué no me acompañas a la cafetería del club? Te invito algo, seguro después del GYM necesitas algo fresco.
Yo no lo pensé mucho, porque en realidad me caía bien y tampoco tenía prisa. Además, me gusta cómo me habla, con esa calma como si todo estuviera bajo control. Así que acepté con una sonrisa y nos fuimos caminando hacia la cafetería.
Nos sentamos en una mesita cerca de la ventana, él pidió un jugo verde y yo un frappé helado porque moría de calor. Empezamos a bromear desde el principio, él diciéndome que seguro lo mío era puro show, que ni entrenaba tanto como para sudar así, y yo contestándole que ya se le notaba la edad porque a lo mejor no aguantaba mi rutina. Nos reímos los dos, como si de verdad fuéramos cómplices desde antes.
Y entre esa plática medio juguetona, de pronto soltó algo que me llamó la atención. No recuerdo bien cómo salió el tema, creo que hablábamos de vacaciones, de a dónde le gustaba viajar, y él dijo:
—Claro, aunque ya sabes, cuando uno es casado no siempre puede elegir a dónde quiere ir.
Me quedé mirándolo un segundo, sorprendida. Casado. No sé por qué, pero eso me gustó. Sentí un cosquilleo extraño, como si la palabra “casado” tuviera un peso especial en mí. Ya me he dado cuenta de que me llaman más la atención los hombres que ya tienen a alguien, como si fueran más interesantes, más seguros, más prohibidos. No lo puedo explicar, pero me gusta.
Entre bromas seguimos platicando. Me contó que él no solo era ingeniero, sino un ingeniero de nivel muy alto, con responsabilidades enormes en su empresa. Yo lo escuchaba fascinada, no tanto por lo que decía, sino por cómo lo decía, con esa voz grave, tranquila, como si estuviera acostumbrado a que la gente le creyera siempre.
Y sí, no era nada tonto. Yo notaba cómo trataba de seducirme sin que pareciera tan obvio. Me decía cosas como “seguro todos en el club te voltean a ver cuando llegas” o “no sé cómo te dejan salir sola, deberían cuidarte más”. Yo me hacía la que no entendía, pero en realidad me encantaba. Sentía que jugábamos un juego silencioso, donde él intentaba conquistarme y yo me dejaba un poco.
En un momento, él cambió de tema y me dijo:
—Mira, el próximo fin de semana hay un par de eventos sociales y deportivos muy buenos en el club, ¿por qué no vienes conmigo? Te la pasarías increíble.
La idea me fascinó. Solo de imaginarme ahí con él, como si fuéramos algo más que conocidos, me dio un vuelco el estómago. Pero tuve que frenarme. Le sonreí, un poco apenada, y le dije que justo este fin de semana me iba con mi familia, que ya tenían planes desde antes.
—Una lástima —contestó él, mirándome como si de verdad lo sintiera.
Yo, para no dejar que la conversación se pusiera seria, le solté en tono de burla:
—Pues mejor lleve a su esposa, ¿no?
Él rió, pero después se encogió de hombros y dijo:
—La verdad es que ella y yo no tenemos una buena relación desde hace tiempo.
Eso me sorprendió, aunque al mismo tiempo me intrigó más. Como si de pronto lo hubiera entendido mejor, como si ese detalle lo volviera aún más interesante para mí.
Así que entre bromas, yo le contesté con una sonrisa traviesa:
—Bueno, entonces me encanta que haya pensado en mí para invitarme en lugar de ella… pero ya será para otra ocasión.
Él me miró como si estuviera ganando el juego y yo no pudiera ocultar que estaba feliz con esa idea. Porque sí, me encantaba la sensación de que él me eligiera, aun cuando no podía aceptar.
Yo no quería verme como esas niñas que parece que les gusta que les rueguen, porque tampoco soy así, pero la verdad es que sí quería seguir platicando con él. Entonces, en lugar de hacerme la difícil de más, le solté la idea como si nada, así toda fresca:
—¿Y si mejor hacemos trato? —le dije sonriendo, jugando con el popote de mi bebida—. Todos los martes nos vemos aquí, en la cafetería del club. Así ni usted se complica ni yo me hago la que no quiero.
