
En la ciudad habĂa hĂ©roes de todo tipo: el que atrapaba ladrones, el que salvaba gatitos, el que organizaba ferias solidarias. Pero habĂa un hĂ©roe que no aparecĂa en los noticieros ni en los cĂłmics. Un hombre misterioso, enmascarado, musculoso y… dotado.
Lo conocĂan como Fornikeitor, el superhĂ©roe anĂłnimo que no luchaba por la justicia ni por la paz mundial. Su misiĂłn era otra: satisfacer a las mujeres del barrio que no eran bien atendidas por sus maridos.
Su señal era simple y eficaz: si una mujer necesitaba de sus servicios, colgaba una tanga en la ventana. Rojo, negro, encaje o algodón; para él todas eran un llamado irresistible.
Esa noche, mientras rondaba en silencio por las calles oscuras, Fornikeitor vio la señal: un hilo dental color fucsia flameando en el tercer piso de un edificio.
—Otra alma en desgracia… —dijo con voz profunda, ajustándose la máscara y tocando su entrepierna como quien verifica el arma antes de la batalla.
Trepar paredes era su especialidad (aunque más de una vez los vecinos lo habĂan confundido con un ladrĂłn). Cuando llegĂł al balcĂłn, lo esperaba una rubia en bata, nerviosa, mordiendo un cigarro apagado.
—¿Usted es… él? —preguntó en un susurro, temblando de excitación.
—Soy Fornikeitor… —contestó él, abriendo la bata con un solo movimiento—. Y vengo a salvarte del abandono conyugal.
Ella lo miró, boquiabierta, cuando aquel “superpoder” salió a relucir, erecto y desafiante.

—¡Dios mĂo! ¡Con razĂłn las vecinas hablan tanto de vos!
Sin perder tiempo, Fornikeitor la cargĂł en brazos y la llevĂł hasta el sofá. AllĂ la desnudĂł como si quitara el envoltorio de un regalo urgente, la besĂł en el cuello y bajĂł hasta sus tetas, chupando con fuerza mientras ella gemĂa.
El hĂ©roe bajĂł todavĂa más, besándole la concha hasta que la mujer se retorcĂa como una gata en celo. Luego, sin más preámbulos, la penetrĂł con una embestida tan profunda que ella gritĂł su nombre como si lo invocara.

—¡Fornikeitor! ¡Sos mejor que el delivery!
Él sonrió bajo la máscara. La montó una y otra vez, variando posiciones como si fueran técnicas secretas: El Vuelo del Murciélago, El Tornado del Dragón y su especialidad, El Martillazo Final.
Cuando ella pensaba que no podĂa más, Ă©l la girĂł y le metiĂł la pija en el culo, haciĂ©ndola gritar de placer descontrolado.
—¿Estás satisfecha, ciudadana? —preguntó con solemnidad, mientras acababa sobre sus tetas, marcando su sello heroico.
Ella apenas pudo asentir, agotada, con el cuerpo temblando y la sonrisa feliz de quien habĂa recibido justicia carnal.
Fornikeitor se levantó, ajustó su máscara, y antes de irse dijo con voz grave:
—Cuando lo necesites otra vez… colgá la tanga. Yo siempre respondo al llamado.
Y desapareció en la noche, con la pija aún palpitante, dejando a su paso un barrio cada vez más feliz.

