Me llamo Hanna. Veintiún años. Cabello negro, lacio, largo hasta media espalda. Ojos café oscuro que la gente dice que parecen de gata. Un cuerpo que aprendí a esconder a los quince y a usar, con toda la mala intención del mundo, a los veinte. No soy alta, uno sesenta y cinco con suerte, pero tengo caderas anchas, cintura estrecha, pechos medianos que se sostienen solos sin ayuda de nada, y un culo que ha causado más problemas que cualquier otra parte de mí. Mi mamá me decía que era "una cara de niña pegada a un cuerpo de mujer". Mi papá lo decía con orgullo, medio incómodo, como si no supiera bien dónde mirarme cuando pasaba en pijama por la cocina. Y Gonzalo lo decía de otra manera. De una manera que, aunque yo no lo entendía todavía, me iba a marcar para siempre.
Porque Gonzalo es el mejor amigo de mi papá. Lo conozco desde que tengo memoria. Es de esas personas que siempre estuvieron en mi casa, en los cumpleaños, en los asados, en las navidades donde se quedaba hasta las tres de la mañana discutiendo de fútbol con mi viejo mientras mi mamá y yo recogíamos los platos. Cuarenta y seis años. Alto, más alto que mi papá, con ese cuerpo de hombre que va al gimnasio no para verse bien sino para no sentirse viejo: hombros anchos, brazos marcados, manos grandes y ásperas, con los dedos gruesos y las palmas callosas de alguien que trabajó con las manos antes de hacerse rico. Tiene el pelo entrecano en las sienes, la mandíbula fuerte, una barba de dos días permanente que le queda como si la cuidara, y unos ojos verdes que miran demasiado. Ojos que, cuando yo era chica, me revolvían el estómago de nervios sin que supiera por qué.
Me casé con la idea de que era "el amigo de papá" durante años. Hasta que cumplí los dieciocho, hasta que cumplí los veinte, hasta que empezó a mirarme distinto. Y hasta esa noche de fiesta. La noche en que todo se rompió. La noche en que Gonzalo me agarró del pelo, me dobló sobre la mesa y me usó como una puta. La noche en que descubrí que mi culo no estaba hecho para sentarse, sino para otra cosa. Y la noche en que me volví adicta. Adicta a él. Adicta al sexo anal. Adicta a ser usada.
Todo empezó con una fiesta de mierda que ni siquiera quería ir.
Era el cumpleaños de cuarenta y seis de Gonzalo, un sábado de primavera. Mi papá me lo dijo una semana antes, como al pasar, mientras desayunábamos. "El Gonza cumple cuarenta y seis, hace la fiesta en su casa del lago. Quiero que vengas, va a haber gente de tu edad también." Yo levanté la vista del teléfono, aburrida. "¿Gente de mi edad o tus amigos viejos?" Él se rió. "Las dos cosas. Va a estar la hija de Marcelo, y los sobrinos de Gonzalo, creo. Vení, no te quedés sola acá." Mi mamá ya se había ido de viaje con unas amigas a la costa, así que la casa iba a estar vacía y aburrida. Dije que sí casi sin pensar. No tenía idea de en qué me estaba metiendo.
Me preparé esa noche con una dedicación que no le había puesto a nada en meses. No sé si fue intuición, o si fue que desde hacía un tiempo ya venía notando que Gonzalo me miraba la boca cuando hablaba, que me miraba las caderas cuando me daba vuelta, que se quedaba un segundo de más cuando me saludaba con un beso en la mejilla. El caso es que me puse un vestido negro, ajustado, corto pero no tanto, que me marcaba todo lo que tenía para marcar. Sin corpiño, porque los pezones se me veían apenas bajo la tela cuando hacía frío, y a mí me gustaba ese detalle. El pelo suelto, lacio, brillante, recién lavado. Los labios rojos. Un perfume dulce en el cuello y en las muñecas, y una gota, solo una, entre las tetas. Me miré en el espejo antes de salir y pensé, honestamente, sin falsa modestia: estoy para comerme. Y todavía no sabía que esa noche iba a ser literal.


La casa de Gonzalo estaba a cuarenta minutos de la ciudad, sobre el lago, un caserón enorme de madera y vidrio con terraza al agua, luces bajas, música saliendo por los parlantes del jardín. Cuando llegamos con mi papá ya había como cuarenta personas. Gente mayor tomando vino, algunos chicos de mi edad que apenas conocía, humo, risas, el olor de la carne asándose en el fondo. Gonzalo salió a recibirnos a la puerta. Tenía una camisa azul con las mangas arremangadas hasta el codo, los antebrazos marcados, el pelo todavía húmedo de la ducha. Cuando me vio se le cambió la cara. Se le cambió de una forma que yo registré pero no supe nombrar.
"Hanna, mierda, mirá cómo creciste." Me abrazó y no fue el abrazo de siempre. Fue más largo, más apretado, la mano abierta en mi espalda baja, un poco más abajo de lo que corresponde, y la barba rozándome la mejilla cerca del oído cuando me dijo, bajito, casi en un susurro: "Estás enorme, nena." Me soltó y me miró de arriba abajo, sin disimular, delante de mi papá, que no se dio cuenta de nada porque mi papá nunca se da cuenta de nada. "Gracias, Gonza", dije, y noté que me temblaba un poco la voz. "Feliz cumpleaños." Él sonrió con media boca. "Vení, te llevo a la cocina, agarrá lo que quieras."
Y así empezó. Con un vaso en la mano, con la música fuerte, con la luz del atardecer tiñendo todo de naranja sobre el lago. Tomé vino, después algo más fuerte, después otro vino. Bailé con la hija de Marcelo, con un sobrino de Gonzalo que no me interesó para nada, y todo el tiempo sentía los ojos de Gonzalo encima mío desde donde estaba, apoyado en la barra de la terraza, con su vaso en la mano, hablando con sus amigos y sin embargo mirándome. Cada vez que yo lo miraba, él no bajaba la vista. La sostenía. Y me sonreía despacio, como si supiéramos los dos algo que nadie más sabía. Y no sabíamos nada todavía. Todavía no.
La cosa se fue poniendo espesa de a poco, sin apuro, que es como lo hacen los hombres grandes cuando saben esperar. Yo tomaba y me soltaba. La música se volvió más lenta cuando cayó la noche de verdad, negra sobre el lago, y la mayoría de los invitados se fue acomodando en la terraza y en el living con las copas. Mi papá se había sentado en un sillón con dos amigos a discutir de política y ya estaba medio dormido. Los chicos de mi edad se habían ido a la orilla a fumar. Y yo me quedé sola en la cocina, apoyada en la mesada, tomando el último trago de mi copa, cuando entró Gonzalo.
"¿Todo bien?" Cerró la puerta detrás de él. La cocina era grande, de mármol, y de repente el ruido de la fiesta se apagó como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. "Sí", dije. "Todo bien." Él se acercó, se sirvió algo en la barra, a un metro de mí. "¿Segura? Te noto un poco... perdida." Yo me reí, un poco nerviosa. "Es que estoy medio borracha, Gonza." "Yo también", dijo él, y me miró los labios. Y ahí, en ese silencio, pasó lo que tenía que pasar. Le sostuve la mirada. Él apoyó el vaso. Dio un paso. Y me besó.
No fue un beso de amigo. No fue un beso de "hola, qué tal". Fue un beso con lengua, con hambre, con la mano agarrándome la nuca y la otra bajando hasta mi cadera y apretando. Me besó como si tuviera años de ganas guardadas. Y yo le respondí igual, con las dos manos en su pecho, en sus brazos, sintiendo por primera vez lo duros que eran, lo grandes que eran, lo que era que un hombre hecho y derecho te tuviera agarrada contra una mesada de mármol y te comiera la boca. Cuando nos separamos, los dos respirabamos fuerte. "Gonzalo", dije, como si dijera una palabra nueva. "Papá está en el living." Él se rió, con la frente pegada a la mía. "A tu papá le falta un rato para que se dé cuenta de nada. Y aunque se dé cuenta... ya está." "¿Ya está qué?" "Ya está, nena. Esto ya empezó."
