Cuando estaba destinado en Japón, me fascinaban las mujeres japonesas. Muchas de ellas eran indiferentes hacia los militares estadounidenses. Aun así, no perdía la esperanza.
Una noche estaba con un par de amigos y decidimos ir a un establecimiento local en lugar de nuestro lugar habitual. Vimos una mezcla de clientes, en su mayoría japoneses y algunos extranjeros.
Pedimos unas bebidas y conversamos entre nosotros. Mirando alrededor del salón, noté que había un par de mujeres asiáticas sentadas al otro lado de la sala y una de ellas estaba mirando en nuestra dirección. Hice contacto visual con ella y me sonrió.
Me cautivó de inmediato. Parecía un poco diferente, ligeramente más alta que la mujer asiática promedio y bastante atractiva. Su figura era muy bonita, aunque parecía tener un pecho algo poco llamativo. No podía decir cómo eran sus senos. Pero me sentí atraído inmediatamente por ella y decidí acercarme para intentar establecer una conexión.
Llegué a su mesa y las saludé con un: «Buenas noches, señoritas. ¿Puedo acompañarlas?». Todas estaban vestidas con ropa de negocios, modesta e impecable.
Ayako, como más tarde supe que se llamaba, dijo: «Estamos hablando de un tema de negocios que no te interesaría. Busquemos otra mesa para que tú y yo podamos hablar». Se puso de pie y dijo algo en japonés a sus amigas, y todas se rieron mientras me miraban. Me condujo a una pequeña mesa para dos en un rincón algo apartado. Yo iba detrás de ella admirando su cintura esbelta y sus piernas bien formadas. Me encantaba la manera en que sus caderas se balanceaban al caminar.
Cuando nos sentamos preguntó: «¿Quieres que pida unas bebidas? ¿Quizá whisky japonés?».
Le dije que me parecía bien. Le pedí que me dijera su nombre y fue entonces cuando me dijo que se llamaba Ayako. Le dije que yo era Frank. Extendió la mano y dijo: «Es un placer conocerte». Su mano estaba cálida y su apretón era firme.
Mi compañero de habitación, Craig, se acercó y dijo que se iba a casa. Lo presenté a Ayako y él le sonrió diciendo que estaba encantado de conocerla. Añadió: «Disfruten la velada». Luego se marchó.
Seguimos hablando, nada importante, durante un rato más y tomamos algunas bebidas adicionales.
Ella dijo: «Estoy disfrutando de tu compañía y me preguntaba si te gustaría ir a algún lugar donde pudiéramos tener privacidad y complacernos mutuamente».
Me sorprendió que fuera tan directa. Le dije que me gustaría si eso era lo que ella quería. Hice una señal al camarero y pagué la cuenta. Pensé: «Acabo de tener muchísima suerte». Mi pene comenzó a endurecerse ante la anticipación de poder tener relaciones con aquella hermosa mujer.
Ella dijo que podíamos ir a un hotel del amor o que yo podía llevarla a mi casa. Le expliqué que mi compañero de habitación estaría allí.
Ella respondió que en Japón se aprende desde pequeño que no hay mucha privacidad porque los apartamentos son pequeños. Así que uno se acostumbra y simplemente se adapta.
«Por eso tu compañero de habitación no debería ser un problema. Además, lo vi cuando te dijo que se marchaba. Es un hombre atractivo y, si quiere vernos, puede hacerlo. Incluso puede unirse a nosotros si a ti te parece bien».
Me sorprendió su sugerencia. No me oponía a compartir con mi compañero de habitación, pero estaba deseando ver a Ayako desnuda y disfrutar de ella físicamente. No había pensado en un trío, pero si ella estaba dispuesta, ¿quién era yo para objetar?
Salimos del bar y ella me tomó de la mano mientras caminábamos. Pronto llegamos a mi edificio. Le pregunté si estaba segura de que quería tener relaciones con mi compañero de habitación presente.
Ella dijo: «Se supone que las mujeres deben proporcionar placer a los hombres y viceversa. Y estoy deseando tener relaciones contigo y con tu compañero de habitación si él quiere».
Añadió: «Estoy deseando sentir tu cabeza entre mis piernas y que uses tu lengua para darme placer».
Yo respondí: «Yo también estoy deseando que me permitas hacerlo».
Cuando entramos en el apartamento, ella se hizo a un lado y comenzó a desvestirse con total naturalidad, al igual que yo.
