Me llamo Hanna. Tengo veinticuatro años, aunque la gente suele echarme menos porque tengo cara de niña buena y cuerpo de mujer que ya sabe lo que quiere. Mi pelo es negro, lacio, largo hasta media espalda, y lo llevo casi siempre suelto porque a Diego le encanta cómo me cae sobre los hombros cuando me inclino. Tengo los ojos café oscuro, un poco rasgados, de esos que cuando estoy cansada o caliente se ven casi negros. La piel morena clara, de ese tono que en verano se pone canela y en invierno se queda como café con leche. Y el cuerpo, bueno, el cuerpo es lo que me metió en todo este lío: soy bajita, sí, pero tengo cintura estrecha, caderas anchas, culo redondo y firme, y unas tetas que siempre fueron mi carta fuerte. No enormes, pero pesadas, con la areola oscura y los pezones casi siempre parados. Los hombres me miran en la calle desde que tengo quince, y aprendí rápido a distinguir cuándo me miran la cara y cuándo me están desnudando con los ojos.

Diego y yo llevábamos tres años juntos cuando empezó todo. Él tiene veintiocho, es alto, con barba corta y esas manos grandes que me vuelven loca cuando me agarra de la cintura. Trabaja en una agencia de publicidad, gana bien, y tiene esa seguridad tranquila de los hombres que no necesitan gritar para que los respeten. Y desde el principio nuestro sexo fue raro de lo bueno. Raro porque ninguno de los dos fingía. Si él quería cogerme por detrás mirándome el culo en el espejo, lo decía. Si yo quería que me comiera el coño durante media hora sin pedir nada a cambio, se lo decía. Nunca hubo pudor entre nosotros. Hablábamos de todo: de sus ex, de mis ex, de la vez que me metí con dos chicos en una fiesta antes de conocerlo, de lo mucho que le gustaba imaginarme con otros. Ese fue el detalle que después me pareció obvio: desde el principio a Diego le excitaba pensar en mí con otros hombres.
La primera vez que lo dijo en serio fue una noche de sábado, los dos en la cama, todavía sudados, con la tele encendida sin que nadie le hiciera caso. Yo estaba boca abajo, con la cara hundida en la almohada, sintiendo cómo se me escurría la corrida entre los muslos. Él me pasaba la mano por la espalda, muy lento, y de pronto dijo, como si nada:
—¿Y si te pagaran por esto?
Yo me reí.
—¿Por coger contigo? Poco me pagarías, amor.
—No conmigo. Con otro. Con un amigo mío.
Me di la vuelta y lo miré. Tenía esa cara que pone cuando ha estado dándole vueltas a algo y por fin se decide a soltarlo.
—Explícate —le dije.
Y me lo explicó. Un amigo suyo, Andrés, treinta y cuatro años, recién divorciado, con plata y con ganas. Se habían tomado unas cervezas y en algún momento Andrés le había dicho que llevaba meses sin estar con una mujer que le importara, que estaba cansado de las apps, de las citas fingidas, de gastar plata en cenas para que después la tipa se fuera sin dejarse tocar. Y Diego, con dos cervezas encima, le había dicho medio en broma: “Mi novia podría darte una noche. En serio. Ella es un sueño y a mí no me molesta compartir”. Andrés se lo había tomado en serio. Al día siguiente le escribió preguntando si iba en serio.
—¿Y qué quiere? ¿Cogerme y ya? —pregunté.
—Quiere contratarte —dijo Diego, y le brillaban los ojos—. Una noche. Tú pones las reglas. Él pone el dinero.
—¿Cuánto dinero?
—Trescientos. Cuatrocientos. Lo que tú digas.
Me quedé mirando el techo. Cuatrocientos dólares por una noche con un desconocido. Una noche que, igual, iba a pasar de todos modos, porque a mí me gusta coger.
—O sea, prostituirme —dije.
Y me pareció enorme. Me pareció que había una línea invisible entre “novia que se acuesta con otros” y “puta”. Como si al aceptar dinero ya tuviera que colgar un cartelito.
—Prostituirte es una palabra grande —dijo Diego—. Pero sí. Más o menos.
Mi primera reacción fue decir que no.
—No sé —le dije—. Me da cosa. ¿Y si no me gusta? ¿Y si es un desastre y tengo que devolverle la plata? ¿Y si después se obsesiona y me empieza a escribir todos los días? ¿Y tú? ¿Y si te da celos y no me lo dices?
Diego me abrazó y me habló despacio, con la boca pegada a mi oreja, que es donde él sabe que me gana todas las discusiones.
—Hanna, piénsalo bien. A ti te encanta ser deseada. Te encanta el momento en que un hombre te ve por primera vez y se queda sin aire. Y a mí me encanta verte así. Si te pagan, es como un premio extra. Nadie te va a obligar a nada. Yo voy a estar ahí, esperando. Y si no te gusta, no volvemos a hacerlo nunca y ya.
Me pasó la mano por el vientre, bajando, y yo ya estaba húmeda otra vez aunque acabábamos de coger. Él lo notó y se rió bajito.
—Mira cómo estás —dijo—. Con solo hablarte de otro hombre ya te mojaste.
—Cállate.
—No me callo. Es la verdad.
Esa noche no cerramos el tema, pero yo me quedé con la semilla dentro. Y la semilla creció. Durante la semana siguiente me sorprendí pensando en eso mientras trabajaba: en un desconocido con mi cuerpo entre las manos, en la cara que pondría al verme desnuda, en cómo sería sentirlo dentro sin conocerlo de nada. Me imaginé en un hotel, en una cama grande, con la puerta cerrada y nadie que nos interrumpiera. Me imaginé cobrando. Y cada vez que me imaginaba eso, me tocaba por la noche pensando en ello. Diego se dio cuenta, claro. Diego se da cuenta de todo.
El jueves le dije que sí.
—Pero con condiciones —le advertí—. Primero una cena, para conocerlo. Si no me gusta, se cancela. Si me gusta, esa misma noche. Y tú me esperas. Y las reglas las pongo yo: qué se puede, qué no, y hasta dónde.
—Perfecto —dijo él, y me besó tan fuerte que casi me tira sobre la mesa de la cocina.
Andrés me escribió esa misma tarde. Fue educado, directo, sin rodeos falsos. Me dijo que le parecía raro y emocionante, que respetaría lo que yo decidiera, que él también quería conocerme primero, que no le gustaba coger con extrañas sin hablar antes. Me gustó eso. Me gustó que no fingiera romanticismo. Me gustó que dijera “te voy a pagar” sin vergüenza, como un adulto.
La cena fue un viernes, en un restaurante italiano del centro, con luces bajas y manteles blancos. Me puse un vestido negro ajustado que me marcaba todo, sin brasier, con unos tacones que me hacían las piernas más largas. Me arreglé el pelo con ondas suaves, me pinté los labios de rojo oscuro y me puse el perfume que Diego me regaló, ese que huele a vainilla y a algo más oscuro. Diego me dejó en la puerta del restaurante y se fue a un bar cercano, con la promesa de estar a un mensaje de distancia.

Andrés ya estaba esperándome. Era más guapo de lo que esperaba: alto, más grande que Diego, con canas en las sienes y manos de hombre que trabaja. Olía a colonia cara. Cuando me vio entrar se levantó de golpe, casi tirando la silla, y me miró de arriba abajo sin disimular. Me encantó que no disimulara.
