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Sofía - Cap 5

Salvador miraba excitado la pantalla de su computadora; leía los mensajes que recibía en una publicación que acababa de hacer en el foro de cornudos. Sabía que no debía estar haciendo eso en el trabajo, pero estaba tan emocionado que no pudo contenerse.


Antes había escrito un sinfín de historias inventadas en ese mismo foro, contando sus fantasías una tras otra. No podía creer que ahora lo que escribía no fuera más que la pura realidad.
Poco a poco fueron apareciendo en su publicación mensajes de usuarios del foro. Todos lo felicitaban, y muchos aprovechaban de decirle que su historia era muy excitante. Salvador no podía estar más feliz; bueno, en realidad sí; sabía que todo iba a ser aún mejor una vez que finalmente pasara lo que deseaba, cuando su amada esposa le pusiera los cuernos.


Su emoción era tanta, que mientras leía su propia publicación, rememorando todo lo ocurrido en su vida desde el día de su cumpleaños, se sintió desbordado. Se vio tentado a sacar su pene de los pantalones, dejar volar su imaginación y comenzar a masturbarse ahí mismo, pensando en sus fantasías más oscuras. Logró contenerse, pues no estaba tan loco como para hacer algo así en el trabajo, pero su erección no dejaba de doler.


 
Una hora después, el Gerente lo llamó a su oficina. Cuando llegó a la puerta del jefe, leyó la placa dorada con letras negras que decía:
 
MÁXIMO RIVAS – GERENTE GENERAL.
 
Sintió envidia al leer el cargo escrito en la placa. Salvador era Gerente de Ventas, y se había postulado al cargo cuando el antiguo Gerente General se había jubilado, pero la gente de arriba se había inclinado por un profesional externo, Rivas. Aquello lo fastidió bastante, pero estaba decidido a conseguirlo en el futuro. Golpeó dos veces la puerta y esperó hasta que obtuvo respuesta del interior.
—Adelante —La voz de su jefe sonó con fuerza.
Salvador abrió la puerta y entró a la oficina. Rivas lo esperaba sentado en su escritorio, con la mirada serena de siempre.
—¿Me llamó, señor? —preguntó con calma.
—Sí, quería hablar contigo sobre Rosales y Medina —dijo el Gerente. Se veía calmado, pero Salvador sabía lo molesto que debía estar.
—Ya veo —respondió Salvador algo nervioso. —. Arreglé los problemas con los clientes. Aceptaron que todo fue un error, y están conformes con la forma en que se solucionó.
—Me alegra escuchar eso —dijo el jefe, sin cambiar el gesto—. Pero creo que Rosales y Medina necesitan hacerse responsables de alguna manera. Los costos generados serán descontados de sus sueldos —dijo Rivas, con la misma calma. 
Los empleados de la agencia dudaban que tuviera sentimientos precisamente por esa frialdad—. Tú eres su jefe, así que avísales.


Al regresar a su oficina se sentó frente al escritorio emocionado y excitado por todo lo que vendría a continuación. Pero en ese momento se dio cuenta de algo en lo que no había reparado antes. En sus planes dejaría a Sofía sola con su padre, para luego llegar a casa y escuchar de sus labios qué había terminado por suceder. No tendría nada que acreditara el relato de su mujer. No tenía ninguna razón para pensar que Sofía podría mentirle, pero ahora sentía que, para bien o para mal, siempre se quedaría con la duda de lo que realmente pasó. Y pensó, sería mucho más excitante ver lo que sucedía en realidad a imaginárselo. Así que tomó una decisión: Espiaría, como fuera, lo que iba a pasar esa noche entre Sofía y su padre.


Nada más salir del trabajo, se dirigió a la tienda de electrónica más cercana a su oficina. Busco una cámara de vigilancia, una discreta que pudiera pasar desapercibida.


Una hora más tarde caminaba hacia el ascensor, emocionado, pensando en cual sería el momento perfecto para colocar la cámara en su habitación sin que Sofía se diera cuenta, cuando una molesta voz lo detuvo.


—Señor Martínez.
Salvador se giró y se encontró de frente con el viejo Porfirio. Lo había visto sentado en la recepción, pero como siempre había preferido ignorarlo. Trató de calmarse, no quería enfrascarse en una discusión con ese hombre en ese momento.
—Buenas tardes —dijo Porfirio.
—Buenas tardes —respondió Salvador, tratando de sonar lo más cordial posible—. ¿Necesita algo?
—No gran cosa. Solo quería informarle que la fecha de pago de su renta venció la semana pasada, y no he recibido el dinero.
Salvador abrió los ojos de par en par. Había estado tan distraído con su trabajo y lo que ocurría con Sofía que había olvidado darle el cheque al viejo Porfirio. Pero en ese momento se le ocurrio algo. Recordó la provocadora platica que había tenido con su esposa la noche de su cumpleaños. Tragó saliva, y de pronto adoptó un rostro compungido y avergonzado; luego se dirigió al viejo—: Discúlpeme, señor Porfirio. Lo que pasa es que estoy teniendo problemas en el trabajo y no tengo dinero ahora mismo. ¿Cree que podría esperarme unos días más?


Se sintió humillado, y más cuando aquel miserable lo miró con cara de satisfacción y renovado aire de supremacía al escuchar de sus supuestos problemas.
—¿En serio? —le dijo Porfirio burlón, pese a su típica expresión ceñuda—. Seguro se quedó sin dinero por esa fiesta que hizo el otro día, una pérdida de tiempo y dinero pienso yo.
Salvador sintió ganas de golpearlo en la cara. Su esposa se había esforzado en celebrar su cumpleaños y ese miserable no había tenido tapujos en ir a beber de su vino, comer de su torta y degustar ocularmente a su Sofía. Se contuvo, por supuesto; pese a todo, ese sentimiento de desprecio hacia aquel sujeto condimentaba sus morbosas ansias de verlo algún día encamado con su mujer.


—Trataré de tener el dinero para el lunes, ¿le parece bien?
Al ver la expresión desdeñosa en el rostro del viejo, Salvador supo que no iba a aceptar. De seguro el sentimiento entre ambos era reciproco, y el muy miserable no tenía ningún ánimo de ser indulgente con él. Necesitaba darle una motivación extra para esperar por el pago.
—Le dejaré el cheque a mi esposa cuando me vaya a trabajar. Podrá pasar esa misma mañana a recogerlo.
Los ojos del viejo Porfirio brillaron de una forma sobrenatural. Salvador sabía que la idea de estar a solas con Sofía, aunque fuera unos segundos, era demasiado tentadora como para que ese asqueroso hombre la resistiera.
—Bueno —dijo al fin el viejo, después de un momento de sopesar su decisión—. Ya que es la primera vez que se atrasa con su pago, supongo que puedo ser buena gente.
—Gracias, don Porfirio —dijo Salvador, tratando de verse como un hombre de verdad agradecido—. Se lo dejaré a mi mujer entonces. Nos vemos luego.
Se apresuró a darse la vuelta y entró en el ascensor que acababa de abrirse.
Al entrar a su departamento, encontró a Sofía recostada en el sofá, con los ojos cerrados, al parecer dormida.. Así que asumió que había caído rendida nada más volver de hacer ejercicio.


