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Con dos albañiles.

Instalé las cámaras por culpa de un robo que nunca pasó. La casa la compramos a medio hacer, con los muros pelones y el piso de cemento, y todo el mundo me dijo que en una obra así entra gente, que se roban el cobre, que se roban las herramientas, que se roban hasta el cable. Así que contraté un paquete de ocho cámaras, cuatro interiores y cuatro exteriores, con grabación en la nube, visión nocturna infrarroja, audio integrado, detección de movimiento por zonas y una app en el celular que te manda notificación cada vez que algo se mueve. Beto, el maestro de obra, fue el que me ayudó a montar dos de ellas: la de la cochera y la del patio, porque él tenía el taladro de percusión y la escalera buena. Se subió a la escalera, atornilló el soporte, orientó el lente, y bajó diciendo «ya quedó, patrón, ya puede vigilar a la patrona». Los dos nos reímos. Ninguno de los dos sabía lo que iba a decir esa frase.

Hanna puso el grito en el cielo. Que para qué tantas cámaras, que parecía un banco, que ella no quería sentirse vigilada, que en la casa de sus papás nunca hubo una sola. Yo le expliqué lo del cobre, lo de las herramientas, lo del seguro. Ella movió la cabeza y se fue a la cocina a hacer de comer, con ese cabello negro lacio suelto hasta media espalda y esa cara de niña buena que se le pone cuando está molesta, que es la misma cara que se le pone cuando está contenta, porque en realidad Hanna tiene una sola cara y esa cara es la de una niña de diecisiete años aunque tenga veintiocho. Tez clara, ojos color café, cejas finas, labios suaves, un cuerpecito de cintura estrecha y caderas anchas y nalgas redondas que se le marcan en el short, y encima de todo eso, la carita. La carita de la que va a misa, de la que no dice groserías, de la que pide permiso.

Yo dejé la app instalada en el celular y en la tablet. Le puse nombres a las cámaras, como un nerd: CAM 01 ENTRADA, CAM 02 COCINA, CAM 03 PASILLO, CAM 04 SALA, CAM 05 PATIO, CAM 06 COCHERA, CAM 07 RECÁMARA, CAM 08 CUARTO OBRA. Ocho lentes. Ocho ojos abiertos veinticuatro horas. Ocho caras de la casa, porque desde el día que las instalé entendí que una casa con cámaras no es una casa: es un animal que mira. Y ese animal iba a ver todo lo que Hanna hizo ese mes, absolutamente todo, desde ocho ángulos distintos, con audio, con marca de tiempo en la esquina, con la fecha y la hora exactas de cada cosa que le hicieron.

Los albañiles llegaron un lunes a las siete de la mañana. Beto, el maestro, cuarenta y cinco años, moreno, panzón, con una fuerza bruta en los brazos y unas manos enormes de palma dura como suela. Yair, el chalán, veintitrés, delgado pero fibroso, tatuajes en el antebrazo, cachucha al revés, la sonrisa fácil. Hanna les abrió la puerta en shorts y camiseta, descalza, sin maquillaje. La CAM 01 lo captó todo, y yo lo vi esa misma noche, aburrido en el sillón, pasando el dedo por la línea de tiempo, sin imaginar nada. En el video, Beto le aguanta la mano a Hanna más de lo necesario. En el video, Yair le mira las piernas dos veces. En el video, Hanna se acomoda el cabello detrás de la oreja y se va a la cocina. Créditos de apertura de una película que yo iba a ver completa, sin cortes, con ocho cámaras.

Los primeros dos días no pasó nada y yo ya estaba pensando en desinstalar la app porque la notificación de «movimiento detectado» me brincaba cada quince minutos con los gatos de la cuadra y con las hojas del limonero del patio. El miércoles me tocó una junta pesada en la oficina, de esas que se alargan, y a la una y siete de la tarde el celular me vibra en el escritorio: «Movimiento detectado — CAM 02 COCINA». Abrí la app por puro reflejo, esperando ver al gato, y lo que vi fue la cocina de mi casa con dos personas adentro.

