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No me Resisto a mi Hijastra Culona - CAP 2

No me Resisto a mi Hijastra Culona - CAP 2


Capítulo 2: A propósito



Me pasé toda la semana saliendo temprano del taller. Lo dije en voz alta una sola vez, el lunes a las siete de la mañana, mientras me lavaba las manos con jabón industrial: hay que arreglarle el cuarto a la culona. 

Lo dije así, con esa palabra, y me sonó a broma de vestuario. No lo era. El cuarto de invitados llevaba dos años siendo un almacén con cama. Cajas de herramientas que no cabían abajo. Una colcha fea. Una bombilla desnuda. Si Claudia iba a entrar el viernes, aquel cubículo no podía seguir oliendo a humedad y a cartón.

Cynthia estaba feliz. Demasiado. Me besaba en la mejilla cuando llegaba con una bolsa de Zara Home o con un bote de pintura. A sus treinta y ocho años se le había encendido una cosa maternal que yo no le veía desde hacía tiempo. Hablaba del escritorio, de la lámpara de lectura, de si el armario tendría bastante barra. Yo asentía y cargaba. El dinero no era problema. 

El taller iba bien. Podía pagar una cama nueva, una estantería, unas sábanas que no parecieran de hostal. Podía pagar el silencio de no tener que discutir el gasto.

Se me pasó el tiempo entre remodelaciones y compras. Pintamos las paredes de un blanco roto que Cynthia eligió porque “es luminoso”. Yo lijé los zócalos. Cambié los pomos. Puse un espejo de cuerpo entero detrás de la puerta porque ella dijo que una chica lo necesita. Lo puse yo. Lo nivelé yo. Me quedé un segundo de más mirando el cristal vacío, imaginando lo que iba a reflejar, y aparté la cara como si el espejo me hubiera pillado.

De pronto tenía un impulso por tenerla en casa. Una prisa sucia. Medía el colchón y pensaba en un peso que todavía no había pisado esas tablas. Elegía la lámpara y pensaba en la luz cayéndole en la cintura. Colgaba una cortina y pensaba en si se iba a cambiar detrás o si se iba a pasar por el pasillo en toalla. Vaya mierda. Ni siquiera había llegado y ya me había cambiado. De cierta forma. El Robert de la semana anterior leía un libro en la cama y se consideraba un hombre resuelto.

 El de esta semana salía del taller a las cuatro, se manchaba de pintura y se acostaba con la polla caliente y la cabeza llena de un Instagram que había jurado no volver a abrir.

Mi mujer estaba feliz de lo bien que quedó el cuarto. Se plantaba en el umbral con los brazos cruzados y decía que parecía de revista. Yo sabía que, en el fondo, lo hacía con otra intención. Aunque me esforzara por no reconocerlo. Aunque me repitiera que era por Cynthia, por la universidad, por no ser el cabrón que deja a una chica de veinte años dos horas en la calle.

 La verdad se me escapaba por las manos: había elegido la cama más ancha de las que había en la tienda. Había puesto el espejo donde se iba a ver el culo entero. Había dejado el radiador lejos de la pared para que nadie pudiera encajarse ahí… o para imaginarme yo encajándola. El pensamiento me daba asco y me endurecía a la vez. Esa es la putada del deseo cuando ya te ha firmado: no pide coherencia.

El viernes llegó con ese calor de tarde que en España no perdona. El asfalto brillaba. Me duché en el taller, me puse un vaquero limpio y una camisa que no oliera a grasa, y llegué a casa antes que ellas. El cuarto olía a pintura seca y a sábanas nuevas. La cama hecha. El espejo limpio. Sobre el escritorio, un vaso con dos bolígrafos, como si aquello fuera una vida ya empezada.

Por la tarde llegaron juntas. Oí la furgoneta antes de verla. Salí. La calle olía a aceite caliente y a jazmín de la vecina. La furgoneta venía hasta arriba. Maletas. Cajas. Bolsas de tela. Demasiadas para mi primera impresión, pero lo entendí enseguida: iba a vivir con nosotros mucho tiempo. Se habría traído todo lo que tenía a sus veinte años. Toda una vida anterior metida a presión en el maletero de mi casa.