La observé con expectación y, después de que se quitó la blusa, esperaba ver sus senos.
Llevaba una venda elástica alrededor del pecho y se la quitó, dejando sus senos al descubierto. Eran sorprendentemente grandes. ¡Me quedé atónito! Había supuesto que tenía poco pecho por la forma en que se veía vestida. ¡Sus areolas eran del tamaño de una moneda grande! Al quitarse la ropa se había transformado en una mujer voluptuosa y aún más deseable.
Se quitó la falda y llevaba una tanga. Observé cómo la bajaba por sus piernas. Allí estaba, completamente desnuda, mirándome con deseo en los ojos. Tenía vello negro corto en el pubis. Mi erección crecía lentamente mientras anticipaba hacer el amor con ella.
Le pregunté por qué se esforzaba tanto en ocultar sus hermosos senos. Explicó que los hombres japoneses se distraían con ellos, la observaban demasiado y eso la perjudicaba durante las negociaciones de negocios. Así que descubrió que ocultando sus atributos podía desenvolverse de manera más eficaz en su trabajo.
Me quedé desnudo observándola mientras iba al armario, encontraba mi tatami y lo colocaba en el suelo. Luego tomó una colcha y la extendió sobre el tatami. Después cogió una toalla de baño y la puso encima de la colcha.
Yo acariciaba mi erección, emocionado ante la idea de enterrarla en ella.
Se acostó boca arriba y levantó los brazos indicando que debía unirme a ella. Me acosté de lado junto a ella. Estaba cautivado por su belleza. Por fin pude besarla y acariciar sus senos. Eran bastante firmes y sus pezones comenzaron a endurecerse. Empecé a succionarlos uno por uno.
Ella bajó la mano y rodeó mi pene. Me alegró que no fuera tímida al tocarme. Preguntó: «¿Te gustaría que te hiciera sexo oral?».
Respondí: «Eso puede esperar. Me gusta que una mujer alcance el orgasmo primero. Después podrás hacerme lo que quieras». Dicho eso, fui besando su torso hasta llegar a sus labios íntimos. Ya estaba húmeda y la acaricié con la lengua, disfrutando de su sabor.
Separé ampliamente sus piernas y me arrodillé entre ellas.
Sus labios eran grandes y resultaba excitante acariciarlos con la lengua. Luego seguí buscando su clítoris. Estaba hinchado y sobresalía. Utilicé un dedo para estimularla suavemente. Después lo moví más abajo y acaricié suavemente su ano. Sin penetración, solo un toque ligero para observar su reacción. Ninguna.
Ella sujetaba mi cabeza con las manos y respiraba cada vez más rápido, emitiendo suaves gemidos. Comenzó a hacerse más ruidosa mientras aparentemente se acercaba al clímax.
Mi compañero de habitación empezó a moverse y a observar cómo yo complacía a aquella hermosa japonesa. Lo vi apartar su colcha y comenzar a masturbarse. Dijo: «¡Maldito suertudo! ¿Lograste que se acostara contigo?».
Ella respondió: «Está un poco ocupado ahora mismo. No lo distraigas. Déjalo terminar y luego me ocuparé de él. Después iré contigo si tienes paciencia. Así que no termines todavía. ¡Guárdalo para mí!».
Ella me guiaba, diciéndome cómo le gustaba. «¡Lo estás haciendo muy bien! Un poco más despacio, sí, justo así. Ahora concéntrate ahí, perfecto, ¡ya casi!». Y entonces tuvo un intenso orgasmo. Sujetaba mi cabeza mientras se recuperaba del clímax.
Ella dijo: «Ahora me ocuparé de ti y puedes terminar en mi boca; lo tragaré encantada».
Respondí: «¿Por qué no te colocas entre las piernas de Craig y te ocupas de él? Yo estaré detrás de ti. ¿Te parece bien que termine dentro de ti?».
«¡Sí!», respondió. Craig estaba acostado boca arriba y mantenía su erección levantada para ella. Ella se giró, se puso de rodillas y se colocó entre sus piernas abiertas.
Lo miró a los ojos mientras se inclinaba de forma seductora. Comenzó a estimularlo mientras acariciaba sus testículos.
