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Capítulo Quince: El Que Faltaba

Jueves
La compra de lencería fue idea de la Vale, pero la pagó Sofía, porque era su fantasía y porque le daba culpa que la otra pusiera la cara de sorpresa cada vez que veía un precio.
Fueron un jueves a la tarde, a un local chico del centro, de esos con cortinas de terciopelo y una señora de unos sesenta que atendía sin hacer preguntas. Entraron las dos con la misma sonrisa de culpa y se pusieron a revolver las perchas.
—Yo quiero algo que se vea desde la puerta —dijo Sofía, bajito.
—¿Desde la puerta de qué?
—De la pieza. Que el Chino entre y ya entienda todo.
Vale se rió.
—Sos mala.
Encontraron el mismo modelo en dos colores y no lo dudaron. Un bodysuit de encaje, de tiras finas, con la espalda al aire, el escote abierto hasta el ombligo y dos broches adelante, entre los pechos, que se abrían y se cerraban. Y abajo, la entrepierna partida, con otros dos broches. Sofía lo eligió negro. Vale lo eligió rojo. Y las dos sumaron lo mismo: portaligas, media de red y una bombacha mínima que al final no iban a usar, pero que se veía linda colgada.
Se probaron juntas en el mismo probador, apretadas contra el espejo, con la señora afuera preguntando si estaba todo bien y las dos contestando "sí" con la voz temblorosa, porque a esa altura ya se estaban tocando por encima de la ropa.
—Che —dijo Vale, con la frente apoyada en el hombro de Sofía, mirándose en el espejo de reojo—. ¿Y si no puedo?
—¿Con qué?
—Con los tres.
Sofía le levantó la cara con dos dedos.
—Ya pasaste de uno a dos en dos semanas. Y el sábado te salió bien.
—Me salió buenísimo.
—Entonces el sábado te va a salir mejor.
Vale se mordió el labio.
—¿Y si me da vergüenza?
—Te va a dar vergüenza los primeros cinco minutos. Después se te va.
—¿Y si me quedo en blanco?
—Vale. —Sofía le puso las dos manos en la cara—. Vas a estar en cuatro, en el medio de tres tipos que te van a estar mirando como si fueras la última coca del desierto. ¿Qué carajo te va a importar la vergüenza?
Vale se rió y la besó, ahí adentro del probador, con las dos en lencería nueva y las cortinas corridas.
—Bueno —dijo—. Pero el que paga el remís sos vos.
Viernes
El viernes los cuatro se sentaron a comer y Sofía puso las reglas, porque ya había aprendido que si las cosas no se dicen antes, se dicen después y con el cuerpo caliente, que es cuando peor se dicen.
—Cuatro reglas —dijo, con el tenedor en la mano—. Uno: si alguien dice "paro", se para. No se pregunta, no se negocia, se para.
—Obvio —dijo Lucas.
—Dos: nadie se ofende por nada. Ni por lo que se hace, ni por lo que no se hace, ni por a quién se le presta más atención.
—Listo.
—Tres: sin forro. Todos con todos. Ya lo hablamos, los cuatro estamos limpios y ninguno está con nadie más. Al Chino se lo decimos mañana antes de empezar.
—El Chino no lo sabe —dijo Mateo.
—El Chino se va a enterar mañana. Y si dice algo, le explicamos. Cuatro: afuera de esta casa no se cuenta. Ni al Chino lo cargamos después, ni en el asado del domingo hacemos chistes.
—Y cinco —dijo Vale.
—Son cuatro.
—Y cinco: yo miro primero. Porque la fantasía es de ella y el trono es mío hasta que se siente.
Sofía se rió y le chocó la copa.
—Trato hecho.
Lucas, que había estado callado un rato, habló:
—Che, ¿y el Chino? ¿Sabe que va a coger? Porque el Chino es medio lento para esas cosas.
—No sabe nada.
—Se va a querer ir.
—No se va a querer ir —dijo Mateo.