Él levantó una ceja y me miró divertido.
—¿Todos los martes? —repitió, como si estuviera pensando si aceptar o no.
—Sí, todos. Hasta puede ponerlo en su agenda, como si fuera una junta importante —le respondí riéndome.
Se rió también y asintió. —Hecho. Entonces ya tengo compromiso contigo los martes.
Yo hice como que no me importaba mucho, pero por dentro estaba feliz, como si acabáramos de firmar un contrato secreto.
Salimos caminando despacio hacia la salida del GYM. El pasillo estaba medio vacío y eso lo hacía sentir todavía más cómplice. Entonces yo, toda pícara, solté otra broma:
—¿Y si su esposa se entera? Nos vamos a meter en un problemón.
Él me miró con calma, casi serio, pero con esa sonrisa escondida que no suelta del todo.
—No me importa —dijo bajito, como confiándomelo—. Además, ella nunca viene a este club.
No pude evitar reírme. —Ah bueno… eso me hace feliz —le contesté, medio burlona, medio en serio.
—¿Por qué te hace feliz? —preguntó como retándome, inclinándose un poco hacia mí.
—Porque así no tengo que preocuparme de nada —le dije, y luego le saqué la lengua, como si fuera broma, aunque en el fondo me encantaba que me lo dijera así de seguro.
Seguimos echándonos bromitas, cosas tontas, como si de verdad estuviéramos compartiendo un secreto que nadie más tenía por qué saber. El rato se pasó volando y cuando nos dimos cuenta ya estábamos en la puerta del club.
—Entonces, martes —me dijo él, medio señalándome con el dedo.
—Martes —contesté yo, levantando mi botellita de agua como si brindara.
Nos reímos los dos y ahí nos despedimos. Yo caminé hacia el coche con esa sensación rara, como un cosquilleo en la piel, pensando que me fascinaba esa complicidad y que ya estaba contando los días para el siguiente martes.
Al salir del club, en lugar de pedir un Uber que me dejara en la puerta de la casa, decidí caminar. Primero porque no estaba tan lejos y segundo porque necesitaba pensar, como despejarme un poco. Me gusta eso, ir con los audífonos puestos, viendo las calles, imaginando cosas, pero sobre todo dándole vueltas a lo que me preocupa… o me emociona.
Continúa...
El lugar estaba casi vacío, solo un par de señoras que parecían más concentradas en chismear que en caminar en la caminadora, y un señor gordo que hacía pesas como si fuera a morirse de un infarto. Yo me puse mis audífonos, puse una playlist medio movida y me subí a la caminadora. No sé si fue la música, o el hecho de sentir mis piernas moverse en ese ritmo repetitivo, pero mi cabeza empezó a volar, a pensar en mil cosas al mismo tiempo.
Lo primero, obvio, fue Antonio. Porque sí, lo dejé en la casa, y lo dejé como con esa vibra rara, como con esa energía que se había acumulado después de todo lo que pasó. Y aunque no pasó nada “más allá”, siento que fue suficiente como para que él se quedara pensando. Y yo también. Y ahora aquí estaba yo, sudando, escuchando música, moviendo las piernas, pero con la mente atascada en lo mismo: qué hacer con él.
Y aquí viene mi dilema más grande, porque ya lo decidí: quiero hacerlo debutar. Quiero ser yo la que le enseñe. Pero no es cualquier cosa, es una línea que si cruzamos, no hay vuelta atrás. Me repito a mí misma que no es cualquier juego de besos, que no es cualquier tontería. Es algo que, para él, va a significar la primera vez. Y las primeras veces siempre pesan, marcan, se quedan tatuadas en la memoria, y yo sé que en el fondo me voy a quedar pegada a ese recuerdo también. ¿Estoy lista para cargar con eso? ¿O lo hago por egoísmo, porque me siento poderosa al saber que puedo darle algo que ninguna otra le ha dado?
