Había publicado antes algunas experiencias relacionadas con mi primera vez en una relación y también con mi primera experiencia con un hombre, aun considerándome heterosexual. Y hay algo que suele repetirse casi siempre en este tipo de encuentros, especialmente cuando ocurren a través de Grindr: todo suele ser fugaz. Casi nunca hay una conexión real entre las personas.
Y no es que eso esté mal. Al final, uno trabaja, tiene su rutina y, de alguna manera, termina buscando precisamente eso: discreción, anonimato y encuentros sin demasiadas complicaciones emocionales.
Pero esta vez fue completamente diferente. Y, sinceramente, puedo decir que fue —si no la mejor— una de las mejores experiencias que he tenido como hombre.
La dinámica, al principio, fue la de siempre. Normalmente busco este tipo de encuentros quizá una vez al mes o cada seis u ocho semanas. Digamos que, en promedio, ocurre una vez cada dos meses. Tampoco es que sea particularmente exigente, pero sí procuro encontrar, al menos, a alguien medianamente decente. Porque, siendo honestos, en esa aplicación abundan los tipos desagradables, los perfiles raros y la gente con la que uno preferiría no cruzarse jamás.
Aquella noche le escribí a un perfil que ni siquiera tenía fotografía. En la descripción solo decía que era “activo”. Le puse el típico “hola, ¿cómo estás?” y me respondió con otro saludo igual de básico. La conversación empezó exactamente como empiezan todas en esa aplicación: sin mucho interés, sin personalidad y con esa sensación de que probablemente no iba a llegar a nada.
La verdad, yo tampoco estaba desesperado por sexo. Más bien quería ver si, después de casi dos horas metido en la aplicación, lograba concretar algo decente. Hasta ese momento todo había sido lo mismo de siempre: chats vacíos, gente pidiendo fotos cada treinta segundos y tipos queriendo que me movilizara a lugares demasiado alejados o sospechosos. Y sinceramente, no tenía ganas de arriesgarme.
Además, si voy a invitar a alguien a mi departamento, me gusta saber al menos cómo luce. No solo por atracción física, sino también para asegurarme de que no sea algún conocido o alguien indiscreto. Al final, uno tiene cierta vida pública y hay cosas que prefiere mantener en privado.
Con este tipo la conversación fluyó distinto. Le pregunté si tenía alguna foto hot y me envió directamente una foto de su pene. No era especialmente largo —quizá unos quince o dieciséis centímetros—, pero sí bastante grueso. Y honestamente, eso llamó más mi atención que el tamaño en sí. Después me mostró fotos de él. Era un poco gordito, pero tenía una cara agradable. Cuando le pedí una foto de su rostro, la envió sin problema alguno. Entonces yo hice lo mismo.
Ya eran como las tres de la mañana y, siendo realistas, sabía que a esa hora era poco probable que terminara ocurriendo algo. Pero estaba solo en el departamento, aburrido y con ganas de un poco de diversión.
Entonces me preguntó:
—¿Dónde estás? Si quieres, puedo caer.
Le pregunté si tenía condones, porque hay algo con lo que nunca negocio: jamás tengo sexo sin protección. Me respondió que sí, que incluso podía comprar antes de llegar.
—Perfecto, entonces asoma —le dije.
Mientras la conversación seguía subiendo de tono, yo ya había empezado toda la preparación previa. Los que tienen este tipo de encuentros saben que hay ciertas cosas que uno hace por simple tranquilidad mental. Así que me hice el respectivo lavado, me organicé, dejé todo listo y me aseguré de que no hubiera ninguna sorpresa incómoda después. Todo estaba preparado. Solo faltaba que el tipo llegara.
El tipo llegó y, como yo tengo garaje, pensé que haría lo mismo que casi todos: dejar la moto afuera, en la calle. Pero apenas entró me dijo:
—¿Será que puedo meter la motocicleta? Me da miedo que me la roben.
Le dije que sí, que no había problema. Le abrí la puerta, guardó la moto y subimos al segundo piso, donde está mi departamento.
Cuando entró, se sentó con total tranquilidad. Y ahí fue donde empecé a notar la diferencia. Porque normalmente, a esas alturas, muchos tipos ya están desesperados, bruscos, queriendo que uno se la chupe de inmediato, sin siquiera cruzar dos palabras. Él no. Él simplemente empezó a conversar.
Que qué tan seguro era el sector, que cómo se vivía por ahí, que estaba chévere el departamento. Hablaba tranquilo, como si nos conociéramos de antes. Y, de hecho, así era.
En ese momento lo reconocí. Había sido compañero mío en la escuela. Pero obviamente no le dije nada. Me limité a seguir la conversación como si nada hubiera pasado.
Yo me senté en la cama y empecé a quitarme la pantaloneta. Él hizo lo mismo. Después se sentó a mi lado y comenzó a acariciarme la espalda y los hombros con una calma que me desarmó por completo.
—¿Y qué más? Cuenta, ¿qué has hecho? —me preguntó.
Le dije que nada, que todo bien. Después me preguntó directamente:
—¿Y tú qué eres? ¿Gay? ¿Bi?
Le respondí medio riéndome:
—No, hago esto por joda. ¿Y tú?
Me dijo que era bisexual, aunque daba la impresión de que ya estaba un poco fuera del clóset. La gente probablemente lo identificaba como gay por ciertos gestos o cierto amaneramiento leve, aunque tampoco era algo exagerado o particularmente evidente.
Seguimos conversando sin tensión, sin nervios. Y para ese momento ya estábamos desnudos.
La comodidad que sentía era tan extraña y tan natural al mismo tiempo, que terminé acercándome a él casi por instinto. Le tomé el pene entre las manos —todavía estaba semidormido— y empecé a chupárselo despacio.
Y ahí noté otra diferencia enorme: no intentó empujarme la cabeza, no empezó a mover la cadera con desesperación ni a tratarme brusco. Simplemente me acarició la espalda y me dijo con calma:
—Ponte de espaldas hacia mí.
Entonces empezó a acariciarme las nalgas lentamente mientras yo seguía chupándosela. Todo fluía con una naturalidad rarísima, casi íntima.
Y cuando empezó a endurecerse, entendí por qué me había llamado tanto la atención desde la foto. No era exageradamente larga, pero sí increíblemente gruesa. Tenía un grosor delicioso y una dureza absurda.
Debo admitir que para ese punto ya estaba completamente excitado. Así que seguí mamándosela sin apuro, disfrutando cómo jadeaba cada vez más.
Después de un rato me agarró suavemente y me dijo:
—Ponme el culito en la cara. Quiero chuparte.
Le dije que sí. Entonces empezó a lamerme despacio, con paciencia, mientras yo seguía chupándosela. Y otra vez sentí esa misma diferencia: no había violencia, no había prisa, no había esa necesidad de imponer dominio a la fuerza.
Luego, con toda la tranquilidad del mundo, me preguntó:
—¿Puedo ponerme de pie y que tú te arrodilles para seguir?
Y aunque parezca algo mínimo, me encantó que preguntara. Que hubiera cuidado incluso en medio del morbo. Porque sí, yo sé cómo son esos encuentros y sé lo agresivos que pueden ponerse algunos hombres cuando están calientes. Pero cuando estoy con hombres, no me gusta sentirme humillado ni tratado como un objeto.
