Sé que apenas ha pasado un día del Día de la Madre. Pero lo que ocurrió me tiene entre la culpa y la adrenalina por lo sucedido.
Este 18 de octubre pasado —para los que son de afuera—, ese día fue el Día de la Madre acá en Argentina. Un día típico para reunirnos en familia y compartir con la persona que nos dio la vida.
Pero este Día de la Madre no fue como cualquier otro. Este año mi vieja y yo lo tuvimos que pasar solos, atravesados por la tragedia. Hace unos meses mi hermano mayor falleció. No sé si la página lo permitía, pero él decidió por sus propios medios hacerlo. Era joven, de unos 35 años. Esa noticia nos atravesó muy fuerte a mi madre y a toda la familia. Quedamos completamente sorprendidos y devastados. No es fácil atravesar una situación así, pero con un poco de esfuerzo y terapia mi madre pudo salir un poco de la depresión, al igual que yo.
Mi madre no tiene familia cercana, así que durante esos meses la acompañé yo, y en algunas ocasiones mi mujer. Ella está divorciada, y mi padre jamás se hizo cargo después del divorcio, así que mi hermano y yo éramos su familia directa. Ahora solo quedo yo y mi mujer.
Como les decía, este año la celebración iba a ser un poco amarga por la situación que estábamos viviendo. Pero quería hacer algo especial por ella. No quería que la pasara triste en este día en el que todos salen a celebrar en familia.
Este año nos tocaba pasar el día con la familia de mi mujer. Ella es de otra provincia, así que debíamos viajar para estar con ellos. Pero por la situación, este año decidimos pasarlo separados: ella con su familia y yo con mi madre.
No quiero aburrirlos mucho, pero ya comprenden el contexto en el que toda esta situación se fue dando.
Llegó el día. Me levanté temprano, fui a comprar facturas, hice una extensa cola para comprar media docena y me subí al auto directamente hacia la casa de mi vieja.
Llegué y toqué el timbre. Ella estaba despierta. Me abrió la puerta con una bata y pantuflas. Le deseé un feliz día y entré a preparar unos mates.
Nos sentamos a desayunar y charlar. Me comentó que no había dormido esa noche, que había estado pensando en mi hermano y en otras cosas. Pero que no quería hablar de eso, no ese día.
Entonces le dije que se arreglara, que había reservado para que fuéramos a comer afuera. Al principio dudó, pero le insistí y finalmente aceptó la invitación.
Terminamos de desayunar y ella entró a su habitación a buscar ropa. Se duchó, se arregló un poco y salió lista con un vestido negro y unos tacones negros.