—Se va a querer ir, Mateo. El Chino una vez se fue de un boliche porque una mina le agarró la mano.
Se rieron los cuatro. Y esa noche, cuando se fueron a dormir, Sofía se quedó un rato despierta al lado de Mateo, mirando el techo, con el cuerpo ya caliente y con la sensación de que el sábado iba a ser el punto más alto de todo lo que habían armado en cinco meses.
Sábado, a la tarde
Sofía se bañó dos veces. Se depiló con paciencia, se puso crema en todo el cuerpo, se secó el pelo con cuidado y se lo dejó suelto. A las siete ya estaba con el bodysuit negro puesto, las medias de red y el portaligas, y una bata de seda negra por encima que no cerraba, porque no estaba hecha para cerrar.
Vale llegó a las siete y media y se puso lo mismo, en rojo, y cuando se vieron las dos en el espejo del pasillo se quedaron un segundo en silencio.
—Estamos de locas —dijo Vale.
—Estamos perfectas.
Prepararon todo entre las dos: abrieron la botella buena y la dejaron en la mesa con dos copas, pusieron dos velas en el living, música baja, la luz del rincón. En la pieza cambiaron las sábanas, dejaron una toalla grande al pie de la cama y el pote de lubricante en la mesa de luz. Y arrastraron entre las dos la silla del escritorio hasta el rincón de la pieza, contra la ventana, y la dejaron ahí, mirando la cama de frente.
—Ese es tu palco —dijo Sofía.
—Ese es mi palco —dijo Vale, y se sentó un segundo para probarlo.
En el living, el sillón individual quedó puesto de frente al sofá, con la copa y la botella al lado.
A las nueve menos cuarto, Mateo y Lucas ya estaban sentados, los dos en remera y jean, los dos con esa cara de pibes que van a un cumpleaños.
—¿Y el Chino? —preguntó Lucas.
—En cualquier momento —dijo Sofía, y se sentó en el brazo del sofá.
—¿Y la Vale?
—Arriba. Se está arreglando.
—¿Se está arreglando para el Chino?
—Se está arreglando para ella —dijo Sofía—. El Chino se va a tener que arreglar solo.
El Chino
Llegó a las nueve y diez, con dos botellas de vino y una cara de nada. Saludó a Mateo con un abrazo, a Lucas con un empujón, y cuando vio a Sofía en la bata negra levantó las cejas.
—¿Y esto? ¿Se festeja algo?
—Nada —dijo Sofía—. Vinimos lindos.
—Ah.
El Chino era el más alto del grupo, flaco pero con la espalda ancha, el pelo corto oscuro y una cara de bueno que engañaba. Se sentó en el sofá, entre Mateo y Lucas, y se sirvió vino como si nada. Y en ese momento bajó la Vale.
Bajó descalza, con la bata roja atada a la cintura, el pelo mojado y los labios pintados. Y el Chino, que estaba tomando, dejó la copa en el aire.
—Pará.
—Hola, Chino —dijo Vale.
—Pará. —Miró a Sofía, después a Mateo, después a Lucas—. ¿Vale también?
—Vale también —dijo Lucas.
—¿Y desde cuándo?
—Desde hace dos semanas.
El Chino se pasó la mano por la boca, se recostó en el sofá y se rió, largo, con una risa de incredulidad que se le fue apagando sola.
—Ustedes son unos hijos de puta. —Tomó un trago—. ¿Y yo?
—Vos sos el que falta —dijo Sofía.
—¿El que falta para qué?
—Para lo que ya te vas a dar cuenta.
Cenaron liviano, casi de parado, con las dos mujeres en bata y los tres tipos mirando de reojo cada vez que alguna se inclinaba a servir. Hablaron de pavadas, del laburo, del partido, de la moto que el Chino se quería comprar. Pero la tensión estaba ahí, en el aire, espesa, y el Chino la sentía y no sabía dónde poner las manos.
