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Miranda y su cornudito 35 - el regalo de cumpleaños

Día del cumpleaños de Eduardo
Por la mañana, Miranda les dio a Beto, Groncho y Dogoberto un sobre con bastante dinero y entradas para la final de la Copa.
—Vayan, diviértanse y emborráchense todo lo que quieran —les dijo con una sonrisa dulce—. No quiero verlos por casa hasta mañana por la tarde. Hoy es el cumpleaños de mi marido y quiero que sea solo en familia.
Los tres machos aceptaron encantados. Se fueron temprano al estadio, felices con el dinero y la promesa de alcohol.
Llegó la noche. La casa estaba en completo silencio, solo la familia. Miranda había preparado una cena especial: torta, velas y regalos pequeños. Eduardo sopló las velas con una sonrisa tímida, todavía cojeando un poco por el ano adolorido de días anteriores.
Después de comer la torta y abrir los regalos (ropa interior nueva para él, alguan corbata), Miranda se puso de pie con una sonrisa cargada de morbo.
—Mi amor… tengo una sorpresa muy especial para vos esta noche. Solo para ti.
Eduardo levantó la vista, curioso y nervioso.
Miranda miró a sus tres hijas y les hizo una seña con la cabeza.
—Suban conmigo, nenitas. Vamos a prepararnos.
Las tres chicas subieron con su mamá al dormitorio principal. Miranda las vistió con ropa sexy pero inocente, para aumentar el morbo del contraste:


Carla: una camisola blanca cortísima de encaje transparente que apenas le cubría el culo, sin bombachita. Se veía como una colegiala pervertida.
Juana: un baby doll rosa muy corto con lacitos, tipo nenita, que dejaba ver sus piernitas y su culito redondo.
Camilita: un vestidito blanco de nenita con volados, muy corto, con pantys blancas transparentes y una cola de caballo con moño. Parecía una muñequita trans inocente.


Miranda se puso un corsé negro que le levantaba las tetas enormes y una tanga mínima.
Cuando bajaron las escaleras, Eduardo estaba sentado en el sillón de la sala. Al verlas, se quedó sin aliento.
Las tres hijas bajaron una detrás de la otra, con ropa chiquita, inocente y provocativa al mismo tiempo. El contraste era brutal: parecían nenitas buenas… pero con cuerpos listos para el pecado.
Miranda sonrió con orgullo y morbo, tomando a sus hijas de la mano.
—Feliz cumpleaños, mi amor… —dijo con voz ronca—. Esta noche las tres son tu regalo. Carla, Juana y Camilita van a dejarte follarlas. Coño y culo. Como vos quieras. Mamá quiere que por una noche seas el macho de la casa.
Eduardo se quedó paralizado en el sillón, con los ojos muy abiertos y la jaula de castidad apretándole dolorosamente. Miraba a sus tres hijas vestidas de forma tan inocente y provocativa.
Carla, Juana y Camilita estaban nerviosas, sonrojadas y dudosas. Se miraban entre ellas. Sabían que su papá siempre había sido el pasivo, el que lamía y se dejaba follar. Ahora tendrían que dejar que las penetrara.
Miranda se sentó al lado de su marido y le acarició la mejilla.
—¿Qué decís, mi mariquita? ¿Querés que tus hijas te den su culito y su coñito como regalo de cumpleaños?
Eduardo tragó saliva, la voz temblorosa de emoción y vergüenza:
—Mi amor… ¿de verdad…? ¿Ellas quieren…?
Las tres chicas asintieron tímidamente, aunque con dudas en la mirada.
Miranda sonrió y besó a su marido en los labios.
—Entonces empecemos… Esta noche papá va a ser el macho… aunque sea por unas horas.
La sala quedó en silencio, cargada de tensión sexual y morbo familiar. Las tres hijas, vestidas como nenitas inocentes, esperaban la orden de su mamá.


Eduardo estaba sentado en el sillón de la sala, con el corazón latiéndole a mil por hora. Delante de él estaban las cuatro mujeres de su vida, vestidas para la ocasión.