Me agarró de la mano y me sacó de la cocina por un pasillo lateral, lejos de la fiesta, hasta una habitación del fondo. Una pieza que usaba como escritorio, con un sofá, una alfombra, poca luz, y un ventanal enorme al lago. Cerró la puerta con llave. Y ahí, con la fiesta sonando lejos y el lago brillando afuera, volvimos a besarnos. Y esta vez no nos quedamos en la boca.
Me bajó el cierre del vestido despacio, con los dedos gruesos y precisos, y la tela negra se deslizó hasta el piso. Me quedé en bombachas, nada más, parada delante de él, y él retrocedió un paso para mirarme entera, tomándose su tiempo, como si fuera un cuadro. "Dios mío, Hanna", dijo bajito. "¿Sabés hace cuánto que quería ver esto?" "¿Cuánto?", le pregunté, y me temblaba todo. "Desde que cumpliste dieciséis. No, miento. Desde antes. Desde que tenías catorce y ya se te notaba el culo en la pileta. Y tu papá, boludo, nunca se dio cuenta de que su mejor amigo se la pasaba mirándole la hija." Se me acercó, me tomó las dos tetas con las manos, las apretó, pasó los pulgares por los pezones que ya estaban duros como piedritas, y bajó la boca. Me chupó un pezón, después el otro, y yo eché la cabeza atrás y me agarré de su pelo. Sentía las cosquillas bajando directo entre las piernas. La bombacha ya la tenía empapada, empapada de verdad, no era una forma de decir.
Él lo notó. Bajó una mano, me tocó por encima de la bombacha, y se rió contra mi pecho. "Estás empapada, nena. Y todavía no te hice nada." "Hacelo", le pedí, y me sorprendió mi propia voz, ronca, urgente. Me bajó la bombacha hasta los tobillos, me hizo levantar los pies uno por uno para sacarla, y me sentó en el borde del escritorio. Se puso en cuclillas delante de mí, me abrió las piernas con las dos manos, y me miró el coño como si fuera lo último que iba a comer en su vida. "Mirá qué lindo", dijo. "Toda rosada, toda mojada, toda para mí." Y me lamió. De abajo hacia arriba, despacio, plano, con toda la lengua. Yo di un grito y me agarré fuerte del borde del escritorio.
No tenía idea de que un hombre pudiera hacer eso así. Los pocos pibes con los que había estado me lo hacían como si fuera una tarea, rápido, sin ganas, esperando a que yo terminara para pasar a lo suyo. Gonzalo lo hacía como si él fuera el que se estaba culiando. Me comía el coño con hambre, con la nariz pegada a mi clítoris, la lengua adentro, los dedos abriéndome, chupando, lamiendo, mordiéndome suave el clítoris hasta que yo no podía ni respirar. Metió un dedo, después dos, y me los movía adentro buscando ese punto que me hacía cerrar los ojos y arquear la espalda. Y cuando ya estaba a punto, cuando sentía que se me venía todo encima, se detuvo. Levantó la cabeza, con la boca brillante de mí, y me sonrió. "Todavía no", dijo. "Quiero que acabes con mi verga adentro."
Se paró, se sacó la camisa de un tirón, y yo por fin vi lo que tenía abajo. Se desabrochó el pantalón, lo bajó junto con el bóxer, y cuando le salió la verga parada, gruesa, larga, con la cabeza colorada y brillante, se me escapó un "ay" que ni quise. Era grande. Más grande que todo lo que había visto hasta entonces, y no era que hubiera visto poco. Se puso un preservativo con la boca, cosa que me pareció la cosa más hábil del mundo, y se me acercó. "¿Lista?" Yo asentí con la cabeza, sin poder hablar. Me tomó de las caderas, me tiró un poco hacia el borde del escritorio, y me la puso en la entrada. La sentí, grande, caliente, y cuando empujó, despacio, con las dos manos firmes en mis caderas, entró toda de una vez hasta el fondo. Yo gemí. Él gimió. Y empezó a moverse.
Me cogió así, sentada en el escritorio, con las piernas abiertas y los pies colgando, mientras yo me agarraba de sus hombros. Y lo hacía con una fuerza y un ritmo que yo no conocía, profundo, seguro, buscando hasta el fondo cada vez, apretándome las nalgas con las manos grandes, mirándome a los ojos todo el tiempo. "Miráme", me decía. "No cierres los ojos. Quiero verte la cara mientras te cojo." Y yo lo miraba, hipnotizada, mientras el cuerpo se me sacudía con cada embestida y las tetas me rebotaban. Me levantó en el aire, sin salirme de adentro, y me llevó hasta el sofá. Me puso de espaldas, me dobló las rodillas contra el pecho, y me la volvió a meter así, más profunda todavía, y ahora sí me cogió en serio, rápido, fuerte, hasta que yo empecé a gemir sin control y a decir cosas que ni sabía que decía. "Ay, Gonzalo, sí, así, no pares, no pares." "Decime Gonza", me dijo. "Decime mi nombre como quieras." "Gonza, Gonza, por favor." "Por favor qué." "Por favor hacéme acabar." Y él aceleró, me apretó el clítoris con el pulgar mientras me la metía hasta el fondo, y yo me vine con un grito que seguro se escuchó hasta la terraza, con el cuerpo entero sacudiéndose y las piernas temblando, apretándolo por dentro como un puño. Él siguió un rato más, buscando lo suyo, y cuando se vino, se vino adentro del preservativo gruñendo contra mi cuello, pesado, caliente, sudado, encima mío. Y ahí, en ese momento, con él todavía adentro y mi cuerpo todavía vibrando, creí que ya había terminado todo. Qué poco sabía.

Porque Gonzalo no había terminado. Gonzalo recién empezaba. Se salió despacio, se sacó el preservativo, y se quedó mirándome tirada en el sofá, con las piernas abiertas y el coño brillante y abierto. Y después hizo una cosa que yo no esperaba. Me dio vuelta. Me agarró de la cadera y me dio vuelta como si yo fuera liviana, hasta ponerme boca abajo, con las rodillas dobladas debajo y el culo levantado, la cara aplastada contra el almohadón. Y me lo dijo. "Ahora me vas a dar el culo." Y yo sentí que el corazón se me paraba un segundo.
Nunca me la habían metido por el culo. Nunca. Había pibes que lo habían intentado, siempre medio de casualidad, siempre medio mal, y yo siempre había pensado que era una cosa que dolía y que era para el que le gustaba, no para mí. Pero Gonzalo se arrodilló detrás de mí, me abrió las nalgas con las dos manos, y me lamió el culo. Así, directo. La lengua en mi ojete, dando vueltas, entrando apenas, mojándome toda. Y yo casi me derrito ahí mismo. "Ay", dije, con la cara en el almohadón. "¿Qué hacés?" "Preparándote", dijo. "Porque esto hay que prepararlo, nena. Y yo te lo voy a preparar bien." Me escupió, me pasó los dedos, me metió un dedo mojado y empezó a jugar despacio, entrando y saliendo, estirándome. Un dedo. Después dos. Y cuando yo ya estaba relajada, casi sin darme cuenta, porque entre el vino y las dos veces que me había hecho sentir, el cuerpo se me había aflojado todo, le sentí la punta de la verga contra el culo. Grande. Caliente. Moja de saliva y de mi propio coño.
"Respirá hondo", me dijo. "Y empujá para afuera, como si fueras al baño. ¿Sabés?" "Sí", mentí. No sabía nada. Pero respiré. Y él empujó. Despacio, firme, sin retroceder. Y sentí cómo el anillo se me abría, cómo entraba, cómo el cuerpo entero me decía "no va a entrar, no va a entrar", y después, de golpe, la punta pasó, y sentí esa cosa rarísima y brutal de tenerlo adentro por el culo. Ardió. Ardió un poco. Pero era un ardor que después se volvía otra cosa, algo lleno, algo profundo, algo que ninguna de las otras veces me había dado. Gonzalo se quedó quieto, con las manos en mis caderas, dejándome acostumbrar. "¿Duele?", preguntó. "Un poco", admití. "Pero no pares." Y no paró.

