

Capítulo 5: Riesgos de Oficina
Elena permanecía de rodillas sobre el frío y sucio piso del baño de discapacitados, con la falda lápiz arrugada alrededor de su cintura y las bragas empapadas colgando de uno de sus tobillos. Sus labios hinchados, rojos y brillantes de saliva y semen se deslizaban con devoción enfermiza a lo largo de la verga semierecta de Felix. Pasaba la lengua plana y caliente desde los huevos jóvenes y tensos hasta la cabeza rosada y sensible, recogiendo cada resto cremoso de su propia corrida mezclada con el semen espeso del chico de 18 años.
El crucifijo de plata, profanado y pegajoso, colgaba entre sus pechos medianos y perfectos, balanceándose suavemente y golpeando sus pezones endurecidos con cada movimiento de su cabeza. Hilos espesos de saliva blanca y semen le corrían por la barbilla, goteando sobre sus tetas firmes y deslizándose hasta manchar aún más el símbolo sagrado.
“Dios mío… perdóname. Hace apenas minutos este chico me llenó el útero y ahora estoy lamiendo su verga como una perra en celo… Diego, amor mío, ¿qué me sucede?”
Felix jadeaba, con las piernas temblando, todavía recuperándose del orgasmo más intenso de su corta vida.
—Felix… —murmuró Elena con voz femenina, sacando apenas la verga de su boca, un grueso hilo de saliva conectando sus labios con el glande—. Quiero que elimines el audio ahora. Delante de mí.
El joven, aún aturdido, tomó su celular con manos temblorosas y borró el archivo frente a ella. Elena observó la pantalla hasta que el video desapareció.
—Listo… ya no existe —dijo él.
Elena cerró los ojos un segundo, sintiendo una mínima calma que fue inmediatamente devorada por el hambre que ardía entre sus piernas. El semen de Felix seguía escapando lentamente de su conchita hinchada, resbalando por sus muslos en hilos calientes y viscosos.
Se levantó con piernas temblorosas, se limpió como pudo con papel higiénico, intentó lavar su vagina en el lavamanos, pero era inútil. Cada contracción de sus paredes internas expulsaba más semen espeso, recordándole que un chico de 18 años acababa de pintarle el útero. Se arregló la ropa lo mejor que pudo —falda lápiz ajustada, blusa abotonada hasta el cuello, moño perfecto, algo de maquillaje— y salió del baño intentando caminar como la profesional recatada que todos conocían.
15:00 p.m.
Había pasado casi una hora desde que Elena le quitó la virginidad a Felix.
Mientras caminaba hacia la fotocopiadora, vio en el escritorio de un colega un pequeño cuadro con la imágen de Jesus. El simple recordatorio de su fe hizo que su estómago se retorciera de culpa profunda, pero su sensible vagina traicionera respondió contrayéndose con hambre renovada, expulsando otro hilo caliente de semen que le corrió por el muslo.
Y entonces lo vio.
Felix fuera de la oficina del jefe, pidiéndole no pudo lograr dilusidar que hablaban pero entendió que pedía permiso a Ricardo para retirarse temprano. “se dieron la mano y felix se retiraba”
— "Nos vemos"dijo el chico con voz cansada.
Elena sabía perfectamente por qué: la había follado como un animal salvaje en el baño de seguro felix no tenía energía para seguir en el trabajo.
Cuando Felix se giró, Elena notó que guardaba un celular en su mochila… y sacaba otro diferente para pedir un Uber. Su sangre se heló.
“¿Borró el audio solo en ese teléfono? ¿Lo habrá enviado al otro antes de eliminarlo? Dios mío… ¿y si me vuelve a chantajear? ¿Y si quiere usar mi boca la próxima vez?
El miedo y una excitación enfermiza se mezclaron en una oleada tóxica que le humedeció aún más la vagina. En un arrebato de lucidez, recordó quién era realmente: una mujer casada, católica devota, esposa fiel durante trece años. Decidió confrontarlo, quitarle el otro celular y revisar que no tuviera nada. Empezó a caminar hacia él con paso decidido.
Pero justo en ese momento, su teléfono vibró.
Elena contestó con el corazón latiéndole en la garganta.
—Hola, amor —dijo, forzando esa voz dulce, serena y cariñosa que siempre usaba con Diego.