Miranda, su esposa, se veía imponente y madura. El corsé negro le apretaba la cintura y hacía que sus tetas enormes y pesadas se desbordaran por arriba, creando un escote profundo y provocativo. Sus caderas anchas, su culo grande y redondo, y sus muslos gruesos le daban esa presencia de mujer experimentada, dominante y maternal. Era el cuerpo de una hotwife de 35 años que había parido tres hijas y que sabía exactamente cómo usar su sexualidad.
A su lado estaban sus tres hijas, vestidas con ropa chiquita e inocente que aumentaba el morbo del contraste.
Carla (la mayor): La camisola blanca de encaje transparente apenas le cubría el culo. Sus tetas eran pequeñas y firmes, casi planas, con pezones rosados que se marcaban contra la tela. Tenía el cuerpo de una adolescente atlética: cintura estrecha, piernas largas y un culito redondo y juvenil. Se veía como una colegiala pervertida.
Juana (la del medio): El baby doll rosa cortísimo con lacitos la hacía parecer aún más aniñada. Sus tetitas eran pequeñas y puntiagudas, su cintura muy fina y sus piernas delgadas. El culito era redondo y apretado, era solo una niña. Todo en ella gritaba inocencia… pero la ropa tan corta dejaba claro que ya no lo era.
Camilita (la trans más chica): El vestidito blanco con volados y las pantys transparentes la hacían ver como una muñequita. Su cuerpo era delgado y delicado, con pechitos incipientes por las hormonas, cintura estrecha y un culito pequeño y respingón. El contraste con su carita aniñada y el moño en el cabello era brutalmente erótico.
Eduardo las miraba alternadamente, sintiendo una mezcla abrumadora de amor, vergüenza, excitación y humillación.
“Qué contraste tan fuerte…”, pensó.
Su esposa Miranda: cuerpo maduro, voluptuoso, tetas pesadas que colgaban con peso real, caderas anchas de mujer que había parido, culo grande y suave, todo lleno de curvas generosas y experiencia sexual.
Sus hijas: cuerpos jóvenes, firmes, casi sin curvas. Tetas pequeñas o planas, cinturas estrechas, culitos apretados y juveniles. Parecían nenitas disfrazadas de putitas. La inocencia de sus rostros y la ropa infantil contrastaba violentamente con la realidad de que esas mismas nenitas se dejaban follar por indigentes sucios todos los días.
Eduardo sintió que su jaula de castidad le apretaba dolorosamente. Su verga pequeña intentaba endurecerse sin éxito.
Miranda notó la mirada de su marido y sonrió con morbo maternal.
—¿Qué pensás, mi amor? —le preguntó con voz ronca—. ¿Te gusta ver el contraste? Mirá a tus hijitas… tan jóvenes, tan firmes, tan inocentes por fuera… y mirame a mí, tu esposa madura con estas tetas grandes y esta concha que ya parió tres veces.
Se acercó a él y le acarició la mejilla.
—Esta noche vas a poder probar los tres cuerpitos juveniles que criamos… mientras yo miro. Vas a sentir lo apretado que tienen el coño y el culo tus propias hijas. Pero recordá siempre quién manda en esta casa.
Carla, Juana y Camilita se sonrojaron intensamente. Estaban nerviosas. Sabían que su papá siempre había sido el pasivo, el que lamía y se dejaba follar. Ahora tendrían que abrirse para él, aunque lo vieran más como una putita que como un hombre.
Miranda besó a su marido en los labios y susurró:
—Empecemos, mi mariquita… Esta noche papá va a ser el macho… aunque sea por unas horas.
Eduardo tragó saliva, la mirada perdida entre las tetas gigantes y maduras de su esposa y los cuerpitos jóvenes, firmes y casi planos de sus tres hijas.
El contraste era abrumador… y la noche apenas comenzaba.
