
Esta es otra de mis nuevas historias.
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Algunos lectores me preguntaron si tenía Patreon. Es este Annie Zarel - Seducido por la Mujer de mi Tío
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Sinopsis:
"Tengo diecinueve años y siempre vi a Patricia como la esposa de mi tío. Hasta que una mirada suya cambió todo. Lo que comenzó como un juego de coqueteos terminó convirtiéndose en un secreto que cada vez nos cuesta más ocultar."
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El calor deenero se pegaba a la piel como una segunda capa, incluso con las ventanillasdel auto bajadas. El aire que entraba era espeso, cargado del olor a asfaltocaliente y de las bocinas lejanas que se mezclaban con la música de algúnvecino. Estábamos metidos en el tráfico de siempre, ese que parecíamultiplicarse los fines de semana cuando toda la ciudad decidía salir a lamisma hora. Mi viejo, Carlos, iba al volante con la camisa manga larga arremangadahasta los codos, refunfuñando entre dientes cada vez que algún motociclista secolaba entre los carros. Mi mamá, Adriana, iba a su lado arreglándose el peloen el espejo del parasol, revisando por enésima vez que el regalo de Camilaestuviera bien envuelto.
—¿Por qué nome avisaron que esto iba a estar tan lleno? —masculló mi papá, golpeando elvolante con la palma de la mano.
—Carlos,siempre está lleno los sábados —respondió mi mamá con esa paciencia que habíadesarrollado después de veintitantos años de matrimonio—. Además, no tenemosprisa. La fiesta es cerca, no en la luna.
Refunfuñó algomás que no alcancé a distinguir, pero se acomodó en el asiento y siguióadelante con el tráfico. Yo iba en la parte de atrás, la ventanilla bajada deltodo, el brazo apoyado en el marco y la cabeza ladeada hacia el aire calienteque me pegaba en la cara. Llevaba unos jeans oscuros y una camisa manga cortade color gris claro, la que mi mamá me había insistido que usara porque"no podía ir con polo deportivo a un cumpleaños". Estaba en eso, enel punto incómodo entre sentarme bien para que ella no me reclamara y estar losuficientemente relajado para no parecer un maniquí.
No es que mequejara. La familia de mi papá era grande, ruidosa y fiestera, y lascelebraciones eran prácticamente un deporte entre nosotros. Cumpleaños,bautizos, aniversarios, cualquier excusa era buena para reunirnos en casa dealguien, llenar la mesa de comida, prender la música y estar hasta tarderiéndonos de las mismas historias de siempre. Camila, mi prima, cumplíaveintiuno ese día, y su mamá —mi tía Laura— no había escatimado en organizaralgo grande. Mi tío Ricardo andaba emocionadísimo, según me había dicho mipapá, como si la fiesta fuera para él. Y bueno, eso significaba que toda la familiaestaría ahí. Los Vargas de todas las edades, los cuñados, los sobrinos, loshijos de los primos. La casa se iba a llenar.
Mientras elauto avanzaba a paso de tortuga, me quedé mirando la calle y dejé que mi mentese fuera un poco. Era curioso cómo funcionaba la percepción cuando uno crecía.De chico, los tíos eran solo tíos. Las esposas de los tíos eran solo lasesposas de los tíos. No existía esa distinción de si eran atractivas o no,simplemente eran parte del paisaje familiar. Una presencia que saludabas, a laque le dabas un beso en la mejilla y luego te ibas a jugar con tus primos.Punto.
Pero en algúnmomento, sin que uno se diera cuenta exactamente, la mirada empezaba a cambiar.
Empecé anotarlo con algunos años menos, cuando ya estaba en el colegio y los fines desemana empezaban a tener ese peso diferente. Comencé a ver a las tías comomujeres, no como las señoras que te daban un caramelo. Y entre todas, había unaque destacaba. Que siempre había destacado, en realidad, pero que yo antes noveía de esa manera.
Patricia.
La esposa demi tío Mauricio.
No era una deesas mujeres que pasaban desapercibidas en una reunión. Era imposible. Baja, defigura muy marcada, con ese cabello negro, largo y abundante que le caía hastala mitad de la espalda, y una forma de moverse que llamaba la atención sin queella hiciera el esfuerzo. No sé cómo explicarlo, pero había algo en supresencia que llenaba el espacio. Cuando Patricia entraba a una habitación, lagente la notaba. No por gritar ni por hacer escándalo, sino por esa combinaciónde energía, de sonrisa fácil y de esa seguridad tranquila que la acompañaba atodos lados.
Mi tíoMauricio, que era un buen tipo, trabajador y tranquilo, siempre la miraba conesa mezcla de orgullo y devoción. Como si no pudiera creer que una mujer así sehubiera fijado en él. Y la verdad, no lo culpo. Patricia era de esas mujeresque te hacen preguntarte por qué carajos están con un tipo normal. No es queMauricio fuera feo, para nada. Pero a los cuarenta y tantos ya tenía la barrigabastante visible, el pelo empezando a mostrar canas, y ese aire de señor que yase había resignado a la vida cómoda. Patricia, en cambio, se veía mucho másjoven de lo que era. Más viva. Más... no sé, como si todavía estuviera en lamitad de su prime.
Yo siempre lahabía visto como la mujer de mi tío, punto. Hasta que un día, no sé exactamentecuándo, empecé a verla también como una mujer.
No voy a decirque fue un momento de revelación. No hubo una escena de película ni un flash.Fue más gradual. Empecé a fijarme en cómo se vestía, cómo se reía, cómo semovía cuando bailaba. Empecé a notar que, cuando ella entraba a la cocina dondeestaba yo, el aire se sentía distinto. O quizás era yo quien se sentíadistinto. No lo sé. Solo sé que mi mirada empezó a detenerse un poco más de lonecesario en ella, y que empecé a esperar las reuniones familiares con unaespecie de anticipación que no tenía antes.