Empezó a moverse despacio, cortito, dejándome abrirme de a poco, y con cada movimiento entraba un poco más, hasta que la sentí entera adentro, hasta el fondo, con las bolas apoyadas contra mi coño. Y ahí, con la verga entera en mi culo, él empezó a cogerme de verdad. Y no fue como por la concha. Fue más lento y más profundo y más raro, y me tocaba por dentro de una manera que no sabía que se podía. Cada embestida me llegaba al fondo del estómago. Cada salida me dejaba vacía y ansiosa por la siguiente. Y él, mientras me la metía por el culo, me metió la mano por debajo y me empezó a jugar el clítoris otra vez. Y yo, que había pensado que no iba a aguantar, me vine por tercera vez en esa noche, con la verga en el culo y los dedos en el clítoris, gritando contra el almohadón, apretándolo por dentro, temblando entera. Y él, cuando me sintió apretarlo, perdió la paciencia, me agarró del pelo, me levantó la cabeza, y me cogió el culo en serio, rápido, fuerte, con la mano cerrada en mi pelo y la otra marcándome la cadera, diciéndome cosas al oído que me quemaban la nuca. "Tomá, tomá mi verga, puta linda, mirá cómo me la das toda." Y yo, con la boca abierta y los ojos en blanco, le decía sí, sí, toda, toda, y sentía que me estaba rompiendo por dentro de la mejor manera posible.


Y cuando él se vino, se vino adentro de mi culo. Sin preservativo esta vez, porque se lo había sacado y no se puso otro, y yo sentí el chorro caliente llenándome por dentro, y sentí cómo la verga le palpitaba adentro, y él gruñía y me apretaba y se quedaba quieto con todo metido hasta el fondo, hasta que se vació entero. Y ahí nos quedamos. Él encima mío, adentro mío, pesado, sudado, respirando fuerte contra mi espalda. Yo con la cara en el almohadón y una sonrisa idiota que no podía controlar. Y cuando se salió, despacio, sentí que algo me goteaba del culo, y me dio vergüenza y me dio morbo al mismo tiempo, y me quedé ahí tirada, abierta, usada, feliz.
Esa noche volví a la fiesta después de media hora, con el pelo revuelto y el vestido puesto de cualquier manera. Mi papá ni se enteró. Gonzalo me saludó desde la barra como si nada, con la misma media sonrisa de siempre, pero cuando pasé cerca me dijo bajito, sin que nadie más oyera: "Mañana te llamo." Y me llamó. A las once de la mañana, con la excusa perfecta: que si quería pasar a buscar un libro que mi papá le había prestado, que si quería ver la casa con luz del día, que si tal. Fui. Y me cogió otra vez. Y otra. Y esa semana, tres veces. La semana siguiente, cinco. Y así, sin darme cuenta, se me fue armando la vida alrededor de una sola cosa. De su verga. De su cama. De mi culo.
Porque sí, porque tengo que decirlo, porque es la verdad: lo que me volvió loca no fue la concha, aunque también me gustaba, aunque también me hacía acabar como nunca. Lo que me volvió loca fue el culo. Gonzalo me abrió esa puerta y me empujó adentro y me la cerró detrás, y una vez que probé eso no hubo vuelta atrás. Descubrí que mi cuerpo estaba hecho para eso. Que la sensación de que me llenaran por atrás, de que me abrieran, de que me usaran ahí donde casi nadie me había usado, me dejaba flotando por días. Empecé a pensar en eso todo el tiempo. En clases, en el trabajo, comiendo, durmiendo. Me tocaba pensando en eso. Y cada vez que Gonzalo me decía "ahora por el culo", yo sentía un cosquilleo en la panza que no sentía con nada más.

Nos volvimos expertos. Al principio me costaba, me dolía un poco al principio de cada vez, y él tenía que prepararme con paciencia, con la lengua, con los dedos, con aceite que un día apareció en el cajón de su mesa de luz como si nada, y que usábamos siempre. Después el cuerpo se me fue acostumbrando, se me fue aflojando, y ya no necesitaba tanta preparación. Empecé a venir preparada yo sola, con mi propia mano, antes de que él llegara, para estar lista. Empecé a usar menos bombacha, porque total él me la sacaba igual. Empecé a pedirle que me la metiera por ahí directo, sin pasar por la concha primero, porque me gustaba sentirlo entrar de una, esa primera vez rara y brutal, esa sensación de estar abierta por un hombre que sabía exactamente lo que hacía. Y él, que llevaba años queriéndome, no se hacía rogar. Me daba todo lo que le pedía y más.
Porque Gonzalo tenía veinticinco años de experiencia más que yo y se notaba en cada cosa. Sabía cuándo empujar y cuándo esperar. Sabía cómo moverme las caderas para abrirme sin lastimarme. Sabía dónde apretar, dónde besar, dónde morder. Sabía cuándo hablar y cuándo callarse. Y sabía, sobre todo, cómo tratarme. Porque una cosa era el sexo y otra cosa era lo que él hacía con la cabeza. Me hablaba como me gustaba que me hablaran. Me decía puta, me decía nena, me decía mi putita linda, me decía cosas que a mis veintiún años y con mis tres noviecitos de la facultad nunca me habían dicho, y que me dejaban temblando. "¿Te gusta que te use, Hanna? ¿Te gusta que tu viejo esté abajo tomando café y vos acá arriba con el culo abierto para mí? ¿Te gusta ser mi puta?" Y a mí me gustaba. Me gustaba todo. Me gustaba que me dijera puta y me gustaba serlo para él. Me gustaba llegar a su casa sabiendo que iba a salir de ahí con las piernas flojas y el culo caliente. Me gustaba que me esperara con la casa vacía, que me abriera la puerta y me besara contra la pared del recibidor antes de que yo pudiera siquiera sacarme el abrigo. Me gustaba que me tirara sobre la cama y me diera vuelta y me pusiera en cuatro sin preguntarme nada, porque ya sabíamos los dos a qué iba yo. Me gustaba todo, y cada vez quería más.
Y fuimos más. Fuimos a más lugares. En su auto, en el estacionamiento del supermercado, con la gente pasando al lado y yo mordiéndome la mano en el asiento de atrás. En su oficina, un sábado, doblada sobre el escritorio, con la puerta sin llave y la secretaria trabajando al lado. En la casa de mi papá, una tarde que él se había ido a jugar al paddle, en mi propia cama, en mi propia pieza, con el olor de mi casa y las fotos de mi familia en las paredes, y Gonzalo cogiéndome ahí donde yo había crecido, y las dos cosas mezcladas me volvían loca. En el lago, en la terraza de la casa de la fiesta, una noche de verano, a cielo abierto, con la luna y los mosquitos y el agua abajo. En un hotel una vez, cuando mi papá casi nos descubre, cuando se armó el gran quilombo de "che, Gonza, ¿y vos por qué te quedás tanto en casa?", y mi papá no entendía nada, y nosotros nos mirábamos por encima de la mesa y nos aguantábamos la risa, y esa noche cogimos como si nos hubieran dado permiso.
Pero lo que más me gustaba, lo que me tenía enganchada de verdad, era cuando él me usaba. Cuando no había nada de tierno, nada de suave, nada de "hola mi amor". Cuando me agarraba de la cadera y me doblaba y me la metía por el culo y me cogía como si yo fuera una cosa, una cosa que le pertenecía, una cosa hecha para eso. Porque Gonzalo, cuando se ponía, era un animal. Me hablaba sucio sin parar, me tiraba del pelo, me daba nalgadas que me dejaban la mano marcada, me agarraba de la nuca y me empujaba contra la almohada, me decía "así, así, toda, tomá", y yo, del otro lado, no era Hanna. Era su puta. Y me encantaba. Me encantaba olvidarme de todo, dejar de ser la hija de mi papá, dejar de ser la estudiante aplicada, dejar de ser la chica linda que se cuidaba, y ser simplemente un culo abierto y una boca que gemía y un cuerpo que él usaba a gusto. Salía de esas sesiones con la mente en blanco y el cuerpo molido y una paz que no encontraba en ningún otro lado.