Miranda y su cornudito 35 - el regalo de cumpleaños


Miranda se acercó a su marido con una sonrisa dominante y cariñosa. Eduardo seguía sentado en el sillón, con la mirada perdida entre el cuerpo maduro y voluptuoso de su esposa y los cuerpitos jóvenes e inocentes de sus tres hijas.
—Esta noche vas a ser nuestro macho, mi amor —le dijo Miranda con voz ronca mientras se arrodillaba frente a él—. Pero primero… vamos a liberarte un poquito.
Con dedos hábiles, Miranda abrió la jaula de castidad que mantenía encerrada la verga pequeña y flácida de su marido. Cuando la quitó, el pene de Eduardo salió libre, ya semi-duro por la excitación y la vergüenza. Era notablemente más pequeño que las vergas de Beto, Groncho o Dogoberto.
Miranda lo tomó suavemente en su mano y lo acarició.
—Miren, nenitas… hoy papá tiene permiso para usar su verga con ustedes.
Luego miró a sus tres hijas y les ordenó con ternura:
—Vengan y denle un besito a su papi… como corresponde en un cumpleaños.
Carla fue la primera. Se acercó tímidamente, se inclinó y le dio un beso en los labios a su padre. El beso empezó suave, pero pronto se volvió más profundo. Eduardo metió la lengua en la boca de su hija mayor mientras su mano subía y le acariciaba el culito por debajo de la camisola transparente.
Juana se acercó por el otro lado. Miranda la guió suavemente y padre e hija se besaron también. Eduardo manoseaba el pecho pequeño de Juana con una mano mientras besaba a Carla con la otra.
Camilita, la más aniñada, se acercó con timidez. Eduardo la besó con dulzura al principio, pero el morbo pudo más y el beso se volvió baboso. Su mano bajó hasta el culito respingón de su hija trans y lo apretó con deseo.
Mientras tanto, las chicas también se besaban entre ellas. Carla y Juana se dieron un beso doble, lenguas enredadas, mientras su padre las manoseaba. Luego las tres hijas se unieron en un beso triple: lenguas de las tres hermanas mezclándose frente a su papá, saliva corriendo por sus barbillas.
Miranda observaba todo con orgullo y excitación. Se sentó al lado de su marido y le susurró al oído mientras él besaba y tocaba a sus hijas:
—Mirá qué lindo… tus tres nenitas besándose para vos… tocándote… dejándote manosearlas. Esta noche podés besarlas, tocarlas y penetrarlas. Coño y culo. Mamá quiere verte disfrutar de lo que criamos.
Eduardo gemía dentro de los besos, su verga pequeña ya completamente dura (aunque seguía siendo mucho más chica que las de los machos). Tenía una mano en el culito de Carla, otra en las tetitas de Juana y besaba apasionadamente a Camilita. Las chicas se besaban entre ellas en besos dobles y triples, creando una escena caótica y profundamente incestuosa.
Miranda sonreía satisfecha, acariciando la verga de su marido mientras él manoseaba a sus propias hijas.
—Así, mi amor… besá rico a tus nenitas… tocá sus culitos… esta noche son tuyas.
Carla gemía bajito mientras su padre le apretaba el culo. Juana se sonrojaba pero respondía a los besos. Camilita, la más sumisa, dejaba que su papá la besara con lengua mientras le tocaba los pechitos incipientes.
La orgia familiar acababa de comenzar. Miranda dirigía todo con mirada orgullosa, disfrutando del contraste entre su cuerpo maduro y dominante y los cuerpitos jóvenes y entregados de sus hijas.


Mientras besaba a sus tres hijas y las manoseaba con manos temblorosas, Eduardo sentía que su mente se dividía en dos.
Por un lado, su cuerpo estaba ardiendo de excitación: tenía la lengua de Carla enredada con la suya, una mano apretando el culito firme de Juana por debajo del baby doll rosa, y la otra acariciando los pechitos incipientes de Camilita. Sus hijas gemían bajito dentro de los besos, sus cuerpos jóvenes y suaves presionándose contra él.
Pero por otro lado, su mente viajaba lejos, hacia recuerdos que ahora le parecían de otra vida.
