Me llamo Hanna. Tengo veintidós años, el pelo negro y lacio cayéndome hasta media espalda, los ojos color café oscuro que casi parecen negros cuando hay poca luz, y un cuerpo que a los diecisiete años era de niña flaca y que a los veintidós, sin que yo hiciera gran cosa por lograrlo, se convirtió en algo que hace que la gente voltee a mirarme en la calle. Cintura estrecha, caderas redondas, pechos que no son enormes pero que se sostienen solos y que aprendí a exhibir sin darme cuenta. Y una cara, según me dicen, de esas que parecen inocentes. Cara de niña buena. Cara de que no rompe un plato. Y eso, como descubrí después, es lo que más me sirvió en la vida.

A los veintidós conseguí mi primer empleo de verdad. Antes solo había trabajado en una cafetería mal pagada y en una tienda de ropa los fines de semana, cosas sin importancia, cosas de estudiante. Pero cuando terminé la carrera de administración —porque sí, terminé la carrera, aunque nadie lo diría mirándome ahora— me puse a mandar currículums como loca. Y una empresa mediana, de esas de importaciones y exportaciones, de esas con olor a dinero y a papel viejo, me llamó para una entrevista de secretaria de dirección. Asistente ejecutiva, se llamaba el puesto. Secretaria, en la práctica. Secretaria de un señor que, según supe después, llevaba veinte años manejando la empresa como si fuera su casa.
La entrevista la hice con él directamente, porque era una empresa donde el dueño todavía hacía las entrevistas él mismo, cosa que ahora entiendo que era parte del método. Se llamaba Ignacio Vargas. Tenía cincuenta y cuatro años en ese momento, aunque parecía mayor por el pelo entrecano y los lentes que se quitaba y se ponía, y menor por el cuerpo, que estaba firme, ancho de hombros, con esas manos grandes de hombre que trabaja con las manos aunque sea dueño de una empresa. Olía a colonia cara y a café. Y me miró durante toda la entrevista de una forma que yo, en mi inocencia de recién egresada, no supe interpretar.
Me preguntó cosas normales. Estudios, experiencia —poca—, disponibilidad. Si sabía manejar la agenda, si era ordenada, si tenía auto. Yo contestaba con las manos sudando bajo la mesa, con la falda gris que me había comprado para la ocasión y que me quedaba un poco ajustada en las caderas, con los tacones bajos que era lo único que tenía. Y él me miraba las manos cuando las movía, me miraba la boca cuando hablaba, y una vez me miró el escote —un escote discreto, apenas un botón de la blusa abierto— y se quedó ahí un segundo de más.
Al final me dijo: "El puesto es suyo, Hanna. Empieza el lunes a las ocho."
Y yo salí de ahí flotando, sin saber que acababa de firmar, sin firmar nada, el contrato más importante de mi vida.
El primer día llegué temblando. Blusa blanca, falda negra hasta la rodilla, tacones bajos, el pelo recogido en un moño apretado, lentes de ver. Cero maquillaje, salvo un poco de brillo en los labios. Era la viva imagen de la secretaria eficiente y aburrida, y eso era exactamente lo que quería ser. Quería que me tomaran en serio. Quería que vieran que era capaz, que era ordenada, que era confiable.
Vargas me recibió con una sonrisa y me mostró el escritorio que sería mío, justo afuera de su oficina, en un pasillo donde yo era la única persona. Ese detalle lo entendí después. Antes no. Un escritorio separado, en un pasillo sin tránsito, con la puerta de su oficina a tres metros. Nadie me veía trabajar. Nadie me veía no trabajar. Nadie nos veía a los dos.
Los primeros meses fueron de manual. Aprendí la agenda, las llamadas, los archivos, las reuniones. Aprendí a filtrar a la gente, a decir "el señor Vargas no está disponible" con una sonrisa que no admitía réplica. Aprendí a manejar su café —dos de azúcar, sin leche, en la taza blanca, nunca en la de porcelana azul que era para las visitas—. Aprendí a querer el trabajo. Y a querer que él me mirara.
Porque me miraba. Todo el tiempo. Al principio yo pensaba que era normal, que un jefe mira a su secretaria. Pero un día me di cuenta de que la miraba de una manera distinta. Cuando me levantaba a alcanzarle algo, sus ojos bajaban. Cuando me agachaba a recoger un papel del suelo, sentía su mirada en la espalda, en las caderas, en donde la falda se me subía. Y una vez, agachada junto a su escritorio buscando un cable, levanté la vista y lo caché mirándome el trasero con una intensidad que me hizo ponerme roja hasta las orejas.
Él no dijo nada. Yo no dije nada. Pero los dos sabíamos.
El cambio empezó con la ropa. Un viernes por la tarde, saliendo de su oficina, me dijo con esa voz suya, grave, pausada:
—Hanna, ¿usted sabe que aquí atendemos clientes importantes? Importantes de verdad. Gente de dinero. Y la imagen cuenta mucho.
