El sábado, Sofía se levantó antes que Mateo y se puso a ordenar la casa como si viniera gente importante. Cambió las sábanas, puso toallas limpias en el baño, sacó la botella buena del mueble y la dejó respirar. Y en el medio de todo eso, en un momento en que se agachó a levantar un par de zapatillas del piso, se dio cuenta de algo: ella era la que organizaba. Ella era la que había armado todo. Lucas había sido el primero, la Vale había sido la segunda, y las dos veces la idea había salido de su cabeza.
Mateo apareció en la cocina en calzoncillos, con la cara dormida, y la encontró revolviendo la alacena.
—¿Y a vos qué te pasó?
—Nada.
—Estás ordenando.
—Sí.
—Nunca ordenás.
Sofía se dio vuelta con un paquete de fideos en la mano.
—Estoy nerviosa.
Mateo se rió y la abrazó por atrás.
—¿Vos estás nerviosa? Vos sos la que empezó todo esto.
—Por eso. Antes yo era la que se dejaba llevar. Ahora soy la que arma.
—Y te gusta.
Sofía se quedó un segundo callada, con la espalda contra el pecho de él.
—Sí. Me gusta. Y me da un poco de miedo que me guste tanto.
Mateo le dio un beso en el hombro.
—Bueno. Miedo y todo, ¿el sábado sigue en pie?
—Sigue.
—¿Y la Vale?
—Ya llega. Le dije a las ocho.
—¿Y Lucas?
—A las nueve. —Sofía se separó y lo miró—. Y no le dijimos nada de la Vale. Quiero verle la cara.
Mateo levantó las cejas.
—Sos mala.
—Soy curiosa.
Vale llegó a las ocho con el pelo mojado y una bolsa del super. Trajo hielo, limones y dos botellas de cerveza artesanal que sabía que a Mateo le gustaban, y cuando Sofía le abrió la puerta las dos se abrazaron como si no se hubieran visto en meses, aunque se habían visto hacía cinco días.
—¿Y Lucas? —preguntó Vale, sacándose las sandalias.
—A las nueve.
—¿Sabe algo?
—Nada.
Vale se rió y se fue directo a la cocina, como si viviera ahí. Abrió la heladera, acomodó el hielo, le sacó los limones a Sofía de la mano y se puso a cortar.
—Che —dijo, mientras cortaba—. ¿Cómo es Lucas?
—Ya lo conocés.
—Conocé, conocé. Lo conozco de las juntadas. Del asado, del boliche. —Vale levantó la cabeza—. No lo conozco como lo conocés vos.
Sofía se apoyó en la mesada.
—Es directo. Dice lo que piensa. No se hace el misterioso.
—¿Como yo?
—Como vos.
Vale se rió.
—¿Y le va a molestar que esté yo acá?
—No sé. —Sofía se encogió de hombros—. Va a caer de golpe. Eso sí.
—¿Y si se enoja?
—No se va a enojar. —Sofía le sacó un pedazo de limón de la tabla y se lo comió—. Lucas nunca se enoja. Pero capaz que se pica un poco. Es el único que no sabía nada.
—Ah. —Vale siguió cortando—. O sea que hoy soy la que se suma a la fiesta de otro.
—No. Hoy sos la que ya está adentro y llega el que falta.
Vale levantó la vista y le sostuvo la mirada un segundo largo.
—Gracias —dijo.
—¿Por qué?
—Por decirlo así.
Lucas llegó a las nueve y cinco, con dos pizzas y una caja de cerveza, y entró hablando desde la puerta.
—Che, qué olor, ¿hicieron algo rico o están de joda sin mí? —Dejó las cosas en la mesa, se sacó la campera y saludó a Mateo con un abrazo de esos que se dan los amigos, con palmada en la espalda—. ¿Todo bien, boludo?
—Todo bien.
—¿Y Sofi?
Lucas se dio vuelta y ahí la vio. Vale estaba sentada en el sillón individual, con una cerveza en la mano, las piernas cruzadas, el pelo todavía húmedo, y una remera corta que le dejaba la cintura al aire. Lo miró y le sonrió sin decir nada.
Lucas se quedó quieto, con una mano todavía en la campera que estaba por colgar.
—Pará.
—Hola, Lucas —dijo Vale.
—Pará. —Lucas miró a Sofía, después a Mateo, después otra vez a Vale—. ¿Qué hace ella acá?
—Lo mismo que hacías vos —dijo Sofía.
Lucas abrió la boca. La cerró. Después se rió, con una risa corta, incrédula, y se pasó la mano por la barba.
—¿Estás jodiendo?
—No.
—¿Desde cuándo?
—Desde el viernes pasado —dijo Vale, tranquila, con la cerveza en la mano—. Cinco días. Y vos, ¿desde cuándo?
Lucas se quedó un segundo.
—Desde hace meses.
—Ah. —Vale tomó un trago—. Así que sos el original.
—Y vos sos la nueva.
—Soy la que ya está adentro. Y vos sos el que falta.
Lucas se quedó parado en el medio del living, mirándola, y después se rió de nuevo, más largo, y se sentó en el otro extremo del sofá.
—Mateo, la concha de tu madre. Me podías haber avisado.
—Sofi quería ver tu cara.
—¿Y?
—Y ya la vi —dijo Sofía, sentándose en el medio—. Valió la pena.
