El jueves a la noche, mientras los dos lavaban los platos, Sofía lo tiró sin preámbulo, como tiraba todo lo importante: mirando el agua caliente.
—Mañana viene la Vale.
Mateo se quedó con el plato en la mano, chorreando.
—¿A la casa?
—A la casa.
—¿Y...?
—Y primero mira. Después, si quiere, pasa.
Mateo apoyó el plato en la rejilla y se secó las manos en el pantalón, que era algo que hacía cuando se ponía nervioso.
—Pará. Pará un segundo. ¿Vos estás hablando de que la Vale venga a mirarnos coger?
—Sí.
—¿Y vos?
—Yo también miro. —Sofía cerró la canilla y lo miró de frente—. Vos mirás desde que empezó todo esto, Mateo. Nunca te quejaste. Ahora quiero probar yo.
Mateo se quedó pensando. Se pasó la mano por la barba corta, prolija, y después soltó una risa corta, de esas que salen cuando algo te da un poco de miedo y un poco de ganas a la vez.
—Sos una hija de puta, ¿sabés?
—Ya sé.
—Con Lucas fue distinto. Lucas es mi amigo, lo conozco de la facultad. Con la Vale... no sé. Con la Vale tengo que estar a la altura, boluda.
—Vas a estar.
—¿Y si me pongo nervioso y no se me para?
—Se te va a parar. —Sofía se le acercó y le puso la mano en la panza, arriba de la remera—. Va a estar sentada ahí, mirándote, con la copa en la mano. Y va a estar pensando en tu pija. Y vos lo vas a saber. Y se te va a parar sola.
Mateo la abrazó por atrás, le apoyó la cara en el cuello.
—¿Y vos no te vas a poner celosa?
—No sé. Por eso quiero probar.
Esa noche, antes de dormir, Sofía le escribió a la Vale. Directo, como hablaban ellas desde el viernes en su casa.
"Che. ¿Tenés plan mañana?"
"No. ¿Por?"
"Mateo quiere conocerte bien."
"Ya me conoce, boluda."
"En serio, Vale. Quiere que vayas a casa."
Tardó un minuto en contestar.
"¿Y qué quiere exactamente?"
"Que primero mires."
"¿Mirar qué?"
"A nosotros."
Silencio de dos minutos. Después:
"¿Y después?"
"Después, lo que vos quieras."
"Sofi la puta madre."
"¿Vas a venir?"
"¿A qué hora?"
"Nueve. Y ponete algo lindo. Aunque te lo vas a sacar."
"Hija de puta."
Vale llegó a las nueve y diez, con una botella de vino tinto y una bolsa de empanadas que nadie había pedido. Se había puesto un vestido negro de tiras finas, de esos que se atan en el cuello, con la espalda bastante al aire y un escote que le levantaba las tetas grandes. Se había puesto el pelo suelto, ondulado, con el volumen que le daba el calor, y se había pintado los labios de un rojo oscuro. Se notaba que se había preparado. Y se notaba que estaba nerviosa, aunque disimulaba con la boca.
Mateo la recibió con un abrazo y un beso en la mejilla, y cuando se separaron los dos se miraron un segundo más de lo que correspondía. Sofía lo vio desde la cocina, con la copa en la mano, y sonrió.
Cenaron en la mesita del living. Nada del otro mundo: empanadas, vino, la tele apagada de fondo, la música baja, el ventilador girando sin convicción. Hablaron de pavadas, del laburo de Vale, del grupo, del Chino, que ese fin de semana estaba en Corrientes con la familia y les había mandado una foto del río con un texto de "acá se vive mejor". Vale se reía fuerte, se tocaba el pelo, se acomodaba en la silla. Y cada tanto miraba a Mateo de reojo, como si lo estuviera midiendo.
Cuando terminaron de comer, Sofía se levantó, apagó la luz grande y dejó solo la lámpara del rincón. La luz quedó tibia, baja, naranja.
—Bueno —dijo, y se sentó en el sofá, al lado de Mateo—. Vale, sentate ahí.
Le señaló el sillón individual, el que estaba enfrentado, el de las visitas. Vale se sentó. Se cruzó de piernas. Y esperó.
Sofía se giró hacia Mateo, le puso la mano en la nuca y lo besó. Despacio, largo, con lengua, sin apuro, como si estuvieran solos. Mateo respondió, con la mano en la cintura de ella, y al principio fue todo normal, un beso de viernes, de pareja. Pero después Sofía se le subió encima, se le sentó a horcajadas, y siguió besándolo.
Vale no dijo nada. Tenía la copa apoyada en la rodilla y no la tocaba.
Sofía cortó el beso, se separó un centímetro de la cara de Mateo, y habló sin darse vuelta:
—¿Estás cómoda?
—Sí.
—¿Nos estás mirando?
—Sí.
—Bien.
Y lo volvió a besar. Le sacó la remera por la cabeza. Le pasó las manos por el pecho, por los hombros, se apretó contra él. Mateo le desabrochó el vestido por la espalda, se lo bajó por los hombros, y Sofía se lo terminó de sacar sola, levantando los brazos. Quedó con el conjunto de encaje negro, el de siempre, el que sabía que funcionaba. Se lo había puesto a propósito.
Vale tragó saliva. Se le notó.
—¿Te gusta? —preguntó Sofía.
—Sofi, por favor.
—Contestá.
—Sí. Me gusta. —La voz le salió más ronca de lo que esperaba—. Me encanta.
Sofía se mordió el labio y se sacó el corpiño. Las tetas le quedaron al aire, redondas, pesadas, con los pezones ya duros. Vale se movió en el sillón. Se desató una tira del vestido, después la otra.
—¿Te estás desvistiendo? —preguntó Sofía.
—Sí.
—¿Y por qué?
—Porque me da calor.
—Mentira.
—Bueno. Porque quiero estar como vos.
Sofía se rió, con la boca pegada al hombro de Mateo. Y Mateo, abajo, con la pija marcada en el pantalón, miró a Vale por primera vez en serio.
—Vale —dijo.
—Qué.
—Sacate el vestido. Todo.
Vale se levantó, se desató las tiras del cuello, se lo sacó por la cabeza y lo tiró sobre el respaldo. Quedó con un conjunto de encaje colorado, distinto al de Sofía, más chico, más apretado, con las tetas grandes desbordando apenas por arriba. Tenía las caderas anchas, la cola redonda y grande, las piernas fuertes.
Sofía la miró de arriba abajo.
—Vale.
—Qué.
—Ya estás mojada.
—Y sí, boluda. Desde que llegué.
—Mostrame.
Vale se sentó de nuevo, se abrió de piernas en el sillón individual y se quedó así, con la bombacha colorada puesta, mirándola. En el centro de la tela había una mancha oscura, alargada, que se veía desde el otro lado del living.
—¿Eso es todo? —preguntó Sofía.
Vale se pasó dos dedos por el costado, se corrió la tela a un lado, y la dejó ahí, corrida, mostrando los labios hinchados, brillantes, con la luz de la lámpara pegándole de lleno. Tenía el vello oscuro, corto, prolijo. Después soltó la tela y la bombacha volvió a su lugar, con una mancha más grande que antes.
—Ahí está —dijo Vale.
Mateo, desde el sofá, hizo un ruido con la garganta.
—¿Viste? —le dijo Sofía al oído—. Te lo dije.
—Sofi...
—Ahora cogeme. Y que ella mire.
Y se cogieron.
Sofía le desabrochó el jean, se lo bajó hasta los tobillos y le sacó el calzoncillo junto con los pantalones. Mateo quedó desnudo en el sofá, con la pija parada contra la panza, y Vale, desde el sillón individual, la miró sin disimular.
Sofía se bajó la bombacha, se puso de espaldas a Mateo y se sentó sobre él, despacio, dejando que la pija le entrara hasta el fondo. Se agarró de las rodillas de él, apoyó la espalda en su pecho, y empezó a moverse. Despacio, primero. Con la cabeza de Mateo al lado de la suya, con la boca de él en su cuello.
Vale estaba a tres metros. Con las piernas abiertas, con la copa olvidada en el piso, con las dos manos apoyadas en los muslos.