Mi papá dio ungolpe en el volante, sacándome de mis pensamientos.
—Ya llegamos—dijo, girando el auto hacia la calle de mi tío Ricardo.
Estacionamosfrente a la casa, una vivienda de dos pisos con un jardín pequeño al frente yun portón metálico que ya estaba abierto para recibir a los invitados. Lamúsica se escuchaba desde afuera, algo de salsa que mi tío Ricardo siempreponía en las celebraciones. Había varias luces encendidas en el segundo piso, yse veían siluetas moviéndose detrás de las cortinas.
—Ay, mira, yallegó toda la gente —dijo mi mamá, emocionada, empezando a recoger sus cosasdel asiento delantero—. Carlos, no te olvides de llevar el regalo.
—Sí, sí, ya sé—respondió él, apagando el motor—. ¿Dónde lo puse?
—En el asientode atrás, junto a Renzo.
Me giré y vila bolsa de regalo, envuelta en papel plateado con un lazo rojo. La agarré y mebajé del auto, sintiendo el calor de la noche golpeándome de nuevo la cara. Lamúsica ahora se escuchaba más clara: una canción de salsa que reconocí dealguna fiesta anterior.
Caminamoshacia la entrada, y antes de tocar el timbre, la puerta se abrió. Mi tía Lauraapareció con una sonrisa enorme, su delantal de cocina todavía puesto y lasmanos ligeramente manchadas de harina.
—¡Adriana!¡Carlos! ¡Renzo! —nos recibió con un abrazo, primero a mi mamá, luego a mipapá, y finalmente a mí—. ¡Qué bueno que ya llegaron! Camila está que no cabede la emoción.
—¿Ya llegaronmuchos? —preguntó mi mamá, entrando.
—Ya está casitoda la familia —respondió mi tía, guiándonos hacia el interior—. Ricardo estáen el patio con los hermanos, tomando algo. Los chicos están en el segundopiso. La comida ya casi está lista.
La casa de mitío Ricardo era de esas que siempre tenían un ambiente festivo, incluso cuandono había fiesta. Una sala amplia, conectada a un comedor que daba a un patiotrasero donde siempre ponían las mesas para las celebraciones. Las paredesestaban decoradas con cuadros de paisajes, algunas fotos familiares, y un granespejo que colgaba sobre el sofá. La música venía de un equipo de sonido que mitío había puesto en el patio, y se mezclaba con las voces y risas de losinvitados.
En la sala yahabía varios familiares. Mi tía Laura nos presentó a algunos primos que no veíadesde el año pasado, y mi mamá se sumergió en una conversación sobre launiversidad de mi prima —algo sobre la tesis, los profesores, no sé— mientrasyo saludaba a los que iban llegando.
La casa se iballenando poco a poco. Escuché la voz de mi tío Ricardo en el patio, riéndosefuerte, y la de mi papá que ya había caminado hacia allá con una cerveza en lamano. Yo me quedé en la entrada, saludando a los primos y tíos que ibanpasando, cuando de repente, alguien entró por la puerta principal.
Mi tíoMauricio.
Llevaba unacamisa de cuadros manga corta, jeans azules, y su sonrisa característica. Subarriga se marcaba un poco bajo la tela, y su cabello oscuro estaba peinadohacia atrás, mostrando las canas en las sienes. Venía solo, sin Patricia ni loshijos, y se dirigió directo a mi tío Ricardo en el patio, dándole una palmadaen la espalda.
—¡Cuñado!—gritó, abrazándolo—. ¿Cómo está la fiesta?
—¡Mejor ahoraque llegaste, compadre! —respondió mi tío Ricardo, levantando su vaso—. Toma,la cerveza está helada.
Me quedé unmomento observándolos, y luego me giré hacia la entrada, esperando ver a sushijos. Sebastián, el mayor de dieciocho, siempre llegaba con su actitudtranquila y un poco reservada. Nicolás, el del medio, trece años, siempreestaba buscando a sus primos para hacer alguna trastada. Y Mateo, el máspequeño de nueve, un terremoto de energía que corría por todos lados.
Pero no eranellos lo que me llamó la atención.
Era ella.
Patricia entrójusto detrás de mi tío Mauricio, con sus hijos a cuestas —Mateo colgado de sumano, Nicolás y Sebastián siguiéndola con sus teléfonos en las manos—, por unmomento, el ruido de la fiesta se desvaneció en el fondo.
Llevaba unvestido corto, blanco con franjas negras, con un escote en V que dejaba ver laparte superior de su busto, prominente y firme bajo la tela. El vestido seajustaba a sus curvas como si hubiera sido hecho exclusivamente para ella,marcando la cintura delgada, las caderas anchas y ese trasero redondo quesiempre destacaba en cualquier tipo de ropa. Las tiras delgadas sobre sushombros dejaban ver el bronceado de su piel blanca, un tono cálido quecontrastaba con el negro de su cabello largo, suelto en ondas suaves que lellegaban hasta la mitad de la espalda.
Llevaba unostacones altos, negros, que añadían unos centímetros a su baja estatura y ledaban a su caminar ese movimiento de caderas que era difícil de ignorar. Y sucara, con esos ojos oscuros y expresivos, llevaba una sonrisa fácil, la mismade siempre, pero que en aquel momento, bajo la luz cálida de la entrada, mepareció diferente.
—¡Patricia!—gritó mi mamá, dejando su conversación para recibirla con un abrazo—. ¡Quéguapa estás! Ese vestido te queda increíble.
—¡Ay, Adriana,gracias! —respondió Patricia, devolviendo el abrazo—. Es para la ocasión. Contodo el calor que hace, no iba a venir con algo abrigado. ¿Cómo estás? ¿YCarlos?