—Mi vida, saldré antes hoy. ¿Quieres que te pase a buscar para ir juntos a la misa de las 17:30? (El horario de Elena es de 08:00 - 17:00)
Después podemos cenar tranquilos en casa.
Solo escuchar la voz protectora y amorosa de su marido provocó que su linda y blanca vagina se contrajera con violencia brutal. Un grueso y abundante hilo de semen joven brotó desde lo más profundo de su útero, empapando completamente sus bragas destrozadas y corriendo por el interior de su muslo hasta casi llegar a la rodilla.
—S-sí, amor… me parece perfecto —respondió ella, sonriendo aunque él no pudiera verla—. Hoy fue un día… normal. Bastante tranquilo.
Mientras hablaba con la voz más inocente del mundo, pensó
“¿Tranquilo? Me desperté tragándome tu verga pequeña como una desesperada… luego me follaste rápido porque mi vagina te necesitaba… le supliqué a mi jefe que me usara la garganta como un agujero barato mientras mi crucifijo se cubría de su leche… y hace rato dejé que un chico de 18 años me llenara el útero con su semen joven y abundante, más profundo de lo que tu nunca has llegado. Perdóname, Diego. Perdóname, Dios… pero sigo mojada. Sigo queriendo más verga.”
—Elena, ¿segura que estás bien? Te escucho rara.
—Sí, cariño. Solo cansada. La verdad… necesito mucho ir a misa hoy. Tengo cosas que conversar con Dios… me están pesando demasiado.
—Te espero en el estacionamiento a las 17:05. Te amo.
—También te amo —susurró ella con la voz quebrada, y colgó.
Sus ojos se llenaron de lágrimas calientes de vergüenza. Su cuerpo, sin embargo, ardía como nunca. A pesar de todos los orgasmos del día, su vagina de 29 años seguía hinchada, palpitante, vacío y traicionero, suplicando más verga. Miró hacia la salida, pero Felix ya se había ido hacía varios minutos.
15:23.
Aún faltaban casi dos horas para las 17:00, la hora de salida. Elena sentía cómo sus bragas estaban completamente empapadas y sucias, pegadas a su vagina hinchada como una segunda piel obscena. El semen de Felix seguía escapando lentamente de su útero, recordándole a cada paso y cada contracción que ya no era la misma mujer que había entrado esa mañana al trabajo.
Estaba en plena abstinencia sexual. Su cuerpo, corrompido por el deseo de medianoche, ardía. Su clítoris palpitaba con fuerza, su vagina se contraía en vacío y sus pezones rozaban dolorosamente contra la tela de la blusa. Debía aguantar. Tenía que sobrevivir hasta las 17:00, cuando Diego la esperaría en el estacionamiento para ir juntos a misa. A confesarse. A pedirle perdón a Dios.
Todo iba relativamente bajo control… hasta que sintió un bulto grueso y pesado presionando con descaro contra su hombro derecho.
Era Ricardo Vargas.
El jefe se había apoyado casualmente sobre ella, fingiendo revisar los documentos en su pantalla. Su enorme verga, semierecta dentro del pantalón, descansaba como un peso caliente y amenazante sobre su hombro. Elena se tensó por completo.
—Elena, vas bien… ¿estamos al día con todo, verdad? —preguntó con voz profesional y calmada, como si nada hubiera pasado esa mañana.
Elena tragó saliva. Recordó que Ricardo siempre había sido un jefe estricto pero correcto, jamás había cruzado la línea… hasta hoy. Hasta que descubrió la puta que se escondía debajo de la devota esposa católica.
—Sí, señor Vargas… todo está al día —respondió ella con voz temblorosa, intentando mantener la compostura.
Tras una breve conversación laboral que nadie podría sospechar, Ricardo se inclinó más cerca. Su aliento caliente le rozó la oreja y su verga presionó con más fuerza contra su hombro.
—Qué bien… —susurró con voz baja, oscura y cruel—. Porque me gustaría recordarte cómo esta mañana la señorita Recursos Humanos, tan recatada y con su crucifijo al cuello, se arrodilló frente a mí rogándome que le follara la garganta como una puta barata.
¿Recuerdas cómo te ahogabas con mis 23 centímetros, perra religiosa? Cómo te corrías solo con tenerla hasta el fondo, babeando como una zorra mientras tu marido cree que eres una santa. Ese crucifijo tuyo estaba cubierto de mi saliva y semen… y tú seguías tragando como si fuera lo único que necesitabas en la vida.