Y así, de a poco, sin fecha ni anuncio, me di cuenta de que ya no podía parar. Ya no era "qué rico, esto está bueno". Era "lo necesito". Me despertaba pensando en su verga. Me iba a dormir pensando en su verga. Si pasaban tres días sin verlo me ponía de mal humor, me tocaba sola en la ducha imaginándolo, y cuando por fin lo veía me abalanzaba sobre él como una loca. Empecé a arreglarme para él de una manera distinta, a depilarme entera por si acaso, a ponerme ropa interior linda por si acaso, a mantener el culo listo por si acaso, porque nunca sabía cuándo íbamos a vernos, porque nunca sabía cuándo iba a aparecer la oportunidad. Y cuando aparecía, yo no dudaba. Ni un segundo. Mi papá me decía "¿otra vez a lo de Gonza?" y yo le decía "sí, me presta unos libros, es que tiene unos libros buenísimos", y mi papá se quedaba tranquilo con eso, con la idea de que su hija iba a leer, cuando en realidad su hija iba a que su mejor amigo le metiera la verga por el culo hasta que se le saltaran las lágrimas.
Hubo un día, creo que fue en agosto, tres meses después de la fiesta, en que me di cuenta de lo enganchada que estaba. Estábamos en su cama, ya habíamos terminado, yo tirada boca abajo con la cabeza en su pecho, y él me acariciaba la espalda con la mano grande, en silencio, los dos escuchando la lluvia. Y en un momento me dijo, sin dramatismo, como quien comenta el clima: "Hanna, ¿vos sabés que hace tres meses que no te la meto por la concha ni una vez?" Y yo me reí. "¿En serio?" "En serio. Siempre por el culo. Desde la primera noche." Y era verdad. Me acuerdo de que me quedé pensando, con la cara en su pecho, y me dio un poco de vergüenza y me dio mucho de morbo. "¿Y te molesta?", le pregunté. "A mí no", dijo él, y me besó el pelo. "A mí me encanta. Pero me da curiosidad. ¿Por qué?" Y yo pensé la respuesta de verdad, sin mentir. "Porque así me siento tuya", dije. "Porque así siento que me usás. Y porque así acabo más fuerte. No sé. Porque me dejaste el culo hecho para vos, Gonza, y ahora no quiero otra cosa." Él se quedó callado un rato. Después me agarró la cara, me levantó la cabeza, y me miró con esos ojos verdes que miran demasiado. "¿Sabés que sos la primera mina que me dice algo así?" "¿Y eso?" "Y eso que me la dejaste clavada, nena. Que me tenés pensando en vos como un pendejo." Me dio un beso. Y después, sin sacarme la mano de la cara, me dijo: "Dale, abrí otra vez, que ya se me paró." Y yo abrí. Y me la metió otra vez por el culo, la cuarta de esa tarde, y yo gocé como una condenada.
Hay una escena que me acuerdo más que todas. Fue una noche de esas que mi papá nos invitó a los dos a cenar, y mi mamá ya había vuelto, y estábamos todos en la mesa como una familia normal, mi papá, mi mamá, Gonzalo, y yo. Y yo me acuerdo de estar sentada ahí, con la ropa puesta, sonriendo, comiendo, hablando de pavadas, y sentir el culo todavía abierto y caliente por lo que había pasado dos horas antes, cuando había ido "temprano a ayudar con la cena" y en realidad me había arrodillado en la cocina y le había chupado la verga mientras mi papá estaba en el baño, y después me había doblado sobre la mesada y me la había metido por atrás rapidito, con la mano tapándome la boca, los dos escuchando el agua del baño correr, el culo en el aire y las caderas de él golpeándome en silencio. Y después me levanté, me lavé la cara, me acomodé el pelo, y salí a la mesa como si nada, con la bombacha empapada y el culo latiéndome. Y mi papá, del otro lado de la mesa, levantó la copa y dijo "por el Gonza, que hace veinticinco años que es como de la familia". Y Gonzalo levantó la copa y me miró por encima del vino, y dijo "por la familia". Y yo levanté la mía y pensé: si supieran. Si supieran que este hombre, al que le estás levantando la copa, me tenía doblada sobre la mesada hace dos horas. Si supieran que me tiene adicta. Si supieran que su hija, la nena que vieron crecer, es la puta de su mejor amigo, y que le encanta serlo, y que no puede parar.
Y esa es la verdad. Eso es lo que soy ahora. Y no me arrepiento.
Aprendí cosas de mí que no sabía. Aprendí que me gusta que me den órdenes. Que me gusta que me digan qué hacer, cómo ponerme, dónde. Que me gusta que me usen y que me lo digan, que me digan puta con cariño, que me agarren, que me marquen. Aprendí que tengo un culo que aguanta más de lo que yo creía, que se abre, que se acostumbra, que pide. Aprendí que puedo acabar solo con eso, sin que me toquen nada más, si él sabe hacerlo, y él sabe. Aprendí que la preparación es todo, que el aceite es mi mejor amigo, que la paciencia de un hombre grande vale más que la fuerza de uno joven. Aprendí que la primera embestida siempre es rara y siempre es la que me engancha. Aprendí que después de un orgasmo por el culo me quedo tonta, blanda, feliz, con ganas de que me abracen y me digan cosas lindas. Y él me las dice. Porque Gonzalo, además de todo, es bueno. Es cariñoso. Me cuida. Me llama, me pregunta, me espera. Cuando estoy con él me siento la mina más deseada del mundo, y cuando me voy, me voy caminando distinto, con el cuerpo entero diciéndole sí a la vida.
Y ahora, cuando pienso en aquella primera noche, en aquella fiesta de cumpleaños, en aquel vestido negro que me puse sin saber por qué, me doy cuenta de que algo en mí ya sabía. Algo en mí se puso ese vestido para él. Algo en mí lo miró toda la noche esperando a que se acercara. Algo en mí, cuando entró a la cocina y cerró la puerta, se dijo: ahora. Ahora sí. Y tenía razón. Porque Gonzalo me agarró, me dobló, y me usó como una puta. Y en el proceso, sin pedirme permiso, sin avisarme, me hizo adicta. Adicta al sexo anal. Adicta a su verga. Adicta a esa sensación de estar llena por atrás y vacía por delante y completamente suya. Y hay noches, todavía, en que me despierto a las tres de la mañana con el culo palpitando y la boca seca, y lo único que quiero en el mundo es que me vuelva a hacer eso. Que me agarre del pelo. Que me doble. Que me diga puta. Que me la meta hasta el fondo. Y que no pare hasta que los dos nos vengamos, y después otra vez, y después otra vez.
Y cuando me pregunta, ahora, en la cama, con la mano en mi espalda, si estoy enganchada, yo le digo la verdad. Sí. Sí, Gonza, estoy enganchada. Estás en mi cabeza todo el día. Sos lo primero que pienso cuando me despierto y lo último cuando me duermo. Y él se ríe, con esa media sonrisa de hombre que sabe, y me dice "bien", como si hubiera ganado algo, como si me hubiera cazado, y yo me dejo cazar, porque quiero, porque me gusta, porque desde aquella noche ya no soy la misma Hanna. Desde aquella noche soy la Hanna que él hizo. La Hanna que abre las piernas y levanta el culo y dice sí. La Hanna que aprendió, de un hombre veinticinco años mayor, que su cuerpo tenía un secreto que nadie le había contado, y que ahora ese secreto es lo que la mantiene viva.