Y ahí, entre los pasos de la caminadora, me quedé colgada en esa reflexión. Cada gota de sudor que me resbalaba por la frente me recordaba que el tiempo corre, que faltan solo dos días para que mis tíos y mi primo Antonio se regresen a Tlaxcala, y yo sigo aquí, dándole vueltas a lo mismo. Dos días. ¿Te das cuenta? Dos días suenan mucho, pero no lo son. En dos días se acaba todo esto, se rompe el hechizo, se va la oportunidad. Es como cuando estás en el último día de vacaciones y no quieres que se acabe, y sientes que cualquier decisión que tomes tiene que ser grande, intensa, porque si no lo haces ahora, no lo haces nunca.
Y entonces me entra esa ansiedad de “¿y si no hago nada?”. Porque si no lo hago, voy a quedarme con la duda de qué habría pasado, y esas dudas son las peores, las que se te clavan como una astilla y te pican años después. Y si sí lo hago… pues, no sé. Tal vez me quede con la culpa. Tal vez él se quede con una confusión que yo no quiero cargar. Pero también pienso en que la vida es así, que todo lo que hacemos siempre tiene un precio, y que lo importante es saber si quieres pagarlo o no.
Me bajé de la caminadora y me fui a las pesas, aunque en realidad solo estaba jugando a hacer pesas, porque ni estaba poniendo atención en la postura ni nada. Mis brazos subían y bajaban, pero mi mente estaba otra vez en Antonio mi orimo. Me acordé de su cara tímida, de cómo me miraba esperando instrucciones cuando lo besé, de cómo después se fue soltando hasta que me dominó él, y esa imagen me dio como un escalofrío raro, como una mezcla entre orgullo y nervios. ¿Y si lo llevo al siguiente paso, se va a soltar igual? ¿Va a ser capaz de sorprenderme otra vez?
Para todo esto les contaré como llegué hasta aquí de manera breve, resulta que mis tíos vinieron de visita una semana, así que mi primo venía con ellos. Mi primo tiene 19 años pero es un chico sumamente tímido así que yo en esa semana que estuvieron me iba a a la escuela y de vez en cuando mi primo se quedaba sólo, poco a poco comencé a notar mi cajón de mis calzones revuelto, noté que me llegaban a faltar tangas, que mi ropa sucia en específico mis tangas faltaban y se desaparecían, así que un día que mis tíos se fueron con mi primo me metí al cuarto de visita donde se quedaba mi primo y empecé a investigar hasta que encontré varias tangas mías debajo del colchón, estás estaban cubiertas con restos de semen y había tanto tangas sucias con fluidos míos y otras limpias.
La verdad no me molesté al contrario me dió mucho morbo saber que a mi primito lo excitaba y pues me ganó el morbo que terminé oliendo mis tangas con restos suyos. Así que le quería dar más material para sus travesuras.
Yo por lo regular todas las noches me masturbo como ritual para dormir mejor ya sea con mis dedos, con la almohada, con mi vibrador, con mis dildos o con lo que se ponga enfrente me lo meto en la vagina, pero siempre me quito la tanga para no manchar la pero estas veces me dejaba la tanga y me masturbaba con ella para dejarla impregnada de mis juguitos y que mi primito pudiera oler bien mi vagina, chupando mis juguitos o lo que hiciera con ellas cuando terminaba de correrme mi tanguita terminaba empapada y con ella limpiaba todo lo que había salpicado. Para después dejarla en el cesto de la ropa sucia, para el otro día en efecto ver qué mi tanguita había desaparecido.
Hasta que un día llegué temprano y subí a mi recamara y al abrir la puerta estaba mi primo sentado en mi cama masturbándose con una de mis tangas en su mano, y con la otra la tenía en su boca chupando mis fluidos, la verdad al ver esa escena me calentó pues su pene se ve bastante bien, grande y gruesa y saber que me la quiere meter no me disgusta al contrario me halaga.

Rápidamente se cubrió y me empezó a pedir perdón mientras mis tangas estaban sobre mi cama una ya llena de semen, lo senté en mi cama y le dije que tranquilo que estaba bien y le empecé a cuestionar que por qué lo hacía.