—¿Te gusta cómo se ve? —preguntó Sofía, sin dejar de moverse.
—Mucho.
—¿Qué parte?
—Todo. Cómo te sube. Cómo se te mueven las tetas.
—Mirá bien.
Sofía empezó a moverse más fuerte. Se arqueó, se pasó las manos por el pelo, se tocó las tetas ella misma, se las apretó, se pellizcó los pezones. Sabía que la estaban mirando y eso la hacía moverse distinto. Más lento, más teatral, buscando los ángulos. Cada tanto se daba vuelta y miraba a Vale de frente, sosteniéndole la mirada, mientras el cuerpo le subía y bajaba.
Vale, en el sillón individual, se empezó a tocar. Por arriba de la bombacha, con dos dedos, despacio, en círculos, y después más fuerte, apretando. Se mordía el labio y no les sacaba los ojos de encima.
—¿Te estás tocando? —preguntó Sofía.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes. Desde que llegué. Pero ahora es peor.
Y en un momento dejaron de mirarla. Sofía estaba encima de Mateo, él con la boca en su cuello, los dos metidos en lo de ellos. Y Vale aprovechó. Se enganchó los pulgares en el elástico, se bajó la bombacha por las piernas, la enganchó con el pie y la dejó caer al costado del sillón. No hizo ruido. Ninguno de los dos se dio cuenta.
Se volvió a abrir de piernas. Esta vez sin nada. Se metió dos dedos hasta el fondo, y con la otra mano se agarró una teta y se la apretó. Y se quedó así, mirándolos, con la boca entreabierta, sin apurarse, como si estuviera en el cine.
Mateo, abajo, miraba a Vale con los ojos abiertos. La tenía ahí, a tres metros, con los dedos adentro, mirándolos coger. Y a él no se le bajaba ni un poco.
—Sofi —dijo.
—Qué.
—Estoy cerca. Pero quiero aguantar.
—Aguantá. Que falta lo otro.
Sofía se bajó de él y se arrodilló en el piso. Antes de chupársela, giró la cabeza y miró hacia el sillón individual. Y ahí la vio. Vale tenía los dos dedos adentro, la mano apretándose la teta, la bombacha colorada tirada en el piso al lado del sillón. Sofía se quedó un segundo con la boca abierta y no dijo nada. Se lo guardó para ella.
Le chupó la pija un rato, con las dos manos en las piernas de él, mirando a Vale de costado. Vale, en el sillón, se tocaba más rápido, con la boca abierta, mirando la boca de Sofía trabajar. Mateo le agarró la cabeza y gimió.
—Pará, pará que me voy.
—Paro.
Sofía se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano, y se dio vuelta hacia el sillón individual. Vale estaba ahí, con los dedos brillantes, con la cara colorada, con el pecho subiendo y bajando.
—Ahora vos —dijo Sofía.
Vale se quedó con los dedos adentro un segundo más, y después los sacó.
—Pará. Pará un segundo.
—¿Qué?
—Es que... —Vale se rió, nerviosa, y se pasó la mano mojada por el muslo—. Hace mucho que no.
—¿Mucho cuánto?
—Cinco meses.
Sofía abrió los ojos.
—¿Cinco meses?
—Desde que corté. —Vale se encogió de hombros—. Y desde entonces, nada. Dedos. Y el vibrador rosa. —Se rió—. El vibrador rosa y yo nos conocemos bastante bien, pero no es lo mismo.
—¿Hace cinco meses que no te coge una pija de verdad?
—Cinco.
Sofía se quedó un segundo mirándola. Después sonrió.
—Mejor, entonces. Vas a estar apretada.
—Sofi.
—Andá.
Vale se levantó. Y ahí Sofía la delató.
—Vale.
—Qué.
—Vos ya te la sacaste, ¿no?
Vale se rió, sin una gota de culpa.
—Hace rato.
—Hija de puta.
—Vos me dijiste que mirara.
—Ahora andá.
Sofía caminó hasta el piso, al lado del sofá, se sentó con la espalda apoyada contra la base, y estiró las piernas. Levantó la cara.
—Yo miro —dijo—. Como hacía él.
Y Mateo, desde el sofá, la miró y se le hizo un nudo en la garganta. Porque Sofía se había sentado exactamente en el mismo lugar donde él se había sentado tantas veces. En el mismo lugar, con la misma cara de calentura, mirando. Era su lugar y ahora era de ella. Y eso, lejos de molestarle, le dio unas ganas de la puta madre.
Vale caminó los tres metros descalza, con las tetas grandes moviéndose, y se paró delante de Mateo. Se quedó ahí, mirándolo desde arriba.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Todo bien.
—¿Seguro?
—Seguro. —Mateo se pasó la mano por la boca—. Venite.
Vale se le sentó encima, a horcajadas, y lo besó. Fuerte, sin vueltas, con las dos manos en la cara de él. Mateo le agarró las caderas y la apretó contra él. La pija le quedó apretada entre los dos, contra la concha de ella, ya sin nada, y a Mateo se le escapó un gruñido contra su boca.
—Uf.
—¿Tenés forro? —preguntó Vale, con la boca todavía pegada a la de él.
—Sí. Pero si acabo afuera...
—Dale. Sin forro.
Mateo la agarró de la cola con las dos manos, la levantó un poco, y le apoyó la punta de la pija en la entrada.
—¿Lista?
—Sí.
Y bajó. Despacio, hasta el fondo. Vale cerró los ojos, apoyó la frente en la de Mateo, y se quedó quieta un segundo, respirando. Mateo la tenía llena, con las manos en la cola, sin moverse.
—¿Todo bien? —preguntó él.
—Sí. Esperá.
—¿Grande?
—Sí. Un poco.
—¿Linda?
—Linda. —Vale se rió contra su boca—. Linda sí.
Desde el piso, Sofía habló:
—Movete, Vale.
Vale abrió los ojos y la miró. Sofía estaba ahí, sentada con la espalda en la base del sofá, con las piernas estiradas y una mano entre las suyas, mirándola.
—Movete —repitió—. Y mirá a Mateo mientras te movés.
Y Vale se movió. Despacio primero, con las manos en los hombros de él, subiendo y bajando. Después más parejo, más fuerte, buscando el ritmo. Mateo le agarró las tetas con las dos manos, se las apretó, le chupó los pezones, uno y después el otro. Vale tiró la cabeza para atrás y gimió.
—Uy, así. Así.
—¿Te gusta? —preguntó Sofía desde el piso.
—Sí.
—¿Cómo se siente?
—Gruesa. Se siente gruesa.
—Eso es porque te la está dando bien.
—Sofi, por favor.
—Seguí. No pares.
Vale siguió. Se agarró del respaldo del sofá y se movió más rápido, con la cola subiendo y bajando, con las tetas rebotando. Mateo la miraba, le apretaba las caderas, le agarraba la cola, le hablaba al oído:
—Así, así. No pares. Estás hermosa.
—Mateo.
—Sí.
—Estoy cerca.
—Dale. Yo también.
Sofía, desde el piso, se tocaba mirándolos. Se miraba la escena completa: las piernas de Vale abiertas sobre Mateo, la pija de su novio entrando y saliendo de otra concha, la cola de Vale subiendo y bajando. Y no sentía celos. Sentía otra cosa. Sentía como si le perteneciera todo: el que la cogía era suyo, la que estaba arriba era suya también. Y eso la calentaba de una manera nueva.
—Vale —dijo.
—Qué.
—Mirá a Mateo cuando te vengas. Que te vea la cara.
—Sofi.
—Dale.
Y Vale lo miró. Lo miró a los ojos, con la boca abierta, y se vino con un gemido largo, apretándose contra él, con las uñas clavadas en los hombros de Mateo. Mateo aguantó, aguantó, y cuando sintió que la concha de ella se le apretaba alrededor de la pija, se soltó.
—Vale, me voy a ir.
—Dale. Afuera. Acábame encima.
Mateo se la sacó justo a tiempo. Vale se levantó apenas, se quedó de rodillas sobre él, con las tetas grandes colgando, y Mateo se agarró la pija y se la pajeó dos, tres veces. Y acabó.