Así que sí. Así empezó. Una fiesta, un vestido negro, un amigo de mi papá, una puerta con llave. Y así sigue, meses después, cada vez más seguido, cada vez más fuerte, cada vez más adentro. Y si me preguntan qué soy, hoy, a los veintiún años, con el pelo negro y los ojos café y el cuerpo que mi mamá decía que era de mujer, yo digo la verdad sin bajar la vista: soy la puta del mejor amigo de mi papá. Y soy feliz. Y no cambiaría nada.
Porque Gonzalo es el mejor amigo de mi papá. Lo conozco desde que tengo memoria. Es de esas personas que siempre estuvieron en mi casa, en los cumpleaños, en los asados, en las navidades donde se quedaba hasta las tres de la mañana discutiendo de fútbol con mi viejo mientras mi mamá y yo recogíamos los platos. Cuarenta y seis años. Alto, más alto que mi papá, con ese cuerpo de hombre que va al gimnasio no para verse bien sino para no sentirse viejo: hombros anchos, brazos marcados, manos grandes y ásperas, con los dedos gruesos y las palmas callosas de alguien que trabajó con las manos antes de hacerse rico. Tiene el pelo entrecano en las sienes, la mandíbula fuerte, una barba de dos días permanente que le queda como si la cuidara, y unos ojos verdes que miran demasiado. Ojos que, cuando yo era chica, me revolvían el estómago de nervios sin que supiera por qué.
Me casé con la idea de que era "el amigo de papá" durante años. Hasta que cumplí los dieciocho, hasta que cumplí los veinte, hasta que empezó a mirarme distinto. Y hasta esa noche de fiesta. La noche en que todo se rompió. La noche en que Gonzalo me agarró del pelo, me dobló sobre la mesa y me usó como una puta. La noche en que descubrí que mi culo no estaba hecho para sentarse, sino para otra cosa. Y la noche en que me volví adicta. Adicta a él. Adicta al sexo anal. Adicta a ser usada.
Todo empezó con una fiesta de mierda que ni siquiera quería ir.
Era el cumpleaños de cuarenta y seis de Gonzalo, un sábado de primavera. Mi papá me lo dijo una semana antes, como al pasar, mientras desayunábamos. "El Gonza cumple cuarenta y seis, hace la fiesta en su casa del lago. Quiero que vengas, va a haber gente de tu edad también." Yo levanté la vista del teléfono, aburrida. "¿Gente de mi edad o tus amigos viejos?" Él se rió. "Las dos cosas. Va a estar la hija de Marcelo, y los sobrinos de Gonzalo, creo. Vení, no te quedés sola acá." Mi mamá ya se había ido de viaje con unas amigas a la costa, así que la casa iba a estar vacía y aburrida. Dije que sí casi sin pensar. No tenía idea de en qué me estaba metiendo.
Me preparé esa noche con una dedicación que no le había puesto a nada en meses. No sé si fue intuición, o si fue que desde hacía un tiempo ya venía notando que Gonzalo me miraba la boca cuando hablaba, que me miraba las caderas cuando me daba vuelta, que se quedaba un segundo de más cuando me saludaba con un beso en la mejilla. El caso es que me puse un vestido negro, ajustado, corto pero no tanto, que me marcaba todo lo que tenía para marcar. Sin corpiño, porque los pezones se me veían apenas bajo la tela cuando hacía frío, y a mí me gustaba ese detalle. El pelo suelto, lacio, brillante, recién lavado. Los labios rojos. Un perfume dulce en el cuello y en las muñecas, y una gota, solo una, entre las tetas. Me miré en el espejo antes de salir y pensé, honestamente, sin falsa modestia: estoy para comerme. Y todavía no sabía que esa noche iba a ser literal.


La casa de Gonzalo estaba a cuarenta minutos de la ciudad, sobre el lago, un caserón enorme de madera y vidrio con terraza al agua, luces bajas, música saliendo por los parlantes del jardín. Cuando llegamos con mi papá ya había como cuarenta personas. Gente mayor tomando vino, algunos chicos de mi edad que apenas conocía, humo, risas, el olor de la carne asándose en el fondo. Gonzalo salió a recibirnos a la puerta. Tenía una camisa azul con las mangas arremangadas hasta el codo, los antebrazos marcados, el pelo todavía húmedo de la ducha. Cuando me vio se le cambió la cara. Se le cambió de una forma que yo registré pero no supe nombrar.
"Hanna, mierda, mirá cómo creciste." Me abrazó y no fue el abrazo de siempre. Fue más largo, más apretado, la mano abierta en mi espalda baja, un poco más abajo de lo que corresponde, y la barba rozándome la mejilla cerca del oído cuando me dijo, bajito, casi en un susurro: "Estás enorme, nena." Me soltó y me miró de arriba abajo, sin disimular, delante de mi papá, que no se dio cuenta de nada porque mi papá nunca se da cuenta de nada. "Gracias, Gonza", dije, y noté que me temblaba un poco la voz. "Feliz cumpleaños." Él sonrió con media boca. "Vení, te llevo a la cocina, agarrá lo que quieras."
Y así empezó. Con un vaso en la mano, con la música fuerte, con la luz del atardecer tiñendo todo de naranja sobre el lago. Tomé vino, después algo más fuerte, después otro vino. Bailé con la hija de Marcelo, con un sobrino de Gonzalo que no me interesó para nada, y todo el tiempo sentía los ojos de Gonzalo encima mío desde donde estaba, apoyado en la barra de la terraza, con su vaso en la mano, hablando con sus amigos y sin embargo mirándome. Cada vez que yo lo miraba, él no bajaba la vista. La sostenía. Y me sonreía despacio, como si supiéramos los dos algo que nadie más sabía. Y no sabíamos nada todavía. Todavía no.
La cosa se fue poniendo espesa de a poco, sin apuro, que es como lo hacen los hombres grandes cuando saben esperar. Yo tomaba y me soltaba. La música se volvió más lenta cuando cayó la noche de verdad, negra sobre el lago, y la mayoría de los invitados se fue acomodando en la terraza y en el living con las copas. Mi papá se había sentado en un sillón con dos amigos a discutir de política y ya estaba medio dormido. Los chicos de mi edad se habían ido a la orilla a fumar. Y yo me quedé sola en la cocina, apoyada en la mesada, tomando el último trago de mi copa, cuando entró Gonzalo.
"¿Todo bien?" Cerró la puerta detrás de él. La cocina era grande, de mármol, y de repente el ruido de la fiesta se apagó como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. "Sí", dije. "Todo bien." Él se acercó, se sirvió algo en la barra, a un metro de mí. "¿Segura? Te noto un poco... perdida." Yo me reí, un poco nerviosa. "Es que estoy medio borracha, Gonza." "Yo también", dijo él, y me miró los labios. Y ahí, en ese silencio, pasó lo que tenía que pasar. Le sostuve la mirada. Él apoyó el vaso. Dio un paso. Y me besó.
No fue un beso de amigo. No fue un beso de "hola, qué tal". Fue un beso con lengua, con hambre, con la mano agarrándome la nuca y la otra bajando hasta mi cadera y apretando. Me besó como si tuviera años de ganas guardadas. Y yo le respondí igual, con las dos manos en su pecho, en sus brazos, sintiendo por primera vez lo duros que eran, lo grandes que eran, lo que era que un hombre hecho y derecho te tuviera agarrada contra una mesada de mármol y te comiera la boca. Cuando nos separamos, los dos respirabamos fuerte. "Gonzalo", dije, como si dijera una palabra nueva. "Papá está en el living." Él se rió, con la frente pegada a la mía. "A tu papá le falta un rato para que se dé cuenta de nada. Y aunque se dé cuenta... ya está." "¿Ya está qué?" "Ya está, nena. Esto ya empezó."
Me agarró de la mano y me sacó de la cocina por un pasillo lateral, lejos de la fiesta, hasta una habitación del fondo. Una pieza que usaba como escritorio, con un sofá, una alfombra, poca luz, y un ventanal enorme al lago. Cerró la puerta con llave. Y ahí, con la fiesta sonando lejos y el lago brillando afuera, volvimos a besarnos. Y esta vez no nos quedamos en la boca.