Recordaba a Carla cuando tenía 8 años: corriendo por el jardín con trenzas, riendo mientras jugaba con su bicicleta rosa. Recordaba cómo le pedía que la empujara en el columpio y cómo lo llamaba “papito” con esa vocecita llena de adoración. “¡Más alto, papito! ¡Más alto!”. Nunca imaginó que años después estaría metiendo la lengua en esa misma boca mientras le apretaba el culo, sabiendo que ese culito ya había sido follado por un viejo indigente sucio.
Recordaba a Juana de pequeña: siempre pegada a su mamá, con su peluche favorito en los brazos, pidiendo cuentos antes de dormir. Le encantaba que él le cantara canciones tontas. Ahora esa misma nenita gemía bajito mientras él le acariciaba las tetitas pequeñas y ella besaba a su hermana mayor con lengua. “¿Cómo llegamos a esto?”, pensó. “¿Cómo es posible que esté tocando el cuerpo de mi propia hija mientras ella se deja besar por su hermana?”.
Y Camilita… antes era su hijo varón, un niño delgadito y tímido y siempre quería estar cerca de su mamá. Recordaba cuando lo llevaba a la plaza y lo subía a los juegos. Ahora era una nenita trans, vestida con un vestidito blanco corto, con hormonas que le habían dado pechitos incipientes, y él estaba besándola con lengua mientras su esposa miraba con orgullo. “Mi hijo… convertido en la nenita de un indigente… y yo aquí, besándola como si fuera normal”.
Eduardo sentía una punzada de culpa profunda, pero también una excitación enfermiza que no podía controlar.
“¿Cómo llegamos aquí? Yo era un padre normal… un hombre común. Ahora soy el mariquita cornudo de la casa. Mi esposa me folla el culo con un arnés, mis hijas se dejan follar por indigentes sucios y yo… yo estoy aquí, besando a mis propias hijas, tocando sus cuerpos jóvenes mientras ellas se besan entre sí como putitas.”
Miranda, sentada al lado, notó la mirada perdida de su marido y le acarició la verga pequeña y dura.
—¿En qué pensás, mi amor? —le susurró al oído con voz ronca—. ¿Estás recordando cuando eran chiquitas y te llamaban “papito”? ¿Cuando las llevabas al parque y les comprabas helado? ¿Y ahora las estás besando con lengua y vas a meterles la verga en el culo y en el coño?
Eduardo tragó saliva, la voz quebrada por la vergüenza y la excitación:
—Nunca imaginé… que todo llegaría a esto. Eran mis nenitas inocentes… y ahora… las estoy tocando como un degenerado.
Miranda sonrió con morbo maternal y le besó el cuello.
—Exacto, mi mariquita. Eran tus nenitas… y ahora son nuestras putitas de familia. Pero esta noche son tuyas. Disfrutalas. Bésalas. Tócalas. Y después… follalas. Aunque sepas que nunca vas a follarlas como lo hacen Beto, Groncho o Dogoberto. Esta noche vas a ser el macho… aunque sea por unas horas.
Carla, que estaba besando a su padre, separó un segundo los labios y le susurró:
—Papá… te queremos mucho… aunque seas nuestra putita pasiva. Esta noche vamos a dejarte entrar… porque es tu cumpleaños.
Juana y Camilita asintieron, aunque todavía con dudas en la mirada.
Eduardo cerró los ojos, abrumado por el contraste entre los recuerdos tiernos de sus hijas pequeñas y la realidad actual: tres cuerpos jóvenes y suaves besándolo y dejándose manosear, mientras su esposa dominante lo animaba a follarlas.
La orgía familiar estaba a punto de comenzar de verdad.




Eduardo estaba sentado en el sillón, rodeado por los cuerpos jóvenes de sus tres hijas, mientras Miranda lo observaba con orgullo dominante. Sus manos temblaban al tocarlas, pero su mente no dejaba de viajar al pasado.