Comieron pizza los cuatro, con la tele de fondo y la botella buena abierta, y al principio había un poco de tirantez. Lucas miraba a Vale de reojo, y Vale lo miraba a Lucas, y los dos se medían. No era incomodidad. Era reconocimiento: dos personas que habían llegado al mismo lugar por el mismo camino y que estaban averiguando qué tan parecidos eran.
En un momento, Lucas se levantó a buscar hielo. Vale se levantó también, dijo que iba al baño, y en realidad fue a la cocina.
Sofía, desde el sofá, escuchó las voces bajar de volumen.
—¿Te molesta que esté yo? —preguntó Vale.
—No. Me sorprende. Nada más.
—¿Nada más?
—Nada más. —Silencio de un segundo—. Che.
—Qué.
—¿Cómo fue? Digo, la primera vez.
—Miré. Después me cogió él. Después los dos me miraron y... —Vale se rió—. Después pasó todo lo que vos te imaginás que pasó.
—La puta madre.
—¿Y con vos cómo fue?
—Con Sofi. En el sofá. Con Mateo mirando desde el piso.
—¿Desde el piso?
—Sentado en el piso, como en el cine.
Vale se rió bajito.
—Estos dos son de locos.
—Sí. —Silencio—. Che, Vale.
—Qué.
—No te pienses que sos la segunda.
—No me lo pienso.
—Bueno. —Lucas bajó la voz—. Porque yo tampoco soy el primero. El primero fue ella.
Sofía, desde el living, sintió el ruido de un beso corto. Después otro. Después el ruido de la puerta de la heladera cerrándose sin que nadie hubiera sacado nada.
Cuando volvieron a la mesa, Lucas tenía el pelo un poco revuelto y Vale la remera un poco torcida, y los dos tenían la misma sonrisa de mierda. Sofía los miró y se puso de pie.
—Bueno —dijo—. Se acabó la pizza.
Apagó la luz grande, dejó la lámpara del rincón y puso música baja. Y esta vez no hubo preámbulo, ni besos en el sofá, ni juegos de a poco. Se sentó en el piso, con la espalda contra la base del sofá, como se había sentado el viernes anterior: su lugar, el que había sido de Mateo. Les señaló el sofá a los otros tres.
—Ustedes tres. Ahí. Y hagan lo que quieran.
Mateo se sentó en el medio. Vale y Lucas, de un lado y del otro. Y arrancaron los tres juntos, sin orden, con las manos por todos lados. Vale le sacó la remera a Mateo. Lucas le bajó los breteles a Vale. Mateo le desabrochó el corpiño a Vale y le agarró una teta con la boca. Vale le bajó el jean a Lucas y le metió la mano adentro del calzoncillo. Y Sofía, desde el piso, con las piernas estiradas y una cerveza en la mano, miraba todo con una calma que no se parecía en nada a la Sofía tímida del primer bar.
Los dejó hacer un rato largo. Los dejó besarse, sacarse la ropa, tocarse. Vio a Vale con la mano en la pija de Lucas y a Lucas con la mano en la concha de Vale, y a Mateo besándole el cuello a ella mientras le apretaba las tetas. Vio a Lucas y a Mateo mirarse por encima del hombro de Vale y sonreírse como dos boludos.
En un momento, Vale se separó y le habló a Sofía desde el sofá:
—Che, ¿vos no venís?
—Todavía no.
—¿Y hasta cuándo?
—Hasta que se me cante.
Lucas se rió.
—Está endiosada.
—Está bien que esté endiosada —dijo Mateo—. Es la que arma todo.
Vale se levantó del sofá y caminó hasta el piso, desnuda, con las tetas grandes moviéndose, y se agachó delante de Sofía.
—Vení —dijo, y le tendió la mano—. Sentate ahí.
Le señaló el sillón individual. Sofía levantó la cabeza y la miró.
—¿Ese es el tuyo.
—Era. Ahora es tuyo. —Vale la levantó de la mano—. Yo ya miré lo que tenía que mirar. Ahora te toca mandar a vos.
Sofía se sentó en el sillón individual, con las piernas cruzadas, y desde ahí la escena se veía distinta: los tres en el sofá, a tres metros, en fila, mirándola a ella esperando la orden. Vale se paró al lado del sillón, apoyada en el apoyabrazos.
—¿Y a vos qué te gusta más? —le preguntó Vale al oído—. ¿Mirar o que te miren?
Sofía levantó la cabeza y le sostuvo la mirada.
—Las dos.
—Ah, entonces sos igual que él. —Vale señaló con la cabeza a Mateo—. Y que yo.
—Entonces estamos todos iguales. —Sofía le puso la mano en la cadera—. Y eso está bueno.
Se levantó, la besó, y desde ahí ya no se despegaron. Se fueron los cuatro a la pieza.
En la cama grande, Sofía volvió a tomar el mando. No porque los otros se lo disputaran, sino porque los tres se lo daban. Se sentó contra el respaldo y empezó a repartir.
—Mateo, vos con Vale. De frente. Lucas, vos mirá un rato. Y después te toca.
Lucas se sentó al costado, en el borde de la cama, y obedeció. Mateo se puso encima de Vale, de frente, y le entró despacio, mirándola a la cara. Vale le agarró la espalda, le clavó las uñas, y Sofía se acostó al lado de ella para hablarle al oído.
—¿Viste cómo se siente cuando te la meten despacio?
—Sofi...
—Contestá.
—Sí.
