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Dulces 28 Cap. 9

El último chorro de Tania terminó de caer en la boca abierta de Dulce. Ella tragó sin resistirse, el líquido tibio y dulzón resbalándole por la garganta mientras el sabor la embriagaba todavía más. El afrodisiaco corría por su sangre como fuego líquido; cada nervio de su cuerpo parecía expuesto, hipersensible.

Dulces 28 Cap. 9



Los strippers y algunos espectadores todavía tenían la cara y el pecho manchados de la orina rosa de ambas. El círculo de gente alrededor de la silla no se había dispersado; al contrario, se había cerrado más. Algunos se tocaban abiertamente ahora, sin disimulo.
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Rondo, el negro de cuerpo enorme y pene grueso y venoso, se levantó frente a Dulce. Su miembro seguía duro, brillando por la mezcla de saliva, preseminal y restos de orina. La tomó por la cintura y la levantó de la silla como si no pesara nada. Dulce soltó un jadeo cuando sintió el calor de su torso contra el suyo.


—La cumpleañera todavía no ha recibido su verdadero regalo —dijo Rondo con voz grave.cheating


Los otros strippers se acercaron de inmediato. Uno le sujetó los brazos por detrás mientras el otro le abrió las piernas con firmeza. Rondo se arrodilló frente a ella y, sin previo aviso, hundió la lengua dentro de su coño. Dulce arqueó la espalda y soltó un gemido largo, casi un grito. La lengua del hombre era gruesa, caliente y experta; la penetraba profundamente mientras lamió su clítoris con presión firme y rítmica.


Al mismo tiempo, el stripper que estaba detrás se arrodilló también. Separó las nalgas de Dulce con ambas manos y pasó la lengua por su ano, abriéndolo con movimientos circulares, húmedos y lentos. La lengua caliente entraba y salía, lamiendo y empujando, mientras Rondo seguía devorando su coño desde el frente.


Dulce temblaba entre los dos. El placer era demasiado intenso. El afrodisiaco hacía que cada roce de lengua se sintiera mil veces más fuerte. Sus jugos corrían por los muslos y caían sobre el pecho de Rondo.


Después de un rato, Rondo se levantó. Su pene enorme
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, se alineó con la entrada de Dulce. La gruesa cabeza caliente y brillante de preseminal presionó directamente contra sus labios vaginales hinchados. Empujó apenas un poco, solo lo suficiente para que ella sintiera la amenaza de aquella grosura a punto de abrirla.


Dulce abrió los ojos con pánico.


—Espera… por favor… usa condón… —rogó con la voz temblorosa.


Rondo sonrió con calma, sin apartar su miembro de la entrada de ella.


—Todos aquí estamos checados. Estudios médicos obligatorios cada cierto tiempo. Estamos limpios.


Dulce insistió, aunque el afrodisiaco le nublaba el juicio:
—Aun así… quiero que uses uno. Por favor…


Rondo levantó una ceja, divertido.


—Está bien. Pero si quieres que me lo ponga, vas a tener que conseguir uno de mi tamaño… y colocármelo tú misma. Con la boca.


Alguien del público, entre risas y silbidos, arrojó un condón XXL hacia ellos. Cayó cerca de los pies de Dulce. Ella lo recogió con manos temblorosas.


—Yo… nunca he puesto uno así —admitió en voz baja, avergonzada—. Solo… solo sé poner los normales.
El stripper que estaba detrás de ella no esperó más. Escupió sobre su ano y introdujo un solo dedo grueso, empujándolo lentamente. Gracias al afrodisiaco, Dulce no sintió dolor; solo una presión extraña y caliente que se mezclaba con el placer que ya sentía entre las piernas.


Dulce abrió el empaque del condón. Al desenrollarlo un poco se quedó mirándolo, impresionada. Era mucho más grande y grueso que cualquiera de los que había usado alguna vez con Héctor en sus días fértiles.


Aquellos eran pequeños, delgados, casi delicados. Este parecía hecho para otra categoría.


Se arrodilló frente a Rondo. Su pene enorme se alzaba frente a su cara, pesado, venoso, la cabeza brillante de preseminal. Dulce acercó el condón a sus labios, lo colocó sobre la punta y trató de enrollarlo con la boca como había visto en algunos videos.



Pero era inexperta.
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Los dientes le rozaron el látex por accidente. Sintió un leve roce, pero no se dio cuenta de que lo había dañado ligeramente. Siguió empujando con la boca, succionando y avanzando el condón por el grueso falo. La salivaba, se le escapaban hilos de baba, y sus labios se estiraban al máximo alrededor de aquella grosura.


Solo logró bajarlo hasta la mitad.


No pudo más. El tamaño era demasiado. Cada intento de meterlo más profundo le provocaba arcadas y le llenaba los ojos de lágrimas. Se apartó un poco, jadeando, con el condón colocado solo a medias sobre el miembro de Rondo, brillando de saliva.


Rondo la miró desde arriba, satisfecho.


—Suficiente.


La levantó de nuevo. La sujetó por las caderas. La gruesa cabeza de su pene, ahora cubierta a medias por el látex, se alineó perfectamente con la entrada hinchada y empapada de Dulce.


Estaba justo ahí.


Presionando suavemente contra sus labios vaginales.
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