Día 20. Jueves.
Por suerte Ale ya se había levantado cuando me desperté. No había hablado con él sobre lo sucedido, así que me envolvía una tremenda desazón. Intenté convencerme de que el chico no diría nada, pues tampoco me veía con el valor de afrontar una nueva charla con él. ¡Es que le había hecho una mamada! No me lo podía creer. Atormentada, dejé pasar el tiempo, levantándome más tarde que de costumbre.
Cuando salí al salón, me topé con Jorge, que estaba viendo la tele. Los dos pequeños jugaban en el agua de la piscina. Me dejé caer junto al veinteañero, derrumbada, en completo silencio.
—Buenos días —me saludó sin dejar de mirar el televisor.
—Buenos días —contesté con cierto desánimo.
—¿Qué le pasa a la reina de la casa?
Sonreí ligeramente, sin muchas ganas.
—Jorge… ¿crees que he obrado bien estos últimos días?
Ahora fue él quien sonrió, pero no dijo nada.
—Tengo que confesarte una cosa… —proseguí, necesitada de quitarme de encima el mal estar que me reconcomía por dentro.
—A ver si lo adivino…
Me quedé expectante, incapaz de creer que pudiera saber lo que me provocaba la pesadumbre.
—Le has hecho una paja al peque y una mamada a Ale.
Me quedé sorprendida. Mi rostro debía reflejar el asombro al descubrir que probablemente mis primos se lo habían explicado todo a su hermano mayor.
—¿Te lo han contado ellos? —me quise asegurar.
—Los tienes impresionados —rio—. Cuentan maravillas de ti y de tu boca.
—¡Ay, madre mía, Jorge, pero qué he hecho! —Mis lamentos provocaron las carcajadas del veinteañero.
—Pues pasarlo bien. Y, sobre todo, hacerles pasar un buen rato a ellos. Les encantó tener ese momento contigo, Ale está vuelto loco quería metertela.
Esa era la única idea a la que podía aferrarme para aceptar lo que había pasado. Me reconfortaba hablar con el mayor de mis primos, así que aproveché para explicarle los motivos que me habían llevado a hacer lo que había hecho. Ya le había confesado a Jorge que mi marido no me colmaba las expectativas sexuales, así que no le extrañó que le dijera que llevaba varios días más salida que de costumbre. Entre eso y la briosa testosterona de la que estaba todo el día rodeada me había dejado llevar, cometiendo las locuras de las que claramente me arrepentía.
—Y, dime, ¿cómo vas con. La calentura? —me preguntó sin rubor alguno.
—¡Jorge! —me quejé, golpeándole jocosamente en el hombro, pues ya me sentía mucho más animada.
—A ver, ellos se han desfogado, pero tú…
—Yo no —suspiré—. Aún espero a que Jesús me deba lo que es mío —sonreí, empezando a comportarme con cierta picardía.
—¿Y qué pasa si no cumple?
—¡Uf! —resoplé—. Creo que me daría un ataque —puse una divertida mueca, procurando quitarle peso.
—Bueno, si eso pasa igual podemos hacer algo juntos.
¡¿Cómo?! ¿Mi primo acababa de insinuarse descaradamente? No supe reaccionar y, simplemente, sonreí como una tonta. Reflexioné unos instantes y… sí, la idea me calentaba. Así que procuré borrar esos alocados pensamientos y deseé que al día siguiente mi marido estuviera a la altura.
—Cumplirá —concluí finalmente, intentando aparentar una seguridad que no era tal.
Jorge rio.
—Si ves que se te hace larga la espera, lo vamos hablando —me guiñó un ojo antes de levantarse y salir a fuera con los dos menores.
Me dejó de piedra. Una roca por la que corría un riachuelo que me humedecía las bragas. Las insinuaciones de Jorge me habían puesto a tope una vez más, y no sé cuántas iban ya durante el verano. Resoplé y me alcé, poniéndome a hacer tareas del hogar para entretenerme. No quería salir a la piscina.
Por la tarde volvimos a ir a la playa. Allí estaba el cuarentón con el que coincidimos el lunes por la mañana. El muy adorable había cambiado el horario solo para volver a verme. Tras rogarle a Jirge que se comportara, disuadiéndole de su idea de mandarlo a casa a base de golpes, aproveché la presencia del desconocido para evitar meterme al agua con mis primos, quedándome en la arena charlando con él. El hombre me habló de varios temas, pero puso énfasis en dejarme claro lo arruinado que estaba su matrimonio. Yo no quise entrar en detalles sobre mi vida personal.
