Al terminar la fiesta, Alejandra se acercó a ti, te olió la cara y los labios todavía brillantes de los jugos de Valentina, sonrió con morbo y te besó profundamente, saboreando el coño y el ano de la pelirroja en tu lengua.
—Mmm… sigues sabiendo a coño desesperado y culito recién lamido
—susurró lamiéndote la comisura de la boca—.
Esa pelirroja está rogando que la llenes.
Me encanta verla así.
Salieron juntos de la fiesta. En el coche, Alejandra no paraba de tocarte: te frotaba la verga por encima del pantalón, te mordía el cuello y te repetía al oído lo cachonda que estaba, se quitó la tanga empapada de sus jugos y te la paso por toda la cara para que pudieras olerla, saborearla.
Apenas cerraste la puerta de casa, Alejandra te empujó contra la pared del pasillo y te besó con desesperación, metiendo su lengua con hambre.
—Estoy empapada desde que te vi lamiéndole el culo a esa zorra pelirroja —jadeó—.
Me tienes tan caliente que me duele el coño.
Hoy quiero que me folles el culo… fuerte, profundo, sin piedad.
Quiero sentir cómo me abres el ano y me llenas las tripas de tu leche caliente.
La cargaste en brazos, le subiste el vestido negro hasta la cintura por el camino al dormitorio y la tiraste boca abajo sobre la cama.
Alejandra, ansiosa, se puso ella misma a cuatro patas, arqueó la espalda y separó sus nalgas con ambas manos, mostrándote su ano rosado y perfectamente depilado que ya brillaba de sus jugos que le chorreaban desde el coño hinchado.
Le escupiste directamente en el agujerito, frotaste la cabeza gruesa de tu verga contra él y empezaste a presionar. Alejandra soltó un gemido largo y ronco cuando sentiste cómo su ano cedía poco a poco, tragándose tu verga centímetro a centímetro.
—Joder… qué verga más gruesa… ábreme el culo —suplicó, empujando hacia atrás.
Cuando estuviste completamente enterrado hasta los huevos en su interior caliente y apretado, empezaste a follarla con embestidas lentas pero profundas, saliendo casi del todo y volviendo a clavártela con fuerza. El sonido de tus huevos golpeando contra su coño empapado llenaba la habitación.
Alejandra agarraba las sábanas con fuerza, el rostro hundido en la almohada, gimiendo como una perra en celo.
—Más fuerte… rómpeme el culito… quiero sentirte mañana cuando me siente —pedía entre gemidos.
La agarraste del pelo, tirando su cabeza hacia atrás mientras acelerabas el ritmo, follándola con embestidas brutales. Su ano apretaba y ordeñaba tu verga con cada salida y entrada. Con la mano libre le metiste dos dedos en el coño, follándola por los dos agujeros al mismo tiempo. Alejandra temblaba entera, chorreado por los muslos.
—Córrete adentro… lléname el culo de leche —suplicaba ella entre gemidos—. Mañana vamos a llamar a Valentina… quiero ver cómo la destruyes mientras yo la hago comer mi coño.
No pudiste aguantar más. Con un gruñido profundo le clavaste la verga hasta el fondo y te corriste con fuerza, disparando chorros espesos y calientes directamente en sus tripas. Alejandra se corrió al sentirte palpitar dentro de su culo, apretando el ano alrededor de tu verga mientras gritaba de placer.
Cuando sacaste tu verga, su ano quedó abierto, rojo e hinchado, con tu semen blanco espeso asomando y chorreando lentamente por su coño.
Alejandra se dejó caer en la cama, jadeando, con una sonrisa satisfecha y el culo todavía palpitando.
________________________________________
Mientras tanto, en diferentes puntos de la ciudad
Valentina esperó a que Sofía se durmiera. La niña había estado inquieta, preguntándole varias veces más por qué “olía raro” y por qué caminaba “como un patito”. Cada pregunta inocente solo aumentaba la humillación y, extrañamente, la excitación de Valentina.
Cuando por fin cerró la puerta de la habitación de su hija, Valentina se fue directo a su dormitorio, cerró con llave y se dejó caer en la cama todavía con el vestido fucsia puesto. Se subió la falda hasta la cintura, se quitó el tanga completamente empapado y abrió las piernas.