Sofía - Cap 5
Se apresuró a instalar una cámara en la sala donde no se viera, luego se dirigió rápido pero silencioso a su habitación y se apresuró a instalar la otra cámara. Estaba por terminar cuando de pronto…
—¿Amor? —la voz de Sofía casi hizo que le diera un infarto.
—¿Amor? ¿Me escuchaste? —dijo Sofía entrando a la recamara algo adormilada.
—Sí, te escuché —respondió Salvador, arrastrando las palabras.
—¿Qué tienes? ¿Te pasa algo? —La hermosa esposa se mostró repentinamente preocupada.
—Solo problemas de la oficina, amor —dijo Salvador, apesadumbrado, desviando la mirada.
—¿Qué clase de problemas? —se interesó Sofía.
—¿Recuerdas el incidente de la semana pasada con esos vendedores? —preguntó—. ¿Ese por el que tuve que quedarme hasta tarde varios días?
—Sí, claro que me acuerdo —dijo Sofía—. ¿Qué pasa con eso?
—Bueno, aunque solucioné las cosas con los clientes, el gerente ha tomado “medidas ejemplificadoras”, según sus propias palabras.
—Una reducción en el salario por los próximos dos meses.
—¿Dos meses? —preguntó Sofía, algo más aliviada, pero no menos indignada—. No puedo creerlo.
—Y el problema es que no podemos pagar la renta —dijo al cabo de un rato, disfrutando del juego sucio que practicaba, estremeciéndose interiormente por las consecuencias que podría acarrear su nueva estrategia—. Me encontré al viejo Porfirio en la recepción. Me pidió el pago del mes, y no tengo cómo dárselo.
—Y entonces, ¿qué vamos a hacer? —preguntó Sofía, preocupada.
Salvador se mantuvo cayado durante un momento, esperando el momento justo para tocar las fibras más delicadas de su esposa. Se sentía nervioso, su corazón estaba latiendo a mil por hora.
—Sofía —dijo al fin, con evidente incomodidad, al tiempo que volvía a sentarse para estar a su altura—. ¿Recuerdas lo que me dijiste la noche de mi cumpleaños? ¿Eso de que el viejo te había propuesto rebajarnos la renta a cambio de que tú hicieras ciertas… cosas con él?
Salvador miró que el rostro de Sofía se descomponía, convirtiéndose en una mueca de incredulidad y enfado.
—No puedes hablar en serio —dijo muy afectada, poniéndose de pie, apartándose de él—. ¿En serio me estás proponiendo que haga… eso con don Porfirio por dos meses de renta? No puedo creerlo, de verdad estás dejando que tu enfer… fetiche… se te vaya de las manos. —Se notaba realmente alterada, una reacción que Salvador ya esperaba, y para la que estaba preparado.
—No, amor, eso no es lo que quise decir —dijo rápidamente, con un tono sumiso en la voz, como si quisiera disculparse—. Nunca te pediría que hicieras algo así.
—Me pediste que pasara la noche a solas con tu padre. Yo creo que eres capaz de todo.
—Lo de mi padre lo decidimos entre los dos. Y es para comprobar lo que pasa con él, con cómo te ve. Y tú aceptaste —dijo Salvador, un poco tocado por las acusaciones de Sofía—. Y podemos… —Salvador pensaba decirle que aún podían retractarse y cancelar sus planes para el viernes, pero se arrepintió, temeroso de que Sofía aprovechara la oportunidad y efectivamente abortara todos sus planes.
Sin embargo, su esposa se limitó a mirarlo un momento, luego se apartó con los brazos cruzados y las cejas vacilantes.


Salvador guardó silencio, dejándola sopesar un momento lo que estaba pasando. Volvió al ataque cuando la vio un poco más calmada. Se puso de pie y se acercó a ella.
—Lo único que pensaba es que sí tú te portaras algo amigable con el viejo, tal vez podrías convencerlo de que nos espere dos meses por la renta —dijo sutilmente Salvador, con renovada congoja—. Una sonrisa por aquí, una mirada por allá, tal vez tocar su brazo… Eso es todo.
—No me creo que eso sea todo lo que quieres —replicó Sofía, ahora más apenada que enfadada—. ¿Acaso ya se te olvidó todas las veces que me has confesado que tienes fantasías de mí con ese hombre?
—Sé lo que parece, amor —respondió Salvador, sacudiendo la cabeza, rehuyéndola, hasta que buscó su mirada—. Pero esto no tiene que ver con eso, se trata de nuestro futuro inmediato. ¿Quieres volver al antiguo departamento? ¿Al barrio dónde no queremos que crezca nuestra hija?
Sabía que a Sofía le oprimía el corazón la idea de volver atrás. No le agradaba asustarla así, pero estaba dispuesto a todo con tal de que sus palabras tuvieran impacto en su mujer.