—¿Y cuándo te la meten rápido?
—También.
—Bien. Ahora mirá a Lucas. Está ahí, esperando, con la pija dura. Mirándote.
Vale giró la cara. Lucas la estaba mirando de verdad, con la boca abierta, pajéandose despacio. Y eso la puso peor. Sofía se dio cuenta.
—¿Te gusta que te mire?
—Sí.
—¿Y te gustaría tenerlos a los dos?
Vale gimió, sin contestar. Sofía insistió.
—Contestá.
—No sé.
—¿Cómo que no sé?
—Que no sé si puedo con dos, boluda. —Vale cerró los ojos—. El viernes te dije que no me animaba. Y ahora, con los dos acá, mirándome... no sé.
—¿Ganas tenés?
—Ganas tengo.
—Entonces se puede. —Sofía le dio un beso en la boca—. Y si no te da, paramos. Pero si te da, te vas a acordar toda la vida.
Mateo acabó primero, en la panza de Vale, y se dejó caer al costado. Y ahí Lucas no esperó más: se puso encima de Vale y le entró él, mientras ella todavía tenía la panza mojada con la leche de Mateo. Vale gritó bajito.
—Uy.
—¿Todo bien? —preguntó Lucas, frenando.
—Todo bien. Seguí. Seguí.
Y Lucas siguió. La cogió más fuerte que Mateo, más rápido, con las dos manos en las caderas. Vale se agarraba de las sábanas y miraba a Sofía, buscándola, como si necesitara permiso para cada gemido. Sofía le sostenía la mirada y le acariciaba el pelo.
—Miralo —le decía—. Miralo a la cara. Que sepa que te gusta.
—Le gusta —dijo Lucas, entre dientes.
—¿Ves que le gusta? —le preguntó Sofía a Vale.
—Sí.
—¿Y qué más querés?
Vale cerró los ojos un segundo. Después los abrió y dijo, en voz baja, como si se lo estuviera confesando a sí misma:
—Quiero probar lo otro.
—¿Qué cosa?
—Lo de los dos.
Sofía se quedó un segundo quieta. Después se sentó en la cama y empezó a organizar.
—Mateo, vos te sentás ahí, contra el respaldo. Vale, vos encima de él, de espaldas. Lucas, vos atrás. —Le puso la mano en el pecho a Lucas y lo frenó—. Y despacito. Que se acostumbre. Si dice que pare, se para.
—Listo —dijo Lucas.
Mateo, que había acabado hacía diez minutos, se pajeó un par de veces mirándolas y ya estaba listo de nuevo.
—Tengo treinta y dos, no ochenta —dijo, cuando Vale lo miró sorprendida.
Se acomodaron. Mateo se sentó contra el respaldo con las piernas abiertas. Vale se sentó sobre él, de espaldas, y bajó despacio hasta que la pija de Mateo le entró entera. Se quedó ahí un segundo, apoyada en el pecho de él, respirando. Después se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en las rodillas de Mateo, y se quedó así, con la cola alta y la espalda al aire, dándole lugar a Lucas.
—Así está bien —dijo Sofía—. Así le das lugar.
Lucas se puso detrás, de rodillas. Le pasó un dedo mojado por el culo. Después dos. Vale apretó los dientes.
—¿Bien? —preguntó Lucas.
—Bien. Poné.
Lucas apoyó la punta y empujó despacio. Vale se agarró de las rodillas de Mateo y se quedó quieta. Lucas entró hasta el fondo y se frenó.
—¿Todo bien?
—Sí. Esperá.
Se quedaron los tres quietos, conectados, respirando. Sofía se puso de rodillas al lado de la cama, a la altura de la cara de Vale, y le levantó el mentón.
—Respirá. Despacito. Y cuando quieras, movete.
Vale respiró. Contó hasta tres. Y se movió.
Y ahí se le rompió la cabeza. Los dos se movieron con ella, coordinados, uno entrando mientras el otro salía, despacio, sin apuro, y Vale empezó a gemir con una voz que Sofía no le había escuchado nunca. Mateo le agarraba las tetas por atrás. Lucas le agarraba las caderas y la guiaba. Y ella, en el medio, se apoyó en las manos sobre la cama, al lado de las caderas de Mateo, y quedó en cuatro sobre él, con los dos adentro, arqueada, temblando.
—Ay, así. Así. No paren. No paren.
—¿Te gusta? —le preguntó Lucas al oído.
—Sí. Me encanta. Me encanta.
—¿Ves que podías? —le dijo Sofía.
—Sofi.
—¿Ves que podías, putita?
Vale se rió entre gemidos.
—Sí.
Y ahí Sofía tiró la frase, con la boca pegada al oído de Vale, con la mano en su mejilla:
—¿Viste que sí te aguantás dos pijas para vos? Seguro con tres también, putita. Me lo imagino, lo pienso, y me acabo toda.
Vale gritó. De verdad gritó, con los dos adentro, y Sofía sintió cómo se le apretaba todo el cuerpo. Mateo y Lucas siguieron, más fuerte, más parejo, hasta que Vale se vino con un gemido largo que se le cortó en la mitad. Se quedó temblando, con la cara contra la almohada, y los dos la sostuvieron hasta que dejó de temblar.
