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Unas vacaciones fuera de lo común 5

Día 18. Martes.
—¿Qué hacen levantados? —me sorprendí al salir al salón y encontrarme con mis tres primos despiertos.

—Vamos a la nudista, ¿no? —soltó Jorge, dejándome sorprendida.

—No habíamos quedado en nada —cercioré.

—Bueno, pues lo decidimos ahora —insistió.

—Además, que no. Que no puede ser —me cerré en mi opinión.

La tarde anterior ya había llegado a la conclusión de que era mejor evitar pasar un día en la playa todos desnudos, pero mis primos insistieron.
—Primero —argumenté—, no tengo ni idea de dónde hay una playa nudista. Y segundo, no podemos ir ya que ustedes se ponen muy duros—le recriminé a los dos menores.

—Podríamos ir a la playa que fuimos con Jesús —soltó Ale—. Hoy es martes, supongo que habrá menos gente que el fin de semana.

—Cierto. Seguramente no haya nadie —añadió Jorge—, con lo que podremos desnudarnos. Y si viene alguien pues nos vestimos y ya está.

Mis primos me estaban haciendo el problema. Por suerte no teníamos vehículo propio con lo que su propuesta tampoco era viable.

—Lo siento, chicos, pero me temo que sin coche eso es imposible —sonreí, satisfecha.
—Eso lo resuelvo yo —soltó el veinteañero antes de salir pitando, sin opción a que pudiera replicarle.

Jorge no tardó en regresar y lo hizo conduciendo un Ford Focus de color azul. ¿De dónde lo habría sacado? Lo cierto es que, debido a las insistencias, empezaba a saberme mal no darles el capricho. Pensé que seguramente habría alguien en la playa y me aferré a esa idea para no acabar desnuda junto a mis primos pequeños tal y como mi tía los habían traído a este mundo, es decir, encuerados.

—Está bien —acepté finalmente—, pero conduzco yo —hice valer mi condición de adulta y responsable de los chicos.
Tras cargar el coche con todo lo necesario para pasar el día en la playa, me senté en el asiento del conductor. Extrañamente mi primo había dejado el motor encendido, pero en seguida averigüé el motivo. No había llave. ¡El pequeño delincuente lo había robado haciéndole el puente! Instantáneamente me invadió una sensación de rechazo por la acción, pero rápidamente se transformó en un agradable gusanillo en el estómago, provocado por la adrenalina de saber que, sin querer, estaba siendo cómplice de un delito. Me temblaban hasta las manos.

—Mejor llévalo tú —le ofrecí a Jorge de mala gana, no queriendo descubrirlo ante sus hermanos.

El muy cabrón me respondió con una sonrisa burlesca. Sin duda no era la primera vez que hacía algo parecido.
—No te preocupes —me susurró en secreto al pasar a mi lado, sin dejar de sonreír—, que cuando volvamos lo devuelvo.

No serenó mi irremediable mal estar. Sin embargo, me sentí tranquila al percibir la seguridad con la que actuaba el delincuente. Empezaba a descubrir una parte del nuevo Jorge que extrañamente me gustaba y no quería que se perdiera. La mezcla de bondad del pasado y de rudeza del presente era explosiva. Atrás había quedado su inocencia y lo cierto es que ya no la echaba de menos.

Recorrimos el trayecto en coche, atravesamos el sendero de la arboleda y descendimos el terraplén para llegar a la playa. Al descubrir que estábamos completamente solos me invadió una sensación de zozobra. Había aceptado llegar hasta ahí con lo que ahora ya no podía dar marcha atrás. Tuve que asumir lo que iba a pasar. Raúl y Ale corrieron para escoger sitio y comenzar a desnudarse.
—¡Chicos, acuerdense de ponerse crema en sus cositas! —grité, observando el contraste de la piel morena de los chicos con el color blanquecino que predominaba en sus entrepiernas.

Los dos pequeños me hicieron caso mientras su hermano y yo caminábamos por la caliente arena en dirección al lugar en el que habían depositado las toallas.

—¡¿Cómo se te ocurre robar un coche?! —me quejé, ahora dirigiéndome a Jorge, aprovechando que los otros no nos escuchaban.

—¿A qué no sabes de quién es? —¡Y qué importaba eso!, pensé, exasperándome—. De mi amiguita —confesó con un gesto malicioso, sorprendiéndome y provocándome una estúpida sonrisa que, muy a mi pesar, no pude evitar.