Bajé los dos escalones del porche. El corazón me daba en las costillas con un ritmo que no era de trabajo. Era de espera. De esa espera sucia que uno no confiesa.

Abrió la puerta del copiloto y bajó ella.
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Tenía un short de vaquero ajustadísimo. Unos muslos que el denim no perdonaba. 

Unas caderas de infarto, y eso que solo la estaba viendo de frente. La cintura le aparecía de golpe, estrecha, casi indecente encima de ese hueso de cadera que le marcaba la piel. Un top blanco, corto, de esos que se transparentan más de la cuenta cuando da el sol: se le adivinaban los pezones, pequeños, oscuros, sin sujetador o con uno tan fino que daba igual. Los pechos, casi nada. 

Dos bultos de niña en un cuerpo que de la cintura para abajo era otra especie. La cara… esa fue la otra hostia. Una carita de inocente única. Ojos claros. Boca de sonrisa fácil que no me dedicó. El cabello rubio castaño suelto, como en las fotos, cayéndole sobre los hombros. 

Veinte años puestos en la acera de mi casa, con el sol pegándole en las clavículas.

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Qué hembra, pensé un instante. La palabra me salió por dentro con una claridad de animal. La aparté de inmediato. No la necesitaba. No la podía necesitar. Me sequé las manos en los vaqueros como si todavía llevara grasa.

Ella me miró con nada en la mirada. No odio abierto. No cortesía. Nada. Un hueco. Como si yo fuera el porche, el escalón, el tipo que abre la puerta y no merece más de un segundo.

Durante la semana Cynthia me había dado una charla larga sobre cómo debía ser la convivencia. Que tenía que poner de mi parte. Que me llevara bien con ella. 

Que también era mi hija. Que las primeras semanas serían raras y que yo no me encogiera en el taller para no estar. Que la saludara. Que preguntara. Que no fuera un mueble. Me lo dijo en la cocina, con la taza en la mano, y me lo volvió a decir en la cama, y me lo volvió a decir el jueves mientras colgábamos la cortina. Yo había asentido. Había prometido. Ahora tenía a la muchacha delante y la promesa se me había vuelto un nudo en la garganta.

Me adelanté. Traté de ser efusivo. La voz me salió más alta de lo que quería.

—Hola, Claudia. Qué bueno que estés aquí.

Ella dejó una maleta en el suelo. El short se le tensó al agacharse medio segundo. No miré. Miré. Aparté. El gesto me duró un parpadeo y me dejó la boca seca.

—Ah. Hola, Roberto —dijo, con un gesto muy desganado—. Sí… gracias. ¿Me ayudas con las cosas? Por favor.

El por favor se sintió forzado. Seguramente su madre también le había dado un sermón igual que a mí. Un “salúdalo”, un “no seas borde”, un “se está esforzando”. El nombre me lo dijo entero. Roberto. No Robert. Roberto, como se le dice al que no es de confianza.

 La voz era la de una tía joven que cumple un trámite y quiere que el trámite se acabe.

Ese saludo tan frío y con desgana me alivió. De verdad. Sentí cómo se me bajaba un poco la presión del pecho. Significaba que todas las fantasías que, forzosamente, habían pasado por mi mente durante toda la semana se habían desvanecido al contacto con ese saludo tan frio. Era la distancia que necesitaba para no hacer nada estúpido. Y, de cierta forma, agradecí que tuviera ese carácter. El odio, o lo que fuera aquello, era un muro. Los muros sirven. Los muros evitan que un hombre con la polla despierta cruce un pasillo a las tres de la mañana.

Bajó Cynthia del otro lado. Me lanzó las llaves de la furgoneta. Las pillé al vuelo.