Hanna estaba doblada sobre la barra de granito. La barra que apenas habíamos puesto hacía dos semanas. Tenía las dos manos abiertas sobre la superficie, los codos trabados, la cabeza gacha, y el cabello negro cayéndole como una cortina sobre la cara. El short de mezclilla estaba hecho un bulto en el piso, a un lado, con las pantis blancas enganchadas en un tobillo. La camiseta blanca la tenía subida hasta los hombros, arrugada, y las chichis le colgaban libres, con los pezones duros, apretados y oscuros, y Beto estaba detrás de ella con las dos manos enterradas en las nalgas.
Con dos albañiles.
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Le estaba dando despacio. Muy despacio. Yo tenía la pantalla de cinco pulgadas en la palma de la mano y el volumen al mínimo, y aun así se escuchaba todo, porque las cámaras traen micrófono y el micrófono de la CAM 02 estaba a tres metros de la escena. Se escuchaba el golpe húmedo, se escuchaba la respiración de Beto silbándole en el bigote, y se escuchaba a Hanna diciendo su nombre, bajito, con esa voz que yo creía que era solo para mí: «Beto… Beto…». Le estaba metiendo hasta el fondo y sacándola casi por completo, con las rodillas flexionadas y la espalda recta, y en el ángulo de la cámara se veía el brillo del líquido en su verga cada vez que salía, y el hueco de ella que se abría y se cerraba alrededor, rosado, estirado, empapado hasta los muslos. Beto le subió una mano por la espalda, por dentro de la camiseta, marcándole la cintura, y le habló al oído, y ella se rió corto, nervioso, y después gimió, y después él le puso la mano completa encima de la boca para taparle el escándalo, y ella se corrió así, temblando, con las pantorrillas sacudiéndose, apretándolo como si quisiera ordeñarlo.
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Yo estaba en una junta. Yo estaba en una junta de trabajo con seis personas y una presentación en la pantalla grande y yo tenía la cara de idiota. Beto aguantó tres minutos más, lentos, largos, y después se salió de golpe, se agarró la verga y se corrió sobre la espalda de Hanna, en la raya de la columna, y los chorros se le resbalaron por el hueco de la cintura hasta la camiseta arrugada. Hanna se enderezó despacio, con una mano en la barra. Beto le pasó el trapo de cocina. Ella se limpió la espalda con una calma de señora, se bajó la camiseta, se subió el short, recogió las pantis del piso, y salió de cuadro caminando normal, tarareando algo. Y yo me quedé ahí, con el celular en la mano y el pulgar congelado sobre la pantalla, escuchando a mi jefe decir mi nombre tres veces.

Esa tarde, en el baño de la oficina, me la jalé con el clip guardado, en bucle, desde el minuto 13:07 hasta el 13:24. En el baño de la oficina, con el celular apoyado en el despachador de jabón, viéndola otra vez, oyéndola otra vez, congelando el cuadro exacto en el que se corre con la mano de Beto en la boca. Y ahí, en el baño de la oficina, entendí que mi casa tenía una vida propia y que la cámara 2 era el canal por el que me llegaba. Desde ese miércoles la app dejó de ser una app de seguridad y se volvió mi programación favorita. Le puse la tablet en la mesa de noche, puse las notificaciones de todas las cámaras en prioridad máxima, y me hice una carpeta en el celular que se llamaba «obra» y donde empecé a guardar recortes de dos minutos. Recortes que después veía en la cama, con el volumen bajo, con Hanna dormida a un lado, sin que ella supiera que la estaba viendo cogida por otro en la misma casa donde ella dormía.

El jueves me llegó otra. «Movimiento detectado — CAM 03 PASILLO». A las cuatro y cuarenta. Abrí la app con el corazón en la garganta y era Yair. Yair, el chavalito, el de la cachucha al revés, el que yo creía que era el bueno, el respetuoso, el que le decía «buenas tardes, patrona» con la cabeza agachada. Estaba en el pasillo con la espalda contra la pared y Hanna estaba de rodillas en el piso, descalza, con el short puesto todavía, con las dos manos en las rodillas de él, chupándole la verga con una dedicación de estudiante aplicada. En el pasillo. En el pasillo largo y angosto por donde yo pasaba cada mañana a la oficina sin sospechar nada. La cámara 3 estaba montada en la esquina del techo, en lo alto, y desde ahí se veía el panorama completo: el pelo negro de Hanna moviéndose arriba y abajo, la mano de Yair en su nuca, empujándola suave, y la otra mano de Yair pegada en la pared, con los dedos abiertos. Se escuchaba, en el micrófono de la cámara, el sonido húmedo y el sonido de la respiración de ella por la nariz, y se escuchaba a Yair decir «no manches, qué rica», y se escuchaba el chasquido de la boca de Hanna cuando se sacaba la verga para respirar y se limpiaba el labio con el dorso de la mano y volvía a bajarse.
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Y después se levantó, se puso de espaldas a la pared, se bajó el short de un tirón hasta los tobillos, y levantó una pierna. Yair se la agarró del muslo y se la sostuvo en el aire y le entró de pie, contra la pared, y le empezó a dar duro, rápido, con las caderas chocando y un sonido seco que el micrófono captó perfectamente. Hanna tenía la mejilla pegada al yeso crudo del pasillo, la boca abierta, los ojos apretados, y el ángulo de la cámara mostraba la nuca, la espalda arqueada, y una mano de Yair subiendo por debajo de la camiseta y la otra apretándole la nalga con fuerza. Se corrió con un temblor largo y una queja que le salió entre los dientes, y Yair se salió, se la apuntó desde arriba y se corrió sobre su espalda baja, dos chorros, y después se metió la verga en el pantalón y se quedó ahí con las manos en la cintura, viéndola recuperarse, y los dos se rieron, y Hanna recogió el short del piso y se fue a la cocina. Yo estaba en el estacionamiento de la oficina, dentro del carro, con el motor apagado, y me quedé veinte minutos más ahí adentro sin arrancar.
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Ese fin de semana instalé una novena cámara. Yo mismo, con el taladro, en el baño. Una camarita chica, con soporte de ventosa, pegada en la esquina del techo, arriba del espejo. La nombré CAM 09 BAÑO. Hanna me preguntó por qué una cámara en el baño, si en el baño no hay nada que robar. Yo le dije que por el calentador, por si se fugaba el gas. Y ella me creyó, con esa carita de niña buena, y siguió bañándose en ese baño como si no hubiera un lente arriba de su cabeza captando todo en cuatro mil píxeles con visión nocturna.

