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Relato real , el señor Alonso

Este relato esta basado en hechos reales

Hola. Soy Luis. Tengo treinta y cinco años, soy gerente de una empresa de material eléctrico y, hasta hace un año, creía que el deseo más oscuro que podía albergar era ver a mi esposa Flor con las piernas abiertas y el coño rebosante de otro hombre.
Flor tiene treinta y cinco también. Es morena, mide uno sesenta y cinco, hace ejercicio con disciplina y conserva un cuerpo que parece tallado para pecar: caderas anchas, un culo levantado y pesado que se mueve con cada paso, muslos gruesos y un coño carnoso, grande, siempre caliente. Las tetas no son enormes, pero están firmes, bien formadas, con pezones oscuros que se ponen duros apenas se les roza.

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Todo empezó una noche de copas y sexo. Yo, con el pene todavía dentro de ella, le confesé lo que llevaba años guardando. Que quería verla follada por alguien más dotado, más bruto, más macho. Ella dudó, se rio nerviosa, me miró como si estuviera loco… y al final aceptó.
La primera vez fue un desastre. Un cubano de veinticinco años, delgado, fuerte, con una verga enorme que le dolió. La taladró en todas las posiciones, pero sin ritmo, sin cuidado, sin saborearla. Flor salió de ahí con el coño irritado y el alma fría. “No me gustó”, dijo. “Fue demasiado rápido, demasiado mecánico”.
Insistí. Mientras la follaba en casa, le susurraba al oído imágenes de otros hombres abriéndola, llenándola, usándola. Poco a poco la resistencia se fue derritiendo.
La segunda vez fue Carlos. Veintisiete años, guapo, atento, con una verga gruesa y bien curvada. Durante seis meses casi no fallamos una quincena. A veces cada semana. Yo grababa, me jalaba la verga, escuchaba los gemidos de Flor y el sonido húmedo de ese coño tragándose a otro. Siempre con condón, aunque ella está operada. Carlos era bueno. Demasiado bueno. Cuando se tuvo que ir de la ciudad por trabajo, Flor se quedó triste… y yo también.
Y entonces, una noche en la cama, todavía calientes y con el semen mío escurriéndole por el muslo, ella me confesó algo que me dejó sin aire:
—Quiero un hombre mayor. Fuerte. Con manos grandes. Feo, formal, de esos que se ven que han vivido… y que te follen como si fueras suya.
Yo le confesé lo mismo. Que también soñaba con verla debajo de un maduro, de esos que saben exactamente qué hacer con una hembra.
Busqué. En grupos, en chats, en Facebook. La mayoría eran asquerosos, flácidos o con vergas ridículas. Hasta que apareció Destapacoños70. Alonso. Cincuenta y seis años. Plomero. Me envió fotos: cuerpo todavía firme, brazos tatuados, y una verga ancha, morena, pesada, de esas que se ven capaces de abrir cualquier coño.
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Le mandé fotos de Flor en traje de baño y en tanga. Él se quedó callado un rato. Después escribió:

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“Ese culo merece lo que yo tengo.”
Le pasé el WhatsApp de Flor. Les di tips: qué comía, qué música escuchaba, cómo le gustaba que la tocaran, qué posiciones la hacían correrse más rápido. Durante una semana la vi sonreír al celular como una adolescente.
—Mañana vamos a conocerlo —me dijo finalmente—. En la plaza del centro.
Esa plaza. Palmeras altas, el carrito de churros, gente caminando sin saber que un hombre de cincuenta y seis años iba a empezar a poseer a mi mujer delante de mí.
Flor llegó con el top rosa ajustado que le marcaba las tetas y los leggins grises rayados que se le metían entre las nalgas como si quisieran desaparecer. Yo me quedé unos metros atrás, fingiendo revisar el celular. Ella caminó hacia él. Alonso la miró de arriba abajo sin disimulo. Traía un ramo de rosas rojas. Se quitó los lentes oscuros un segundo, la estudió, y se los volvió a poner.
—Ven acá, mija.
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Flor se acercó. Él le entregó las rosas. Ella agradeció. Entonces la tomó de la cintura con una sola mano y la atrajo contra su pecho. El contraste era brutal: el cuerpo joven y voluptuoso de ella contra el torso maduro y firme de él. Y la besó.
No fue un beso de presentación. Fue un beso de posesión. Lento, profundo, con lengua. Flor se puso de puntillas. Sus manos subieron al cuello de él. Las manos grandes y tatuadas de Alonso bajaron y se cerraron sobre ese culo enorme, apretándolo, amasándolo, separando las nalgas a través de la tela. Yo sentí la verga endurecerse de golpe, el corazón en la boca, el pre-semen ya manchándome los boxers.
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Cuando se separaron, Flor tenía los labios hinchados y la mirada perdida.
—Vamos a beber algo —dijo Alonso con esa voz ronca—. Tu marido puede venir… o puede quedarse aquí viendo cómo te llevo.
Flor me miró. Yo asentí. Y los seguí.
Caminaron de la mano como si fueran novios de dieciocho años. Reían. Nunca se soltaron. Yo iba detrás, con la verga ya dura y la cabeza llena de imágenes.
El bar se llamaba El Encuentro. Oscuro, rústico, de clase trabajadora. Nos sentamos en una mesa alejada. Alonso se pegó a ella. Yo quedé un poco relegado, como correspondía. Le susurraba cosas al oído y ella se reía y se ponía colorada. A mí me decía:
—Qué buena mujer tienes, Luis. Mira qué par de bombones. Ese culo… ese culo está hecho para ser agarrado con fuerza.
Nos preguntó desde cuándo hacíamos esto. Les contamos. Él escuchó con atención y después dijo que no se andaba con juegos: quería algo serio, algo fijo, algo de fines de semana.
Tomamos un par de tragos. Alonso no dejaba de tocarla: la rodilla, la cintura, el muslo. Cuando Flor se levantó para ir al baño, él me miró de frente:
—Eres un suertudo, cornudo. Qué hembra tienes.
—Tú también tienes suerte —le respondí—. Alonso.
Sonó una cumbia. Él la invitó a bailar. La pegó a su cuerpo, le puso las manos en las caderas, a veces le bajaba una hasta el culo y lo apretaba. Flor se lo quitaba riendo, nerviosa, un poco incómoda… pero no se alejaba. Se veía que le gustaba. Que le gustaba demasiado.
Después de un rato más de tragos y de acoso descarado, Flor fue la que habló:
—Vamos a tu departamento.
Alonso sonrió. Me miró.
—¿Puede irse conmigo en la camioneta?
Flor se rio y negó con la cabeza. Yo tampoco lo habría permitido. Así que lo seguimos en nuestro auto.
El departamento olía a hombre. A colonia barata, a trabajo, a años de vida. Alonso no perdió tiempo. Empujó a Flor contra la pared del pasillo y le bajó los leggins hasta media nalga. Su mano grande se metió entre sus piernas desde atrás.
—Estás empapada, amor… y todavía ni te toco bien.
Flor gimió. Yo me senté en el sillón, saqué la verga y empecé a grabar con el celular tembloroso.
Alonso la volteó, le subió el top rosa y le chupó una teta mientras le metía dos dedos gruesos. El coño de Flor hacía ruidos obscenos, húmedos, vergonzosos. Él se rió bajito.
—Tu marido tiene razón. Este coño está hecho para ser usado por hombres de verdad.
Sacó la verga. Gruesa, morena, pesada, con las venas marcadas. La puso en la entrada del coño de ella. Cuando se la metió, Flor gritó. No de dolor. De plenitud.
La verga de Alonso era ancha. Se le abrió el coño de una forma que yo nunca había logrado. Él la cogió de pie, contra la pared, con una mano en su nuca y la otra aferrada a una nalga. Cada embestida hacía que el culo de Flor temblara. El sonido de la piel contra la piel llenaba el departamento. Yo me la jalaba con fuerza, repitiendo en voz baja:

—Cógetela… cógetela fuerte… es tuya…
Se fueron a la recámara ya desnudos. Alonso la puso de cuatro en la cama. Le abrió las nalgas con ambas manos y se la metió hasta el fondo. Flor enterró la cara en la almohada y empujó hacia atrás, buscando más. Él le dio una nalgada seca.
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—Eso. Muévete, mija. Muévele el culo a tu cornudo.
Flor se movía. Se movía como nunca se había movido conmigo. El coño le bababa por los muslos. Cada vez que Alonso se retiraba casi por completo y volvía a entrar de un solo golpe, ella soltaba un gemido largo, ronco, animal.
Yo me corrí primero. Me corrí viendo cómo ese hombre de cincuenta y seis años se la follaba como si fuera suya desde siempre. Cómo le apretaba el cuello. Cómo le hablaba sucio. Cómo le decía “mi putita” y “mi hembra” mientras le reventaba el coño.

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Cuando Alonso se corrió, lo hizo adentro. Sin preguntar. Se quedó profundo, respirando pesado, y Flor temblaba debajo de él, con las piernas abiertas y el semen empezando a salirle por los lados.
Después se la cogió otra vez. Más lento. Más profundo. Haciéndola mirarme a los ojos mientras él se la embestía.
—Míralo —le decía—. Mírale la cara a tu marido. Dile que ahora tú serás mi hembra y yo seré tu macho… y que te voy a llenar cada semana.
Flor me miró. Tenía los ojos vidriosos, la boca entreabierta, el maquillaje corrido. Y sonrió. Una sonrisa pequeña, cansada y completamente entregada.
Siguieron follando. Se corrieron juntos.
Esa noche, mientras Alonso se duchaba, Flor se acercó a mí todavía con el semen escurriéndole por las piernas. Me besó. Me dejó probarlo.
—Me gustó, Luis… me gustó mucho. Quiero que vuelva.
Yo le limpié el coño con la lengua, saboreando a los dos, y solo pude contestar:
—Va a volver. Y la próxima vez te va a cojer todavía más fuerte.
Porque ya no había marcha atrás.
Porque ahora sabíamos exactamente qué tipo de hombre necesitaba el cuerpo de Flor.

1 comentarios - Relato real , el señor Alonso

poringuerotuc +1
Las mujeres mexicanas y más precisamente las hotwife mexicanas son de lo mejor de este mundo , lo dice un argentino viviendo en estas hermosas tierras y que tuvo la suerte de disfrutarlas , gracias México !