En un momento, Sofía se paró, se puso delante de la Vale, y la besó. Despacio, con lengua, con las dos manos en la cintura de ella. Y después se separó, se dio vuelta hacia los tres y se desató la bata.
Se la sacó despacio, por los hombros, y la dejó caer.
El bodysuit negro, las medias de red, el portaligas, la espalda al aire, la entrepierna partida. Vale hizo lo mismo con la bata roja y se quedó al lado.
Los tres se quedaron callados. Mateo ya las había visto y aun así tenía la boca abierta. Lucas se rió bajito, nervioso. El Chino, directamente, no dijo nada: se quedó con la copa en la mano y los ojos clavados, y por primera vez en toda la noche se olvidó de tomar.
—Antes de seguir, dos cosas —dijo Sofía—. Uno: esto es sin forro. Todos con todos, los cinco. Estamos todos limpios y ninguno está con nadie más. ¿Vos estás de acuerdo?
El Chino tardó un segundo en entender que le estaban hablando a él.
—¿Yo?
—Vos.
—Eh... sí. Sí, obvio.
—¿Y estás limpio?
—Sí. Sí, hace mil que no.
—Entonces sin forro. —Sofía lo miró—. Dos: si algo te molesta, lo decís. Y si querés parar, se para. Nada más.
—Listo.
—¿Listo?
—Listo —dijo el Chino, y tomó un trago largo, y los otros cuatro se rieron.
—Bueno —dijo Sofía—. Ahora las reglas de esta parte.
Se acercó al sofá, caminando despacio, y se paró delante de ellos.
—Ustedes tres se quedan ahí. No se levantan. No tocan. —Los miró uno por uno—. Solo miran. Y se pajean. Y no acaban hasta que yo diga.
—¿Hasta que vos digas? —preguntó el Chino.
—Hasta que yo diga.
—¿Y si no aguanto?
—Aguantás —dijo Lucas.
Sofía se dio vuelta, caminó hasta el sillón individual y le hizo señas a Vale.
—Vení. Sentate vos primero. Era tu trono.
Vale se sentó, con la copa en la mano y las piernas cruzadas. Y después Sofía se le sentó encima, de espaldas, con las dos piernas a los costados del sillón.
—Vale.
—Qué.
—¿Y la regla cinco?
Vale se rió.
—La rompo. Hoy el trono es tuyo y yo también.
Y arrancaron.
El show
Se besaron sin apuro, con los tres tipos a tres metros, mirando. Vale le agarró las tetas por encima del encaje y Sofía se arqueó. Después se dio vuelta, se puso de frente, y desde ahí se tocaron todo: el cuello, los hombros, la espalda, el borde del bodysuit, el borde de las medias.
—¿Están mirando? —preguntó Sofía, sin darse vuelta.
—Sí —dijo Mateo.
—¿Los tres?
—Los tres.
—Bien. Sigan.
Vale le abrió los dos broches del escote a Sofía y le sacó las tetas al aire. Se las chupó, una y después la otra, con la lengua, y Sofía tiró la cabeza para atrás y gimió. Del sofá llegó el ruido de tres cierres bajándose casi al mismo tiempo, y las dos se rieron.
—Ya están con la pija afuera —dijo Vale.
—Que se pajeen —dijo Sofía—. Pero que no toquen.
Vale se puso de rodillas en el piso, entre las piernas de Sofía, y le pasó la lengua por encima del encaje de la entrepierna partida. Lamió un rato largo, sin apuro, subiendo y bajando, y cada tanto levantaba la cara para mirar a los tres.
—Che —dijo el Chino, con la voz ronca—. ¿Y esto hasta cuándo va?
—Hasta que se me cante —dijo Sofía.
—Sofi, por favor.
—Vale, mostrale.
Vale se levantó, se dio vuelta y se puso de espaldas a los tres. Se abrió los dos broches de la entrepierna del bodysuit rojo, se corrió la tela a los costados, y se quedó así, con las piernas abiertas y la concha al aire, brillando con la luz de las velas.