La tercera semana Beto y Yair notaron las cámaras. No las interiores, esas ya las conocían. Pero un lunes, a las once y media de la mañana, Yair estaba en la cocina tomando agua, y levantó la vista, y vio el lente de la cámara 2 apuntándole. Y el hijo de su madre, sin saber si yo estaba viendo o no, levantó la mano y le hizo un saludo militar al lente. Yo lo vi en vivo, desde mi escritorio, y me reí solo como un loco. Y a partir de ahí los dos empezaron a jugar. A veces Beto le daba la vuelta a Hanna para que quedara de frente a la cámara, con la cara visible, y le decía algo al oído, y ella volteaba a ver el lente y se reía, con la cara colorada, con el pelo revuelto. A veces Yair se paraba justo debajo de la cámara del pasillo y se agarraba la verga y se la mostraba al lente, mirando hacia arriba, y decía «¿ya vio, patrón?». Y una vez, una sola vez, Beto levantó la cara hacia la cámara de la cocina, en pleno acto, con Hanna doblada sobre la barra y él adentro, y dijo en voz alta, con esa vozarrón de maestro de obra: «Aquí está su casa, patrón. Todo en orden». Y Hanna, con la cara metida en el cajón, se rió con una risa temblorosa que el micrófono captó completa.

La cosa escaló. Y escaló porque ellos también se dieron cuenta de que la casa estaba sola casi todo el día y de que la cámara nunca dice que no. El viernes de esa semana, a las ocho y media de la noche, llegué a la casa y me metí a bañar, y mientras me bañaba me llegó una notificación con retraso de la nube: «Movimiento — CAM 04 SALA». Eran las siete y cuarenta, o sea, cuarenta minutos antes de que yo llegara. Puse la tablet en el lavabo, con la pantalla empañada, y vi el clip completo con la cabeza goteando.

La sala estaba en penumbra, con una sola lámpara encendida. Hanna estaba desnuda de la cintura para arriba, sentada en el respaldo del sillón, con las piernas abiertas y los pies apoyados en el asiento, y Yair estaba tirado de espaldas en el sillón con la cabeza en el cojín, y ella se la estaba metiendo en la boca despacio, bajando hasta la base, con una mano en la raíz y la otra abierta en el pecho de él. Beto estaba de rodillas detrás del respaldo, con la camiseta puesta y la mano abierta en la espalda de Hanna, mirando. Se veía el cuadro entero desde la esquina del techo: los tres cuerpos en el sillón, la lámpara amarilla, la televisión encendida sin volumen reflejándose en el piso nuevo. Hanna se sacó la verga de la boca, se limpió el labio con el dorso de la mano, y volteó a ver a Beto, y le preguntó algo que el micrófono no alcanzó a captar bien, pero que se entendió por lo que pasó después: Beto se levantó, se bajó el pantalón de trabajo, se sentó en el brazo del sillón, y Hanna, sin cambiarse de lugar, giró el torso y se metió su verga en la boca también. Y así se quedó veinte minutos. Bajando por la de Yair, subiendo por la de Beto, con la mano haciendo el trabajo que la boca no alcanzaba, con la cara manchada de saliva, con los ojos húmedos, y con esa expresión absurda de concentración, como de niña aplicada haciendo la tarea.