Después acabaron ellos. Lucas se sacó primero, se la pajeó y le acabó en la espalda baja, sobre el hueco de los riñones. Mateo esperó un poco más, se la sacó de abajo y acabó hacia arriba, sobre las tetas de Vale, que le colgaban justo encima del pecho. Vale se quedó ahí, en cuatro sobre él, con la espalda embarrada de uno y las tetas del otro, y se reía sin poder parar.
Sofía se acercó y miró. Y después hizo lo que ya sabía hacer: metió los dedos, levantó un poco de las dos leches mezcladas, y se la llevó a la boca de Vale. Vale la chupó mirándola.
—Está rico —dijo.
—¿Ves?
—Sí.
—Ahora te toca a vos —dijo Sofía, y se dio vuelta hacia los chicos.
Y se puso en cuatro ella también, al lado de Vale. Las dos colas juntas otra vez, la rubia flaca y la morocha de caderas anchas, las dos mojadas, las dos abiertas. Mateo y Lucas se miraron y se rieron como dos pibes.
—¿Y forro? —preguntó Lucas.
—Sin forro —dijo Mateo—. Como el viernes.
—¿Y el Chino?
—El Chino ve cuando venga.
—¿Y ahora? —preguntó Lucas.
—Ahora turnos —dijo Sofía—. Y después vemos.
Cogieron hasta que se les acabaron las fuerzas. Lucas con Sofía, Mateo con Vale, después al revés, después los dos con Sofía a la vez, uno adelante y uno atrás, y Sofía descubriendo en carne propia eso que le había dicho a Vale cinco minutos antes. Cuando terminó, con los dos adentro, se vino con la boca abierta y sin hacer ruido, y después se dejó caer de costado, agotada.
Nadie habló por un rato. Los cuatro tirados en la cama grande, transpirados, con la ventana abierta y el fresco entrando.
Después Lucas, que estaba boca arriba mirando el techo, tiró la pregunta:
—Che. ¿Y ahora qué soy yo?
—¿Qué querés ser? —dijo Sofía.
—No sé. —Lucas se rió—. Hoy llegué pensando que era el que se sumaba a lo de ustedes dos, y me encontré con que hay una mina sentada en el sillón individual como si fuera el trono.
—Es el trono —dijo Vale, desde el otro lado.
—Ya sé que es el trono, boluda. Por eso lo digo.
Mateo se rió desde su rincón.
—Los sábados ahora son de los cuatro —dijo—. Antes eran de Lucas solo, ahora son de todos. Los viernes son de la Vale. Y los martes, si pintan, son de quien esté.
—Estás armando una agenda —dijo Lucas.
—Estoy armando un club.
—Y yo entré a un club sin que me avisen.
—Bienvenido —dijo Vale.
Lucas se quedó callado un segundo. Después se dio vuelta y la miró.
—Gracias.
Y se rieron los cuatro, y en esa risa se terminó de acomodar algo. No era un experimento. Era un grupo.
Sofía, en un momento, mirando el techo, lo dijo en voz alta.
—Che. Se los tengo que confesar. A vos, Lucas, porque a estos dos ya se los conté.
—¿Qué cosa? —preguntó Lucas.
—Una fantasía. —Sofía se giró, apoyada en un codo—. A mí me gustaría que me enfiesten tres tipos. Los tres encima mío, yo en el medio. Y que vos, Vale, mires desde el sillón, con la copa, como miré yo. Y después, cuando ya no doy más, darme vuelta y verte a vos con los tres.
Lucas se sentó en la cama.
—¿Tres?
—Tres.
—Mateo, yo y... —Lucas contó con los dedos—. Falta uno.
—Falta uno —dijo Sofía.
—El Chino.
—El Chino dijo que no.
—El Chino dijo "mientras no me metan a mí, todo bien" —dijo Lucas, y agarró el celular de la mesa de luz—. ¿Y ahora lo estamos metiendo, no?
—Lo estamos metiendo —dijo Mateo.
—Entonces el Chino se aguanta. —Lucas abrió el chat—. ¿Le escribo?
—Escribile.
Lucas escribió y mandó. Después puso el celular en altavoz, para que escucharan todos.
"Che, Chino. ¿El sábado que viene estás?"
Tardó dos minutos. El Chino, como siempre, contestando rápido a cualquier hora.
"Sí, ¿por?"
"¿Te venís a lo de Mateo? Hay pizza."
"Y sí. ¿Llevo algo?"
Lucas miró a los otros tres. Vale levantó la mano.
—Decile que traiga vino.
"Traé vino."
"¿Y qué más?"
Mateo se rió y le sacó el celular a Lucas.
"Nada más. Vos vení."
El Chino tardó un rato más. Después:
"Uh. Esas tres palabras me dan miedo."
"Vení y listo", escribió Mateo.
"Listo."
Lucas apagó el celular y lo tiró sobre la mesa de luz.
—Listo —dijo—. El sábado que viene somos cinco.
Sofía se dejó caer de espaldas en la almohada, con una sonrisa que no podía tapar. Vale se estiró y le agarró la mano. Mateo le puso la mano en la panza. Lucas se acostó del otro lado y le dio un beso en el hombro.
—Che, Sofi —dijo Vale, en voz baja, con la cara contra la almohada—. ¿Vos te imaginás lo del sábado y te acabás de verdad?
—Todas las noches desde que te conocí —dijo Sofía.
—¿Y con los tres?
—Con los tres me muero.
Se rieron las dos, bajito. Y después se durmieron los cuatro, apretados, en la cama chaqueña, con el ventilador girando y la ventana abierta.