—Está allá enel patio con los hermanos —respondió mi mamá, señalando hacia atrás—. Ya estánempezando con las cervezas, como siempre.
—Bueno, de esose trata, ¿no? —sonrió Patricia, con esa energía jovial y extrovertida que lacaracterizaba—. De celebrar.
Yo seguía enla entrada, un poco al margen, observando el intercambio. No sé por qué, peroen ese momento no me acerqué de inmediato. Me quedé quieto, viendo cómoPatricia se movía con esa confianza tranquila que parecía poseer. Cómo hablabacon mi mamá, cómo soltaba una risa ligera y natural, cómo su cabello se movíacon cada gesto, cómo sus manos acompañaban sus palabras.
Entonces, poralgún motivo, ella levantó la mirada.
Sus ojos seencontraron con los míos.
No fue unchoque ni un impacto. Fue más suave que eso. Una especie de conexión breve, unsegundo en el que ambos nos dimos cuenta del otro, y en el que ella mantuvo esasonrisa. Luego, como si nada, me saludó.
—¡Renzo!—dijo, alzando la mano en un saludo—. ¿Cómo estás? Ya estás bien grande, ¿eh?La última vez que te vi estabas más delgado.
Me acerqué,sintiendo un ligero calor en la nuca que no sabía si atribuir al clima o a otracosa. Le di un beso en la mejilla, sintiendo su perfume —algo floral, suave,que no reconocí pero que me quedó grabado en la memoria—, y le devolví lasonrisa.
—Hola, tía.Estoy bien, entre la universidad y el gimnasio. ¿Y usted? Se ve muy bientambién.
—Ay, quécaballero —dijo, riendo suavemente, y me dio un pequeño golpecito en elhombro—. Así me gusta, que me digan que me veo bien. No cualquiera se atreve ahalagar a su tía.
—Es que es laverdad —respondí, y sonó más sincero de lo que había planeado.
Ella mesostuvo la mirada un segundo más, como si estuviera evaluando algo que no podíadescifrar, y luego volvió a reírse, pasando la mano por su cabello.
—Bueno, me voya saludar a todos. Después hablamos, ¿sí?
—Claro—respondí.
Y se alejó,caminando hacia el patio con sus hijos a cuestas, su vestido moviéndose concada paso, su perfume quedándose en el aire donde había estado.
Me quedéparado en la entrada un momento, viéndola desaparecer entre los invitados. Nosupe qué fue exactamente lo que sentí. Quizás nada. Quizás era solo miimaginación, el hecho de que ella se había fijado en mí cuando antes tal vez nime veía. O tal vez no había sido nada. Tal vez era solo una tía siendo amablecon su sobrino, nada más.
Pero mientrasveía la silueta de su vestido blanco moviéndose entre las luces del patio —sutrasero redondo menearse mientras caminaba— no pude evitar preguntarme si habíaimaginado la forma en que me había mirado.
O si, enrealidad, no la había imaginado en absoluto.
Mi mamá metocó el brazo.
—Renzo, ve asaludar a tus primos. Camila está en la sala.
Parpadeé,saliendo de mi trance.
—Sí, sí, voy—respondí, y me alejé hacia la sala.
Pero antes de desaparecer detrás de la puerta, lancéuna última mirada hacia el patio, hacia donde Patricia se había ido.
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La fiesta yaestaba en su punto medio cuando logré escapar de la conversación interminablesobre las materias de la universidad que mi prima Camila había decidido tenerconmigo. No es que me cayera mal, para nada. Camila era de esas primas con lasque siempre te llevabas bien, la que organizaba las reuniones, la que manteníael grupo unido. Pero cuando se ponía a hablar de su tesis de administración, sevolvía una máquina imparable. Yo asentía, decía "ah, sí","claro, entiendo", mientras mi mente se iba a otros lugares.
El patiotrasero de la casa de mi tío Ricardo estaba lleno de mesas plegables cubiertascon manteles de colores, donde la comida se acumulaba en bandejas enormes.Había arepas rellenas, empanadas de carne y pollo, una bandeja con chorizo ymorcilla, papas fritas, y varias ensaladas que nadie tocaba porque todos íbamosdirecto a lo frito. El olor a comida caliente se mezclaba con el de la cervezay el ron, creando ese aroma característico de las fiestas familiares quesiempre me recordaba a los fines de semana de mi infancia.
Los adultos sehabían repartido estratégicamente por el espacio. Mi tío Ricardo estaba alfondo, cerca de la parrilla, con un grupo de hombres entre los que estaban mipapá, mi tío Mauricio, y algunos primos mayores. Se reían fuerte, con lascervezas en la mano, contando historias de fútbol y de trabajo que se repetíanen cada celebración. Mi mamá y las otras tías estaban sentadas en una mesaredonda cerca de la entrada del patio, con vasos de vino y hablandoanimadamente de temas que no alcanzaba a escuchar pero que seguro involucrabanchismes de la familia.
Los niños—incluidos Mateo, el hijo menor de Patricia, y otros primos pequeños— corríanpor todos lados, esquivando mesas y adultos, jugando al escondite o al fútbolcon una pelota improvisada de papel. Sebastián, el hijo mayor de Patricia,estaba en una esquina con su teléfono, ignorando completamente el mundo que lorodeaba. Nicolás, el del medio, se había unido a un grupo de primos de su edady estaban en el segundo piso, probablemente haciendo alguna estupidez quedespués les costaría un regaño.
Yo me habíaquedado de pie cerca de la mesa de las bebidas, con una cerveza en la mano queapenas había probado, observando el movimiento alrededor. Me sentía en esepunto intermedio de la fiesta donde ya no eras el recién llegado, pero todavíano estabas lo suficientemente ebrio como para soltarte y bailar con los tíos.Ese momento de transición en el que la música empieza a sonar más fuerte, lagente se ríe más alto, y el ambiente se vuelve más cálido y relajado.