Elena apretó los muslos con fuerza. Su resentida vagina dio una violenta contracción, expulsando más semen de Felix que empapó aún más sus bragas.
Ricardo continuó, con la voz aún más baja y cargada de sadismo:
—Termina lo que tengas que hacer… y a las 17:00 en punto te quiero en mi oficina. No llegues tarde. Tengo algo demasiado importante por lo que castigarte. Y ni se te ocurra decir que no, señorita esposa perfecta. Sabes que te mueres de ganas.
Dicho esto, se incorporó como si nada y se alejó caminando tranquilamente por el pasillo.
Cuando Ricardo desapareció de su vista y nadie miraba, Elena se quedó temblando en su silla. Primero llegó el miedo puro,
— ¿Algo importante por lo que castigarme? Penso Elena, con miedo a perder su matrimonio, su reputación, su fe. Pero ese miedo duró apenas segundos. Rápidamente fue devorado por un calor líquido y brutal que le inundó el vientre.
“Mmm… solo un poco… solo necesito correrme una vez más antes de ir a misa… nadie se va a dar cuenta… Dios, perdóname… pero mi vagina está ardiendo… necesito esto…”
Disimuladamente, se movió hacia adelante en su silla de oficina y presionó su clítoris hinchado y ultrasensible contra el borde duro del asiento. Empezó a frotarse con movimientos pequeños pero cada vez más insistentes, moviendo las caderas en círculos discretos.
Cada roce hacía que el semen espeso de Felix chapoteara obscenamente dentro de su vagina. Sentía cómo salía más, manchando la silla, deslizándose entre sus nalgas. Su humeda vagina succionaba en vacío, desesperado por una verga de verdad.
Imaginaba la monstruosa verga de Ricardo abriéndole la garganta otra vez, golpeándole el fondo del esófago, comparada con la patética verga de 14 centímetros de Diego que nunca había logrado llenarla así.
“La de Diego es tan pequeña… tan insuficiente… perdóname amor, pero necesito verga grande… necesito que me usen… soy una perra asquerosa… una puta católica que va a ir a misa con la vagina llena de semen de otro…”
Estaba cerca. Muy cerca. Sus muslos temblaban. Su respiración se volvía entrecortada. El crucifijo saltaba sobre sus tetas firmes. Sus jugos y el semen de Felix formaban un pequeño charco caliente bajo ella.
Justo cuando el orgasmo empezaba a subir como una ola imparable, una voz alegre y despreocupada la sacó violentamente del trance:
¡Elena! ¡Amigaaa!
Era Cindy.
Cindy, su mejor amiga en el trabajo, regresaba de una capacitación. Tenía 27 años, extrovertida y llena de energía, lucía cabello castaño claro con reflejos dorados, largo hasta los hombros, suelto con ondas naturales suaves, Ojos grandes color avellana, pestañas largas, mejillas sonrojadas, sonrisa fácil y contagiosa, expresión alegre pero con un toque de picardía.
Pero lo que realmente definía su presencia era su cuerpo exageradamente voluptuoso.
Cindy regresaba de una capacitación. Llevaba pantalones formales negros que parecían a punto de rasgarse por la brutalidad de su culo. Un trasero enorme, gordo, redondo y proyectado hacia atrás de forma casi obscena. Dos nalgas masivas, pesadas y jugosas que tensaban la tela hasta el límite. La costura central se hundía profundamente entre ellas, marcando cada curva carnosa. Con cada paso, ese culo gigantesco se bamboleaba hipnóticamente, rebotando y chocando, desbordando los costados del pantalón. Era imposible no mirarlo.
Incluso con ropa formal, el culo de Cindy parecía puro pecado.
— ¡Cindy! ¡Qué susto me has dado! —exclamó Elena con voz ronca, las mejillas ardiendo y el chochito palpitando de frustración por el orgasmo interrumpido. Apretó los muslos con desesperación para contener la explosión.
Cindy se acercó sonriendo y se inclinó sobre el escritorio para abrazarla, proyectando aún más ese culo monumental. Varios compañeros no pudieron evitar mirarlo.