La noche estaba hĂşmeda, y Fornikeitor patrullaba como siempre, buscando tangas colgadas al viento. De pronto, vio una prenda diferente: un culote de encaje negro y elegante, flameando en el balcĂłn de un departamento en la esquina.
—Mmm… eso huele a experiencia —dijo en voz grave, sonriendo debajo de la máscara.
Subió ágilmente y al asomarse encontró a Verónica, una mujer madura, de curvas generosas, que lo esperaba con una copa de vino en la mano.
—¿Usted es… el Fornikeitor? —dijo con voz ronca y sensual—. No sé si hago bien en llamarlo, pero me siento tan sola últimamente…
—La soledad es mi enemiga —contestó Fornikeitor, cerrando la puerta detrás de él—. Déjame luchar contra ella en tu cuerpo.
Ella se mordiĂł el labio, bajĂł la copa, y se abriĂł la bata: un conjunto de lencerĂa negra que resaltaba sus tetas firmes y el culo redondo que cualquier vecino soñarĂa ver.
Fornikeitor no esperĂł más. Se acercĂł, la besĂł con una pasiĂłn voraz, y con sus manos grandes la agarrĂł fuerte de las nalgas. VerĂłnica gimiĂł, pegando su cuerpo maduro al de Ă©l, sintiendo cĂłmo ese “superpoder” crecĂa entre sus muslos.
—¡Santo cielo…! —susurró, acariciándole la pija dura—. Con razón todas hablan de usted…
El héroe la cargó en brazos y la dejó sobre la mesa del comedor, apartando platos y copas sin piedad. Le bajó la tanga de encaje y comenzó a lamerle la concha con furia, haciéndola retorcerse y golpear la mesa con la palma abierta.
—¡AsĂ, Fornikeitor! ¡Dame lo que me niegan!

Con un gruñido, le metĂo la pija en la concha de golpe, hundiĂ©ndose hasta lo más hondo. Ella gritĂł, clavándole las uñas en la espalda. Él bombeaba con fuerza, marcando cada embestida como si estuviera escribiendo su nombre dentro de ella.
La puso en cuatro sobre la mesa, le dio nalgadas sonoras y la penetrĂł todavĂa más profundo. Los gemidos de VerĂłnica resonaban por todo el departamento, tanto que los vecinos bajaron el volumen de la tele para escuchar mejor.
—¡SĂ, más! ¡RĂłmpeme entera! —suplicaba la milf, sudando, con el pelo revuelto y el maquillaje corrido.
Fornikeitor cambiĂł de posiciĂłn, se sentĂł en la silla y la hizo cabalgarlo. Ella subĂa y bajaba con fuerza, sus tetas rebotando en su cara, el se las chupaba, hasta que Ă©l la agarrĂł de la cintura, la levantĂł y la dejĂł caer sobre su pija, metiendole en el culo.
—¡Ahhh! —gritĂł ella, con lágrimas de placer en los ojos—. ¡Nadie me lo habĂa hecho asĂ…!
Él la llenó de embestidas, hasta que con un gemido animal la bañó en su leche caliente, cubriéndole las tetas y el vientre.
Ella quedĂł jadeando, exhausta, con la bata en el suelo y la copa de vino aĂşn intacta en la mesa.
Fornikeitor se levantó, acomodó su máscara y dijo solemne:
—Recuerda, Verónica… la soledad no existe cuando yo estoy cerca.
Y desapareciĂł por la ventana, mientras ella sonreĂa satisfecha, pensando que esa habĂa sido la mejor noche de su vida.

Esa noche no fue una, ni dos, sino tres tangas colgadas en distintos balcones. Fornikeitor, enmascarado y con la pija palpitando bajo el traje, sonriĂł satisfecho.
—Parece que el barrio está hambriento hoy…
Pero habĂa una que llamĂł más su atenciĂłn: una tanga diminuta de leopardo, colgada en el balcĂłn de una vecina que nunca habĂa pedido sus servicios.
SubiĂł ágil como siempre, y al entrar, se encontrĂł con Sandra, una morena voluptuosa, ojos de fuego y una sonrisa pĂcara. No llevaba nada más que una bata abierta, dejando ver un cuerpo hecho para el pecado.
—Te esperaba, Fornikeitor —dijo con voz grave, arrodillándose frente a él—. Quiero probar si sos tan héroe como dicen.
Sin darle tiempo a hablar, le bajó el pantalón, sacó esa pija enorme y comenzó a mamarla con una ferocidad inhumana. La chupaba hasta la garganta, mirándolo con los ojos brillantes, mientras se pajeaba con la otra mano como una desesperada.
—¡Mierda! —gruñó Fornikeitor, tambaleándose por primera vez—. Esta mujer es un demonio…
Sandra no se detenĂa, lo tenĂa babeado, rojo y temblando, hasta que lo empujĂł contra el sofá y, sin preguntar, se montĂł encima de su pija, enterrándosela toda en su concha de un golpe.