No sé por qué motivo había intuido que Jorge no saldría esa noche, pero me equivoqué. Me sentí ligeramente decepcionada. Tal vez había dado por hecho que, a falta de un día para la llegada de Jorge, el chico pondría algo más de empeño en seducirme. No es que quisiera que lo hiciera, pero por algún extraño motivo me había hecho a la idea.
Lo bueno es que aproveché la ausencia del mayor para tener una charla con los dos pequeños. Sin entrar en muchos detalles, intenté explicarles las razones por los que había ocurrido lo de las dos últimas noches. Centré mi argumentación en sus necesidades y en mi buena fe para hacerles un favor. Lógicamente obvié todo lo referente a mi disfrute personal. Los chicos parecieron entenderlo, así que solo me faltaba una cosa, la más importante tal vez. Nadie, absolutamente nadie más debía saber lo que había sucedido. El peque replicó, pero le convencí argumentando que en caso de que Jorge se enterara, no podríamos volver a hacer nada parecido. No es que pensara hacerlo, por supuesto, pero me valía para mantenerlos con la boca cerrada.
Al parecer, había resuelto una crisis. Mis dos primos dormían en la habitación doble y Jorge aún tardaría en llegar. Estaba fatigada, más mentalmente que otra cosa, así que me fui a la cama. Pensé que era mejor evitar cualquier tipo de tentación con el veinteañero.
—Vero…
Estaba medio dormida cuando oí la voz del mayor de mis primos mientras entraba a la habitación.
—Ann, ¿estás despierta?
—No… bueno… ahora ya sí…
El chico se tumbó a mi lado.
—¿Sabes que…? Vengo muy caliente…
Sentí cómo se arrimaba a mi cuerpo.
—Jorge… —me quejé, apartándolo de mí sin demasiado esmero.
—Vamos, Ann, si estamos los dos necesitados…aparte con ese shorts se te ve muy rico el culo, se te ven las nalgas y con esta calentura me pones mal
No supe si bromeaba, pero me hizo reír. El chico comenzó a acariciarme la cadera, al parecer, sin mayores pretensiones.
—¿Pero no ves que no puede ser?
—Déjate llevar… tú no tienes que hacer nada —me sonrió, mostrándome un rostro tremendamente seductor, yo te lo hago.
—¿Y qué pretendes? —sonreí.
—Esta noche te hago yo el favor a ti, para que te desfogues de una vez y bajarte la calentura.
Me hizo reír.
—Estás loco.
—Tú no tienes ni que tocarme.
Me estaba convenciendo. Con mis otros dos primos había sido demasiado proactiva y eso me había atormentado, sintiéndome completamente culpable de lo ocurrido. Pero Jorge me proponía otra cosa. Yo podía hacerme la muerta mientras él…
—¿Pero qué quieres hacerme?
—Quiero comerte la vagina y el culo—soltó mientras pasaba a acariciarme la parte interna de los muslos.
¡Uhm! Ahogué el gemido. Solo escuchar la lujuriosa propuesta de mi primo hizo que comenzara a lubricar. Dudé un instante y mi momentáneo silencio debió tomárselo como un sí, pues Jorge me agarró los shorts y tiró de ellos, dejándome en tanguita.
—¡¿Qué haces?! —me quejé.
Era el momento clave. O le paraba ahora o no habría marcha atrás. Lógicamente iba a detenerle cuando de repente me agarró de la cintura, volteándome. Sin posibilidad de reacción, me quedé boca abajo, completamente despatarrada, con mi primo entre mis piernas. El chico me bajó la ropa interior, dejando la prenda a la altura de mis rodillas y metió la cabeza entre mis nalgas.
¡Oh, dios! ¿Cuánto hacía que no me hacían un cunnilingus? Jorge lo había hecho en contadas ocasiones y únicamente en nuestros inicios. Sentí la lengua de mi primo adentrándose entre los pliegues de mi vagina y provocándome una placentera sensación de sometimiento. El ritmo de las lamidas era bueno. Incluso tal vez demasiado. En tan solo unos segundos me tenía al borde del orgasmo y creí que lo iba a alcanzar cuando me comió el ano, metiendo su lengua en mi ano, no pude evitar gemir y el obviamente se dió cuenta porque mientras chupaba mi ano apretaba mis pompis y yo abría más mis piernas para que el entrara más. ¡Pero qué hijo de puta! Me tenía a su merced. En ese momento habría hecho cualquier cosa que me pidiera. Y él lo sabía. Por eso se detuvo.