Acabó fuerte, largo, con un gruñido. Los primeros chorros le cayeron en las tetas, entre los pezones, y el resto le bajó por la panza, hasta el ombligo. Vale se quedó quieta, con los ojos cerrados, recibiendo. Cuando terminó, se veía la leche blanca y espesa sobre la piel aceitunada, brillando con la luz de la lámpara.
—La puta madre —dijo Vale, sin abrir los ojos.
Y entonces Sofía se levantó del piso. Se acercó, se puso de rodillas al lado de ellos, y miró. Miró la leche de Mateo sobre las tetas de su amiga. Y sin decir nada, estiró dos dedos y la levantó, despacio, de la piel de Vale.
Vale abrió los ojos.
—¿Y vos qué hacés?
—Pruebo.
Se llevó los dedos a la boca y se los chupó. Vale la miró, con los ojos muy abiertos.
—¿Y?
—Está bien.
—¿Bien?
—Bien. Distinto. —Sofía volvió a meter los dedos y levantó otro poco—. Probá vos.
Vale se pasó los dedos por las tetas, se los llenó, y se los llevó a la boca. Se rió.
—Es raro.
—Es rico.
—Es rico —concedió Vale.
Y se besaron. Ahí, con la leche de Mateo todavía en los dedos y en las bocas, las dos de rodillas, con la panza de Vale brillando. Se besaron largo, con lengua, y Mateo, abajo, tirado en el sofá con la pija todavía dura y la respiración cortada, las miró y se pasó la mano por la cara.
—Ustedes me van a matar —dijo.
Se rieron las dos. Vale se bajó de encima de él, se limpió con la remera de Mateo, que estaba tirada en el piso, y se sentó al lado. Sofía trajo agua de la cocina. Los tres tomaron, transpirados, con el ventilador girando arriba.
—Bueno —dijo Vale, después de un rato.
—Bueno —dijo Mateo.
—¿Y ahora? —preguntó Vale.
Mateo la miró. Miró a Sofía.
—Ahora los tres —dijo.
Fueron a la pieza. La cama grande, las sábanas limpias que Sofía había puesto esa mañana, la ventana entreabierta y el fresco del otoño chaqueño entrando despacio. Nadie tenía apuro. Los tres sabían que había tiempo.
Se metieron en la cama los tres. Sofía en el medio, otra vez. Mateo de un lado, Vale del otro. Y empezaron a tocarse, sin orden, sin coreografía. Manos por todos lados. Vale le chupó los pezones a Sofía. Sofía le chupó los pezones a Vale. Mateo, en el medio, las tenía a las dos al alcance de las manos y no se decidía, y se reía.
—No sé a quién agarrar.
—Agarrá a las dos —dijo Sofía.
—No me dan las manos.
—Usá la boca también.
Y así fue. Mateo las besó a las dos, las tocó a las dos, les chupó las tetas a las dos. Las tenía de un lado y del otro, una rubia flaca con el culo chico y una morocha de caderas anchas y tetas grandes, y por primera vez en la vida no tenía que elegir.
—Che —dijo Vale, en un momento—. ¿Y si le hacemos las dos a la vez?
—¿Qué cosa?
—La pija. Las dos juntas.
Mateo levantó la cabeza.
—¿En serio?
—En serio.
Se acomodaron. Mateo se sentó contra el respaldo de la cama, con las piernas abiertas. Sofía se puso de un lado, Vale del otro. Y las dos se inclinaron sobre la pija de Mateo al mismo tiempo, con la lengua, lamiéndola de los dos costados, chocándose las bocas cada tanto. Vale se la metió en la boca hasta el fondo y Sofía le lamió las bolas. Después se cambiaron. Mateo las miraba desde arriba, con las dos cabezas rubia y morocha trabajándole la pija, y se agarraba las sábanas con las dos manos.
—Pará, pará, que me voy a ir de nuevo.
—¿Ya?
—Ya, boluda. No sé si tengo tres polvos.
—Tenés —dijo Sofía, sacando la boca—. Tenés.
Se levantó, se puso en cuatro sobre la cama, mirando a Vale.
—Vale, ponete al lado mío. Igual.
Vale se puso en cuatro al lado de Sofía, con la cola hacia arriba. Dos colas juntas, una chica y firme, una grande y redonda, una al lado de la otra. Mateo se puso detrás, se quedó mirando el panorama, y se rió.
—Esto es un sueño.
—No es un sueño —dijo Vale—. Metela.
Mateo la metió en Sofía primero. Despacio, hasta el fondo, agarrándole las caderas. Le dio unas cuantas, fuertes, y Sofía se agarraba de la almohada y gemía. Después se la sacó y se la metió a Vale, sin cambiar de posición, con las manos en las caderas anchas de ella. Vale se arqueó.
—Uy.
—¿Bien?
—Bien. Así.
Y así siguió un rato largo. Alternando. Unas cuantas a una, unas cuantas a la otra. Sacándola mojada de una y metiéndola en la otra, sin limpiarla, pasando de una concha a la otra. Ya sin forro, como habían arreglado en el living, y sin ganas de interrumpir para nada. Las dos gimiendo, las dos mirándose de costado, las dos empujando la cola para atrás para buscarla. En un momento, Sofía estiró la mano y le agarró la mano a Vale. Se quedaron así, en cuatro, tomadas de la mano, mientras Mateo las cogía a las dos.
—Esto está buenísimo —dijo Vale, entre dientes.
—Sí —dijo Sofía.
—Mateo, no pares.
—No paro.
Pero paró, porque quería otra cosa. Se sentó en la cama, se recostó, y les dijo:
—Ahora pónganse encima. Las dos.
Sofía se puso primero. Se sentó sobre él, de espaldas, y se movió un rato, con Vale mirando de costado, con la mano en la cola de Sofía. Después se cambiaron: Vale se sentó sobre Mateo, de frente, y Sofía se puso detrás de ella, abrazándola por la espalda, con las manos en las tetas grandes de Vale, con la boca en su cuello. Vale se movía encima de Mateo y Sofía se movía con ella, pegada, apretándole los pezones, mordiéndole el hombro.
—Sofi —jadeó Vale.
—Qué.
—Me estás volviendo loca.
—Bien.
—Y él también.
Mateo, abajo, miraba a las dos enredadas arriba de él, y sintió que se le acercaba el final por segunda vez en la noche.
—Che, che, me voy a ir.
—Dale —dijo Vale—. Esta vez también afuera.
—Sí. Afuera. Encima de las dos.
Se bajaron. Se pusieron las dos de rodillas, lado a lado, con la cara cerca, mirándolo. Y Mateo se pajeó de nuevo, mirándolas, con las dos ahí, con las bocas abiertas, con las tetas juntas, esperando.
Y acabó.
Los primeros chorros cayeron sobre las dos a la vez, cruzados: parte en la cara de Sofía, parte en el cuello de Vale. El resto, sobre las tetas, sobre los hombros, sobre la clavícula. Las dos se quedaron quietas, con los ojos cerrados, recibiendo. Cuando Mateo terminó, se dejó caer de espaldas en la cama, sin aire.
Sofía abrió los ojos primero. Se miró. Se miró a Vale. Las dos estaban embarradas, con la leche de Mateo cayéndoles por la piel, por los pezones, por el cuello. Y Sofía se rió.
—Vale, mirate.
—Mírate vos.
Se miraron. Y después empezó el juego. Vale se pasó los dedos por el cuello, levantó la leche y se la pasó por los pezones, embadurnándolos, y se los mostró a Sofía.
—Mirá.
—Dame.
Sofía se inclinó y le lamió un pezón a Vale, chupándolo, tomando la leche de la piel de ella. Vale gimió. Después Vale hizo lo mismo: le lamió el cuello a Sofía, de abajo hacia arriba, tomándose lo que había quedado ahí. Sofía se rió con la boca abierta, con el cuerpo estremeciéndose.
Se pasaron la leche de una piel a la otra con los dedos. Se la pusieron en los pezones a la otra. Se la untaron en el ombligo, en el cuello, en los labios. En un momento, Sofía juntó un poco con dos dedos, se los puso en la boca a Vale, y Vale los chupó mirándola a los ojos.