Me bajó el cierre del vestido despacio, con los dedos gruesos y precisos, y la tela negra se deslizó hasta el piso. Me quedé en bombachas, nada más, parada delante de él, y él retrocedió un paso para mirarme entera, tomándose su tiempo, como si fuera un cuadro. "Dios mío, Hanna", dijo bajito. "¿Sabés hace cuánto que quería ver esto?" "¿Cuánto?", le pregunté, y me temblaba todo. "Desde que cumpliste dieciséis. No, miento. Desde antes. Desde que tenías catorce y ya se te notaba el culo en la pileta. Y tu papá, boludo, nunca se dio cuenta de que su mejor amigo se la pasaba mirándole la hija." Se me acercó, me tomó las dos tetas con las manos, las apretó, pasó los pulgares por los pezones que ya estaban duros como piedritas, y bajó la boca. Me chupó un pezón, después el otro, y yo eché la cabeza atrás y me agarré de su pelo. Sentía las cosquillas bajando directo entre las piernas. La bombacha ya la tenía empapada, empapada de verdad, no era una forma de decir.
Él lo notó. Bajó una mano, me tocó por encima de la bombacha, y se rió contra mi pecho. "Estás empapada, nena. Y todavía no te hice nada." "Hacelo", le pedí, y me sorprendió mi propia voz, ronca, urgente. Me bajó la bombacha hasta los tobillos, me hizo levantar los pies uno por uno para sacarla, y me sentó en el borde del escritorio. Se puso en cuclillas delante de mí, me abrió las piernas con las dos manos, y me miró el coño como si fuera lo último que iba a comer en su vida. "Mirá qué lindo", dijo. "Toda rosada, toda mojada, toda para mí." Y me lamió. De abajo hacia arriba, despacio, plano, con toda la lengua. Yo di un grito y me agarré fuerte del borde del escritorio.
No tenía idea de que un hombre pudiera hacer eso así. Los pocos pibes con los que había estado me lo hacían como si fuera una tarea, rápido, sin ganas, esperando a que yo terminara para pasar a lo suyo. Gonzalo lo hacía como si él fuera el que se estaba culiando. Me comía el coño con hambre, con la nariz pegada a mi clítoris, la lengua adentro, los dedos abriéndome, chupando, lamiendo, mordiéndome suave el clítoris hasta que yo no podía ni respirar. Metió un dedo, después dos, y me los movía adentro buscando ese punto que me hacía cerrar los ojos y arquear la espalda. Y cuando ya estaba a punto, cuando sentía que se me venía todo encima, se detuvo. Levantó la cabeza, con la boca brillante de mí, y me sonrió. "Todavía no", dijo. "Quiero que acabes con mi verga adentro."
Se paró, se sacó la camisa de un tirón, y yo por fin vi lo que tenía abajo. Se desabrochó el pantalón, lo bajó junto con el bóxer, y cuando le salió la verga parada, gruesa, larga, con la cabeza colorada y brillante, se me escapó un "ay" que ni quise. Era grande. Más grande que todo lo que había visto hasta entonces, y no era que hubiera visto poco. Se puso un preservativo con la boca, cosa que me pareció la cosa más hábil del mundo, y se me acercó. "¿Lista?" Yo asentí con la cabeza, sin poder hablar. Me tomó de las caderas, me tiró un poco hacia el borde del escritorio, y me la puso en la entrada. La sentí, grande, caliente, y cuando empujó, despacio, con las dos manos firmes en mis caderas, entró toda de una vez hasta el fondo. Yo gemí. Él gimió. Y empezó a moverse.
Me cogió así, sentada en el escritorio, con las piernas abiertas y los pies colgando, mientras yo me agarraba de sus hombros. Y lo hacía con una fuerza y un ritmo que yo no conocía, profundo, seguro, buscando hasta el fondo cada vez, apretándome las nalgas con las manos grandes, mirándome a los ojos todo el tiempo. "Miráme", me decía. "No cierres los ojos. Quiero verte la cara mientras te cojo." Y yo lo miraba, hipnotizada, mientras el cuerpo se me sacudía con cada embestida y las tetas me rebotaban. Me levantó en el aire, sin salirme de adentro, y me llevó hasta el sofá. Me puso de espaldas, me dobló las rodillas contra el pecho, y me la volvió a meter así, más profunda todavía, y ahora sí me cogió en serio, rápido, fuerte, hasta que yo empecé a gemir sin control y a decir cosas que ni sabía que decía. "Ay, Gonzalo, sí, así, no pares, no pares." "Decime Gonza", me dijo. "Decime mi nombre como quieras." "Gonza, Gonza, por favor." "Por favor qué." "Por favor hacéme acabar." Y él aceleró, me apretó el clítoris con el pulgar mientras me la metía hasta el fondo, y yo me vine con un grito que seguro se escuchó hasta la terraza, con el cuerpo entero sacudiéndose y las piernas temblando, apretándolo por dentro como un puño. Él siguió un rato más, buscando lo suyo, y cuando se vino, se vino adentro del preservativo gruñendo contra mi cuello, pesado, caliente, sudado, encima mío. Y ahí, en ese momento, con él todavía adentro y mi cuerpo todavía vibrando, creí que ya había terminado todo. Qué poco sabía.

Porque Gonzalo no había terminado. Gonzalo recién empezaba. Se salió despacio, se sacó el preservativo, y se quedó mirándome tirada en el sofá, con las piernas abiertas y el coño brillante y abierto. Y después hizo una cosa que yo no esperaba. Me dio vuelta. Me agarró de la cadera y me dio vuelta como si yo fuera liviana, hasta ponerme boca abajo, con las rodillas dobladas debajo y el culo levantado, la cara aplastada contra el almohadón. Y me lo dijo. "Ahora me vas a dar el culo." Y yo sentí que el corazón se me paraba un segundo.
Nunca me la habían metido por el culo. Nunca. Había pibes que lo habían intentado, siempre medio de casualidad, siempre medio mal, y yo siempre había pensado que era una cosa que dolía y que era para el que le gustaba, no para mí. Pero Gonzalo se arrodilló detrás de mí, me abrió las nalgas con las dos manos, y me lamió el culo. Así, directo. La lengua en mi ojete, dando vueltas, entrando apenas, mojándome toda. Y yo casi me derrito ahí mismo. "Ay", dije, con la cara en el almohadón. "¿Qué hacés?" "Preparándote", dijo. "Porque esto hay que prepararlo, nena. Y yo te lo voy a preparar bien." Me escupió, me pasó los dedos, me metió un dedo mojado y empezó a jugar despacio, entrando y saliendo, estirándome. Un dedo. Después dos. Y cuando yo ya estaba relajada, casi sin darme cuenta, porque entre el vino y las dos veces que me había hecho sentir, el cuerpo se me había aflojado todo, le sentí la punta de la verga contra el culo. Grande. Caliente. Moja de saliva y de mi propio coño.
"Respirá hondo", me dijo. "Y empujá para afuera, como si fueras al baño. ¿Sabés?" "Sí", mentí. No sabía nada. Pero respiré. Y él empujó. Despacio, firme, sin retroceder. Y sentí cómo el anillo se me abría, cómo entraba, cómo el cuerpo entero me decía "no va a entrar, no va a entrar", y después, de golpe, la punta pasó, y sentí esa cosa rarísima y brutal de tenerlo adentro por el culo. Ardió. Ardió un poco. Pero era un ardor que después se volvía otra cosa, algo lleno, algo profundo, algo que ninguna de las otras veces me había dado. Gonzalo se quedó quieto, con las manos en mis caderas, dejándome acostumbrar. "¿Duele?", preguntó. "Un poco", admití. "Pero no pares." Y no paró.