Recordó a Carla a los 7 años: vestida con su uniforme del colegio, llegando corriendo a abrazarlo cuando iba a buscarla. “¡Papito! ¡Hoy saqué 10 en la prueba!”. Él la levantaba en brazos y le daba vueltas. Ahora esa misma niña estaba besándolo con lengua, su camisola transparente dejando ver sus tetitas pequeñas, y él tenía una mano metida entre sus nalgas, tocando el ano que ya había sido follado por Beto muchas veces.
“¿Qué hice mal?”, pensó con una punzada de culpa. “Era mi princesita… y ahora la estoy tocando como un degenerado. Soy un mal padre. Un pervertido que se excita con su propia hija”.
Luego vino el recuerdo de Juana a los 5 años: sentada en su regazo mientras le leía cuentos antes de dormir. Ella se dormía con la cabecita apoyada en su pecho, confiando ciegamente en él. “Papá es el más fuerte del mundo”, le decía. Ahora esa misma nenita gemía bajito mientras él le apretaba las tetitas pequeñas y ella besaba a su hermana mayor con lengua. Eduardo sentía náuseas de culpa.
“La crié para que fuera una niña buena… y ahora la estoy manoseando como un viejo sucio. ¿Cómo pude permitir que esto llegara tan lejos? Soy un monstruo. Un mal padre que dejó que su esposa convirtiera a sus hijas en putitas”.
El recuerdo más doloroso fue el de Camilita (cuando todavía era su hijo Camilo). Recordó cuando tenía 6 años y le tenía miedo a la oscuridad. Eduardo lo llevaba a su cama y le cantaba hasta que se dormía. “Papá, ¿vos siempre vas a cuidarme?”. Él le prometía que sí. Ahora esa misma criatura, convertida en Camilita con hormonas y vestidito corto, estaba besándolo con lengua mientras él le tocaba el culito respingón. Camilita ya había sido desvirgada analmente por Dogoberto, un indigente viejo y apestoso.
Eduardo sintió que se le rompía algo por dentro.
“Mi hijo… mi niño tímido y cariñoso… lo convertimos en una nenita trans que se deja follar por un viejo sucio. Y yo… yo estoy aquí besándola, tocándola, a punto de penetrarla. Soy el peor padre del mundo. Un pervertido que permitió que su familia se hundiera en esta depravación. Las crié… las protegí… y ahora las estoy usando como objetos sexuales. ¿Cómo voy a mirarme al espejo después de esto?”.
Las emociones lo golpeaban fuerte: culpa profunda, vergüenza abrasadora, autodesprecio… pero también una excitación enfermiza que no podía controlar. Su verga pequeña estaba dura como nunca, goteando dentro de la mano de Miranda.
Miranda notó las lágrimas que se acumulaban en los ojos de su marido y le acarició la mejilla con ternura.
—¿Estás recordando cuando eran chiquitas, mi amor? —le susurró al oído—. ¿Cuando te llamaban “papito” y te pedían que las llevaras al parque? ¿Cuando creías que ibas a ser un padre normal y protector?
Eduardo asintió, con la voz quebrada.
—Nunca imaginé… que terminaría así. Las crié para que fueran felices, inocentes… y ahora las estoy tocando como un degenerado. Me siento un mal padre… un pervertido asqueroso.
Miranda lo besó suavemente en los labios y le dijo con voz maternal pero firme:
—Shhh… no eres un mal padre, mi mariquita. Eres exactamente el padre que necesitábamos. Un padre que aceptó su lugar: el cornudito pasivo que deja que su esposa convierta a sus hijas en putitas felices. Esta noche vas a follarlas porque yo te lo permito… pero nunca olvides quién manda.
Carla, que estaba besando a su padre, se separó un segundo y le susurró con dulzura:
—Papá… te queremos mucho. Aunque seas nuestra putita pasiva… esta noche vamos a dejarte entrar porque es tu cumpleaños. No te sientas mal… somos felices así.
Juana y Camilita asintieron, aunque sus miradas todavía mostraban dudas y vergüenza.