Su coño seguía hinchado, rojo y brillando. Un hilo grueso y transparente de jugos le colgaba del agujero y caía sobre las sábanas.
Tomó el teléfono con manos temblorosas. Tenía la cara ardiendo de vergüenza y deseo. Empezó a escribir, borrando y volviendo a escribir varias veces.
Finalmente envió:
Mi hija me vio justo cuando salía del cuartito… toda deshecha.
Me preguntó si me había caído, si me dolía la barriga… y luego vio las manchas en mis muslos y me dijo “mami, tienes las piernas mojadas… ¿te orinaste?” Me morí de la vergüenza.
Tuve que decirle que era solo sudor… pero olía a sexo. Olía a ti. A mi coño chorreando y a mi culito lamido. Estoy en la cama ahora, con las piernas abiertas, todavía goteando como una perra.
Mi tanga está empapada, el vestido manchado y mi clítoris tan hinchado que me duele.
No puedo parar de tocarme pensando en cómo me comiste el culo mientras me metías los dedos.
Me siento tan humillada… mi propia hija de cumpleaños viendo a su mamá convertida en una puta desesperada. Y lo peor es que eso me pone aún más cachonda.
Por favor…
Quiero que cumplas todo lo que me prometiste.
Quiero que me revientes el coño y me lo llenes de semen caliente.
Quiero que me abras el culito y me corras adentro hasta que me chorreé por las piernas.
Quiero que me folles la boca y me acabes en la garganta, en las tetas, en la cara… quiero estar cubierta de ti.
Estoy sufriendo.
Mándame algo, por favor. Una foto de tu verga dura o un audio diciéndome lo que me vas a hacer. Necesito correrme pensando en ti o me voy a volver loca.
Te espero ansiosa y chorreando
Después de enviar el mensaje largo, Valentina se mordió el labio y abrió la cámara del teléfono.
Se puso en cuatro sobre la cama, levantó el vestido, separó sus nalgas con una mano y tomó una foto de su ano todavía brilloso y su coño hinchado, con un hilo de jugos colgando.
Te la envió inmediatamente después.
Mira cómo me dejaste…
—Quiero tu verga… quiero que me revientes el culo como a Alejandra… quiero que me llenes hasta que me corra por las piernas…
Ven pronto y destrúyeme, por favor.
Se quedó mirando la pantalla, respirando agitada, con dos dedos metidos en su coño y frotándose el clítoris con la otra mano, esperando tu respuesta con desesperación.
Leticia llegó a casa con su marido, que no sospechaba nada. Mientras él veía televisión, ella se metió al baño, se sentó en el borde de la bañera con las piernas abiertas y se masturbó con furia pensando en cómo le habías apretado el culo y en lo que le habrías hecho a Valentina.
Se corrió mordiéndose el brazo para no gritar, pero seguía insatisfecha. Se acostó al lado de su marido con el coño palpitando y el culo contrayéndose, frustrada y cachonda.
Miss Danny, sola en su apartamento, se desnudó y sacó su dildo más grueso. Se folló el coño y el culo alternadamente mientras imaginaba que eras tú quien la estaba usando. “Cabron… mientras yo me muero de ganas, tú estabas lamiéndole el culito a esa pelirroja…” gemía mientras se corría.
Entre los invitados que se dieron cuenta reinaba la envidia y el morbo más puro.
Varios invitados notaron los detalles: Valentina entrando y saliendo de la habitación de servicio con el vestido arrugado, el cabello rojo revuelto, las gafas empañadas, las mejillas ardiendo y esas manchas húmedas visibles en la parte interna de sus muslos morenos y su trasero.
También vieron cómo te perseguía el resto de la fiesta, pegándose a ti, susurrándote al oído y apretando los muslos cada vez que te acercabas.
Carolina y Paula (dos mamás cercanas a Valentina) fueron las primeras en comentarlo. Carolina, una rubia de 36 años con tetas enormes y un culo generoso, conducía de regreso a casa con su marido mientras Paula iba en el asiento del copiloto.
—Estoy casi segura de que se la folló en la habitación de servicio —dijo Carolina con voz baja y excitada—.
Salió caminando con las piernas abiertas, como si le hubiera metido una verga gruesa. Tenía el vestido manchado y el coño le chorreaba, se le notaba. Y después no paraba de buscarlo… le rogaba, en serio.