Fue entonces cuandola vi.
Patriciaestaba al otro lado del patio, de pie junto a una de las mesas de comida,hablando con mi tía Laura y otra de las tías. Su vestido blanco con franjasnegras se veía aún más llamativo bajo la luz de las guirnaldas que mi tío habíacolgado en el techo del patio. Las luces cálidas se reflejaban en la teladelgada, creando sombras que marcaban sus curvas. Estaba riéndose de algo, esarisa suya, abierta y natural, que hacía que su cuerpo se moviera ligeramente.Su cabello oscuro se balanceaba con cada inclinación de su cabeza, y sus manos—esas manos con las uñas pintadas de un rojo intenso que yo no había notadoantes— se movían acompañando sus palabras con gestos expresivos.
Me quedémirándola un momento. O quizás varios momentos. El caso es que no podía desviarla mirada.
Y no era soloel vestido. Aunque el vestido ayudaba. Maldita sea, cómo ayudaba. Esa telablanca y negra se ajustaba a su cuerpo como si hubiera sido pintada, marcandocada curva con una precisión que hacía difícil concentrarse en otra cosa. Elescote en V dejaba ver la parte superior de sus pechos, firmes y generosos, yla falda corta, que apenas llegaba a medio muslo, dejaba al descubierto unaspiernas torneadas que los tacones altos hacían lucir aún más largas.
No. No erasolo el vestido. Era la forma en que se movía, la seguridad con que ocupaba elespacio, esa mezcla de elegancia natural y coquetería innata que la acompañabaa todas partes. Era la forma en que reía, en que inclinaba la cabeza, en que sepasaba la mano por el cabello mientras hablaba. Todo en ella parecía diseñadopara atraer miradas.
Y yo estabaatrapado.
—¿Estás viendoalgo bueno, primo?
La voz deDaniel, mi primo de veintitrés años, me sacó de mis pensamientos. Apareció a milado con una sonrisa de oreja a oreja y una botella de cerveza en la mano, sumirada siguiendo la dirección de la mía.
—¿Qué? No,nada —respondí rápidamente, intentando parecer desinteresado—. Solo estaba...viendo la comida.
—Claro —dijoDaniel, con una sonrisa que indicaba que no me creía en absoluto—. La comida.Porque la comida está en esa dirección, ¿verdad?
Se rió y medio un codazo en el costado.
—Tranquilo,bro. No te estoy juzgando. La tía Patricia siempre ha estado buenísima.
—No estoymirando a la tía Patricia —mentí, y lo hice mal.
—Sí, claro.Como no.
Daniel sellevó la cerveza a los labios y dio un largo trago, sin dejar de mirarme conesa sonrisa burlona que tanto me sacaba de quicio cuando éramos niños. Laverdad es que entre primos siempre había ese tipo de confianza, de poder decirlas cosas sin filtro. Pero en ese momento, con Patricia a unos metros dedistancia, sentir que alguien más había notado mi mirada me puso incómodo.
—¿Sabes qué?—dijo Daniel, inclinándose ligeramente hacia mí—. Lo mejor es que ella lo sabe.Siempre lo sabe. Le gusta que la miren, y se nota.
—¿Qué estásdiciendo?
—Nada, nada.Solo que no eres el primero, ni serás el último. Pero bueno, si te gusta ver,pues ve. Yo no voy a decir nada. Ahí te dejo, que voy a buscar más hielo.
Y se fue,dejándome con la cerveza en la mano y una sensación extraña en el estómago.
No habíapensado que alguien más se hubiera dado cuenta. Aunque tampoco había sidoparticularmente discreto. Quizás debía controlarme un poco más, ser más cuidadoso.No podía andar mirando a la mujer de mi tío Mauricio como si fuera un perrohambriento mirando un filete.
Pero elproblema era que no podía dejar de mirarla.
Pasaron unosminutos más. La música cambió a una salsa más lenta, y algunos de los adultoscomenzaron a bailar en el centro del patio. Mi tío Ricardo agarró a mi tíaLaura y la llevó a la pista improvisada, girándola con una habilidad que noesperaba de su tamaño y edad. Otros se unieron, y pronto había un grupo deparejas moviéndose al ritmo de la canción.
Y entonces,como si el universo estuviera conspirando contra mi concentración, Patricia seseparó de las tías y caminó hacia la mesa de los postres.
La mesa estabajusto al lado de donde yo estaba parado.
No sé si lohizo a propósito o si fue casualidad. Tal vez solo quería un pedazo de postre.Pero el caso es que se acercó, y yo tuve que hacer un esfuerzo consciente parano quedarme mirándola con la boca abierta.
—Ay, quéhambre —dijo Patricia, sin dirigirse a nadie en particular, pero losuficientemente cerca como para que yo la escuchara—. Con todo esto de estarsaludando y atendiendo a los niños, ni he probado el postre de Camila.
Tomó un platode plástico y comenzó a servirse un pedazo de postre, con una crema espesa queparecía casera. Inclinó el cuerpo ligeramente hacia adelante, y el movimientohizo que su vestido se estirara un poco más sobre su trasero. Y fue entonces,en ese momento exacto, que cometí el error de mirar.
Miré su culo.Su trasero redondo, generoso, perfectamente encajado en la tela del vestidoblanco. Esas curvas que se marcaban con cada mínimo movimiento, que seredondeaban bajo la luz de las guirnaldas.
No pudeevitarlo. Fue instintivo.
Y cuandolevanté la vista, ella me estaba mirando.
—¿Te gusta elpostre, Renzo? —preguntó, con una sonrisa que era demasiado inocente para serlodel todo.
Parpadeé,sintiendo el calor subirme por el cuello.
—¿Cómo?
—El postre. Tevi mirando fijo la mesa de los postres.
—Ah. Sí. Sí, elpostre se ve... bueno.