No me malinterpreten, pero para mí ella siempre había sido una mujer muy hermosa a pesar de su edad. No sé si es porque la veía como hijo o porque fue la primera mujer que vi como deseable, pero eso fue más que nada durante mi adolescencia. Pensé que eso había quedado atrás, pero verla así provocó que esos recuerdos resurgieran, aunque sin malas intenciones.
Subimos al auto y emprendimos viaje hacia el lugar que había reservado para almorzar. Llegamos y el lugar estaba explotado de familias, así que nos tocó esperar. Mientras hacíamos fila, mi madre y yo hablamos. Traté de levantarle el ánimo y le dije que se veía muy hermosa. Ella se rio y me dijo que no se sentía así, con su cara arrugada, que los años le habían pasado factura. Pero yo insistí en que ese día se veía muy linda.
Cuando llegó nuestro turno nos sentamos, pedimos y comimos muy bien. Estuvimos un rato hasta casi las dos de la tarde. Después la invité a caminar y pasamos por una cafetería donde comimos un postre.
Pero no terminó ahí. Mientras volvíamos le dije que le había comprado algo más: una botella de vino que había conseguido en una vinoteca cerca de casa. Así que cuando llegamos a la casa de mi vieja, entramos y abrimos la botella.
Y acá es donde todo comenzó a cambiar.
Mi madre trajo unas copas mientras yo abría la botella, y nos sentamos cómodos en el sillón a ver álbumes de recuerdos de nuestra familia.
Al principio todo fueron risas, recordando anécdotas, mientras bebíamos una tras otra copa de vino.
Supongo que fue el alcohol lo que nos fue desinhibiendo, pero no sé… tal vez esa fue la gota que hizo que tomáramos la decisión que yo tenía oculta en lo más profundo de mi ser.
Cuando el vino se acabó, mi madre se levantó y sacó de uno de sus muebles una botella de coñac que mi hermano le había regalado hacía algunos años. Estaba a tres cuartos. Me comentó que cada tanto se tomaba una copita para dormir.
Entonces seguimos bebiendo y viendo fotos, hasta que llegamos a las fotos de mi hermano cuando era chico. Eso quebró a mamá. Rompió en llanto sobre mi pecho y se culpaba por ser una mala madre y no haber estado ahí para nosotros. Yo no sabía cómo reaccionar. Solo frotaba mi mano sobre su espalda, intentando consolarla.
Esas caricias y ese acercamiento se fueron haciendo cada vez más intensos. Supongo que ambos buscábamos consuelo desesperadamente y el alcohol había hecho estragos.
Comencé besando su cabeza, su frente, hasta que finalmente quedamos cara a cara. Los ojos rojos de mi madre me miraron con intensidad. Su mano se posó sobre mi rostro y lo acarició dulcemente.
Había una tensión inexplicable en el ambiente y algo en mí me impulsó a hacer algo que jamás creí que podría hacer.
Me acerqué lentamente hacia su cara y ella se quedó ahí, inmóvil, sin rechazarme ni alejarse. Solo se dejó llevar.
Mis labios encontraron los suyos y nos fundimos en un beso dulce, tierno, suave, lleno de amor y ternura. De esos besos de novela.
Mi madre lo aceptó y me respondió abriendo levemente sus labios, dejándome meter la lengua dentro de su boca.
Mis manos se deslizaron por su cuello hacia sus brazos y finalmente se posaron sobre sus muslos, sobre la tela de su vestido.
Era una situación muy erótica y excitante. Por un segundo nos detuvimos, nos miramos, y pensé que ella entraría en razón y me golpearía o algo. Pero no.
Me tomó de la nuca y me llevó sobre ella mientras se recostaba en el sofá, abriendo levemente las piernas para que yo me acomodara encima con más comodidad.
Los besos se intensificaron. Era una batalla constante de nuestras lenguas, buscando quién tomaría el control.
Mis besos bajaron por su cuello y mis manos subieron hasta su pecho. Los apreté con firmeza y sentí la dureza del corpiño.
Mi madre soltó un leve gemido. Fue lo único que escuché de ella durante un largo rato, hasta que llegamos al punto sin retorno.
Mi erección empujaba contra el jean, frotándose contra ella. Movía la cadera con intensidad para que sintiera cómo estaba.
Ella puso las manos sobre mis hombros y me alejó unos instantes. Pensé que eso había sido todo y que había entrado en razón.
Pero no. Simplemente se levantó, se quitó el vestido sin decir una sola palabra y quedó frente a mí en ropa interior negra.

Se subió encima de mí, una pierna a cada lado de mi cuerpo, y continuamos con la intensa sesión de besos y caricias. Ella se movía sobre mi entrepierna. Yo no daba más: le besaba la boca, el cuello e intentaba quitarle el corpiño.
Cuando lo logré, sus pechos medianos y maduros quedaron frente a mis ojos. Esos que habían sido mi alimento ahora estaban disponibles para mi placer.
Me los llevé a la boca, uno por uno, intercalando lamidas y suaves mordidas, provocando así los gemidos de mi madre.
Mis manos se aferraron a sus nalgas suaves y algo caídas por los años y la falta de ejercicio. Pero no me importó. Esa mujer era perfecta para mí.
Ella, desesperada por no arrepentirse, comenzó a desabrocharme el pantalón. Metió la mano, sujetó mi verga completamente erecta y babeada de precum y, haciendo a un lado su bombacha, se dejó caer sobre mí, introduciendo así mi verga en su interior.
No puedo explicar lo placentero y maravilloso que fue entrar así en mi madre. Ese calor abrasador, esa sensación… no lo había sentido en toda mi vida.
Mi madre se movía y montaba con desesperación, con los ojos cerrados. Se dejó ir y dejó atrás, por unos instantes, esa tristeza que la había tenido prisionera durante meses. Fue el escape que necesitaba para sentirse viva otra vez.
Nos besamos con intensidad. Le agarraba las nalgas, acompañando sus movimientos frenéticos. Solo se escuchaban nuestros gemidos y el choque de nuestros cuerpos húmedos golpeando uno contra el otro.
Hasta que se cansó y se bajó de encima mío. Estaba exhausta, con la respiración entrecortada. Pero aun así me dijo que fuéramos a su habitación.
Nos besamos y fuimos a la habitación de mi vieja. No despegué la mirada de su culo. Entramos y nos desnudamos.
Ella me pidió que me acostara mientras quedaba desnuda frente a mí.
Yo me recosté en su cama con la pija apuntando al techo, mientras me tocaba para no perder la erección. Ella se quedó parada frente a mí y me miró unos segundos.