—¡AsĂ, hĂ©roe! ¡Quiero que me partas en dos! —gritĂł cabalgando como una amazona salvaje, haciendo rebotar sus tetas enormes frente a su cara.
Él tratĂł de dominarla, agarrándola de la cintura para marcar el ritmo, pero ella lo cabalgaba con una fuerza y un descontrol que lo dejaban sin aire. Gritaba, gemĂa, lo arañaba en el pecho y le mordĂa los labios mientras se lo cogĂa como si quisiera matarlo de placer.
Cuando sintió que estaba a punto de correrse, Sandra se bajó de golpe, lo puso de pie contra la pared y se agachó para volver a mamársela, tragándose la punta una y otra vez, hasta dejarlo temblando.
—TodavĂa no, Fornikeitor… —dijo relamiĂ©ndose—. Quiero más.
Se giró, se puso en cuatro en la alfombra, levantó ese culo perfecto y se lo ofreció. Él la penetró fuerte, bombeando con toda su potencia. Sandra gritaba, gozaba, se empujaba más hacia él.
Pero lo que realmente lo dejĂł impactado fue cuando, con voz ronca y desafiante, le dijo:

—Ahora dame por el culo, héroe… demostrá que podés con esta puta.
Fornikeitor tragó saliva, sudando bajo la máscara, pero obedeció. Le metió la pija en el culo y Sandra rugió de placer, moviéndose salvaje, apretando y soltando como si supiera exactamente cómo volverlo loco.
Él apenas podĂa sostenerse, jadeando, mientras ella lo cabalgaba al revĂ©s, empalada, gritando obscenidades y pidiendo más. Al final, explotĂł dentro de ella, derramando su semen como nunca antes, temblando de pies a cabeza.
Sandra, sudada, con el maquillaje corrido y una sonrisa diabólica, se tumbó encima de él, besándole la máscara.
—Ahora sĂ, Fornikeitor… me enamoraste. No quiero otro hombre en mi vida.
Y por primera vez en su carrera, el hĂ©roe sintiĂł miedo: no de un villano, sino de una mujer tan insaciable que podĂa acabar con Ă©l.
—¿Qué me está pasando? —pensó jadeando—. Creo que encontré mi kriptonita…