—Sí, señor Vargas.
—Pues fíjese que su ropa... está bien. Pero está muy seria. Muy apagada. Usted es joven. Puede permitirse más color. Más vida. Más... —hizo una pausa, me miró de arriba abajo, despacio, como quien evalúa una mercancía— más figura.
Yo asentí como una idiota, sin entender del todo. Pero esa noche fui a mi casa y me paré frente al espejo del cuarto y me miré de verdad, por primera vez en mucho tiempo. Y vi lo que él veía. Vi el pelo negro y lacio que si me lo soltaba me caía como una cortina brillante. Vi los ojos cafés que se agrandaban cuando tenía las pestañas maquilladas. Vi el cuerpo que había estado escondiendo debajo de blusas anchas y faldas largas. Y me dije: si él quiere figura, le voy a dar figura.
El lunes llegué con una falda más ajustada. El martes con una blusa más escotada. El miércoles con tacones altos de verdad, esos de aguja, de los que cambian la forma en que una camina, de los que hacen que las piernas parezcan otras piernas, de los que obligan a mover las caderas de una manera que no se puede fingir. Y cuando entré al pasillo y él me vio venir desde su puerta, con esos tacones haciendo clac clac clac sobre el piso de mármol, vi cómo se le levantaba una ceja y cómo su boca se curvaba apenas en una sonrisa que no era la sonrisa de jefe.

—Así —dijo—. Así está mejor.
Y esa palabra, "mejor", dicha con esa voz, fue como un permiso. Un permiso para exagerar. Y lo exageré. Cada semana un poco más. La falda un poco más corta, hasta quedar por encima de la rodilla, luego bastante por encima. El escote un poco más abierto. La blusa un poco más pegada. Los tacones cada vez más altos, cada vez más delgados. El maquillaje cada vez más marcado —labios rojos, ojos delineados, pestañas largas—. El pelo cada vez menos recogido, hasta que dejé de recogerlo y empecé a soltarlo, a dejarlo caer sobre los hombros y sobre el escote, porque descubrí que le gustaba. Le gustaba mucho.
Y él lo notaba todo. Me lo hacía notar. Un día me dijo: "Hoy huele rico. ¿Se puso perfume nuevo?" Y otro día: "Esos tacones le quedan bien. Se le ven las piernas largas." Y otro: "¿Esa falda es nueva? Le abraza bien." Y cada comentario era un pequeño fuego que me encendía por dentro, y cada uno me hacía querer más, me hacía venir al trabajo cada mañana pensando qué ponerme para él, no para los clientes, no para nadie más, para él.
Tardé tres meses en llegar al punto donde llegué. Tres meses de miradas, de comentarios, de roces accidentales en el pasillo —su mano en mi espalda baja al pasarme por detrás, "permiso", dicho en un murmullo, pero con los dedos demorándose un instante de más—. Tres meses de sentirme deseada de una manera que nunca me había sentido, porque los muchachos de mi edad me deseaban de una forma torpe, evidente, y él me deseaba de una forma silenciosa, calculada, de hombre grande, de hombre que sabe esperar, y eso era mucho más poderoso.
Y entonces un día pasó lo que pasó.
Era un jueves. Habíamos tenido una mañana de locos, con un cliente que no dejaba de llamar y una entrega que se había retrasado y él de mal humor, gritándole a medio mundo por teléfono. Al mediodía salieron todos los empleados a comer y quedamos solos, como siempre, porque él no salía a comer, pedía a domicilio y comía en la oficina, y yo comía en mi escritorio, y los dos compartíamos ese silencio del mediodía como si fuéramos los únicos del mundo.
Me pidió el café. Se lo llevé. Entré a su oficina, la taza en la mano, y lo encontré de espaldas, mirando por la ventana, con las manos en los bolsillos y el saco colgado en el respaldo de la silla. La camisa blanca se le marcaba en la espalda, en los hombros anchos, en la cintura todavía firme. Y sentí, no sé de dónde, un impulso. Una cosa que me subió por el pecho y me salió antes de que la pensara.
—Aquí tiene su café, señor Vargas —dije, y me acerqué a dejarle la taza en el escritorio, y me puse a su lado, más cerca de lo normal, cerca de verdad, tan cerca que le llegaba a la altura del pecho con la cabeza y sentía el calor que salía de él.
Él se giró. Me miró desde arriba. Y esta vez no disimuló. Esta vez me miró el escote sin ninguna vergüenza, bajó los ojos por la blusa, por el vientre, por la falda, por las piernas, y volvió a subir, despacio, hasta los ojos. Y ahí se quedó.
—Hanna —dijo, en voz baja.
—Sí.
—¿Usted sabe que me tiene loco?
Sentí que me temblaban las rodillas. En serio. Las rodillas. Como en las novelas.
—¿Loco? —repetí, idiota.