Afuera, en el chat, el Chino escribió un último mensaje que nadie leyó hasta la mañana siguiente:
"Che. ¿Alguien me puede explicar por qué me pidieron vino y nada más?"
Mateo apareció en la cocina en calzoncillos, con la cara dormida, y la encontró revolviendo la alacena.
—¿Y a vos qué te pasó?
—Nada.
—Estás ordenando.
—Sí.
—Nunca ordenás.
Sofía se dio vuelta con un paquete de fideos en la mano.
—Estoy nerviosa.
Mateo se rió y la abrazó por atrás.
—¿Vos estás nerviosa? Vos sos la que empezó todo esto.
—Por eso. Antes yo era la que se dejaba llevar. Ahora soy la que arma.
—Y te gusta.
Sofía se quedó un segundo callada, con la espalda contra el pecho de él.
—Sí. Me gusta. Y me da un poco de miedo que me guste tanto.
Mateo le dio un beso en el hombro.
—Bueno. Miedo y todo, ¿el sábado sigue en pie?
—Sigue.
—¿Y la Vale?
—Ya llega. Le dije a las ocho.
—¿Y Lucas?
—A las nueve. —Sofía se separó y lo miró—. Y no le dijimos nada de la Vale. Quiero verle la cara.
Mateo levantó las cejas.
—Sos mala.
—Soy curiosa.
Vale llegó a las ocho con el pelo mojado y una bolsa del super. Trajo hielo, limones y dos botellas de cerveza artesanal que sabía que a Mateo le gustaban, y cuando Sofía le abrió la puerta las dos se abrazaron como si no se hubieran visto en meses, aunque se habían visto hacía cinco días.
—¿Y Lucas? —preguntó Vale, sacándose las sandalias.
—A las nueve.
—¿Sabe algo?
—Nada.
Vale se rió y se fue directo a la cocina, como si viviera ahí. Abrió la heladera, acomodó el hielo, le sacó los limones a Sofía de la mano y se puso a cortar.
—Che —dijo, mientras cortaba—. ¿Cómo es Lucas?
—Ya lo conocés.
—Conocé, conocé. Lo conozco de las juntadas. Del asado, del boliche. —Vale levantó la cabeza—. No lo conozco como lo conocés vos.
Sofía se apoyó en la mesada.
—Es directo. Dice lo que piensa. No se hace el misterioso.
—¿Como yo?
—Como vos.
Vale se rió.
—¿Y le va a molestar que esté yo acá?
—No sé. —Sofía se encogió de hombros—. Va a caer de golpe. Eso sí.
—¿Y si se enoja?
—No se va a enojar. —Sofía le sacó un pedazo de limón de la tabla y se lo comió—. Lucas nunca se enoja. Pero capaz que se pica un poco. Es el único que no sabía nada.
—Ah. —Vale siguió cortando—. O sea que hoy soy la que se suma a la fiesta de otro.
—No. Hoy sos la que ya está adentro y llega el que falta.
Vale levantó la vista y le sostuvo la mirada un segundo largo.
—Gracias —dijo.
—¿Por qué?
—Por decirlo así.
Lucas llegó a las nueve y cinco, con dos pizzas y una caja de cerveza, y entró hablando desde la puerta.
—Che, qué olor, ¿hicieron algo rico o están de joda sin mí? —Dejó las cosas en la mesa, se sacó la campera y saludó a Mateo con un abrazo de esos que se dan los amigos, con palmada en la espalda—. ¿Todo bien, boludo?
—Todo bien.
—¿Y Sofi?
Lucas se dio vuelta y ahí la vio. Vale estaba sentada en el sillón individual, con una cerveza en la mano, las piernas cruzadas, el pelo todavía húmedo, y una remera corta que le dejaba la cintura al aire. Lo miró y le sonrió sin decir nada.
Lucas se quedó quieto, con una mano todavía en la campera que estaba por colgar.
—Pará.
—Hola, Lucas —dijo Vale.
—Pará. —Lucas miró a Sofía, después a Mateo, después otra vez a Vale—. ¿Qué hace ella acá?
—Lo mismo que hacías vos —dijo Sofía.
Lucas abrió la boca. La cerró. Después se rió, con una risa corta, incrédula, y se pasó la mano por la barba.
—¿Estás jodiendo?
—No.
—¿Desde cuándo?
—Desde el viernes pasado —dijo Vale, tranquila, con la cerveza en la mano—. Cinco días. Y vos, ¿desde cuándo?
Lucas se quedó un segundo.
—Desde hace meses.
—Ah. —Vale tomó un trago—. Así que sos el original.
—Y vos sos la nueva.
—Soy la que ya está adentro. Y vos sos el que falta.
Lucas se quedó parado en el medio del living, mirándola, y después se rió de nuevo, más largo, y se sentó en el otro extremo del sofá.
—Mateo, la concha de tu madre. Me podías haber avisado.
—Sofi quería ver tu cara.
—¿Y?
—Y ya la vi —dijo Sofía, sentándose en el medio—. Valió la pena.
Comieron pizza los cuatro, con la tele de fondo y la botella buena abierta, y al principio había un poco de tirantez. Lucas miraba a Vale de reojo, y Vale lo miraba a Lucas, y los dos se medían. No era incomodidad. Era reconocimiento: dos personas que habían llegado al mismo lugar por el mismo camino y que estaban averiguando qué tan parecidos eran.
