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La sumisión de la suegra, Parte 5

Sebastián apareció en la puerta de la casa de Thelma un martes por la tarde, cuando la calle permanecía en un silencio absoluto y las cortinas estaban cerradas para mantener fuera el sol abrasador. No hubo golpes ni preámbulos; ella abrió al verlo a través de la ventana, el rostro pálido y los ojos bajos, sabiendo que su resistencia se había desmoronado hacía mucho tiempo. Él entró con la familiaridad de un dueño que regresa a su propiedad, cerrando la puerta con un clic seco que resonó en el pasillo.
—A la habitación —ordenó, sin mirarla a los ojos, caminando con paso seguro hacia el lugar donde ella dormía con Alberto.
Thelma obedeció, las piernas temblando ligeramente al subir las escaleras. Sebastián siguió de cerca, disfrutando del sonido de sus tacones golpeando la madera, un ritmo que se aceleraba con su nerviosismo. Al entrar en el dormitorio matrimonial, el aire estaba cargado con el aroma fresco de las sábanas y el perfume floral que Thelma siempre usaba, una fragancia de inocencia que él estaba a punto de manchar de nuevo.
Se dirigió al rincón donde había colocado el trípode en visitas anteriores. Sacó su cámara, ajustó el lente y la encendió. El punto rojo de grabación parpadeó como un ojo acusador en la penumbra.
—Acuéstate en la cama —dijo Sebastián, señalando el centro del colchón—. Pero quiero que solo se vea tu cara. Pon la cabeza hacia acá.
Thelma se tendió boca arriba, pero él la corrigió bruscamente.
—No. Inclínate. Pon el culo en el aire y la cara mirando al objetivo. Quiero grabar cada expresión tuya mientras te rompo.
La acomodó sobre las almohadas, obligándola a arquear la espalda de una manera antinatural que dejaba su vulva y su ano expuestos a la luz, mientras su rostro quedaba enmarcado en primer plano, capturando cada parpadeo, cada mueca de miedo y anticipación. Sebastián se desabrochó el cinturón, el sonido metálico cortando el silencio, y bajó el cierre. Su miembro, ya duro y palpitante, se liberó con un movimiento brusco. Era masivo, grueso, con venas marcadas que prometían dolor y una expansión forzada.
Se colocó detrás de ella, sin preliminares, y alineó la cabeza de su polla con la entrada húmeda de Thelma. Con un empujón de caderas potente y seco, se hundió hasta el fondo.
Thelma gritó, un sonido agudo que se quebró en un gemido ronco cuando él comenzó a moverse sin piedad. La cámara, inmóvil frente a ella, registraba cómo sus ojos se abrían desmesuradamente, cómo su boca se entreabría dejando escapar jadeos entrecortados.
—¡Dios, sí! ¡Mira cómo te la meto! —gruñó Sebastián, golpeando sus nalgas con cada embestida, haciendo que la carne temblara.
El dolor se mezclaba con un calor vergonzoso que se irradiaba desde su vientre. Ella sentía cada centímetro de esa verga arrasando con sus paredes internas, estirándola más allá de lo que Alberto jamás había logrado. Los gemidos de Thelma llenaron la habitación, un sonido gutural y húmedo que testificaba su placer forzado y su sumisión total.
De repente, Sebastián se detuvo, dejando su miembro embedded dentro de ella, y retiró un dedo humedecido para llevarlo al pequeño anillo marrón que se contraía nervioso arriba. Presionó la yema contra la entrada anal.
Thelma se tensó instantáneamente, los músculos del cuello rigiéndose frente a la cámara.
—No... por ahí no —susurró, la voz temblorosa—. Nunca he hecho eso. Soy virgen por ahí.
La confesión cayó en el cuarto como una bomba. Sebastián se congeló un segundo, y luego una sonrisa sádica se curvó en sus labios, invisible para la lente pero palpable en el cambio de su respiración. La idea de tomar un lugar que nadie más había tocado, de marcarla en su virginidad restante, hizo que su erección se endureciera hasta dolerle.
—Virgen, ¿eh? —siseó, escupiendo un grueso charco de saliva directamente sobre su ano—. Pues ya no lo serás, puta.
Sin darle tiempo a prepararse, Sebastián presionó la cabeza de su pene contra el esfínter resistente. La saliva ayudó, pero la resistencia fue feroz. Empujó con fuerza, rompiendo el anillo muscular con una persistencia brutal.
Thelma lanzó un grito desgarrador, arqueando la espalda mientras el agujero se abría forzosamente para alojar la invasión gigante. El dolor fue agudo, punzante, una sensación de desgarro que recorrió su columna vertebral.
—¡Ahhh! ¡Para, me duele! —gritaba, pero Sebastián no se detuvo.