Eduardo cerró los ojos, abrumado por la culpa y la excitación. Recordaba las risas inocentes de sus hijas en el pasado… y ahora las tenía delante, vestidas como nenitas pervertidas, listas para abrirse para él por orden de su madre.
Se sentía el peor padre del mundo… pero su verga pequeña palpitaba de deseo.
Miranda sonrió y susurró:
—Empecemos, mi amor. Besa a tus hijas… tócalas… y después follalas. Mamá va a mirar todo.




Miranda tomó suavemente la verga pequeña y flácida de Eduardo y la acarició hasta que estuvo lo más dura posible (aunque seguía siendo notablemente más chica y menos imponente que las vergas de los machos).
—Vamos, mi amor… es tu noche —le dijo con voz ronca y maternal—. Elige a cuál de tus nenitas querés follar primero.
Eduardo tragó saliva, temblando de vergüenza, culpa y excitación. Miró a sus tres hijas, que estaban de pie frente a él con ropa chiquita e inocente.
Carla, con su camisola transparente que apenas le cubría el culo.
Juana, con el baby doll rosa de nenita.
Camilita, con su vestidito blanco corto y pantys transparentes.
Finalmente, con voz baja y avergonzada, murmuró:
—Carla… vení, hija…
Carla se acercó tímidamente. Se subió al sillón y se sentó a horcajadas sobre su padre. Miranda la ayudó a posicionarse, levantándole la camisola y guiando la verga pequeña de Eduardo hacia la entrada de su coño.
—Despacio, mi amor —susurró Miranda—. Es tu hija mayor… tratála con cariño.
Eduardo empujó hacia arriba. Su pene pequeño entró lentamente en el coño caliente y apretado de Carla. Era una sensación completamente diferente a lo que él estaba acostumbrado... era el coño joven y firme de su propia hija.
Carla soltó un gemido bajito cuando sintió la verga de su padre dentro de ella. Era mucho más chica que la de Beto, pero la situación la ponía nerviosa y excitada al mismo tiempo.
—Papá… te tengo adentro… —susurró, con la voz temblorosa.
Eduardo empezó a moverse lentamente, penetrándola con embestidas suaves y cortas. Sus manos temblaban al agarrar las caderas de su hija. Mientras lo hacía, su mente era un torbellino de emociones:
“Estoy follándola… estoy metiendo mi verga dentro de mi propia hija mayor… la misma que crié, que llevé al colegio, que le compraba helados… Ahora estoy dentro de ella. Soy un pervertido. Un mal padre. ¿Cómo llegué a esto? Debería parar… pero no puedo. Se siente tan apretado… tan caliente… tan prohibido.”
Miranda se sentó al lado de ellos y acarició el cabello de Carla mientras observaba.
—Así, mi amor… follá a tu hija mayor. Sentí lo apretadito que tiene el coño. Es diferente a cuando te follo yo, ¿verdad?
Carla gemía bajito, moviéndose encima de su padre. Juana y Camilita miraban la escena, nerviosas pero excitadas. Juana se mordía el labio y Camilita se apretaba las manos.
Eduardo cerró los ojos un momento, recordando a Carla de niña corriendo hacia él con los brazos abiertos. Ahora esa misma niña estaba cabalgando su verga, gimiendo suavemente mientras su madre miraba con orgullo.
“Perdón, hija… perdón por ser tan débil… por convertirme en esto. Te quiero tanto… y sin embargo estoy follándote como un degenerado.”
Miranda notó las lágrimas que se acumulaban en los ojos de su marido y le besó la mejilla.
—No llores, mi mariquita… disfruta el regalo. Esta noche tus hijas son tuyas. Mañana volverás a ser nuestra putita pasiva.
Carla se inclinó hacia adelante y besó a su padre en la boca con lengua, mientras seguía moviéndose encima de él.
—Está bien, papá… follame… es tu cumpleaños…
Eduardo siguió penetrando a su hija mayor con su pene pequeño, sintiéndose al mismo tiempo el hombre más feliz y el padre más pervertido del mundo.