Digamos que me gusta sentirme deseado, no maltratado.
Es curioso porque, cuando estoy con mujeres, suelo ser bastante dominante y agresivo. Pero cuando estoy con hombres, prefiero otro tipo de energía: más delicada, más considerada, incluso más tierna. Y eso no tiene nada que ver con ser amanerado; simplemente es la forma en que disfruto ese tipo de encuentros.
Le dije que sí, que no había problema.
Entonces se puso de pie. Yo acomodé una almohada en el piso, me arrodillé frente a él y seguí chupándosela. El tipo jadeaba tranquilo, dejando escapar pequeños sonidos que me hacían entender cuánto le estaba gustando.
Y yo seguía ahí, mamándosela, disfrutando cada segundo de esa verga increíble que tenía ese tipo.
Aquí pasó algo que normalmente yo no suelo hacer. Y es que ese tipo tenía una verga absurdamente rica. Sin exagerar, probablemente es una de las mejores que me he comido en la vida. No porque fuera gigantesca, sino porque era gruesa, perfectamente recta y estéticamente hermosa. Tenía una cabeza muy bonita, una forma limpia, proporcionada… era una verga demasiado agradable de ver y de sentir.
Y chupársela estaba siendo una experiencia completamente distinta a cualquier otra que hubiera tenido antes.
Entonces hice algo que casi nunca hago. Lo miré y le pregunté:
—¿Me puedo subir encima?
Y él, tranquilo como siempre, me respondió:
—Claro, lo que quieras.
Yo ya tenía listo un lubricante Lubricante Five, de esos tubos pequeños. Saqué un poco, me lo puse y después le coloqué el condón. Luego cubrí completamente su pene con lubricante y empecé, despacio, a intentar sentarme sobre él.
Y ahí sí me costó un poco.
Pero otra vez apareció esa diferencia enorme entre él y otros tipos con los que había estado. Nunca levantó la cadera para empujarme, nunca intentó meterla de golpe ni forzar nada. Y eso, aunque parezca mínimo, para mí significaba muchísimo. Porque sí había tenido experiencias con hombres que simplemente embestían sin preguntar, como si uno fuera un muñeco inflable. Por eso, normalmente, yo solía estimularme antes con un consolador para dilatar un poco y evitar dolor o algún desgarro incómodo.
Pero con él ni siquiera había hecho eso. De hecho, en ese momento me acordé de que no me había preparado de esa manera y me preocupé un poco. Pensé que tal vez, en algún momento, iba a perder la paciencia y terminar empujando fuerte. Pero no.
El tipo simplemente me miraba fijo, con una calma increíble, y me decía:
—Estás muy bueno.
Y yo solo me reía, medio nervioso, dándole las gracias mientras poco a poco iba dejándome caer sobre él.
Primero sentí apenas la punta. Después cómo iba entrando lentamente, centímetro por centímetro, gruesa y caliente, hasta que sentí que ya estaba más o menos a la mitad. Ahí hice una pausa. Me acomodé mejor, puse los pies a los lados de sus piernas y me quedé agachado, en cuclillas, tratando de relajarme mientras terminaba de entrar.
Y recién ahí él levantó apenas un poco la cadera, solo lo suficiente para ayudarme a que terminara de entrar completa.
El tipo jadeó bajito y dijo:
—Qué rico…
Y cuando por fin la tuve toda adentro, me quedé quieto unos segundos, respirando. Después le dije:
—Espérame un rato… que se dilate bien.
Y él simplemente respondió:
—Claro, no pasa nada.
La verdad, me sentía absurdamente cómodo. Nunca forzó nada, nunca apresuró nada. Tenía una actitud tan tranquila, tan paciente, que toda la experiencia se sentía distinta. Más íntima. Más cuidada.
Después empecé a moverme lentamente. Subía y bajaba despacio, casi como si estuviera caminando en puntas de pie, buscando el ritmo. Y como iba al gimnasio y tenía buena condición física, podía mantener el movimiento sin cansarme demasiado.
Poco a poco empecé a acelerar. Arriba y abajo. Arriba y abajo. Y esa sensación era indescriptible. La forma en que esa verga gruesa entraba completamente lubricada me tenía totalmente excitado.
Él prácticamente se dejaba coger por mí. Solo me agarraba las nalgas, a veces el pene, y me ayudaba a marcar el ritmo mientras yo seguía moviéndome encima suyo.
Después de un rato me cansé un poco y volví a sentarme sobre sus piernas, en una posición más cómoda. Entonces empecé a moverme de adelante hacia atrás, intentando encontrar otro ángulo. Y ahí sí me frustré un poco, porque me di cuenta de que no tenía ni idea de cómo hacer esos movimientos que uno ve que hacen algunas mujeres cuando están arriba.
Yo lo intentaba, pero honestamente sentía que me veía medio torpe. Así que terminé moviéndome como podía, tratando de no hacer demasiado el ridículo. Aunque, para ser sincero, a esas alturas ya estaba tan excitado que tampoco me importaba demasiado.
Así estuvimos varios minutos. Y mientras más lubricado estaba todo, mejor se sentía. Más suave, más intenso, más natural.
En un momento se salió accidentalmente y, casi por reflejo, me llevé la mano atrás para asegurarme discretamente de que todo siguiera limpio. Revisé rápido y, por suerte, no había ningún problema. Así que simplemente volví a acomodarme encima suyo.
Esta vez él me dijo:
—Date la vuelta.
Le hice caso y me monté dándole la espalda. Volví a bajar lentamente en cuclillas y después empecé otra vez el movimiento, cada vez más rápido, dejándome caer hasta el fondo. Y honestamente, en ese momento, aquello ya se sentía como el paraíso.
Entonces el tipo me dijo, con esa misma tranquilidad que tenía para todo:
—Levántate y ponte en cuatro.
Y la forma en que lo dijo fue tan natural, tan segura y tan calmada, que sentí que, si en ese momento me hubiera pedido cualquier otra cosa, probablemente también la habría hecho.
Me puse en cuatro sobre la cama. Él se levantó y se acomodó el condón, que se había bajado apenas un poco, aunque seguía puesto. Se aseguró de ajustarlo bien hasta el fondo y después me acercó al borde de la cama mientras él quedaba de pie en el piso.
Y ahí empezó otra vez esa mezcla rara entre delicadeza y morbo que tenía para hacer las cosas. Me acariciaba las nalgas, me agarraba de la cintura y deslizaba su pene entre ellas, rozándome lentamente antes de entrar. A ratos incluso me golpeaba suavemente con la verga, como jugando, mientras yo permanecía ahí, en cuatro, con la espalda lo más arqueada posible y las nalgas completamente levantadas para él.
Después empezó a meterme un dedo. Luego otro. Y yo, honestamente, ya quería que me la metiera de una vez, pero me daba vergüenza decirle que ya me la meta, ya que no quería verme como una perra.
Entonces sentí cómo me agarró de la cadera y empezó a entrar poco a poco. Despacio. Sin brusquedad. Y al poco rato ya la tenía completamente adentro.