—Se lo merece —concluí.
Los dos menores, con las vergas brincando en estado morcillón, ya reían y jugaban, bromeando sobre su desnudez, cuando Jorge y yo llegamos junto a las toallas. El veinteañero comenzó a desvestirse.

—Es una suerte que estemos solos —inició una nueva conversación.

—Anda, no te olvides de ponerte crema —le ignoré, acercándole el frasco.

—¿Por qué no me ayudas a ponérmela? —me propuso, sonriente, rechazando el pote que le extendía.

Eché un rápido vistazo al sexo de mi primo, que estaba en completo reposo. Recordé brevemente la noche que se lo toqué y un pequeño impulso me empujó a hacerle caso. De todas formas, ya tenía asumido que ciertos roces iban a ser ineludibles. Giré el rostro rápidamente y, depositando un poco de crema sobre los dedos de mi mano, mientras controlaba con la vista a sus dos hermanos, unté el protector solar sobre el pubis masculino. Sin decir nada, bajé la mano, extendiendo la crema a lo largo de la polla de Jorge, acariciándosela. Básicamente lo estaba masturbando.
Era un tacto más que placentero. Noté el ligero alzamiento del carnoso miembro al mismo tiempo que escuchaba el incremento de la intensidad en la respiración de mi primo. Observé a los dos pequeños dirigiéndose hacia nosotros y solté rápidamente la verga.

—Termina de ponértela tú —le insté, echándole un nuevo vistazo para comprobar que se le había empinado levemente.

—Ann, ¿tú no te desnudas?

—Claro —sonreí, con unas inusitadas ganas de dejarlos patidifusos.

Al sentir cómo todas las miradas se clavaban en mí, me invadió una tremenda e inesperada sensación de regocijo. Empecé a desnudarme. Me deshice de la camiseta, mostrando la parte de arriba del bikini de color negro especialmente escogido para tal ocasión. Me quité el pareo, descubriendo la parte de abajo a juego, en forma de tanga, dejando a la vista gran parte de mis nalgas.
Así iba ese día
Unas vacaciones fuera de lo común 5

Eché una ojeada a mis primos, que me admiraban absortos, sin decir ni mu. Comprobé que ya había alzado las vergas de Raúl y Ale, mientras que la de Jorge seguía a media asta.

—¿Me ayudas con esto? —me dirigí a Ale, el único del que me fiaba, dándome la vuelta para permitir que me desabrochara la parte de arriba como excusa para ofrecerles un primer vistazo de mi culo entangado.
Oí los cuchicheos de los chicos mientras, de reojo, observaba a mi primo, tímido como siempre, dando un paso inseguro al frente. Sin hablar y con el rostro pintado de rojo, se acercó hacia mí. Antes de que sus temblorosas manos alcanzaran mi bikini, hubo otra parte de su cuerpo que llegó antes. Su verga me golpeó en una de las pompis jajaja.

—¡Ale! —me quejé, risueña.

—Lo siento…

—Controla esa cosa tan larga, macho… —le reprendí jocosamente, pues tenía claro que había sido sin querer pero su verga estaba muy cerca de mi culito.

El adolescente tiró del nudo del bikini, haciendo que se deslizara por mi cuerpo hasta caer en la arena. Me giré, quedándome nuevamente frente a los chicos para mostrarles la ostentosa libertad de mis tetas.
—¿Puedo quitarte yo la parte de abajo? —soltó Raúl con voz de pena, haciéndome reír a carcajadas, lo que provocó que mis senos bailaran ante la atenta mirada de mis primos, que no me quitaban ojo.

Tras rechazar la propuesta del peque, con sumo cuidado de no enseñar más de lo debido, me deshice de la única prenda que me quedaba, agachándome con el culo inclinado para bajar el tanga hasta mis tobillos. Si alguien hubiera estado a mi espalda habría disfrutado del espectáculo que estaba dando, bueno a Ale ya le había tocado verme toda jajaja, un bonito primer plano de mi vagina ligeramente humedecida.
playa



—Si quieres, puedo ponerte crema ahí —me sorprendió Ale, con el rostro incendiado mirando en dirección a mi bajo vientre.