Por suerte Ale ya se había levantado cuando me desperté. No había hablado con él sobre lo sucedido, así que me envolvía una tremenda desazón. Intenté convencerme de que el chico no diría nada, pues tampoco me veía con el valor de afrontar una nueva charla con él. ¡Es que le había hecho una mamada! No me lo podía creer. Atormentada, dejé pasar el tiempo, levantándome más tarde que de costumbre.
Cuando salí al salón, me topé con Jorge, que estaba viendo la tele. Los dos pequeños jugaban en el agua de la piscina. Me dejé caer junto al veinteañero, derrumbada, en completo silencio.
—Buenos días —me saludó sin dejar de mirar el televisor.
—Buenos días —contesté con cierto desánimo.
—¿Qué le pasa a la reina de la casa?
Sonreí ligeramente, sin muchas ganas.
—Jorge… ¿crees que he obrado bien estos últimos días?
Ahora fue él quien sonrió, pero no dijo nada.
—Tengo que confesarte una cosa… —proseguí, necesitada de quitarme de encima el mal estar que me reconcomía por dentro.
—A ver si lo adivino…
Me quedé expectante, incapaz de creer que pudiera saber lo que me provocaba la pesadumbre.
—Le has hecho una paja al peque y una mamada a Ale.
Me quedé sorprendida. Mi rostro debía reflejar el asombro al descubrir que probablemente mis primos se lo habían explicado todo a su hermano mayor.
—¿Te lo han contado ellos? —me quise asegurar.
—Los tienes impresionados —rio—. Cuentan maravillas de ti y de tu boca.
—¡Ay, madre mía, Jorge, pero qué he hecho! —Mis lamentos provocaron las carcajadas del veinteañero.
—Pues pasarlo bien. Y, sobre todo, hacerles pasar un buen rato a ellos. Les encantó tener ese momento contigo, Ale está vuelto loco quería metertela.
Esa era la única idea a la que podía aferrarme para aceptar lo que había pasado. Me reconfortaba hablar con el mayor de mis primos, así que aproveché para explicarle los motivos que me habían llevado a hacer lo que había hecho. Ya le había confesado a Jorge que mi marido no me colmaba las expectativas sexuales, así que no le extrañó que le dijera que llevaba varios días más salida que de costumbre. Entre eso y la briosa testosterona de la que estaba todo el día rodeada me había dejado llevar, cometiendo las locuras de las que claramente me arrepentía.
—Y, dime, ¿cómo vas con. La calentura? —me preguntó sin rubor alguno.
—¡Jorge! —me quejé, golpeándole jocosamente en el hombro, pues ya me sentía mucho más animada.
—A ver, ellos se han desfogado, pero tú…
—Yo no —suspiré—. Aún espero a que Jesús me deba lo que es mío —sonreí, empezando a comportarme con cierta picardía.
—¿Y qué pasa si no cumple?
—¡Uf! —resoplé—. Creo que me daría un ataque —puse una divertida mueca, procurando quitarle peso.
—Bueno, si eso pasa igual podemos hacer algo juntos.
¡¿Cómo?! ¿Mi primo acababa de insinuarse descaradamente? No supe reaccionar y, simplemente, sonreí como una tonta. Reflexioné unos instantes y… sí, la idea me calentaba. Así que procuré borrar esos alocados pensamientos y deseé que al día siguiente mi marido estuviera a la altura.
—Cumplirá —concluí finalmente, intentando aparentar una seguridad que no era tal.
Jorge rio.
—Si ves que se te hace larga la espera, lo vamos hablando —me guiñó un ojo antes de levantarse y salir a fuera con los dos menores.
Me dejó de piedra. Una roca por la que corría un riachuelo que me humedecía las bragas. Las insinuaciones de Jorge me habían puesto a tope una vez más, y no sé cuántas iban ya durante el verano. Resoplé y me alcé, poniéndome a hacer tareas del hogar para entretenerme. No quería salir a la piscina.
Por la tarde volvimos a ir a la playa. Allí estaba el cuarentón con el que coincidimos el lunes por la mañana. El muy adorable había cambiado el horario solo para volver a verme. Tras rogarle a Jirge que se comportara, disuadiéndole de su idea de mandarlo a casa a base de golpes, aproveché la presencia del desconocido para evitar meterme al agua con mis primos, quedándome en la arena charlando con él. El hombre me habló de varios temas, pero puso énfasis en dejarme claro lo arruinado que estaba su matrimonio. Yo no quise entrar en detalles sobre mi vida personal.