Y después Yair la jaló hacia abajo, sobre él, y la sentó encima de un solo movimiento, de frente, en cuclillas, y ella se agarró del respaldo del sillón con las dos manos y echó la cabeza atrás, y Beto se acomodó detrás, de pie, con las rodillas flexionadas, y le puso la punta de la verga en la boca desde arriba, en la posición exacta para que ella tuviera que levantar el mentón. Y ahí, en el cuadro granulado de la cámara de la sala, mi novia quedó llena por los dos lados al mismo tiempo, un viernes por la noche, en el sillón de su propia casa, con el televisor prendido y sin nadie que le hiciera caso. Se corrió primero ella, encima de Yair, con las dos manos en su pecho. Se corrió Yair después, adentro, agarrándole las caderas. Y Beto se salió de su boca y se corrió sobre su cara, apuntando desde arriba, y ella se quedó quieta con los ojos cerrados recibiendo todo, y después se pasó un dedo por la mejilla y se lo chupó. La cámara lo captó todo con una nitidez de cirugía, con la marca de tiempo en la esquina: 19:41:06. Yo salí del baño con la piel arrugada de tanto estar metido en el agua caliente y con una erección que no me bajó hasta la madrugada.
Con dos albañiles.

Y así pasaron las semanas. Yo me hice un adicto. Aprendí a leer el patrón: los lunes y martes eran de Beto, tranquilos, en la cocina, con calma de señor mayor. Los miércoles y jueves eran de Yair, rápidos, duros, en el pasillo o contra la pared del comedor. Los viernes eran de los dos, en la sala o en la recámara. Sábados y domingos eran de nadie, porque los muchachos no trabajaban, y los sábados y domingos Hanna y yo cogíamos como gente normal, con la luz apagada, con la puerta cerrada, y yo la miraba y pensaba «si supieras lo que yo sé, si supieras que a ti te han cogido como a una puta en este pasillo mismo, contra este muro, con esta carita que traes ahora», y me daban unas ganas de cogérmela que Hanna no entendía de dónde salían. Ella me decía «¿qué traes hoy?», y yo le decía «nada, cosas del trabajo», y le metía la verga en la boca con una urgencia que no se explicaba con «cosas del trabajo».

Después vino el patio. La CAM 05 estaba montada en el alero del techo, arriba de la puerta de la cocina, orientada hacia la mesa de plástico blanco y el limonero. Un jueves, a las dos de la tarde, Hanna les llevó agua de limón con hielo a los muchachos, se sentó con ellos, y yo me conecté desde la oficina en la hora de comida. Los vi reír, los vi comer de sus tuppers, vi a Beto con la mano abierta en el antebrazo de Hanna y a Hanna sin quitarla. Después ella se levantó a recoger los platos, pasó por detrás de Yair, y él le puso la mano en la nalga y se la apretó un segundo. Ella siguió caminando como si nada. Después Beto se levantó y la siguió a la cocina, y a los dos minutos se oyó en el micrófono de la cámara de la cocina el ruido de la puerta del patio, y en la de la CAM 05 se vio la puerta abrirse y los dos salir. Hanna se apoyó con las dos manos en la mesa de plástico, se arqueó, y Beto le bajó el short hasta la rodilla, se bajó el pantalón hasta los tobillos, y le entró desde atrás, lento, con una mano en su cadera y la otra en su hombro, jalándola hacia sí con cada embestida. La mesa de plástico crujía. El limonero temblaba. Yair se sentó en la silla a un metro, con la botella de agua de limón en la mano, mirando como quien ve el partido. Y del otro lado de la barda, en la azotea de enfrente, estaba don Ricardo con su cigarro, viendo la escena sin disimular ni un poco. Y Hanna, en lugar de agacharse, en lugar de esconderse, se levantó la blusa hasta el cuello con las dos manos, se quedó con las chichis al aire, miró al vecino y le gritó «¡Buenas tardes, don Ricardo!», y el vecino le contestó «¡Buenas tardes, señora! ¡Buen provecho!», y yo en la oficina, en mi hora de comida, con un sándwich en la mano, me reí tanto que se me salió el agua por la nariz.