—Está rica —dijo Vale.
—Te dije.
Se besaron de nuevo. Con la leche en las bocas de las dos, con la lengua, mezclándola. Largo. Hasta que Mateo, desde la cama, con la pija a medio levantar de nuevo, habló:
—Che, ¿me dejan algo a mí?
Se rieron.
—Vení vos —dijo Sofía.
El tercer polvo fue distinto. Más lento, más cansado, más de los tres. Mateo ya no tenía la fuerza de antes, pero las dos se encargaron. Vale se puso debajo de él, de frente, y Sofía se acostó al lado de Vale, abrazándola, mirándola a la cara mientras Mateo la cogía. Sofía le acariciaba el pelo, le daba besos en la boca, le hablaba bajito. Y cuando Mateo se cansaba, Sofía lo hacía salir y se ofrecía ella, y después volvía a dejar que él entrara en Vale, y así iban pasándose entre las dos, con las piernas enredadas, con las manos por todos lados.
—Así, Mateo —decía Sofía—. Despacito. Que la sienta.
—Sofi...
—Que la sienta bien.
Vale, abajo, con la cara contra la de Sofía, gemía bajito y le mordía el labio. Sofía le sostenía la cara con las dos manos.
—¿Te gusta?
—Sí.
—¿Te gusta que él te coja?
—Sí.
—¿Y que yo te mire?
—Sí. Mucho.
Mateo, encima, las miraba a las dos, y no podía creer la escena: su novia sosteniéndole la cara a la Vale mientras él la cogía, las dos mirándose, las dos hablándose. Se le hizo un nudo en el pecho, además de en la pija.
—Estoy llegando —dijo, al final.
—¿Otra vez? —preguntó Vale, incrédula.
—Otra vez. Última.
—¿Dónde?
Mateo miró a Sofía. Sofía lo pensó un segundo.
—En la boca —dijo—. A las dos. Y nos lo repartimos.
Mateo se sacó, se puso de rodillas, y las dos se acomodaron abajo, con las bocas abiertas, pegadas, una al lado de la otra. Y Mateo acabó por tercera vez en la noche, flojito, corto, pero acabó. Cayó mitad en la lengua de una, mitad en la lengua de la otra.
Y ahí vino la mejor parte. Las dos se miraron, con la boca llena, y después se besaron. Despacio, abriendo la boca, pasándose la leche de una boca a la otra, mezclándola con la lengua, chupándose, comiéndosela entre las dos. Mateo, de rodillas, con la pija todavía goteando, las miraba y se pasaba las manos por el pelo.
—La puta madre —dijo, y se dejó caer de espaldas.
Las dos se rieron. Se tragaron lo que quedaba, se limpiaron la boca con el dorso de la mano, y se tiraron una al lado de la otra, con las piernas todavía temblando.
Nadie habló por un rato largo. Solo el ventilador, la respiración de los tres, algún auto en la calle.
Sofía estaba tirada mirando el techo, con Vale de un lado y Mateo del otro, y en un momento habló sin darse vuelta.
—Che, ¿les puedo confesar algo?
—Dale —dijo Mateo.
—Es una fantasía. De las que nunca dije en voz alta.
—Contá.
Sofía se giró, apoyada en un codo, y miró a Vale.
—A mí me gustaría que me enfiesten tres tipos. —Hizo una pausa—. Y que vos mires.
Vale levantó la cabeza.
—¿Tres?
—Tres. Yo en el medio, los tres encima mío. Y vos sentada ahí, con la copa, mirando. Como miré yo hoy.
—La puta madre, Sofi.
—Y después —siguió Sofía, mirando a Mateo—, cuando ya no doy más, quiero darme vuelta y verte a vos, Vale. Con los tres. Verte a vos en el medio, y quedarme yo mirando.
Vale se quedó callada un segundo.
—¿Y quién sería el tercero? —preguntó.
—No sé. Alguien. Lucas ya está. Falta uno.
—El Chino dijo que no.
—El Chino es un boludo.
Se rieron las tres. Mateo, del otro lado, se pasó la mano por la cara.
—¿Y vos? —le preguntó Sofía a Vale—. ¿Te animarías?
Vale se rió, todavía con el cuerpo caliente, todavía con la leche de Mateo en la piel.
—Sí. Sí, dale. Cuando quieras.
—¿En serio?
—En serio. —Vale se giró hacia ella y le dio un beso corto—. Tres tipos. Yo en el medio. Dale.
—Listo, entonces.
Y se quedaron las tres tiradas, hablando de eso, hasta que a Vale se le fue bajando la calentura y el cuerpo se le fue enfriando. Y ahí, con la cabeza más fría, habló de nuevo.
—Pará.
—¿Qué?
—Pará con lo de los tres.
—¿Por qué?
—Porque sí, en caliente te digo que sí, obvio. Pero ahora que lo pienso... —Vale se rió, insegura—. Yo hace cinco meses que no cojo, boluda. Hoy me cogió uno y casi me muero. No sé si me animaría a dos. Mucho menos a tres.
—Hoy te cogió uno y te gustó.
—Y me encantó. Pero dos a la vez, uno adelante y uno atrás, como me contaste vos la otra vez... —Vale se tocó la frente—. No sé. Y tres ya es de locos.
—Vos ya pasaste de uno a dos en una noche, sin darte cuenta —dijo Sofía—. Y a las dos.
—Con vos. Que te conozco. Y con él, que ya lo tengo visto. —Vale se encogió de hombros—. Tres tipos, todos desconocidos encima mío, es otra cosa.
Mateo se rió desde el otro lado de la cama.
—Entonces te vamos a tener que entrenar.
—Eso —dijo Vale—. Eso sí.
Sofía se estiró y le agarró la mano. Se quedaron los tres así, tirados, con el ventilador girando, con la ventana abierta y el fresco del otoño entrando por las rendijas.
Después de un rato, Vale habló.
—Che.
—Qué —dijo Sofía.
—¿Y ahora qué soy yo?
Sofía se giró y la miró.
—¿Qué querés ser?
—No sé. —Vale miraba el techo—. Hoy vine a mirar y terminé con la leche de tu novio en la boca. Como que "amiga" me queda chico.
Mateo se rió desde el otro lado de la cama.
—Los viernes —dijo—. Si querés, los viernes.
—¿Y los sábados? —preguntó Vale.
—Los sábados ya son de Lucas.
Vale se dio vuelta, apoyada en un codo.
—¿De Lucas?
—De Lucas —dijo Sofía.
Vale se quedó pensando un segundo. Después se dejó caer de espaldas otra vez.
—La puta madre. O sea que yo entré a un club.
—Más o menos —dijo Sofía.
—¿Y Lucas sabe de mí?
—Todavía no.
—Bueno. —Vale se estiró, buscando la mano de Sofía y agarrándola—. Avisame cuando le cuentes. Quiero ver la cara que pone.
Sofía se rió y le apretó la mano.
—Se la vas a ver vos.
Vale se quedó a dormir. Le mandó un mensaje a la hermana —"me quedo en lo de Sofi, no me esperes"— y apagó el celular. Se puso una remera de Mateo, se metió entre las sábanas, y se durmió en cinco minutos, con la cara contra la almohada y una mano apoyada en la cintura de Sofía.
Antes de dormirse, Sofía sacó una foto con el celular. No se veían las caras: se veían las piernas enredadas de los tres, la sábana revuelta, y el brazo de Mateo cruzado sobre las dos. La mandó al chat con Lucas, sin texto, sin nada.
Tardó dos minutos en contestar.
"¿QUÉ MIERDA PASÓ AHÍ?"
Mateo, al lado, leyó por encima del hombro de Sofía y se rió con la boca cerrada.
"Te contamos el sábado", escribió Sofía.
Lucas escribió tres veces seguidas.
"¿El sábado?"
"¿El sábado los tres o el sábado los cuatro?"
Sofía dejó el celular en la mesa de luz. Miró a Mateo, que tenía los ojos cerrados y una sonrisa de boludo. Miró a Vale, que ya estaba dormida, con la cara contra la almohada.
Apagó la luz.