—Eres más linda que en las fotos —dijo—. Y en las fotos ya eras preciosa.
—Gracias —dije, y me senté.
Cenamos, hablamos, reímos. Me contó del divorcio, sin dramatizar, de su hija de siete años que vivía con la madre, de su trabajo de ingeniero. Yo le conté de mi vida, de mi trabajo en una tienda de muebles, de Diego. Y en algún momento, entre el vino y el postre, él bajó la voz y dijo:
—¿Hablamos de lo otro?
—Hablemos.
Y lo hablamos como adultos. Le dije mis reglas: condón siempre para penetrarme, besos sí, sexo oral sin condón sí porque confiaba, nada de sorpresas raras, nada de fotos sin permiso. Le dije que esa noche no había tiempo límite, pero que a las tres de la mañana quería estar en mi casa durmiendo. Él aceptó todo, uno por uno, mirándome a los ojos. Y después dijo algo que me sorprendió:
—Y el dinero, ¿cómo lo quieres? ¿Antes o después?
—Después —dije—. Si no te gusta, no me pagas.
—Me va a gustar —dijo él, con una seguridad que me puso la piel de gallina.
Nos fuimos del restaurante caminando, sin tocarnos, con esa tensión de los primeros minutos de una cita. Llegamos a un hotel bonito, no de lujo pero sí de esos con habitaciones grandes y baño de mármol. Él ya la había reservado. En el ascensor nos miramos en el espejo y él me puso una mano en la parte baja de la espalda, apenas, y yo sentí que esa mano me quemaba a través del vestido.
Cuando entramos a la habitación y cerró la puerta, todo cambió.
Se acabó la cortesía de la cena. Me agarró de la cintura, me empujó contra la pared y me besó. Besaba distinto que Diego: más lento, más pesado, con más ganas contenidas. Me tenía la cara entre las dos manos y me mordía el labio inferior, y yo ya estaba respirando fuerte. Le pasé los dedos por el pelo y me apreté contra él para sentirle la verga por encima del pantalón. Estaba dura como piedra y se le marcaba entera. Sentir eso en un hombre que no era Diego, en un cuerpo más grande y más ancho, me dio un vuelco en el estómago.
—Ven —le dije, y lo llevé a la cama.
Le empecé a desabrochar la camisa, botón por botón, con calma, mirándolo a los ojos. Él me dejó hacer, con las manos quietas en mi cintura, temblando un poquito. Cuando le abrí la camisa le pasé las manos por el pecho, por el vello, por los hombros. Le bajé los pantalones y le saqué la verga del bóxer. Era grande, más gruesa que la de Diego, con la cabeza morada y ya brillante de líquido. La tomé con la mano y se la apreté, y él soltó el aire de golpe.
—Dios —dijo—. Hanna.
Le di la vuelta y lo senté en el borde de la cama. Me paré frente a él, le puse las manos en los hombros y le dije:
—Primero mírame.
Me desabroché el vestido por la espalda, muy despacio, dejando que la tela cayera sola. Me quedé con las bragas negras pequeñitas y los tacones. Nada más. Vi cómo se le abría la boca y cómo le subía y bajaba el pecho. Le tomé una mano y la puse sobre mi teta, y él apretó, me pasó el pulgar por el pezón, me pellizcó suave. Me incliné y le puse una teta en la boca, y él empezó a chuparme como si tuviera sed, con la lengua dura, y yo me agarré de su cabeza y lo apreté contra mí. Sentí su mano subiendo por el muslo, llegando a las bragas, y cuando me tocó por encima de la tela se rió bajito.
—Estás empapada —dijo.
—Sí.
Me bajó las bragas con las dos manos y me las sacó por los pies, dejando los tacones. Después me pasó los dedos por el coño, de arriba abajo, y me lo abrió con dos dedos para mirarlo.
—Qué bonito —murmuró—. Qué bonito tienes esto.
Y se hundió en mí con la lengua.
Me comió el coño de rodillas, con mi pierna subida a su hombro, apoyándome yo en su cabeza para no caerme. Chupaba el clítoris, lo chupaba, lo mordía suavecito, y me metía la lengua y me lamía todo, con un hambre que me sorprendió. Yo le jalaba el pelo y gemía sin disimular, porque estábamos solos y nadie nos oía, y porque me había dado cuenta de que ese hombre llevaba meses deseando esto y yo era la que se lo estaba dando. Ese poder me subió a la cabeza. Me corrí la primera vez así, parada, con los tacones clavados en la alfombra, temblándole la cabeza entre las piernas y agarrándome de sus orejas.
—Así —le dije, todavía jadeando—. Así, no pares.
No paró. Me bajó a la cama y siguió comiéndome hasta que me corrí otra vez, esta vez con las caderas alzándose solas contra su cara. Y después subió por mi cuerpo, besándome el vientre, el ombligo, entre las tetas, el cuello, y me buscó la boca mientras se acomodaba entre mis piernas. Sentí su verga deslizarse entre mis labios, arriba y abajo, untándose de mi humedad, sin entrar.
—¿Condón? —preguntó.
—En mi bolso.
Se levantó, lo sacó, se lo puso. Y cuando volvió se acomodó de nuevo y me miró, y me preguntó con los ojos si seguía. Asentí. Y me la metió de un solo empujón.
Grité. No un grito grande, un grito corto, de esos que salen cuando algo te llena de golpe. Era gruesa y me abrió como si me estuvieran despertando. Se quedó quieto un momento, con los ojos cerrados, respirando fuerte.
—Qué apretada estás —dijo—. Qué rico.
—Muévete.
Y se movió. Empezó despacio, con las caderas, entrando hasta el fondo y saliendo casi del todo, y yo sentía cada centímetro. Le agarré el culo con las dos manos y le marqué el ritmo, apretándolo para que empujara más fuerte. Él entendió rápido. Empezó a darme más duro, más seguido, con la cama crujiendo, y yo me aferré al cabecero y levanté las caderas para recibirlo. En esa posición, con las piernas abiertas y los tacones todavía puestos, sentía cómo me golpeaba ese punto por dentro que me hace ver luces.



—Más —le pedí—. Más, así.
Me cogió de las muñecas, me las puso arriba de la cabeza y me apretó contra el colchón, y así, inmovilizada, me cogió con más fuerza, con el sudor cayéndole del pecho al mío. Yo estaba diciendo cosas sin pensar, sí, ahí, más duro, no pares, y él me miraba a los ojos como si quisiera grabarme. Sentí que me iba a correr por tercera vez y se lo dije, y él dijo “hazlo, hazlo, mírame”, y me corrí con la verga adentro, apretándolo todo, temblando entera, con las muñecas todavía sujetas.
Él aguantó un poco más, dándome despacio mientras yo temblaba, y después salió, se sacó el condón y se puso de rodillas sobre mi pecho.
—¿Puedo? —preguntó.
—Sí.
Me la puse en la boca y lo mamé con la lengua y la mano, y él se corrió en mi lengua en menos de un minuto, agarrándose del cabecero, con un gemido largo que se le salió de muy adentro. Me lo tragué todo. Después me limpié los labios con el pulgar y le sonreí, y él se dejó caer a mi lado, sin aliento, con una mano en mi vientre.

—Hanna —dijo—. Hanna, Hanna.
—¿Qué?
—Nada. Que eres un sueño.