Del sofá vino un gemido colectivo.
—La puta madre —dijo Lucas.
—Y todavía no tocamos nada —dijo Mateo.
Sofía se levantó del sillón y se dejó resbalar hasta el piso, se acostó entre las piernas de Vale, y le pasó la lengua. Vale se agarró del respaldo del sillón y empezó a moverse contra su boca. Y Sofía, desde abajo, con la cara mojada, estiró una mano y se la metió en su propia concha, y siguió chupando. Las dos gimiendo al mismo tiempo, con los tres tipos pajeándose en fila como tres boludos.
Vale se vino primero, rápido, apretándole la cabeza con los muslos, con un grito corto que se le escapó. Sofía se limpió la boca con el dorso de la mano y se sentó.
—Bueno —dijo—. Suficiente.
Se paró, agarró a Vale de la mano y las dos caminaron hasta el sofá. Los tres se quedaron quietos, con la pija en la mano.
—Ahora sí —dijo Sofía—. Pero no como quieran. Como yo digo.
La fantasía
Primero los hizo sentarse bien, los tres en fila, y se paró delante del Chino.
—Vos —dijo—. ¿Sabés por qué estás acá?
—No.
—Porque faltabas. Y porque el Chino una vez dijo "mientras no me metan a mí, todo bien".
El Chino se rió.
—Y me metieron.
—Y te metimos.
Sofía se puso de rodillas delante de él y le agarró la pija. Se la chupó despacio, mirándolo a los ojos, y el Chino se agarró del sofá como si se fuera a caer. Después pasó al de Mateo, y después al de Lucas, uno por uno, la misma ceremonia, sin apuro, con la mano en la base y la lengua arriba.
—¿Cuál es la idea? —preguntó Lucas.
—La idea es que me enfiesten los tres. —Sofía se limpió la boca—. Yo en el medio. Los tres encima mío. Y que ella mire desde la silla.
El Chino miró a Vale.
—¿Y vos?
—Yo miro —dijo Vale, y se sirvió vino—. Y después me toca.
—Ah.
Se fueron a la pieza. La cama grande, las sábanas limpias, la ventana abierta, las velas. Vale agarró la botella y la copa, se sentó en la silla del rincón, con las piernas cruzadas, y desde ahí ya no se movió.
Los tres rodearon a Sofía. Y ahí empezó de verdad.
La besaron los tres, uno atrás y dos adelante, con las manos por todos lados: la espalda, la cintura, la cola, las tetas, los muslos por encima de las medias de red. Le sacaron el bodysuit entero, con cuidado, abriéndolo por los broches, y lo dejaron tirado. Se quedó con las medias, el portaligas y nada más, y esa imagen —las medias de red y las caderas al aire— hizo que los tres se quedaran un segundo quietos, mirándola.
—¿Qué? —dijo Sofía.
—Nada —dijo Mateo—. Que estás hermosa.
—Ya sé.
La acostaron boca arriba. Lucas se puso entre sus piernas y le pasó la lengua por la concha, largo, de abajo hacia arriba. Mateo se puso de rodillas al lado de su cabeza y le ofreció la pija. Y el Chino se quedó un segundo parado, sin saber dónde meterse, hasta que Sofía le levantó la mano y le hizo señas de que se acercara.
—Vos vení acá —dijo—. Ponele la mano en la teta. La izquierda. Y apretá.
El Chino le puso la mano en la teta y se la apretó, y Sofía le agarró la muñeca y le marcó el ritmo.
Y así quedó: cogida por la boca por Mateo, chupada por Lucas abajo, y con el Chino apretándole las tetas y mirándole la cara. Y Vale, desde la silla, con la copa en una mano y los dedos de la otra adentro, mirando todo.
Lucas la hizo acabar con la lengua, con dos dedos adentro, y después siguió un poco más, hasta que Sofía le apretó la cabeza con los muslos y gritó.
—Pará. Pará, que ya está.