Yo me coloqué detrás de ella, también de rodillas, y avancé hasta penetrarla con facilidad. Estaba cálida y..... Continua: singlerelatos.blogspot.com/2026/06/mi-esposa-japonesa.html
Una noche estaba con un par de amigos y decidimos ir a un establecimiento local en lugar de nuestro lugar habitual. Vimos una mezcla de clientes, en su mayoría japoneses y algunos extranjeros.
Pedimos unas bebidas y conversamos entre nosotros. Mirando alrededor del salón, noté que había un par de mujeres asiáticas sentadas al otro lado de la sala y una de ellas estaba mirando en nuestra dirección. Hice contacto visual con ella y me sonrió.
Me cautivó de inmediato. Parecía un poco diferente, ligeramente más alta que la mujer asiática promedio y bastante atractiva. Su figura era muy bonita, aunque parecía tener un pecho algo poco llamativo. No podía decir cómo eran sus senos. Pero me sentí atraído inmediatamente por ella y decidí acercarme para intentar establecer una conexión.
Llegué a su mesa y las saludé con un: «Buenas noches, señoritas. ¿Puedo acompañarlas?». Todas estaban vestidas con ropa de negocios, modesta e impecable.
Ayako, como más tarde supe que se llamaba, dijo: «Estamos hablando de un tema de negocios que no te interesaría. Busquemos otra mesa para que tú y yo podamos hablar». Se puso de pie y dijo algo en japonés a sus amigas, y todas se rieron mientras me miraban. Me condujo a una pequeña mesa para dos en un rincón algo apartado. Yo iba detrás de ella admirando su cintura esbelta y sus piernas bien formadas. Me encantaba la manera en que sus caderas se balanceaban al caminar.
Cuando nos sentamos preguntó: «¿Quieres que pida unas bebidas? ¿Quizá whisky japonés?».
Le dije que me parecía bien. Le pedí que me dijera su nombre y fue entonces cuando me dijo que se llamaba Ayako. Le dije que yo era Frank. Extendió la mano y dijo: «Es un placer conocerte». Su mano estaba cálida y su apretón era firme.
Mi compañero de habitación, Craig, se acercó y dijo que se iba a casa. Lo presenté a Ayako y él le sonrió diciendo que estaba encantado de conocerla. Añadió: «Disfruten la velada». Luego se marchó.
Seguimos hablando, nada importante, durante un rato más y tomamos algunas bebidas adicionales.
Ella dijo: «Estoy disfrutando de tu compañía y me preguntaba si te gustaría ir a algún lugar donde pudiéramos tener privacidad y complacernos mutuamente».
Me sorprendió que fuera tan directa. Le dije que me gustaría si eso era lo que ella quería. Hice una señal al camarero y pagué la cuenta. Pensé: «Acabo de tener muchísima suerte». Mi pene comenzó a endurecerse ante la anticipación de poder tener relaciones con aquella hermosa mujer.
Ella dijo que podíamos ir a un hotel del amor o que yo podía llevarla a mi casa. Le expliqué que mi compañero de habitación estaría allí.
Ella respondió que en Japón se aprende desde pequeño que no hay mucha privacidad porque los apartamentos son pequeños. Así que uno se acostumbra y simplemente se adapta.
«Por eso tu compañero de habitación no debería ser un problema. Además, lo vi cuando te dijo que se marchaba. Es un hombre atractivo y, si quiere vernos, puede hacerlo. Incluso puede unirse a nosotros si a ti te parece bien».
Me sorprendió su sugerencia. No me oponía a compartir con mi compañero de habitación, pero estaba deseando ver a Ayako desnuda y disfrutar de ella físicamente. No había pensado en un trío, pero si ella estaba dispuesta, ¿quién era yo para objetar?
Salimos del bar y ella me tomó de la mano mientras caminábamos. Pronto llegamos a mi edificio. Le pregunté si estaba segura de que quería tener relaciones con mi compañero de habitación presente.
Ella dijo: «Se supone que las mujeres deben proporcionar placer a los hombres y viceversa. Y estoy deseando tener relaciones contigo y con tu compañero de habitación si él quiere».
Añadió: «Estoy deseando sentir tu cabeza entre mis piernas y que uses tu lengua para darme placer».
Yo respondí: «Yo también estoy deseando que me permitas hacerlo».
Cuando entramos en el apartamento, ella se hizo a un lado y comenzó a desvestirse con total naturalidad, al igual que yo.