Ahí sí sentí un poco de dolor, sobre todo por lo profundo que llegaba. Y eso que, objetivamente, tampoco era una verga tan larga. Tendría unos quince o dieciséis centímetros, más o menos como la mía, solo que la de él era muchísimo más gruesa. Además tenía un tono ligeramente más oscuro, algo trigueño. Él era mestizo: no blanco, pero tampoco moreno oscuro. Y su verga tenía ese mismo tono cálido, apenas más oscuro que el resto de su piel.
Entonces empezó a cogerme con una suavidad increíble. Un ritmo lento, constante, casi hipnótico. Me la sacaba y me la volvía a meter completa cada par de segundos, y para ese punto ya no había ninguna molestia porque estaba totalmente dilatado. Todo se sentía absurdamente rico.
Pero en un momento me ganó la putería. Me entraron unas ganas tremendas de sentirme todavía más usado, más cogido. Así que le dije:
—Dale más rápido.
Y él simplemente respondió:
—Claro, lo que quieras.
Entonces empezó a acelerar el ritmo.
Y ahí entendí algo: no era que el tipo no pudiera coger duro; simplemente le gustaba empezar con calma. Pero cuando uno se lo pedía, también sabía ponerse agresivo, coger con fuerza y dejarse llevar completamente.
Empezó a darme cada vez más rápido. Más fuerte. Más profundo. Y al poco rato ya me estaba embistiendo como una bestia. Pero lejos de incomodarme, eso era exactamente lo que quería.
Me acomodó aún más al borde de la cama, empujó mis rodillas hacia adelante y terminé prácticamente inclinado sobre la almohada, con la espalda completamente arqueada, las manos estiradas y el culo totalmente expuesto mientras él me daba verga sin parar.
Y así estuvo fácilmente unos quince o veinte minutos. Embistiéndome fuerte, profundo, constante.
Y mientras más tiempo pasaba, más excitado me sentía. Más perdido. Más entregado al momento. Honestamente, hubo un punto en que perdí por completo la noción del tiempo.
Porque la mayoría de tipos solo quiere acabar rápido. O cogen demasiado brusco, sin ritmo, sin conexión. Y sí, muchas veces se disfruta igual. Pero con este tipo todo se sentía distinto. Había algo en la forma en que me cogía.
En un momento el tipo perdió completamente el ritmo tranquilo que había llevado hasta entonces y simplemente me empujó contra la cama. Yo pensé que quería que arqueara más la espalda, así que levanté todavía más el culo, tratando de acomodarme para él.
Pero entonces me dijo al oído:
—Acuéstate completamente boca abajo.
Y claro, yo como buena perrita le hice caso.
Me acomodé a lo largo de la cama, completamente boca abajo. Él era un tipo algo gordito, debía pesar unos noventa kilos fácilmente. No era obeso, pero sí tenía barriga y una contextura bastante gruesa, pesada, de esas que se sienten encima de uno.
Entonces dejó caer todo su cuerpo sobre mí mientras seguía teniéndome adentro. Y, honestamente, eso me calentó todavía más.
Se acercó a mi oído y empezó a susurrarme cosas con esa misma voz tranquila que tenía desde que llegó:
—Qué rico culo tienes…
—Me encanta tu culito, está muy bonito.
Y yo, completamente entregado ya al momento, solo le respondí:
—Gracias… tú también tienes una rica verga.
Entonces me preguntó:
—¿Sí te gusta cómo te cojo?
Y le dije la verdad:
—Sí, me encanta.
Se rió bajito y después me dijo:
—Bueno… te voy a dar más duro. ¿Todavía aguantas?
Y yo, a esas alturas, ya totalmente perdido en el morbo, le respondí:
—Sí, dale nomás. No pasa nada.
Entonces me dijo algo que todavía recuerdo clarito:
—Ok… porque ya voy a terminar.
Le dije que no había problema. Y ahí empezó otra vez a cogerme con fuerza.
Hubo un momento en que apenas movía las caderas, dejando la verga completamente adentro, y lo único que hacía era pulsarla dentro de mí. Se sentía cómo latía, cómo temblaba mientras me llenaba completamente. Y después volvía a embestirme duro otra vez.
Luego se incorporó un poco y empezó a agarrarme de las nalgas mientras seguía penetrándome. Yo estaba completamente boca abajo, abrazado a la almohada, disfrutando de esa mezcla extraña entre dolor y placer. Aunque, siendo sincero, el dolor era mínimo. Quizá un diez por ciento. Todo lo demás era puro placer.
Y lo más rico era el ritmo. Porque a ratos iba lentísimo, haciendo pausas largas, profundas, dejando toda la verga adentro antes de volver a moverse. Y esas pausas me volvían loco. Después, de repente, otra vez empezaba a embestirme fuerte, profundo, haciéndome sentir cada centímetro.
Hasta que en un momento lo escuché gemir distinto. Más fuerte. Más ahogado. Y entendí enseguida que ya había terminado.
Simplemente se dejó caer al lado mío, todavía respirando agitado, y me dijo:
—Qué rico… Ojalá te dejaras coger más seguido.
Y yo me reí un poco y le dije:
—Claro, cuando haya tiempo no hay problema.
Entonces me miró y me preguntó:
—¿Seguro? Porque la verdad sí quisiera coger con alguien un poco más fijo.
Y le respondí:
—Sí, no hay problema… siempre y cuando seas discreto.
Él se rio apenas y dijo:
—Claro, eso sí. De ley.
Después me levanté para ir a bañarme. Y normalmente, en ese tipo de encuentros, cada uno se ducha por separado. O primero entra uno y después el otro. Pero esa vez fue diferente.
Mientras yo me estaba quitando el jabón y acomodando las cosas, él se quedó afuera y me preguntó:
—¿Puedo pasar o te espero?
Y no sé por qué, pero simplemente le dije:
—No, pasa nomás. No hay problema.
Entonces entró al baño conmigo. Se quitó el condón, lo botó en el tacho y se metió a la ducha. Su pene ya estaba medio dormido, relajado después de haber acabado.
Ahí empezó otra vez a tocarme, a jugar conmigo bajo el agua, y entre risas me dijo:
—¿Cómo te dejé ese culito?
Y yo, todavía caliente, le respondí:
—Un poquito abierto.
El tipo se rio y me dijo:
—Ay, perdón… es que estaba demasiado rico.
Y le dije que no se preocupara, que no me había dolido realmente.
Entonces nos quedamos ahí, duchándonos juntos. Y la verdad es que el morbo me ganó otra vez. Empecé a agarrarle la verga mientras me enjabonaba. Como tenía las manos llenas de jabón, terminé prácticamente lavándosela de arriba abajo.
Y aunque ya estaba semidormida, seguía pareciéndome deliciosa.
Entonces hice algo que jamás había hecho con ningún otro tipo. Lo miré y le pregunté:
—¿Te la puedo chupar otra vez?
Y él simplemente respondió:
—Sí.
Así que me agaché ahí mismo, en la ducha, mientras él seguía bañándose, y empecé a mamársela otra vez. En cuclillas, bajo el agua caliente, chupándosela despacio mientras sentía cómo poco a poco volvía a endurecerse entre mi boca y mis manos.