—El cuarto, nena, ven, ven, que te lo voy a enseñar —dijo, y se le iluminó la cara de una manera que no le había visto en años. Corrió hacia la casa con Claudia. Las dos. Madre e hija. Cynthia con sus vaqueros de mujer de treinta y ocho y Claudia con aquel short que era una provocación andando, aunque ella no me hubiera dedicado ni media sonrisa.

Me quedé con el trabajo pesado. Bajar maletas. Cajas. Una bolsa que sonaba a botes de crema. Otra con zapatos. Un perchero desmontado. Un espejo redondo envuelto en manta. Demasiadas cosas, como ya había dicho. El sol me daba en la nuca. El asa de una maleta se me clavó en los dedos. Eso era fácil. Eso era trabajo. El cuerpo entiende el trabajo.

Por un maldito motivo que no sé describir, volví la cabeza.

Las vi entrar en la casa.

El culo de Claudia en directo era mucho mejor que en las imágenes. Y eso que las imágenes ya me habían dejado hecho polvo una semana entera. En persona tenía peso. Tenía movimiento. Tenía una lógica obscena. El short le comía las dos nalgas hasta el borde de lo ilegal: se le veía el pliegue de abajo, esa media luna donde el muslo nace, tersa, morena clara, de playa. 

Al caminar, el culo se le meneaba con una holgura densa, elástica. La hija de puta parecía moverlo con la intención de provocar, de seducir. O es que ese culo era tan perfecto que cualquier cosa que hiciera le salía así de bien. Subió el primer escalón y las nalgas le subieron un segundo después, con retraso, como una ola. Subió el segundo y me secaron la boca. Entró por la puerta y la casa se la tragó. El pasillo se quedó con el eco de dos voces y conmigo en la calle, con una erección empezando dentro del vaquero y las llaves clavándoseme en la palma.

Me sacudí la cabeza. Otra vez. El mismo gesto de la semana. El mismo que no sirve para una mierda. Empujé la primera maleta hacia el porche. Después otra. 

Después una caja que decía “Ropa invierno” con rotulador. El trabajo me ordenaba. El trabajo me salvaba. Cada viaje del maletero a la puerta era un argumento para no pensar. No pensé. Pensé igual.
Dentro, las chicas conversaban. Lo oía desde el recibidor cada vez que dejaba una caja.

 De lo genial que sería “vivir juntas”. De la luz del cuarto. Del armario. Cynthia reía con esa risa de pecho que le sale cuando está de verdad contenta. Estaba alegre de volver a vivir con su hija. Las dos estaban felices. Se oía en el tono. Se oía en cómo se pisaban las frases. 

Hasta que me cruzaba yo.
Aparecí en el umbral del cuarto con dos maletas y el sudor en la camisa. Cynthia se volvió y sonrió.
—Déjalas ahí, amor, luego las abrimos.

Claudia estaba de pie junto a la cama nueva, con una mano en el poste. 

El top se le había subido un dedo. El ombligo, chico, limpio. El short, visto de cerca, era peor: la costura del centro se le metía entre las piernas y le dibujaba el montículo con una desvergüenza que a mí me dio un vuelco en la sangre. Levantó la vista. El rostro le cambió. Se le apagó la risa. Se le endureció la boca. Se notaba que me odiaba. Se notaba que aún creía que yo era el culpable de la separación de sus padres.

 No me lo dijo. No hacía falta. Me lo puso en los ojos, en esa nada de la acera convertida ahora en un filo.
—¿Dónde quieres las cajas pesadas? —pregunté, solo para decir algo.

—Donde sea —contestó ella—. Da igual.

Cynthia le tocó el brazo, suave, de mediadora.

—Claudia.

—Qué. He dicho gracias.

Salí. Traje más cajas. Cada vez que entraba, el cuarto olía un poco más a ella: a champú de viaje, a ropa cerrada en maleta, a chica. Cada vez que salía, me llevaba encima esa cara. En fin, ya se le pasará, pensé. O eso era lo que creía yo. Uno se cuenta esas cosas para poder seguir bajando maletas sin pararse en medio de la calle a palparse la polla como un enfermo.