Lucas levantó la cara, brillante.
—¿Ya está?
—Por ahora.
Sofía se sentó en la cama, tomó agua de la botella que había quedado en la mesa de luz, y ordenó la segunda parte.
—Ahora quiero los tres.
—¿Los tres cómo? —preguntó el Chino.
—Los tres adentro.
—¿Los tres?
—Los tres. —Sofía miró a Vale y le sonrió—. Uno en cada agujero. Y vos mirás.
Se acomodaron con paciencia, porque la primera vez nunca sale de una. Mateo se sentó contra el respaldo de la cama, con las piernas abiertas. Sofía se sentó sobre él, de espaldas, y bajó despacio hasta que la pija le entró en la concha. Se quedó ahí un segundo, respirando, apoyada en el pecho de él. Después se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en las rodillas de Mateo, y le hizo señas a Lucas.
—Vos atrás. Despacito.
Lucas se puso detrás, se mojó los dedos con el lubricante, le abrió el culo con dos, tres, y después apoyó la punta y empujó. Sofía apretó los dientes y se agarró de las rodillas de Mateo. Lucas entró hasta el fondo y se frenó.
—¿Todo bien?
—Sí. Esperá.
Se quedaron los tres quietos. Sofía respiró. Contó hasta cinco. Y después levantó la cara y le hizo señas al Chino.
—Vení.
El Chino se puso de rodillas delante de ella, sobre la cama, con la pija parada a la altura de su boca. Sofía se la agarró con la mano libre y se la llevó a la boca.
Y ahí quedó: Mateo en la concha, Lucas en el culo, el Chino en la boca. Los tres adentro al mismo tiempo. Sofía, en el medio, con los ojos cerrados y las medias de red brillando de transpiración, sintiéndose llena de una manera que no había sentido nunca.
Vale, desde la silla, se levantó un centímetro sin darse cuenta.
—Che —dijo, con la voz ronca—. Eso está buenísimo.
Sofía no pudo contestar. Movió apenas las caderas, para atrás y para adelante, y los tres entendieron. Y empezaron.
Despacio primero, buscando el ritmo entre los tres, torpes, chocándose, riéndose cada vez que alguno se salía o se adelantaba. Después mejor. Después bien. Y cuando se sincronizaron, Sofía dejó de pensar. Uno entraba cuando el otro salía, el tercero le llenaba la boca, y las manos de los tres estaban por todos lados: en las tetas, en la cola, en la espalda, en el pelo.
Vale se levantó de la silla, se acercó a la cama, y se puso de rodillas al lado de la cabeza de Sofía.
—Miralos —le dijo al oído—. Miralos a los tres. Estás cogida por tres tipos al mismo tiempo y yo estoy mirando. ¿No era esto?
Sofía soltó la pija del Chino un segundo, con la boca mojada.
—Sí.
—¿Y te gusta?
—Sí. Mucho.
—Entonces gimoteá más, así se ponen peor.
Sofía gimió. Y se pusieron peor.
Duraron así casi quince minutos. Sofía se vino una vez, con los tres adentro, apretando todo el cuerpo, y los tres frenaron al mismo tiempo para que se le pasara. Después siguieron. Y se vino otra vez, más largo, con la cara contra la pija del Chino y las uñas clavadas en las piernas de Mateo.
—Ya está —dijo, al final, con la voz rota—. Ya no doy más. Saquen.
Se sacaron los tres. Sofía se dejó caer de espaldas en la cama, transpirada, con las medias de red enrolladas y el portaligas torcido, y los tres se pusieron de rodillas alrededor, pajeándose, mirándola.
—Ahora sí —dijo Sofía—. Ahora acábenme encima. Todos.
Y se vinieron los tres.
Mateo primero, en el pecho, entre las tetas. Lucas después, más largo, en la panza y en el ombligo. Y el Chino al final, con un gruñido, mitad en el cuello y mitad en la cara. Sofía se quedó quieta, con los ojos cerrados, recibiendo, y cuando abrió los ojos tenía leche en las tetas, en la panza, en el cuello y en la mejilla.