Nos quedamos así un rato. Después volvimos a empezar. La segunda vez fue distinto: más lenta, más de mirarse, él sentado contra el cabecero y yo encima, montándolo, con las tetas rebotando y él agarrándomelas y chupándomelas, con las manos en mi cintura marcándome el vaivén. Me cogió así casi media hora, y después me puso de cuatro y me cogió por detrás, agarrándome del pelo y del culo, y me dio tan fuerte que tuve que morder la almohada. En esa posición me cogió dos veces más, y en la última me corrí con un grito que seguro se oyó en el pasillo.
A las dos y media estábamos los dos deshechos, sudados, con las sábanas hechas un nudo. Me dio un beso largo, se vistió y me acompañó abajo a tomar un taxi. Antes de que me subiera me puso un fajo de billetes doblado en la mano.
—¿Está bien? —preguntó.
—Está más que bien —le dije.
—¿Cuánto te di? —preguntó él.
—Cuatrocientos —dije, porque los conté rápido.
—La próxima son quinientos —dijo—. Si hay una próxima.
—Va a haber —le dije, y me subí al taxi antes de arrepentirme de lo rápido que lo dije.
En el taxi, con la ventana abajo y el viento en la cara, me di cuenta de que estaba sonriendo como una idiota. Y de que estaba mojada todavía. Y de que ya quería volver a hacerlo.
Cuando llegué a casa, Diego estaba despierto, sentado en la cama con el celular. Me miró entrar y no dijo nada. Yo tampoco. Me acerqué, me senté a horcajadas sobre él, todavía con el vestido y el olor del otro hombre encima, y lo besé. Él me besó, me pasó las manos por el cuerpo, me metió la mano entre las piernas.
—Estás abierta —dijo, sorprendido—. Estás hinchada.
—Me cogió tres veces —dije—. Y me comió el coño dos.
—Cuéntame todo.
Y le conté todo, sentada encima de él, mientras él me desnudaba otra vez. Le conté el restaurante, el hotel, las reglas, cómo era su verga, cómo me la metió, cómo me corrí. Y mientras le contaba, él se la iba sacando y se la acariciaba, y cuando llegué a la parte de la corrida en mi boca ya estaba durísimo otra vez.
—Te encantó —dijo.
—Sí —le dije, y lo miré—. Me encantó. Y ahora quiero que tú me cojas con su olor encima.
Me cogió ahí mismo, sin condón, como siempre hacíamos entre nosotros. Y fue raro y fue bueno: sentirlo a él después de haber sentido a otro, más delgado pero más mío, con las manos que conozco y el olor que es mi casa. Me cogió con rabia, con celos buenos, agarrándome del pelo y diciéndome puta en la oreja, mi puta, mi puta linda, y yo me corrí otra vez, la cuarta, la quinta, ya no sé, y él se corrió dentro mío apretándome contra el colchón. Después nos quedamos abrazados, con su corrida saliéndose de mí, y él dijo:
—¿Entonces?
—Entonces sí —le dije—. Otra vez. Cuando quieras.
Esa fue la primera. No fue la última, ni de lejos.
Lo que siguió fue un desorden hermoso. Andrés volvió a escribir dos semanas después, y esta vez me llevó a un hotel mejor, con una suite y una tina, y me pagó quinientos, y me cogió en la tina, en el piso del baño y en la cama, y me dio un orgasmo con la boca que me dejó temblando veinte minutos. Después me mandó un mensaje diciendo que había sido la mejor noche de su año y que si podía quería verme una vez al mes, fijo. Yo le dije que sí. Diego le dijo que sí. Y así empezó a ser una cosa regular, una cita al mes con Andrés, y con el tiempo hasta se volvió amistoso: cenábamos, hablábamos de su hija, me contaba de su ex, y después cogiéramos como dos personas que se conocen bien y que se gustan. Aprendí su cuerpo y él aprendió el mío. Aprendí que si le mordía la oreja y le decía ciertas cosas se volvía loco, y él aprendió que si me hablaba al oído mientras me cogía yo me corría más rápido. Eso, con el tiempo, dejó de sentirse como un servicio y empezó a sentirse como un lujo: sexo bueno, con alguien que me deseaba, sin las complicaciones de una relación.



Pero Diego no era celoso de Andrés. Al contrario. Diego se excitaba con todo esto de una manera que nunca había visto en otro hombre. Me pedía detalles. Me preguntaba cómo me la había metido, si me había dado duro, si me había venido en la boca. Y mientras yo le contaba, cogíamos. Se volvió un ritual: yo llegaba de estar con otro, con el cuerpo todavía caliente y el dinero en el bolso, y él me esperaba despierto. A veces ni me dejaba bañarme. Decía que le gustaba cogerme con el olor del otro encima, “para saber de dónde vienes”. Y a mí me encantaba. Me encantaba ser contada, me encantaba ser deseada por dos, me encantaba llegar a mi casa y que mi novio me cogiera como si me estuviera reclamando.
Después vino Tomás. Un compañero de trabajo de Diego, treinta y uno, flaco, nervioso, que según Diego llevaba meses mirándome en las reuniones de la oficina cuando yo pasaba a buscar a Diego. Lo que pasó con Tomás fue distinto: él no quería una noche de hotel. Él quería que fuera a su departamento, un jueves por la tarde, mientras Diego trabajaba. Y quería, según él, “algo más tranquilo”. Le puse trescientos. Él aceptó sin chistar y hasta me mandó el dinero por adelantado, cosa que me pareció tierna.
Fui a su departamento un jueves a las cinco. Él estaba tan nervioso que le temblaban las manos al abrirme la puerta. Me ofreció vino, me mostró el lugar, habló de tonterías durante veinte minutos para calmarse. Y después, cuando por fin lo besé, se le quitó todo el nervio de golpe. Me cogió de la cintura, me llevó al sofá y me cogió ahí mismo, en la sala, con las persianas abiertas y el sol de la tarde entrándonos por la espalda. Fue corto, casi apurado, pero bueno, y después me pidió perdón por lo rápido y yo me reí y le dije que no pasaba nada, que había toda la tarde. Y hubo toda la tarde: me cogió en el sofá otra vez, en su cama, y en la ducha, y me comió el coño sentado en el suelo de la cocina mientras yo me agarraba del mesón. Le pagué el precio con creces en placer y él me pagó los trescientos en efectivo, y cuando me fui, en el ascensor, me di cuenta de que ese había sido uno de los días más ricos del mes y que ni siquiera era sábado.
Así empezó a crecer. Andrés una vez al mes, Tomás cada dos o tres semanas, y después un primo de Diego que vino de otra ciudad de visita y que me pagó cuatrocientos por una noche, y después un amigo de Andrés, y después un tipo que conoció Diego en un gimnasio. La lista se fue armando sola, siempre a través de Diego, siempre hombres de confianza, siempre con mis reglas. Yo nunca busqué clientes por mi cuenta; me gustaba que vinieran recomendados, que ya supieran de mí antes de verme, que me desearan de antemano. Eso hacía que la primera mirada en la puerta del hotel fuera siempre brutal.