—Loco. —Se acercó un paso. Ahora estaba a un palmo. Olía a su colonia, a café, a hombre—. Llevo meses mirándola. Y usted me mira también. No me diga que no.
—No —dije—. Sí, la miro.
—¿Y qué mira?
No supe qué contestar. Así que contesté con el cuerpo. Levanté la mano y se la puse en el pecho, en la camisa, y sentí su corazón bajo la palma, latiendo rápido, más rápido de lo que un hombre tranquilo debería latir. Y él soltó un aire por la nariz, una risa breve, y me tomó la cara con las dos manos —esas manos grandes, cálidas— y me besó.
Fue mi primer beso con un hombre grande. Y fue distinto a todo. No fue el beso torpe de los muchachos de mi edad, apurado por meter la lengua. Fue un beso que empezó lento, con los labios apenas rozando, saboreando, y luego se hizo profundo, húmedo, con su lengua buscando la mía, con sus manos bajándome por el cuello hasta los hombros, hasta la espalda baja, hasta apretarme contra él. Sentí su cuerpo duro contra el mío. Sentí, contra el vientre, algo que me hizo abrir los ojos aunque tenía los ojos cerrados.
Se le notaba. Claro que se le notaba.
Me separé un segundo, sin aire.
—Señor Vargas...
—Ignacio —dijo—. Aquí, cuando estamos solos, Ignacio.
—Ignacio —repetí, y me gustó cómo sonó.
Y él volvió a besarme, y esta vez sus manos fueron más lejos, me subieron por la falda, me apretaron las caderas, me bajaron hasta el trasero y me lo agarraron por encima de la tela con una firmeza que me sacó un sonido de la garganta, un pequeño gemido que no reconocí como mío. Y él, al oírlo, se puso más urgente. Me llevó caminando hacia atrás hasta su escritorio, me sentó en el borde, se puso entre mis piernas abiertas, y ahí, con su cuerpo apretándome, con su boca en mi cuello, me dijo al oído algo que me cambió:
—Quiero que me la mame, Hanna.
Así. Directo. Sin rodeos. Un hombre grande que sabía lo que quería y no tenía tiempo para jugar.
Y yo, que nunca en mi vida le había mamado a nadie más que a dos noviecitos de la universidad que duraban tres minutos y no sabían qué hacer, dije que sí con la cabeza como una tonta, y me bajé del escritorio, y me arrodillé.
Me arrodillé ahí mismo, en su oficina, sobre el piso de madera, con la falda ajustada subiéndoseme por los muslos y los tacones altos haciendo que la postura me quedara rara. Él me miró desde arriba, con las manos apoyadas en el escritorio a los costados, y no se movió. Me dejó hacer. Me dejó ser yo la que abriera el cinturón, la que desabrochara el botón, la que bajara el zíper. Y cuando saqué su verga, cuando la tuve ahí al aire, dura, gruesa, parada frente a mi cara, me quedé un segundo mirándola.



Era grande. Más grande que lo que recordaba de mis noviecitos. Mucho más. Gruesa, con la cabeza brillante, con una vena que le recorría el costado, con el olor de hombre que sale de ahí, de piel limpia y de deseo, un olor que me dio ganas antes de probarla.
La agarré con la mano. Estaba caliente. La apreté apenas y él soltó el aire por los dientes. Subí la mano, bajé, la moví un par de veces, y luego abrí la boca y me la metí.
Lo primero fue el sabor. Salado, tibio, piel. Lo segundo fue el tamaño, que me llenó la boca entera y me tocó el fondo de la garganta y me hizo toser un poquito. Levanté la vista y él me estaba mirando con los ojos entrecerrados, la boca entreabierta, respirando por la nariz. Y esa imagen, la de un hombre grande mirándome desde arriba mientras yo lo tenía en la boca, me puso tan húmeda que sentí cómo se me pegaba la ropa interior.
Empecé a chuparlo. Despacio al principio, con la boca apretada, subiendo y bajando la cabeza, con la mano en la base moviéndose al ritmo de la boca, con la otra mano agarrándole el muslo por encima del pantalón. Y él empezó a soltar sonidos. Un "mmm" grave, profundo, que le salía del pecho. Una mano me subió a la cabeza, me agarró el pelo negro y lacio, me lo apartó de la cara, y me lo sostuvo ahí, en un puño suave, mientras me guiaba. Me empujaba un poco, apenas, para que lo tomara más profundo, y yo lo tomaba, y se me llenaban los ojos de agua, y él gemía.
—Así —decía—. Así, Hanna. Despacito. Con la lengua. Ahí. Justo ahí.


Y yo hacía lo que me decía. Porque quería hacerlo bien. Porque quería que le gustara. Porque por primera vez en mi vida me sentía poderosa, sentía que tenía a un hombre grande, importante, con la respiración cortada, en mis manos, en mi boca, a mi merced.
Me salí un segundo para respirar, con la verga todavía en la mano, apoyada contra mi mejilla, mirándolo desde abajo.