Eduardo estaba sentado en el sillón, con Carla a horcajadas sobre él. Su verga pequeña ya estaba completamente dentro del coño caliente y apretado de su hija mayor. Carla se movía lentamente arriba y abajo, gimiendo bajito cada vez que bajaba.
Miranda se sentó al lado de ellos en el brazo del sillón, acariciando el cabello de Carla con una mano y el de su marido con la otra. Su voz era suave pero dominante, maternal y perversa al mismo tiempo:
—Así, mi amor… follá despacito a tu hija mayor. Sentí lo apretadito y caliente que tiene el coñito. Es diferente a cuando yo te follo el culo, ¿verdad? Esta noche sos el macho… aunque sea con tu verga chiquita.
Carla gemía bajito, moviéndose con ritmo lento sobre su padre. Sus tetitas pequeñas subían y bajaban debajo de la camisola transparente.
—Papá… te tengo adentro… —susurró, con la voz entrecortada—. Se siente… raro… pero no está mal…
Miranda sonrió y miró a Juana y Camilita, que estaban de pie al lado, nerviosas pero excitadas.
—Nenitas, no se queden mirando. Participen. Juana, vení y besá a tu hermana mientras papá la folla. Camilita, besá a tu papá en el cuello y acariciále las tetillas.
Juana se acercó primero. Se inclinó sobre Carla y empezó a besarla en la boca con lengua. Las dos hermanas se besaban profundamente mientras Carla seguía cabalgando la verga pequeña de su padre. Sus lenguas se enredaban de forma babosa y ruidosa.
Camilita, más tímida, se acercó por el otro lado y empezó a besar el cuello de su papá. Sus manitos subieron y le acariciaban las tetillas con suavidad.
Eduardo gemía dentro del beso de Camilita. Sentía el coño apretado de Carla envolviendo su verga, la lengua de Juana enredada con la de su hermana, y los besos suaves de Camilita en su cuello. Era una sobrecarga de sensaciones.
Miranda dirigía todo con voz calmada y excitada:
—Más rápido, Carla… mové las caderas. Dejá que papá te sienta bien. Juana, metele la mano entre las piernas a tu hermana y acariciále el clítoris mientras papá la folla. Camilita, chupale las tetillas a tu papá… hacelo sentir deseado.
Las chicas obedecieron. Juana deslizó una mano entre los cuerpos y empezó a frotar el clítoris de Carla. Camilita bajó la cabeza y chupó suavemente una de las tetillas de su padre.
Eduardo sentía que se volvía loco. Su verga pequeña entraba y salía del coño de su hija mayor mientras sus otras dos hijas lo besaban y tocaban. Miranda seguía hablando:
—Mirá qué lindo se ven tus hijas, mi amor. Tan jóvenes, tan firmes… y todas entregadas a su papi. Aunque tu verga sea chiquita, esta noche sos el hombre de la casa. Disfrutalas.
Carla gemía más fuerte, moviéndose más rápido sobre su padre.
—Papá… se siente bien… aunque seas más chico que Beto… me gusta que seas vos…
Juana besaba a su hermana con más pasión y le susurraba:
—Hermana… estás follando a papá… qué raro y rico se ve…
Camilita chupaba las tetillas de su padre con dedicación, como la nenita obediente que era.
Miranda sonreía satisfecha, acariciando la espalda de su marido.
—Así, mi mariquita… follá a tu hija mayor. Mañana volverás a ser mi putita pasiva… pero hoy disfrutá de lo que criamos juntos.
Eduardo gemía, abrumado por el placer y la culpa. Sentía el coño apretado de Carla, los besos de sus otras hijas, y la voz dominante de su esposa guiándolo todo.
La orgía familiar estaba en pleno desarrollo, con Miranda dirigiendo cada movimiento.




Miranda observó la escena con una sonrisa satisfecha y dominante. Vio cómo Eduardo penetraba lentamente a Carla, cómo sus hijas se besaban entre ellas y lo tocaban, y decidió que era momento de cambiar.