Y lo más raro de todo, lo que nunca esperé, fue lo que me pasó a mí por dentro. Al principio yo pensaba que esto era un juego de Diego, una fantasía que él quería cumplir, y que yo me prestaba. Pero después de la cuarta o quinta vez me di cuenta de que era mío. Que a mí me gustaba cobrar. Me gustaba el momento de abrir el sobre, o de contar los billetes en el taxi, o de ver la transferencia llegar. No era por la plata en sí, aunque la plata no sobraba y me venía bien. Era por lo que significaba: que un hombre pagaba por estar conmigo. Que mi cuerpo, mi boca, mi coño, valían. Que había hombres dispuestos a pagar quinientos dólares por una noche de Hanna. Eso me hacía sentir una diosa. Me hacía caminar distinto, hablar distinto. Me subía la autoestima de una manera que ningún piropo en la calle me la había subido nunca.
Y me gustaba el poder. Me gustaba llegar a un lugar y saber que el hombre que me esperaba estaba nervioso, que había reservado la mesa, que se había puesto la camisa buena, que había limpiado su departamento, todo por mí. Me gustaba decidir cuándo empezaba y cuándo terminaba. Me gustaba verlos venirme a buscar con los ojos y saber que, por esa noche, su placer dependía de lo que yo hiciera. Me gustaba ser la que mandaba en la cama sin que ellos lo supieran. Me gustaba, sobre todo, el momento en que el hombre dejaba de fingir. Ese momento en que se olvidaba de que había pagado y me agarraba como si me quisiera, como si se hubiera enamorado un poco en dos horas. Ese momento me partía el corazón de la mejor manera.
Con el tiempo subí los precios. Empecé en trescientos, después cuatrocientos, después quinientos, y para cuando llevaba medio año ya había noches de setecientos y una de mil. No todas, pero sí las especiales: una noche entera, de cena y hotel y desayuno, con un empresario que me trató como una reina y me dejó mil dólares en la mesa de luz. Me sentí ridícula de contenta. Se lo conté a Diego riéndome y él me dijo “te lo mereces”, y me lo dijo en serio, sin un ápice de celos malos, y yo lo besé y le dije que era el mejor novio del mundo. Y lo era. Lo era de verdad.
Porque aquí está lo que nadie entiende cuando le cuento esto: Diego y yo nunca estuvimos mejor que en esa época. Nunca. Nuestro sexo se volvió más frecuente, más sucio, más hablado. Nuestra confianza se volvió de acero. Él me preguntaba cosas que jamás le habría preguntado un novio normal, y yo le contestaba con una honestidad que jamás le habría dado a nadie. Hablábamos de vergas, de tamaños, de posiciones, de si tal tipo besaba bien, de si tal otro tenía buen cuerpo. Él me preguntaba si alguno me había hecho venir mejor que él, y yo le decía la verdad, que en técnica algunos sí, pero que con él era distinto, que con él había amor y con los otros había hambre, y que las dos cosas me hacían falta. Él se excitaba con eso como un loco. Se la jalaba mientras yo le contaba. Y después me cogía como si me quisiera tatuar.
Hubo una noche, unos siete meses después de Andrés, en que todo se juntó. Andrés me había pedido algo distinto: quería una noche conmigo y con Diego. Los tres. Dijo que le daba curiosidad ver cómo era Diego, cómo me trataba, cómo era el hombre que tenía la suerte de tenerme. Y Diego, que llevaba meses fantaseando con verme coger en vivo, dijo que sí antes de que yo terminara de preguntarle.
—¿Y la plata? —preguntó Diego, medio en broma.
—La plata es para ella —dijo Andrés—. Yo los invito a los dos. Pero a Hanna le pago igual, porque ella es la que trabaja.
Eso me encantó. Me pareció justo y me pareció tierno, y también me pareció que Andrés entendía perfectamente lo que estaba pasando, mejor que nadie.
La noche fue en la suite del hotel donde habíamos estado la primera vez. Los tres cenamos abajo, y después subimos. Y ahí, con los dos hombres en la misma habitación, conmigo en medio, me di cuenta de que había estado esperando esto sin saberlo. Empezamos los tres en la cama, yo en el medio, besándome con uno y con el otro, con cuatro manos encima, dos bocas, dos cuerpos. Me desnudaron entre los dos, me dejaron en bragas, y después cada uno me chupó una teta mientras yo les metía las manos en los pantalones a los dos. Los tenía a los dos duros en las manos, uno más grueso y uno más largo, y me sentí tan sucia y tan feliz que me reí.
Andrés se sentó en el sillón a mirar y Diego me puso de rodillas y me metió la verga en la boca mientras Andrés miraba. Después Diego se sentó y Andrés me cogió de pie, inclinada sobre la cama, y Diego miraba cómo me cogía otro y se la jalaba, y yo lo miraba a él mientras me cogían, y eso fue lo más rico de todo: mirar a mi novio mientras otro me daba por detrás. Ver su cara. Ver que estaba celoso y que estaba durísimo al mismo tiempo. Ver que le encantaba y que le dolía y que no podía dejar de mirar.
Después me pusieron en medio de los dos y me cogieron por turnos, uno en el coño y otro en la boca, y después me dieron la vuelta y me cogieron así también, y en algún momento Andrés me puso el condón y me cogió mientras Diego me tenía de las manos y me besaba, y yo me corrí así, con la verga de uno adentro y la boca del otro en la mía, con dos hombres gimiendo por mí. Después los dos se corrieron, uno en mi boca y otro en el condón, y nos quedamos los tres tirados en la cama, sin hablar, con las piernas entrelazadas, y Andrés dijo:
—Esto hay que repetirlo.
Y Diego dijo:
—Sí.
Y yo dije:
—Sí.
Y lo repetimos.
Hoy, un año y medio después de aquella primera cena, mi vida es otra cosa y es la misma. Sigo trabajando en la tienda de muebles. Sigo viviendo con Diego, sigo enamorada de Diego, sigo siendo su novia y él mi novio. Pero también tengo mis noches. Una vez al mes, dos veces al mes, a veces tres. Andrés es fijo, Tomás es fijo, y hay otros que van y vienen. Tengo una agenda en el celular, una carpeta con nombres, y una caja en el clóset donde guardo una parte del efectivo, porque me gusta verlo y me gusta tocarlo. Tengo vestidos que solo uso para esto, tacones que solo uso para esto, un perfume que solo uso para esto. Diego me ayuda a elegir, me ayuda a arreglarme, me dice si el vestido me marca bien el culo, me da el visto bueno y me besa en la frente antes de que salga. Y cuando vuelvo, me espera. Siempre me espera.
Mis amigas me preguntan si no me da celos, si no me da miedo, si Diego no se va a enamorar de otra, si yo no me voy a enamorar de otro. Y yo les digo la verdad: no. Porque lo que tengo con Diego no se parece a nada de lo que tengo con ellos. Con Diego hay historia, hay casa, hay domingos de flojera, hay discusiones por tonterías, hay futuro. Con ellos hay hambre, hay piel, hay dinero, hay esa cosa limpia y sin futuro que tiene el sexo cuando no le pides más. Y las dos cosas juntas me completan de una manera que nunca imaginé. Cuando empecé, cuando Diego me lo propuso y yo dije que no, yo pensaba que esto iba a ser un experimento raro, un capricho de mi novio, algo para contar en las fiestas. No imaginé que iba a convertirse en parte de mi identidad. No imaginé que iba a aprender a decir mi precio sin bajar la voz. No imaginé que iba a llegar a querer a Diego más, no menos, por dejarme ser de otros.
