Día 12. Miércoles.
Cuando me desperté me di cuenta de que estaba sola. Aunque era temprano, no me pareció raro, pues Ale siempre era el primero en levantarse. Me alcé y, tras cambiarme la pijama que tenía, me dirigí al salón. No había nadie. Extrañada, salí al exterior atravesando la puerta corredera y me encontré a los dos menores cuchicheando en la piscina.
—¿No han desayunado? —inquirí, ligeramente desconcertada.
—Sí, nos hemos preparado unas tostadas —contestó Ale.
—¿Y los deberes? —me dirigí a Raúl, que gesticuló haciéndose el tonto.
Los dos hermanos se separaron, comenzando a nadar cada uno por su lado. Tuve la sensación de que pasaba algo raro, pero no le di mayor importancia.
—Está bien —me resigné mientras volvía al apartamento para prepararme un café.
Pocos minutos después me encontraba en el agua junto a mis dos primos pequeños.
—¿Hoy no haces topless? —me descolocó Ale, ruborizándose como siempre, mientras el peque reía a carcajadas.
—¿Por?
—No sé…
Si tenía alguna estratagema, no se la había ingeniado demasiado. Me hizo reír interiormente.
—¿Solo haces cuando está Jesús? —me preguntó Raúl.
¡Menudas ocurrencias tenía mi primo!
—No —le contesté, sonriendo, totalmente desconcertada con la conversación.
—¿Entonces? —insistió Ale.
—Pues no sé…
—¿Es que no quieres delante de nosotros? —me presionó Raúl.
—No es eso…
En parte sí lo era. Normalmente no habría tenido ningún problema en hacer topless delante de mis primos, pero después de todo lo que había pasado con Ale prefería no hacerlo. No obstante, no me gustó que los chicos se quedaran con esa impresión. Decidí rebajar el tono de la conversación con una broma.
—A ver —sonreí, traviesa—, me quito la parte de arriba si ustedes también se desvisten.
Ni me había planteado la posibilidad de que se lo tomaran en serio. Sin embargo, los dos hermanos me sorprendieron.
—¡Vale! —aceptaron al unísono, sacándose los bañadores y lanzándolos fuera de la piscina.
Mi rostro debió reflejar la tremenda perplejidad por la reacción de mis primos. Tras unos segundos de incredulidad total, fui consciente de estar en el agua junto a dos niños totalmente desnudos y no pude evitar reírme descontroladamente. ¡Vaya tela con los dos pequeños!
—Bueno, supongo que entonces debo cumplir —sonreí, procurando no darle mayor importancia, mientras me sacaba la parte de arriba del bikini, entretenida con la situación.
Alcé la prenda con una mano y, tras un par de vueltas para tomar impulso, la lancé junto a los bañadores masculinos.
—¡Órale! —vitorearon Raúl y Ale, divirtiéndome.
—Oye, pero no es justo que nosotros estemos desnudos y tú no —apuntilló el peque.
—se han quitado los bañadores porque han querido —me quejé.
—No, porque tú nos lo has pedido —matizó Ale.
¿Yo se lo había pedido? Qué mal sonaba eso. No tenía la sensación de que realmente hubiera ocurrido de ese modo, pero tal vez tenía un poco de razón. Tuve la impresión de que la cosa comenzaba a descontrolarse ligeramente. ¿Qué hacía medio desnuda metida en una piscina junto a mis primos pequeños completamente en pelotas? Y lo peor era que me lo estaba pasando rematadamente bien a pesar de las circunstancias.
Pensé una vez más en mi marido y en las tremendas ganas que tenía de volver a verlo para echarle un buen cogidon. Pero eso tendría que esperar aún. Mientras, no me pareció tan mal divertirme un poco para amenizar la espera. Eso o me volvería loca. Después de todo, estaba claro que no iba a pasar nada.
—Vale —acepté.
No me lo creía ni yo, pero ni corta ni perezosa tiré de la única prenda que me quedaba, deslizándola a través de mis piernas para finalmente quedarme íntegramente desnuda bajo el agua.