El me dijo que porque yo le resultaba muy guapa y que le gustaba y que nunca había besado ni mucho menos cogido con una mujer y que yo le gustaba demasiado, yo estaba muy muy halagada pero le comenté que eramos primos y que eso no podía ser y que después se encontraría a una buena mujer pero que no podía hacer eso así que el se disculpo y me abrazó.
Antes de que se levantars de mi cama le dije eh espera el volvió a sentarse y le dije voy a cumplirte tu primer beso pero nada más eh, el me dijo de verdad y yo respondí que si, pero me dijo pero sólo me vas a dar un pico y yo comenté que iba a ser un beso bien.
Comencé a explicarle y a darle las instrucciones y nos levantamos, me fuí acercando y le dije si quieres toma mi cara para que me beses. Se acercó y comencé a besarlo al principio fue muy tierno pero poco a poco el empezó a meter la lengua yo lo dejé no quería romper sus expectativas pero el empezó a bajar las manos y las puso en mi cintura y me empezó a apretar, la verdad es que mi vagina me estaba traicionado poco a poco se iba mojando y me empecé a sentir excitada mi vagina no reconocía si era mi primo sólo había visto una buena verga y la quería adentro, pero mi primo se empezó a emocionar y bajó sus manos a mis pompis y las empezó a apretar me intenté separar pero no me dejaba me las estaba apretando y sobando hasta que lo empujé y se quitó, me pidió una disculpa y que se había emocionado pero tímidamente me dió las gracias y se fue rápido.

Yo me quedé ahí excitada con ganas de verga y con mi labial desacomodado y después ví mis tangas en mi cama, tomé la que tenía semen fresco y no dude en probarlo, me la llevé a la boca y lo lamí todo, estaba rico o era por la excitación.
Después de ese contexto de como calenté a mi primo.
Al final, después de otra serie de abdominales que ni sentí, llegué a una conclusión rara: sí, quiero hacerlo. No sé si por rebeldía, por cariño, por curiosidad o por pura soberbia. Pero lo quiero. El problema es cómo. Cómo acercarme a él, cómo no hacerlo ver como algo sucio o prohibido, sino como algo natural, como parte de lo que ya venimos construyendo en secreto. Y sobre todo, cómo hacer que entienda que esto es solo entre nosotros, que no puede salir de la burbuja porque si se enteran mis tíos o mis papás me matan.
El sudor me resbalaba por la espalda cuando recogí mi botella de agua y me dirigí a la caminadora otra vez. Pensé que tal vez el gimnasio era el lugar perfecto para pensar en estas cosas: todos están ocupados en lo suyo, nadie te interrumpe, y tú puedes correr sin moverte de lugar, justo como yo ahora, corriendo sin moverme, atrapada en la contradicción de querer y temer al mismo tiempo.
Salgo del área de pesas todavía medio sudada, aunque ya me había echado un buen baño en las regaderas del club. Me puse la ropa más cómoda que traía en la mochila, una sudadera floja y shorts, porque lo último que quería era andar apretada después de todo el cardio. Iba caminando por el pasillo largo que lleva hacia la salida del GYM, medio distraída mirando el celular, cuando de repente escuché una voz grave, conocida, que dijo mi nombre. Levanté la vista y ahí estaba Don Julián, parado con esa sonrisa suya que parece que siempre está de buen humor. Sentí como si me hubiera topado con un amigo de toda la vida, aunque en realidad lo había visto poquísimas veces, pero me dio un gusto real, de esos que te cambian el humor de un segundo a otro.
Lo saludé como si lleváramos años sin vernos, con un “¡Don Julián!” demasiado entusiasta y hasta riéndome. Él me contestó con el mismo tono cálido, como si de verdad también estuviera feliz de verme. Y es raro porque apenas hemos cruzado un par de conversaciones sueltas, esas veces que me invitaba a comer y yo siempre inventaba cualquier cosa para escaparme, que si tenía tarea, que si tenía que ver a mi amiga, que si ya tenía planes… en fin, siempre tenía un pretexto. Y aun así, nunca se molestaba, siempre me decía “será para la próxima” con calma, como si supiera que en algún momento yo iba a decir que sí.
