El lunes lluvioso caía sobre Buenos Aires como un velo gris y pesado. El shopping estaba casi vacío después del feriado largo de cuatro días; solo se escuchaba el rumor distante de la lluvia contra los techos de vidrio y el eco ocasional de algún tacón en el piso pulido. Lucas, de veinte años, acomodaba perchas en la tienda de ropa femenina con la mente en otra parte. El turno era tranquilo, casi aburrido.La puerta de la tienda se abrió con un suave tintineo. Entró Mariana. Cuarenta y tantos bien llevados, cabello castaño oscuro suelto sobre los hombros, abrigo largo de buen corte que dejaba entrever un cuerpo cuidado: caderas generosas, cintura aún marcada y un pecho abundante que se movía con natural elegancia al caminar. Pertenecía a esa clase alta porteña que no necesitaba levantar la voz para que todo girara alrededor suyo. Miró alrededor con esa seguridad tranquila de quien sabe exactamente lo que quiere y tomó varias prendas: blusas, un par de jeans y una pollera negra ajustada.— ¿Puedo usar el probador? —preguntó con voz baja y firme, mirándolo directamente a los ojos.Lucas asintió, tragando saliva. Le indicó el probador más amplio del fondo y cerró la cortina detrás de ella. Pasaron unos minutos. El joven seguía ordenando cuando escuchó su voz desde adentro:— Disculpá… ¿podrías traerme esa pollera de cuero engomada que estaba en el maniquí de la entrada? La negra, bien ajustada.Lucas buscó la prenda con las manos ligeramente temblorosas. Cuando se acercó al probador y corrió apenas la cortina para entregársela, se quedó congelado.Mariana estaba de pie, iluminada por la luz suave del probador, vestida solo con una tanga de encaje negro casi transparente que apenas cubría su sexo depilado. Sus pechos grandes y pesados quedaban libres, con los pezones ya endurecidos por el aire fresco o por algo más. La piel suave, ligeramente bronceada, brillaba bajo la luz. No hizo ningún intento de cubrirse.Lucas sintió que la sangre le subía al rostro y, al mismo tiempo, se le concentraba entre las piernas. Su pantalón empezó a tensarse de forma evidente.Ella lo notó al instante. Una sonrisa lenta y conocedora se dibujó en sus labios. Esa mirada de mujer experimentada que reconoce el deseo crudo en un hombre joven.— Traéla —dijo simplemente, extendiendo la mano.Cuando Lucas se acercó para entregarle la pollera, Mariana lo tomó de la muñeca con firmeza y, de un tirón suave pero decidido, lo metió dentro del probador. Cerró la cortina detrás de él con la otra mano.El espacio era reducido. El olor de su perfume caro se mezclaba con el calor de sus cuerpos. Mariana lo miró de arriba abajo: el joven sudaba, respiraba agitado, y la erección era imposible de disimular bajo el pantalón.— Se ve que nunca viste a una mujer de verdad tan de cerca… —murmuró ella, bajando la vista deliberadamente hacia el bulto que se marcaba.Lucas se puso rojo como un tomate y trató de taparse con las manos, avergonzado.— Tranquilo… —dijo Mariana con voz ronca, divertida y excitada al mismo tiempo—. A ver qué tenés.Sin darle tiempo a reaccionar, le bajó el pantalón y el boxer de un solo movimiento firme. La polla de Lucas saltó hacia afuera: veinte centímetros de carne gruesa, venosa, con una cabeza ancha y brillante ya humedecida por la excitación. Se mantenía dura, palpitante, apuntando casi hacia arriba.Mariana no pudo evitar abrir ligeramente los ojos. Nunca había visto algo así de grande y grueso en persona. Se mordió el labio inferior un segundo, controlando su expresión, y luego levantó la mirada hacia él con una sonrisa felina.— Nada mal… —comentó con voz baja y cargada de deseo.Se agachó lentamente frente a él, sus grandes tetas balanceándose con el movimiento. Tomó la base de esa verga enorme con una mano, sintiendo cómo latía caliente contra su palma. Sin dejar de mirarlo a los ojos, sacó la lengua y recorrió lentamente toda la longitud, desde los huevos pesados hasta la cabeza hinchada. Lucas soltó un gemido ahogado.Mariana abrió la boca y se la metió. Al principio solo la cabeza, chupando con fuerza mientras su lengua giraba alrededor. Después fue bajando más, centímetro a centímetro, sintiendo cómo esa polla gruesa le abría la garganta. No llegaba ni a la mitad y ya tenía los ojos llorosos por el esfuerzo, pero no se detuvo. Empezó a mamársela con ganas, moviendo