Mis primos se comportaban con total naturalidad. Parecía que lo de desvestirse en la piscina con una chica como yo lo hacían todos los días. Comenzamos a jugar como normalmente. Aguadillas, empujones, carreras y agarrones. Pero, claro, estábamos desnudos y los roces eran tan inevitables como constantes.
—¡Oye! —me quejé con la primera sobada de teta totalmente descarada.
Raúl solo reaccionó sonriendo con pillería y alejándose rápidamente a nado del lugar del crimen, como si no hubiera sido nada más que una chiquillada. Mas esa solo fue la primera metida de mano. A medida que los chicos se iban envalentonando, a pesar de mis jocosas reprimendas, yo más me iba acostumbrando. Pero lo que más gracia me hacía era cuando en alguno de los forcejeos me golpeaban sin querer con sus grandes y duros miembros. Sabía que Raúl estaba bien dotado, pero me dio la impresión de que Fer no tenía absolutamente nada que envidiarle.
De repente, divisé la figura de Jorge al otro lado del cristal de la corredera, observándonos. El corazón me dio un vuelco, tanto por el susto al no esperármelo como por la sensación de haber sido pillada haciendo algo malo.
—Bueno, chicos, creo que ya es suficiente —les corté el rollo.
Los dos hermanos se quejaron. Sin duda se lo estaban pasando mucho mejor que bien.
Les pedí que salieran ellos primero, pues no quería mostrarme desnuda, y no pareció importunarles emerger del agua completamente empalmados como estaban. Era la primera vez que veía a Ale desnudo y, aunque no pude fijarme bien debido a la abundante pelambrera que tenía en el pubis, me dio la impresión de que poseía una verga tremendamente grande, más que la de Raúl. Aún así, no tenía del todo claro si mi imaginación me estaba jugando una mala pasada, pues empezaba a excitarme pensar que, con lo guapo que era, mi primo adolescente tuviera una buena verga. Comenzaba a sentirme ligeramente descontrolada.
Observando a los pequeños alejarse, instintivamente, me llevé una mano a la entrepierna. Estaba nuevamente excitada, pero mucho más que los últimos días. Tenía la impresión de que, mientras no me desahogara, los calentones parecían acumularse, aumentándome la libido un poco más cada vez. Me apeteció muchísimo tocarme, pero en seguida me di cuenta de que el mayor no me quitaba ojo. A duras penas reprimí las ganas de masturbarme bajo el agua. Por supuesto, no quería hacerlo mientras Jorge me miraba.
Aunque le conté lo ocurrido a Jesús esa misma tarde cuando hablé con él por teléfono, lo cierto es que obvié los detalles más escabrosos. Como si todo hubiera sido una broma, le narré cómo habíamos acabado desnudos bajo el agua de la piscina, pero me callé lo que había pasado dentro y, sobre todo, lo que había sentido y experimentado en mi propio cuerpo.
Si algo bueno tenía todo lo que estaba sucediendo con mis primos, era que mi relación con ellos incluso había mejorado. Había más confianza y complicidad entre nosotros. Sin que las cosas se salieran de control, se había vuelto habitual que me soltaran piropos sin rubor o que, con cierto disimulo, buscaran sutiles roces conmigo. Yo disfrutaba de la situación procurando no darle mayor importancia. Había pasado de sentirme extraña e incómoda debido a los inesperados acontecimientos a sentirme como flotando en una nube gracias a la juvenil testosterona de los chicos. De hecho, ¿a qué mujer no le gusta sentirse deseada?
Día 13. Jueves.
—¡No me jodas! —reaccioné a la mala noticia.
Tras pasar la mañana en la piscina, estaba preparando la comida cuando recibí la llamada de mi esposo. Al parecer había surgido un problema en la empresa y Jesús debía trabajar el viernes hasta tarde.
—Pero vendrás aunque sea de noche, ¿no? —quise saber, ciertamente preocupada.
—No me gustaría ir en la carretera de noche. Saldré el sábado por la mañana, temprano.
—¡Mierda! —me quejé.