Al principio todavía tenía ese olor mezclado entre látex y semen, pero conforme el agua iba cayendo y limpiándolo todo, volvió a quedar completamente limpia. Y yo seguía ahí, mamándosela otra vez, disfrutando de esa sensación absurda de intimidad que se había creado entre los dos.
Después salimos de bañarnos. Le presté una toalla limpia —obviamente no iba a compartir la mía— y se secó tranquilo.
Y aquí viene la parte más rara de toda la historia. Porque cualquiera podría pensar que me enamoré de ese hijo de puta. Pero no era eso. Simplemente me sentía demasiado cómodo con él. Y además, siendo honestos, yo seguía arrecho porque nunca había acabado.
Entonces le pregunté:
—Oye… ¿te la puedo seguir chupando o ya tienes apuro?
Y él me respondió enseguida:
—No, no pasa nada. Dale, yo tengo tiempo.
Entonces se acostó en la cama y yo volví a empezar. Pero esta vez todo se sentía diferente. Ya no era solo morbo ni calentura. Era como cuando uno está acostado con alguien de confianza después de coger, viendo televisión y conversando cualquier tontería.
Yo estaba acostado a su lado, chupándosela tranquilamente mientras hablábamos de la vida, de las relaciones, de lo complicado que es coger con hombres y mantenerlo en secreto, de las parejas, de las apariencias.
Y mientras seguíamos conversando y riéndonos, yo me di cuenta de algo rarísimo: la naturalidad que sentía con ese tipo no se parecía en nada a lo que normalmente pasa en esos encuentros fugaces. Era como si, por unas horas, ese desconocido hubiera dejado de sentirse como un simple polvo y hubiera empezado a sentirse peligrosamente parecido a una pareja.
Como ya llevaba muchísimo rato chupándosela y los dos estábamos absurdamente cómodos, en un momento el tipo me miró y me preguntó:
—¿Tienes otro condón?
Y apenas me lo dijo, yo ya sabía perfectamente hacia dónde iba todo otra vez.
Le respondí:
—Sí, creo que todavía me queda uno.
Entonces se rio apenas y me dijo:
—Si quieres, te puedo dar otro rato… para que acabes tú también. Claro, si aguantas.
Y honestamente, después de cómo me había cogido la primera vez, ¿cómo iba a decirle que no?
Pero antes le dije:
—Primero déjame seguir mamándotela un rato más.
Y él, tranquilo como siempre, respondió:
—Claro.
La verdad, yo no sé qué tenía esa verga, pero me fascinaba chupársela. Seguía besándola, lamiéndola de arriba abajo, metiéndome en la boca todo lo que podía mientras le daba lengüetazos en las bolas y trataba de hacer la mejor garganta profunda que me permitía mi dignidad y mi falta de práctica.
Después me levanté, abrí uno de los cajones del escritorio y encontré el último condón que me quedaba.
—Sí, aquí hay uno —le dije.
Entonces él simplemente respondió:
—Ya… ponte en cuatro.
Y claro, yo obedecí de una.
Me acomodé otra vez sobre la cama y entonces me preguntó dónde estaba el lubricante. Le dije que probablemente se había caído al lado de la cama. Lo encontró, se puso un poco en la verga, me echó también a mí y empezó a entrar otra vez.
Y esta vez literalmente no hubo resistencia. Entró de una sola vez.
Debo admitir que al comienzo sí me ardió un poco. Ya llevaba bastante rato siendo penetrado y mi cuerpo obviamente lo resentía. Pero después de unos segundos volvió esa sensación de acostumbramiento, de placer, y otra vez me sentí completamente entregado. Otra vez me sentí como una perra.
Pero esta vez el ritmo era distinto.
No me estaba cogiendo duro ni desesperado. Eran embestidas lentas, profundas y constantes. Como un movimiento perfectamente controlado, donde no dejaba ni un centímetro afuera antes de volver a entrar otra vez.
Y ahí fue cuando empecé a masturbarme.
Mientras él seguía penetrándome con ese ritmo casi hipnótico, yo empecé a tocarme y a moverme hacia atrás cada vez que sentía toda la verga dentro. Apretaba involuntariamente, me echaba la cadera hacia atrás y sentía cómo él seguía penetrándome completo una y otra vez.
Y entonces pasó.
Sentí literalmente una corriente recorrerme desde el culo hasta el pene. Una sensación caliente, intensa, distinta a cualquier orgasmo que hubiera tenido antes. Y en ese momento acabé.
Pero fue rarísimo, porque prácticamente no sentía el orgasmo en el pene. Lo sentía completamente desde adentro, desde el culo, como si todo el cuerpo se me hubiera tensado de golpe. Muchísimo más intenso que masturbarme o coger con mujeres.
Acabé sobre mi propia mano mientras él seguía penetrándome. Y aunque después de eso ya no estaba tan excitado, tampoco quería cortarle el momento a él. Así que simplemente me dejé seguir cogiendo mientras él continuaba unos minutos más.
No fue demasiado tiempo. Quizá tres o cuatro minutos. Hasta que otra vez lo escuché jadear distinto, más fuerte, y terminó por segunda vez.
Después se sacó el condón, lo botó al tacho y esta vez ni siquiera hizo falta otra ducha completa. Como casi no habíamos sudado, simplemente se lavó rápido en el lavabo y empezó a vestirse.
Yo también fui al baño, me limpié bien y terminé de arreglarme. Y mientras nos vestíamos, el tipo me dijo algo que resumía perfectamente toda la experiencia:
—La verdad, estuvo excelente.
Y yo solo me reí y le dije:
—Sí… la verdad que sí.
Entonces me preguntó mi nombre. Y yo, por costumbre y por precaución, le di uno falso. Después le pregunté el suyo y él sí me dio el verdadero. Aunque claro… yo ya lo conocía desde antes. Solo que nunca se lo dije.
Antes de irse me dijo:
—Ojalá volvamos a coger otro rato.
Y le respondí:
—De una.
Y así fue.
Desde entonces habré cogido con él unas cuatro o cinco veces más. Y todas las veces son iguales: tranquilas, cómodas, sin apuros ni juegos raros de ego. Yo puedo pasarme el tiempo que quiera chupándosela y él sigue teniendo esa mezcla extraña entre delicadeza y morbo que honestamente me vuelve loco.
Y creo que eso fue lo que más me sorprendió de toda esta historia. No el sexo —aunque fue increíble—, sino la comodidad. La naturalidad. La forma en que, por unas horas, todo dejó de sentirse como uno de esos encuentros vacíos y rápidos de aplicación.
Porque al final, uno entra a Grindr esperando calentura, anonimato y quizá un polvo decente. Pero muy rara vez espera encontrarse con alguien capaz de hacerlo sentir cómodo, deseado y cuidado al mismo tiempo.
Y quizá por eso esa experiencia se me quedó tan grabada.
No porque fuera la más salvaje.
No porque fuera la más extrema.
Sino porque, entre tanta gente desesperada por coger rápido y desaparecer, me terminé encontrando con alguien que supo cogerme rico… y también tratarme bien.