la cabeza adelante y atrás, haciendo ruidos húmedos y obscenos en el silencio del probador.Con la mano libre le masajeaba los huevos, pesados y llenos. De vez en cuando sacaba la polla de su boca para lamerla entera, dejando hilos de saliva brillando en la piel venosa, y murmuraba:— Qué rica pija tenés, pibe… tan gruesa…Lucas tenía una mano apoyada en la pared para no caerse, la otra enredada en el cabello de Mariana. Sus caderas empezaron a moverse solas, follándole la boca con movimientos cada vez más instintivos.La lluvia seguía cayendo afuera, pero dentro del probador solo se escuchaban los gemidos ahogados de Lucas y el sonido húmedo y lascivo de la boca experta de Mariana devorando esa verga joven y enorme.Mariana seguía arrodillada en el reducido probador, con esa polla gruesa y venosa metida profundamente en su boca. Chupaba con hambre, moviendo la cabeza con ritmo constante, dejando que la saliva le corriera por la barbilla y goteara sobre sus tetas grandes y pesadas. Lucas jadeaba, apenas pudiendo creer lo que estaba pasando.— Tocame —murmuró ella, sacándose la verga de la boca solo un segundo, con los labios hinchados y brillantes—. Tocá mis tetas, pibe… son tuyas ahora.Lucas no lo dudó. Bajó las manos temblorosas y las llenó con esos pechos maduros, suaves y pesados. Los apretó con fuerza, sintiendo cómo se desbordaban entre sus dedos. Sus pulgares rozaron los pezones duros y ella gimió alrededor de su pija, vibrando toda la longitud. Cuanto más le masajeaba y pellizcaba las tetas, más rápido y profundo lo mamaba Mariana, como si el placer de él alimentara el de ella.— Así… fuerte —susurró ella entre chupada y chupada—. Me encanta que me agarren las tetas mientras me lleno la boca.Lucas ya no aguantaba más. El calor húmedo de esa boca experta, la visión de sus tetas rebotando en sus manos y el sonido obsceno de la garganta de Mariana tragando casi la mitad de su verga lo llevaron al límite.— Me… me vengo… —gimió, apretando los dedos en la carne blanda de sus pechos.Mariana no se apartó. Al contrario, lo miró directamente a los ojos con una mirada sucia y desafiante, y se hundió un poco más. Lucas explotó con un gruñido ahogado. Chorros espesos y abundantes de semen caliente le inundaron la boca y la garganta. Ella tragó una, dos, tres veces sin parar, sintiendo cómo esa leche joven y espesa le bajaba por el esófago. Aun así, parte del semen le escapó por las comisuras de los labios y cayó en gruesos hilos sobre la curva superior de sus tetas.Cuando Lucas dejó de temblar y su polla empezó a suavizarse entre sus labios, Mariana se la sacó lentamente, dejando un último beso húmedo en la cabeza hinchada. Se pasó la lengua por los labios con deleite, recogiendo los restos blancos, y luego bajó la vista a su propio pecho. Con una sonrisa lujuriosa, usó dos dedos para levantar los hilos de semen que le decoraban las tetas, se los llevó a la boca y los lamió despacio, saboreando cada gota frente a él.— Mmm… rico —ronroneó, mirándolo con los ojos entrecerrados—. Tenés un semen espeso y dulce, pibe.Se puso de pie con elegancia, todavía desnuda salvo por la tanga empapada. Sus tetas brillaban levemente por la mezcla de saliva y semen. Se vistió sin prisa, ajustándose la ropa frente al espejo mientras Lucas se subía los pantalones, todavía aturdido.Mariana salió del probador como si nada hubiera pasado. Fue hasta la caja, pagó las prendas que había elegido (incluyendo la pollera de cuero que ni siquiera se probó) con su tarjeta black, sin decir una palabra más delante de la cajera. Antes de irse, se acercó de nuevo a Lucas, que estaba detrás del mostrador con las piernas todavía flojas.Le deslizó un papelito en el bolsillo del pantalón, rozándole intencionalmente la pija todavía sensible por encima de la tela.— Mi número —susurró cerca de su oído, con voz baja y caliente—. Volveré por más… y la próxima vez quiero sentir esa verga gruesa abriéndome entera.Le dio un último mordisco suave en el lóbulo de la oreja y salió de la tienda contoneando las caderas, perdiéndose entre la gente escasa del shopping bajo la lluvia.Lucas se quedó ahí, con el corazón latiéndole fuerte y el papelito quemándole en el bolsillo, sabiendo que ese lunes lluvioso acababa de convertirse en el mejor día de su vida.
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