Estaba cortando una cebolla para el sofrito cuando, supongo que debido al disgusto, se me escapó el cuchillo y me llevé una cortada en el dedo. La sangre comenzó a emanar a borbotones y tuve que dejar la conversación a medias, casi sin despedirme y colgando repentinamente.
—¡Jorge! —grité.
El veinteañero corrió en mi auxilio, ayudándome a detener la hemorragia con servilletas de papel. Mientras me presionaba la herida, pensé en Jesús. Estaba ansiosa esperando su llegada y se me hizo duro asumir que debía aguantar un día más sin el alivio de un orgasmo. Me mareé ligeramente, dejándome caer y encontrando apoyo en el cuerpo de mi primo.
—¿Estás bien, Ann? —pareció preocuparse.
—Sí, es solo que… estoy bien —procuré forzar una sonrisa.
Jorge me curó, poniéndome un pequeño pero aparatoso vendaje en el dedo de la mano derecha, imposibilitándome terminar de hacer la comida. Por suerte los chicos se encargaron.
Por la tarde teníamos previsto ir a la playa, pero a mí no me apeteció debido a las molestias que sentía en el dedo por el corte que me había hecho. Puesto que Raúl insistió, dejé que los tres hermanos se fueran mientras yo me quedaba en el apartamento reposando.
Una vez a solas, pensé en masturbarme y jugar con mi vibrador para aliviarme al fin. Pero maldije mi suerte por tener maltrecha la mano hábil. Intenté darme placer con la izquierda, mas no me sentí cómoda y lo dejé estar, ligeramente malhumorada. Estaba enfadada conmigo misma por ser tan torpe, pero también con Jesús por retrasar su llegada. Incluso, aunque no tenían ninguna culpa, la tomé con mis primos pequeños. Simplemente estaba molesta con el mundo.
—¡Hola Ann! ¿Cómo estás? —me saludó efusivamente Raúl, entrando directamente a mi encuentro cuando volvieron de la playa.
—Bien, cielo. —Su cariño aplacó ligeramente mi mal humor.
Les pregunté por cómo había ido y, tras una conversación en la que me explicaron lo que habían hecho en la playa, les pedí que se fueran a la ducha. Mientras Ale ocupaba el baño común, Jorge usó el de mi dormitorio. Raúl y yo nos quedamos charlando un rato más.
—¿Podrás bañarte con eso? —me preguntó el peque, refiriéndose a la herida.
—Pues tendré que probarlo —dudé.
—¿Te duele?
—Sí. Y es molesto —me quejé.
—Si quieres, puedo ayudarte.
—¿A qué? —pregunté, completamente desconcertada.
—A ducharte.
Reí a carcajadas debido a la completamente inesperada proposición de mi primo pequeño.
—Te lo debo —me sonrió con picardía, haciendo que aún riera con más ganas.
—Gracias, pero creo que mejor no —me negué.
—¿Qué pasa, te da vergüenza?
¡Joder con el mocoso! Sin duda me estaba poniendo a prueba. Me sentí tentada a entrar en su juego, pero no quise picar. Iba a rechazarle definitivamente, cuando prosiguió con la argumentación.
—No tienes que preocuparte porque te vea, que soy tu primo y hay confianza —dibujó una mueca de suficiencia.
No me podía creer que el peque estuviera usando mis mismas palabras para convencerme, tal y como hice yo con él la semana anterior. Sin duda, al menos me estaba divirtiendo y había conseguido despertarme la curiosidad.
—La diferencia es que yo sí seré la primera mujer que verás desnuda. ¿Me equivoco?
—Ann, que tengo internet en casa…
Reí nuevamente a carcajadas. Mi primo tenía un don para eso.
—Vale, está bien —acepté finalmente, risueña, sin saber muy bien hasta dónde pretendía llegar con todo esto.
Con la estúpida excusa de cambiarme el vendaje mientras Raúl se duchaba, conseguí colarme en el cuarto de baño junto a mi primo pequeño sin levantar mayores sospechas entre los otros dos hermanos. Lo cierto es que la sensación de estar cometiendo una travesura me estaba provocando un nerviosismo placentero que hacía que me lo estuviera pasando exageradamente bien.