Hay noches en que estoy en un hotel, en una cama grande que no es mía, con un hombre que me acaba de pagar por tocarme, y me quedo mirando el techo mientras él duerme o mientras se va, y pienso en Diego, en mi casa, en la cama que compartimos. Y me dan ganas de llorar de contenta. De contenta de tener las dos vidas. De contenta de haber dicho que sí a la tercera vez que me lo preguntó. De contenta de ser, por fin, exactamente la mujer que quiero ser: la que coge porque le gusta, la que cobra porque vale, la que vuelve a casa porque quiere.

Me llamo Hanna. Tengo veinticuatro años. Soy novia de Diego, y también soy la puta de sus amigos, y no lo digo como insulto, lo digo como lo que es: un título. El mejor título que he tenido nunca.

Diego y yo llevábamos tres años juntos cuando empezó todo. Él tiene veintiocho, es alto, con barba corta y esas manos grandes que me vuelven loca cuando me agarra de la cintura. Trabaja en una agencia de publicidad, gana bien, y tiene esa seguridad tranquila de los hombres que no necesitan gritar para que los respeten. Y desde el principio nuestro sexo fue raro de lo bueno. Raro porque ninguno de los dos fingía. Si él quería cogerme por detrás mirándome el culo en el espejo, lo decía. Si yo quería que me comiera el coño durante media hora sin pedir nada a cambio, se lo decía. Nunca hubo pudor entre nosotros. Hablábamos de todo: de sus ex, de mis ex, de la vez que me metí con dos chicos en una fiesta antes de conocerlo, de lo mucho que le gustaba imaginarme con otros. Ese fue el detalle que después me pareció obvio: desde el principio a Diego le excitaba pensar en mí con otros hombres.
La primera vez que lo dijo en serio fue una noche de sábado, los dos en la cama, todavía sudados, con la tele encendida sin que nadie le hiciera caso. Yo estaba boca abajo, con la cara hundida en la almohada, sintiendo cómo se me escurría la corrida entre los muslos. Él me pasaba la mano por la espalda, muy lento, y de pronto dijo, como si nada:
—¿Y si te pagaran por esto?
Yo me reí.
—¿Por coger contigo? Poco me pagarías, amor.
—No conmigo. Con otro. Con un amigo mío.
Me di la vuelta y lo miré. Tenía esa cara que pone cuando ha estado dándole vueltas a algo y por fin se decide a soltarlo.
—Explícate —le dije.
Y me lo explicó. Un amigo suyo, Andrés, treinta y cuatro años, recién divorciado, con plata y con ganas. Se habían tomado unas cervezas y en algún momento Andrés le había dicho que llevaba meses sin estar con una mujer que le importara, que estaba cansado de las apps, de las citas fingidas, de gastar plata en cenas para que después la tipa se fuera sin dejarse tocar. Y Diego, con dos cervezas encima, le había dicho medio en broma: “Mi novia podría darte una noche. En serio. Ella es un sueño y a mí no me molesta compartir”. Andrés se lo había tomado en serio. Al día siguiente le escribió preguntando si iba en serio.
—¿Y qué quiere? ¿Cogerme y ya? —pregunté.
—Quiere contratarte —dijo Diego, y le brillaban los ojos—. Una noche. Tú pones las reglas. Él pone el dinero.
—¿Cuánto dinero?
—Trescientos. Cuatrocientos. Lo que tú digas.
Me quedé mirando el techo. Cuatrocientos dólares por una noche con un desconocido. Una noche que, igual, iba a pasar de todos modos, porque a mí me gusta coger.
—O sea, prostituirme —dije.
Y me pareció enorme. Me pareció que había una línea invisible entre “novia que se acuesta con otros” y “puta”. Como si al aceptar dinero ya tuviera que colgar un cartelito.
—Prostituirte es una palabra grande —dijo Diego—. Pero sí. Más o menos.
Mi primera reacción fue decir que no.
—No sé —le dije—. Me da cosa. ¿Y si no me gusta? ¿Y si es un desastre y tengo que devolverle la plata? ¿Y si después se obsesiona y me empieza a escribir todos los días? ¿Y tú? ¿Y si te da celos y no me lo dices?
Diego me abrazó y me habló despacio, con la boca pegada a mi oreja, que es donde él sabe que me gana todas las discusiones.
—Hanna, piénsalo bien. A ti te encanta ser deseada. Te encanta el momento en que un hombre te ve por primera vez y se queda sin aire. Y a mí me encanta verte así. Si te pagan, es como un premio extra. Nadie te va a obligar a nada. Yo voy a estar ahí, esperando. Y si no te gusta, no volvemos a hacerlo nunca y ya.
Me pasó la mano por el vientre, bajando, y yo ya estaba húmeda otra vez aunque acabábamos de coger. Él lo notó y se rió bajito.
—Mira cómo estás —dijo—. Con solo hablarte de otro hombre ya te mojaste.
—Cállate.
—No me callo. Es la verdad.
Esa noche no cerramos el tema, pero yo me quedé con la semilla dentro. Y la semilla creció. Durante la semana siguiente me sorprendí pensando en eso mientras trabajaba: en un desconocido con mi cuerpo entre las manos, en la cara que pondría al verme desnuda, en cómo sería sentirlo dentro sin conocerlo de nada. Me imaginé en un hotel, en una cama grande, con la puerta cerrada y nadie que nos interrumpiera. Me imaginé cobrando. Y cada vez que me imaginaba eso, me tocaba por la noche pensando en ello. Diego se dio cuenta, claro. Diego se da cuenta de todo.
El jueves le dije que sí.
—Pero con condiciones —le advertí—. Primero una cena, para conocerlo. Si no me gusta, se cancela. Si me gusta, esa misma noche. Y tú me esperas. Y las reglas las pongo yo: qué se puede, qué no, y hasta dónde.
—Perfecto —dijo él, y me besó tan fuerte que casi me tira sobre la mesa de la cocina.
Andrés me escribió esa misma tarde. Fue educado, directo, sin rodeos falsos. Me dijo que le parecía raro y emocionante, que respetaría lo que yo decidiera, que él también quería conocerme primero, que no le gustaba coger con extrañas sin hablar antes. Me gustó eso. Me gustó que no fingiera romanticismo. Me gustó que dijera “te voy a pagar” sin vergüenza, como un adulto.
La cena fue un viernes, en un restaurante italiano del centro, con luces bajas y manteles blancos. Me puse un vestido negro ajustado que me marcaba todo, sin brasier, con unos tacones que me hacían las piernas más largas. Me arreglé el pelo con ondas suaves, me pinté los labios de rojo oscuro y me puse el perfume que Diego me regaló, ese que huele a vainilla y a algo más oscuro. Diego me dejó en la puerta del restaurante y se fue a un bar cercano, con la promesa de estar a un mensaje de distancia.

Andrés ya estaba esperándome. Era más guapo de lo que esperaba: alto, más grande que Diego, con canas en las sienes y manos de hombre que trabaja. Olía a colonia cara. Cuando me vio entrar se levantó de golpe, casi tirando la silla, y me miró de arriba abajo sin disimular. Me encantó que no disimulara.
—Eres más linda que en las fotos —dijo—. Y en las fotos ya eras preciosa.
—Gracias —dije, y me senté.
Cenamos, hablamos, reímos. Me contó del divorcio, sin dramatizar, de su hija de siete años que vivía con la madre, de su trabajo de ingeniero. Yo le conté de mi vida, de mi trabajo en una tienda de muebles, de Diego. Y en algún momento, entre el vino y el postre, él bajó la voz y dijo:
—¿Hablamos de lo otro?
—Hablemos.