—Gracias, mejor me la pongo yo misma —le sonreí con dulzura.
Ya estábamos los cuatro desnudos. La mañana transcurrió llena de miradas indiscretas, divertidas insinuaciones y alguna que otra metida de mano durante el rato que estuvimos en el agua. Yo disfrutaba tanto de la visión de mis jóvenes primos como de los intencionados roces que nos regalábamos mutuamente. Pero lo que más me sorprendió fue el descubrimiento de que me gustaba mucho más de lo que me hubiera imaginado el sentirme observada.
Durante la comida nos sentamos formando un círculo alrededor de los tuppers que habíamos preparado antes de salir. Yo, imitando la postura de una sirena, sentada medio de lado con las piernas ligeramente estiradas y completamente selladas para no mostrar más de lo debido, ya comenzaba a estar acostumbrada al paisaje y no me incomodaba comer mientras observaba las vergas de mis primos que eran bastante grandes.

La de Jorge estaba reposada sobre uno de sus muslos y, de vez en cuando, según cómo se moviera, el piercing reflejaba los rayos del sol, deslumbrándome. El pollón de Ale, que estaba en frente mío, se encontraba en estado morcillón, pero de vez en cuando ganaba cierto volumen, coincidiendo con las miradas lujuriosas que me pegaba disimuladamente. El peque seguía empalmado y, con las piernas completamente abiertas, tenía los enormes testículos incrustados en el ardiente suelo. Me sorprendía que no se quemara y reí para mis adentros pensando que tal vez debía tener los huevos más calientes que la propia arena.
Incómoda por la postura, me removí, fijándome en el pequeño respingo que dio la verga de Ale. Me di cuenta de que el motivo había sido el mínimo instante en el que había separado ligeramente las piernas. Pensé que era imposible que el chico hubiera vista nada e intuí que le podía la imaginación calenturienta. Traviesa, volví a moverme, repitiendo el gesto, con idéntico resultado. La enorme polla de Ale volvió a tambalearse. Sonreí, cambiando de posición. Me coloqué recta frente a mi tímido primo, que contemplaba mis maniobras con expectación. Seguía sentada con las piernas completamente cerradas, pero ahora las tenía recogidas con las rodillas más o menos a la altura de mis pechos.

Disimuladamente, muy poco a poco, comencé a separar los pies. La verga del niño crecía al mismo tiempo que mis muslos se distanciaban. Pasados unos largos segundos, comencé a sentir la ligera brisa refrescándome los labios vaginales, señal de que mi lubricada vagina debía estar a la vista de mi primo, que ya tenía el pollón a punto de reventar. Junté las rodillas de golpe, impidiéndole la visión y contemplando el susto impregnado en el rostro de Ale. Me lo estaba pasando increíble.
Por la tarde decidí quedarme tomando el sol mientras los chicos se daban un baño. Fue en ese momento, tumbada de espaldas, cuando empecé a darle vueltas a todo lo que estaba sucediendo. Era consciente de que mi comportamiento no era el más adecuado, pero el constante hormigueo que tenía en el estómago me decía todo lo contrario. Estaba volviendo a experimentar sensaciones vividas en mis primeros años de pubertad, cuando comenzaba a descubrir el sexo.

Me di la vuelta, colocándome boca abajo, mientras mi cabeza seguía echando humo. Me puse en la piel de mis primos y, haciendo mías las palabras de Jesús, pensé que no se habían visto nunca en una así, al menos los dos menores. No creía que para ellos nada de lo que se llevaran ese verano fuera algo precisamente malo, más bien lo contrario. Esa idea me reconfortaba. Yo me divertía y ellos disfrutaban de la mejor experiencia de sus vidas.

Envuelta en mis pensamientos, no me di cuenta de que los chicos habían regresado y, sentados en sus toallas, contemplaban mi desnudez.

—¿Estaba buena el agua? —pregunté, girando el rostro para echar una mirada hacia atrás, donde estaban mis primos.

—No tanto como tú —me piropeó Raúl, provocándome una sincera sonrisa.

—Tonto…

—Ha sido un día fabuloso —afirmó Ale.

—Pero si aún no ha acabado… —me sorprendí a mí misma con la contestación.

Se hizo el silencio. Volví a girar el rostro, recuperando la posición natural. Aunque no los veía, sentía las miradas de los niños clavándose en mi culo. Momentáneamente me corté, pues hasta ese instante no habían tenido una visión tan directa de mi anatomía femenina. Pero a los pocos segundos comencé a sentir un subidón de autoestima, provocado por la sensación de sentirme tan deseada.
Comencé a jugar con los pies, enterrándolos en la arena antes de doblar las rodillas, alzándolos. Subrepticiamente, separé un poco las piernas, dejando que los pequeños comenzaran a intuir lo que había entre medio. Las abrí aún más, sin pasarme de guarra, pero lo suficiente como para que pudieran verme el culo y la vagina, que ya babeaba de la excitación que tenía. Las supuestas aviesas miradas de mis primos me ponían a mil.