Me sonrió, se subió a la cama, tomó mi verga con su mano y empezó a pajearme con lentitud, mientras escupía un hilo de baba sobre el glande sin dejar de masturbarme.
Jamás creí estar en una situación igual. O si lo imaginé en algún momento, mi madre había superado todas mis expectativas.
Sin mucho preámbulo se metió mi verga en la boca y me dio la mejor chupada de pija de la vida. Estaba deseosa, desesperada, como si fuera la última verga que iba a ver. Se tomó todo el tiempo del mundo para probarla, saborearla y disfrutarla, lo cual a mí casi me hace venirme.


Hasta que no pude más. La tomé del mentón y la besé con desesperación.
La puse en cuatro sobre la cama y la ayudé a acomodarse para que su culo quedara bien empinado apuntando hacia mí.
La sujeté de la cadera y empecé a bombear y moverme como loco, mientras sus nalgas aplaudían con cada estocada que le daba.
Le di un par de nalgadas, porque esas nalgas lo pedían a gritos.
Mi vieja apenas gemía. No sé si por ser la primera vez todavía estaba tímida, pero sus manos se aferraban a las sábanas e intentaba contenerse.
Vi su ano. Parecía virginal, pero iba a ser mucho para ser la primera vez.


Después la giré y me la cogí de frente. Sus tetas bailaban, se mordía los labios mientras sus piernas se aferraban a mí. Mis brazos a cada lado de ella, me movía con intensidad. Ya estaba cerca de explotar. Quería venirme como sea. Las bolas ya me dolían, hasta que de un momento a otro llegó el clímax.
Me dejé ir dentro de mi madre, soltando un fuerte gemido de placer cerca de su oído.
Me quedé ahí unos instantes, luchando por recuperar el aire y no caer sobre ella, mientras llenaba su interior con mis fluidos.
Hasta que no pude más y la erección se fue perdiendo. Me salí y miré cómo de su interior se le escapaba mi leche.


Ella quedó ahí inmóvil. No dijo nada. Solo me abrazó y apoyó la cabeza en mi pecho, mientras dormitábamos un rato hasta quedarnos completamente dormidos.
Este 18 de octubre pasado —para los que son de afuera—, ese día fue el Día de la Madre acá en Argentina. Un día típico para reunirnos en familia y compartir con la persona que nos dio la vida.
Pero este Día de la Madre no fue como cualquier otro. Este año mi vieja y yo lo tuvimos que pasar solos, atravesados por la tragedia. Hace unos meses mi hermano mayor falleció. No sé si la página lo permitía, pero él decidió por sus propios medios hacerlo. Era joven, de unos 35 años. Esa noticia nos atravesó muy fuerte a mi madre y a toda la familia. Quedamos completamente sorprendidos y devastados. No es fácil atravesar una situación así, pero con un poco de esfuerzo y terapia mi madre pudo salir un poco de la depresión, al igual que yo.
Mi madre no tiene familia cercana, así que durante esos meses la acompañé yo, y en algunas ocasiones mi mujer. Ella está divorciada, y mi padre jamás se hizo cargo después del divorcio, así que mi hermano y yo éramos su familia directa. Ahora solo quedo yo y mi mujer.
Como les decía, este año la celebración iba a ser un poco amarga por la situación que estábamos viviendo. Pero quería hacer algo especial por ella. No quería que la pasara triste en este día en el que todos salen a celebrar en familia.
Este año nos tocaba pasar el día con la familia de mi mujer. Ella es de otra provincia, así que debíamos viajar para estar con ellos. Pero por la situación, este año decidimos pasarlo separados: ella con su familia y yo con mi madre.
No quiero aburrirlos mucho, pero ya comprenden el contexto en el que toda esta situación se fue dando.
Llegó el día. Me levanté temprano, fui a comprar facturas, hice una extensa cola para comprar media docena y me subí al auto directamente hacia la casa de mi vieja.
Llegué y toqué el timbre. Ella estaba despierta. Me abrió la puerta con una bata y pantuflas. Le deseé un feliz día y entré a preparar unos mates.
Nos sentamos a desayunar y charlar. Me comentó que no había dormido esa noche, que había estado pensando en mi hermano y en otras cosas. Pero que no quería hablar de eso, no ese día.
Entonces le dije que se arreglara, que había reservado para que fuéramos a comer afuera. Al principio dudó, pero le insistí y finalmente aceptó la invitación.
Terminamos de desayunar y ella entró a su habitación a buscar ropa. Se duchó, se arregló un poco y salió lista con un vestido negro y unos tacones negros.