En la cámara se ve el resto: Beto apurando el paso, doblándola más sobre la mesa hasta que la mejilla de Hanna queda pegada al plástico blanco, dándole fuerte, con el sonido seco llenando el patio y rebotando entre las paredes. Ella se corre con las dos manos abiertas sobre la mesa, con las uñas raspando la superficie, con un gemido largo que no le importó que escuchara el vecindario entero. Beto se sale y se corre sobre su espalda baja. Yair se levanta de la silla, se baja el cierre, le pone la verga parada a la altura de la boca y dice «ya me toca», y Hanna, con la mejilla todavía pegada al plástico y los ojos entrecerrados, alarga la lengua sin levantar la cabeza. Todo eso con marca de tiempo, con la fecha, con audio nítido, en la nube, guardado para siempre, y todo eso yo lo vi desde una silla giratoria de oficina con un sándwich a medio comer.
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Y después vino el cuarto en obra, que era el más feo y el más hermoso de todos. Puro block gris, el piso de cemento con arena suelta, los muros con las marcas de la cuchara, un ventanal sin marco tapado con plástico transparente, y en medio un caballete de madera, un bote de mezcla, costales abiertos, una carretilla y bolsas de escombro. La CAM 08 estaba en la esquina del techo, junto a la varilla. Un miércoles, a las cinco de la tarde, con el sol naranja entrando por el plástico, Beto se sentó en el caballete con la espalda contra el muro y el pantalón hasta las rodillas, y Hanna se subió encima de él, de frente, con una pierna de cada lado, con el vestido de verano levantado hasta la cintura, y se sentó sobre él de un solo movimiento. Empezó a moverse despacio, con las manos en los hombros de él, con los pies colgando. El polvo empezó a levantarse, y el sol naranja de la tarde lo atravesaba y se veía como humo dorado, y las dos pieles se fueron poniendo grises, con la cal pegada al sudor. Beto le puso la mano abierta en la mejilla, con el pulgar en la comisura de la boca, y le dejó una huella gris en la piel clara. Le dejó diez marcas de dedos en las nalgas. Le dejó una huella gris en la curva del seno, por dentro del vestido. Después Yair se acercó por detrás, le levantó el vestido por la espalda, le puso la mano en la nuca, le empujó la cabeza hacia abajo hasta doblarla sobre el pecho de Beto, y desde atrás le puso la punta de la verga entre las nalgas. Hanna dijo «ay» y se quedó quieta, y Yair dijo «ya está» y le entró, y ahí, en el cuarto gris, con el sol naranja por el plástico y el polvo dorado en el aire, mi novia quedó apretada entre los dos, llena por los dos lados, con la boca abierta sobre el hombro de Beto, gimiendo suave, largo, sin ninguna prisa, meciéndose en el caballete mientras los dos hombres se movían dentro de ella con ritmos distintos. Se corrió dos veces. La segunda le dio tan fuerte que se le doblaron las piernas y Beto tuvo que agarrarla de la cintura para que no se cayera del caballete. Yair se salió y se corrió sobre su espalda, dejándole dos rayas blancas sobre la piel enpolvada. Beto la levantó, la puso de pie, y se corrió él también, con la mano, sobre su vientre y sobre el vestido floreado. Y Hanna caminó hacia la salida con las piernas abiertas, descalza sobre el cemento, dejando huellas grises de pies por todo el piso, y dijo «me van a tener que bañar con manguera», y Beto le contestó, todavía sentado en el caballete, sin aliento, «cuando quiera, patrona». Las huellas de los pies de mi novia se quedaron en el piso de cemento del cuarto en obra hasta que lo vaciaron, tres semanas después, y yo tengo el video, y en el video se ve cómo las deja, una por una, con la cámara 8 mirando desde la esquina del techo.