—¡Joder, peque! —me sorprendió al bajarse repentinamente el bañador, mostrándome su lustroso pene completamente erecto.
—¿Te ayudo a desnudarte? —me preguntó mientras se deshacía de la prenda, pateándola para lanzarla a un lado del lavabo.
—¿Hacía falta que te desnudaras tú? —le recriminé con parsimonia, mientras comenzaba a desvestirme sin mayores problemas a pesar de las molestias en el maltrecho dedo.
—Vamos a ducharnos juntos, ¿no? —fue bajando el tono de su voz a medida que veía cómo me desprendía de la camiseta y luego de los pantalones.
Sin tener muy claro lo que estaba haciendo, me planté en ropa interior frente a mi primo, que se había quedado sin habla, completamente embobado, observándome. Aunque no le estaba enseñado más de lo que había visto durante todos los días de vacaciones, estaba claro que la situación era mucho más morbosa y lo había impresionado. Eso me animó a seguir adelante.
Me deshice del sostén y comprobé cómo la verga del peque se estremecía, dando un respingo y pareciendo adquirir aún un mayor volumen, si es que eso era posible. La cara se le puso blanca. Supuse que toda la sangre se le había ido a la entrepierna y por un momento temí que se desmayara. Cuando me bajé la tanga, mostrando mi pubis totalmente rasurado y limpio que dejaba ver mi vagina rosa completamente sin nada de barreras, la rechoncha verga del mocoso ya babeaba, haciendo oscilar un colgante hilo de abundante líquido preseminal.
Me dirigí a la ducha. El menor de edad me siguió con la mirada, pero no se atrevió a mover un solo músculo. Lo tenía hipnotizado. Y esa sensación de control me hacía sentir tremendamente poderosa.
—¿Vienes? —le pregunté mientras dejaba caer el agua de la ducha sobre mi cuerpo.
Mi primo balbuceó un monosílabo incomprensible, provocándome una oleada de ternura. Al fin y al cabo, no era más que un chico.
—Vaya, ayer en la piscina eras más valiente —le piqué, a ver si reaccionaba.
—Ya… —soltó, aún con el rostro pálido debido al susto de verme completamente desnuda.
—¿Me ayudas? —le propuse, enseñándole el bote de gel.
Pero el chico no me sorprendió, negando con la cabeza. Como supuse, debía estar aterrado. Dejé caer un chorro de jabón entre mis pechos y le di una última oportunidad.
—¿Estás seguro? —le insistí mientras el gel se deslizaba por mi cuerpo, en dirección a mi vagina.
El chico no se atrevió. Volvió a balbucear y yo me llevé una mano a la entrepierna para aseármela. Observé cómo los enormes huevos de Raúl se retraían, haciendo que el mástil se retorciera, dejando caer al suelo del baño el copioso hilo de líquido preseminal. Esa visión y mis propios roces estuvieron a punto de jugarme una mala pasada. Estuve muy cerca de dejarme llevar, masturbándome delante del peque. Pero me contuve. Seguí enjabonándome el resto del cuerpo, acariciándome disimuladamente para darme placer, pero nada más, simulaba que me tallaba aunque metía un poco más mi dedo en mi vagina.
—Te toca —le advertí una vez concluida la ducha mientras pasaba a su lado, en dirección a la ropa para volver a vestirme, al llegar a mi ropa me empecé a secar todavía el tenía vista de mi cuerpo desnudo, el estaba en la regadera viéndome pero completamente quieto, para jugar un poco más de espalda a el decidí darle un lindo regalo, me agaché para secar mis pies y me incliné demasiado dejando una vista espectacular de mi vagina y de mi culo, al momento de agacharme sentí como mis pompis de abrieron dejando ver lo más íntimo de mi y me quedé ahí como 20 segundos, le había regalado una espectacular vista de todo mi tesoro.
No tardé en dejarlo solo. Ya no sé si se hizo una paja pensando en mí, pero sospeché que sí. Y, ciertamente, me gustaba pensar que así había sido.