Y se durmió pensando en que el sábado iba a ser un lío hermoso.
—Mañana viene la Vale.
Mateo se quedó con el plato en la mano, chorreando.
—¿A la casa?
—A la casa.
—¿Y...?
—Y primero mira. Después, si quiere, pasa.
Mateo apoyó el plato en la rejilla y se secó las manos en el pantalón, que era algo que hacía cuando se ponía nervioso.
—Pará. Pará un segundo. ¿Vos estás hablando de que la Vale venga a mirarnos coger?
—Sí.
—¿Y vos?
—Yo también miro. —Sofía cerró la canilla y lo miró de frente—. Vos mirás desde que empezó todo esto, Mateo. Nunca te quejaste. Ahora quiero probar yo.
Mateo se quedó pensando. Se pasó la mano por la barba corta, prolija, y después soltó una risa corta, de esas que salen cuando algo te da un poco de miedo y un poco de ganas a la vez.
—Sos una hija de puta, ¿sabés?
—Ya sé.
—Con Lucas fue distinto. Lucas es mi amigo, lo conozco de la facultad. Con la Vale... no sé. Con la Vale tengo que estar a la altura, boluda.
—Vas a estar.
—¿Y si me pongo nervioso y no se me para?
—Se te va a parar. —Sofía se le acercó y le puso la mano en la panza, arriba de la remera—. Va a estar sentada ahí, mirándote, con la copa en la mano. Y va a estar pensando en tu pija. Y vos lo vas a saber. Y se te va a parar sola.
Mateo la abrazó por atrás, le apoyó la cara en el cuello.
—¿Y vos no te vas a poner celosa?
—No sé. Por eso quiero probar.
Esa noche, antes de dormir, Sofía le escribió a la Vale. Directo, como hablaban ellas desde el viernes en su casa.
"Che. ¿Tenés plan mañana?"
"No. ¿Por?"
"Mateo quiere conocerte bien."
"Ya me conoce, boluda."
"En serio, Vale. Quiere que vayas a casa."
Tardó un minuto en contestar.
"¿Y qué quiere exactamente?"
"Que primero mires."
"¿Mirar qué?"
"A nosotros."
Silencio de dos minutos. Después:
"¿Y después?"
"Después, lo que vos quieras."
"Sofi la puta madre."
"¿Vas a venir?"
"¿A qué hora?"
"Nueve. Y ponete algo lindo. Aunque te lo vas a sacar."
"Hija de puta."
Vale llegó a las nueve y diez, con una botella de vino tinto y una bolsa de empanadas que nadie había pedido. Se había puesto un vestido negro de tiras finas, de esos que se atan en el cuello, con la espalda bastante al aire y un escote que le levantaba las tetas grandes. Se había puesto el pelo suelto, ondulado, con el volumen que le daba el calor, y se había pintado los labios de un rojo oscuro. Se notaba que se había preparado. Y se notaba que estaba nerviosa, aunque disimulaba con la boca.
Mateo la recibió con un abrazo y un beso en la mejilla, y cuando se separaron los dos se miraron un segundo más de lo que correspondía. Sofía lo vio desde la cocina, con la copa en la mano, y sonrió.
Cenaron en la mesita del living. Nada del otro mundo: empanadas, vino, la tele apagada de fondo, la música baja, el ventilador girando sin convicción. Hablaron de pavadas, del laburo de Vale, del grupo, del Chino, que ese fin de semana estaba en Corrientes con la familia y les había mandado una foto del río con un texto de "acá se vive mejor". Vale se reía fuerte, se tocaba el pelo, se acomodaba en la silla. Y cada tanto miraba a Mateo de reojo, como si lo estuviera midiendo.
Cuando terminaron de comer, Sofía se levantó, apagó la luz grande y dejó solo la lámpara del rincón. La luz quedó tibia, baja, naranja.
—Bueno —dijo, y se sentó en el sofá, al lado de Mateo—. Vale, sentate ahí.
Le señaló el sillón individual, el que estaba enfrentado, el de las visitas. Vale se sentó. Se cruzó de piernas. Y esperó.
Sofía se giró hacia Mateo, le puso la mano en la nuca y lo besó. Despacio, largo, con lengua, sin apuro, como si estuvieran solos. Mateo respondió, con la mano en la cintura de ella, y al principio fue todo normal, un beso de viernes, de pareja. Pero después Sofía se le subió encima, se le sentó a horcajadas, y siguió besándolo.
Vale no dijo nada. Tenía la copa apoyada en la rodilla y no la tocaba.
Sofía cortó el beso, se separó un centímetro de la cara de Mateo, y habló sin darse vuelta:
—¿Estás cómoda?
—Sí.
—¿Nos estás mirando?
—Sí.
—Bien.
Y lo volvió a besar. Le sacó la remera por la cabeza. Le pasó las manos por el pecho, por los hombros, se apretó contra él. Mateo le desabrochó el vestido por la espalda, se lo bajó por los hombros, y Sofía se lo terminó de sacar sola, levantando los brazos. Quedó con el conjunto de encaje negro, el de siempre, el que sabía que funcionaba. Se lo había puesto a propósito.
Vale tragó saliva. Se le notó.
—¿Te gusta? —preguntó Sofía.
—Sofi, por favor.
—Contestá.
—Sí. Me gusta. —La voz le salió más ronca de lo que esperaba—. Me encanta.
Sofía se mordió el labio y se sacó el corpiño. Las tetas le quedaron al aire, redondas, pesadas, con los pezones ya duros. Vale se movió en el sillón. Se desató una tira del vestido, después la otra.
—¿Te estás desvistiendo? —preguntó Sofía.
—Sí.
—¿Y por qué?
—Porque me da calor.
—Mentira.
—Bueno. Porque quiero estar como vos.
Sofía se rió, con la boca pegada al hombro de Mateo. Y Mateo, abajo, con la pija marcada en el pantalón, miró a Vale por primera vez en serio.
—Vale —dijo.
—Qué.
—Sacate el vestido. Todo.
Vale se levantó, se desató las tiras del cuello, se lo sacó por la cabeza y lo tiró sobre el respaldo. Quedó con un conjunto de encaje colorado, distinto al de Sofía, más chico, más apretado, con las tetas grandes desbordando apenas por arriba. Tenía las caderas anchas, la cola redonda y grande, las piernas fuertes.
Sofía la miró de arriba abajo.
—Vale.
—Qué.
—Ya estás mojada.
—Y sí, boluda. Desde que llegué.
—Mostrame.
Vale se sentó de nuevo, se abrió de piernas en el sillón individual y se quedó así, con la bombacha colorada puesta, mirándola. En el centro de la tela había una mancha oscura, alargada, que se veía desde el otro lado del living.
—¿Eso es todo? —preguntó Sofía.
Vale se pasó dos dedos por el costado, se corrió la tela a un lado, y la dejó ahí, corrida, mostrando los labios hinchados, brillantes, con la luz de la lámpara pegándole de lleno. Tenía el vello oscuro, corto, prolijo. Después soltó la tela y la bombacha volvió a su lugar, con una mancha más grande que antes.
—Ahí está —dijo Vale.
Mateo, desde el sofá, hizo un ruido con la garganta.
—¿Viste? —le dijo Sofía al oído—. Te lo dije.
—Sofi...
—Ahora cogeme. Y que ella mire.
Y se cogieron.
Sofía le desabrochó el jean, se lo bajó hasta los tobillos y le sacó el calzoncillo junto con los pantalones. Mateo quedó desnudo en el sofá, con la pija parada contra la panza, y Vale, desde el sillón individual, la miró sin disimular.
Sofía se bajó la bombacha, se puso de espaldas a Mateo y se sentó sobre él, despacio, dejando que la pija le entrara hasta el fondo. Se agarró de las rodillas de él, apoyó la espalda en su pecho, y empezó a moverse. Despacio, primero. Con la cabeza de Mateo al lado de la suya, con la boca de él en su cuello.
Vale estaba a tres metros. Con las piernas abiertas, con la copa olvidada en el piso, con las dos manos apoyadas en los muslos.
—¿Te gusta cómo se ve? —preguntó Sofía, sin dejar de moverse.
—Mucho.