—¿Así? —pregunté.
—Así —dijo él—. Mírame. No dejes de mirarme.
Y volví a metérmela, esta vez más profundo, más rápido, y ya no fui tan delicada. Metí la mano en la base y la moví rápido mientras chupaba la punta, y luego la bajé y le lamí los huevos, uno y otro, y él soltó una palabrota que nunca le había oído, un "ay, hija" que me hizo reír por dentro con la boca llena. Volví a subir, me la metí entera hasta donde pude, y empecé a mover la cabeza con ganas, con las dos manos en sus muslos, con los ojos cerrados y luego abiertos para mirarlo, porque me lo había pedido, y le encantaba que lo mirara.
Y cuando él empezó a apretarme el pelo más fuerte, cuando empezó a mover las caderas y a metérmela él, a follarme la boca desde arriba con pequeños empujes, supe que estaba cerca.
—Me voy a venir —dijo—. ¿Dónde quiere?
Y yo, que no sabía qué contestar porque nunca me había venido nadie en la boca en serio, dije:
—Adentro.
—¿Segura?
—Sí.
Y él me agarró el pelo con las dos manos y me la metió hasta el fondo y se corrió. Sentí el chorro caliente, espeso, salado, pegar contra mi garganta, y sentí más chorros, y yo tragué, y él seguía saliendo, y me salió por las comisuras, y tragué otra vez, y él gemía y temblaba y me apretaba la cabeza contra él, y yo me quedé ahí, con la nariz pegada a su vientre, con su olor metido en mí, aguantando, aguantando, hasta que él aflojó las manos y soltó un suspiro larguísimo.
Me salí despacio. Una gota me resbaló por la barbilla y me la limpié con el dedo, y él me miró hacerlo y sonrió, una sonrisa de hombre satisfecho, de hombre que acaba de comerse el mundo.

—Ven acá —dijo, y me levantó de las axilas, me puso de pie, me agarró la cara y me besó, ahí, con su sabor en mi boca, con todo.
Y yo me dejé besar con las piernas temblando y la ropa interior empapada, y pensé, con una claridad absoluta: esto no se acaba aquí. Esto acaba de empezar.
Y así empezó. Y no se acabó nunca.
Los primeros días siguientes fueron raros, porque ninguno de los dos sabía muy bien cómo comportarse. En la oficina éramos jefe y secretaria. "Buenos días, señor Vargas." "Buenos días, Hanna." Y los dos con una sonrisa que apenas disimulábamos. Pero bastaba que se cerrara la puerta o que saliera todo el mundo para que la cosa cambiara. Y pronto se volvió rutina. Una rutina secreta, húmeda, perfecta.
Y lo que se volvió rutina, sobre todo, fue el escritorio.
Descubrimos que él tenía una silla alta y un escritorio hondo, y que si él se echaba un poco para atrás, y yo me metía debajo, entre sus piernas, en ese hueco oscuro y tibio, nadie podía verme desde la puerta. La primera vez que lo hicimos así fue una tarde, con una reunión que estaba por empezar. Se me acercó por detrás y me dijo al oído: "Métase debajo del escritorio. Ahora." Y yo, sin preguntar, me arrodillé y me metí en ese hueco, y él se sentó en su silla y se echó atrás, y se abrió el pantalón, y me sacó la verga ya dura, y me la puso en la boca, y en ese preciso instante golpearon la puerta.

—Adelante —dijo él con una voz perfectamente normal.
Y entró el gerente de finanzas. Y se sentó enfrente. Y empezó a hablar de números. Y yo, debajo del escritorio, con la boca llena de verga, con la cabeza entre las rodillas de mi jefe, le chupaba despacio, con la lengua, sin hacer ruido, mientras los dos hombres hablaban de facturas y de márgenes y de no sé qué más.
Fue una de las cosas más excitantes de mi vida. Estar ahí, escondida, invisible, con un hombre importante dentro de la boca, escuchando a otro hablar de cosas serias. Sentir cómo él, mientras respondía sobre presupuestos, me ponía la mano en la cabeza y me acariciaba el pelo. Sentir cómo se le cortaba la voz un segundo cuando yo apretaba. Aprendí a jugar con eso. Apretar cuando hablaba. Soltar cuando se callaba. Hacerle la vida imposible sin que el de enfrente sospechara nada.
Cuando se fue el gerente y se cerró la puerta, él soltó una carcajada baja y me dijo, todavía con la verga en mi boca: "Es usted el demonio." Y yo me reí con la boca llena, y él se corrió otra vez, y otra vez tragué.
Desde ese día el escritorio fue nuestro. Se volvió normal. Se volvió lo que hacíamos. Cada vez que había una llamada larga, una reunión, un cliente pesado, él me hacía una seña con la mano —dos dedos hacia abajo— y yo me metía debajo y me arrodillaba y lo esperaba. A veces tardaba media hora ahí abajo. A veces le chupaba mientras él hacía una videollamada con la cámara encendida y yo tenía que quedarme quietecita para no salir en el cuadro. A veces me quedaba con la verga en la boca sin moverme, solo respirando por la nariz, sintiéndola latir, sintiendo cómo crecía, y él tenía que apretar los dientes para no gemir en plena junta.