Al anochecer la casa ya no era la misma. Había una maleta abierta en el pasillo. Un cargador nuevo en un enchufe. Unas chanclas de goma junto a la puerta del baño. Cynthia hizo cena. Preguntó por la universidad, por el padre, por si había comido. Claudia respondía a ella. A mí, cuando no le quedaba más remedio, un “sí” o un “no” que no invitaban a nada. Me llamó Roberto dos veces más. Las dos con esa distancia de mostrador.

Me acosté con la sensación de haber esquivado algo. El saludo frío. El muro. Gracias a eso no había hecho ninguna estupidez. Me lo repetí. Cynthia se durmió contenta, con una mano en mi pecho, murmurando que había sido un buen día. Yo miré el techo y oí, a ocho pasos, el ruido de una maleta arrastrándose y después un silencio de cuarto ocupado. Alguien más respirando en mi casa. 

Alguien más quitándose un short al otro lado de una pared que yo mismo había pintado.

Los días pasaron.

La convivencia era una maldita lucha contra el deseo. No una pelea limpia. Una guerra de rozaduras. Desayuno. Taller. Vuelta. Ducha. Cena. Cama. Y en todos esos huecos, ella. Claudia cruzando el pasillo. Claudia en la cocina, de puntillas, igual que en la foto del padre, buscando un vaso en el armario alto. Claudia en el sofá con los audífonos y las piernas dobladas, el muslo aplastándole el cojín. Claudia saliendo del baño con el pelo mojado y una toalla que no estaba pensada para ese culo.


Ver ese culo en unos shorts de pijama era un deleite visual y también una tortura monumental. Los llevaba de algodón fino, de esos que se quedan pegados al levantarse de la cama. Grises. A veces rosa viejo. A veces negros. Le llegaban justo debajo del pliegue. Se le marcaba todo. La raya. El volumen. El peso. 

Se sentaba a desayunar con una rodilla subida en la silla y el short se le subía y yo tenía que mirar el café como si el café me fuera a salvar la vida. El cuerpo me pedía llevarla a un rincón de la casa y reventarle el culo a embestidas salvajes. Así de claro. Así de sucio. Agarrarle esa cintura de nada con las dos manos, doblarla sobre la lavadora o sobre la mesa de la cocina o sobre el radiador que yo mismo aparté, bajarme la cremallera y metérsela hasta el fondo mientras Cynthia estuviera en el súper. 

El pensamiento me llegaba entero, con sonido, con olor, con el golpe de mis caderas contra esa carne. Apartaba el pensamiento. Volvía. Lo apartaba. Volvía.

deseo prohibido



Ese culo es un paraíso terrenal enviado por el mismísimo diablo para provocar la tentación en todos los hombres. Lo pensé el domingo, cuando ella se agachó a recoger un tenedor y el short de pijama se le partió entre las nalgas. Se le vio el borde de una tanga blanca. Se le vio la piel. Se me cerró la garganta. Cynthia estaba a dos metros, hablando de un primo que se casaba. Yo dije “ahá” y se me había puesto la polla como un palo dentro del chándal. Tuve que quedarme detrás de la isla de la cocina hasta que se me bajó lo suficiente para caminar.

No era solo el culo. Era el conjunto. La cara de inocente con ese cuerpo de pecado. Los pechos pequeños bajo las camisetas finas, los pezones marcados cuando ponía el aire. La voz desganada. El “Roberto”. El odio. El odio me la hacía más difícil de tocar y, por lo tanto, más dura de apartar. 

Lo prohibido no era solo que fuera la hija de mi mujer. Era que no me quería ni cerca. Un hombre se calienta con lo que se le niega. Yo me estaba calentando con una negación de veinte años que se paseaba por mi pasillo como si la casa hubiera sido siempre suya.

Y no solo eso. Parecía que Claudia elegía sus prendas más pequeñas para pasearse por la casa. 