—Pero…
—Escucha, amor —la tomó de los hombros y se esforzó por componer un gesto comprensivo—. No tienes que hacerlo si no quieres. Solo era una idea tonta, muy estúpida. No quería ofenderte, lo siento mucho.
—N…no, no me ofendes, cariño —dijo Sofía, apoyando una de sus manitas sobre el pecho de Salvador—. Es solo que me tomó por sorpresa tu proposición. Es cierto que el señor Porfirio me dijo eso cuando recién nos mudamos, pero no sé si hablaba en serio. Ese hombre me disgusta mucho; además, es el esposo de mi amiga.
—Entiendo, amor —dijo Salvador—. Olvídalo, buscaré la forma de conseguir el dinero.
Abrazó a su mujer, esperando. Sabía que a partir de ese momento solo había dos posibles respuestas por parte de Sofía, una que acababa con su idea, y otra que la mantenía viva.
—¿En serio no tenemos nada en el banco? —escuchó que preguntaba.
—Nada, amor —mintió. De hecho, sus finanzas estaban mejor que nunca—. Nos lo acabamos todo con las emergencias de Janita.
Sofía no dijo nada durante unos minutos, se limitó a mirar a su bebé, quien todavía estaba dormía como un ángel.
—¿Qué sería exactamente lo que tendría que hacer? —preguntó de pronto la hermosa madre, causando que Salvador apretara los labios para contener su excitación.
Salvador la apartó cariñosamente para mirarla.
—Nada grave, cariño. Solo alguna sonrisa, una mirada picara, que sienta que lo tratas bien. Estoy seguro de que tiene pensamientos… cariñosos sobre ti, y que no quiere que te vayas del edificio —le dijo con cautela—. Así que, si te ganas su favor, estoy seguro de que será indulgente con nosotros.
—¿Solo eso? —preguntó Sofía—. Sonrisas, miradas…, tocarle el brazo. ¿De verdad crees que eso es todo lo que tendré que hacer?
—Sí, Sofía —le confirmó con cariño—. No tienes que hacer nada más… si tú no quieres.
Se aseguró de pronunciar esas últimas palabras con más ímpetu, y luego las dejó reposar en silencio. Quería que calaran en la mente de su esposa.
Sofía no dijo nada por unos minutos, se paseó por la habitación, mirando a su marido ahí de pie y a su bebé dormir, al piso, al cielo, las fotografías sobre el tocador. A Salvador ese tiempo le pareció una eternidad, estaba demasiado nervioso. Cuando se le había ocurrido esa idea de mentirle a su esposa para incitarla a comportarse más cariñosa con el viejo Porfirio, supuso que lo más probable es que saldría mal, pero en ese momento podía ver que Sofía de verdad se lo estaba pensando.
—Está bien —dijo finamente Sofía, causando que el corazón de Salvador casi se detuviera—. Lo haré, pero que quede claro que no me siento cómoda con esto, que solo lo hago porque es una emergencia, nada más.
—Claro, amor —dijo Salvador. Quería abrazarla, pero no era buena idea, demostraría demasiada emoción y sería sospechoso—. Lo entiendo. Sé que es un esfuerzo de tu parte, así que gracias.
—Y otra cosa —dijo Sofía con severidad, apuntando con un dedo a Salvador—. Si como resultado de esto don Porfirio se encapricha conmigo, será tu culpa. No podrás reprocharme nada.
Salvador asintió, incomodo por su estado de excitación, tratando de parecer compungido, pesaroso ante lo que estaba obligada a hacer su mujer. Solo de pensar en su esposa tratando de simpatizar con ese viejo por interés, lo excitaba a más no poder. Era una locura lo que le estaba pasando, pero su fetiche siempre había sido una locomotora difícil de contener, y tras habérselo confesado a su esposa le había quitado los frenos, provocando que ahora avanzara más implacable que nunca.
—Dios mío… Primero lo de tu padre y ahora esto —susurró Sofía con una mano esparcida en su mejilla—. En serio eres un marido que pide cosas muy extrañas a su esposa —se lamentó. Sin embargo, lo miró y sonrió con cariño—. Tienes suerte de que yo sea tu esposa y te ame tanto. Cualquier otra mujer ya habría salido huyendo.


A la mañana siguiente Salvador escuchó a su mujer hablar por teléfono. Todo lo que decía tenía que ver con comida—. Bien, entonces aquí los espero —dijo finalmente—. Claro, no se preocupe. Adiós.
Sofía dejó su teléfono sobre la mesa y se acercó a él con un gesto difícil de escrutar. Se veía seria, tal vez algo molesta, pero decidida.
—¿Con quién hablabas? —preguntó Salvador, curioso.
—Estaba hablando con la señora Dolores —respondió Sofía—. La invité a ella y a don Porfirio a almorzar hoy.
—¿Por qué? —Salvador estaba genuinamente sorprendido, pues solía ser su esposa quien iba a la casa de sus vecinos, no al revés.
—¿Ya olvidaste lo de ayer? —preguntó Sofía con desdén—. Me pediste que comenzara a ser amable con el señor Porfirio, ¿no?
—Sí, pero… no esperaba que fueras a empezar tan pronto. Además, ¿lo vas a hacer enfrente de su esposa?
—Claro que no, tontito —dijo Sofía—. Pero voy a comenzar a agasajarlo con una pequeña comida, con su mujer presente. ¿No crees que le resultaría muy obvio si me pongo “extraña” con él así de pronto? Justo ahora que estamos atrasados con la renta. No, si lo hago de este modo, no será tan evidente, será más natural. —Suspiró y se llevó una mano a la frente—. Y también me ayudará a mí, para darme algo de valor.
Salvador se sorprendió un poco por lo bien que lo estaba planeando Sofía. Pero así era su esposa, si tenía que hacer algo, se aseguraba de hacerlo bien, aunque no le gustara en lo más mínimo.
—Quizá sería bueno que te pusieras algo bonito —dijo Salvador—. Estarás con la señora Dolores, no a solas con él, pero creo que será un buen momento para… ya sabes, regocijarle la vista.
Sofía lo miró un momento y luego rescató de sus brazos a la bebé.
—Ya lo había pensado —dijo luego, algo consternada de sus propias palabras—. Me veré bonita. Solo espero que la señora Dolores no se dé cuenta de nada.
Salvador se inclinó de hombros, miró a su esposa y por milésima vez en la vida fue consciente de lo hermosa que era, y de lo mucho que la amaba.
—Y recuerda que esta noche viene mi padre —dijo, tratando de asegurarse de que su otro compromiso no se viera truncado por los nuevos planes de su mujer.
—Ya lo sé —le dijo Sofía. Luego volvió a suspirar—. Dios, todavía no puedo creer que vayamos a hacer eso. —De pronto pestaño varias veces y miró a Salvador.
—No te preocupes amor, todo saldrá bien, ya tengo que irme—dijo Salvador, dándole un tierno beso.


Fue un día complicado para Salvador. Por más que trataba de concentrarse en el trabajo le fue imposible. Tenía demasiado en qué pensar. Todavía se sentía mal por haber usado algo tan importante como el dinero para manipular a Sofía. Aquello iba contra toda su moralidad, pero a esas alturas los deseos sexuales y sus fantasías importaban más que sus principios. Y lo peor es que él apenas y se daba cuenta.


Mientras estaba en su oficina pensó que a esa hora don Porfirio ya estaría comiendo en su casa, muy probablemente engolosinado con la presencia de Sofía como anfitriona. De pronto sus ojos se encontraron con el icono de la interfaz de la cámara en el escritorio de su computadora y llevado por sus insanas expectativas, hizo doble clic sobre el acceso directo.


La recamara estaba en silencio, pero de pronto escuchó un sonido familiar. Subió el volumen de su computadora y se dio cuenta de que se trataba del llanto de su pequeña Alejandra. No se veía en la cámara debido a la baranda de la cuna, pero todo apuntaba a que había estado durmiendo ahí y acababa de despertarse. Salvador muteó la computadora para no llamar la atención. Esperó a que su mujer entrara en la habitación a atender a su bebé. Sin embargo, quien entró a ver a Janita no fue Sofía, sino la señora Dolores. La mujer se acercó toda mimosa y sonriente y sacó a la bebé de la cuna. Era pleno día y la luz se filtraba a través de las cortinas de la habitación, por tanto, Salvador vio una imagen nítida y a colores de su vecina meciendo en los brazos a la pequeña. Atentó, se inclinó hacia atrás en su silla, esperando que apareciera en escena Sofía, que a todas luces en ese momento estaba a solas con don Porfirio en la sala.


Pasaron un par de minutos y su mujer no aparecía. Salvador no entendía qué podría estarla demorando tanto. ¿Sería don Porfirio? Una imagen de Sofía atrapada contra el muro por la gruesa anatomía del conserje, mientras escuchaba al oído quién sabe qué peladeces por parte de ese sinvergüenza, que se sentía con derecho de decírselas porque estaban atrasados con la renta, remeció sus ánimos cornudos.