—Acabo de llegar, reina. ¿Cómo estás? Te ves… rara. ¿Todo bien? Tienes las mejillas super rojas.
Cindy arrugó la nariz y se acercó más, olfateando.
Amiga… ¿qué es ese olor? Hueles a sudor… y a algo más. No sabría describir que es, pero se siente, dulce y salado al mismo tiempo. ¿Estás bien?
Elena palideció al instante. El corazón le dio un vuelco. Sabía perfectamente qué era ese olor: el aroma denso y traicionero de semen seco, jugos vaginales y sudor sexual acumulado durante todo el día. El semen de Felix aún permanecía dentro de ella, mezclado con sus propios fluidos.
—Ha… ha hecho mucho calor hoy —balbuceó torpemente, con la voz entrecortada—. Estuve corriendo de un lado para otro…
Cindy la miró con cariño y preocupación, pero también con esa energía extrovertida que la caracterizaba. Sin darle tiempo a reaccionar, la tomó firmemente de la mano.
—Oye, cuando entré vi que el jefe ya se había ido a una reunión. Me autorizaron a usar las duchas de los camarines antes de la salida, porque sudé mucho con esta ropa formal en la capacitación. Ven, te llevo. Así te refrescas y evitas cualquier comentario raro.
Elena intentó resistirse un segundo por vergüenza, pero Cindy, con su actitud alegre y decidida, la jaló suavemente pero con firmeza, llevándola de la mano por el pasillo como si fueran dos amigas normales.
16:00 p.m.
Mientras caminaba detrás de Cindy, siendo prácticamente arrastrada de la mano, Elena no podía apartar la mirada de ese culo monstruoso que se movía delante de ella.
El pantalón formal negro de Cindy parecía estar sufriendo. Dos nalgas enormes, gordas, pesadas y perfectamente redondas tensaban la tela hasta el límite. Cada paso hacía que ese trasero colosal rebotara y se bamboleara con un movimiento hipnótico y carnoso.
Elena tragó saliva. Pensamientos completamente nuevos y prohibidos invadieron su mente corrompida:
“¿Cuántos hombres se habrán masturbado pensando en este culo? ¿Cuántos se habrán corrido imaginando meterla entre estas nalgas tan gordas y calientes? Dios… ¿es cómodo tener un culo así? Debe ser pesado… debe moverse todo el tiempo…”
Una punzada de celos le atravesó el pecho. Su propio trasero era firme y redondo, bonito… pero nada comparado con esta bestia sexual que Cindy llevaba con naturalidad. Por primera vez en su vida, Elena se sintió inferior físicamente frente a otra mujer. Y eso, en lugar de molestarla, provocó un extraño calor entre sus piernas.
Cindy se sentía algo confundida por el silencio de su amiga, pero no dijo nada.
Llegaron al área de duchas del camarin de mujeres de la empresa. Había varios cubículos individuales. Sin embargo, por alguna razón que ninguna de las dos cuestionó, ambas empezaron a quitarse la ropa afuera, antes de entrar.
Elena se desabotonó la blusa con dedos temblorosos, dejando que la tela se abriera lentamente y revelara sus pechos medianos, perfectos y firmes, con los pezones ya endurecidos por la excitación y el aire frío del vestuario. Al bajar la falda lápiz y las bragas empapadas las cuales ocultó entre sus prendas, el aire acondicionado rozó directamente su vagina hinchada, sensible y todavía lleno de los restos del semen de Felix. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.
De reojo, no pudo evitar mirar a Cindy.
—Ay, qué rico se siente quitarse esta ropa después de todo el día —dijo Cindy con su tono alegre y despreocupado de siempre, mientras se desabotonaba la blusa—. En serio, amiga, hoy hacía un calor horrible en la capacitación. Creí que me iba a derretir.
Cindy se quitó la blusa con naturalidad, revelando unos pechos más pequeños que los de Elena: redondos, suaves, con pezones rosados y delicados que se marcaron al instante por el frío. No eran grandes, pero se veían tiernos y bonitos.
Elena tragó saliva y respondió con voz algo ronca, intentando sonar normal:
—Sí… yo también sudé bastante hoy.