El lunes, un top de tirantes que era un trapo. El martes, unos shorts que por detrás no tapaban el principio del muslo interior. El miércoles, la misma camiseta para dormir, larga delante y por detrás tan subida al agacharse que se le veía el culo en tanga negra, exactamente como en la foto de la cocina del padre. El jueves, después del gym, una calza que parecía pintada. Entró sudada, con la botella en la mano, y se quedó hablando con Cynthia en el recibidor. La calza le dibujaba el coño por delante y el culo por detrás con una precisión quirúrgica. Yo llegué del taller y tuve que saludar. Tuve que decir “buenas”. Tuve que pasar al lado de esa tela mojada y olerle el sudor a chica, a desodorante barato, a calor. Me encerré en el baño y me eché agua en la cara hasta que me dolió el frío.

De cierta forma me empecé a hacer la pregunta. Una pregunta tonta. Peligrosa. La clase de pregunta que no deberías formularte si quieres seguir siendo el hombre que descarga maletas y se acuesta con su mujer.

¿Lo está haciendo a propósito?

La primera vez que se me formó la pregunta completa fue el jueves por la noche, en la cama, con Cynthia ya dormida. La oí a ella en el pasillo. El suelo crujió. Pasó por delante de nuestra puerta, que nunca cerramos del todo. Por la rendija vi un fragmento: una pierna, un short, el balanceo. Después el click de su habitación. Me quedé con los ojos abiertos y la pregunta instalada, gorda, oscura, latiéndome al mismo ritmo que la polla.

Si no lo hacía a propósito, era peor: significaba que el cuerpo le salía así solo, que el diablo no necesitaba intención. Si lo hacía a propósito, era otra clase de infierno. Significaba que sabía. Que me había visto mirar. Que el “hola, Roberto” desganado y el short de por casa eran la misma arma. Significaba que el odio podía tener boca y culo y un plan.

Me di la vuelta. Cynthia murmuró algo. Le puse una mano en la cadera, esa cadera conocida de treinta y ocho años, y no sentí más que costumbre. Abajo, la erección no entendía de costumbre. Entendía de una calza gris y de una pregunta.

Me levanté. Fui al baño. Me la saqué encima del lavabo, con la luz apagada, mirando la sombra de mi cara en el espejo. No abrí el Instagram. No hizo falta. La tenía en directo desde el viernes. El culo subiendo los escalones. El short de pijama. La tanga blanca. La calza. La nada de los ojos. 

Me jalé con la mano izquierda, bruto, rápido, sin mimo, como se hace una cosa de la que uno se avergüenza. Se me escapó el aire por los dientes. Me vine contra la loza, en silencio, con un temblor en los muslos y el nombre de ella atrapado detrás de los labios. Claudia. La culona. La que me odia. La que se pasea. La que igual lo hace a propósito.

Lavé. Me lavé las manos dos veces. Volví a la cama oliendo a jabón y a culpa. Cynthia ni se enteró. A ocho pasos, el cuarto que yo había pintado estaba a oscuras. 

El espejo de cuerpo entero, a oscuras. La cama ancha, a oscuras. Ella dentro.

Esa pregunta no me dejaba dormir.

Se me metía entre las sábanas. Se me metía en el taller, cuando tenía las manos dentro de un motor y de pronto veía el short subiendo el porche. Se me metía en la cena, cuando ella se levantaba a por sal y el culo le pasaba a un palmo de mi hombro. Se me metía al cerrar los ojos. Lo está haciendo a propósito. No lo está haciendo a propósito. Lo está haciendo. No lo está.

El muro del primer día se me estaba volviendo transparente. El alivio del “hola, Roberto” se me estaba gastando. Lo que quedaba era el roce diario de aquella carne con mi casa y una duda que me estaba comiendo por dentro con más hambre que el deseo.

Si lo hacía a propósito, estaba jodido.

Si no lo hacía, también.

Continuara...


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