Una vez que la cabeza pasó, el resto se deslizó hacia el interior caliente y apretado. Sebastián comenzó a follarla por el culo con golpes profundos y lentos, disfrutando de los espasmos de sus músculos internos que intentaban expulsarlo. Thelma gritaba más fuerte con cada empujón, las lágrimas rodando por sus mejillas y cayendo en las almohadas, su cara retorciéndose en una mezcla de agonía y una estimulación tan intensa que la dejaba sin aire.
El sonido de sus pelvis golpeando contra sus nalgas era seco y violento. Sebastián agarró su cabello, tirando de su cabeza hacia atrás para asegurar que la cámara capturara perfectamente la expresión de dolor y éxtasis en sus ojos desenfocados.
—¡Eres mía! ¡Tu culo es todo mío! —rugió él, sintiendo que el orgasmo se acumulaba en sus testículos como una presión insoportable.
Con un rugido final, Sebastián se retiró bruscamente, dejando el ano de Thelma abierto y palpitando. Se movió con rapidez hacia el lado de la cama donde estaba la cámara y agarró a Thelma por el hombro, obligándola a girar y arrodillarse frente al lente.
—¡Abre la boca, cerda! —ordenó, masturbándose furiosamente frente a su cara.
El chorro de semen explotó con fuerza, cubriendo su frente, sus párpados, sus mejillas y cayendo en hilos gruesos sobre sus labios entreabiertos. Thelma parpadeó, cegada por el líquido caliente y pegajoso que goteaba por su nariz.
Sebastián no paró hasta estar completamente vacío, asegurándose de que su cara fuera una máscara blanca y brillante de su semen.
—Ahora habla —dijo Sebastián, enfocando el zoom en su rostro humillado—. Dile a la cámara lo que es Alberto.
Thelma respiró con dificultad, con el sabor salado en la boca. —Alberto... Alberto es un cornudo —balbuceó, la voz rota.
—Más fuerte. Y recoge todo con los dedos. Trágalo todo.
Ella levantó las manos temblorosas, recogiendo los charcos de semen de su cara y llevándoselos a la boca. Chasqueó los dedos, limpiándolos con la lengua, tragando la carga viscosa mientras la cámara grababa cada movimiento de deglución.
Más tarde esa noche, la oscuridad en la casa de Alberto y Thelma fue rota por el resplandor de la pantalla de su teléfono. Alberto estaba solo en la sala, el corazón latiendo con furia y una vergüenza ardiente. En la pantalla, el video de Sebastián se reproducía en bucle: su esposa, la mujer que amaba, de rodillas, cubierta de semen, confesando que él era un cornudo.
Un mensaje de texto acompañaba al video: "Pase lo que pase, Thelma ahora es mi puta. Si quieres seguir viéndola así, sigue el juego."
Alberto apretó el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. La rabia hervía en su sangre, pero mezclada con ella había una sensación repulsiva y electrizante en la entrepierna. Estaba duro. Se humillaba a sí mismo excitándose con la degradación de su esposa, pero no podía evitarlo. Se levantó, el paso pesado, y caminó hacia el dormitorio.
Thelma estaba acostada, mirando al techo, los ojos hinchados de llorar. Alberto entró sin decir una palabra, cerrando la puerta con un golpe. Se desvistió con torpeza, su pequeño pene erecto palpitando en el aire frío de la habitación.
—Haz lo que él hace —murmuró, acercándose a la cama—. Chúpamelo.
Thelma se giró, abriendo la boca mecánicamente. Tomó el miembro de su esposo entre sus labios, pero la diferencia era abismal. Después de haber sido estirada, usada y llena de Sebastián, la verga de Alberto se sentía muy pequeña, su pene insignificante en comparación con el mastodonte que la había poseído esa tarde. Ella succionó sin entusiasmo, los ojos vidriosos, pensando en cómo se sentía el ano dolorido y la cara pegajosa.
Alberto, frustrado por la falta de respuesta, la apartó y se subió sobre ella. Abrió sus piernas con impaciencia y se introdujo en su vagina. Empujó, jadeando, buscando el calor que siempre le había dado placer.
—Gime, pedazo de puta—ordenó él—. ¡Gime como la zorra que eres!
Pero Thelma se quedó inmóvil, mirando hacia la pared. No sentía nada. Su vagina, tan recientemente adaptada y golpeada por el tamaño de Sebastián, apenas notaba la presencia de su esposo. Era como si un dedo intentara llenar un espacio que había sido excavado por una pala. Alberto se movía arriba de ella, sudando, gimiendo, convencido de que estaba tomando posesión de su mujer, mientras ella, en el silencio de su mente, sentía un vacío absoluto donde antes había habido intimidad...

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