El garaje fue un sábado. La CAM 06 estaba en el marco de la puerta, orientada al banco de trabajo. Hanna estaba lavando el carro en la cochera con un short de mezclilla y una camiseta blanca que se le pegó al cuerpo con el agua de la manguera. Yair le aventó un chorro, ella se rió, él le quitó la manguera de la mano, la cerró, y la jaló del brazo hacia adentro. La sentó en el banco de trabajo, entre las pinzas y los desarmadores, y le bajó el short de un tirón. Ella levantó las caderas para ayudarlo. Él se puso de rodillas en el piso de concreto y le abrió las piernas con las manos, y ahí, con la radio puesta en una estación de banda, con el aire oliendo a grasa y a aserrín, Yair le puso la boca en la panocha y se la comió con una paciencia que no le conocía. Sin prisa. Chupando, lamiendo, metiendo la lengua, subiendo y bajando la punta por el clítoris con una precisión de cirujano. Hanna se agarró del borde del banco con las dos manos, echó la cabeza atrás contra la pared y se mordió el labio inferior. Se le veía la garganta, la nuez, la curva del cuello, y una vena latiéndole en la sien. Dijo «ay, Yair», y él paró, levantó la cara y preguntó «¿qué?», y ella dijo «no pares». No paró. Le metió dos dedos, los curvó hacia arriba, siguió con la lengua. Hanna empezó a moverse contra su boca, empujando con las caderas, con los talones en el borde del banco y las rodillas abiertas todo lo que daba. Un desarmador cayó al piso de concreto y sonó, y ninguno volteó. Cuando se corrió, se le cayó el cuerpo hacia atrás y pegó la cabeza contra la pared con un golpecito seco, y se quedó así, con las piernas temblando y abiertas, sin aire. Yair se levantó, se limpió la boca con el antebrazo, se bajó el pantalón, la agarró de los muslos, la jaló hasta el borde del banco y le metió la verga de un solo empujón. Hanna gritó, corto, y después se rió, y después ya no se rió, porque él le empezó a dar con las manos abiertas en los muslos, jalándola hacia sí en cada embestida, con el banco crujiendo. A los cinco minutos llegó Beto por la puerta lateral con un refresco en la mano, se quedó parado mirando, puso el refresco en el piso, se bajó el pantalón, se sentó en el taburete de metal que estaba a un lado y le dijo «patrona, venga». Y Hanna, sin que Yair se saliera, sin que Yair parara, se dejó levantar y llevar con las piernas todavía temblando, y se sentó encima de Beto de espaldas, con una pierna de cada lado, y él la sostuvo de la cintura y la guio sobre su verga, y Yair se puso detrás y le puso la punta entre las nalgas, y ahí, en un garaje con piso de concreto, con la radio de banda puesta y el carro todavía mojado en la entrada, mi novia quedó sentada sobre un hombre y empalada por otro, con las chanclas colgando a veinte centímetros del piso, con la camiseta blanca empapada pegada al pecho, con la boca abierta y sin ningún ruido saliendo de ella. Después empezaron a moverse los dos a la vez, con un ritmo cruzado, uno entrando mientras el otro salía, y el taburete de metal rechinando y un bote de pintura cayendo al piso con un estruendo que a nadie le importó. La cámara 6 lo captó todo desde el marco de la puerta, con la marca de tiempo en la esquina, con el audio del radio de banda de fondo, y con las chanclas de Hanna colgando en el aire.