Vale ya estaba ahí.
Se puso de rodillas al lado de Sofía, con la concha todavía brillante de haberse tocado toda la escena, y se puso a jugar. Le levantó un hilo de la panza con dos dedos y se lo llevó a la boca de Sofía. Sofía lo chupó. Después juntó de las tetas y se lo pasó por los pezones, embadurnándolos, y se los chupó uno por uno, tomándose lo que quedaba. Después le limpió el cuello con la lengua, de abajo hacia arriba, y al final le lamió la mejilla.
—Estás hecha un desastre —dijo Vale.
—Vos también vas a estar.
—Ya sé.
Se besaron, con la leche de los tres en las bocas de las dos, mezclándola, y los tres tipos las miraban desde arriba sin poder creer lo que veían.
El Chino se pasó las dos manos por la cara.
—Che. —Se rió—. Yo vine con dos botellas de vino.
—Y trajiste las dos —dijo Lucas.
—Boludo.
Sofía se sentó en la cama, todavía embarrada, y le tendió la mano a Vale.
—Ahora vos.
Vale
Vale se quedó parada al lado de la cama, en rojo, y por primera vez en toda la noche se le notó el nervio.
—Pará —dijo.
—¿Qué?
—Dame un segundo.
Sofía se levantó, la abrazó por la cintura y la llevó hasta la silla del rincón.
—Mirá. —Le agarró la cara con las dos manos—. Los tres ya cogieron. Están cansados. Van a ir despacio. Y vos tenés el control: si decís "paro", se para. Y si querés, arrancamos con dos y el tercero entra después.
—¿Y si no me da para el tercero?
—Entonces no entra y listo. Nadie se muere.
Vale respiró.
—Bueno.
—¿Y sabés qué es lo mejor? —Sofía le bajó la voz—. Que vos ya lo hiciste. Con dos. Y te salió bien. Ahora es lo mismo, con uno más.
Vale se rió, con los ojos brillantes.
—Sos una hija de puta.
—Ya sé.
Vale se abrió los broches del bodysuit rojo ella misma, se lo sacó por los pies y lo tiró sobre la silla. Se quedó con las medias de red y el portaligas. Los tres la esperaban en la cama, y esta vez fue distinto: no la rodearon, se sentaron y la dejaron venir.
—Che —dijo Lucas, mirando a los otros dos—. ¿Se nos está por caer la pija a todos o me parece a mí?
—Tengo treinta y dos, no ochenta —dijo Mateo—. Para esto hay resto.
—Y si no hay, hay lengua —dijo el Chino, y se rieron los tres.
Vale se subió a la cama y se puso en cuatro en el medio.
—Así —dijo—. Como me cogieron el sábado. Pero ahora con los tres.
Lucas se puso detrás. Le pasó la lengua por la concha, despacio, un rato largo, hasta que Vale empezó a moverse contra su boca. Después le entró, y la cogió de a poco, agarrándole las caderas, mientras Mateo se ponía de rodillas delante de ella y le ofrecía la pija. Vale la chupó. Y el Chino, mientras tanto, le agarraba las tetas que le colgaban y se las apretaba, y le hablaba al oído.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Segura?
—Sí. Seguí.
Lucas la hizo acabar así, en cuatro, con la boca llena, y cuando se le pasó, Sofía se acercó con el lubricante.
—Ahora los dos —dijo.
Mateo se sentó contra el respaldo. Vale se sentó sobre él, de espaldas, y bajó hasta que le entró entera. Se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en las rodillas de Mateo, y Lucas se puso detrás.
—Despacito —dijo Sofía—. Y si dice que pare, se para.
Lucas entró. Vale apretó los dientes, se agarró de las rodillas de Mateo, y se quedó quieta un rato largo. Sofía se puso de rodillas al lado de la cama, a la altura de su cara, y le acarició el pelo.