No sé por qué motivo había intuido que Jorge no saldría esa noche, pero me equivoqué. Me sentí ligeramente decepcionada. Tal vez había dado por hecho que, a falta de un día para la llegada de Jorge, el chico pondría algo más de empeño en seducirme. No es que quisiera que lo hiciera, pero por algún extraño motivo me había hecho a la idea.
Lo bueno es que aproveché la ausencia del mayor para tener una charla con los dos pequeños. Sin entrar en muchos detalles, intenté explicarles las razones por los que había ocurrido lo de las dos últimas noches. Centré mi argumentación en sus necesidades y en mi buena fe para hacerles un favor. Lógicamente obvié todo lo referente a mi disfrute personal. Los chicos parecieron entenderlo, así que solo me faltaba una cosa, la más importante tal vez. Nadie, absolutamente nadie más debía saber lo que había sucedido. El peque replicó, pero le convencí argumentando que en caso de que Jorge se enterara, no podríamos volver a hacer nada parecido. No es que pensara hacerlo, por supuesto, pero me valía para mantenerlos con la boca cerrada.
Al parecer, había resuelto una crisis. Mis dos primos dormían en la habitación doble y Jorge aún tardaría en llegar. Estaba fatigada, más mentalmente que otra cosa, así que me fui a la cama. Pensé que era mejor evitar cualquier tipo de tentación con el veinteañero.
—Vero…
Estaba medio dormida cuando oí la voz del mayor de mis primos mientras entraba a la habitación.
—Ann, ¿estás despierta?
—No… bueno… ahora ya sí…
El chico se tumbó a mi lado.
—¿Sabes que…? Vengo muy caliente…
Sentí cómo se arrimaba a mi cuerpo.
—Jorge… —me quejé, apartándolo de mí sin demasiado esmero.
—Vamos, Ann, si estamos los dos necesitados…aparte con ese shorts se te ve muy rico el culo, se te ven las nalgas y con esta calentura me pones mal
No supe si bromeaba, pero me hizo reír. El chico comenzó a acariciarme la cadera, al parecer, sin mayores pretensiones.
—¿Pero no ves que no puede ser?
—Déjate llevar… tú no tienes que hacer nada —me sonrió, mostrándome un rostro tremendamente seductor, yo te lo hago.
—¿Y qué pretendes? —sonreí.
—Esta noche te hago yo el favor a ti, para que te desfogues de una vez y bajarte la calentura.
Me hizo reír.
—Estás loco.
—Tú no tienes ni que tocarme.
Me estaba convenciendo. Con mis otros dos primos había sido demasiado proactiva y eso me había atormentado, sintiéndome completamente culpable de lo ocurrido. Pero Jorge me proponía otra cosa. Yo podía hacerme la muerta mientras él…
—¿Pero qué quieres hacerme?
—Quiero comerte la vagina y el culo—soltó mientras pasaba a acariciarme la parte interna de los muslos.
¡Uhm! Ahogué el gemido. Solo escuchar la lujuriosa propuesta de mi primo hizo que comenzara a lubricar. Dudé un instante y mi momentáneo silencio debió tomárselo como un sí, pues Jorge me agarró los shorts y tiró de ellos, dejándome en tanguita.
—¡¿Qué haces?! —me quejé.
Era el momento clave. O le paraba ahora o no habría marcha atrás. Lógicamente iba a detenerle cuando de repente me agarró de la cintura, volteándome. Sin posibilidad de reacción, me quedé boca abajo, completamente despatarrada, con mi primo entre mis piernas. El chico me bajó la ropa interior, dejando la prenda a la altura de mis rodillas y metió la cabeza entre mis nalgas.
¡Oh, dios! ¿Cuánto hacía que no me hacían un cunnilingus? Jorge lo había hecho en contadas ocasiones y únicamente en nuestros inicios. Sentí la lengua de mi primo adentrándose entre los pliegues de mi vagina y provocándome una placentera sensación de sometimiento. El ritmo de las lamidas era bueno. Incluso tal vez demasiado. En tan solo unos segundos me tenía al borde del orgasmo y creí que lo iba a alcanzar cuando me comió el ano, metiendo su lengua en mi ano, no pude evitar gemir y el obviamente se dió cuenta porque mientras chupaba mi ano apretaba mis pompis y yo abría más mis piernas para que el entrara más. ¡Pero qué hijo de puta! Me tenía a su merced. En ese momento habría hecho cualquier cosa que me pidiera. Y él lo sabía. Por eso se detuvo.
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