Y pasó, porque justo una vez acepté y no me arrepiento nada. Ese día me la pasé increíble platicando con él, me sorprendió lo fácil que fue soltarle cosas de mí, como si no hubiera diferencia de edad ni de nada. Era como hablar con alguien que me entiende sin juzgarme. No sé, me encantó esa comida, me encantó escucharlo, y hasta me quedé pensando que a lo mejor debí haber aceptado desde antes.
Así que en ese pasillo, con el cabello todavía húmedo de la regadera y la cara limpia, lo saludé con tanta alegría que hasta me salió natural acercarme y ponerle la mano en el brazo, como cuando saludas a alguien cercano. Y él se rió de verme tan efusiva.
—¿Qué tal, señorita deportista? —me dijo, mirándome de arriba abajo como notando mi pinta relajada después del GYM.
Yo también me reí y le dije que ya estaba exhausta, que si por mí fuera me tiraba ahí mismo en el suelo. Y mientras hablábamos, me di cuenta de que en serio lo sentía como si fuera un viejo amigo, aunque la verdad nuestra historia juntos apenas cabe en unas cuantas charlas. Eso sí, cada vez que lo veo me da esa sensación rara de familiaridad, de confianza inmediata. Salimos juntos hacia la salida, pero en lugar de dejarme ir, Don Julián me detuvo con esa naturalidad suya que hace que no se sienta raro. Me dijo:
—Oye, ¿por qué no me acompañas a la cafetería del club? Te invito algo, seguro después del GYM necesitas algo fresco.
Yo no lo pensé mucho, porque en realidad me caía bien y tampoco tenía prisa. Además, me gusta cómo me habla, con esa calma como si todo estuviera bajo control. Así que acepté con una sonrisa y nos fuimos caminando hacia la cafetería.
Nos sentamos en una mesita cerca de la ventana, él pidió un jugo verde y yo un frappé helado porque moría de calor. Empezamos a bromear desde el principio, él diciéndome que seguro lo mío era puro show, que ni entrenaba tanto como para sudar así, y yo contestándole que ya se le notaba la edad porque a lo mejor no aguantaba mi rutina. Nos reímos los dos, como si de verdad fuéramos cómplices desde antes.
Y entre esa plática medio juguetona, de pronto soltó algo que me llamó la atención. No recuerdo bien cómo salió el tema, creo que hablábamos de vacaciones, de a dónde le gustaba viajar, y él dijo:
—Claro, aunque ya sabes, cuando uno es casado no siempre puede elegir a dónde quiere ir.
Me quedé mirándolo un segundo, sorprendida. Casado. No sé por qué, pero eso me gustó. Sentí un cosquilleo extraño, como si la palabra “casado” tuviera un peso especial en mí. Ya me he dado cuenta de que me llaman más la atención los hombres que ya tienen a alguien, como si fueran más interesantes, más seguros, más prohibidos. No lo puedo explicar, pero me gusta.
Entre bromas seguimos platicando. Me contó que él no solo era ingeniero, sino un ingeniero de nivel muy alto, con responsabilidades enormes en su empresa. Yo lo escuchaba fascinada, no tanto por lo que decía, sino por cómo lo decía, con esa voz grave, tranquila, como si estuviera acostumbrado a que la gente le creyera siempre.
Y sí, no era nada tonto. Yo notaba cómo trataba de seducirme sin que pareciera tan obvio. Me decía cosas como “seguro todos en el club te voltean a ver cuando llegas” o “no sé cómo te dejan salir sola, deberían cuidarte más”. Yo me hacía la que no entendía, pero en realidad me encantaba. Sentía que jugábamos un juego silencioso, donde él intentaba conquistarme y yo me dejaba un poco.
En un momento, él cambió de tema y me dijo:
—Mira, el próximo fin de semana hay un par de eventos sociales y deportivos muy buenos en el club, ¿por qué no vienes conmigo? Te la pasarías increíble.