—Respirá. Contá hasta cinco.
Vale contó. Y después movió las caderas.
Y se le rompió la cabeza igual que a Sofía, veinte minutos antes. Los dos se movieron con ella, coordinados, uno entrando mientras el otro salía, y Vale empezó a gemir con una voz aguda, corta, casi un llanto. Mateo le agarraba las tetas por atrás. Lucas le agarraba la cola. Y ella, en el medio, se apoyó en las manos sobre la cama y quedó en cuatro sobre Mateo, arqueada, temblando.
—Ay. Ay. No paren.
—¿Y el tercero? —preguntó Sofía.
—¿Ahora?
—Ahora.
Vale levantó la cara, miró al Chino, y el Chino ya estaba ahí, de rodillas delante de ella, con la pija parada. Vale abrió la boca y se la llevó.
Los tres adentro. Vale en el medio, con las medias rojas enrolladas y la cola alta, cogida por los tres tipos al mismo tiempo, y Sofía de rodillas al lado mirándole la cara.
—¿Ves que podías, putita? —le dijo Sofía al oído.
Vale gimió contra la pija del Chino.
—¿Ves que sí podías?
—Sí.
—Y ahora te van a acabar encima de todo el cuerpo. Y yo te voy a limpiar.
Vale se vino con los tres adentro, con un grito largo que se le cortó en la mitad y le siguió en un temblor. Los tres la sostuvieron hasta que dejó de temblar. Y después, uno por uno, se sacaron y se pusieron alrededor.
—Acábenle encima —dijo Sofía.
Y le acabaron los tres: Lucas en la espalda baja, Mateo en las tetas, el Chino en la cara y en el pelo. Vale se quedó en cuatro, con los ojos cerrados, embarrada de los tres, y se reía sin poder parar.
Sofía la hizo darse vuelta, la acostó de espaldas sobre las sábanas y se puso encima de ella. Y repitió todo: le levantó la leche del cuello con los dedos y se la dio a chupar, se la pasó por los pezones, se la untó en la panza, se la puso en los labios. Después se acostó al lado, con la cara contra la de ella, y las dos se quedaron mirándose, embarradas las dos, riéndose como dos locas.
—¿Estás bien? —preguntó Sofía.
—Estoy perfecta.
—¿Te arrepentís?
—No.
—¿Lo volvés a hacer?
—Cuando quieras.
Se besaron. Despacio, largas, con la leche de los tres en la boca de las dos, pasándosela de una a la otra hasta que se les acabó.
Y los tres tipos, tirados alrededor, sin aire, las miraban y se reían como tres boludos.
Un rato después
Nadie habló por un rato largo. Cinco cuerpos en una cama grande, transpirados, con las sábanas hechas un bollo y la ventana abierta y el fresco del otoño chaqueño entrando despacio.
Después el Chino, que estaba boca arriba mirando el techo, habló.
—Che.
—Qué —dijo Lucas.
—¿Ustedes hacen esto seguido?
—Los sábados.
—¿Todos los sábados?
—Los que se puede.
El Chino se quedó callado un segundo.
—Y yo, ¿qué soy?
—Vos sos el que faltaba —dijo Sofía, desde el otro lado.
—Ya sé que era el que faltaba. Pregunto qué soy de ahora en adelante.
—Lo que quieras ser.
—Ah. —El Chino se rió—. Bueno. Pero yo dije "mientras no me metan a mí".
—Y te metimos.
—Y me metieron por todos lados. —Se pasó la mano por la cara—. Tres.
Se rieron los cinco. Vale, acostada al lado de Sofía, se estiró y le agarró la mano al Chino, y el Chino se la apretó sin pensarlo, como si fuera lo más natural del mundo.
Mateo trajo agua para todos. Lucas abrió la segunda botella de vino y la tomaron de la botella, pasándosela. Y en un momento, en el medio de la charla, Sofía habló:
—Che. Una cosa.
—Uh —dijo Lucas.
