Yo sabía perfectamente lo que estaba pasando. Andrea, mi mujer, estaba ahí, vestida con su portaligas y su tanga negra, y Pedro, el futbolista de veintidós años, que hablamos conocido en el. Club, no le quitaba los ojos de encima.
Y yo estaba presente. No era ningún engañado: era el marido que había aceptado estar ahí, mirando cómo su mujer seducía a otro hombre.
—¿Así que te gusta verme con otro, cornudo? —me preguntó Andrea, mirándome fijamente.
—No te hagas la inocente, Andrea. Sabés muy bien lo que me pasa por la cabeza.
Ella se rio y se acercó a Pedro , y lo beso. El pendejo empezó a maosesrla, mientras ella gemia de a poco.
Que linda putita resultó tu mujer, me. Dijo el pibe despojado de verguenza
Yo sentía que aquella noche me enfrentaba a una parte de mí que hasta entonces solo conocía en mis fantasías. Era su marido, su compañero de tantos años, y ahora estaba descubriendo una faceta completamente distinta de nuestra intimidad.
—Mirá qué cornudo resultaste —me provocó ella, con una sonrisa pícara.
—Cornudo, sí, pero no engañado —le contesté—Nos reunimos, mientras ella empezaba a desabrocharle el Jean
Pedro le pasó limpia por la boca, asiento que la chupe de a poco
Se la mano toda hasta hacerla acabar, después la puso en 4nhasta coger la con los pelos en sus manos. Mi mujer me miraba entre el placer, el morbo y lla complicidad. Te. Gusta Mi amor?
Aquellas palabras me hicieron comprender que, para mí, el verdadero vértigo no estaba solamente en verla seducir a Pedro, sino en atreverme a reconocer mis propios deseos sin esconderme detrás de una pose de marido celoso.
Y yo estaba presente. No era ningún engañado: era el marido que había aceptado estar ahí, mirando cómo su mujer seducía a otro hombre.
—¿Así que te gusta verme con otro, cornudo? —me preguntó Andrea, mirándome fijamente.
—No te hagas la inocente, Andrea. Sabés muy bien lo que me pasa por la cabeza.
Ella se rio y se acercó a Pedro , y lo beso. El pendejo empezó a maosesrla, mientras ella gemia de a poco.
Que linda putita resultó tu mujer, me. Dijo el pibe despojado de verguenza
Yo sentía que aquella noche me enfrentaba a una parte de mí que hasta entonces solo conocía en mis fantasías. Era su marido, su compañero de tantos años, y ahora estaba descubriendo una faceta completamente distinta de nuestra intimidad.
—Mirá qué cornudo resultaste —me provocó ella, con una sonrisa pícara.
—Cornudo, sí, pero no engañado —le contesté—Nos reunimos, mientras ella empezaba a desabrocharle el Jean
Pedro le pasó limpia por la boca, asiento que la chupe de a poco
Se la mano toda hasta hacerla acabar, después la puso en 4nhasta coger la con los pelos en sus manos. Mi mujer me miraba entre el placer, el morbo y lla complicidad. Te. Gusta Mi amor?
Aquellas palabras me hicieron comprender que, para mí, el verdadero vértigo no estaba solamente en verla seducir a Pedro, sino en atreverme a reconocer mis propios deseos sin esconderme detrás de una pose de marido celoso.
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