En un momento, Lucas se levantó a buscar hielo. Vale se levantó también, dijo que iba al baño, y en realidad fue a la cocina.
Sofía, desde el sofá, escuchó las voces bajar de volumen.
—¿Te molesta que esté yo? —preguntó Vale.
—No. Me sorprende. Nada más.
—¿Nada más?
—Nada más. —Silencio de un segundo—. Che.
—Qué.
—¿Cómo fue? Digo, la primera vez.
—Miré. Después me cogió él. Después los dos me miraron y... —Vale se rió—. Después pasó todo lo que vos te imaginás que pasó.
—La puta madre.
—¿Y con vos cómo fue?
—Con Sofi. En el sofá. Con Mateo mirando desde el piso.
—¿Desde el piso?
—Sentado en el piso, como en el cine.
Vale se rió bajito.
—Estos dos son de locos.
—Sí. —Silencio—. Che, Vale.
—Qué.
—No te pienses que sos la segunda.
—No me lo pienso.
—Bueno. —Lucas bajó la voz—. Porque yo tampoco soy el primero. El primero fue ella.
Sofía, desde el living, sintió el ruido de un beso corto. Después otro. Después el ruido de la puerta de la heladera cerrándose sin que nadie hubiera sacado nada.
Cuando volvieron a la mesa, Lucas tenía el pelo un poco revuelto y Vale la remera un poco torcida, y los dos tenían la misma sonrisa de mierda. Sofía los miró y se puso de pie.
—Bueno —dijo—. Se acabó la pizza.
Apagó la luz grande, dejó la lámpara del rincón y puso música baja. Y esta vez no hubo preámbulo, ni besos en el sofá, ni juegos de a poco. Se sentó en el piso, con la espalda contra la base del sofá, como se había sentado el viernes anterior: su lugar, el que había sido de Mateo. Les señaló el sofá a los otros tres.
—Ustedes tres. Ahí. Y hagan lo que quieran.
Mateo se sentó en el medio. Vale y Lucas, de un lado y del otro. Y arrancaron los tres juntos, sin orden, con las manos por todos lados. Vale le sacó la remera a Mateo. Lucas le bajó los breteles a Vale. Mateo le desabrochó el corpiño a Vale y le agarró una teta con la boca. Vale le bajó el jean a Lucas y le metió la mano adentro del calzoncillo. Y Sofía, desde el piso, con las piernas estiradas y una cerveza en la mano, miraba todo con una calma que no se parecía en nada a la Sofía tímida del primer bar.
Los dejó hacer un rato largo. Los dejó besarse, sacarse la ropa, tocarse. Vio a Vale con la mano en la pija de Lucas y a Lucas con la mano en la concha de Vale, y a Mateo besándole el cuello a ella mientras le apretaba las tetas. Vio a Lucas y a Mateo mirarse por encima del hombro de Vale y sonreírse como dos boludos.
En un momento, Vale se separó y le habló a Sofía desde el sofá:
—Che, ¿vos no venís?
—Todavía no.
—¿Y hasta cuándo?
—Hasta que se me cante.
Lucas se rió.
—Está endiosada.
—Está bien que esté endiosada —dijo Mateo—. Es la que arma todo.
Vale se levantó del sofá y caminó hasta el piso, desnuda, con las tetas grandes moviéndose, y se agachó delante de Sofía.
—Vení —dijo, y le tendió la mano—. Sentate ahí.
Le señaló el sillón individual. Sofía levantó la cabeza y la miró.
—¿Ese es el tuyo.
—Era. Ahora es tuyo. —Vale la levantó de la mano—. Yo ya miré lo que tenía que mirar. Ahora te toca mandar a vos.
Sofía se sentó en el sillón individual, con las piernas cruzadas, y desde ahí la escena se veía distinta: los tres en el sofá, a tres metros, en fila, mirándola a ella esperando la orden. Vale se paró al lado del sillón, apoyada en el apoyabrazos.
—¿Y a vos qué te gusta más? —le preguntó Vale al oído—. ¿Mirar o que te miren?
Sofía levantó la cabeza y le sostuvo la mirada.
—Las dos.
—Ah, entonces sos igual que él. —Vale señaló con la cabeza a Mateo—. Y que yo.
—Entonces estamos todos iguales. —Sofía le puso la mano en la cadera—. Y eso está bueno.
Se levantó, la besó, y desde ahí ya no se despegaron. Se fueron los cuatro a la pieza.
En la cama grande, Sofía volvió a tomar el mando. No porque los otros se lo disputaran, sino porque los tres se lo daban. Se sentó contra el respaldo y empezó a repartir.
—Mateo, vos con Vale. De frente. Lucas, vos mirá un rato. Y después te toca.
Lucas se sentó al costado, en el borde de la cama, y obedeció. Mateo se puso encima de Vale, de frente, y le entró despacio, mirándola a la cara. Vale le agarró la espalda, le clavó las uñas, y Sofía se acostó al lado de ella para hablarle al oído.
—¿Viste cómo se siente cuando te la meten despacio?
—Sofi...
—Contestá.
—Sí.
—¿Y cuándo te la meten rápido?
—También.
—Bien. Ahora mirá a Lucas. Está ahí, esperando, con la pija dura. Mirándote.
Vale giró la cara. Lucas la estaba mirando de verdad, con la boca abierta, pajéandose despacio. Y eso la puso peor. Sofía se dio cuenta.
