Otra historia real, con imágenes ilustrativas, antes de poner fav pongan puntos y sigan asi sigo subiendo.
Mi otra vecina, amiga de la embarazada de otro post: 100 por ciento verdades.
La mina tenía veinte, pelo renegrido atado en un rodete flojo que se le había desarmado con el esfuerzo. Yo la conocía de cruzarla en la escalera, siempre con auriculares, siempre mirando el piso como si el mundo le debiera algo. Esa tarde estaba en la puerta del edificio con un sillón de dos cuerpos a medio desembalar, las manos llenas de cinta de embalar, y una cara de no saber qué mierda hacer. —¿Todo bien? —le tiré, con las llaves en la mano. —Mi vecina está internada, le llegó esto y no lo puede subir —dijo, pateando apenas la base del sillón—. Y yo sola no puedo. No sé si fue el calor o que el short de jean le quedaba demasiado corto, pero me quedé.

Levantamos el sillón entre los dos, un tramo de escalera por vez, y en cada piso ella se reía de nervios y me miraba de reojo como si yo fuera a desaparecer. Cuando lo dejamos en el living de la vecina, tenía la remera pegada al cuerpo y una gota de sudor bajándole por la nuca. —Te tengo que pagar —dijo, secándose la frente con el dorso de la mano. —Con una birra que me invites, estamos bien. Se le iluminó la cara. Bajamos a la terraza del edificio con dos latas frías y nos sentamos en el borde, las piernas colgando. Hablaba rápido, de la facultad, de que la vecina era una histérica pero buena, de que ella se mudaba en marzo. Yo la escuchaba y le miraba la boca. A la tercera lata, ya estábamos sentados en el piso, espalda contra la pared, y ella se había corrido un poco más cerca. —¿Sabés que te veía siempre en la escalera? —me dijo, con la lata apoyada en la rodilla—. Pensaba que eras un ortiva. —Y yo pensaba que eras una pendeja insoportable. Se rió, se mordió el labio, y ahí supe. Le puse la mano en la nuca y la traje. Me besó con ganas, con la boca abierta, y la lata se le volcó y se derramó en el piso y nos chupó el gusto a cerveza de la lengua. Le bajé el cierre del short y metí la mano. Estaba mojada, caliente, y cuando le toqué el clítoris se estremeció entera y me clavó las uñas en el brazo. —Pará —jadeó—. Acá no. Abrimos el departamento de la vecina con la llave que ella tenía para regar las plantas. El sillón todavía estaba en el medio del living, con el plástico a medio sacar. La tiré ahí. Le saqué el short y la bombacha juntos, y le abrí las piernas. Tenía un pubis prolijo, rasurado, y la vulva rosada, hinchada, brillante. Le pasé la lengua de abajo hacia arriba y ella arqueó la espalda y se agarró del apoyabrazos. Le chupé el clítoris con la boca entera, le metí dos dedos, la sentí apretar. Gemía con la boca cerrada, como si alguien pudiera escuchar, y eso me calentó más. —¿Me vas a hacer acabar así nomás? —dijo, con la voz rota. —No. Te voy a romper el culo: no se flashee, la tiré de onda .Se quedó quieta un segundo. Me miró. Después se dio vuelta sola, se puso en cuatro sobre el sillón, y me mostró el culo. Redondo, firme, con el ano chiquito y fruncido. Escupí en mis dedos y le unté bien, despacio, y ella se mordió el antebrazo.

Cuando le metí la punta del dedo, se le cortó la respiración. —Despacio —dijo. Le unté la verga con saliva y con lo que ella tenía, y le apoyé la punta. Empujé. Ella abrió la boca y no salió ningún sonido. Empujé más, y el culo se le abrió despacio, apretado, caliente, y ella se agarró del sillón con las dos manos y dejó escapar un gemido largo. Adentro era otra cosa. Era un puño. Era una boca. Le agarré las caderas y empecé a moverme, y ella se fue soltando, meciéndose para atrás, y a los pocos segundos ya me pedía más. —Más —decía—. Más. Le di fuerte. El sillón se movía, raspaba contra el piso, y ella tenía la cara contra el apoyabrazos y el culo bien alto, y en un momento metí la mano y le toqué la concha y estaba empapada. Le froté el clítoris mientras se la metía por el culo, y ella empezó a temblar, y se vino con un grito ahogado que le salió de la garganta, apretándome la verga de una manera que casi me hace acabar ahí mismo. La saqué.

La di vuelta. Ella se arrodilló en el piso, todavía temblando, y me miró la verga brillante. No dijo nada. Abrió la boca y me la chupó. Me la chupó como si me debiera algo, con la lengua por debajo, la mano en la base, los ojos cerrados. Yo le agarré el rodete deshecho y le marqué el ritmo, y ella se dejaba, se ahogaba un poco, volvía.