Se riósuavemente, y ese sonido me hizo sentir como si estuviera en el banquillo de untribunal y ella supiera exactamente todos mis crímenes.
—Mmm, pero notodo lo que se ve bueno es bueno, ¿sabes? —dijo, cogiendo un tenedor y cortandoun pequeño trozo de la torta—. A veces las cosas que parecen dulces son las máspeligrosas.
Dio unmordisco al postre y cerró los ojos un momento, saboreándolo. El gesto, laforma en que sus labios se cerraron alrededor del tenedor, la manera en que sulengua asomó brevemente para limpiar un resto de crema de su labio inferior...todo eso fue probablemente normal. Probablemente era la forma en que cualquieracomía postre.
Pero a mí mepareció todo menos normal.
—Estádeliciosa —dijo, abriendo los ojos y mirándome directamente—. ¿Quieres probar?
—No, yo...bueno, sí. Sí, tal vez después.
—No digas talvez, hazlo —insistió, y su tono tenía algo que no supe interpretar. Erajuguetón, sí, pero había una capa debajo, algo que no podía identificar—.Total, es cumpleaños. ¿Qué mejor excusa para darse un gusto?
La miré a losojos. Sus ojos oscuros, expresivos, con un brillo que no recordaba haber vistoantes. O tal vez sí, pero no lo había notado. No me había tomado el tiempo denotarlo.
—La vida esmuy corta para no darse los gustos que uno quiere, Renzo —dijo, y sus palabrasquedaron suspendidas en el aire, como si flotaran entre nosotros.
Mi mente, quenormalmente reaccionaba rápido, en ese momento se quedó en blanco. No supe quédecir. ¿Qué se suponía que debía decir? ¿Que sí? ¿Que no? ¿Que estaba deacuerdo?
Patricia mesostuvo la mirada un par de segundos más de lo normal. No fue un parpadeo ni undestello. Fue un tiempo exacto, medido, que duró lo suficiente como para que yosintiera que el ruido de la fiesta se desvanecía y solo quedábamos ella y yo.
Pero entoncessonrió. Una sonrisa diferente a las que le había visto antes. Era una sonrisacómplice, algo que parecía decir "yo sé lo que estás pensando"sin necesidad de palabras. Sus ojos brillaron, y por un instante, su miradabajó brevemente hacia mi cuerpo, como si estuviera evaluando algo, y luegovolvió a subir a mis ojos.
—No te olvidesde probar la torta —dijo, y su voz tenía un tono más bajo, más íntimo—. Te larecomiendo.
Se giró ycomenzó a caminar de vuelta hacia la mesa de las tías, pero antes de alejarsedel todo, se detuvo un instante y ladeó la cabeza, mirándome por encima delhombro.
—Disfruta lafiesta, Renzo —dijo, y sus labios dibujaron una sonrisa que me dejócompletamente descolocado.
Se fue,moviendo sus caderas al ritmo de la música, su vestido blanco balanceándose acada paso, su cabello cayendo sobre su espalda como una cascada de tinta.
Me quedéparalizado, la cerveza aún en la mano, sintiendo mi corazón latir más rápido delo que debería. Mi mente trataba de encontrar una explicación lógica para todolo que acababa de pasar. Tal vez solo estaba siendo amable. Tal vez era suforma habitual de bromear, de interactuar con los sobrinos. Tal vez yo estabaleyendo cosas donde no las había, victimándome de mi propia imaginación.
Pero habíaalgo en la forma en que me había mirado. En la forma en que sus palabras habíansonado. En ese momento en que sus ojos habían bajado hacia mi cuerpo y luegohabían vuelto a subir, como si estuviera diciendo sin decir "te he vistomirándome, y no me importa".
El calor en micuello se extendió hacia mis mejillas. Me di cuenta de que estaba sosteniendola cerveza tan fuerte que el plástico del vaso se había deformado ligeramentebajo mis dedos.
—¿Estás bien,Renzo? —escuché una voz a mi lado.
Era mi mamá,que había aparecido de la nada con su vaso de vino en la mano, mirándome conuna expresión de preocupación.
—¿Eh? Sí,mamá, estoy bien.
—Te veopálido. ¿Ya comiste algo? No te vayas a desmayar.
—Comí, comí.No te preocupes.
Ella meobservó un momento más, con esos ojos de madre que siempre parecen saber más delo que dicen, y luego dio un suspiro.
—Bueno, ve asentarte un rato. Anda, que todavía queda fiesta para rato.
—Sí, mamá.Ahora voy.
Se fue, y yome quedé solo de nuevo, mirando el lugar donde Patricia había estado parada.
Un torbellinode preguntas se arremolinaba en mi cabeza. ¿Estaba imaginando cosas? ¿Estabasiendo paranoico? O, por el contrario, ¿acababa de recibir una señal tan claracomo un letrero de neón?
Recordé suspalabras. "No todo lo que se ve bueno es bueno." "Lascosas que parecen dulces son las más peligrosas." "La vida esmuy corta para no darse los gustos que uno quiere."
Podían serfrases inocentes. Podían ser comentarios casuales sin ningún significadooculto. Pero en ese momento, con esa mirada, con esa sonrisa, con ese tono devoz... no se sentían inocentes en absoluto.
. . . . . . . . .
La fiesta había alcanzadoese punto mágico donde todo el mundo estaba lo suficientemente contento, lamúsica sonaba con el volumen perfecto, y las conversaciones se cruzaban de unlado a otro sin que nadie prestara demasiada atención a lo que se decía. Mi tíoRicardo había subido el volumen de la salsa, y algunas de las tías ya estabanbailando en el centro del patio con sus parejas, moviendo las caderas al ritmode la música con esa soltura que solo se logra después de un par de copas.
