

El sudor estaba tibio. Las maderas de la cama no paraban de rechinar. Sentí su mano deslizarse detrás mío. Mi cadera experimentó su temperatura caliente.
Entre las sábanas desordenadas se perdía su aliento agitado. Casi desgarradas por sus manos fuertes, no dejó de inundar de calor la habitación.
Nuestros músculos se tensaron, y las rodillas se nos hundieron en el colchón. El cansancio y la agitación buscaban frenarnos.

La luz tenue y calurosa del velador dibujaban las sombras perfectas, resaltando su extraordinaria virtuosidad.
Sus ojitos quedaron blancos, su lengua acariciando sus labios humedos y las telas sosteniendo su peso mientras descansaba.

Su ropa amaneció tirada en el suelo junto a la mía. La luz del sol entró cálida por la ventana y por lo retina que recién se despegaba. Sentí el brazo sin circulación ya que sus cabellos rubios estaban apoyados allí. No tuve otra reacción que sonreír luego de una noche agitada y secreta.
FIN★👄
0 comentarios - Un encuentro convertido en hábito