Y bueno, ese fue el relato. Espero que les haya gustado. Y ya saben: hagan lo que hagan, siempre usen condón.
Y no es que eso esté mal. Al final, uno trabaja, tiene su rutina y, de alguna manera, termina buscando precisamente eso: discreción, anonimato y encuentros sin demasiadas complicaciones emocionales.
Pero esta vez fue completamente diferente. Y, sinceramente, puedo decir que fue —si no la mejor— una de las mejores experiencias que he tenido como hombre.
La dinámica, al principio, fue la de siempre. Normalmente busco este tipo de encuentros quizá una vez al mes o cada seis u ocho semanas. Digamos que, en promedio, ocurre una vez cada dos meses. Tampoco es que sea particularmente exigente, pero sí procuro encontrar, al menos, a alguien medianamente decente. Porque, siendo honestos, en esa aplicación abundan los tipos desagradables, los perfiles raros y la gente con la que uno preferiría no cruzarse jamás.
Aquella noche le escribí a un perfil que ni siquiera tenía fotografía. En la descripción solo decía que era “activo”. Le puse el típico “hola, ¿cómo estás?” y me respondió con otro saludo igual de básico. La conversación empezó exactamente como empiezan todas en esa aplicación: sin mucho interés, sin personalidad y con esa sensación de que probablemente no iba a llegar a nada.
La verdad, yo tampoco estaba desesperado por sexo. Más bien quería ver si, después de casi dos horas metido en la aplicación, lograba concretar algo decente. Hasta ese momento todo había sido lo mismo de siempre: chats vacíos, gente pidiendo fotos cada treinta segundos y tipos queriendo que me movilizara a lugares demasiado alejados o sospechosos. Y sinceramente, no tenía ganas de arriesgarme.
Además, si voy a invitar a alguien a mi departamento, me gusta saber al menos cómo luce. No solo por atracción física, sino también para asegurarme de que no sea algún conocido o alguien indiscreto. Al final, uno tiene cierta vida pública y hay cosas que prefiere mantener en privado.
Con este tipo la conversación fluyó distinto. Le pregunté si tenía alguna foto hot y me envió directamente una foto de su pene. No era especialmente largo —quizá unos quince o dieciséis centímetros—, pero sí bastante grueso. Y honestamente, eso llamó más mi atención que el tamaño en sí. Después me mostró fotos de él. Era un poco gordito, pero tenía una cara agradable. Cuando le pedí una foto de su rostro, la envió sin problema alguno. Entonces yo hice lo mismo.
Ya eran como las tres de la mañana y, siendo realistas, sabía que a esa hora era poco probable que terminara ocurriendo algo. Pero estaba solo en el departamento, aburrido y con ganas de un poco de diversión.
Entonces me preguntó:
—¿Dónde estás? Si quieres, puedo caer.
Le pregunté si tenía condones, porque hay algo con lo que nunca negocio: jamás tengo sexo sin protección. Me respondió que sí, que incluso podía comprar antes de llegar.
—Perfecto, entonces asoma —le dije.
Mientras la conversación seguía subiendo de tono, yo ya había empezado toda la preparación previa. Los que tienen este tipo de encuentros saben que hay ciertas cosas que uno hace por simple tranquilidad mental. Así que me hice el respectivo lavado, me organicé, dejé todo listo y me aseguré de que no hubiera ninguna sorpresa incómoda después. Todo estaba preparado. Solo faltaba que el tipo llegara.
El tipo llegó y, como yo tengo garaje, pensé que haría lo mismo que casi todos: dejar la moto afuera, en la calle. Pero apenas entró me dijo:
—¿Será que puedo meter la motocicleta? Me da miedo que me la roben.
Le dije que sí, que no había problema. Le abrí la puerta, guardó la moto y subimos al segundo piso, donde está mi departamento.
Cuando entró, se sentó con total tranquilidad. Y ahí fue donde empecé a notar la diferencia. Porque normalmente, a esas alturas, muchos tipos ya están desesperados, bruscos, queriendo que uno se la chupe de inmediato, sin siquiera cruzar dos palabras. Él no. Él simplemente empezó a conversar.
Que qué tan seguro era el sector, que cómo se vivía por ahí, que estaba chévere el departamento. Hablaba tranquilo, como si nos conociéramos de antes. Y, de hecho, así era.
En ese momento lo reconocí. Había sido compañero mío en la escuela. Pero obviamente no le dije nada. Me limité a seguir la conversación como si nada hubiera pasado.
Yo me senté en la cama y empecé a quitarme la pantaloneta. Él hizo lo mismo. Después se sentó a mi lado y comenzó a acariciarme la espalda y los hombros con una calma que me desarmó por completo.
—¿Y qué más? Cuenta, ¿qué has hecho? —me preguntó.
Le dije que nada, que todo bien. Después me preguntó directamente:
—¿Y tú qué eres? ¿Gay? ¿Bi?
Le respondí medio riéndome:
—No, hago esto por joda. ¿Y tú?
Me dijo que era bisexual, aunque daba la impresión de que ya estaba un poco fuera del clóset. La gente probablemente lo identificaba como gay por ciertos gestos o cierto amaneramiento leve, aunque tampoco era algo exagerado o particularmente evidente.
Seguimos conversando sin tensión, sin nervios. Y para ese momento ya estábamos desnudos.
La comodidad que sentía era tan extraña y tan natural al mismo tiempo, que terminé acercándome a él casi por instinto. Le tomé el pene entre las manos —todavía estaba semidormido— y empecé a chupárselo despacio.
Y ahí noté otra diferencia enorme: no intentó empujarme la cabeza, no empezó a mover la cadera con desesperación ni a tratarme brusco. Simplemente me acarició la espalda y me dijo con calma:
—Ponte de espaldas hacia mí.
Entonces empezó a acariciarme las nalgas lentamente mientras yo seguía chupándosela. Todo fluía con una naturalidad rarísima, casi íntima.
Y cuando empezó a endurecerse, entendí por qué me había llamado tanto la atención desde la foto. No era exageradamente larga, pero sí increíblemente gruesa. Tenía un grosor delicioso y una dureza absurda.
Debo admitir que para ese punto ya estaba completamente excitado. Así que seguí mamándosela sin apuro, disfrutando cómo jadeaba cada vez más.
Después de un rato me agarró suavemente y me dijo:
—Ponme el culito en la cara. Quiero chuparte.
Le dije que sí. Entonces empezó a lamerme despacio, con paciencia, mientras yo seguía chupándosela. Y otra vez sentí esa misma diferencia: no había violencia, no había prisa, no había esa necesidad de imponer dominio a la fuerza.
Luego, con toda la tranquilidad del mundo, me preguntó:
—¿Puedo ponerme de pie y que tú te arrodilles para seguir?
Y aunque parezca algo mínimo, me encantó que preguntara. Que hubiera cuidado incluso en medio del morbo. Porque sí, yo sé cómo son esos encuentros y sé lo agresivos que pueden ponerse algunos hombres cuando están calientes. Pero cuando estoy con hombres, no me gusta sentirme humillado ni tratado como un objeto.
Digamos que me gusta sentirme deseado, no maltratado.