Yo seguía en mipuesto, cerca de la mesa de las bebidas, intentando procesar lo que habíapasado con Patricia. Intentando racionalizarlo. Intentando decirme a mí mismoque no había sido nada, que estaba exagerando, que mi cabeza estaba viendocosas donde no las había.
Pero no me locreía.
No podía.
Porque cuando ellase había ido, después de esa sonrisa y esas palabras que aún resonaban en mimente, algo había cambiado en el aire entre nosotros. Algo que no podíaexplicar pero que sentía en cada fibra de mi cuerpo. Era como si hubiera unacorriente invisible que me jalaba hacia ella, una fuerza que no entendía y queno podía controlar.
Y lo peor era queella lo sabía. Lo sabía y le gustaba.
—¡Vamos, todos a lamesa! —gritó mi tía Laura, saliendo de la cocina con una bandeja enorme en lasmanos—. ¡Vamos a cantar el cumpleaños!
El anuncio generóun revuelo instantáneo. La gente comenzó a moverse hacia el centro del patio,donde mi tía había colocado la torta sobre una mesa especial, decorada convelas y un letrero que decía "Felicidades Camila". La torta eragrande, de chocolate con crema de fresa, y tenía veintiún velas que comenzabana encenderse bajo la atenta mirada de mi prima, que estaba en el centro con unasonrisa de oreja a oreja.
—¡Cántenle bienfuerte! —gritó mi tío Ricardo, levantando su cerveza—. ¡Que se escuche hasta laotra cuadra!
El grupo se fueacomodando alrededor de la mesa. El problema era que éramos muchos. Demasiados.Entre adultos, jóvenes y niños, debíamos ser más de veinte personas apretadasen el espacio alrededor de la torta. Las sillas no alcanzaban, y los quellegaban tarde terminaban de pie, en el fondo, tratando de ver la torta porencima de las cabezas de los demás.
Yo estaba en elgrupo de los de pie, al fondo, con mi cerveza aún en la mano. No me molestaba.Prefería estar un poco apartado, viendo la escena desde lejos. Era más fácilobservar sin tener que participar en conversaciones forzadas o explicar por quéestaba tan callado.
Pero entonces,entre el movimiento de la gente acomodándose, vi a Patricia.
Estaba justodelante de mí.
No sé cómo pasó. Nosé si fue una coincidencia o si ella se había movido a propósito. Solo sé quede repente estaba allí, a menos de medio metro de distancia, su espalda vueltahacia mí, su cabello negro rozando la parte superior de mi brazo. Su perfumevolvió a golpearme, ese aroma floral y suave que ahora reconocería en cualquierlugar.
Llevaba los taconesaltos, lo que la hacía más cercana a mi altura, pero aún así, apenas me llegabaal hombro. Su cuerpo estaba tan cerca que podía ver los pequeños detalles queantes no había notado: la línea de su bronceado en la nuca, la forma en que susaretes se movían con cada mínimo gesto, el suave movimiento de su cabellocuando inclinaba la cabeza.
El espacio eralimitado. La gente se apretujaba alrededor de la mesa, y cada vez más personasse sumaban al círculo. Un primo se movió a mi izquierda, otro a mi derecha, yde repente estábamos más apretados que sardinas en una lata. Mi pecho casirozaba la espalda de Patricia. Podía sentir el calor de su cuerpo a través delvestido, y cada vez que ella se movía ligeramente, su ropa rozaba la mía.
Y entonces,ocurrió.
Empezaron a cantar.
Las voces sealzaron en ese coro desafinado y alegre que siempre acompaña los cumpleañosfamiliares. "Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz..." La melodía seelevó sobre el patio, y todos se unieron, algunos con más entusiasmo que otros.Yo intenté concentrarme en la canción, en la torta, en mi prima, en cualquiercosa que no fuera la mujer que tenía justo delante de mí.
Pero fue imposible.
Porque en esemomento, justo cuando el coro llegaba a la segunda estrofa, Patricia echó lacadera hacia atrás.
No fue unmovimiento brusco ni evidente. Fue sutil, apenas perceptible. Como si estuvieraajustando su posición, buscando un poco más de espacio o apoyándose contraalguien para no caerse. Pero en la práctica, lo que hizo fue presionar sutrasero contra mi entrepierna.
Sí. Exactamenteallí.
Yo sentí el impactocomo un latigazo eléctrico que recorrió todo mi cuerpo. La suavidad de suscurvas, la calidez de su piel a través de la tela fina del vestido, la presiónexacta de su cuerpo contra el mío. Todo se concentró en ese punto de contacto,y mi cerebro, que normalmente procesaba la información a velocidad normal, derepente se congeló.
No me moví.
No pude.
Patricia tampoco semovió. Al menos no al principio. Se quedó allí, con su trasero presionadocontra mí, como si fuera la posición más natural del mundo. Como si noestuviera restregando su culo contra la entrepierna de su sobrino en medio deuna fiesta familiar.
Y entonces, muylentamente, comenzó a moverse.
Al ritmo de lacanción.
El movimiento eracasi imperceptible. Un pequeño balanceo de caderas al compás de la música,apenas un vaivén que cualquier persona que no estuviera prestando atenciónhabría confundido con el movimiento natural de alguien que está cantando ymoviéndose al ritmo. Pero yo estaba prestando atención. Yo sentía cadamilímetro de su movimiento, cada presión de sus glúteos contra mi pelvis, cadamicrosegundo de contacto que se extendía como una eternidad.
Sentí cómo su culo,redondo y firme, se movía contra mí en un movimiento suave y ondulante. Suscaderas anchas se balanceaban en un ritmo lento, como si estuviera bailando unacanción que solo ella podía escuchar. La tela del vestido se deslizaba contrala tela de mis jeans, y el roce creaba una fricción que me estaba volviendoloco.
"La vida esmuy corta para no darse los gustos que uno quiere."