—Suficiente por ahora con Carla —dijo con voz suave pero firme—. Es el cumpleaños de papá. Quiero que pruebe a todas sus nenitas esta noche.
Tomó a Carla de las caderas y la ayudó a bajarse de la verga de su padre. Un hilo fino de jugos conectó el coño de Carla con la verga pequeña y brillante de Eduardo.
—Juana… vení vos ahora, mi amor —ordenó Miranda—. Sentate encima de papá.
Juana se sonrojó intensamente. Dudó un segundo, pero obedeció. Se subió al sillón, se levantó el baby doll rosa y se posicionó a horcajadas sobre su padre. Miranda guió la verga pequeña de Eduardo hacia la entrada del coño de su hija del medio.
—Despacio, Juana… dejá que papá entre en vos.
Juana bajó lentamente. Sintió cómo la verga de su padre entraba en su coño joven y apretado. Era mucho más pequeña que la de Groncho, pero la situación la ponía muy nerviosa y mojada al mismo tiempo.
—Papá… te tengo adentro… —susurró Juana con voz temblorosa, empezando a moverse con lentitud.
Eduardo soltó un gemido ahogado. Sentía el coño de Juana aún más apretado que el de Carla. Sus manos subieron automáticamente y le agarraron las caderas delgadas de su hija.
Miranda se sentó al lado y dirigió:
—Movete más rápido, Juana. Dejá que papá te sienta bien. Carla, besá a tu hermana mientras ella folla a papá. Camilita, vení y chupale las tetillas a tu padre.
Carla se acercó y empezó a besar a Juana en la boca con lengua profunda. Las dos hermanas se besaban babosamente mientras Juana cabalgaba la verga pequeña de su papá. Camilita se inclinó y empezó a chupar las tetillas de Eduardo con dedicación, como la nenita obediente que era.
Eduardo estaba abrumado. Ahora era Juana la que lo montaba. Sentía su coño apretado envolviendo su verga, la lengua de Carla enredada con la de su hermana, y la boquita de Camilita chupando sus tetillas. Su mente volvía a llenarse de culpa:
“Ahora estoy dentro de Juana… mi nenita del medio… la que me pedía que le cantara para dormir… y ahora está cabalgando mi verga mientras besa a su hermana. Soy un monstruo. Un mal padre. Las crié con tanto amor… y ahora las estoy usando como putitas. Pero… se siente tan apretado… tan caliente… tan prohibido.”
Miranda notó la expresión de su marido y le acarició el cabello mientras hablaba con voz maternal:
—Disfrutá, mi amor. Sentí lo diferente que es el coñito de Juana. Más chiquito, más apretado. Mañana volverás a ser mi mariquita pasivo… pero esta noche follá a tus hijas. Todas ellas son tuyas por unas horas.
Juana gemía bajito mientras se movía encima de su padre. El contraste entre la verga pequeña de Eduardo y las vergas grandes y brutales de Groncho era evidente, pero la situación incestuosa la excitaba.
—Papá… se siente raro… pero me gusta un poquito… —susurró contra los labios de Carla.
Miranda sonrió y miró a Camilita:
—Camilita, mi nenita… preparate. Después de Juana te toca a vos. Papá también va a meterte la verga en tu culito de nenita trans.
Camilita se sonrojó intensamente, pero asintió obediente.
Eduardo seguía penetrando a Juana, con las tres hijas participando activamente: besos, caricias, lamidas. Su mente era un caos de culpa, amor y placer enfermizo.
“Mis hijas… mis tres nenitas… las estoy follando una detrás de la otra… mientras su mamá mira y dirige. Soy el peor padre del mundo… pero no puedo parar.”
Miranda se inclinó y besó a su marido en los labios mientras él follaba a Juana.
—Así, mi mariquita… follá a tu hija del medio. Mamá está muy orgullosa de vos esta noche.
La orgía familiar continuaba, con Eduardo pasando de una hija a otra bajo la mirada dominante y orgullosa de Miranda.

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