Es curioso porque, cuando estoy con mujeres, suelo ser bastante dominante y agresivo. Pero cuando estoy con hombres, prefiero otro tipo de energía: más delicada, más considerada, incluso más tierna. Y eso no tiene nada que ver con ser amanerado; simplemente es la forma en que disfruto ese tipo de encuentros.
Le dije que sí, que no había problema.
Entonces se puso de pie. Yo acomodé una almohada en el piso, me arrodillé frente a él y seguí chupándosela. El tipo jadeaba tranquilo, dejando escapar pequeños sonidos que me hacían entender cuánto le estaba gustando.
Y yo seguía ahí, mamándosela, disfrutando cada segundo de esa verga increíble que tenía ese tipo.
Aquí pasó algo que normalmente yo no suelo hacer. Y es que ese tipo tenía una verga absurdamente rica. Sin exagerar, probablemente es una de las mejores que me he comido en la vida. No porque fuera gigantesca, sino porque era gruesa, perfectamente recta y estéticamente hermosa. Tenía una cabeza muy bonita, una forma limpia, proporcionada… era una verga demasiado agradable de ver y de sentir.
Y chupársela estaba siendo una experiencia completamente distinta a cualquier otra que hubiera tenido antes.
Entonces hice algo que casi nunca hago. Lo miré y le pregunté:
—¿Me puedo subir encima?
Y él, tranquilo como siempre, me respondió:
—Claro, lo que quieras.
Yo ya tenía listo un lubricante Lubricante Five, de esos tubos pequeños. Saqué un poco, me lo puse y después le coloqué el condón. Luego cubrí completamente su pene con lubricante y empecé, despacio, a intentar sentarme sobre él.
Y ahí sí me costó un poco.
Pero otra vez apareció esa diferencia enorme entre él y otros tipos con los que había estado. Nunca levantó la cadera para empujarme, nunca intentó meterla de golpe ni forzar nada. Y eso, aunque parezca mínimo, para mí significaba muchísimo. Porque sí había tenido experiencias con hombres que simplemente embestían sin preguntar, como si uno fuera un muñeco inflable. Por eso, normalmente, yo solía estimularme antes con un consolador para dilatar un poco y evitar dolor o algún desgarro incómodo.
Pero con él ni siquiera había hecho eso. De hecho, en ese momento me acordé de que no me había preparado de esa manera y me preocupé un poco. Pensé que tal vez, en algún momento, iba a perder la paciencia y terminar empujando fuerte. Pero no.
El tipo simplemente me miraba fijo, con una calma increíble, y me decía:
—Estás muy bueno.
Y yo solo me reía, medio nervioso, dándole las gracias mientras poco a poco iba dejándome caer sobre él.
Primero sentí apenas la punta. Después cómo iba entrando lentamente, centímetro por centímetro, gruesa y caliente, hasta que sentí que ya estaba más o menos a la mitad. Ahí hice una pausa. Me acomodé mejor, puse los pies a los lados de sus piernas y me quedé agachado, en cuclillas, tratando de relajarme mientras terminaba de entrar.
Y recién ahí él levantó apenas un poco la cadera, solo lo suficiente para ayudarme a que terminara de entrar completa.
El tipo jadeó bajito y dijo:
—Qué rico…
Y cuando por fin la tuve toda adentro, me quedé quieto unos segundos, respirando. Después le dije:
—Espérame un rato… que se dilate bien.
Y él simplemente respondió:
—Claro, no pasa nada.
La verdad, me sentía absurdamente cómodo. Nunca forzó nada, nunca apresuró nada. Tenía una actitud tan tranquila, tan paciente, que toda la experiencia se sentía distinta. Más íntima. Más cuidada.
Después empecé a moverme lentamente. Subía y bajaba despacio, casi como si estuviera caminando en puntas de pie, buscando el ritmo. Y como iba al gimnasio y tenía buena condición física, podía mantener el movimiento sin cansarme demasiado.
Poco a poco empecé a acelerar. Arriba y abajo. Arriba y abajo. Y esa sensación era indescriptible. La forma en que esa verga gruesa entraba completamente lubricada me tenía totalmente excitado.
Él prácticamente se dejaba coger por mí. Solo me agarraba las nalgas, a veces el pene, y me ayudaba a marcar el ritmo mientras yo seguía moviéndome encima suyo.
Después de un rato me cansé un poco y volví a sentarme sobre sus piernas, en una posición más cómoda. Entonces empecé a moverme de adelante hacia atrás, intentando encontrar otro ángulo. Y ahí sí me frustré un poco, porque me di cuenta de que no tenía ni idea de cómo hacer esos movimientos que uno ve que hacen algunas mujeres cuando están arriba.
Yo lo intentaba, pero honestamente sentía que me veía medio torpe. Así que terminé moviéndome como podía, tratando de no hacer demasiado el ridículo. Aunque, para ser sincero, a esas alturas ya estaba tan excitado que tampoco me importaba demasiado.
Así estuvimos varios minutos. Y mientras más lubricado estaba todo, mejor se sentía. Más suave, más intenso, más natural.
En un momento se salió accidentalmente y, casi por reflejo, me llevé la mano atrás para asegurarme discretamente de que todo siguiera limpio. Revisé rápido y, por suerte, no había ningún problema. Así que simplemente volví a acomodarme encima suyo.
Esta vez él me dijo:
—Date la vuelta.
Le hice caso y me monté dándole la espalda. Volví a bajar lentamente en cuclillas y después empecé otra vez el movimiento, cada vez más rápido, dejándome caer hasta el fondo. Y honestamente, en ese momento, aquello ya se sentía como el paraíso.
Entonces el tipo me dijo, con esa misma tranquilidad que tenía para todo:
—Levántate y ponte en cuatro.
Y la forma en que lo dijo fue tan natural, tan segura y tan calmada, que sentí que, si en ese momento me hubiera pedido cualquier otra cosa, probablemente también la habría hecho.
Me puse en cuatro sobre la cama. Él se levantó y se acomodó el condón, que se había bajado apenas un poco, aunque seguía puesto. Se aseguró de ajustarlo bien hasta el fondo y después me acercó al borde de la cama mientras él quedaba de pie en el piso.
Y ahí empezó otra vez esa mezcla rara entre delicadeza y morbo que tenía para hacer las cosas. Me acariciaba las nalgas, me agarraba de la cintura y deslizaba su pene entre ellas, rozándome lentamente antes de entrar. A ratos incluso me golpeaba suavemente con la verga, como jugando, mientras yo permanecía ahí, en cuatro, con la espalda lo más arqueada posible y las nalgas completamente levantadas para él.
Después empezó a meterme un dedo. Luego otro. Y yo, honestamente, ya quería que me la metiera de una vez, pero me daba vergüenza decirle que ya me la meta, ya que no quería verme como una perra.
Entonces sentí cómo me agarró de la cadera y empezó a entrar poco a poco. Despacio. Sin brusquedad. Y al poco rato ya la tenía completamente adentro.