Y yo me volví buena. Muy buena. Aprendí cómo le gustaba, dónde le gustaba, cuánto apretar, cuándo lamer, cuándo usar la mano, cuándo usar solo la boca. Aprendí a tomarla hasta el fondo sin atragantarme, relajando la garganta, aguantando ahí, con los ojos llorosos, hasta que él me levantaba la cabeza y me dejaba respirar. Aprendí a hacerlo lento, muy lento, solo con los labios apretados alrededor de la cabeza, subiendo y bajando en un movimiento corto y apretado que lo volvía loco. Aprendí a morderle suave la base, a lamerle por debajo, a bajarle hasta los huevos y chupárselos uno por uno mientras con la mano le seguía trabajando la verga. Aprendí, sobre todo, a mirarlo. Siempre. Porque era lo que más le gustaba. Sus ojos en mis ojos mientras tenía su verga en la boca. Un hombre grande, importante, viéndose reflejado en los ojos de su secretaria joven, arrodillada, con la boca llena. Eso lo volvía loco.
Y la ropa. Ay, la ropa. Ahí fue donde me volví descarada. Porque si él me iba a hacer arrodillarme tres veces al día, si iba a tener que subirme la falda, si iba a tener que estar lista en cualquier momento, entonces iba a vestirme para eso. Iba a vestirme para él. Y me vestí.
Cambié todo mi guardarropa. Faldas cortas, muy cortas, de esas que cuando me sentaba en mi escritorio apenas me tapaban. Blusas escotadas, de esas que cuando me inclinaba hacia el escritorio se me veía todo, y él me veía todo, y se le notaba en la cara que le costaba concentrarse. Vestidos ajustados que me marcaban la cintura y las caderas y el trasero. Tacones de aguja, siempre, cada vez más altos, porque aprendí que le encantaba verme las piernas, le encantaba el sonido de mis pasos, le encantaba la forma en que los tacones me hacían sacar el trasero al caminar. Empecé a usar lencería debajo. Ropa interior de encaje, de colores, de tiras, de esas que se ven cuando me agacho, de esas que no se supone que nadie más vea, pero que él veía cada vez que me levantaba la falda para meterme debajo del escritorio.


Y él lo premiaba. Empezó a regalarme cosas. Un día llegué y había una caja en mi escritorio. Dentro, un vestido rojo, corto, ajustado. "Póntelo mañana", decía la tarjeta. Y me lo puse. Y cuando entré al pasillo con ese vestido, él se quedó parado en la puerta de su oficina, mirándome venir, y no dijo nada, solo se pasó la lengua por los labios. Y esa mañana me tuvo debajo del escritorio el doble de tiempo.
Luego vinieron los tacones. Un par de tacones negros, de aguja, altísimos, de una marca que yo ni conocía, que debían costar más que mi renta. Luego la lencería. Un juego de encaje negro, con liguero y todo, y una tarjeta que decía "quiero verlo". Y me lo puse un día, con la falda corta, y a la hora del café me levanté la falda frente a él y le mostré el liguero y él casi se ahoga con el café, y esa tarde ni siquiera me hizo meterme debajo del escritorio: me sentó en su regazo y me tuvo ahí, sentada sobre su verga dura, moviéndome despacio mientras él me chupaba el cuello, con la puerta cerrada y el cartel de "no molestar" puesto.
Y así me volví su puta. Así, exactamente así. Porque un día me di cuenta de que ya no era su secretaria que le daba placer de vez en cuando. Era su puta. Y lo digo sin vergüenza porque era verdad y porque a los dos nos gustaba la palabra. Él me la dijo un día, en un susurro, mientras me tenía doblada sobre su escritorio: "Mi puta secretaria." Y yo sentí que me derretía. "Sí", le dije. "Sí, soy su puta."
Y a partir de ahí todo fue más. Más abierto. Más sucio. Más nuestro. Empezamos a usar el sillón de su oficina, el que tenía para las visitas, para sentarme encima y cabalgarlo. Empezamos a usar el baño privado que tenía al fondo, con su espejo enorme, donde él me ponía de espaldas al espejo para verse, para verme a mí, para vernos a los dos. Empezamos a usar el coche, en el estacionamiento del edificio, en la parte de atrás, con los vidrios empañados, cuando salíamos tarde. Empezamos a usar los viajes.
Ay, los viajes. Los viajes de negocios. Ahí fue donde dejé de ser una secretaria que además le chupaba la verga y me convertí en su mujer para todo. La primera vez que me llevó de viaje fue a otra ciudad, a una convención. Reservó una suite. Una sola cama. Y me dijo, como si fuera lo más normal: "Solo hay una habitación, Hanna. Espero que no le importe compartir." Y los dos nos reímos, porque llevábamos meses compartiendo todo, y sabíamos perfectamente que esa noche no íbamos a dormir nada.