Desde aquella noche salvaje, Fornikeitor no podĂa dejar de pensar en Sandra. Era distinta a todas: feroz, insaciable, ardiente como el infierno. Cada vez que recordaba cĂłmo lo habĂa montado, su pija se ponĂa dura bajo el traje.
—Debo conquistarla también sin el disfraz… —se dijo frente al espejo—. Quiero que me desee como hombre, no solo como héroe.
AsĂ que, durante el dĂa, se presentĂł en la vida de Sandra como un simple vecino más. Con un jean, una remera sencilla y sin máscara, se ofreciĂł a ayudarle con las bolsas del sĂşper. Ella lo recibiĂł amable, hasta lo invitĂł a tomar un cafĂ©.
Él sonreĂa para sus adentros: si supieras que soy el mismo que te hizo gritar hace unas noches…
Pasaron los dĂas y Fornikeitor —ya sin traje— se volviĂł cercano, atento, caballeroso. Le pidiĂł una cita, la invitĂł al cine, le llevĂł flores.
Pero Sandra, cruzando las piernas con picardĂa, le dijo con voz firme:
—Mirá… sos simpático, me caés bien, pero mi corazón y mi cuerpo ya tienen dueño.
Él tragó saliva, fingiendo sorpresa.
—¿Dueño? ¿Quién?
Sandra se mordiĂł el labio y con los ojos encendidos dijo:
—Mi superhéroe… Fornikeitor. Ese hombre enmascarado, con esa pija enorme… Solo pienso en él. A vos te puedo querer como amigo, pero solo él puede hacerme temblar.
El pobre héroe, detrás de su fachada de vecino, quedó mudo. Sintió un nudo en la garganta y salió de la casa con el alma en los pies.
—Soy un idiota… —murmuró caminando por la vereda, cabizbajo.
Pero de pronto se detuvo, mirĂł al cielo y soltĂł una carcajada.
—¡Ja! Esta no sabe que somos la misma persona…
Y mientras en su pantalĂłn crecĂa una erecciĂłn solo de imaginarla, Fornikeitor entendiĂł que con Sandra tendrĂa que jugar un doble juego: el del vecino atento y el del hĂ©roe enmascarado.
Esa noche, mientras Sandra dejaba flamear otra tanga en el balcón, él se ajustó la máscara, sintió la sangre hervirle en las venas y dijo:
—Hora de darle lo que pide… Fornikeitor nunca falla.
Sandra habĂa vuelto a colgar su tanga de leopardo en el balcĂłn. Fornikeitor, en cuanto la vio, sintiĂł el llamado en la sangre.
Entró por la ventana como siempre, imponente, con la máscara y la erección lista para la batalla. Ella lo esperaba con una sonrisa traviesa, en bata abierta y nada debajo.
—Te estaba esperando, héroe… —murmuró, arrodillándose para recibirlo.
Sin perder tiempo, le bajĂł el traje de golpe y envolviĂł su pija con su boca. Su lengua lo recorrĂa de arriba abajo, mientras lo tragaba profundo hasta hacerlo gemir.
—¡Ahhh… Sandra! —gruñó él, agarrándole el pelo—. Sos una salvaje…
Ella lo empujĂł a una silla y se subiĂł sobre Ă©l, clavándose su pija dura en la concha. ComenzĂł a cabalgarlo con fuerza, rebotando, gritando, moviendo las caderas con una energĂa brutal.

—¡Dámelo todo, Fornikeitor! —jadeaba, sudada y excitada.
Él, enceguecido de placer, la agarraba de las tetas y la mordĂa en el cuello, bombeando con ella.
Pero el destino jugó una mala pasada: la vieja silla de madera crujió bajo el vaivén salvaje y, de repente, ¡CRAC! se partió en dos.
Sandra cayó encima de él, y Fornikeitor soltó un grito ahogado.
—¡AAAAHHH! ¡La puta madre!
Se levantĂł a medias, sujetándose la entrepierna con dolor. La pija habĂa quedado torcida en un ángulo nada heroico.
—¡Perdón, Fornikeitor! —exclamó Sandra, asustada, intentando ayudarlo—. ¡No pensé que la silla se iba a romper!
—Tranquila… necesito descansar… —dijo Ă©l con la voz tensa, sudando frĂo.
Ella, arrepentida y aĂşn excitada, lo besĂł en el pecho antes de despedirse:
—Perdón, mi héroe… nos vemos pronto.
Él se quedó tendido, con la máscara puesta, maldiciendo la suerte.
Al dĂa siguiente, en plena luz del sol, el “vecino” apareciĂł en la calle caminando raro, con pasos cortos y un gesto de incomodidad evidente.
Sandra lo mirĂł desde su ventana, arqueando una ceja.
—¿Y a este qué le pasó? —murmuró.
De pronto recordĂł el accidente de la noche anterior, la manera en que Fornikeitor se sujetaba la entrepierna con dolor… y la coincidencia la hizo sonreĂr de lado.
—Mmm… interesante… —susurró—. Creo que mi héroe y mi vecino tienen más en común de lo que él quiere que yo sepa.
Y asĂ, por primera vez, Sandra empezĂł a sospechar la verdadera identidad de Fornikeitor.


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