No me malinterpreten, pero para mí ella siempre había sido una mujer muy hermosa a pesar de su edad. No sé si es porque la veía como hijo o porque fue la primera mujer que vi como deseable, pero eso fue más que nada durante mi adolescencia. Pensé que eso había quedado atrás, pero verla así provocó que esos recuerdos resurgieran, aunque sin malas intenciones.
Subimos al auto y emprendimos viaje hacia el lugar que había reservado para almorzar. Llegamos y el lugar estaba explotado de familias, así que nos tocó esperar. Mientras hacíamos fila, mi madre y yo hablamos. Traté de levantarle el ánimo y le dije que se veía muy hermosa. Ella se rio y me dijo que no se sentía así, con su cara arrugada, que los años le habían pasado factura. Pero yo insistí en que ese día se veía muy linda.
Cuando llegó nuestro turno nos sentamos, pedimos y comimos muy bien. Estuvimos un rato hasta casi las dos de la tarde. Después la invité a caminar y pasamos por una cafetería donde comimos un postre.
Pero no terminó ahí. Mientras volvíamos le dije que le había comprado algo más: una botella de vino que había conseguido en una vinoteca cerca de casa. Así que cuando llegamos a la casa de mi vieja, entramos y abrimos la botella.
Y acá es donde todo comenzó a cambiar.
Mi madre trajo unas copas mientras yo abría la botella, y nos sentamos cómodos en el sillón a ver álbumes de recuerdos de nuestra familia.
Al principio todo fueron risas, recordando anécdotas, mientras bebíamos una tras otra copa de vino.
Supongo que fue el alcohol lo que nos fue desinhibiendo, pero no sé… tal vez esa fue la gota que hizo que tomáramos la decisión que yo tenía oculta en lo más profundo de mi ser.
Cuando el vino se acabó, mi madre se levantó y sacó de uno de sus muebles una botella de coñac que mi hermano le había regalado hacía algunos años. Estaba a tres cuartos. Me comentó que cada tanto se tomaba una copita para dormir.
Entonces seguimos bebiendo y viendo fotos, hasta que llegamos a las fotos de mi hermano cuando era chico. Eso quebró a mamá. Rompió en llanto sobre mi pecho y se culpaba por ser una mala madre y no haber estado ahí para nosotros. Yo no sabía cómo reaccionar. Solo frotaba mi mano sobre su espalda, intentando consolarla.
Esas caricias y ese acercamiento se fueron haciendo cada vez más intensos. Supongo que ambos buscábamos consuelo desesperadamente y el alcohol había hecho estragos.
Comencé besando su cabeza, su frente, hasta que finalmente quedamos cara a cara. Los ojos rojos de mi madre me miraron con intensidad. Su mano se posó sobre mi rostro y lo acarició dulcemente.
Había una tensión inexplicable en el ambiente y algo en mí me impulsó a hacer algo que jamás creí que podría hacer.
Me acerqué lentamente hacia su cara y ella se quedó ahí, inmóvil, sin rechazarme ni alejarse. Solo se dejó llevar.
Mis labios encontraron los suyos y nos fundimos en un beso dulce, tierno, suave, lleno de amor y ternura. De esos besos de novela.
Mi madre lo aceptó y me respondió abriendo levemente sus labios, dejándome meter la lengua dentro de su boca.
Mis manos se deslizaron por su cuello hacia sus brazos y finalmente se posaron sobre sus muslos, sobre la tela de su vestido.
Era una situación muy erótica y excitante. Por un segundo nos detuvimos, nos miramos, y pensé que ella entraría en razón y me golpearía o algo. Pero no.
Me tomó de la nuca y me llevó sobre ella mientras se recostaba en el sofá, abriendo levemente las piernas para que yo me acomodara encima con más comodidad.
Los besos se intensificaron. Era una batalla constante de nuestras lenguas, buscando quién tomaría el control.
Mis besos bajaron por su cuello y mis manos subieron hasta su pecho. Los apreté con firmeza y sentí la dureza del corpiño.
Mi madre soltó un leve gemido. Fue lo único que escuché de ella durante un largo rato, hasta que llegamos al punto sin retorno.
Mi erección empujaba contra el jean, frotándose contra ella. Movía la cadera con intensidad para que sintiera cómo estaba.
Ella puso las manos sobre mis hombros y me alejó unos instantes. Pensé que eso había sido todo y que había entrado en razón.
Pero no. Simplemente se levantó, se quitó el vestido sin decir una sola palabra y quedó frente a mí en ropa interior negra.