—¿Te gusta que te mire?
—Sí.
—¿Y te gustaría tenerlos a los dos?
Vale gimió, sin contestar. Sofía insistió.
—Contestá.
—No sé.
—¿Cómo que no sé?
—Que no sé si puedo con dos, boluda. —Vale cerró los ojos—. El viernes te dije que no me animaba. Y ahora, con los dos acá, mirándome... no sé.
—¿Ganas tenés?
—Ganas tengo.
—Entonces se puede. —Sofía le dio un beso en la boca—. Y si no te da, paramos. Pero si te da, te vas a acordar toda la vida.
Mateo acabó primero, en la panza de Vale, y se dejó caer al costado. Y ahí Lucas no esperó más: se puso encima de Vale y le entró él, mientras ella todavía tenía la panza mojada con la leche de Mateo. Vale gritó bajito.
—Uy.
—¿Todo bien? —preguntó Lucas, frenando.
—Todo bien. Seguí. Seguí.
Y Lucas siguió. La cogió más fuerte que Mateo, más rápido, con las dos manos en las caderas. Vale se agarraba de las sábanas y miraba a Sofía, buscándola, como si necesitara permiso para cada gemido. Sofía le sostenía la mirada y le acariciaba el pelo.
—Miralo —le decía—. Miralo a la cara. Que sepa que te gusta.
—Le gusta —dijo Lucas, entre dientes.
—¿Ves que le gusta? —le preguntó Sofía a Vale.
—Sí.
—¿Y qué más querés?
Vale cerró los ojos un segundo. Después los abrió y dijo, en voz baja, como si se lo estuviera confesando a sí misma:
—Quiero probar lo otro.
—¿Qué cosa?
—Lo de los dos.
Sofía se quedó un segundo quieta. Después se sentó en la cama y empezó a organizar.
—Mateo, vos te sentás ahí, contra el respaldo. Vale, vos encima de él, de espaldas. Lucas, vos atrás. —Le puso la mano en el pecho a Lucas y lo frenó—. Y despacito. Que se acostumbre. Si dice que pare, se para.
—Listo —dijo Lucas.
Mateo, que había acabado hacía diez minutos, se pajeó un par de veces mirándolas y ya estaba listo de nuevo.
—Tengo treinta y dos, no ochenta —dijo, cuando Vale lo miró sorprendida.
Se acomodaron. Mateo se sentó contra el respaldo con las piernas abiertas. Vale se sentó sobre él, de espaldas, y bajó despacio hasta que la pija de Mateo le entró entera. Se quedó ahí un segundo, apoyada en el pecho de él, respirando. Después se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en las rodillas de Mateo, y se quedó así, con la cola alta y la espalda al aire, dándole lugar a Lucas.
—Así está bien —dijo Sofía—. Así le das lugar.
Lucas se puso detrás, de rodillas. Le pasó un dedo mojado por el culo. Después dos. Vale apretó los dientes.
—¿Bien? —preguntó Lucas.
—Bien. Poné.
Lucas apoyó la punta y empujó despacio. Vale se agarró de las rodillas de Mateo y se quedó quieta. Lucas entró hasta el fondo y se frenó.
—¿Todo bien?
—Sí. Esperá.
Se quedaron los tres quietos, conectados, respirando. Sofía se puso de rodillas al lado de la cama, a la altura de la cara de Vale, y le levantó el mentón.
—Respirá. Despacito. Y cuando quieras, movete.
Vale respiró. Contó hasta tres. Y se movió.
Y ahí se le rompió la cabeza. Los dos se movieron con ella, coordinados, uno entrando mientras el otro salía, despacio, sin apuro, y Vale empezó a gemir con una voz que Sofía no le había escuchado nunca. Mateo le agarraba las tetas por atrás. Lucas le agarraba las caderas y la guiaba. Y ella, en el medio, se apoyó en las manos sobre la cama, al lado de las caderas de Mateo, y quedó en cuatro sobre él, con los dos adentro, arqueada, temblando.
—Ay, así. Así. No paren. No paren.
—¿Te gusta? —le preguntó Lucas al oído.
—Sí. Me encanta. Me encanta.
—¿Ves que podías? —le dijo Sofía.
—Sofi.
—¿Ves que podías, putita?
Vale se rió entre gemidos.
—Sí.
Y ahí Sofía tiró la frase, con la boca pegada al oído de Vale, con la mano en su mejilla:
—¿Viste que sí te aguantás dos pijas para vos? Seguro con tres también, putita. Me lo imagino, lo pienso, y me acabo toda.
Vale gritó. De verdad gritó, con los dos adentro, y Sofía sintió cómo se le apretaba todo el cuerpo. Mateo y Lucas siguieron, más fuerte, más parejo, hasta que Vale se vino con un gemido largo que se le cortó en la mitad. Se quedó temblando, con la cara contra la almohada, y los dos la sostuvieron hasta que dejó de temblar.
Después acabaron ellos. Lucas se sacó primero, se la pajeó y le acabó en la espalda baja, sobre el hueco de los riñones. Mateo esperó un poco más, se la sacó de abajo y acabó hacia arriba, sobre las tetas de Vale, que le colgaban justo encima del pecho. Vale se quedó ahí, en cuatro sobre él, con la espalda embarrada de uno y las tetas del otro, y se reía sin poder parar.