La observé con expectación y, después de que se quitó la blusa, esperaba ver sus senos.
Llevaba una venda elástica alrededor del pecho y se la quitó, dejando sus senos al descubierto. Eran sorprendentemente grandes. ¡Me quedé atónito! Había supuesto que tenía poco pecho por la forma en que se veía vestida. ¡Sus areolas eran del tamaño de una moneda grande! Al quitarse la ropa se había transformado en una mujer voluptuosa y aún más deseable.
Se quitó la falda y llevaba una tanga. Observé cómo la bajaba por sus piernas. Allí estaba, completamente desnuda, mirándome con deseo en los ojos. Tenía vello negro corto en el pubis. Mi erección crecía lentamente mientras anticipaba hacer el amor con ella.
Le pregunté por qué se esforzaba tanto en ocultar sus hermosos senos. Explicó que los hombres japoneses se distraían con ellos, la observaban demasiado y eso la perjudicaba durante las negociaciones de negocios. Así que descubrió que ocultando sus atributos podía desenvolverse de manera más eficaz en su trabajo.
Me quedé desnudo observándola mientras iba al armario, encontraba mi tatami y lo colocaba en el suelo. Luego tomó una colcha y la extendió sobre el tatami. Después cogió una toalla de baño y la puso encima de la colcha.
Yo acariciaba mi erección, emocionado ante la idea de enterrarla en ella.
Se acostó boca arriba y levantó los brazos indicando que debía unirme a ella. Me acosté de lado junto a ella. Estaba cautivado por su belleza. Por fin pude besarla y acariciar sus senos. Eran bastante firmes y sus pezones comenzaron a endurecerse. Empecé a succionarlos uno por uno.
Ella bajó la mano y rodeó mi pene. Me alegró que no fuera tímida al tocarme. Preguntó: «¿Te gustaría que te hiciera sexo oral?».
Respondí: «Eso puede esperar. Me gusta que una mujer alcance el orgasmo primero. Después podrás hacerme lo que quieras». Dicho eso, fui besando su torso hasta llegar a sus labios íntimos. Ya estaba húmeda y la acaricié con la lengua, disfrutando de su sabor.
Separé ampliamente sus piernas y me arrodillé entre ellas.
Sus labios eran grandes y resultaba excitante acariciarlos con la lengua. Luego seguí buscando su clítoris. Estaba hinchado y sobresalía. Utilicé un dedo para estimularla suavemente. Después lo moví más abajo y acaricié suavemente su ano. Sin penetración, solo un toque ligero para observar su reacción. Ninguna.
Ella sujetaba mi cabeza con las manos y respiraba cada vez más rápido, emitiendo suaves gemidos. Comenzó a hacerse más ruidosa mientras aparentemente se acercaba al clímax.
Mi compañero de habitación empezó a moverse y a observar cómo yo complacía a aquella hermosa japonesa. Lo vi apartar su colcha y comenzar a masturbarse. Dijo: «¡Maldito suertudo! ¿Lograste que se acostara contigo?».
Ella respondió: «Está un poco ocupado ahora mismo. No lo distraigas. Déjalo terminar y luego me ocuparé de él. Después iré contigo si tienes paciencia. Así que no termines todavía. ¡Guárdalo para mí!».
Ella me guiaba, diciéndome cómo le gustaba. «¡Lo estás haciendo muy bien! Un poco más despacio, sí, justo así. Ahora concéntrate ahí, perfecto, ¡ya casi!». Y entonces tuvo un intenso orgasmo. Sujetaba mi cabeza mientras se recuperaba del clímax.
Ella dijo: «Ahora me ocuparé de ti y puedes terminar en mi boca; lo tragaré encantada».
Respondí: «¿Por qué no te colocas entre las piernas de Craig y te ocupas de él? Yo estaré detrás de ti. ¿Te parece bien que termine dentro de ti?».
«¡Sí!», respondió. Craig estaba acostado boca arriba y mantenía su erección levantada para ella. Ella se giró, se puso de rodillas y se colocó entre sus piernas abiertas.
Lo miró a los ojos mientras se inclinaba de forma seductora. Comenzó a estimularlo mientras acariciaba sus testículos.
Yo me coloqué detrás de ella, también de rodillas, y avancé hasta penetrarla con facilidad. Estaba cálida y..... Continua: singlerelatos.blogspot.com/2026/06/mi-esposa-japonesa.html
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