Sus palabrasresonaron en mi cabeza mientras su cuerpo seguía moviéndose contra el mío. Yentonces entendí. Entendí que no era un accidente. Entendí que no eracasualidad. Entendí que ella sabía exactamente lo que estaba haciendo, y que loestaba haciendo a propósito.
Mi cuerporespondió.
No pude evitarlo.Era una reacción física, involuntaria, tan natural como respirar. Sentí cómo lasangre se acumulaba, cómo mi entrepierna comenzaba a endurecerse bajo lapresión de sus glúteos. Mi pene, que hasta ese momento había estado en unestado de semi-atención, de repente despertó con una urgencia que me sorprendióa mí mismo. Se tensó, se alargó, buscando espacio contra la tela de mis jeans,presionando contra la suavidad de su trasero.
Patricia debiósentirlo.
No sé cómo, pero losupo. En el momento exacto en que mi erección se hizo evidente, ella se detuvo.Su cuerpo se quedó quieto, completamente inmóvil, como si estuviera evaluandolo que había sentido. Como si estuviera confirmando que su efecto habíafuncionado. La presión de su trasero contra mi entrepierna se mantuvo, pero elmovimiento cesó.
Y entonces, muylentamente, casi como si estuviera saboreando el momento, ella comenzó amoverse de nuevo.
El balanceo decaderas se reanudó, más lento esta vez. Más deliberado. Como si estuviera recorriendomi erección con su culazo. Era como si estuviera diciéndome: "Sí, lo henotado. Sí, me gusta. Sí, esto es exactamente lo que quería."
La canción decumpleaños llegaba a su fin. Las voces se alzaron en el último"cumbiaaaaaños feeeeliz", seguido de aplausos y gritos. Mi primaCamila sopló las velas, y la gente comenzó a aplaudir y a abrazarse. El momentose había acabado.
Pero yo no podíamoverme.
Patricia se separólentamente, como si no tuviera prisa, y se giró hacia mí. Sus ojos seencontraron con los míos, y en ellos vi algo que no había visto antes. Unamezcla de satisfacción, de complicidad, de un conocimiento compartido que sololos dos poseíamos.
Sonrió.
Esa sonrisa que yaestaba empezando a conocer, la que no era para todos, la que era solo para mí.
—¿Viste qué lindoquedó el pastel? —dijo, con un tono tan normal, tan cotidiano, que por unmomento casi creí que había imaginado todo—. Mi hermana lo hizo, es una artistacon la repostería.
—Sí... sí, está muybonito —logré articular, sintiendo mi voz más ronca de lo normal.
—Bueno, voy aayudar a repartir. Quédate, que después te llevo un pedazo —dijo, y sus dedosrozaron mi muñeca en un gesto que duró menos de un segundo.
Luego se fue,caminando hacia la mesa de la torta con paso firme, como si nada hubierapasado.
Y yo me quedé allí,con una erección que no desaparecía, un corazón que latía como un tambor, y unamente que se negaba a procesar lo que acababa de suceder.
. . . . . . . . .
El resto de lafiesta pasó en una niebla.
Repartieron latorta, y Patricia cumplió su promesa: me trajo un pedazo con una sonrisa que nonecesitaba palabras. La gente seguía bailando, bebiendo, riéndose. Mi tíoRicardo se puso a cantar en el karaoke y todos lo aplaudieron entre risas. Mipapá discutió de fútbol con mi tío Mauricio como si el resultado del partidofuera un asunto de vida o muerte. Mi mamá y las tías se fueron a la cocina ahablar de cosas que no me interesaban.
Y yo estuve todo eltiempo mirando a Patricia de reojo. Observando cómo se movía entre losinvitados, cómo reía y conversaba, cómo su vestido blanco con franjas negras seconvertía en el centro de mi atención cada vez que ella pasaba cerca. No podíaapartar los ojos de ella. Era como si un imán invisible me atrajera hacia sufigura.
Hubo un momento enque ella se inclinó para recoger algo del suelo —un plato caído, no sé— y suvestido se estiró sobre su trasero de una manera que hizo que mi entrepierna setensara de nuevo. Y en ese instante, ella levantó la mirada y me vio mirándola.No apartó la vista. Sostuvo mi mirada por un segundo, ese segundo que yaempezaba a conocer, y luego sonrió, como diciendo "Te he pillado".
Sabía que me estabaprovocando. Sabía que lo hacía a propósito. Y lo peor de todo era que yo noquería que se detuviera.
Poco a poco, lafiesta fue desintegrándose. Las familias comenzaron a despedirse, los niños sedormían en los hombros de sus padres, los adultos se despedían con abrazos ypromesas de volver a verse pronto. Mi papá nos llamó desde la entrada, diciendoque ya era hora de irnos.
—Renzo, vamos —dijomi mamá, tocándome el hombro—. ¿Ya estás listo?
—Sí, mamá.
Me despedí de mistíos, de mis primos, de todos los que estaban cerca. Y cuando llegué aPatricia, ella estaba de pie en la entrada, despidiéndose de los últimosinvitados. Sus hijos ya estaban en el auto de mi tío Mauricio, que esperaba conel motor encendido.
—¿Ya te vas, Renzo?—preguntó, con esa sonrisa que ya no sabía si era real o una máscara.
—Sí, tía. Ha estadobuena la fiesta.
—Me alegra que lahayas disfrutado —dijo, y sus ojos bajaron brevemente a mi boca antes de volvera subir a mis ojos—. Espero verte pronto.
—Yo también—respondí, y sentí que mis palabras tenían un peso que no podía controlar.
Ella inclinó lacabeza, como si estuviera saboreando algo, y luego me dio un beso en lamejilla. Sus labios rozaron mi piel con más suavidad de la necesaria, y su manose posó brevemente en mi pecho. Un instante. Nada más.
Pero fuesuficiente.