Paula, una morena de labios gruesos y cuerpo curvilíneo, apretó los muslos en el asiento.
—Vi cuando El le apretaba el culo descaradamente en el jardín. Ella empujaba hacia atrás como perra en celo. Joder… me mojé solo de verlos.
Yo también quiero que me arrinconen así, que me coman el coño y el culo mientras estamos en una fiesta llena de gente.
El marido de Carolina, en vez de molestarse, iba en el asiento trasero con una erección evidente. Al llegar a casa, apenas cerraron la puerta del garaje, Carolina se arrodilló y le sacó la verga, chupándosela con hambre mientras le contaba cada detalle que había visto.
Esa noche se la folló duro por el coño y el culo, mientras ella gemía fantaseando que eras tú quien la estaba reventando.
Un grupo de tres papás (Miguel, Andrés y Roberto) habían visto claramente cómo le metías la mano bajo el vestido de Valentina, cómo ella gemía bajito y cómo salía de la habitación de servicio destrozada.
Llegaron juntos a tomar una cerveza después de la fiesta.
—Ese tipo es un cabrón con suerte —dijo Miguel, ajustándose el pantalón—.
Le comió el coño y el culo a la pelirroja. La dejó tan abierta que caminaba raro el resto de la tarde.
Andrés, el más callado, confesó: —Se me puso dura viéndola suplicarle.
Esa cara de “fóllame ya”… mi mujer nunca me ha mirado así.
Roberto terminó masturbándose esa misma noche pensando en llevar a su propia esposa Miriam a la próxima fiesta para “dejarte” que la tocaras. Miriam, al notar su excitación inusual, terminó siendo follada salvajemente mientras él le contaba lo que había visto. Ella se corrió dos veces imaginando que eras tú.
Otras mamás que también se dieron cuenta de lo que sucedió también reaccionaron; Laura, una profesora de 32 años, delgada pero con un culo firme y respingón, se fue a casa y se metió directamente a la ducha. Se masturbó con el chorro de agua contra su clítoris mientras recordaba cómo Valentina gemía bajito cuando le apretabas las nalgas. Se corrió susurrando tu nombre.
Fernanda, casada y de 38 años, tetona y con labios carnosos, le escribió por privado a su mejor amiga:
“¿Viste lo mismo que yo? Valentina salió con semen corriendo por las piernas, te lo juro. Ese papá de Mateo es peligroso… me tiene el coño palpitando desde entonces.”
Terminaron teniendo una videollamada esa noche donde ambas se masturbaban contándose fantasías sobre ti.
Los más discretos, pero igual de afectados fueron un par de parejas mayores (alrededor de 40-45 años) que normalmente se mantenían al margen comentaron en el coche con una mezcla de sorpresa y excitación.
La mujer terminó confesando que le gustaría sentir manos ajenas tocándola así de descarado en una fiesta. Esa noche tuvieron el sexo más intenso en meses.
Incluso algunas mamás solteras o separadas que no se acercaron a ti por vergüenza, se fueron a casa con una frustración deliciosa. Una de ellas, una morocha llamada Camila, se compró un dildo nuevo esa misma semana, más grueso, imaginando que era tu verga abriéndole el culo como supuestamente le habías hecho a Valentina.
La envidia era palpable. Las mujeres sentían una mezcla de morbo, celos y excitación húmeda.
Muchas se fueron a casa más mojadas de lo normal, con los pezones duros y el clítoris sensible. Varias terminaron follando con sus maridos esa noche usando la excusa de “la fiesta me puso romántica”, pero en realidad imaginando que eras tú quien las estaba usando.
Los hombres, por su parte, sentían esa combinación tóxica y excitante de celos, admiración y morbo.
Algunos fantaseaban con ver a sus esposas en la misma situación: arrinconadas, comidas, folladas y dejadas chorreando en medio de una fiesta infantil.
El rumor creció discretamente en el chat del colegio con mensajes aparentemente inocentes (“¡Qué buena fiesta! Valentina se veía muy… agitada”), pero cargados de doble sentido.
Varias mujeres guardaron tu nombre y tu cara en su mente como la nueva fantasía principal.
—Mmm… sigues sabiendo a coño desesperado y culito recién lamido
—susurró lamiéndote la comisura de la boca—.
Esa pelirroja está rogando que la llenes.