Cuando me desperté me di cuenta de que estaba sola. Aunque era temprano, no me pareció raro, pues Ale siempre era el primero en levantarse. Me alcé y, tras cambiarme la pijama que tenía, me dirigí al salón. No había nadie. Extrañada, salí al exterior atravesando la puerta corredera y me encontré a los dos menores cuchicheando en la piscina.
—¿No han desayunado? —inquirí, ligeramente desconcertada.
—Sí, nos hemos preparado unas tostadas —contestó Ale.
—¿Y los deberes? —me dirigí a Raúl, que gesticuló haciéndose el tonto.
Los dos hermanos se separaron, comenzando a nadar cada uno por su lado. Tuve la sensación de que pasaba algo raro, pero no le di mayor importancia.
—Está bien —me resigné mientras volvía al apartamento para prepararme un café.
Pocos minutos después me encontraba en el agua junto a mis dos primos pequeños.
—¿Hoy no haces topless? —me descolocó Ale, ruborizándose como siempre, mientras el peque reía a carcajadas.
—¿Por?
—No sé…
Si tenía alguna estratagema, no se la había ingeniado demasiado. Me hizo reír interiormente.
—¿Solo haces cuando está Jesús? —me preguntó Raúl.
¡Menudas ocurrencias tenía mi primo!
—No —le contesté, sonriendo, totalmente desconcertada con la conversación.
—¿Entonces? —insistió Ale.
—Pues no sé…
—¿Es que no quieres delante de nosotros? —me presionó Raúl.
—No es eso…
En parte sí lo era. Normalmente no habría tenido ningún problema en hacer topless delante de mis primos, pero después de todo lo que había pasado con Ale prefería no hacerlo. No obstante, no me gustó que los chicos se quedaran con esa impresión. Decidí rebajar el tono de la conversación con una broma.
—A ver —sonreí, traviesa—, me quito la parte de arriba si ustedes también se desvisten.
Ni me había planteado la posibilidad de que se lo tomaran en serio. Sin embargo, los dos hermanos me sorprendieron.
—¡Vale! —aceptaron al unísono, sacándose los bañadores y lanzándolos fuera de la piscina.
Mi rostro debió reflejar la tremenda perplejidad por la reacción de mis primos. Tras unos segundos de incredulidad total, fui consciente de estar en el agua junto a dos niños totalmente desnudos y no pude evitar reírme descontroladamente. ¡Vaya tela con los dos pequeños!
—Bueno, supongo que entonces debo cumplir —sonreí, procurando no darle mayor importancia, mientras me sacaba la parte de arriba del bikini, entretenida con la situación.
Alcé la prenda con una mano y, tras un par de vueltas para tomar impulso, la lancé junto a los bañadores masculinos.
—¡Órale! —vitorearon Raúl y Ale, divirtiéndome.
—Oye, pero no es justo que nosotros estemos desnudos y tú no —apuntilló el peque.
—se han quitado los bañadores porque han querido —me quejé.
—No, porque tú nos lo has pedido —matizó Ale.
¿Yo se lo había pedido? Qué mal sonaba eso. No tenía la sensación de que realmente hubiera ocurrido de ese modo, pero tal vez tenía un poco de razón. Tuve la impresión de que la cosa comenzaba a descontrolarse ligeramente. ¿Qué hacía medio desnuda metida en una piscina junto a mis primos pequeños completamente en pelotas? Y lo peor era que me lo estaba pasando rematadamente bien a pesar de las circunstancias.
Pensé una vez más en mi marido y en las tremendas ganas que tenía de volver a verlo para echarle un buen cogidon. Pero eso tendría que esperar aún. Mientras, no me pareció tan mal divertirme un poco para amenizar la espera. Eso o me volvería loca. Después de todo, estaba claro que no iba a pasar nada.
—Vale —acepté.
No me lo creía ni yo, pero ni corta ni perezosa tiré de la única prenda que me quedaba, deslizándola a través de mis piernas para finalmente quedarme íntegramente desnuda bajo el agua.