Y la recámara fue el final. Esa la tenía yo en la palma de la mano un viernes por la noche, sentado en el estudio, con la puerta entreabierta y la tablet en las rodillas, viendo en vivo la cámara 7 mientras ellos estaban en el cuarto a tres metros de mí, y era una experiencia doble, porque podía escuchar con mis propios oídos y al mismo tiempo ver por el lente, y las dos cosas no cuadraban del todo, y esa diferencia me volvía loco. Empezaron de pie, junto a la cama. Beto la besaba en la boca y le desabotonaba el vestido de algodón azul de arriba abajo, despacio, con esos dedos gruesos que no parecían capaces de algo tan fino. El vestido cayó al piso y Hanna se quedó con el brasier blanco y las pantis blancas, la piel clara brillando bajo la lámpara del buró, y esa cara limpia, tranquila, de niña aplicada. Yair se le acercó por la espalda y le desabrochó el brasier con una mano. Después la sentaron en la orilla de la cama y ella les quitó el pantalón a los dos, uno tras otro, arrodillándose en el tapete, y se los chupó alternando con una naturalidad de experta. Beto se sentó en el borde del colchón, y Hanna se metió entre sus rodillas y bajó hasta la base, con las dos manos apoyadas en sus muslos, y se quedó ahí, con la nariz contra el vientre, con los ojos cerrados, mientras Yair, detrás, le metía la mano entre las piernas y le movía los dedos. Después la pusieron en cuatro patas en medio de la cama. Hanna se acomodó con las rodillas abiertas y los codos en el colchón y la espalda arqueada y el cabello negro cayéndole sobre las sábanas, y desde la esquina del techo se veía perfecto: la curva de la espalda, el hueco de la cintura, las nalgas redondas levantadas, y la panocha rosada y abierta entre los muslos. Beto se puso detrás y le metió la verga en la panocha. Yair se puso adelante, de rodillas sobre la cama, y le puso la verga en la boca. Y así quedó mi novia, con dos hombres usándola al mismo tiempo, con la cara de niña buena metida entre dos cuerpos sudados, con las dos manos de uno en las nalgas y las dos manos del otro en el cabello empujándole la cabeza hacia abajo. Después cambiaron. Yair se tiró de espaldas y Hanna se subió encima, de frente, sentándose en su verga con las manos en su pecho. Y Beto se puso detrás, escupió en su mano, se embadurnó la verga y le puso la punta en el culo. Hanna se detuvo. Se quedó quieta encima de Yair, con los ojos muy abiertos, mirando hacia atrás por encima del hombro, y preguntó «¿todo?», y Beto dijo «todo», y le fue entrando despacio, centímetro por centímetro, con una mano abierta en la nalga de ella, separándola. Hanna abrió la boca y no salió ningún sonido. Y después, cuando ya estaba dentro, cuando ya la tenía llena por los dos lados, se le escapó un gemido ronco, largo, tembloroso, y se le doblaron los brazos sobre el pecho de Yair y se le pegó la mejilla a su hombro. Empezaron a moverse. Beto lento, marcando cada centímetro, con las manos en su cadera. Yair desde abajo, corto y rápido, sujetándole las nalgas. Y Hanna en medio, apretada entre los dos, con la boca abierta contra el hombro de Yair, con los ojos húmedos, con el cabello pegado a la cara sudada, con la expresión descompuesta de alguien que ya no está pensando nada. Y decía «ay, Dios, ay, Dios», y Beto le pidió «dime cómo se siente, patrona», y ella, con la voz ronca y arrastrada, dijo «llena, me siento llena, me encanta», y Yair se rió y preguntó «¿y su novio?», y Hanna abrió los ojos, miró hacia la puerta entreabierta del cuarto, hacia mí, y dijo «mi novio no sabe lo que se pierde». Y en la tablet, en la cámara 7, en la esquina superior derecha de la pantalla, la marca de tiempo decía 23:47:12, y yo estaba a tres metros, en el estudio, con la puerta entreabierta, y ella dijo eso mirando hacia donde yo estaba, y no sabía que yo estaba ahí. Beto le jaló el cabello, echándole la cabeza atrás, y le dio más fuerte, y ella se corrió así, doblada hacia atrás, apretada entre los dos, con las dos manos buscando dónde agarrarse, con un grito largo que llenó la casa y rebotó en el pasillo. Yair se corrió adentro. Beto se salió, la levantó de encima de Yair, la puso de rodillas en el colchón y se agarró la verga y dijo «cara». Y Hanna levantó la cara, cerró los ojos y abrió la boca. Y Beto se corrió sobre su cara, sobre la frente, sobre los párpados, sobre los labios, sobre esa cara de niña buena que ya no tenía nada de buena. Yair, al lado, se rió y le dijo «abre bien», y le echó lo que le quedaba sobre el pecho. Hanna se quedó así un rato largo, de rodillas, con la cara y el pecho llenos, con los ojos cerrados, respirando por la boca abierta, goteando sobre las sábanas limpias que había puesto esa mañana. Y después se pasó un dedo por la mejilla, se lo miró, y se lo chupó, con una calma de señora. Todo eso está en la cámara 7, en visión nocturna infrarroja, en un tono verde grisáceo, con la marca de tiempo en la esquina, y todo eso lo tengo guardado en la carpeta que se llama «obra», que ya va en doscientos once clips.

Los albañiles terminaron el martes siguiente. Pintaron el pasillo, pusieron el piso del cuarto del fondo, taparon la fuga del lavabo, dejaron la casa entera nueva, con olor a pintura fresca y a madera. Y el jueves, a la una y media de la tarde, me llegó una notificación de la CAM 01: «Movimiento detectado — ENTRADA». Eran Beto y Yair entregando el taladro y cobrando el extra del piso. Llegué a la casa a las dos y cuarto, abrí la puerta con llave, entré, y me paré en el arco del pasillo, a la vista, con los brazos cruzados. Hanna estaba junto a la puerta de la entrada con Beto enfrente, a punto de despedirse, y él le tenía una mano en la cintura y ella la cabeza levantada mirándolo. Cuando volteó y me vio, se puso blanca. Dijo «¡amor!», y se le atropellaron las palabras, «es que ya me iba, Beto me trajo el taladro», y yo dije «ya sé», y me quedé callado, y Beto me miró, me miró a ella, se rió con esa risa de hombre grande y dijo «bueno, patrón, ya me voy». Se fue. Cerró la puerta. Se escucharon sus pasos alejándose por la banqueta. Y Hanna se quedó parada en medio del pasillo, con las llaves en la mano, con esa cara de niña buena y una culpa enorme en los ojos, esperando. Me preguntó «¿desde cuándo sabes?», y yo le dije «desde el primer día». «Desde que llegué temprano y te vi en la cámara de la cocina doblada sobre la barra.» Hanna se tapó la boca con las dos manos y se rió, y después se puso roja, y después se le llenaron los ojos de agua. Preguntó «¿y por qué no dijiste nada?», y yo le dije «porque quería ver hasta dónde llegabas, y porque cada semana la casa me mostraba una cosa nueva». Le dije que tenía ocho cámaras y una en el baño y doscientos once clips guardados en una carpeta, y le dije las horas exactas: la cocina un miércoles a la una y siete, el pasillo un jueves a las cuatro cuarenta, la sala un viernes a las siete cuarenta y uno, el patio un jueves a las dos y veinte, el cuarto en obra un miércoles a las cinco, el garaje un sábado a las once y media, la recámara un viernes a las once cuarenta y siete. Y le dije que en la recámara, en el clip de las once cuarenta y siete, ella había dicho una frase que yo escuché desde el estudio, y que la frase era «mi novio no sabe lo que se pierde». Hanna se cubrió la cara con las manos y preguntó desde atrás de los dedos si también había visto lo del espejo del baño, y yo le dije que sí, que también había visto lo del espejo, y que tenía el clip, y que lo había visto cuarenta veces.