—¿Qué parte?
—Todo. Cómo te sube. Cómo se te mueven las tetas.
—Mirá bien.
Sofía empezó a moverse más fuerte. Se arqueó, se pasó las manos por el pelo, se tocó las tetas ella misma, se las apretó, se pellizcó los pezones. Sabía que la estaban mirando y eso la hacía moverse distinto. Más lento, más teatral, buscando los ángulos. Cada tanto se daba vuelta y miraba a Vale de frente, sosteniéndole la mirada, mientras el cuerpo le subía y bajaba.
Vale, en el sillón individual, se empezó a tocar. Por arriba de la bombacha, con dos dedos, despacio, en círculos, y después más fuerte, apretando. Se mordía el labio y no les sacaba los ojos de encima.
—¿Te estás tocando? —preguntó Sofía.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes. Desde que llegué. Pero ahora es peor.
Y en un momento dejaron de mirarla. Sofía estaba encima de Mateo, él con la boca en su cuello, los dos metidos en lo de ellos. Y Vale aprovechó. Se enganchó los pulgares en el elástico, se bajó la bombacha por las piernas, la enganchó con el pie y la dejó caer al costado del sillón. No hizo ruido. Ninguno de los dos se dio cuenta.
Se volvió a abrir de piernas. Esta vez sin nada. Se metió dos dedos hasta el fondo, y con la otra mano se agarró una teta y se la apretó. Y se quedó así, mirándolos, con la boca entreabierta, sin apurarse, como si estuviera en el cine.
Mateo, abajo, miraba a Vale con los ojos abiertos. La tenía ahí, a tres metros, con los dedos adentro, mirándolos coger. Y a él no se le bajaba ni un poco.
—Sofi —dijo.
—Qué.
—Estoy cerca. Pero quiero aguantar.
—Aguantá. Que falta lo otro.
Sofía se bajó de él y se arrodilló en el piso. Antes de chupársela, giró la cabeza y miró hacia el sillón individual. Y ahí la vio. Vale tenía los dos dedos adentro, la mano apretándose la teta, la bombacha colorada tirada en el piso al lado del sillón. Sofía se quedó un segundo con la boca abierta y no dijo nada. Se lo guardó para ella.
Le chupó la pija un rato, con las dos manos en las piernas de él, mirando a Vale de costado. Vale, en el sillón, se tocaba más rápido, con la boca abierta, mirando la boca de Sofía trabajar. Mateo le agarró la cabeza y gimió.
—Pará, pará que me voy.
—Paro.
Sofía se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano, y se dio vuelta hacia el sillón individual. Vale estaba ahí, con los dedos brillantes, con la cara colorada, con el pecho subiendo y bajando.
—Ahora vos —dijo Sofía.
Vale se quedó con los dedos adentro un segundo más, y después los sacó.
—Pará. Pará un segundo.
—¿Qué?
—Es que... —Vale se rió, nerviosa, y se pasó la mano mojada por el muslo—. Hace mucho que no.
—¿Mucho cuánto?
—Cinco meses.
Sofía abrió los ojos.
—¿Cinco meses?
—Desde que corté. —Vale se encogió de hombros—. Y desde entonces, nada. Dedos. Y el vibrador rosa. —Se rió—. El vibrador rosa y yo nos conocemos bastante bien, pero no es lo mismo.
—¿Hace cinco meses que no te coge una pija de verdad?
—Cinco.
Sofía se quedó un segundo mirándola. Después sonrió.
—Mejor, entonces. Vas a estar apretada.
—Sofi.
—Andá.
Vale se levantó. Y ahí Sofía la delató.
—Vale.
—Qué.
—Vos ya te la sacaste, ¿no?
Vale se rió, sin una gota de culpa.
—Hace rato.
—Hija de puta.
—Vos me dijiste que mirara.
—Ahora andá.
Sofía caminó hasta el piso, al lado del sofá, se sentó con la espalda apoyada contra la base, y estiró las piernas. Levantó la cara.
—Yo miro —dijo—. Como hacía él.
Y Mateo, desde el sofá, la miró y se le hizo un nudo en la garganta. Porque Sofía se había sentado exactamente en el mismo lugar donde él se había sentado tantas veces. En el mismo lugar, con la misma cara de calentura, mirando. Era su lugar y ahora era de ella. Y eso, lejos de molestarle, le dio unas ganas de la puta madre.
Vale caminó los tres metros descalza, con las tetas grandes moviéndose, y se paró delante de Mateo. Se quedó ahí, mirándolo desde arriba.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Todo bien.
—¿Seguro?
—Seguro. —Mateo se pasó la mano por la boca—. Venite.
Vale se le sentó encima, a horcajadas, y lo besó. Fuerte, sin vueltas, con las dos manos en la cara de él. Mateo le agarró las caderas y la apretó contra él. La pija le quedó apretada entre los dos, contra la concha de ella, ya sin nada, y a Mateo se le escapó un gruñido contra su boca.
—Uf.
—¿Tenés forro? —preguntó Vale, con la boca todavía pegada a la de él.
—Sí. Pero si acabo afuera...
—Dale. Sin forro.
Mateo la agarró de la cola con las dos manos, la levantó un poco, y le apoyó la punta de la pija en la entrada.
—¿Lista?
—Sí.
Y bajó. Despacio, hasta el fondo. Vale cerró los ojos, apoyó la frente en la de Mateo, y se quedó quieta un segundo, respirando. Mateo la tenía llena, con las manos en la cola, sin moverse.
—¿Todo bien? —preguntó él.
—Sí. Esperá.
—¿Grande?
—Sí. Un poco.
—¿Linda?
—Linda. —Vale se rió contra su boca—. Linda sí.
Desde el piso, Sofía habló:
—Movete, Vale.
Vale abrió los ojos y la miró. Sofía estaba ahí, sentada con la espalda en la base del sofá, con las piernas estiradas y una mano entre las suyas, mirándola.
—Movete —repitió—. Y mirá a Mateo mientras te movés.
Y Vale se movió. Despacio primero, con las manos en los hombros de él, subiendo y bajando. Después más parejo, más fuerte, buscando el ritmo. Mateo le agarró las tetas con las dos manos, se las apretó, le chupó los pezones, uno y después el otro. Vale tiró la cabeza para atrás y gimió.
—Uy, así. Así.
—¿Te gusta? —preguntó Sofía desde el piso.
—Sí.
—¿Cómo se siente?
—Gruesa. Se siente gruesa.
—Eso es porque te la está dando bien.
—Sofi, por favor.
—Seguí. No pares.
Vale siguió. Se agarró del respaldo del sofá y se movió más rápido, con la cola subiendo y bajando, con las tetas rebotando. Mateo la miraba, le apretaba las caderas, le agarraba la cola, le hablaba al oído:
—Así, así. No pares. Estás hermosa.
—Mateo.
—Sí.
—Estoy cerca.
—Dale. Yo también.
Sofía, desde el piso, se tocaba mirándolos. Se miraba la escena completa: las piernas de Vale abiertas sobre Mateo, la pija de su novio entrando y saliendo de otra concha, la cola de Vale subiendo y bajando. Y no sentía celos. Sentía otra cosa. Sentía como si le perteneciera todo: el que la cogía era suyo, la que estaba arriba era suya también. Y eso la calentaba de una manera nueva.
—Vale —dijo.
—Qué.
—Mirá a Mateo cuando te vengas. Que te vea la cara.
—Sofi.
—Dale.
Y Vale lo miró. Lo miró a los ojos, con la boca abierta, y se vino con un gemido largo, apretándose contra él, con las uñas clavadas en los hombros de Mateo. Mateo aguantó, aguantó, y cuando sintió que la concha de ella se le apretaba alrededor de la pija, se soltó.
—Vale, me voy a ir.
—Dale. Afuera. Acábame encima.
Mateo se la sacó justo a tiempo. Vale se levantó apenas, se quedó de rodillas sobre él, con las tetas grandes colgando, y Mateo se agarró la pija y se la pajeó dos, tres veces. Y acabó.