Estaba en eso, echado en su silla con el mentón apoyado en sus pulgares, totalmente concentrado en lo que sucedía en su casa, cuando la puerta de su oficina se abrió y entró raudo Máximo Rivas, su jefe y Gerente General de la compañía, inspeccionando unos papeles que traía en la mano.


—Salvador, necesito que revises los antecedentes de esta empresa —dijo el Gerente sin despejar la vista del papel que traía. —Cuando terminó de hablar, el jefe ya estaba de pie junto a la silla de Salvador, tendiéndole el documento en cuestión.
Salvador no tuvo tiempo para quitar la cámara de la pantalla. El señor Rivas, apenas levantó la vista, la dirigió a la pantalla.


—¿Interrumpo algo? —dijo.
—Eeeeh… No —balbuceó Salvador, de pronto muy nervioso, recibiendo los documentos de manos de su jefe, hasta que recordó la excusa que le había dado al tipo que le vendió la cámara—. Es solo que mi esposa volverá a trabajar, y tuvimos que buscar a una niñera. Y bueno…, pusimos una cámara para poder ver cómo se porta con nuestra bebé cuando no estamos.


—Comprendo. Nunca se sabe cuándo los empleados no están haciendo su trabajo —dijo el jefe. Salvador entendió la indirecta, pero no hizo ademan de sentirse aludido; más que mal, él era Gerente de Ventas, no un simple empleado.


Salvador iba a cerrar la ventana para dedicarse a resolver las dudas de su jefe cuando apareció en escena Sofía. La mano gruesa y peluda de Rivas lo detuvo por el brazo antes de que tuviera oportunidad de mover el ratón.

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―¿Y esa mujer? —La voz del Gerente General se escuchó más profunda de lo habitual.
Y es que Sofía se veía soberbia. Llevaba un vestido verde agua ajustado bastante corto, sus piernas se veian hermosas que terminaban en unos zapatos de taco alto color nude, que la hacían ver más alta y esbelta todavía. Le sacaba una cabeza por lo menos a la señora Dolores. Sus voluminosos pechos se apreciaban aún más atractivos bajo la tela elásticada del fascinante vestido. Salvador sintió un arranque de celos al recordar que se había arreglado así para don Porfirio.


―Es mi esposa ―dijo con voz seca, descargando inconscientemente su repentina rabia sobre el Gerente General de la automotora. Pero terminó por darse cuenta del arrebato y sintió la necesidad de explicarse―. Tenía una entrevista de trabajo. Seguro que acaba de llegar.
El señor Rivas soltó su brazo y se aclaró la garganta, algo incomodo, como nunca lo había visto.
―Claro… Claro… Disculpa, Salvador ―se excuso el Gerente, sorprendiendo aún más a su subordinado. En la pantalla, Sofía movía los labios, inaudible, frente a la señora Dolores, que seguía con la bebé en los brazos―. Espero le haya ido bien en su entre… ―En ese momento, de improviso, la esplendida mujer hizo un coqueto y a la vez elegante movimiento de hombros para hacer escurrir su vestido hasta su cintura, dejando sus extraordinarios pechos desnudos a todo color en la pantalla que el señor Rivas se quedó mirando embobado. Sofía recibió a Janita en los brazos y la amamantó con suma ternura, completamente ignorante del espectáculo que estaba dando en la oficina de su marido―. Dios mío ―balbuceó al fin el otrora inexpugnable Gerente.


Salvador, que también había quedado petrificado, terminó por reaccionar y bajó precipitadamente la pantalla de la laptop.
―Envíame… tus comentarios por correo, por favor ―dijo el señor Rivas lentamente, señalando el documento que le había entregado a Salvador. Luego salió de la oficina tan raudo como entró.
Salvador lo vio cerrar la puerta. Luego miró hacia abajo. Tenía una erección muy notoria en el pantalón. Apoyó los codos en su escritorio, casi tiritando. Se tapó la cara con las manos.
«Diablos ―se dijo― Mi jefe acaba de verle las tetas a mi Sofía… Y ese miserable de don Porfirio. ¡Cómo debe haber disfrutado ese almuerzo!».


Después de eso, ya no podía esperar a ver qué iba a pasar con su padre esa noche.
Mientras conducía su auto rumbo a casa, Salvador sentía una mezcla de sensaciones que no había experimentado antes. No podía creer que su jefe hubiera visto a Sofía con las tetas al aire; aunque había sido a través de una pantalla, no dejaba de ser insólito.


Una hora de camino le tomó llegar a su casa, cuando estaba frente al elevador y las puertas de este se abrieron, el chaparro y regordete conserje apareció ante sus ojos. Vestía una camisa de trabajo y estaba parado dentro del ascensor con ambas manos colgando de la hebilla del grueso cinturón que solía usar. Esa parada de macho de pacotilla era una de las cosas que más le molestaban a Salvador. Al muy ridículo le gustaba verse altivo pese a que tenía que mirar hacia arriba a medio mundo, más a él que era mucho más alto.


—Señor Martinez —dijo el conserje, estirando el cuello.
—Don Porfirio —Salvador entró al elevador, suponiendo que el viejo saldría.
Sin embargo, don Porfirio no salió, sino que apretó el número de su piso. Salvador suspiró y maldijo para sus adentros.
—He estado toda la tarde en su piso —le comentó don Porfirio cuando las puertas se cerraron—. Una vecina necesitaba mi ayuda, ¿sabe?
—¿Ah, sí? —Salvador lo miró y el conserje orientó su amachada postura hacia él, como si hubiera entendido que estaba siendo desafiado.
—Sí. Ni se imagina las veces que tengo que hacerlas de hombre de la casa en algunos departamentos. Jaja —dijo burlón el viejo, mirándolo con esa infame mezcla de suficiencia y agresividad. Salvador no podía creer que le estuviera diciendo algo así. ¿Acaso con eso quería decir que se metía con algunas señoras del edificio? ¿En su piso? ¡¿Con su Sofía?!—. No deja de sorprenderme lo descuidados que pueden llegar a ser algunos hombres con sus responsabilidades. Algunos no se hacen cargo ni de la renta. —Hizo un gesto de falsa impresión—. Claro que ese no es su caso, señor Martinez. Porque el lunes en la mañana podré ir a pedirle el pagó de la renta atrasada a su hermosa esposa, ¿no es cierto?
Salvador apretó los dientes. ¿Cómo se atrevía ese miserable a llamar hermosa a su Sofía así con esa soltura? Y cómo se había referido al pago de la renta; no dijo cheque, ni dinero de la renta, sino que había dejado la “moneda” de cambio libre a cualquier interpretación. Trató de evitarlo, pero no pudo alejar de su cabeza el sexy vestido que su mujer había usado esa tarde para agasajar la vista de ese viejo antipático.