Mis primos se comportaban con total naturalidad. Parecía que lo de desvestirse en la piscina con una chica como yo lo hacían todos los días. Comenzamos a jugar como normalmente. Aguadillas, empujones, carreras y agarrones. Pero, claro, estábamos desnudos y los roces eran tan inevitables como constantes.
—¡Oye! —me quejé con la primera sobada de teta totalmente descarada.
Raúl solo reaccionó sonriendo con pillería y alejándose rápidamente a nado del lugar del crimen, como si no hubiera sido nada más que una chiquillada. Mas esa solo fue la primera metida de mano. A medida que los chicos se iban envalentonando, a pesar de mis jocosas reprimendas, yo más me iba acostumbrando. Pero lo que más gracia me hacía era cuando en alguno de los forcejeos me golpeaban sin querer con sus grandes y duros miembros. Sabía que Raúl estaba bien dotado, pero me dio la impresión de que Fer no tenía absolutamente nada que envidiarle.
De repente, divisé la figura de Jorge al otro lado del cristal de la corredera, observándonos. El corazón me dio un vuelco, tanto por el susto al no esperármelo como por la sensación de haber sido pillada haciendo algo malo.
—Bueno, chicos, creo que ya es suficiente —les corté el rollo.
Los dos hermanos se quejaron. Sin duda se lo estaban pasando mucho mejor que bien.
Les pedí que salieran ellos primero, pues no quería mostrarme desnuda, y no pareció importunarles emerger del agua completamente empalmados como estaban. Era la primera vez que veía a Ale desnudo y, aunque no pude fijarme bien debido a la abundante pelambrera que tenía en el pubis, me dio la impresión de que poseía una verga tremendamente grande, más que la de Raúl. Aún así, no tenía del todo claro si mi imaginación me estaba jugando una mala pasada, pues empezaba a excitarme pensar que, con lo guapo que era, mi primo adolescente tuviera una buena verga. Comenzaba a sentirme ligeramente descontrolada.
Observando a los pequeños alejarse, instintivamente, me llevé una mano a la entrepierna. Estaba nuevamente excitada, pero mucho más que los últimos días. Tenía la impresión de que, mientras no me desahogara, los calentones parecían acumularse, aumentándome la libido un poco más cada vez. Me apeteció muchísimo tocarme, pero en seguida me di cuenta de que el mayor no me quitaba ojo. A duras penas reprimí las ganas de masturbarme bajo el agua. Por supuesto, no quería hacerlo mientras Jorge me miraba.
Aunque le conté lo ocurrido a Jesús esa misma tarde cuando hablé con él por teléfono, lo cierto es que obvié los detalles más escabrosos. Como si todo hubiera sido una broma, le narré cómo habíamos acabado desnudos bajo el agua de la piscina, pero me callé lo que había pasado dentro y, sobre todo, lo que había sentido y experimentado en mi propio cuerpo.
Si algo bueno tenía todo lo que estaba sucediendo con mis primos, era que mi relación con ellos incluso había mejorado. Había más confianza y complicidad entre nosotros. Sin que las cosas se salieran de control, se había vuelto habitual que me soltaran piropos sin rubor o que, con cierto disimulo, buscaran sutiles roces conmigo. Yo disfrutaba de la situación procurando no darle mayor importancia. Había pasado de sentirme extraña e incómoda debido a los inesperados acontecimientos a sentirme como flotando en una nube gracias a la juvenil testosterona de los chicos. De hecho, ¿a qué mujer no le gusta sentirse deseada?
Día 13. Jueves.
—¡No me jodas! —reaccioné a la mala noticia.
Tras pasar la mañana en la piscina, estaba preparando la comida cuando recibí la llamada de mi esposo. Al parecer había surgido un problema en la empresa y Jesús debía trabajar el viernes hasta tarde.
—Pero vendrás aunque sea de noche, ¿no? —quise saber, ciertamente preocupada.
—No me gustaría ir en la carretera de noche. Saldré el sábado por la mañana, temprano.
—¡Mierda! —me quejé.