Sofía se acercó y miró. Y después hizo lo que ya sabía hacer: metió los dedos, levantó un poco de las dos leches mezcladas, y se la llevó a la boca de Vale. Vale la chupó mirándola.
—Está rico —dijo.
—¿Ves?
—Sí.
—Ahora te toca a vos —dijo Sofía, y se dio vuelta hacia los chicos.
Y se puso en cuatro ella también, al lado de Vale. Las dos colas juntas otra vez, la rubia flaca y la morocha de caderas anchas, las dos mojadas, las dos abiertas. Mateo y Lucas se miraron y se rieron como dos pibes.
—¿Y forro? —preguntó Lucas.
—Sin forro —dijo Mateo—. Como el viernes.
—¿Y el Chino?
—El Chino ve cuando venga.
—¿Y ahora? —preguntó Lucas.
—Ahora turnos —dijo Sofía—. Y después vemos.
Cogieron hasta que se les acabaron las fuerzas. Lucas con Sofía, Mateo con Vale, después al revés, después los dos con Sofía a la vez, uno adelante y uno atrás, y Sofía descubriendo en carne propia eso que le había dicho a Vale cinco minutos antes. Cuando terminó, con los dos adentro, se vino con la boca abierta y sin hacer ruido, y después se dejó caer de costado, agotada.
Nadie habló por un rato. Los cuatro tirados en la cama grande, transpirados, con la ventana abierta y el fresco entrando.
Después Lucas, que estaba boca arriba mirando el techo, tiró la pregunta:
—Che. ¿Y ahora qué soy yo?
—¿Qué querés ser? —dijo Sofía.
—No sé. —Lucas se rió—. Hoy llegué pensando que era el que se sumaba a lo de ustedes dos, y me encontré con que hay una mina sentada en el sillón individual como si fuera el trono.
—Es el trono —dijo Vale, desde el otro lado.
—Ya sé que es el trono, boluda. Por eso lo digo.
Mateo se rió desde su rincón.
—Los sábados ahora son de los cuatro —dijo—. Antes eran de Lucas solo, ahora son de todos. Los viernes son de la Vale. Y los martes, si pintan, son de quien esté.
—Estás armando una agenda —dijo Lucas.
—Estoy armando un club.
—Y yo entré a un club sin que me avisen.
—Bienvenido —dijo Vale.
Lucas se quedó callado un segundo. Después se dio vuelta y la miró.
—Gracias.
Y se rieron los cuatro, y en esa risa se terminó de acomodar algo. No era un experimento. Era un grupo.
Sofía, en un momento, mirando el techo, lo dijo en voz alta.
—Che. Se los tengo que confesar. A vos, Lucas, porque a estos dos ya se los conté.
—¿Qué cosa? —preguntó Lucas.
—Una fantasía. —Sofía se giró, apoyada en un codo—. A mí me gustaría que me enfiesten tres tipos. Los tres encima mío, yo en el medio. Y que vos, Vale, mires desde el sillón, con la copa, como miré yo. Y después, cuando ya no doy más, darme vuelta y verte a vos con los tres.
Lucas se sentó en la cama.
—¿Tres?
—Tres.
—Mateo, yo y... —Lucas contó con los dedos—. Falta uno.
—Falta uno —dijo Sofía.
—El Chino.
—El Chino dijo que no.
—El Chino dijo "mientras no me metan a mí, todo bien" —dijo Lucas, y agarró el celular de la mesa de luz—. ¿Y ahora lo estamos metiendo, no?
—Lo estamos metiendo —dijo Mateo.
—Entonces el Chino se aguanta. —Lucas abrió el chat—. ¿Le escribo?
—Escribile.
Lucas escribió y mandó. Después puso el celular en altavoz, para que escucharan todos.
"Che, Chino. ¿El sábado que viene estás?"
Tardó dos minutos. El Chino, como siempre, contestando rápido a cualquier hora.
"Sí, ¿por?"
"¿Te venís a lo de Mateo? Hay pizza."
"Y sí. ¿Llevo algo?"
Lucas miró a los otros tres. Vale levantó la mano.
—Decile que traiga vino.
"Traé vino."
"¿Y qué más?"
Mateo se rió y le sacó el celular a Lucas.
"Nada más. Vos vení."
El Chino tardó un rato más. Después:
"Uh. Esas tres palabras me dan miedo."
"Vení y listo", escribió Mateo.
"Listo."
Lucas apagó el celular y lo tiró sobre la mesa de luz.
—Listo —dijo—. El sábado que viene somos cinco.
Sofía se dejó caer de espaldas en la almohada, con una sonrisa que no podía tapar. Vale se estiró y le agarró la mano. Mateo le puso la mano en la panza. Lucas se acostó del otro lado y le dio un beso en el hombro.
—Che, Sofi —dijo Vale, en voz baja, con la cara contra la almohada—. ¿Vos te imaginás lo del sábado y te acabás de verdad?
—Todas las noches desde que te conocí —dijo Sofía.
—¿Y con los tres?
—Con los tres me muero.
Se rieron las dos, bajito. Y después se durmieron los cuatro, apretados, en la cama chaqueña, con el ventilador girando y la ventana abierta.
Afuera, en el chat, el Chino escribió un último mensaje que nadie leyó hasta la mañana siguiente:
"Che. ¿Alguien me puede explicar por qué me pidieron vino y nada más?"
0 comentarios - Capítulo Catorce: Bienvenido al Club