Acabó fuerte, largo, con un gruñido. Los primeros chorros le cayeron en las tetas, entre los pezones, y el resto le bajó por la panza, hasta el ombligo. Vale se quedó quieta, con los ojos cerrados, recibiendo. Cuando terminó, se veía la leche blanca y espesa sobre la piel aceitunada, brillando con la luz de la lámpara.
—La puta madre —dijo Vale, sin abrir los ojos.
Y entonces Sofía se levantó del piso. Se acercó, se puso de rodillas al lado de ellos, y miró. Miró la leche de Mateo sobre las tetas de su amiga. Y sin decir nada, estiró dos dedos y la levantó, despacio, de la piel de Vale.
Vale abrió los ojos.
—¿Y vos qué hacés?
—Pruebo.
Se llevó los dedos a la boca y se los chupó. Vale la miró, con los ojos muy abiertos.
—¿Y?
—Está bien.
—¿Bien?
—Bien. Distinto. —Sofía volvió a meter los dedos y levantó otro poco—. Probá vos.
Vale se pasó los dedos por las tetas, se los llenó, y se los llevó a la boca. Se rió.
—Es raro.
—Es rico.
—Es rico —concedió Vale.
Y se besaron. Ahí, con la leche de Mateo todavía en los dedos y en las bocas, las dos de rodillas, con la panza de Vale brillando. Se besaron largo, con lengua, y Mateo, abajo, tirado en el sofá con la pija todavía dura y la respiración cortada, las miró y se pasó la mano por la cara.
—Ustedes me van a matar —dijo.
Se rieron las dos. Vale se bajó de encima de él, se limpió con la remera de Mateo, que estaba tirada en el piso, y se sentó al lado. Sofía trajo agua de la cocina. Los tres tomaron, transpirados, con el ventilador girando arriba.
—Bueno —dijo Vale, después de un rato.
—Bueno —dijo Mateo.
—¿Y ahora? —preguntó Vale.
Mateo la miró. Miró a Sofía.
—Ahora los tres —dijo.
Fueron a la pieza. La cama grande, las sábanas limpias que Sofía había puesto esa mañana, la ventana entreabierta y el fresco del otoño chaqueño entrando despacio. Nadie tenía apuro. Los tres sabían que había tiempo.
Se metieron en la cama los tres. Sofía en el medio, otra vez. Mateo de un lado, Vale del otro. Y empezaron a tocarse, sin orden, sin coreografía. Manos por todos lados. Vale le chupó los pezones a Sofía. Sofía le chupó los pezones a Vale. Mateo, en el medio, las tenía a las dos al alcance de las manos y no se decidía, y se reía.
—No sé a quién agarrar.
—Agarrá a las dos —dijo Sofía.
—No me dan las manos.
—Usá la boca también.
Y así fue. Mateo las besó a las dos, las tocó a las dos, les chupó las tetas a las dos. Las tenía de un lado y del otro, una rubia flaca con el culo chico y una morocha de caderas anchas y tetas grandes, y por primera vez en la vida no tenía que elegir.
—Che —dijo Vale, en un momento—. ¿Y si le hacemos las dos a la vez?
—¿Qué cosa?
—La pija. Las dos juntas.
Mateo levantó la cabeza.
—¿En serio?
—En serio.
Se acomodaron. Mateo se sentó contra el respaldo de la cama, con las piernas abiertas. Sofía se puso de un lado, Vale del otro. Y las dos se inclinaron sobre la pija de Mateo al mismo tiempo, con la lengua, lamiéndola de los dos costados, chocándose las bocas cada tanto. Vale se la metió en la boca hasta el fondo y Sofía le lamió las bolas. Después se cambiaron. Mateo las miraba desde arriba, con las dos cabezas rubia y morocha trabajándole la pija, y se agarraba las sábanas con las dos manos.
—Pará, pará, que me voy a ir de nuevo.
—¿Ya?
—Ya, boluda. No sé si tengo tres polvos.
—Tenés —dijo Sofía, sacando la boca—. Tenés.
Se levantó, se puso en cuatro sobre la cama, mirando a Vale.
—Vale, ponete al lado mío. Igual.
Vale se puso en cuatro al lado de Sofía, con la cola hacia arriba. Dos colas juntas, una chica y firme, una grande y redonda, una al lado de la otra. Mateo se puso detrás, se quedó mirando el panorama, y se rió.
—Esto es un sueño.
—No es un sueño —dijo Vale—. Metela.
Mateo la metió en Sofía primero. Despacio, hasta el fondo, agarrándole las caderas. Le dio unas cuantas, fuertes, y Sofía se agarraba de la almohada y gemía. Después se la sacó y se la metió a Vale, sin cambiar de posición, con las manos en las caderas anchas de ella. Vale se arqueó.
—Uy.
—¿Bien?
—Bien. Así.
Y así siguió un rato largo. Alternando. Unas cuantas a una, unas cuantas a la otra. Sacándola mojada de una y metiéndola en la otra, sin limpiarla, pasando de una concha a la otra. Ya sin forro, como habían arreglado en el living, y sin ganas de interrumpir para nada. Las dos gimiendo, las dos mirándose de costado, las dos empujando la cola para atrás para buscarla. En un momento, Sofía estiró la mano y le agarró la mano a Vale. Se quedaron así, en cuatro, tomadas de la mano, mientras Mateo las cogía a las dos.
—Esto está buenísimo —dijo Vale, entre dientes.
—Sí —dijo Sofía.
—Mateo, no pares.
—No paro.
Pero paró, porque quería otra cosa. Se sentó en la cama, se recostó, y les dijo:
—Ahora pónganse encima. Las dos.
Sofía se puso primero. Se sentó sobre él, de espaldas, y se movió un rato, con Vale mirando de costado, con la mano en la cola de Sofía. Después se cambiaron: Vale se sentó sobre Mateo, de frente, y Sofía se puso detrás de ella, abrazándola por la espalda, con las manos en las tetas grandes de Vale, con la boca en su cuello. Vale se movía encima de Mateo y Sofía se movía con ella, pegada, apretándole los pezones, mordiéndole el hombro.
—Sofi —jadeó Vale.
—Qué.
—Me estás volviendo loca.
—Bien.
—Y él también.
Mateo, abajo, miraba a las dos enredadas arriba de él, y sintió que se le acercaba el final por segunda vez en la noche.
—Che, che, me voy a ir.
—Dale —dijo Vale—. Esta vez también afuera.
—Sí. Afuera. Encima de las dos.
Se bajaron. Se pusieron las dos de rodillas, lado a lado, con la cara cerca, mirándolo. Y Mateo se pajeó de nuevo, mirándolas, con las dos ahí, con las bocas abiertas, con las tetas juntas, esperando.
Y acabó.
Los primeros chorros cayeron sobre las dos a la vez, cruzados: parte en la cara de Sofía, parte en el cuello de Vale. El resto, sobre las tetas, sobre los hombros, sobre la clavícula. Las dos se quedaron quietas, con los ojos cerrados, recibiendo. Cuando Mateo terminó, se dejó caer de espaldas en la cama, sin aire.
Sofía abrió los ojos primero. Se miró. Se miró a Vale. Las dos estaban embarradas, con la leche de Mateo cayéndoles por la piel, por los pezones, por el cuello. Y Sofía se rió.
—Vale, mirate.
—Mírate vos.
Se miraron. Y después empezó el juego. Vale se pasó los dedos por el cuello, levantó la leche y se la pasó por los pezones, embadurnándolos, y se los mostró a Sofía.
—Mirá.
—Dame.
Sofía se inclinó y le lamió un pezón a Vale, chupándolo, tomando la leche de la piel de ella. Vale gimió. Después Vale hizo lo mismo: le lamió el cuello a Sofía, de abajo hacia arriba, tomándose lo que había quedado ahí. Sofía se rió con la boca abierta, con el cuerpo estremeciéndose.
Se pasaron la leche de una piel a la otra con los dedos. Se la pusieron en los pezones a la otra. Se la untaron en el ombligo, en el cuello, en los labios. En un momento, Sofía juntó un poco con dos dedos, se los puso en la boca a Vale, y Vale los chupó mirándola a los ojos.
—Está rica —dijo Vale.
—Te dije.