Estaba cortando una cebolla para el sofrito cuando, supongo que debido al disgusto, se me escapó el cuchillo y me llevé una cortada en el dedo. La sangre comenzó a emanar a borbotones y tuve que dejar la conversación a medias, casi sin despedirme y colgando repentinamente.
—¡Jorge! —grité.
El veinteañero corrió en mi auxilio, ayudándome a detener la hemorragia con servilletas de papel. Mientras me presionaba la herida, pensé en Jesús. Estaba ansiosa esperando su llegada y se me hizo duro asumir que debía aguantar un día más sin el alivio de un orgasmo. Me mareé ligeramente, dejándome caer y encontrando apoyo en el cuerpo de mi primo.
—¿Estás bien, Ann? —pareció preocuparse.
—Sí, es solo que… estoy bien —procuré forzar una sonrisa.
Jorge me curó, poniéndome un pequeño pero aparatoso vendaje en el dedo de la mano derecha, imposibilitándome terminar de hacer la comida. Por suerte los chicos se encargaron.
Por la tarde teníamos previsto ir a la playa, pero a mí no me apeteció debido a las molestias que sentía en el dedo por el corte que me había hecho. Puesto que Raúl insistió, dejé que los tres hermanos se fueran mientras yo me quedaba en el apartamento reposando.
Una vez a solas, pensé en masturbarme y jugar con mi vibrador para aliviarme al fin. Pero maldije mi suerte por tener maltrecha la mano hábil. Intenté darme placer con la izquierda, mas no me sentí cómoda y lo dejé estar, ligeramente malhumorada. Estaba enfadada conmigo misma por ser tan torpe, pero también con Jesús por retrasar su llegada. Incluso, aunque no tenían ninguna culpa, la tomé con mis primos pequeños. Simplemente estaba molesta con el mundo.
—¡Hola Ann! ¿Cómo estás? —me saludó efusivamente Raúl, entrando directamente a mi encuentro cuando volvieron de la playa.
—Bien, cielo. —Su cariño aplacó ligeramente mi mal humor.
Les pregunté por cómo había ido y, tras una conversación en la que me explicaron lo que habían hecho en la playa, les pedí que se fueran a la ducha. Mientras Ale ocupaba el baño común, Jorge usó el de mi dormitorio. Raúl y yo nos quedamos charlando un rato más.
—¿Podrás bañarte con eso? —me preguntó el peque, refiriéndose a la herida.
—Pues tendré que probarlo —dudé.
—¿Te duele?
—Sí. Y es molesto —me quejé.
—Si quieres, puedo ayudarte.
—¿A qué? —pregunté, completamente desconcertada.
—A ducharte.
Reí a carcajadas debido a la completamente inesperada proposición de mi primo pequeño.
—Te lo debo —me sonrió con picardía, haciendo que aún riera con más ganas.
—Gracias, pero creo que mejor no —me negué.
—¿Qué pasa, te da vergüenza?
¡Joder con el mocoso! Sin duda me estaba poniendo a prueba. Me sentí tentada a entrar en su juego, pero no quise picar. Iba a rechazarle definitivamente, cuando prosiguió con la argumentación.
—No tienes que preocuparte porque te vea, que soy tu primo y hay confianza —dibujó una mueca de suficiencia.
No me podía creer que el peque estuviera usando mis mismas palabras para convencerme, tal y como hice yo con él la semana anterior. Sin duda, al menos me estaba divirtiendo y había conseguido despertarme la curiosidad.
—La diferencia es que yo sí seré la primera mujer que verás desnuda. ¿Me equivoco?
—Ann, que tengo internet en casa…
Reí nuevamente a carcajadas. Mi primo tenía un don para eso.
—Vale, está bien —acepté finalmente, risueña, sin saber muy bien hasta dónde pretendía llegar con todo esto.
Con la estúpida excusa de cambiarme el vendaje mientras Raúl se duchaba, conseguí colarme en el cuarto de baño junto a mi primo pequeño sin levantar mayores sospechas entre los otros dos hermanos. Lo cierto es que la sensación de estar cometiendo una travesura me estaba provocando un nerviosismo placentero que hacía que me lo estuviera pasando exageradamente bien.