Me encanta verla así.
Salieron juntos de la fiesta. En el coche, Alejandra no paraba de tocarte: te frotaba la verga por encima del pantalón, te mordía el cuello y te repetía al oído lo cachonda que estaba, se quitó la tanga empapada de sus jugos y te la paso por toda la cara para que pudieras olerla, saborearla.
Apenas cerraste la puerta de casa, Alejandra te empujó contra la pared del pasillo y te besó con desesperación, metiendo su lengua con hambre.
—Estoy empapada desde que te vi lamiéndole el culo a esa zorra pelirroja —jadeó—.
Me tienes tan caliente que me duele el coño.
Hoy quiero que me folles el culo… fuerte, profundo, sin piedad.
Quiero sentir cómo me abres el ano y me llenas las tripas de tu leche caliente.
La cargaste en brazos, le subiste el vestido negro hasta la cintura por el camino al dormitorio y la tiraste boca abajo sobre la cama.
Alejandra, ansiosa, se puso ella misma a cuatro patas, arqueó la espalda y separó sus nalgas con ambas manos, mostrándote su ano rosado y perfectamente depilado que ya brillaba de sus jugos que le chorreaban desde el coño hinchado.
Le escupiste directamente en el agujerito, frotaste la cabeza gruesa de tu verga contra él y empezaste a presionar. Alejandra soltó un gemido largo y ronco cuando sentiste cómo su ano cedía poco a poco, tragándose tu verga centímetro a centímetro.
—Joder… qué verga más gruesa… ábreme el culo —suplicó, empujando hacia atrás.
Cuando estuviste completamente enterrado hasta los huevos en su interior caliente y apretado, empezaste a follarla con embestidas lentas pero profundas, saliendo casi del todo y volviendo a clavártela con fuerza. El sonido de tus huevos golpeando contra su coño empapado llenaba la habitación.
Alejandra agarraba las sábanas con fuerza, el rostro hundido en la almohada, gimiendo como una perra en celo.
—Más fuerte… rómpeme el culito… quiero sentirte mañana cuando me siente —pedía entre gemidos.
La agarraste del pelo, tirando su cabeza hacia atrás mientras acelerabas el ritmo, follándola con embestidas brutales. Su ano apretaba y ordeñaba tu verga con cada salida y entrada. Con la mano libre le metiste dos dedos en el coño, follándola por los dos agujeros al mismo tiempo. Alejandra temblaba entera, chorreado por los muslos.
—Córrete adentro… lléname el culo de leche —suplicaba ella entre gemidos—. Mañana vamos a llamar a Valentina… quiero ver cómo la destruyes mientras yo la hago comer mi coño.
No pudiste aguantar más. Con un gruñido profundo le clavaste la verga hasta el fondo y te corriste con fuerza, disparando chorros espesos y calientes directamente en sus tripas. Alejandra se corrió al sentirte palpitar dentro de su culo, apretando el ano alrededor de tu verga mientras gritaba de placer.
Cuando sacaste tu verga, su ano quedó abierto, rojo e hinchado, con tu semen blanco espeso asomando y chorreando lentamente por su coño.
Alejandra se dejó caer en la cama, jadeando, con una sonrisa satisfecha y el culo todavía palpitando.
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Mientras tanto, en diferentes puntos de la ciudad
Valentina esperó a que Sofía se durmiera. La niña había estado inquieta, preguntándole varias veces más por qué “olía raro” y por qué caminaba “como un patito”. Cada pregunta inocente solo aumentaba la humillación y, extrañamente, la excitación de Valentina.
Cuando por fin cerró la puerta de la habitación de su hija, Valentina se fue directo a su dormitorio, cerró con llave y se dejó caer en la cama todavía con el vestido fucsia puesto. Se subió la falda hasta la cintura, se quitó el tanga completamente empapado y abrió las piernas.
Su coño seguía hinchado, rojo y brillando. Un hilo grueso y transparente de jugos le colgaba del agujero y caía sobre las sábanas.
Tomó el teléfono con manos temblorosas. Tenía la cara ardiendo de vergüenza y deseo. Empezó a escribir, borrando y volviendo a escribir varias veces.
Finalmente envió:
Mi hija me vio justo cuando salía del cuartito… toda deshecha.