Y entonces caminé hacia ella, la agarré de la cintura, la levanté, y la cargué hasta la sala, y la puse de pie frente al sillón, de frente a la cámara 4, y prendí la televisión y abrí la app en el televisor para que se vieran a sí mismos en vivo, con dos segundos de retraso, en la pantalla grande, con la marca de tiempo en la esquina. Hanna se quedó viendo el sillón vacío en la pantalla, y después se vio a sí misma aparecer en el cuadro cuando yo le levanté el vestido hasta la cintura y le bajé las pantis hasta las rodillas y me bajé el cierre y le entré de pie, desde atrás, sin decir una palabra. En la pantalla se veían las dos caras, con dos segundos de retraso, la mía con la boca pegada a su nuca, y la de ella con los ojos muy abiertos, mirándose, mirándome, mirando la escena entera como si no pudiera creer que fuera ella. Le dije «mírate», y ella se miró, y le dije «esa es la cara, la cara de niña buena, la que pone cuando está llena, la que puso cuando te cogieron entre los dos en la recámara, la que puso cuando te corriste con la cara manchada», y Hanna gimió, y su reflejo en la pantalla del televisor gimió también, con dos segundos de retraso, y yo le di más fuerte, con las dos manos en sus caderas, y ella se miró la cara mientras se le descomponía, mientras se le aflojaba la boca, mientras se le ponían los ojos húmedos, mientras el rubor le subía del pecho al cuello y del cuello a las mejillas. Le pregunté «¿quién te cogió?», y ella dijo «Beto y Yair», con la voz quebrada, y le pregunté «¿y cómo te cogieron?», y ella dijo «como a una puta», y se rió, y después gimió, y después ya no pudo hablar más. Se corrió mirándose en la pantalla grande, con las dos manos apretadas al respaldo del sillón, con un temblor que le recorrió la espalda entera de arriba abajo. Y yo me corrí adentro, agarrándola con las dos manos, con la cara metida en su cabello negro, con el olor a su shampoo mezclado con el olor a pintura fresca de la casa nueva.

Nos quedamos así un rato, sin hablar, respirando, con la televisión encendida mostrando el sillón ya vacío y la marca de tiempo corriendo. Hanna fue la que habló primero, con la cara todavía pegada al respaldo y la voz ronca: me preguntó si iba a contratarlos otra vez. Yo le dije que ya estaban contratados para el patio, que empiezan en dos semanas, y que esta vez iba a poner una cámara más, orientada a la mesa, con audio bueno, para no perder detalle. Ella se rió, se enderezó, se bajó el vestido y se acomodó el cabello detrás de la oreja, y se pasó un dedo por debajo del ojo, y volvió a poner esa cara, la cara de niña buena, la de la señora tranquila, decente, la que no dice groserías, la que saluda al vecino por la mañana. Y así se fue a la cocina, descalza, con las pantis en la mano, tarareando algo, sin saber que la cámara 2 la estaba siguiendo con su lente gran angular, con su marca de tiempo en la esquina, con su micrófono abierto, guardando todo en la nube para siempre.

Yo me quedé parado en la sala, frente al televisor, mirándome la cara de idiota en la pantalla. Ocho cámaras. Ocho ojos. Ocho caras de la casa, y todas vieron lo mismo: a una mujer de tez clara, ojos cafés, cabello negro lacio, cuerpo de pecado y cara de niña buena, siendo cogida como a una puta durante un mes entero, en su propia casa, en su propia cocina, en su propio pasillo, mientras su novio la veía desde el trabajo en la pantalla de un celular de cinco pulgadas, con el pulgar congelado sobre el botón de pausa.
puta

Y lo mejor de todo es que la carpeta se llama «obra», y todavía no está terminada. Faltan el patio, la cochera, la terraza de arriba y el cuartito de lavado. Faltan cámaras por instalar. Faltan meses de grabación. Y Hanna ya me preguntó, con esa carita, si esta vez los muchachos van a venir los sábados también.

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