Mientras hablaba, su mente era un torbellino completamente distinto:
“Dios… mírala. Sus tetas son más pequeñas que las mías, pero se ven tan suaves… tan delicadas. Y ese contraste… con ese culo monstruoso que tiene…”
Cindy, ajena al huracán interno de su amiga, sonrió y siguió hablando mientras se bajaba los pantalones formales negros:
—Además, la instructora no paraba de hablar. Creo que perdí sensibilidad en el culo de tanto estar sentada —rió con esa risa contagiosa que la caracterizaba—. Oye, por cierto, ¿tú cómo estás? Te noté rara hoy en el escritorio. ¿Pasó algo?
En ese preciso momento, Cindy se inclinó ligeramente para terminar de bajar los pantalones y la ropa interior.
Y ahí estaba.
Su culo monumental quedó completamente expuesto frente a Elena. Dos nalgas enormes, pesadas, blancas y jugosas que temblaban con solo el movimiento más mínimo. La carne era abundante, suave y con ligeras marcas de celulitis en los costados, lo que solo lo hacía más real, más carnal y obscenamente atractivo. Incluso quieto, ese trasero parecía pornográfico: grueso, redondo y proyectado hacia atrás de forma casi imposible. El surco profundo entre sus nalgas era ancho y tentador, invitando a imaginar lo caliente y apretado que se sentiría perderse ahí.
Elena sintió que se le secaba la boca. Su usada vagina dio una fuerte contracción.
—N-no, nada grave… solo un día pesado —logró responder, con la voz más baja de lo normal.
Y entonces notó que Cindy también la estaba mirando de reojo.
La mirada de su amiga recorrió lentamente su cuerpo desnudo: desde sus pechos medianos perfectos y firmes, bajando por su cintura estrecha, hasta detenerse un segundo más de lo normal en la vagina de Elena, hinchado y visiblemente húmedo. No fue una mirada casual. Fue curiosa… larga… hambrienta.
Un pensamiento peligroso y completamente nuevo cruzó la mente de Elena como un relámpago:
“Cindy es simpática, alegre, siempre llena de energía… tiene un cuerpo que cualquier hombre desearía, especialmente ese culo gordo que todos los hombres que la conoces deben haberlo morboseado, incluido mi marido… y sin embargo, en más de tres años desde que entró a la constructora, nunca la he visto con un novio, ni la he escuchado hablar de ningún hombre con deseo real. ¿Será lesbiana? ¿Será que le gustan las mujeres…? ¿Será que ahora mismo… me está deseando a mí?”
El solo hecho de imaginarlo provocó que la vulva de Elena se contrajera con fuerza, soltando un hilo caliente de humedad que le corrió por el interior del muslo.
El silencio se volvió denso, casi eléctrico. Ambas se dieron cuenta al mismo tiempo de que se estaban mirando. Ninguna había entrado aún a su cubículo. El vapor del agua que empezaba a correr en las duchas llenaba el ambiente, pero ninguna se movía.
Cindy fue la primera en reaccionar. Se sonrojó violentamente, apartando la mirada con rapidez y cruzando los brazos sobre sus pechos más pequeños, como si de repente se sintiera expuesta y vulnerable. En su mente, el pánico era total: “Mierda… Elena es tan correcta, tan católica, tan esposa perfecta… seguro me está juzgando. Si supiera cómo soy en realidad, nunca más me hablaría.”
—B-bueno… —dijo Cindy con una sonrisa nerviosa y forzada, la voz un poco más aguda de lo normal—. Voy a entrar a bañarme antes de que se nos haga tarde.
Sin esperar respuesta, se metió rápidamente a uno de los cubículos y cerró la cortina con torpeza, casi con prisa.
Elena se quedó parada un segundo más, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho y la vagina palpitando de pura excitación prohibida. Su mente era un caos:
“Me estaba mirando… me miró la vagina. ¿Cindy realmente…? Dios mío, ¿qué estoy pensando? Soy una mujer casada… tengo que ir a misa con Diego… y sin embargo… solo imaginar que mi mejor amiga me desea me está mojando más que todo lo que pasó hoy.”
Finalmente, respiró hondo y entró a la ducha que estaba frente a la de cindy, cerrando la cortina detrás de ella.
El agua caliente empezó a caer sobre su cuerpo.
Duchas frente a frente, se escuchaba el agua correr sobre el cuerpo de Cindy. Solo las cortinas protegían que no se vieran completamente desnuda una frente a la otra.
Fin del Capitulo.

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