Me la chupó hasta que le temblaban las piernas. —Acabá —dijo, sacándosela de la boca—. En las tetas. Se levantó la remera. No tenía corpiño. Las tetas eran chicas, redondas, con los pezones duros. Me la empecé a pajear mirándola, y ella se pasó la lengua por el labio y me miró la verga y me dijo "dale". Acabé en dos tirones. Le cayó en el medio de las tetas, en el escote, una línea blanca que le bajó hasta el ombligo. Ella se quedó mirando, con la boca abierta, y después se pasó un dedo y se lo llevó a la boca. —Ufa —dijo, riéndose—. Ahora me tengo que bañar. Nos quedamos ahí, en el living de la vecina, con el sillón a medio desembalar y la noche entrando por la ventana. Yo me abroché el pantalón. Ella se limpió con la remera y la tiró al piso. Después me pidió el número.
Mi otra vecina, amiga de la embarazada de otro post: 100 por ciento verdades.
La mina tenía veinte, pelo renegrido atado en un rodete flojo que se le había desarmado con el esfuerzo. Yo la conocía de cruzarla en la escalera, siempre con auriculares, siempre mirando el piso como si el mundo le debiera algo. Esa tarde estaba en la puerta del edificio con un sillón de dos cuerpos a medio desembalar, las manos llenas de cinta de embalar, y una cara de no saber qué mierda hacer. —¿Todo bien? —le tiré, con las llaves en la mano. —Mi vecina está internada, le llegó esto y no lo puede subir —dijo, pateando apenas la base del sillón—. Y yo sola no puedo. No sé si fue el calor o que el short de jean le quedaba demasiado corto, pero me quedé.

Levantamos el sillón entre los dos, un tramo de escalera por vez, y en cada piso ella se reía de nervios y me miraba de reojo como si yo fuera a desaparecer. Cuando lo dejamos en el living de la vecina, tenía la remera pegada al cuerpo y una gota de sudor bajándole por la nuca. —Te tengo que pagar —dijo, secándose la frente con el dorso de la mano. —Con una birra que me invites, estamos bien. Se le iluminó la cara. Bajamos a la terraza del edificio con dos latas frías y nos sentamos en el borde, las piernas colgando. Hablaba rápido, de la facultad, de que la vecina era una histérica pero buena, de que ella se mudaba en marzo. Yo la escuchaba y le miraba la boca. A la tercera lata, ya estábamos sentados en el piso, espalda contra la pared, y ella se había corrido un poco más cerca. —¿Sabés que te veía siempre en la escalera? —me dijo, con la lata apoyada en la rodilla—. Pensaba que eras un ortiva. —Y yo pensaba que eras una pendeja insoportable. Se rió, se mordió el labio, y ahí supe. Le puse la mano en la nuca y la traje. Me besó con ganas, con la boca abierta, y la lata se le volcó y se derramó en el piso y nos chupó el gusto a cerveza de la lengua. Le bajé el cierre del short y metí la mano. Estaba mojada, caliente, y cuando le toqué el clítoris se estremeció entera y me clavó las uñas en el brazo. —Pará —jadeó—. Acá no. Abrimos el departamento de la vecina con la llave que ella tenía para regar las plantas. El sillón todavía estaba en el medio del living, con el plástico a medio sacar. La tiré ahí. Le saqué el short y la bombacha juntos, y le abrí las piernas. Tenía un pubis prolijo, rasurado, y la vulva rosada, hinchada, brillante. Le pasé la lengua de abajo hacia arriba y ella arqueó la espalda y se agarró del apoyabrazos. Le chupé el clítoris con la boca entera, le metí dos dedos, la sentí apretar. Gemía con la boca cerrada, como si alguien pudiera escuchar, y eso me calentó más. —¿Me vas a hacer acabar así nomás? —dijo, con la voz rota. —No. Te voy a romper el culo: no se flashee, la tiré de onda .Se quedó quieta un segundo. Me miró. Después se dio vuelta sola, se puso en cuatro sobre el sillón, y me mostró el culo. Redondo, firme, con el ano chiquito y fruncido. Escupí en mis dedos y le unté bien, despacio, y ella se mordió el antebrazo.

Cuando le metí la punta del dedo, se le cortó la respiración. —Despacio —dijo. Le unté la verga con saliva y con lo que ella tenía, y le apoyé la punta. Empujé. Ella abrió la boca y no salió ningún sonido. Empujé más, y el culo se le abrió despacio, apretado, caliente, y ella se agarró del sillón con las dos manos y dejó escapar un gemido largo. Adentro era otra cosa. Era un puño. Era una boca. Le agarré las caderas y empecé a moverme, y ella se fue soltando, meciéndose para atrás, y a los pocos segundos ya me pedía más. —Más —decía—. Más. Le di fuerte. El sillón se movía, raspaba contra el piso, y ella tenía la cara contra el apoyabrazos y el culo bien alto, y en un momento metí la mano y le toqué la concha y estaba empapada. Le froté el clítoris mientras se la metía por el culo, y ella empezó a temblar, y se vino con un grito ahogado que le salió de la garganta, apretándome la verga de una manera que casi me hace acabar ahí mismo. La saqué.

La di vuelta. Ella se arrodilló en el piso, todavía temblando, y me miró la verga brillante. No dijo nada. Abrió la boca y me la chupó. Me la chupó como si me debiera algo, con la lengua por debajo, la mano en la base, los ojos cerrados. Yo le agarré el rodete deshecho y le marqué el ritmo, y ella se dejaba, se ahogaba un poco, volvía.

Me la chupó hasta que le temblaban las piernas. —Acabá —dijo, sacándosela de la boca—. En las tetas. Se levantó la remera. No tenía corpiño. Las tetas eran chicas, redondas, con los pezones duros. Me la empecé a pajear mirándola, y ella se pasó la lengua por el labio y me miró la verga y me dijo "dale". Acabé en dos tirones. Le cayó en el medio de las tetas, en el escote, una línea blanca que le bajó hasta el ombligo. Ella se quedó mirando, con la boca abierta, y después se pasó un dedo y se lo llevó a la boca. —Ufa —dijo, riéndose—. Ahora me tengo que bañar. Nos quedamos ahí, en el living de la vecina, con el sillón a medio desembalar y la noche entrando por la ventana. Yo me abroché el pantalón. Ella se limpió con la remera y la tiró al piso. Después me pidió el número.
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