—¡Joder, peque! —me sorprendió al bajarse repentinamente el bañador, mostrándome su lustroso pene completamente erecto.
—¿Te ayudo a desnudarte? —me preguntó mientras se deshacía de la prenda, pateándola para lanzarla a un lado del lavabo.
—¿Hacía falta que te desnudaras tú? —le recriminé con parsimonia, mientras comenzaba a desvestirme sin mayores problemas a pesar de las molestias en el maltrecho dedo.
—Vamos a ducharnos juntos, ¿no? —fue bajando el tono de su voz a medida que veía cómo me desprendía de la camiseta y luego de los pantalones.
Sin tener muy claro lo que estaba haciendo, me planté en ropa interior frente a mi primo, que se había quedado sin habla, completamente embobado, observándome. Aunque no le estaba enseñado más de lo que había visto durante todos los días de vacaciones, estaba claro que la situación era mucho más morbosa y lo había impresionado. Eso me animó a seguir adelante.
Me deshice del sostén y comprobé cómo la verga del peque se estremecía, dando un respingo y pareciendo adquirir aún un mayor volumen, si es que eso era posible. La cara se le puso blanca. Supuse que toda la sangre se le había ido a la entrepierna y por un momento temí que se desmayara. Cuando me bajé la tanga, mostrando mi pubis totalmente rasurado y limpio que dejaba ver mi vagina rosa completamente sin nada de barreras, la rechoncha verga del mocoso ya babeaba, haciendo oscilar un colgante hilo de abundante líquido preseminal.
Me dirigí a la ducha. El menor de edad me siguió con la mirada, pero no se atrevió a mover un solo músculo. Lo tenía hipnotizado. Y esa sensación de control me hacía sentir tremendamente poderosa.
—¿Vienes? —le pregunté mientras dejaba caer el agua de la ducha sobre mi cuerpo.
Mi primo balbuceó un monosílabo incomprensible, provocándome una oleada de ternura. Al fin y al cabo, no era más que un chico.
—Vaya, ayer en la piscina eras más valiente —le piqué, a ver si reaccionaba.
—Ya… —soltó, aún con el rostro pálido debido al susto de verme completamente desnuda.
—¿Me ayudas? —le propuse, enseñándole el bote de gel.
Pero el chico no me sorprendió, negando con la cabeza. Como supuse, debía estar aterrado. Dejé caer un chorro de jabón entre mis pechos y le di una última oportunidad.
—¿Estás seguro? —le insistí mientras el gel se deslizaba por mi cuerpo, en dirección a mi vagina.
El chico no se atrevió. Volvió a balbucear y yo me llevé una mano a la entrepierna para aseármela. Observé cómo los enormes huevos de Raúl se retraían, haciendo que el mástil se retorciera, dejando caer al suelo del baño el copioso hilo de líquido preseminal. Esa visión y mis propios roces estuvieron a punto de jugarme una mala pasada. Estuve muy cerca de dejarme llevar, masturbándome delante del peque. Pero me contuve. Seguí enjabonándome el resto del cuerpo, acariciándome disimuladamente para darme placer, pero nada más, simulaba que me tallaba aunque metía un poco más mi dedo en mi vagina.
—Te toca —le advertí una vez concluida la ducha mientras pasaba a su lado, en dirección a la ropa para volver a vestirme, al llegar a mi ropa me empecé a secar todavía el tenía vista de mi cuerpo desnudo, el estaba en la regadera viéndome pero completamente quieto, para jugar un poco más de espalda a el decidí darle un lindo regalo, me agaché para secar mis pies y me incliné demasiado dejando una vista espectacular de mi vagina y de mi culo, al momento de agacharme sentí como mis pompis de abrieron dejando ver lo más íntimo de mi y me quedé ahí como 20 segundos, le había regalado una espectacular vista de todo mi tesoro.
No tardé en dejarlo solo. Ya no sé si se hizo una paja pensando en mí, pero sospeché que sí. Y, ciertamente, me gustaba pensar que así había sido.
1 comentarios - Unas vacaciones fuera de lo común 4