Y lo hablamos como adultos. Le dije mis reglas: condón siempre para penetrarme, besos sí, sexo oral sin condón sí porque confiaba, nada de sorpresas raras, nada de fotos sin permiso. Le dije que esa noche no había tiempo límite, pero que a las tres de la mañana quería estar en mi casa durmiendo. Él aceptó todo, uno por uno, mirándome a los ojos. Y después dijo algo que me sorprendió:
—Y el dinero, ¿cómo lo quieres? ¿Antes o después?
—Después —dije—. Si no te gusta, no me pagas.
—Me va a gustar —dijo él, con una seguridad que me puso la piel de gallina.
Nos fuimos del restaurante caminando, sin tocarnos, con esa tensión de los primeros minutos de una cita. Llegamos a un hotel bonito, no de lujo pero sí de esos con habitaciones grandes y baño de mármol. Él ya la había reservado. En el ascensor nos miramos en el espejo y él me puso una mano en la parte baja de la espalda, apenas, y yo sentí que esa mano me quemaba a través del vestido.
Cuando entramos a la habitación y cerró la puerta, todo cambió.
Se acabó la cortesía de la cena. Me agarró de la cintura, me empujó contra la pared y me besó. Besaba distinto que Diego: más lento, más pesado, con más ganas contenidas. Me tenía la cara entre las dos manos y me mordía el labio inferior, y yo ya estaba respirando fuerte. Le pasé los dedos por el pelo y me apreté contra él para sentirle la verga por encima del pantalón. Estaba dura como piedra y se le marcaba entera. Sentir eso en un hombre que no era Diego, en un cuerpo más grande y más ancho, me dio un vuelco en el estómago.
—Ven —le dije, y lo llevé a la cama.
Le empecé a desabrochar la camisa, botón por botón, con calma, mirándolo a los ojos. Él me dejó hacer, con las manos quietas en mi cintura, temblando un poquito. Cuando le abrí la camisa le pasé las manos por el pecho, por el vello, por los hombros. Le bajé los pantalones y le saqué la verga del bóxer. Era grande, más gruesa que la de Diego, con la cabeza morada y ya brillante de líquido. La tomé con la mano y se la apreté, y él soltó el aire de golpe.
—Dios —dijo—. Hanna.
Le di la vuelta y lo senté en el borde de la cama. Me paré frente a él, le puse las manos en los hombros y le dije:
—Primero mírame.
Me desabroché el vestido por la espalda, muy despacio, dejando que la tela cayera sola. Me quedé con las bragas negras pequeñitas y los tacones. Nada más. Vi cómo se le abría la boca y cómo le subía y bajaba el pecho. Le tomé una mano y la puse sobre mi teta, y él apretó, me pasó el pulgar por el pezón, me pellizcó suave. Me incliné y le puse una teta en la boca, y él empezó a chuparme como si tuviera sed, con la lengua dura, y yo me agarré de su cabeza y lo apreté contra mí. Sentí su mano subiendo por el muslo, llegando a las bragas, y cuando me tocó por encima de la tela se rió bajito.
—Estás empapada —dijo.
—Sí.
Me bajó las bragas con las dos manos y me las sacó por los pies, dejando los tacones. Después me pasó los dedos por el coño, de arriba abajo, y me lo abrió con dos dedos para mirarlo.
—Qué bonito —murmuró—. Qué bonito tienes esto.
Y se hundió en mí con la lengua.
Me comió el coño de rodillas, con mi pierna subida a su hombro, apoyándome yo en su cabeza para no caerme. Chupaba el clítoris, lo chupaba, lo mordía suavecito, y me metía la lengua y me lamía todo, con un hambre que me sorprendió. Yo le jalaba el pelo y gemía sin disimular, porque estábamos solos y nadie nos oía, y porque me había dado cuenta de que ese hombre llevaba meses deseando esto y yo era la que se lo estaba dando. Ese poder me subió a la cabeza. Me corrí la primera vez así, parada, con los tacones clavados en la alfombra, temblándole la cabeza entre las piernas y agarrándome de sus orejas.
—Así —le dije, todavía jadeando—. Así, no pares.
No paró. Me bajó a la cama y siguió comiéndome hasta que me corrí otra vez, esta vez con las caderas alzándose solas contra su cara. Y después subió por mi cuerpo, besándome el vientre, el ombligo, entre las tetas, el cuello, y me buscó la boca mientras se acomodaba entre mis piernas. Sentí su verga deslizarse entre mis labios, arriba y abajo, untándose de mi humedad, sin entrar.
—¿Condón? —preguntó.
—En mi bolso.
Se levantó, lo sacó, se lo puso. Y cuando volvió se acomodó de nuevo y me miró, y me preguntó con los ojos si seguía. Asentí. Y me la metió de un solo empujón.
Grité. No un grito grande, un grito corto, de esos que salen cuando algo te llena de golpe. Era gruesa y me abrió como si me estuvieran despertando. Se quedó quieto un momento, con los ojos cerrados, respirando fuerte.
—Qué apretada estás —dijo—. Qué rico.
—Muévete.
Y se movió. Empezó despacio, con las caderas, entrando hasta el fondo y saliendo casi del todo, y yo sentía cada centímetro. Le agarré el culo con las dos manos y le marqué el ritmo, apretándolo para que empujara más fuerte. Él entendió rápido. Empezó a darme más duro, más seguido, con la cama crujiendo, y yo me aferré al cabecero y levanté las caderas para recibirlo. En esa posición, con las piernas abiertas y los tacones todavía puestos, sentía cómo me golpeaba ese punto por dentro que me hace ver luces.



—Más —le pedí—. Más, así.
Me cogió de las muñecas, me las puso arriba de la cabeza y me apretó contra el colchón, y así, inmovilizada, me cogió con más fuerza, con el sudor cayéndole del pecho al mío. Yo estaba diciendo cosas sin pensar, sí, ahí, más duro, no pares, y él me miraba a los ojos como si quisiera grabarme. Sentí que me iba a correr por tercera vez y se lo dije, y él dijo “hazlo, hazlo, mírame”, y me corrí con la verga adentro, apretándolo todo, temblando entera, con las muñecas todavía sujetas.
Él aguantó un poco más, dándome despacio mientras yo temblaba, y después salió, se sacó el condón y se puso de rodillas sobre mi pecho.
—¿Puedo? —preguntó.
—Sí.
Me la puse en la boca y lo mamé con la lengua y la mano, y él se corrió en mi lengua en menos de un minuto, agarrándose del cabecero, con un gemido largo que se le salió de muy adentro. Me lo tragué todo. Después me limpié los labios con el pulgar y le sonreí, y él se dejó caer a mi lado, sin aliento, con una mano en mi vientre.

—Hanna —dijo—. Hanna, Hanna.
—¿Qué?
—Nada. Que eres un sueño.
Nos quedamos así un rato. Después volvimos a empezar. La segunda vez fue distinto: más lenta, más de mirarse, él sentado contra el cabecero y yo encima, montándolo, con las tetas rebotando y él agarrándomelas y chupándomelas, con las manos en mi cintura marcándome el vaivén. Me cogió así casi media hora, y después me puso de cuatro y me cogió por detrás, agarrándome del pelo y del culo, y me dio tan fuerte que tuve que morder la almohada. En esa posición me cogió dos veces más, y en la última me corrí con un grito que seguro se oyó en el pasillo.