Me preguntó si me había caído, si me dolía la barriga… y luego vio las manchas en mis muslos y me dijo “mami, tienes las piernas mojadas… ¿te orinaste?” Me morí de la vergüenza.
Tuve que decirle que era solo sudor… pero olía a sexo. Olía a ti. A mi coño chorreando y a mi culito lamido. Estoy en la cama ahora, con las piernas abiertas, todavía goteando como una perra.
Mi tanga está empapada, el vestido manchado y mi clítoris tan hinchado que me duele.
No puedo parar de tocarme pensando en cómo me comiste el culo mientras me metías los dedos.
Me siento tan humillada… mi propia hija de cumpleaños viendo a su mamá convertida en una puta desesperada. Y lo peor es que eso me pone aún más cachonda.
Por favor…
Quiero que cumplas todo lo que me prometiste.
Quiero que me revientes el coño y me lo llenes de semen caliente.
Quiero que me abras el culito y me corras adentro hasta que me chorreé por las piernas.
Quiero que me folles la boca y me acabes en la garganta, en las tetas, en la cara… quiero estar cubierta de ti.
Estoy sufriendo.
Mándame algo, por favor. Una foto de tu verga dura o un audio diciéndome lo que me vas a hacer. Necesito correrme pensando en ti o me voy a volver loca.
Te espero ansiosa y chorreando
Después de enviar el mensaje largo, Valentina se mordió el labio y abrió la cámara del teléfono.
Se puso en cuatro sobre la cama, levantó el vestido, separó sus nalgas con una mano y tomó una foto de su ano todavía brilloso y su coño hinchado, con un hilo de jugos colgando.
Te la envió inmediatamente después.
Mira cómo me dejaste…
—Quiero tu verga… quiero que me revientes el culo como a Alejandra… quiero que me llenes hasta que me corra por las piernas…
Ven pronto y destrúyeme, por favor.
Se quedó mirando la pantalla, respirando agitada, con dos dedos metidos en su coño y frotándose el clítoris con la otra mano, esperando tu respuesta con desesperación.
Leticia llegó a casa con su marido, que no sospechaba nada. Mientras él veía televisión, ella se metió al baño, se sentó en el borde de la bañera con las piernas abiertas y se masturbó con furia pensando en cómo le habías apretado el culo y en lo que le habrías hecho a Valentina.
Se corrió mordiéndose el brazo para no gritar, pero seguía insatisfecha. Se acostó al lado de su marido con el coño palpitando y el culo contrayéndose, frustrada y cachonda.
Miss Danny, sola en su apartamento, se desnudó y sacó su dildo más grueso. Se folló el coño y el culo alternadamente mientras imaginaba que eras tú quien la estaba usando. “Cabron… mientras yo me muero de ganas, tú estabas lamiéndole el culito a esa pelirroja…” gemía mientras se corría.
Entre los invitados que se dieron cuenta reinaba la envidia y el morbo más puro.
Varios invitados notaron los detalles: Valentina entrando y saliendo de la habitación de servicio con el vestido arrugado, el cabello rojo revuelto, las gafas empañadas, las mejillas ardiendo y esas manchas húmedas visibles en la parte interna de sus muslos morenos y su trasero.
También vieron cómo te perseguía el resto de la fiesta, pegándose a ti, susurrándote al oído y apretando los muslos cada vez que te acercabas.
Carolina y Paula (dos mamás cercanas a Valentina) fueron las primeras en comentarlo. Carolina, una rubia de 36 años con tetas enormes y un culo generoso, conducía de regreso a casa con su marido mientras Paula iba en el asiento del copiloto.
—Estoy casi segura de que se la folló en la habitación de servicio —dijo Carolina con voz baja y excitada—.
Salió caminando con las piernas abiertas, como si le hubiera metido una verga gruesa. Tenía el vestido manchado y el coño le chorreaba, se le notaba. Y después no paraba de buscarlo… le rogaba, en serio.
Paula, una morena de labios gruesos y cuerpo curvilíneo, apretó los muslos en el asiento.
—Vi cuando El le apretaba el culo descaradamente en el jardín. Ella empujaba hacia atrás como perra en celo. Joder… me mojé solo de verlos.
Yo también quiero que me arrinconen así, que me coman el coño y el culo mientras estamos en una fiesta llena de gente.