Se besaron de nuevo. Con la leche en las bocas de las dos, con la lengua, mezclándola. Largo. Hasta que Mateo, desde la cama, con la pija a medio levantar de nuevo, habló:
—Che, ¿me dejan algo a mí?
Se rieron.
—Vení vos —dijo Sofía.
El tercer polvo fue distinto. Más lento, más cansado, más de los tres. Mateo ya no tenía la fuerza de antes, pero las dos se encargaron. Vale se puso debajo de él, de frente, y Sofía se acostó al lado de Vale, abrazándola, mirándola a la cara mientras Mateo la cogía. Sofía le acariciaba el pelo, le daba besos en la boca, le hablaba bajito. Y cuando Mateo se cansaba, Sofía lo hacía salir y se ofrecía ella, y después volvía a dejar que él entrara en Vale, y así iban pasándose entre las dos, con las piernas enredadas, con las manos por todos lados.
—Así, Mateo —decía Sofía—. Despacito. Que la sienta.
—Sofi...
—Que la sienta bien.
Vale, abajo, con la cara contra la de Sofía, gemía bajito y le mordía el labio. Sofía le sostenía la cara con las dos manos.
—¿Te gusta?
—Sí.
—¿Te gusta que él te coja?
—Sí.
—¿Y que yo te mire?
—Sí. Mucho.
Mateo, encima, las miraba a las dos, y no podía creer la escena: su novia sosteniéndole la cara a la Vale mientras él la cogía, las dos mirándose, las dos hablándose. Se le hizo un nudo en el pecho, además de en la pija.
—Estoy llegando —dijo, al final.
—¿Otra vez? —preguntó Vale, incrédula.
—Otra vez. Última.
—¿Dónde?
Mateo miró a Sofía. Sofía lo pensó un segundo.
—En la boca —dijo—. A las dos. Y nos lo repartimos.
Mateo se sacó, se puso de rodillas, y las dos se acomodaron abajo, con las bocas abiertas, pegadas, una al lado de la otra. Y Mateo acabó por tercera vez en la noche, flojito, corto, pero acabó. Cayó mitad en la lengua de una, mitad en la lengua de la otra.
Y ahí vino la mejor parte. Las dos se miraron, con la boca llena, y después se besaron. Despacio, abriendo la boca, pasándose la leche de una boca a la otra, mezclándola con la lengua, chupándose, comiéndosela entre las dos. Mateo, de rodillas, con la pija todavía goteando, las miraba y se pasaba las manos por el pelo.
—La puta madre —dijo, y se dejó caer de espaldas.
Las dos se rieron. Se tragaron lo que quedaba, se limpiaron la boca con el dorso de la mano, y se tiraron una al lado de la otra, con las piernas todavía temblando.
Nadie habló por un rato largo. Solo el ventilador, la respiración de los tres, algún auto en la calle.
Sofía estaba tirada mirando el techo, con Vale de un lado y Mateo del otro, y en un momento habló sin darse vuelta.
—Che, ¿les puedo confesar algo?
—Dale —dijo Mateo.
—Es una fantasía. De las que nunca dije en voz alta.
—Contá.
Sofía se giró, apoyada en un codo, y miró a Vale.
—A mí me gustaría que me enfiesten tres tipos. —Hizo una pausa—. Y que vos mires.
Vale levantó la cabeza.
—¿Tres?
—Tres. Yo en el medio, los tres encima mío. Y vos sentada ahí, con la copa, mirando. Como miré yo hoy.
—La puta madre, Sofi.
—Y después —siguió Sofía, mirando a Mateo—, cuando ya no doy más, quiero darme vuelta y verte a vos, Vale. Con los tres. Verte a vos en el medio, y quedarme yo mirando.
Vale se quedó callada un segundo.
—¿Y quién sería el tercero? —preguntó.
—No sé. Alguien. Lucas ya está. Falta uno.
—El Chino dijo que no.
—El Chino es un boludo.
Se rieron las tres. Mateo, del otro lado, se pasó la mano por la cara.
—¿Y vos? —le preguntó Sofía a Vale—. ¿Te animarías?
Vale se rió, todavía con el cuerpo caliente, todavía con la leche de Mateo en la piel.
—Sí. Sí, dale. Cuando quieras.
—¿En serio?
—En serio. —Vale se giró hacia ella y le dio un beso corto—. Tres tipos. Yo en el medio. Dale.
—Listo, entonces.
Y se quedaron las tres tiradas, hablando de eso, hasta que a Vale se le fue bajando la calentura y el cuerpo se le fue enfriando. Y ahí, con la cabeza más fría, habló de nuevo.
—Pará.
—¿Qué?
—Pará con lo de los tres.
—¿Por qué?
—Porque sí, en caliente te digo que sí, obvio. Pero ahora que lo pienso... —Vale se rió, insegura—. Yo hace cinco meses que no cojo, boluda. Hoy me cogió uno y casi me muero. No sé si me animaría a dos. Mucho menos a tres.
—Hoy te cogió uno y te gustó.
—Y me encantó. Pero dos a la vez, uno adelante y uno atrás, como me contaste vos la otra vez... —Vale se tocó la frente—. No sé. Y tres ya es de locos.
—Vos ya pasaste de uno a dos en una noche, sin darte cuenta —dijo Sofía—. Y a las dos.
—Con vos. Que te conozco. Y con él, que ya lo tengo visto. —Vale se encogió de hombros—. Tres tipos, todos desconocidos encima mío, es otra cosa.
Mateo se rió desde el otro lado de la cama.
—Entonces te vamos a tener que entrenar.
—Eso —dijo Vale—. Eso sí.
Sofía se estiró y le agarró la mano. Se quedaron los tres así, tirados, con el ventilador girando, con la ventana abierta y el fresco del otoño entrando por las rendijas.
Después de un rato, Vale habló.
—Che.
—Qué —dijo Sofía.
—¿Y ahora qué soy yo?
Sofía se giró y la miró.
—¿Qué querés ser?
—No sé. —Vale miraba el techo—. Hoy vine a mirar y terminé con la leche de tu novio en la boca. Como que "amiga" me queda chico.
Mateo se rió desde el otro lado de la cama.
—Los viernes —dijo—. Si querés, los viernes.
—¿Y los sábados? —preguntó Vale.
—Los sábados ya son de Lucas.
Vale se dio vuelta, apoyada en un codo.
—¿De Lucas?
—De Lucas —dijo Sofía.
Vale se quedó pensando un segundo. Después se dejó caer de espaldas otra vez.
—La puta madre. O sea que yo entré a un club.
—Más o menos —dijo Sofía.
—¿Y Lucas sabe de mí?
—Todavía no.
—Bueno. —Vale se estiró, buscando la mano de Sofía y agarrándola—. Avisame cuando le cuentes. Quiero ver la cara que pone.
Sofía se rió y le apretó la mano.
—Se la vas a ver vos.
Vale se quedó a dormir. Le mandó un mensaje a la hermana —"me quedo en lo de Sofi, no me esperes"— y apagó el celular. Se puso una remera de Mateo, se metió entre las sábanas, y se durmió en cinco minutos, con la cara contra la almohada y una mano apoyada en la cintura de Sofía.
Antes de dormirse, Sofía sacó una foto con el celular. No se veían las caras: se veían las piernas enredadas de los tres, la sábana revuelta, y el brazo de Mateo cruzado sobre las dos. La mandó al chat con Lucas, sin texto, sin nada.
Tardó dos minutos en contestar.
"¿QUÉ MIERDA PASÓ AHÍ?"
Mateo, al lado, leyó por encima del hombro de Sofía y se rió con la boca cerrada.
"Te contamos el sábado", escribió Sofía.
Lucas escribió tres veces seguidas.
"¿El sábado?"
"¿El sábado los tres o el sábado los cuatro?"
Sofía dejó el celular en la mesa de luz. Miró a Mateo, que tenía los ojos cerrados y una sonrisa de boludo. Miró a Vale, que ya estaba dormida, con la cara contra la almohada.
Apagó la luz.
Y se durmió pensando en que el sábado iba a ser un lío hermoso.
0 comentarios - Capítulo Trece: El Que Siempre Miraba