Se subió encima de mí, una pierna a cada lado de mi cuerpo, y continuamos con la intensa sesión de besos y caricias. Ella se movía sobre mi entrepierna. Yo no daba más: le besaba la boca, el cuello e intentaba quitarle el corpiño.
Cuando lo logré, sus pechos medianos y maduros quedaron frente a mis ojos. Esos que habían sido mi alimento ahora estaban disponibles para mi placer.
Me los llevé a la boca, uno por uno, intercalando lamidas y suaves mordidas, provocando así los gemidos de mi madre.
Mis manos se aferraron a sus nalgas suaves y algo caídas por los años y la falta de ejercicio. Pero no me importó. Esa mujer era perfecta para mí.
Ella, desesperada por no arrepentirse, comenzó a desabrocharme el pantalón. Metió la mano, sujetó mi verga completamente erecta y babeada de precum y, haciendo a un lado su bombacha, se dejó caer sobre mí, introduciendo así mi verga en su interior.
No puedo explicar lo placentero y maravilloso que fue entrar así en mi madre. Ese calor abrasador, esa sensación… no lo había sentido en toda mi vida.
Mi madre se movía y montaba con desesperación, con los ojos cerrados. Se dejó ir y dejó atrás, por unos instantes, esa tristeza que la había tenido prisionera durante meses. Fue el escape que necesitaba para sentirse viva otra vez.
Nos besamos con intensidad. Le agarraba las nalgas, acompañando sus movimientos frenéticos. Solo se escuchaban nuestros gemidos y el choque de nuestros cuerpos húmedos golpeando uno contra el otro.
Hasta que se cansó y se bajó de encima mío. Estaba exhausta, con la respiración entrecortada. Pero aun así me dijo que fuéramos a su habitación.
Nos besamos y fuimos a la habitación de mi vieja. No despegué la mirada de su culo. Entramos y nos desnudamos.
Ella me pidió que me acostara mientras quedaba desnuda frente a mí.
Yo me recosté en su cama con la pija apuntando al techo, mientras me tocaba para no perder la erección. Ella se quedó parada frente a mí y me miró unos segundos.

Me sonrió, se subió a la cama, tomó mi verga con su mano y empezó a pajearme con lentitud, mientras escupía un hilo de baba sobre el glande sin dejar de masturbarme.
Jamás creí estar en una situación igual. O si lo imaginé en algún momento, mi madre había superado todas mis expectativas.
Sin mucho preámbulo se metió mi verga en la boca y me dio la mejor chupada de pija de la vida. Estaba deseosa, desesperada, como si fuera la última verga que iba a ver. Se tomó todo el tiempo del mundo para probarla, saborearla y disfrutarla, lo cual a mí casi me hace venirme.


Hasta que no pude más. La tomé del mentón y la besé con desesperación.
La puse en cuatro sobre la cama y la ayudé a acomodarse para que su culo quedara bien empinado apuntando hacia mí.
La sujeté de la cadera y empecé a bombear y moverme como loco, mientras sus nalgas aplaudían con cada estocada que le daba.
Le di un par de nalgadas, porque esas nalgas lo pedían a gritos.
Mi vieja apenas gemía. No sé si por ser la primera vez todavía estaba tímida, pero sus manos se aferraban a las sábanas e intentaba contenerse.
Vi su ano. Parecía virginal, pero iba a ser mucho para ser la primera vez.


Después la giré y me la cogí de frente. Sus tetas bailaban, se mordía los labios mientras sus piernas se aferraban a mí. Mis brazos a cada lado de ella, me movía con intensidad. Ya estaba cerca de explotar. Quería venirme como sea. Las bolas ya me dolían, hasta que de un momento a otro llegó el clímax.
Me dejé ir dentro de mi madre, soltando un fuerte gemido de placer cerca de su oído.
Me quedé ahí unos instantes, luchando por recuperar el aire y no caer sobre ella, mientras llenaba su interior con mis fluidos.
Hasta que no pude más y la erección se fue perdiendo. Me salí y miré cómo de su interior se le escapaba mi leche.


Ella quedó ahí inmóvil. No dijo nada. Solo me abrazó y apoyó la cabeza en mi pecho, mientras dormitábamos un rato hasta quedarnos completamente dormidos.
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