—Claro, don Porfirio, por supuesto —se obligó a responderle con naturalidad, apartando la vista del desagradable conserje.
—Es usted un hombre afortunado, señor —siguió hablándole el viejo—. Hoy comí en su hogar. Su mujer… —se llevó los dedos de una mano a la boca y los besó sonoramente—…, un manjar.
El muy sinvergüenza se estaba pasando, y Salvador se volteó un tanto hacia él, enfrentándolo.
—Es una cocinera estupenda y una anfitriona muy preocupada —se apresuró a aclarar don Porfirio. En sus ojos brillaba la impertinencia—. Cuídela, que, cómo ella, una en un millón.
Salvador asintió. Por muy gordo que le callera ese hombre, no podía estar más de acuerdo con eso.
El ascensor por fin llegó a su piso y las puertas se abrieron.


—Dígale a la señora Sofía que me siento en deuda con ella —dijo don Porfirio cuando Salvador salía del ascensor—. Que estaré disponible para cualquier servicio que usted no pueda atender—. Cuando Salvador se dio vuelta, indignado, para decirle que no se molestara, que no había nada que él pudiera hacer en su casa, las puertas del ascensor se estaban terminando de cerrar; apenas alcanzó a ver la confiada y malévola sonrisa del veterano conserje.
—Viejo verde hijo de puta —susurró Salvador para sí. Quería darle una patada a algo. En esos momentos no podía dejar de cuestionarse su fantasía de ver encamado a ese maldito sujeto con su hermosísima Sofía. Pero a la vez se despertaba un morbo salvaje dentro de él. Era como si ese desprecio confabulara con sus fantasías para producir una enfermiza y potenciada lujuria.
Respiró profundo por unos momentos y luego se encaminó por el pasillo del piso. Cuando entró al departamento, escuchó que Sofía cantaba una canción de cuna en el dormitorio, sin duda, para su pequeña hija. Se dirigió ahí.


—Hola, amor —dijo nada más entrar en la habitación.
—Hola —susurró su mujer. Sofía se encontraba sentada en el borde de la cama, muy cerca de la cuna de la pequeña Alejandra, justo frente al lugar donde él había dejado la cámara el día anterior—. ¿Cómo te fue?
—Mejor que ayer —respondió Salvador, asegurándose de que el tono de su voz sonara todavía afectado por el supuesto castigo que le había impuesto su jefe.
Fue entonces cuando Salvador se percató de que su esposa no estaba usando el vestido ceñido con el que la había visto en el video; ahora vestía unos jeans ajustados y una blusa con botones escotada sin mangas. Si bien ambas prendas la hacían ver tremendamente bella, no irradiaba ni de cerca la sensualidad que había deslumbrado a su jefe.
—¿Cómo te fue a ti? —preguntó, para luego darle un tierno besó en los labios—. ¿Almorzaste con la señora Dolores y el viejo Porfirio?
—Sí —respondió Sofía, apartando la mirada—. Estuvieron un rato después de comer y se fueron.
—¿Y? ¿Cómo estuvo? —insistió Salvador. Apenas podía aguantar el ansia de escuchar de la boca de su esposa lo ocurrido.
—Pues… fue normal —dijo Sofía—. Comimos…, me vestí bonita, como tú querías, para llamar la atención de don Porfi…
—¿Qué te pusiste? —la interrumpió Salvador, deseoso por escucharla describir ese increíble vestido ajustado, y cómo la había mirado el muy desgraciado ese.
—Es…esto —dijo ella de inmediato, señalando la ropa que traía—. ¿Por qué? ¿Cre…crees que fue demasiado atrevido?

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Salvador se congeló por un instante. Sabía que Sofía estaba mintiendo. No solo porque la había visto a través de la cámara, sino porque su voz se cortó un poco y rehuyó su mirada. No entendía por qué su mujer le ocultaba la verdad. Se sintió inquieto. No podía desenmascarar su mentira sin confesar lo de la cámara, y en ese preciso momento la capacidad de observarla sin que ella lo supiera había cobrado una relevancia mucho mayor.


—No… —dijo al fin, tratando de ocultar su inquietud—. Me parece que te ves muy bien. El viejo Porfirio debe haberse dado un festín con los ojos.
Su esposa sonrió de manera extraña ante sus palabras.
—De eso puedes estar seguro —respondió Sofía, arrimándose a él.
—Bueno, tengo que irme, no falta mucho para que llegue mi padre y no quiero que me encuentre aquí.
Salvador le dio un beso de despedida a su esposa y salió. Su corazón latía con fuerza. Estaba dejando a su amada esposa en manos de su padre, un buen hombre, un tipo en el que confiaba. Sin embargo, era un hombre y su esposa era una mujer demasiado atractiva, demasiado sexy, todo un manjar.
El reloj de su teléfono ya marcaba más de las diez de la noche cuando llegó al hotel donde se iba a hospedar, estaciono su coche y se apresuró a ingresar, pidió la habitación que había reservado y se dirigió hacia allí, inmediatamente después de entrar al cuarto sacó su laptop y la puso en una mesa que estaba frente a la cama, la computadora encendió, dio clic en el icono de las cámaras y apareció la sala de su casa, había silencio, al parecer aun no llegaba su padre, estaba apunto de cambiar a la otra cámara para mirar su recamara cuando de repente vio salir a su esposa del cuarto, su sorpresa fue grande, se había vuelto a poner el mismo vestido color agua que uso en la comida con doña dolores y el viejo Porfirio. No entendía qué pasaba realmente, porque no había sido sincera con él sobre la ropa que usó en la comida y que usaría también con su padre. Una rafaga de excitación llegó de momento, en unos minutos su padre llegaría y la encontraría sola vistiendo ese provocativo vestido, sintió como su erección fue creciendo en ese instante.


Vio como su esposa se sentaba en la sala, se notaba nerviosa, prendió la tv y cruzó los brazos acomodando en el sofá, esperando a su suegro.

suegro y nuera
En ese momento el timbre sonó. Sofía se levantó, respiró hondo y se dirigió a la puerta; la abrió..
—Buenas noches, Pastor —dijo. Desde que se conocieron, ella a veces lo llamaba por su nombre, y otras veces simplemente “suegro”, era como si decidiera al azar como quería llamarle cada que lo veía.
El suegro quedó atónito al ver el espectáculo de mujer que se le había aparecido enfrente.
—Nuera… buenas… buenas noches —No supo qué más decir, se notaba que no esperaba encontrar vestida de esa manera a su hermosa nuera.
—Que bueno que ya esté aquí, pase por favor. —Se hizo a un lado para permitir el paso.
El padre de Salvador entró lentamente, sus piernas le temblaban, quizás por los nervios o quizás por la excitación que estaba sintiendo.
—Me dijo Salvador que estás algo enferma. ¿Es grave?
—No, nada de eso —respondió Sofía. Salvador sintió admiración por la calma que mostraba de pronto—. Es solo algo de anemia y falta de sueño.
—Ah, me había preocupado —dijo Pastor, con una mano en el pecho.
—No había razón —le afirmó Sofía—. Pero gracias, suegro. —¿Le ofrezco un café?
—Sí, gracias Sofia. Respondió Pastor aún nervioso.