Empezó a moverse despacio, cortito, dejándome abrirme de a poco, y con cada movimiento entraba un poco más, hasta que la sentí entera adentro, hasta el fondo, con las bolas apoyadas contra mi coño. Y ahí, con la verga entera en mi culo, él empezó a cogerme de verdad. Y no fue como por la concha. Fue más lento y más profundo y más raro, y me tocaba por dentro de una manera que no sabía que se podía. Cada embestida me llegaba al fondo del estómago. Cada salida me dejaba vacía y ansiosa por la siguiente. Y él, mientras me la metía por el culo, me metió la mano por debajo y me empezó a jugar el clítoris otra vez. Y yo, que había pensado que no iba a aguantar, me vine por tercera vez en esa noche, con la verga en el culo y los dedos en el clítoris, gritando contra el almohadón, apretándolo por dentro, temblando entera. Y él, cuando me sintió apretarlo, perdió la paciencia, me agarró del pelo, me levantó la cabeza, y me cogió el culo en serio, rápido, fuerte, con la mano cerrada en mi pelo y la otra marcándome la cadera, diciéndome cosas al oído que me quemaban la nuca. "Tomá, tomá mi verga, puta linda, mirá cómo me la das toda." Y yo, con la boca abierta y los ojos en blanco, le decía sí, sí, toda, toda, y sentía que me estaba rompiendo por dentro de la mejor manera posible.


Y cuando él se vino, se vino adentro de mi culo. Sin preservativo esta vez, porque se lo había sacado y no se puso otro, y yo sentí el chorro caliente llenándome por dentro, y sentí cómo la verga le palpitaba adentro, y él gruñía y me apretaba y se quedaba quieto con todo metido hasta el fondo, hasta que se vació entero. Y ahí nos quedamos. Él encima mío, adentro mío, pesado, sudado, respirando fuerte contra mi espalda. Yo con la cara en el almohadón y una sonrisa idiota que no podía controlar. Y cuando se salió, despacio, sentí que algo me goteaba del culo, y me dio vergüenza y me dio morbo al mismo tiempo, y me quedé ahí tirada, abierta, usada, feliz.
Esa noche volví a la fiesta después de media hora, con el pelo revuelto y el vestido puesto de cualquier manera. Mi papá ni se enteró. Gonzalo me saludó desde la barra como si nada, con la misma media sonrisa de siempre, pero cuando pasé cerca me dijo bajito, sin que nadie más oyera: "Mañana te llamo." Y me llamó. A las once de la mañana, con la excusa perfecta: que si quería pasar a buscar un libro que mi papá le había prestado, que si quería ver la casa con luz del día, que si tal. Fui. Y me cogió otra vez. Y otra. Y esa semana, tres veces. La semana siguiente, cinco. Y así, sin darme cuenta, se me fue armando la vida alrededor de una sola cosa. De su verga. De su cama. De mi culo.
Porque sí, porque tengo que decirlo, porque es la verdad: lo que me volvió loca no fue la concha, aunque también me gustaba, aunque también me hacía acabar como nunca. Lo que me volvió loca fue el culo. Gonzalo me abrió esa puerta y me empujó adentro y me la cerró detrás, y una vez que probé eso no hubo vuelta atrás. Descubrí que mi cuerpo estaba hecho para eso. Que la sensación de que me llenaran por atrás, de que me abrieran, de que me usaran ahí donde casi nadie me había usado, me dejaba flotando por días. Empecé a pensar en eso todo el tiempo. En clases, en el trabajo, comiendo, durmiendo. Me tocaba pensando en eso. Y cada vez que Gonzalo me decía "ahora por el culo", yo sentía un cosquilleo en la panza que no sentía con nada más.

Nos volvimos expertos. Al principio me costaba, me dolía un poco al principio de cada vez, y él tenía que prepararme con paciencia, con la lengua, con los dedos, con aceite que un día apareció en el cajón de su mesa de luz como si nada, y que usábamos siempre. Después el cuerpo se me fue acostumbrando, se me fue aflojando, y ya no necesitaba tanta preparación. Empecé a venir preparada yo sola, con mi propia mano, antes de que él llegara, para estar lista. Empecé a usar menos bombacha, porque total él me la sacaba igual. Empecé a pedirle que me la metiera por ahí directo, sin pasar por la concha primero, porque me gustaba sentirlo entrar de una, esa primera vez rara y brutal, esa sensación de estar abierta por un hombre que sabía exactamente lo que hacía. Y él, que llevaba años queriéndome, no se hacía rogar. Me daba todo lo que le pedía y más.
Porque Gonzalo tenía veinticinco años de experiencia más que yo y se notaba en cada cosa. Sabía cuándo empujar y cuándo esperar. Sabía cómo moverme las caderas para abrirme sin lastimarme. Sabía dónde apretar, dónde besar, dónde morder. Sabía cuándo hablar y cuándo callarse. Y sabía, sobre todo, cómo tratarme. Porque una cosa era el sexo y otra cosa era lo que él hacía con la cabeza. Me hablaba como me gustaba que me hablaran. Me decía puta, me decía nena, me decía mi putita linda, me decía cosas que a mis veintiún años y con mis tres noviecitos de la facultad nunca me habían dicho, y que me dejaban temblando. "¿Te gusta que te use, Hanna? ¿Te gusta que tu viejo esté abajo tomando café y vos acá arriba con el culo abierto para mí? ¿Te gusta ser mi puta?" Y a mí me gustaba. Me gustaba todo. Me gustaba que me dijera puta y me gustaba serlo para él. Me gustaba llegar a su casa sabiendo que iba a salir de ahí con las piernas flojas y el culo caliente. Me gustaba que me esperara con la casa vacía, que me abriera la puerta y me besara contra la pared del recibidor antes de que yo pudiera siquiera sacarme el abrigo. Me gustaba que me tirara sobre la cama y me diera vuelta y me pusiera en cuatro sin preguntarme nada, porque ya sabíamos los dos a qué iba yo. Me gustaba todo, y cada vez quería más.
Y fuimos más. Fuimos a más lugares. En su auto, en el estacionamiento del supermercado, con la gente pasando al lado y yo mordiéndome la mano en el asiento de atrás. En su oficina, un sábado, doblada sobre el escritorio, con la puerta sin llave y la secretaria trabajando al lado. En la casa de mi papá, una tarde que él se había ido a jugar al paddle, en mi propia cama, en mi propia pieza, con el olor de mi casa y las fotos de mi familia en las paredes, y Gonzalo cogiéndome ahí donde yo había crecido, y las dos cosas mezcladas me volvían loca. En el lago, en la terraza de la casa de la fiesta, una noche de verano, a cielo abierto, con la luna y los mosquitos y el agua abajo. En un hotel una vez, cuando mi papá casi nos descubre, cuando se armó el gran quilombo de "che, Gonza, ¿y vos por qué te quedás tanto en casa?", y mi papá no entendía nada, y nosotros nos mirábamos por encima de la mesa y nos aguantábamos la risa, y esa noche cogimos como si nos hubieran dado permiso.
Pero lo que más me gustaba, lo que me tenía enganchada de verdad, era cuando él me usaba. Cuando no había nada de tierno, nada de suave, nada de "hola mi amor". Cuando me agarraba de la cadera y me doblaba y me la metía por el culo y me cogía como si yo fuera una cosa, una cosa que le pertenecía, una cosa hecha para eso. Porque Gonzalo, cuando se ponía, era un animal. Me hablaba sucio sin parar, me tiraba del pelo, me daba nalgadas que me dejaban la mano marcada, me agarraba de la nuca y me empujaba contra la almohada, me decía "así, así, toda, tomá", y yo, del otro lado, no era Hanna. Era su puta. Y me encantaba. Me encantaba olvidarme de todo, dejar de ser la hija de mi papá, dejar de ser la estudiante aplicada, dejar de ser la chica linda que se cuidaba, y ser simplemente un culo abierto y una boca que gemía y un cuerpo que él usaba a gusto. Salía de esas sesiones con la mente en blanco y el cuerpo molido y una paz que no encontraba en ningún otro lado.