A las dos y media estábamos los dos deshechos, sudados, con las sábanas hechas un nudo. Me dio un beso largo, se vistió y me acompañó abajo a tomar un taxi. Antes de que me subiera me puso un fajo de billetes doblado en la mano.
—¿Está bien? —preguntó.
—Está más que bien —le dije.
—¿Cuánto te di? —preguntó él.
—Cuatrocientos —dije, porque los conté rápido.
—La próxima son quinientos —dijo—. Si hay una próxima.
—Va a haber —le dije, y me subí al taxi antes de arrepentirme de lo rápido que lo dije.
En el taxi, con la ventana abajo y el viento en la cara, me di cuenta de que estaba sonriendo como una idiota. Y de que estaba mojada todavía. Y de que ya quería volver a hacerlo.
Cuando llegué a casa, Diego estaba despierto, sentado en la cama con el celular. Me miró entrar y no dijo nada. Yo tampoco. Me acerqué, me senté a horcajadas sobre él, todavía con el vestido y el olor del otro hombre encima, y lo besé. Él me besó, me pasó las manos por el cuerpo, me metió la mano entre las piernas.
—Estás abierta —dijo, sorprendido—. Estás hinchada.
—Me cogió tres veces —dije—. Y me comió el coño dos.
—Cuéntame todo.
Y le conté todo, sentada encima de él, mientras él me desnudaba otra vez. Le conté el restaurante, el hotel, las reglas, cómo era su verga, cómo me la metió, cómo me corrí. Y mientras le contaba, él se la iba sacando y se la acariciaba, y cuando llegué a la parte de la corrida en mi boca ya estaba durísimo otra vez.
—Te encantó —dijo.
—Sí —le dije, y lo miré—. Me encantó. Y ahora quiero que tú me cojas con su olor encima.
Me cogió ahí mismo, sin condón, como siempre hacíamos entre nosotros. Y fue raro y fue bueno: sentirlo a él después de haber sentido a otro, más delgado pero más mío, con las manos que conozco y el olor que es mi casa. Me cogió con rabia, con celos buenos, agarrándome del pelo y diciéndome puta en la oreja, mi puta, mi puta linda, y yo me corrí otra vez, la cuarta, la quinta, ya no sé, y él se corrió dentro mío apretándome contra el colchón. Después nos quedamos abrazados, con su corrida saliéndose de mí, y él dijo:
—¿Entonces?
—Entonces sí —le dije—. Otra vez. Cuando quieras.
Esa fue la primera. No fue la última, ni de lejos.
Lo que siguió fue un desorden hermoso. Andrés volvió a escribir dos semanas después, y esta vez me llevó a un hotel mejor, con una suite y una tina, y me pagó quinientos, y me cogió en la tina, en el piso del baño y en la cama, y me dio un orgasmo con la boca que me dejó temblando veinte minutos. Después me mandó un mensaje diciendo que había sido la mejor noche de su año y que si podía quería verme una vez al mes, fijo. Yo le dije que sí. Diego le dijo que sí. Y así empezó a ser una cosa regular, una cita al mes con Andrés, y con el tiempo hasta se volvió amistoso: cenábamos, hablábamos de su hija, me contaba de su ex, y después cogiéramos como dos personas que se conocen bien y que se gustan. Aprendí su cuerpo y él aprendió el mío. Aprendí que si le mordía la oreja y le decía ciertas cosas se volvía loco, y él aprendió que si me hablaba al oído mientras me cogía yo me corría más rápido. Eso, con el tiempo, dejó de sentirse como un servicio y empezó a sentirse como un lujo: sexo bueno, con alguien que me deseaba, sin las complicaciones de una relación.



Pero Diego no era celoso de Andrés. Al contrario. Diego se excitaba con todo esto de una manera que nunca había visto en otro hombre. Me pedía detalles. Me preguntaba cómo me la había metido, si me había dado duro, si me había venido en la boca. Y mientras yo le contaba, cogíamos. Se volvió un ritual: yo llegaba de estar con otro, con el cuerpo todavía caliente y el dinero en el bolso, y él me esperaba despierto. A veces ni me dejaba bañarme. Decía que le gustaba cogerme con el olor del otro encima, “para saber de dónde vienes”. Y a mí me encantaba. Me encantaba ser contada, me encantaba ser deseada por dos, me encantaba llegar a mi casa y que mi novio me cogiera como si me estuviera reclamando.
Después vino Tomás. Un compañero de trabajo de Diego, treinta y uno, flaco, nervioso, que según Diego llevaba meses mirándome en las reuniones de la oficina cuando yo pasaba a buscar a Diego. Lo que pasó con Tomás fue distinto: él no quería una noche de hotel. Él quería que fuera a su departamento, un jueves por la tarde, mientras Diego trabajaba. Y quería, según él, “algo más tranquilo”. Le puse trescientos. Él aceptó sin chistar y hasta me mandó el dinero por adelantado, cosa que me pareció tierna.
Fui a su departamento un jueves a las cinco. Él estaba tan nervioso que le temblaban las manos al abrirme la puerta. Me ofreció vino, me mostró el lugar, habló de tonterías durante veinte minutos para calmarse. Y después, cuando por fin lo besé, se le quitó todo el nervio de golpe. Me cogió de la cintura, me llevó al sofá y me cogió ahí mismo, en la sala, con las persianas abiertas y el sol de la tarde entrándonos por la espalda. Fue corto, casi apurado, pero bueno, y después me pidió perdón por lo rápido y yo me reí y le dije que no pasaba nada, que había toda la tarde. Y hubo toda la tarde: me cogió en el sofá otra vez, en su cama, y en la ducha, y me comió el coño sentado en el suelo de la cocina mientras yo me agarraba del mesón. Le pagué el precio con creces en placer y él me pagó los trescientos en efectivo, y cuando me fui, en el ascensor, me di cuenta de que ese había sido uno de los días más ricos del mes y que ni siquiera era sábado.
Así empezó a crecer. Andrés una vez al mes, Tomás cada dos o tres semanas, y después un primo de Diego que vino de otra ciudad de visita y que me pagó cuatrocientos por una noche, y después un amigo de Andrés, y después un tipo que conoció Diego en un gimnasio. La lista se fue armando sola, siempre a través de Diego, siempre hombres de confianza, siempre con mis reglas. Yo nunca busqué clientes por mi cuenta; me gustaba que vinieran recomendados, que ya supieran de mí antes de verme, que me desearan de antemano. Eso hacía que la primera mirada en la puerta del hotel fuera siempre brutal.
Y lo más raro de todo, lo que nunca esperé, fue lo que me pasó a mí por dentro. Al principio yo pensaba que esto era un juego de Diego, una fantasía que él quería cumplir, y que yo me prestaba. Pero después de la cuarta o quinta vez me di cuenta de que era mío. Que a mí me gustaba cobrar. Me gustaba el momento de abrir el sobre, o de contar los billetes en el taxi, o de ver la transferencia llegar. No era por la plata en sí, aunque la plata no sobraba y me venía bien. Era por lo que significaba: que un hombre pagaba por estar conmigo. Que mi cuerpo, mi boca, mi coño, valían. Que había hombres dispuestos a pagar quinientos dólares por una noche de Hanna. Eso me hacía sentir una diosa. Me hacía caminar distinto, hablar distinto. Me subía la autoestima de una manera que ningún piropo en la calle me la había subido nunca.