La idea me fascinó. Solo de imaginarme ahí con él, como si fuéramos algo más que conocidos, me dio un vuelco el estómago. Pero tuve que frenarme. Le sonreí, un poco apenada, y le dije que justo este fin de semana me iba con mi familia, que ya tenían planes desde antes.
—Una lástima —contestó él, mirándome como si de verdad lo sintiera.
Yo, para no dejar que la conversación se pusiera seria, le solté en tono de burla:
—Pues mejor lleve a su esposa, ¿no?
Él rió, pero después se encogió de hombros y dijo:
—La verdad es que ella y yo no tenemos una buena relación desde hace tiempo.
Eso me sorprendió, aunque al mismo tiempo me intrigó más. Como si de pronto lo hubiera entendido mejor, como si ese detalle lo volviera aún más interesante para mí.
Así que entre bromas, yo le contesté con una sonrisa traviesa:
—Bueno, entonces me encanta que haya pensado en mí para invitarme en lugar de ella… pero ya será para otra ocasión.
Él me miró como si estuviera ganando el juego y yo no pudiera ocultar que estaba feliz con esa idea. Porque sí, me encantaba la sensación de que él me eligiera, aun cuando no podía aceptar.
Yo no quería verme como esas niñas que parece que les gusta que les rueguen, porque tampoco soy así, pero la verdad es que sí quería seguir platicando con él. Entonces, en lugar de hacerme la difícil de más, le solté la idea como si nada, así toda fresca:
—¿Y si mejor hacemos trato? —le dije sonriendo, jugando con el popote de mi bebida—. Todos los martes nos vemos aquí, en la cafetería del club. Así ni usted se complica ni yo me hago la que no quiero.
Él levantó una ceja y me miró divertido.
—¿Todos los martes? —repitió, como si estuviera pensando si aceptar o no.
—Sí, todos. Hasta puede ponerlo en su agenda, como si fuera una junta importante —le respondí riéndome.
Se rió también y asintió. —Hecho. Entonces ya tengo compromiso contigo los martes.
Yo hice como que no me importaba mucho, pero por dentro estaba feliz, como si acabáramos de firmar un contrato secreto.
Salimos caminando despacio hacia la salida del GYM. El pasillo estaba medio vacío y eso lo hacía sentir todavía más cómplice. Entonces yo, toda pícara, solté otra broma:
—¿Y si su esposa se entera? Nos vamos a meter en un problemón.
Él me miró con calma, casi serio, pero con esa sonrisa escondida que no suelta del todo.
—No me importa —dijo bajito, como confiándomelo—. Además, ella nunca viene a este club.
No pude evitar reírme. —Ah bueno… eso me hace feliz —le contesté, medio burlona, medio en serio.
—¿Por qué te hace feliz? —preguntó como retándome, inclinándose un poco hacia mí.
—Porque así no tengo que preocuparme de nada —le dije, y luego le saqué la lengua, como si fuera broma, aunque en el fondo me encantaba que me lo dijera así de seguro.
Seguimos echándonos bromitas, cosas tontas, como si de verdad estuviéramos compartiendo un secreto que nadie más tenía por qué saber. El rato se pasó volando y cuando nos dimos cuenta ya estábamos en la puerta del club.
—Entonces, martes —me dijo él, medio señalándome con el dedo.
—Martes —contesté yo, levantando mi botellita de agua como si brindara.
Nos reímos los dos y ahí nos despedimos. Yo caminé hacia el coche con esa sensación rara, como un cosquilleo en la piel, pensando que me fascinaba esa complicidad y que ya estaba contando los días para el siguiente martes.
Al salir del club, en lugar de pedir un Uber que me dejara en la puerta de la casa, decidí caminar. Primero porque no estaba tan lejos y segundo porque necesitaba pensar, como despejarme un poco. Me gusta eso, ir con los audífonos puestos, viendo las calles, imaginando cosas, pero sobre todo dándole vueltas a lo que me preocupa… o me emociona.
Continúa...
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