Ahí sí sentí un poco de dolor, sobre todo por lo profundo que llegaba. Y eso que, objetivamente, tampoco era una verga tan larga. Tendría unos quince o dieciséis centímetros, más o menos como la mía, solo que la de él era muchísimo más gruesa. Además tenía un tono ligeramente más oscuro, algo trigueño. Él era mestizo: no blanco, pero tampoco moreno oscuro. Y su verga tenía ese mismo tono cálido, apenas más oscuro que el resto de su piel.
Entonces empezó a cogerme con una suavidad increíble. Un ritmo lento, constante, casi hipnótico. Me la sacaba y me la volvía a meter completa cada par de segundos, y para ese punto ya no había ninguna molestia porque estaba totalmente dilatado. Todo se sentía absurdamente rico.
Pero en un momento me ganó la putería. Me entraron unas ganas tremendas de sentirme todavía más usado, más cogido. Así que le dije:
—Dale más rápido.
Y él simplemente respondió:
—Claro, lo que quieras.
Entonces empezó a acelerar el ritmo.
Y ahí entendí algo: no era que el tipo no pudiera coger duro; simplemente le gustaba empezar con calma. Pero cuando uno se lo pedía, también sabía ponerse agresivo, coger con fuerza y dejarse llevar completamente.
Empezó a darme cada vez más rápido. Más fuerte. Más profundo. Y al poco rato ya me estaba embistiendo como una bestia. Pero lejos de incomodarme, eso era exactamente lo que quería.
Me acomodó aún más al borde de la cama, empujó mis rodillas hacia adelante y terminé prácticamente inclinado sobre la almohada, con la espalda completamente arqueada, las manos estiradas y el culo totalmente expuesto mientras él me daba verga sin parar.
Y así estuvo fácilmente unos quince o veinte minutos. Embistiéndome fuerte, profundo, constante.
Y mientras más tiempo pasaba, más excitado me sentía. Más perdido. Más entregado al momento. Honestamente, hubo un punto en que perdí por completo la noción del tiempo.
Porque la mayoría de tipos solo quiere acabar rápido. O cogen demasiado brusco, sin ritmo, sin conexión. Y sí, muchas veces se disfruta igual. Pero con este tipo todo se sentía distinto. Había algo en la forma en que me cogía.
En un momento el tipo perdió completamente el ritmo tranquilo que había llevado hasta entonces y simplemente me empujó contra la cama. Yo pensé que quería que arqueara más la espalda, así que levanté todavía más el culo, tratando de acomodarme para él.
Pero entonces me dijo al oído:
—Acuéstate completamente boca abajo.
Y claro, yo como buena perrita le hice caso.
Me acomodé a lo largo de la cama, completamente boca abajo. Él era un tipo algo gordito, debía pesar unos noventa kilos fácilmente. No era obeso, pero sí tenía barriga y una contextura bastante gruesa, pesada, de esas que se sienten encima de uno.
Entonces dejó caer todo su cuerpo sobre mí mientras seguía teniéndome adentro. Y, honestamente, eso me calentó todavía más.
Se acercó a mi oído y empezó a susurrarme cosas con esa misma voz tranquila que tenía desde que llegó:
—Qué rico culo tienes…
—Me encanta tu culito, está muy bonito.
Y yo, completamente entregado ya al momento, solo le respondí:
—Gracias… tú también tienes una rica verga.
Entonces me preguntó:
—¿Sí te gusta cómo te cojo?
Y le dije la verdad:
—Sí, me encanta.
Se rió bajito y después me dijo:
—Bueno… te voy a dar más duro. ¿Todavía aguantas?
Y yo, a esas alturas, ya totalmente perdido en el morbo, le respondí:
—Sí, dale nomás. No pasa nada.
Entonces me dijo algo que todavía recuerdo clarito:
—Ok… porque ya voy a terminar.
Le dije que no había problema. Y ahí empezó otra vez a cogerme con fuerza.
Hubo un momento en que apenas movía las caderas, dejando la verga completamente adentro, y lo único que hacía era pulsarla dentro de mí. Se sentía cómo latía, cómo temblaba mientras me llenaba completamente. Y después volvía a embestirme duro otra vez.
Luego se incorporó un poco y empezó a agarrarme de las nalgas mientras seguía penetrándome. Yo estaba completamente boca abajo, abrazado a la almohada, disfrutando de esa mezcla extraña entre dolor y placer. Aunque, siendo sincero, el dolor era mínimo. Quizá un diez por ciento. Todo lo demás era puro placer.
Y lo más rico era el ritmo. Porque a ratos iba lentísimo, haciendo pausas largas, profundas, dejando toda la verga adentro antes de volver a moverse. Y esas pausas me volvían loco. Después, de repente, otra vez empezaba a embestirme fuerte, profundo, haciéndome sentir cada centímetro.
Hasta que en un momento lo escuché gemir distinto. Más fuerte. Más ahogado. Y entendí enseguida que ya había terminado.
Simplemente se dejó caer al lado mío, todavía respirando agitado, y me dijo:
—Qué rico… Ojalá te dejaras coger más seguido.
Y yo me reí un poco y le dije:
—Claro, cuando haya tiempo no hay problema.
Entonces me miró y me preguntó:
—¿Seguro? Porque la verdad sí quisiera coger con alguien un poco más fijo.
Y le respondí:
—Sí, no hay problema… siempre y cuando seas discreto.
Él se rio apenas y dijo:
—Claro, eso sí. De ley.
Después me levanté para ir a bañarme. Y normalmente, en ese tipo de encuentros, cada uno se ducha por separado. O primero entra uno y después el otro. Pero esa vez fue diferente.
Mientras yo me estaba quitando el jabón y acomodando las cosas, él se quedó afuera y me preguntó:
—¿Puedo pasar o te espero?
Y no sé por qué, pero simplemente le dije:
—No, pasa nomás. No hay problema.
Entonces entró al baño conmigo. Se quitó el condón, lo botó en el tacho y se metió a la ducha. Su pene ya estaba medio dormido, relajado después de haber acabado.
Ahí empezó otra vez a tocarme, a jugar conmigo bajo el agua, y entre risas me dijo:
—¿Cómo te dejé ese culito?
Y yo, todavía caliente, le respondí:
—Un poquito abierto.
El tipo se rio y me dijo:
—Ay, perdón… es que estaba demasiado rico.
Y le dije que no se preocupara, que no me había dolido realmente.
Entonces nos quedamos ahí, duchándonos juntos. Y la verdad es que el morbo me ganó otra vez. Empecé a agarrarle la verga mientras me enjabonaba. Como tenía las manos llenas de jabón, terminé prácticamente lavándosela de arriba abajo.
Y aunque ya estaba semidormida, seguía pareciéndome deliciosa.
Entonces hice algo que jamás había hecho con ningún otro tipo. Lo miré y le pregunté:
—¿Te la puedo chupar otra vez?
Y él simplemente respondió:
—Sí.
Así que me agaché ahí mismo, en la ducha, mientras él seguía bañándose, y empecé a mamársela otra vez. En cuclillas, bajo el agua caliente, chupándosela despacio mientras sentía cómo poco a poco volvía a endurecerse entre mi boca y mis manos.