Estuve un rato en esa postura, sin dejar de jugar con los pies en el aire para disimular, cuando un curioso sonido rompió el silencio que acompañaba al sonoro mar de fondo. Me concentré en el ruido, comenzando a intuir que probablemente uno de mis primos se la estaba jalando. Me giré al instante.

—¡Raúl! —me quejé al ver al peque haciéndose una paja.

Me alcé rápidamente, confusa y ligeramente molesta.

—Ya te vale. ¡Nos vamos! —me enfadé.
Antes de recoger las cosas para vestirme observé que mis otros dos primos estaban empalmados. Lo de Ale era normal, pero me halagó saber que a Jorge le había gustado el bonito espectáculo que les había regalado y verme la vagina en dónde se ve que les hubiera gustado estar adentro y a mi que ellos estuvieran dentro.

—¡Venga! —les apremié.

—Ann, ahora no te vayas a hacer la mártir —me replicó el veinteañero, levantándose con desgana.

Le iba a contestar, pero no tuve cuerpo. Lo cierto es que tenía razón. Yo les había provocado y eso había hecho que el peque comenzara a masturbarse. Aún así, debía mantener las formas. Por lo tanto, continué haciéndome la ofendida, pues para ellos debía aparentar ser toda una dama. Reí con esa idea. La verdad es que estaba siendo más bien un poco puta.
Una vez en el apartamento, por la noche, antes de meterme en la ducha, volví a mandar a cada uno de mis primos a sus respectivas camas, pues pensaba volver a dormir sola. Sin embargo, al salir del cuarto de baño de la habitación de matrimonio, me encontré al peque acostado en el lugar de Jesús.

—¿Se puede saber qué haces? —le recriminé.

—No puedo dormir…

—¿Y qué quieres que yo haga? Anda, vete a la otra habitación.

El chico, que estaba de costado, mirándome, se movió, colocándose boca arriba.

—¡Madre mía, peque!
Aunque le había visto desnudo durante todo el día, me sorprendió comprobar la erección que se apreciaba claramente bajo la fina sábana. ¿No se le había bajado en ningún momento? ¿Cuántas horas seguidas llevaría empalmado? Empecé a preocuparme ligeramente.

—¿Puedo quedarme? —insistió.

Pensé en pedirle que fuera a aliviarse, pero sospeché que si no lo había hecho ya es porque no quería. Me acosté en la cama, a su lado.

—Si me prometes cerrar los ojos e intentar relajarte. Ya verás cómo se te pasa…

—Vale.

—Vale.

Apagué la luz, girándome para quedarme de costado, dándole la espalda.

—Ann…

—¿Qué?

—No me relajo.

—Es pronto. No pienses en nada. Deja la mente en blanco. Ya verás… —fui bajando el tono de voz poco a poco.

—Ann…

No contesté. Y, tras aproximadamente cinco minutos de silencio, pensé que Raúl por fin se habría calmado.

—Ann…

Me estaba poniendo de los nervios. Seguí sin contestar.

—Annete…
—Peque, duérmete —reaccioné imperativamente.

—No puedo dormir…

—¡Ay, dios!

Hastiada, encendí la luz, me giré hacia mi primo y retiré la sábana que le cubría. Agarré el pantalón de deporte por la cintura y tiré de él, descubriendo el erecto falo del pequeño. Solté la prenda e, impulsada por su cansina actitud, rodeé el tronco de la verga con la mano, comenzando a masturbar lo para aliviarlo definitivamente. ¡Pero qué gorda la tenía! Casi no podía abarcarla completamente. Los ojos de mi primo se pusieron en blanco mientras yo estaba mssturbsndolo.
primos
Seguramente, de haberlo pensado durante un instante, no lo habría hecho. Pero ya no había marcha atrás. Había conseguido desquiciarme y lo único que quería es que el peque se callara y se durmiera. La polla de Raúl estaba tan dura como la primera vez que se la toqué en la ducha. La diferencia es que esta vez pude recrearme en el tacto, aunque no tanto como me hubiera gustado. En tan solo unos segundos, el chico comenzó a temblar.