Sofía se giró hacia la cocina sin esperar respuesta, el vestido se le pegaba a las caderas con cada paso y se le subía apenas un poco más por detrás. Pastor se quedó quieto en la sala, la mirada clavada en esas piernas desnudas hasta casi el muslo.
—¿Solo? —preguntó ella desde el umbral, ya con la taza en la mano—. ¿O quieres que le ponga algo?
—Solo… está bien —contestó él, la voz más grave de lo normal. Se pasó una mano por la nuca—. ¿Y la niña? ¿Ya está dormida?
Sofía regresó a la sala con una taza de café en las manos, los tacones rezumbaban en cada paso aumentando la excitación del hombre.
—Desde hace un rato. —Sofía le tendió el café y se sentó junto a su suegro. Sus dedos rozaron los de él al entregárselo. 
Pastor sostuvo la taza con las dos manos, el vapor le subía a la cara. No podía dejar de mirarle el escote; cada vez que Sofía respiraba, la tela se tensaba un poco más.
—. Suegro, quería agradecerle por venir esta noche a cuidarnos, me apena que se tomara esta molestia pero realmente me siento más protegida teniendo a un hombre en casa, además con ese remedio que me recetó el doctor quedó fuera de combate toda la noche y me angustia pensar que mi bebé lloré y lloré y nadie la atienda.
A Pastor le encantó lo que le decía, en ese momento él era el hombre de la casa. —¿De verdad es tan fuerte esa pastilla? —preguntó Pastor algo incredulo—. Digo…, parece increíble que la bebé, llorando a todo pulmón, no te despierte.
Sofía dudó y apartó la mirada. Salvador se dio cuenta que estaba pensando, mejor dicho, dudando de todo lo que estaban haciendo. Se puso nervioso, el semblante de su preciosa mujer se veía compungido.
—Es verdad —dijo sin embargo Sofía—. Antenoche, Salvador me dijo que incluso trató de despertarme remeciéndome, y no reaccioné, seguí durmiendo como un tronco. Por eso estaba tan preocupado y le pidió que se quedara con nosotras.
«Estupendo, mi amor —se dijo Salvador». Lo que acababa de decir Sofía era la mar de provocador para alguien con planes oscuros. La pregunta era: ¿su padre los tenía?
—Uf, parece de película —escuchó que decía Pastor con algo de nervio—. Pero no tienes de qué preocuparte. Cuando Salvador, de bebé, se despertaba en la noche, era yo el encargado de pasearlo hasta que se volvía a dormir. Tengo el oído y la paciencia bien entrenados.
—Le creo, suegro, pero si despierta le aseguro que no se volverá a dormir hasta que tome su leche. Yo conozco a esa chanchita comilona, en el refrigerador hay una mamadera donde guardé algo de leche. Si llega a despertarse debe calentarla a baño María, pero antes de dársela debe revisar que no esté muy caliente, ¿me entiende?
El martirizado esposo creyó ver que los ojos de su padre inspeccionaban por un instante las gloriosas productoras de leche de su nuera, quien, parada frente a él, parecía mostrarlas con orgullo.
Pastor se trapicó con saliva y se aclaró la garganta.
—Claro, nuera. No he olvidado cómo se hace —dijo luego—. No te preocupes.

nuera y suegro
Sofía lo miró con una extraña ternura, le acarició el brazo y volvió a agradecerle por estar ahí para ayudarlos. Salvador deseó con todas sus fuerzas que su esposa fuera más atrevida y se acercará a besar a su padre.


Pero, claro, eso no pasó, Sofía solo lo miró con agradecimiento. 
Sofía se acomodo en el sofá, cruzó las piernas despacio y el vestido se le subió un poco más, dejando al descubierto casi todo el muslo.
—Creo que es muy temprano para ir a la cama. —¿Quiere ver una película conmigo suegro?
—¿Una película? —repitió, como si necesitara tiempo para procesar.
—Sí, claro si usted quiere o si prefiere puedo irme a mi recamara y dejarlo descansar.
Él negó con la cabeza casi de inmediato. —No… claro… digo… ¿por qué no?, hace rato que no veo una.
Desde donde estaba podía ver, sin disimular del todo, cómo el escote se movía con su respiración y cómo la tela del vestido se tensaba sobre sus muslos cada vez que cruzaba o descruzaba las piernas.
—¿Qué… qué quieres ver? —preguntó Pastor, la voz un poco más baja. Sus manos descansaban sobre sus rodillas, rígidas.
Sofía se inclinó hacia la mesa para coger el control remoto. El movimiento hizo que el vestido se le pegara más tensandose específicamente en las parte de los glúteos, obviamente Pastor fijo su mirada justo ahí.
—Algo que nos entretenga —murmuró, mirándolo de reojo.
Sofia eligió una película romántica, era el género que más le gustaba. La película empezó, pero Pastor apenas registró las primeras escenas. Estaba sentado rígido en el sofá, el cuerpo girado apenas hacia ella sin querer, y cada vez que Sofía se movía —un cambio de piernas, un suspiro, el leve roce de su brazo contra el de él, su atención se iba por completo. El vestido estaba subido muy por arriba de la mitad del muslo, estaba seguro que si se paraba frente a ella podría ver la ropa interior que traía puesta. El escote, con la luz baja de la sala, proyectaba sombra entre sus pechos y se movía con cada respiración lenta.
Pastor apretó las manos sobre las rodillas. Sentía el calor subirle por el cuello. Intentaba mirar la pantalla, pero sus ojos volvían una y otra vez a las piernas desnudas y al escote de su nuera. No era solo la ropa tan atrevida que llevaba puesta. Era cómo ella estaba ahí, tan cerca, oliendo a ese perfume tan femenino, sin apartarse del todo, como si no le importara que su suegro la estuviera mirando de esa manera.
Sofía, de reojo, notó cómo él no prestaba atención a la película. No dijo nada. Solo se acomodó un poco más, cuando había pasado más de la mitad de la película Sofía fingió tener sueño o al menos eso pensó Salvador desde el hotel donde observaba todo, y noto como su esposa se acomodaba en el sofá y discretamente apoyó un poco la cabeza en el hombro de su suegro.
Pastor estaba fascinado con la acción sin saber que hacer, tímidamente colocó su mano en la rodilla de su nuera, la mano le temblaba, pero al notar que Sofía no despertaba o almenos eso pensaba, la subio un poco mas acariciando su atlético muslo.

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Así estuvieron hasta que los créditos empezaron a subir, Pastor retiró lentamente su mano y le habló.
—Nuera… nuera, —le acaricio la mejilla mientras la despertaba.
Ella abrió los ojos lentamente y se incorporó algo sorprendida por estar recostada en su suegro.
—Ay suegro… me quede dormida jeje. —Estiró los brazos y el movimiento hizo que el escote se abriera más. Se giró hacia él con una sonrisa pequeña.
—Bueno creo que ya es hora de dormir —dijo, con la voz suave—. Voy por una manta y una almohada. El sofá no es muy grande, pero al menos no estará incómodo.
Se levantó despacio. El vestido se le pegó al cuerpo al ponerse de pie y, al dar el primer paso hacia el pasillo, se le subió un poco más por detrás. Pastor se quedó sentado, las manos apretadas, la mirada fija en cómo la tela se movía sobre su trasero y sus muslos mientras ella se alejaba hacia la habitación. Salvador no entendía cómo Sofía no se daba cuenta de lo que generaba en ese hombre.