El marido de Carolina, en vez de molestarse, iba en el asiento trasero con una erección evidente. Al llegar a casa, apenas cerraron la puerta del garaje, Carolina se arrodilló y le sacó la verga, chupándosela con hambre mientras le contaba cada detalle que había visto.
Esa noche se la folló duro por el coño y el culo, mientras ella gemía fantaseando que eras tú quien la estaba reventando.
Un grupo de tres papás (Miguel, Andrés y Roberto) habían visto claramente cómo le metías la mano bajo el vestido de Valentina, cómo ella gemía bajito y cómo salía de la habitación de servicio destrozada.
Llegaron juntos a tomar una cerveza después de la fiesta.
—Ese tipo es un cabrón con suerte —dijo Miguel, ajustándose el pantalón—.
Le comió el coño y el culo a la pelirroja. La dejó tan abierta que caminaba raro el resto de la tarde.
Andrés, el más callado, confesó: —Se me puso dura viéndola suplicarle.
Esa cara de “fóllame ya”… mi mujer nunca me ha mirado así.
Roberto terminó masturbándose esa misma noche pensando en llevar a su propia esposa Miriam a la próxima fiesta para “dejarte” que la tocaras. Miriam, al notar su excitación inusual, terminó siendo follada salvajemente mientras él le contaba lo que había visto. Ella se corrió dos veces imaginando que eras tú.
Otras mamás que también se dieron cuenta de lo que sucedió también reaccionaron; Laura, una profesora de 32 años, delgada pero con un culo firme y respingón, se fue a casa y se metió directamente a la ducha. Se masturbó con el chorro de agua contra su clítoris mientras recordaba cómo Valentina gemía bajito cuando le apretabas las nalgas. Se corrió susurrando tu nombre.
Fernanda, casada y de 38 años, tetona y con labios carnosos, le escribió por privado a su mejor amiga:
“¿Viste lo mismo que yo? Valentina salió con semen corriendo por las piernas, te lo juro. Ese papá de Mateo es peligroso… me tiene el coño palpitando desde entonces.”
Terminaron teniendo una videollamada esa noche donde ambas se masturbaban contándose fantasías sobre ti.
Los más discretos, pero igual de afectados fueron un par de parejas mayores (alrededor de 40-45 años) que normalmente se mantenían al margen comentaron en el coche con una mezcla de sorpresa y excitación.
La mujer terminó confesando que le gustaría sentir manos ajenas tocándola así de descarado en una fiesta. Esa noche tuvieron el sexo más intenso en meses.
Incluso algunas mamás solteras o separadas que no se acercaron a ti por vergüenza, se fueron a casa con una frustración deliciosa. Una de ellas, una morocha llamada Camila, se compró un dildo nuevo esa misma semana, más grueso, imaginando que era tu verga abriéndole el culo como supuestamente le habías hecho a Valentina.
La envidia era palpable. Las mujeres sentían una mezcla de morbo, celos y excitación húmeda.
Muchas se fueron a casa más mojadas de lo normal, con los pezones duros y el clítoris sensible. Varias terminaron follando con sus maridos esa noche usando la excusa de “la fiesta me puso romántica”, pero en realidad imaginando que eras tú quien las estaba usando.
Los hombres, por su parte, sentían esa combinación tóxica y excitante de celos, admiración y morbo.
Algunos fantaseaban con ver a sus esposas en la misma situación: arrinconadas, comidas, folladas y dejadas chorreando en medio de una fiesta infantil.
El rumor creció discretamente en el chat del colegio con mensajes aparentemente inocentes (“¡Qué buena fiesta! Valentina se veía muy… agitada”), pero cargados de doble sentido.
Varias mujeres guardaron tu nombre y tu cara en su mente como la nueva fantasía principal.
1 comentarios - Las Putas del Colegio: Después de la Fiesta
Salieron juntos de la fiesta. En el coche, Alejandra no paraba de tocarte: te frotaba la verga por encima del pantalón, te mordía el cuello y te repetía al oído lo cachonda que estaba, se quitó la tanga empapada de sus jugos y te la paso por toda la cara para que pudieras olerla, saborearla.
Apenas cerraste la puerta de casa, Alejandra te empujó contra la pared del pasillo y te besó con desesperación, metiendo su lengua con hambre."
desde ahí que me di cuenta que es puro fake el relato.