—Cuídate, Renzo—dijo, y su voz era apenas un susurro.
—Usted también,tía.
Me di la vuelta ycaminé hacia el auto de mis padres, sintiendo su mirada en mi nuca hasta quecerré la puerta del coche. Mi papá arrancó el motor, y mientras nos alejábamosde la casa de mi tío Ricardo, miré por la ventana trasera y vi a Patricia en laentrada, con su vestido blanco brillando bajo la luz de la luna, mirándonospartir.
El viaje a casa fuesilencioso. Mi mamá y mi papá hablaron de la fiesta, de cómo estaba la familia,de lo grande que se había vuelto Camila. Yo no dije una palabra. Me quedémirando por la ventana, viendo pasar las luces de la ciudad, sintiendo aún elcalor de su cuerpo contra el mío, el recuerdo de su trasero presionando contrami entrepierna, la suavidad de sus labios en mi mejilla.
Cuando llegamos acasa, me fui directo a mi habitación. Me desvestí, me metí en la cama, y apaguéla luz. El cuarto quedó a oscuras, solo iluminado por la luz tenue de la calleque se filtraba a través de las cortinas. La noche era cálida, y el ventiladordel techo giraba lentamente, moviendo el aire pero no el calor que sentía en elcuerpo.
Entonces, en elsilencio de mi habitación, la duda regresó.
¿Había sido real?¿O solo mi imaginación?
Repasé mentalmentetodo lo que había pasado. El saludo inicial, las miradas, la conversación juntoa la mesa de los postres, sus palabras sobre los gustos que uno debe darse. Yluego, la canción de cumpleaños, el movimiento de sus caderas, la presión de sutrasero contra mi entrepierna, la forma en que se había quedado quieta cuandosintió mi erección.
Eso no podía ser miimaginación. No podía. Las palabras, las miradas, el contacto físico... todohabía sido demasiado específico, demasiado deliberado.
Pero entonces, laparte racional de mi mente comenzó a hablar. ¿Y si solo estaba viendo lo quequería ver? ¿Y si su coquetería era simplemente su forma de ser, su manerahabitual de interactuar con todos? ¿Y si lo de la canción había sido realmenteun accidente, una falta de espacio, una casualidad?
Patricia era así.Siempre lo había sido. Jovial, extrovertida, coqueta. Con todos. Siemprebuscaba la broma, el doble sentido, el contacto físico. Tal vez yo solo estabainterpretando sus gestos a mi favor porque me parecía atractiva. Tal vez nohabía nada más detrás.
Pero entoncesrecordé la forma en que me había mirado. La sonrisa cómplice. El movimientodeliberado de sus caderas. La forma en que se había detenido cuando sintió mierección, como si estuviera confirmando algo que ya sabía.
Eso no podía ser unaccidente.
No podía.
Di vueltas en lacama, buscando una posición que me permitiera dormir. Pero mi mente se negaba adescansar. Las imágenes de la noche se repetían en un bucle interminable. Suvestido blanco. Su cabello negro. Sus curvas presionando contra mí. Su perfumeaún presente en mi ropa.
Pero por encima detodo, la pregunta que no me dejaba en paz:
¿Me estabaprovocando? ¿O solo estaba siendo su habitual yo, y yo era el que estaba viendocosas donde no había?
No lo sabía. Nopodía saberlo.
Pero algo en elfondo de mi instinto, en esa parte animal que no se equivocaba cuando setrataba de deseo, me decía que sí. Que todo era real. Que ella lo había hecho apropósito. Que sabía exactamente lo que estaba haciendo y que quería que yosupiera que lo sabía.
Sentí mi cuerporeaccionar de nuevo al recordarlo. Mi erección volvió, insistente, demandandoatención. Cerré los ojos y vi su figura, su trasero moviéndose contra mí, sucabello rozando mi brazo, su perfume llenando mis pulmones.
Me toqué.
No pude evitarlo.Era más fuerte que yo. Mi mano bajó hasta mi entrepierna, encontrando la durezaque había estado presente casi toda la noche. Comencé a acariciarme lentamente,con los ojos cerrados, reviviendo el momento.
Ella sabía lo quehacía. Lo sabía. Y no le importaba.
Mauricio, sumarido, había estado a menos de dos metros de nosotros durante toda la canción.Sus hijos, sus amigos, su familia, todos alrededor. Y ella había hecho eso.
No era una mujerinsegura que buscaba validación. Era una mujer que sabía exactamente lo quequería y que iba a por ello.
Y yo, maldita sea,era su objetivo.
Mi mano se moviómás rápido, mis dedos apretando la tela de mi ropa interior. Imaginé su mano enlugar de la mía. Imaginé su cuerpo contra el mío, sin ropa, sin límites. Imaginélo que habría pasado si la fiesta hubiera terminado de otra manera.
El orgasmo llegórápido, intenso, liberando una tensión que había estado acumulándose durantehoras. Mi cuerpo tembló, y un gemido ahogado escapó de mis labios. Me quedéallí, sin aliento, sintiendo el calor extenderse por mi estómago.
Pero inclusodespués de eso, la pregunta seguía allí.
¿Fue real? ¿O solomi imaginación?
No lo sabía. Nopodía saberlo.
Pero una cosa síestaba clara: algo había cambiado. La próxima vez que viera a Patricia, ya nosería el mismo Renzo que había llegado a esa fiesta. Porque ahora, en algúnlugar entre la duda y la certeza, había nacido algo nuevo. Algo que no entendíadel todo pero que no podía ignorar.
Algo que, de unamanera u otra, cambiaría todo.
Apagué la luz de lamesita y me recosté en la cama, mirando el techo oscuro.
"La vida esmuy corta para no darse los gustos que uno quiere."
Sus palabrasresonaron en mi mente mientras el sueño comenzaba a vencerme.
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