Y no dormimos nada. Esa noche, en esa cama de hotel, hice todo lo que antes solo había hecho de a poquito. Me la metió entera por primera vez. Toda. Y yo grité. Y él tuvo que taparme la boca con la mano, y yo le mordí la palma, y él me dijo "shhh" riéndose, y siguió, y yo me corrí dos veces, dos veces, cosa que nunca me había pasado con nadie, con un hombre grande encima mío, con el peso de su cuerpo, con su olor, con su voz en mi oído diciéndome cosas.
"Mi puta. Mi puta hermosa. Mírate. Mira lo que haces."
Y yo me miraba. Nos mirábamos en el espejo del hotel, él detrás de mí, yo doblada sobre la cama, con su mano en mi pelo negro, con mi cara de éxtasis, y me veía y no me reconocía y me encantaba no reconocerme. Me encantaba ser esa. Me encantaba ser la secretaria joven y seria que de día tomaba notas en una libreta y de noche tenía la verga de su jefe en la boca y en la entrepierna.
Después de ese viaje ya no hubo vuelta atrás. Los viajes se volvieron frecuentes. La cama se volvió de los dos. Empezó a comprarme ropa para los viajes, para las cenas de trabajo, para las convenciones. Vestidos de noche, ajustados, caros, escotados. Y en las cenas me presentaba como su asistente, y todos me miraban, y él me ponía la mano en la espalda baja y sonreía como el dueño del mundo, porque lo era, porque yo era suya y todos lo sabían sin que se lo dijéramos.
En una de esas cenas me di cuenta de lo que era de verdad. Estábamos en un restaurante caro con un grupo de empresarios, y uno de ellos, un tipo canoso con cara de zorro, me miró de arriba abajo y le dijo a Vargas, con una sonrisa:
—Ignacio, ¿dónde encontraste a esta belleza?
Y él, sin soltarme, con la mano en mi cintura, dijo:
—La encontré en una entrevista. Y me la quedé.
Y todos se rieron. Y yo me reí. Y sentí, por primera vez, que era un trofeo. Y me gustó. Me gustó ser un trofeo. Me gustó que ese hombre grande me exhibiera como se exhibe un coche caro o un reloj. Porque él me cuidaba. Porque él me vestía. Porque él me llenaba de cosas y me daba placer y me miraba como se mira una cosa hermosa y valiosa y suya.
Su puta secretaria trofeo. Suya. Y yo de él.
Y volví al trabajo al día siguiente con la falda corta y los tacones altos y la blusa escotada, y pasé por su lado, y él me puso la mano en el trasero por debajo de la falda, sin que nadie nos viera, y me dijo al oído:
—Te ves increíble hoy.
Y yo le contesté, con una sonrisa que ya no era de niña buena, sino de mujer que sabe:
—Gracias, jefe.
Y me metí debajo de su escritorio antes de que me lo pidiera.
Y ahora, aquí, sentada escribiendo esto en mi casa, con las piernas todavía temblando del último viernes, pienso en todo lo que cambió en un año. Entré siendo una niña con moño apretado y blusa aburrida. Salgo —bueno, no salgo, me quedo, porque me quedo todas las tardes, a veces hasta la noche— siendo una mujer que se viste como quiere y que tiene un hombre que la desea como nadie la deseó. Aprendí a caminar con tacones de aguja por un pasillo de mármol, con la falda corta, con el trasero sacado, sabiendo que él me mira desde su puerta y que se le para. Aprendí a tomarme mi tiempo, a hacerlo esperar, a irme despacio cuando le toca estar dentro de mí, a hacerlo gemir. Aprendí a arrodillarme en un segundo sin mancharme la falda. Aprendí a tragar. Aprendí a pedir lo que quiero. Aprendí a usar el pelo negro y lacio para taparle la cara cuando estoy encima de él, para que huela mi champú, para volverlo loco.
Y aprendí, sobre todo, que la palabra "puta" no es un insulto. Es un título. Es lo que soy cuando me lo dice él al oído con esa voz grave, mientras me tiene de espaldas, mientras me agarra las caderas, mientras me dice "eres mi puta, dilo". Y yo lo digo. "Soy tu puta. Soy la puta de mi jefe." Y él se corre. Y yo también. Y los dos nos quedamos ahí, tumbados, sudados, riéndonos, con la oficina entera esperándonos afuera y el cartel de "no molestar" puesto en la puerta.
Hoy es sábado y ya me mandó un mensaje. Un mensaje corto, como todos los suyos. "Lunes, ven antes de las ocho. Y trae la falda negra." Y sonreí como una tonta mirando el teléfono, y me pasé la lengua por los labios, y ya estoy pensando en el lunes, en el escritorio, en el hueco oscuro entre sus piernas, en su mano en mi pelo. En su verga en mi boca. En su voz diciéndome "así, despacito, mírame". Y en la cara que pone cuando se corre y traga y lo mira a los ojos.