Al principio todavía tenía ese olor mezclado entre látex y semen, pero conforme el agua iba cayendo y limpiándolo todo, volvió a quedar completamente limpia. Y yo seguía ahí, mamándosela otra vez, disfrutando de esa sensación absurda de intimidad que se había creado entre los dos.
Después salimos de bañarnos. Le presté una toalla limpia —obviamente no iba a compartir la mía— y se secó tranquilo.
Y aquí viene la parte más rara de toda la historia. Porque cualquiera podría pensar que me enamoré de ese hijo de puta. Pero no era eso. Simplemente me sentía demasiado cómodo con él. Y además, siendo honestos, yo seguía arrecho porque nunca había acabado.
Entonces le pregunté:
—Oye… ¿te la puedo seguir chupando o ya tienes apuro?
Y él me respondió enseguida:
—No, no pasa nada. Dale, yo tengo tiempo.
Entonces se acostó en la cama y yo volví a empezar. Pero esta vez todo se sentía diferente. Ya no era solo morbo ni calentura. Era como cuando uno está acostado con alguien de confianza después de coger, viendo televisión y conversando cualquier tontería.
Yo estaba acostado a su lado, chupándosela tranquilamente mientras hablábamos de la vida, de las relaciones, de lo complicado que es coger con hombres y mantenerlo en secreto, de las parejas, de las apariencias.
Y mientras seguíamos conversando y riéndonos, yo me di cuenta de algo rarísimo: la naturalidad que sentía con ese tipo no se parecía en nada a lo que normalmente pasa en esos encuentros fugaces. Era como si, por unas horas, ese desconocido hubiera dejado de sentirse como un simple polvo y hubiera empezado a sentirse peligrosamente parecido a una pareja.
Como ya llevaba muchísimo rato chupándosela y los dos estábamos absurdamente cómodos, en un momento el tipo me miró y me preguntó:
—¿Tienes otro condón?
Y apenas me lo dijo, yo ya sabía perfectamente hacia dónde iba todo otra vez.
Le respondí:
—Sí, creo que todavía me queda uno.
Entonces se rio apenas y me dijo:
—Si quieres, te puedo dar otro rato… para que acabes tú también. Claro, si aguantas.
Y honestamente, después de cómo me había cogido la primera vez, ¿cómo iba a decirle que no?
Pero antes le dije:
—Primero déjame seguir mamándotela un rato más.
Y él, tranquilo como siempre, respondió:
—Claro.
La verdad, yo no sé qué tenía esa verga, pero me fascinaba chupársela. Seguía besándola, lamiéndola de arriba abajo, metiéndome en la boca todo lo que podía mientras le daba lengüetazos en las bolas y trataba de hacer la mejor garganta profunda que me permitía mi dignidad y mi falta de práctica.
Después me levanté, abrí uno de los cajones del escritorio y encontré el último condón que me quedaba.
—Sí, aquí hay uno —le dije.
Entonces él simplemente respondió:
—Ya… ponte en cuatro.
Y claro, yo obedecí de una.
Me acomodé otra vez sobre la cama y entonces me preguntó dónde estaba el lubricante. Le dije que probablemente se había caído al lado de la cama. Lo encontró, se puso un poco en la verga, me echó también a mí y empezó a entrar otra vez.
Y esta vez literalmente no hubo resistencia. Entró de una sola vez.
Debo admitir que al comienzo sí me ardió un poco. Ya llevaba bastante rato siendo penetrado y mi cuerpo obviamente lo resentía. Pero después de unos segundos volvió esa sensación de acostumbramiento, de placer, y otra vez me sentí completamente entregado. Otra vez me sentí como una perra.
Pero esta vez el ritmo era distinto.
No me estaba cogiendo duro ni desesperado. Eran embestidas lentas, profundas y constantes. Como un movimiento perfectamente controlado, donde no dejaba ni un centímetro afuera antes de volver a entrar otra vez.
Y ahí fue cuando empecé a masturbarme.
Mientras él seguía penetrándome con ese ritmo casi hipnótico, yo empecé a tocarme y a moverme hacia atrás cada vez que sentía toda la verga dentro. Apretaba involuntariamente, me echaba la cadera hacia atrás y sentía cómo él seguía penetrándome completo una y otra vez.
Y entonces pasó.
Sentí literalmente una corriente recorrerme desde el culo hasta el pene. Una sensación caliente, intensa, distinta a cualquier orgasmo que hubiera tenido antes. Y en ese momento acabé.
Pero fue rarísimo, porque prácticamente no sentía el orgasmo en el pene. Lo sentía completamente desde adentro, desde el culo, como si todo el cuerpo se me hubiera tensado de golpe. Muchísimo más intenso que masturbarme o coger con mujeres.
Acabé sobre mi propia mano mientras él seguía penetrándome. Y aunque después de eso ya no estaba tan excitado, tampoco quería cortarle el momento a él. Así que simplemente me dejé seguir cogiendo mientras él continuaba unos minutos más.
No fue demasiado tiempo. Quizá tres o cuatro minutos. Hasta que otra vez lo escuché jadear distinto, más fuerte, y terminó por segunda vez.
Después se sacó el condón, lo botó al tacho y esta vez ni siquiera hizo falta otra ducha completa. Como casi no habíamos sudado, simplemente se lavó rápido en el lavabo y empezó a vestirse.
Yo también fui al baño, me limpié bien y terminé de arreglarme. Y mientras nos vestíamos, el tipo me dijo algo que resumía perfectamente toda la experiencia:
—La verdad, estuvo excelente.
Y yo solo me reí y le dije:
—Sí… la verdad que sí.
Entonces me preguntó mi nombre. Y yo, por costumbre y por precaución, le di uno falso. Después le pregunté el suyo y él sí me dio el verdadero. Aunque claro… yo ya lo conocía desde antes. Solo que nunca se lo dije.
Antes de irse me dijo:
—Ojalá volvamos a coger otro rato.
Y le respondí:
—De una.
Y así fue.
Desde entonces habré cogido con él unas cuatro o cinco veces más. Y todas las veces son iguales: tranquilas, cómodas, sin apuros ni juegos raros de ego. Yo puedo pasarme el tiempo que quiera chupándosela y él sigue teniendo esa mezcla extraña entre delicadeza y morbo que honestamente me vuelve loco.
Y creo que eso fue lo que más me sorprendió de toda esta historia. No el sexo —aunque fue increíble—, sino la comodidad. La naturalidad. La forma en que, por unas horas, todo dejó de sentirse como uno de esos encuentros vacíos y rápidos de aplicación.
Porque al final, uno entra a Grindr esperando calentura, anonimato y quizá un polvo decente. Pero muy rara vez espera encontrarse con alguien capaz de hacerlo sentir cómodo, deseado y cuidado al mismo tiempo.
Y quizá por eso esa experiencia se me quedó tan grabada.
No porque fuera la más salvaje.
No porque fuera la más extrema.
Sino porque, entre tanta gente desesperada por coger rápido y desaparecer, me terminé encontrando con alguien que supo cogerme rico… y también tratarme bien.
Y bueno, ese fue el relato. Espero que les haya gustado. Y ya saben: hagan lo que hagan, siempre usen condón.
3 comentarios - Uno de mis mejores encuentros gay