—Nada malo. —Sofía se sentó en la cama, con la sábana hasta la cintura—. Solo que esto, afuera de acá, no existe. Mañana es el asado del domingo, con el Chino, con la Vale, con todos. Y ahí somos los amigos de siempre. Nadie se agarra la mano, nadie se sienta raro, nadie hace chistes.
—Y en el asado, ¿qué somos? —preguntó el Chino.
—Amigos —dijo Sofía—. Amigos que se cogen los sábados.
—Me parece bien.
—¿Y a vos? —le preguntó Sofía a Vale.
—A mí también.
—¿Y a ustedes dos? —Mateo y Lucas asintieron.
Y ahí quedó todo dicho. Sin papeles, sin nombre, sin ceremonia. Cinco personas que se querían, se cuidaban y se cogían los sábados, y que el resto de la semana eran amigos que se juntaban a comer un asado.
Pero antes de dormirse hubo una última vuelta, más lenta, sin apuro, casi sin ganas de acabar. Se acomodaron los tres atrás y las dos adelante, en cuatro, lado a lado, la rubia y la morocha, las dos colas juntas y las dos manos entrelazadas en el medio de la cama. Y los tres fueron pasando de una a la otra, alternando, sin apuro, con la mano en la espalda y la boca en el cuello.
—Este es el último —dijo Mateo—. El último de verdad.
—Mentira —dijo Vale.
—Mentira —admitió él.
Y cuando ya no daba más ninguno, los tres se sacaron y acabaron sobre las dos, cruzados, mezclados, en las espaldas y en las colas y en los huecos de los riñones. Las dos se quedaron ahí, en cuatro, embarradas las dos, y después se dieron vuelta y repitieron el juego: se limpiaron con los dedos, se lo pasaron por los pezones, se lo dieron a chupar a la otra, y se besaron hasta que se les acabó.
Se durmieron como pudieron, apretados, en la cama chaqueña. El Chino en un extremo, después Lucas, después Sofía en el medio, después Vale, después Mateo. Cinco cuerpos, el ventilador girando, la ventana abierta, las velas apagadas hacía rato.
Domingo
El asado fue en lo del Chino, como estaba previsto, con la mesa larga en el patio y el calor que ya empezaba a aflojar.
Estuvieron los cinco, más dos compañeros de laburo del Chino que no sabían nada de nada. Comieron, tomaron, discutieron de fútbol. El Chino contó un chiste malo. Vale se rió. Sofía le pasó el pan a Mateo. Lucas le sirvió vino a la Vale sin que nadie se lo pidiera.
Y ninguno de los dos compañeros de laburo sospechó nada. Ni cuando el Chino se quedó un segundo mirando a Sofía de más. Ni cuando Lucas y Vale se rieron al mismo tiempo de algo que nadie había dicho. Ni cuando Sofía, en un momento, se levantó a buscar hielo y los cuatro se quedaron en la mesa con la misma sonrisa de mierda.
A las seis de la tarde, cuando ya empezaba a bajar el sol, el Chino se acercó a Sofía con una cerveza en la mano y le habló bajito, al lado de la parrilla.
—Che.
—Qué.
—El sábado que viene, ¿hay algo?
Sofía lo miró y se rió.
—Hay.
—¿Y qué llevo?
—Vino.
El Chino asintió, tomó un trago, y se volvió a sentar con los otros.
Y así, sin darse cuenta, sin planificarlo, sin ponerle nombre, se cerró el círculo. Había empezado con una mirada en un bar de la avenida Sarmiento, un viernes de verano, con un vestido rojo y un novio que se dio cuenta de todo antes que ella. Y había terminado con cinco personas en una cama grande, una fantasía cumplida dos veces, y un chico nuevo pidiendo vino para el sábado que viene.
Porque en Resistencia, ciudad de calles anchas y un calor que no da tregua, las cosas se cocinan despacio, a fuego lento.
Y ellos cinco recién empezaban.

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