Mi jefe es un señor mayor y yo apenas una joven. Empecé mi primer empleo sin saber nada. Y terminé siendo la puta de mi jefe. Y si alguien me preguntara si me arrepiento, si cambiaría algo, si me da vergüenza, diría que no, que no y que no. Porque no hay nada más rico que ser joven, tener el pelo negro y los ojos cafés y un cuerpo sensual, y tener un hombre grande, de manos grandes, de voz grave, que te desee, que te vista, que te exhiba y que te haga suya debajo de un escritorio mientras el mundo sigue girando afuera y nadie, nadie sospecha nada.
Y lo mejor, lo que me hace sonreír ahora mismo, es que el lunes voy a llegar temprano. Con la falda negra. Con los tacones altos. Con la lencería de encaje que me regaló. Y me voy a sentar en mi escritorio, y él va a salir de su oficina, y me va a mirar de arriba abajo, y va a decir "buenos días, Hanna", y yo voy a decir "buenos días, señor Vargas". Y todo va a parecer normal. Y luego me va a hacer la seña con dos dedos, hacia abajo. Y yo me voy a meter debajo del escritorio. Y me voy a arrodilla r. Y él va a abrirse el pantalón. Y va a empezar el día.
Y así, un día tras otro, hasta que uno de los dos diga basta. Y a este paso, con esta boca, con este cuerpo, con estas ganas, me parece que nunca.

A los veintidós conseguí mi primer empleo de verdad. Antes solo había trabajado en una cafetería mal pagada y en una tienda de ropa los fines de semana, cosas sin importancia, cosas de estudiante. Pero cuando terminé la carrera de administración —porque sí, terminé la carrera, aunque nadie lo diría mirándome ahora— me puse a mandar currículums como loca. Y una empresa mediana, de esas de importaciones y exportaciones, de esas con olor a dinero y a papel viejo, me llamó para una entrevista de secretaria de dirección. Asistente ejecutiva, se llamaba el puesto. Secretaria, en la práctica. Secretaria de un señor que, según supe después, llevaba veinte años manejando la empresa como si fuera su casa.
La entrevista la hice con él directamente, porque era una empresa donde el dueño todavía hacía las entrevistas él mismo, cosa que ahora entiendo que era parte del método. Se llamaba Ignacio Vargas. Tenía cincuenta y cuatro años en ese momento, aunque parecía mayor por el pelo entrecano y los lentes que se quitaba y se ponía, y menor por el cuerpo, que estaba firme, ancho de hombros, con esas manos grandes de hombre que trabaja con las manos aunque sea dueño de una empresa. Olía a colonia cara y a café. Y me miró durante toda la entrevista de una forma que yo, en mi inocencia de recién egresada, no supe interpretar.
Me preguntó cosas normales. Estudios, experiencia —poca—, disponibilidad. Si sabía manejar la agenda, si era ordenada, si tenía auto. Yo contestaba con las manos sudando bajo la mesa, con la falda gris que me había comprado para la ocasión y que me quedaba un poco ajustada en las caderas, con los tacones bajos que era lo único que tenía. Y él me miraba las manos cuando las movía, me miraba la boca cuando hablaba, y una vez me miró el escote —un escote discreto, apenas un botón de la blusa abierto— y se quedó ahí un segundo de más.
Al final me dijo: "El puesto es suyo, Hanna. Empieza el lunes a las ocho."
Y yo salí de ahí flotando, sin saber que acababa de firmar, sin firmar nada, el contrato más importante de mi vida.
El primer día llegué temblando. Blusa blanca, falda negra hasta la rodilla, tacones bajos, el pelo recogido en un moño apretado, lentes de ver. Cero maquillaje, salvo un poco de brillo en los labios. Era la viva imagen de la secretaria eficiente y aburrida, y eso era exactamente lo que quería ser. Quería que me tomaran en serio. Quería que vieran que era capaz, que era ordenada, que era confiable.
Vargas me recibió con una sonrisa y me mostró el escritorio que sería mío, justo afuera de su oficina, en un pasillo donde yo era la única persona. Ese detalle lo entendí después. Antes no. Un escritorio separado, en un pasillo sin tránsito, con la puerta de su oficina a tres metros. Nadie me veía trabajar. Nadie me veía no trabajar. Nadie nos veía a los dos.
Los primeros meses fueron de manual. Aprendí la agenda, las llamadas, los archivos, las reuniones. Aprendí a filtrar a la gente, a decir "el señor Vargas no está disponible" con una sonrisa que no admitía réplica. Aprendí a manejar su café —dos de azúcar, sin leche, en la taza blanca, nunca en la de porcelana azul que era para las visitas—. Aprendí a querer el trabajo. Y a querer que él me mirara.