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Entró a su recamara, fue hasta el closet y sacó una manta y una almohada de la parte de arriba, luego regresó a la sala.
—Aquí tiene. Lamento que tenga que dormir en el sofá —le dijo Sofía—. Deberíamos tener un sofá cama para estas circunstancias.
—A mí ese enorme sofá me queda perfecto —le aseguró Pastor—. Además, a mi edad ya duermo menos. Veré un poco mas de televisión. Pero no te preocupes que la pondré bajito para no despertarte.
Sofía rio con la broma y le dio una coqueta palmada en el pecho. Salvador no recordaba haberlos visto alguna vez en una faceta tan cercana. No obstante, pensó que lo más probable era que estuviera viendo cosas donde no las había; dada su ansiedad, era de esperarse.
Vio que se quedaron viendo un segundo sin decir nada. Después de un momento, ella apartó la mirada y él aprovechó de clavarle los ojos otra vez en el escote.
—Ay. Ya es tarde. Tengo que tomar la pastilla —dijo Sofía.
—Sí —dijo Pastor
—Me voy a mi recamara, que duerma bien suegro, dejaré la puerta entreabierta para que pueda escuchar a Janita si se despierta..
—Claro, estaré atento… —alcanzó a balbucear Pastor.
Le regaló una última sonrisa y se dirigió a su recamara. Apenas entró a su cuarto se llevó las manos a la cara y se sentó en la cama. Salvador se dio cuenta de que estaba afectada de verdad. Se volvió a levantar y miró al pasillo por el espacio abierto de la puerta. Salvador pensó que la iba a cerrar, pero no lo hizo. Se abrazó, frotando las manos en sus brazos, después se llevó los dedos de una mano a la boca y pareció que se mordía las uñas. Volvió a mirar por el espacio de la puerta. Salvador estaba expectante, tratando de leer los pensamientos de su mujer.
De pronto lo entendió.
—Se dio cuenta —dijo para sí, y esas palabras retumbaron en la silenciosa habitación de hotel—. Ahora lo sabe, sabe que mi padre la desea. —Se puso de pie como un entrenador que ve a su delantero solo contra el arco rival. Era un momento culmine. Hasta ese momento Sofía confiaba en que Pastor, su suegro, nunca la miraría con deseo. Claro, había estado nerviosa por mentirle y exponerse, pero de seguro nunca imaginó que su suegro se atreviera a tanto, realmente su marido tenía razón, en que ella era capaz de despertar la lujuria en cualquier hombre. Pero ahora, sin él presente para mitigar los ojos ansiosos de su padre, Sofía se había dado cuenta por fin de que su suegro se excitaba con su cuerpo, que la deseaba, que la veía como mujer, y que tal vez… solo tal vez, intentaría algo esa noche.
Salvador vio como su mujer se comenzó a quitar el vestido. Era un ritual que a él le encantaba observar en casa, sobre todo el último tiempo, debido a la ropa más atrevida que estaba usando Sofía. Ahora, sin embargo, sintió un morbo especial, pues lo estaba haciendo en secreto, espiándola sin que ella tuviera ni la menor sospecha de que estaba siendo observada.
El movimiento de caderas que hizo su hermosa esposa para ir arrastrando ese minivestido a través de sus curvilíneas formas le pareció increíblemente sensual; aún más cuando en primer plano apareció esa tremenda cola fitness apenas protegida por una tanga de hilo dental. Con los pies, con movimientos elegantes, ante los atentos ojos de su marido en el hotel, la esposa se deshizo de las zapatillas de tacón de aguja que traía, al final tomó los bordes de la tanga y también la deslizó entre sus tonificadas piernas hasta caer por sus tobillos al suelo.
Así, completamente desnuda, se acercó al closet y sacó una toalla. Luego se metió al baño y un minuto después se pudo escuchar con claridad el sonido de la ducha corriendo.
Salvador suspiró. Pese a que no había pasado nada evidente entre su mujer y su padre, estaba muy excitado ante todo lo que estaba sucediendo. No era raro que Sofía se diera un baño antes de dormir; eso la relajaba, y ante la tremenda tensión que debía estar sufriendo era perfectamente normal que tomara una ducha, pero Salvador, con la mente afectada por el morbo que le provocaba la auspiciosa situación, prefirió pensar que su mujer se estaba preparando para su suegro, algo que, como un círculo vicioso, acrecentaba sus ánimos perversos, haciéndolo caer aún más profundo en esas ansias enfermizas de ver a su hermosa Sofía en manos de su padre.
Entonces el ya perturbado marido se dio cuenta de algo que lo hizo quedar de una pieza frente a la brillante pantalla de la habitación de hotel: Salvador contempló anonadado cómo la puerta se movía suavemente, permitiendo que la oscuridad tras ella poco a poco tomara las formas de la única persona que podía estar empujándola desde el pasillo: su padre.
Pastor entró en la habitación con mucho cuidado. Salvador lo vio deslizarse de puntillas, mirando con cierta preocupación la puerta de baño. Vestía un pantalón de dormir y una camiseta algo más ajustada ahí en su barriga de sesentón; seguramente era el pijama que había traído para pasar la noche en la sala. Caminaba como un bandido. No traía zapatos, y los gruesos calcetines con rombos que usaba le permitían moverse por la habitación sin hacer ningún ruido. El maduro hombre se movía desgarbado, como una alimaña, pensó Salvador, pero lo que más le causaba indignación al pobre hijo, era ver que su amado progenitor tenía una tremenda erección en el pantalón de la piyama.
El bandido, que alguna vez fue un hombre intachable ante sus ojos, avanzó hasta la cuna, miró dentro de ella por un momento y otra vez la puerta del baño. Luego miró para todos lados, hasta que bajó la mirada y se percató de que la ropa de Sofía estaba tirada en el suelo. Se acercó manteniendo la atención en la puerta de baño, y lo primero que recogió fue la tanga de su nuera, la tomó con ambas manos y se la llevó a la nariz, cerró los ojos y dio un fuerte respiro.
Salvador no podía creer lo que estaba viendo. Su padre estaba disfrutando con los olores más íntimos de su mujer, y él observaba todo lleno de excitación. Lo había soñado muchas veces, pero nunca pensó que lo vería con sus propios ojos, escondido sin que nadie pudiera identificar su morbo, su excitación, su calentura ante la idea de qué otros hombres disfrutarán con la belleza y las cualidades más hermosas de su preciosa Sofía.
De pronto la ducha se dejó de escuchar, el agua dejó de caer, y tanto Salvador como su padre se dieron cuenta de qué Sofía estaba a punto de salir de la ducha, desnuda, húmeda, limpia, hermosísima. El excitado esposo vio que su padre miraba la puerta del baño, la habitación a su alrededor y la puerta que daba el pasillo. Salvador entendió que se estaba cuestionando. Tenía ganas de quedarse, tenía ganas de esperarla y plantarse ante ella empalmado, tenía ganas de sobarla y besarla… Tenía ganas de violarla.
—Hazlo —susurró Salvador, ido en su calentura, agarrándose la fuerte erección que palpitaba bajo su pantalón—. Te dejó, papá. Te la prestó. —Pero no fue así, Salvador presenció cómo el hombre respiró la prenda una última vez para luego volver a dejarla tirada en el suelo, salió del dormitorio y empujo la puerta. Sin embargo, Salvador se dio cuenta de que no la juntó por completo, tal como la había encontrado, sino que dejó una ranura abierta, dejando la posibilidad de contemplar a la bella Sofía salir del baño, una ventana al paraíso.
Salvador no podía más del morbo. No sabía qué hacer. Tenía una erección enorme, estaba nerviosísimo. Gritaba de la emoción, se tomaba la cara, se sacudía el pelo, pero no podía despegar los ojos de esa pantalla. Los minutos pasaron, se volvieron eternos, hasta que de pronto la puerta del baño se abrió y Sofía volvió a hacer acto de presencia en el dormitorio. Su cuerpo estaba rodeado por esa toalla rosa que Salvador había visto muchas veces sobre el cuerpo de su mujer; sin embargo, el saber que estaba compartiendo esa visión con su propio padre, lo volvía loco. Sofía venía con otra toalla más pequeña amarrada en el pelo. Se veía hermosa, exuberante. La toalla rosa apenas le cubría un poco más abajo de su estupenda cola, sus piernas se veían gloriosas, tan hermosas, tan bien formadas. Ella se movió de una forma muy elegante y femenina, llegó a la cama y se sentó en el borde, levantó sus manos para, con la toalla que traía en el pelo, frotar su cabellera. De pronto Sofía miró la puerta del dormitorio, asustada quizá por algún sonido que Salvador fue incapaz de percibir. Se quedó mirándola por un segundo, pero no hizo nada, simplemente volvió a peinar su hermosa cabellera con los dedos.