Y me gustaba el poder. Me gustaba llegar a un lugar y saber que el hombre que me esperaba estaba nervioso, que había reservado la mesa, que se había puesto la camisa buena, que había limpiado su departamento, todo por mí. Me gustaba decidir cuándo empezaba y cuándo terminaba. Me gustaba verlos venirme a buscar con los ojos y saber que, por esa noche, su placer dependía de lo que yo hiciera. Me gustaba ser la que mandaba en la cama sin que ellos lo supieran. Me gustaba, sobre todo, el momento en que el hombre dejaba de fingir. Ese momento en que se olvidaba de que había pagado y me agarraba como si me quisiera, como si se hubiera enamorado un poco en dos horas. Ese momento me partía el corazón de la mejor manera.
Con el tiempo subí los precios. Empecé en trescientos, después cuatrocientos, después quinientos, y para cuando llevaba medio año ya había noches de setecientos y una de mil. No todas, pero sí las especiales: una noche entera, de cena y hotel y desayuno, con un empresario que me trató como una reina y me dejó mil dólares en la mesa de luz. Me sentí ridícula de contenta. Se lo conté a Diego riéndome y él me dijo “te lo mereces”, y me lo dijo en serio, sin un ápice de celos malos, y yo lo besé y le dije que era el mejor novio del mundo. Y lo era. Lo era de verdad.
Porque aquí está lo que nadie entiende cuando le cuento esto: Diego y yo nunca estuvimos mejor que en esa época. Nunca. Nuestro sexo se volvió más frecuente, más sucio, más hablado. Nuestra confianza se volvió de acero. Él me preguntaba cosas que jamás le habría preguntado un novio normal, y yo le contestaba con una honestidad que jamás le habría dado a nadie. Hablábamos de vergas, de tamaños, de posiciones, de si tal tipo besaba bien, de si tal otro tenía buen cuerpo. Él me preguntaba si alguno me había hecho venir mejor que él, y yo le decía la verdad, que en técnica algunos sí, pero que con él era distinto, que con él había amor y con los otros había hambre, y que las dos cosas me hacían falta. Él se excitaba con eso como un loco. Se la jalaba mientras yo le contaba. Y después me cogía como si me quisiera tatuar.
Hubo una noche, unos siete meses después de Andrés, en que todo se juntó. Andrés me había pedido algo distinto: quería una noche conmigo y con Diego. Los tres. Dijo que le daba curiosidad ver cómo era Diego, cómo me trataba, cómo era el hombre que tenía la suerte de tenerme. Y Diego, que llevaba meses fantaseando con verme coger en vivo, dijo que sí antes de que yo terminara de preguntarle.
—¿Y la plata? —preguntó Diego, medio en broma.
—La plata es para ella —dijo Andrés—. Yo los invito a los dos. Pero a Hanna le pago igual, porque ella es la que trabaja.
Eso me encantó. Me pareció justo y me pareció tierno, y también me pareció que Andrés entendía perfectamente lo que estaba pasando, mejor que nadie.
La noche fue en la suite del hotel donde habíamos estado la primera vez. Los tres cenamos abajo, y después subimos. Y ahí, con los dos hombres en la misma habitación, conmigo en medio, me di cuenta de que había estado esperando esto sin saberlo. Empezamos los tres en la cama, yo en el medio, besándome con uno y con el otro, con cuatro manos encima, dos bocas, dos cuerpos. Me desnudaron entre los dos, me dejaron en bragas, y después cada uno me chupó una teta mientras yo les metía las manos en los pantalones a los dos. Los tenía a los dos duros en las manos, uno más grueso y uno más largo, y me sentí tan sucia y tan feliz que me reí.
Andrés se sentó en el sillón a mirar y Diego me puso de rodillas y me metió la verga en la boca mientras Andrés miraba. Después Diego se sentó y Andrés me cogió de pie, inclinada sobre la cama, y Diego miraba cómo me cogía otro y se la jalaba, y yo lo miraba a él mientras me cogían, y eso fue lo más rico de todo: mirar a mi novio mientras otro me daba por detrás. Ver su cara. Ver que estaba celoso y que estaba durísimo al mismo tiempo. Ver que le encantaba y que le dolía y que no podía dejar de mirar.
Después me pusieron en medio de los dos y me cogieron por turnos, uno en el coño y otro en la boca, y después me dieron la vuelta y me cogieron así también, y en algún momento Andrés me puso el condón y me cogió mientras Diego me tenía de las manos y me besaba, y yo me corrí así, con la verga de uno adentro y la boca del otro en la mía, con dos hombres gimiendo por mí. Después los dos se corrieron, uno en mi boca y otro en el condón, y nos quedamos los tres tirados en la cama, sin hablar, con las piernas entrelazadas, y Andrés dijo:
—Esto hay que repetirlo.
Y Diego dijo:
—Sí.
Y yo dije:
—Sí.
Y lo repetimos.
Hoy, un año y medio después de aquella primera cena, mi vida es otra cosa y es la misma. Sigo trabajando en la tienda de muebles. Sigo viviendo con Diego, sigo enamorada de Diego, sigo siendo su novia y él mi novio. Pero también tengo mis noches. Una vez al mes, dos veces al mes, a veces tres. Andrés es fijo, Tomás es fijo, y hay otros que van y vienen. Tengo una agenda en el celular, una carpeta con nombres, y una caja en el clóset donde guardo una parte del efectivo, porque me gusta verlo y me gusta tocarlo. Tengo vestidos que solo uso para esto, tacones que solo uso para esto, un perfume que solo uso para esto. Diego me ayuda a elegir, me ayuda a arreglarme, me dice si el vestido me marca bien el culo, me da el visto bueno y me besa en la frente antes de que salga. Y cuando vuelvo, me espera. Siempre me espera.
Mis amigas me preguntan si no me da celos, si no me da miedo, si Diego no se va a enamorar de otra, si yo no me voy a enamorar de otro. Y yo les digo la verdad: no. Porque lo que tengo con Diego no se parece a nada de lo que tengo con ellos. Con Diego hay historia, hay casa, hay domingos de flojera, hay discusiones por tonterías, hay futuro. Con ellos hay hambre, hay piel, hay dinero, hay esa cosa limpia y sin futuro que tiene el sexo cuando no le pides más. Y las dos cosas juntas me completan de una manera que nunca imaginé. Cuando empecé, cuando Diego me lo propuso y yo dije que no, yo pensaba que esto iba a ser un experimento raro, un capricho de mi novio, algo para contar en las fiestas. No imaginé que iba a convertirse en parte de mi identidad. No imaginé que iba a aprender a decir mi precio sin bajar la voz. No imaginé que iba a llegar a querer a Diego más, no menos, por dejarme ser de otros.
Hay noches en que estoy en un hotel, en una cama grande que no es mía, con un hombre que me acaba de pagar por tocarme, y me quedo mirando el techo mientras él duerme o mientras se va, y pienso en Diego, en mi casa, en la cama que compartimos. Y me dan ganas de llorar de contenta. De contenta de tener las dos vidas. De contenta de haber dicho que sí a la tercera vez que me lo preguntó. De contenta de ser, por fin, exactamente la mujer que quiero ser: la que coge porque le gusta, la que cobra porque vale, la que vuelve a casa porque quiere.

Me llamo Hanna. Tengo veinticuatro años. Soy novia de Diego, y también soy la puta de sus amigos, y no lo digo como insulto, lo digo como lo que es: un título. El mejor título que he tenido nunca.
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