Y así, de a poco, sin fecha ni anuncio, me di cuenta de que ya no podía parar. Ya no era "qué rico, esto está bueno". Era "lo necesito". Me despertaba pensando en su verga. Me iba a dormir pensando en su verga. Si pasaban tres días sin verlo me ponía de mal humor, me tocaba sola en la ducha imaginándolo, y cuando por fin lo veía me abalanzaba sobre él como una loca. Empecé a arreglarme para él de una manera distinta, a depilarme entera por si acaso, a ponerme ropa interior linda por si acaso, a mantener el culo listo por si acaso, porque nunca sabía cuándo íbamos a vernos, porque nunca sabía cuándo iba a aparecer la oportunidad. Y cuando aparecía, yo no dudaba. Ni un segundo. Mi papá me decía "¿otra vez a lo de Gonza?" y yo le decía "sí, me presta unos libros, es que tiene unos libros buenísimos", y mi papá se quedaba tranquilo con eso, con la idea de que su hija iba a leer, cuando en realidad su hija iba a que su mejor amigo le metiera la verga por el culo hasta que se le saltaran las lágrimas.
Hubo un día, creo que fue en agosto, tres meses después de la fiesta, en que me di cuenta de lo enganchada que estaba. Estábamos en su cama, ya habíamos terminado, yo tirada boca abajo con la cabeza en su pecho, y él me acariciaba la espalda con la mano grande, en silencio, los dos escuchando la lluvia. Y en un momento me dijo, sin dramatismo, como quien comenta el clima: "Hanna, ¿vos sabés que hace tres meses que no te la meto por la concha ni una vez?" Y yo me reí. "¿En serio?" "En serio. Siempre por el culo. Desde la primera noche." Y era verdad. Me acuerdo de que me quedé pensando, con la cara en su pecho, y me dio un poco de vergüenza y me dio mucho de morbo. "¿Y te molesta?", le pregunté. "A mí no", dijo él, y me besó el pelo. "A mí me encanta. Pero me da curiosidad. ¿Por qué?" Y yo pensé la respuesta de verdad, sin mentir. "Porque así me siento tuya", dije. "Porque así siento que me usás. Y porque así acabo más fuerte. No sé. Porque me dejaste el culo hecho para vos, Gonza, y ahora no quiero otra cosa." Él se quedó callado un rato. Después me agarró la cara, me levantó la cabeza, y me miró con esos ojos verdes que miran demasiado. "¿Sabés que sos la primera mina que me dice algo así?" "¿Y eso?" "Y eso que me la dejaste clavada, nena. Que me tenés pensando en vos como un pendejo." Me dio un beso. Y después, sin sacarme la mano de la cara, me dijo: "Dale, abrí otra vez, que ya se me paró." Y yo abrí. Y me la metió otra vez por el culo, la cuarta de esa tarde, y yo gocé como una condenada.
Hay una escena que me acuerdo más que todas. Fue una noche de esas que mi papá nos invitó a los dos a cenar, y mi mamá ya había vuelto, y estábamos todos en la mesa como una familia normal, mi papá, mi mamá, Gonzalo, y yo. Y yo me acuerdo de estar sentada ahí, con la ropa puesta, sonriendo, comiendo, hablando de pavadas, y sentir el culo todavía abierto y caliente por lo que había pasado dos horas antes, cuando había ido "temprano a ayudar con la cena" y en realidad me había arrodillado en la cocina y le había chupado la verga mientras mi papá estaba en el baño, y después me había doblado sobre la mesada y me la había metido por atrás rapidito, con la mano tapándome la boca, los dos escuchando el agua del baño correr, el culo en el aire y las caderas de él golpeándome en silencio. Y después me levanté, me lavé la cara, me acomodé el pelo, y salí a la mesa como si nada, con la bombacha empapada y el culo latiéndome. Y mi papá, del otro lado de la mesa, levantó la copa y dijo "por el Gonza, que hace veinticinco años que es como de la familia". Y Gonzalo levantó la copa y me miró por encima del vino, y dijo "por la familia". Y yo levanté la mía y pensé: si supieran. Si supieran que este hombre, al que le estás levantando la copa, me tenía doblada sobre la mesada hace dos horas. Si supieran que me tiene adicta. Si supieran que su hija, la nena que vieron crecer, es la puta de su mejor amigo, y que le encanta serlo, y que no puede parar.
Y esa es la verdad. Eso es lo que soy ahora. Y no me arrepiento.
Aprendí cosas de mí que no sabía. Aprendí que me gusta que me den órdenes. Que me gusta que me digan qué hacer, cómo ponerme, dónde. Que me gusta que me usen y que me lo digan, que me digan puta con cariño, que me agarren, que me marquen. Aprendí que tengo un culo que aguanta más de lo que yo creía, que se abre, que se acostumbra, que pide. Aprendí que puedo acabar solo con eso, sin que me toquen nada más, si él sabe hacerlo, y él sabe. Aprendí que la preparación es todo, que el aceite es mi mejor amigo, que la paciencia de un hombre grande vale más que la fuerza de uno joven. Aprendí que la primera embestida siempre es rara y siempre es la que me engancha. Aprendí que después de un orgasmo por el culo me quedo tonta, blanda, feliz, con ganas de que me abracen y me digan cosas lindas. Y él me las dice. Porque Gonzalo, además de todo, es bueno. Es cariñoso. Me cuida. Me llama, me pregunta, me espera. Cuando estoy con él me siento la mina más deseada del mundo, y cuando me voy, me voy caminando distinto, con el cuerpo entero diciéndole sí a la vida.
Y ahora, cuando pienso en aquella primera noche, en aquella fiesta de cumpleaños, en aquel vestido negro que me puse sin saber por qué, me doy cuenta de que algo en mí ya sabía. Algo en mí se puso ese vestido para él. Algo en mí lo miró toda la noche esperando a que se acercara. Algo en mí, cuando entró a la cocina y cerró la puerta, se dijo: ahora. Ahora sí. Y tenía razón. Porque Gonzalo me agarró, me dobló, y me usó como una puta. Y en el proceso, sin pedirme permiso, sin avisarme, me hizo adicta. Adicta al sexo anal. Adicta a su verga. Adicta a esa sensación de estar llena por atrás y vacía por delante y completamente suya. Y hay noches, todavía, en que me despierto a las tres de la mañana con el culo palpitando y la boca seca, y lo único que quiero en el mundo es que me vuelva a hacer eso. Que me agarre del pelo. Que me doble. Que me diga puta. Que me la meta hasta el fondo. Y que no pare hasta que los dos nos vengamos, y después otra vez, y después otra vez.
Y cuando me pregunta, ahora, en la cama, con la mano en mi espalda, si estoy enganchada, yo le digo la verdad. Sí. Sí, Gonza, estoy enganchada. Estás en mi cabeza todo el día. Sos lo primero que pienso cuando me despierto y lo último cuando me duermo. Y él se ríe, con esa media sonrisa de hombre que sabe, y me dice "bien", como si hubiera ganado algo, como si me hubiera cazado, y yo me dejo cazar, porque quiero, porque me gusta, porque desde aquella noche ya no soy la misma Hanna. Desde aquella noche soy la Hanna que él hizo. La Hanna que abre las piernas y levanta el culo y dice sí. La Hanna que aprendió, de un hombre veinticinco años mayor, que su cuerpo tenía un secreto que nadie le había contado, y que ahora ese secreto es lo que la mantiene viva.
Así que sí. Así empezó. Una fiesta, un vestido negro, un amigo de mi papá, una puerta con llave. Y así sigue, meses después, cada vez más seguido, cada vez más fuerte, cada vez más adentro. Y si me preguntan qué soy, hoy, a los veintiún años, con el pelo negro y los ojos café y el cuerpo que mi mamá decía que era de mujer, yo digo la verdad sin bajar la vista: soy la puta del mejor amigo de mi papá. Y soy feliz. Y no cambiaría nada.
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