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¿Sospecharía que su padre estaba tras esa rendija? Salvador no lo sabía, pero esperaba que sí. Enfermo de morbo como estaba, no podía pensar en otra cosa. Su bella Sofía, tan elegante, tan sensual. Quería pensar que ella se estaba mostrando, que estaba provocando a otro hombre, quería pensar que Sofía sabía que su padre estaba ahí atrás, ahí en el pasillo, en la escuridad, admirando su figura y todos sus actos íntimos. Sofía de pronto se puso de pie y se acercó a su closet, abrió un cajón y tomó una prenda qué refulgió ante la tenue luz del dormitorio. Salvador distinguió el babydoll plateado que tan hermoso le quedaba a su preciosa Sofía. El conjunto no era más que una pequeña camisa con encajes de tirantes finos y una pequeña calza que apenas cubría la mitad de sus nalgas. Salvador lo había visto varias veces y no podía creer que en ese momento otro hombre iba a ser testigo de cómo esa prenda se ajustaba de maravilla en la extraordinaria figura de su mujer.
Mientras Salvador se extasiaba al compartir la belleza de su esposa con su propio padre, sucedió lo que el insano esposo había estado deseando con tanto fervor: la toalla rosa cayó al suelo y el esplendoroso cuerpazo de Sofía quedó completamente desnudo, de pie en la habitación.
Salvador cayó de rodillas ante la pantalla del cuarto de hotel.
—Eres preciosa —reverenció la increíble y sensual figura de Sofía. Entonces se dio cuenta de que la puerta del dormitorio, a espaldas de su bella y desnuda mujer, vibró por un segundo.
Seguramente Pastor estaba contemplando las hermosas piernas de su Sofía acabar por lo alto en ese trasero hermoso y redondo, el orgullo de una escultura fitness, la extraordinaria espalda, lisa, llana, preciosa, femenina, coronada por esa cabellera castaña clara; en definitiva, una silueta infernalmente sensual.
—Date vuelta, mi amor. Muéstrale a mi padre tus tremendas tetas y tus pelitos de amazona —dijo Salvador con pasión, excitándose aún más ante la idea de que su mujer siguiera sus instrucciones y se expusiera, obediente, ante los deseosos ojos de otro macho.
Quería que Sofía le mostrara a Pastor aquel tierno vello púbico, y sus senos enormes, esas tetas que ya habían sido admiradas por su jefe y que ahora debían deleitar a su padre.
Salvador no pudo contenerse más y desabrochó su pantalón. Necesitaba tocarse, necesitaba complacer ese morbo que lo quemaba. Su mujer estaba siendo espiada por su suegro, que como un voyeur pervertido la miraba cambiarse de ropa, recién duchada, con su piel hermosa acicalada, limpia, seguramente oliendo a esas cremas que ahora solía aplicarse luego de bañarse.
El extasiado marido se dejó caer sobre la cama del hotel sin pantalones y se empezó a jalar la verga mientras veía a su preciosa esposa desnuda a través del televisor. Quería creer que Sofía sabía que Pastor la espiaba a través de la puerta entreabierta del dormitorio, que su suegro, muy probablemente, igual que él, se estaba apretando la tranca ante el morbo que le generaba contemplar a escondidas el escultural cuerpo de su nuera.
Salvador se la exprimía con fuerza, de arriba abajo, esperando con ansias que su padre ya no aguantara más, se metiera de improviso a la habitación y se lanzara sobre Sofía, su preciosa Sofía.
Pero eso no sucedió. Y vio cómo su esposa comenzó a ponerse el babydoll. La observó levantar una pierna a la vez para luego subir por sus piernas el calzón del conjunto, que a medio muslo ya se evidenciaba pequeño para tamañas formas; los esfuerzos que tuvo que hacer Sofía para arrastrar la pequeña prenda íntima por sus poderosas piernas y calzarlas sobre sus bien formados glúteos terminaron en una postura de lo más provocativa, sobre todo para quien pudiera estar observando desde la puerta, puesto que la supuestamente ignorante beldad abrió las piernas para ajustarse el calzón y luego se estiró, parando la cola e irguiendo la espalda, a la vez que tiraba de las tiras por ambos costados de la pequeño calzon. Aquella postura no podía ser más provocadora, pensó Salvador.
—Anda, papá. Tomalá, tómala —decía el desesperado marido—. Te la presto. Entra y tócala, lamela, apriétala… Poséela.
Sofía tomó la camisola del babydoll y terminó por enfundársela por sobre la cabeza con movimientos tan femeninos como elegantes. Ya no estaba desnuda, pero el conjunto le quedaba tan bien, tan provocativo, que más que un babydoll para dormir parec

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