—Chis… tranquilo —le calmé, dejando de tocarle el pene, que respingaba descontroladamente mientras le masajeaba con delicadeza los desproporcionados testículos.
Pero el inexperto muchacho no aguantó más. No pudo controlar el placer que le había provocado y comenzó a eyacular sobre su propio cuerpo. Me quedé absorta viendo cómo el pequeñín se corría, soltando cantidades ingentes de semen, acordes al tamaño de sus enormes pelotas. Cuando mi primo empezó a recuperar la acompasada respiración, me alcé de la cama, retirándome hacia el cuarto de baño.
infiel

Volví con una caja de toallitas húmedas. Me senté junto al peque y comencé a limpiarle el semen de su abdomen. La mayoría del acuoso esperma se había acumulado en su bajo vientre, así que con una mano retiré la verga, ya ligeramente menguada, colocándola hacia su lado natural, y con la otra aseé toda la zona.

—¿Ya estás más relajado?

—Sí. Gracias, Ann.

—Esto ha sido solo para que pudieras dormir. ¿Está claro? —Raul afirmó con la cabeza.

Pero ahora la que no podía dormir era yo. Diez minutos después me encontraba acostada junto a mi primo, con los ojos abiertos de par en par en la oscuridad de la noche veraniega.

—Peque…

Pero el niño ya dormía.
Día 19. Miércoles.
—¿Qué haces, amor mío?

—Pues qué voy a hacer, trabajar —contestó Jesús con claros signos de desgana.

—¿Y cuándo vas a venir?

—Ya lo sabes. El viernes, cuando salga de trabajar.

—¡Jo! ¿Y no puede ser antes? —me quejé, forzando un tono de pena.

—Ojalá pudiera —imitó mi entonación.

—Sabes lo mucho que te quiero, ¿verdad?

—Pues claro, cariño.

—Te echo de menos…

—Y yo a ti.
Aunque no le pude ver, me lo imaginé sonriendo. Eso me dio cierta paz interior. Aún no me creía que la noche anterior le hubiera hecho una paja al más pequeño de mis primos. Pero es que el chico se había puesto muy pesado. O al menos eso me repetía a mí misma una y otra vez.

La conversación telefónica a primera hora de la mañana mientras Ale ayudaba a Raúl con los deberes, me sentó bien. Necesitaba hablar con mi marido para decirle lo mucho que le quería. Evidentemente eso no había cambiado por más que hubiera disfrutado de varios tonteos con los chicos.

Por suerte para mí, a pesar de lo vivido, mis primos actuaban con naturalidad. Parecía que nunca nos hubiéramos visto desnudos y eso me reconfortaba. Tampoco habíamos perdido la complicidad y confianza que habíamos alcanzado. Todo eso ayudaba a considerar que lo ocurrido con el peque no había sido más que un descuido al que no debía darle mayor relevancia.
Decidí que era preciso volver a la normalidad, así que pasamos la mañana en la piscina y por la tarde fuimos a la playa. Sin embargo, aunque Jorge volvió a salir, esta vez no pensaba esperarlo despierta y, al igual que los últimos días, mi intención era no acostarme acompañada.

—Hoy me toca a mí dormir contigo —advirtió Ale.

—Lo siento, pero hoy duermo sola, que anoche el peque ya se coló en mi cama a traición —sonreí, procurando no darle importancia.

—Pues no me parece justo —se quejó el chico.

—Ale, cariño —intenté ser afectuosa para que no se enfadara—, no hay ninguna norma escrita que diga que debáis dormir conmigo —procuré regalarle mi mejor sonrisa.
—¡Pues yo quiero! —se enfurruñó, ruborizándose y consiguiendo que finalmente diera mi brazo a torcer.

Aunque tenía miedo de volver a acostarme con alguno de mis primos por lo que pudiera suceder, por suerte Ale era mucho más cohibido que el peque y, una vez en la cama, no abrió la boca ni se movió un milímetro hasta que se durmió. Me quedé tranquila.

Debía ser de madrugada cuando me desperté. Estaba de costado, de espaldas a mi primo, estaba con un shorts bastante corto tipo cachetero y un top, mi primo dormía a mi la que tenía una mano apoyada sobre mi cadera. Sonreí, imaginando en lo que Ale podría estar soñando. Iba a apartarle cuando, de repente, el pequeño se movió, rozándome sutilmente. El inesperado gesto me hizo dudar de si realmente estaba dormido.

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