Porque me miraba. Todo el tiempo. Al principio yo pensaba que era normal, que un jefe mira a su secretaria. Pero un día me di cuenta de que la miraba de una manera distinta. Cuando me levantaba a alcanzarle algo, sus ojos bajaban. Cuando me agachaba a recoger un papel del suelo, sentía su mirada en la espalda, en las caderas, en donde la falda se me subía. Y una vez, agachada junto a su escritorio buscando un cable, levanté la vista y lo caché mirándome el trasero con una intensidad que me hizo ponerme roja hasta las orejas.
Él no dijo nada. Yo no dije nada. Pero los dos sabíamos.
El cambio empezó con la ropa. Un viernes por la tarde, saliendo de su oficina, me dijo con esa voz suya, grave, pausada:
—Hanna, ¿usted sabe que aquí atendemos clientes importantes? Importantes de verdad. Gente de dinero. Y la imagen cuenta mucho.
—Sí, señor Vargas.
—Pues fíjese que su ropa... está bien. Pero está muy seria. Muy apagada. Usted es joven. Puede permitirse más color. Más vida. Más... —hizo una pausa, me miró de arriba abajo, despacio, como quien evalúa una mercancía— más figura.
Yo asentí como una idiota, sin entender del todo. Pero esa noche fui a mi casa y me paré frente al espejo del cuarto y me miré de verdad, por primera vez en mucho tiempo. Y vi lo que él veía. Vi el pelo negro y lacio que si me lo soltaba me caía como una cortina brillante. Vi los ojos cafés que se agrandaban cuando tenía las pestañas maquilladas. Vi el cuerpo que había estado escondiendo debajo de blusas anchas y faldas largas. Y me dije: si él quiere figura, le voy a dar figura.
El lunes llegué con una falda más ajustada. El martes con una blusa más escotada. El miércoles con tacones altos de verdad, esos de aguja, de los que cambian la forma en que una camina, de los que hacen que las piernas parezcan otras piernas, de los que obligan a mover las caderas de una manera que no se puede fingir. Y cuando entré al pasillo y él me vio venir desde su puerta, con esos tacones haciendo clac clac clac sobre el piso de mármol, vi cómo se le levantaba una ceja y cómo su boca se curvaba apenas en una sonrisa que no era la sonrisa de jefe.

—Así —dijo—. Así está mejor.
Y esa palabra, "mejor", dicha con esa voz, fue como un permiso. Un permiso para exagerar. Y lo exageré. Cada semana un poco más. La falda un poco más corta, hasta quedar por encima de la rodilla, luego bastante por encima. El escote un poco más abierto. La blusa un poco más pegada. Los tacones cada vez más altos, cada vez más delgados. El maquillaje cada vez más marcado —labios rojos, ojos delineados, pestañas largas—. El pelo cada vez menos recogido, hasta que dejé de recogerlo y empecé a soltarlo, a dejarlo caer sobre los hombros y sobre el escote, porque descubrí que le gustaba. Le gustaba mucho.
Y él lo notaba todo. Me lo hacía notar. Un día me dijo: "Hoy huele rico. ¿Se puso perfume nuevo?" Y otro día: "Esos tacones le quedan bien. Se le ven las piernas largas." Y otro: "¿Esa falda es nueva? Le abraza bien." Y cada comentario era un pequeño fuego que me encendía por dentro, y cada uno me hacía querer más, me hacía venir al trabajo cada mañana pensando qué ponerme para él, no para los clientes, no para nadie más, para él.
Tardé tres meses en llegar al punto donde llegué. Tres meses de miradas, de comentarios, de roces accidentales en el pasillo —su mano en mi espalda baja al pasarme por detrás, "permiso", dicho en un murmullo, pero con los dedos demorándose un instante de más—. Tres meses de sentirme deseada de una manera que nunca me había sentido, porque los muchachos de mi edad me deseaban de una forma torpe, evidente, y él me deseaba de una forma silenciosa, calculada, de hombre grande, de hombre que sabe esperar, y eso era mucho más poderoso.
Y entonces un día pasó lo que pasó.
Era un jueves. Habíamos tenido una mañana de locos, con un cliente que no dejaba de llamar y una entrega que se había retrasado y él de mal humor, gritándole a medio mundo por teléfono. Al mediodía salieron todos los empleados a comer y quedamos solos, como siempre, porque él no salía a comer, pedía a domicilio y comía en la oficina, y yo comía en mi escritorio, y los dos compartíamos ese silencio del mediodía como si fuéramos los únicos del mundo.
Me pidió el café. Se lo llevé. Entré a su oficina, la taza en la mano, y lo encontré de espaldas, mirando por la ventana, con las manos en los bolsillos y el saco colgado en el respaldo de la silla. La camisa blanca se le marcaba en la espalda, en los hombros anchos, en la cintura todavía firme. Y sentí, no sé de dónde, un impulso. Una cosa que me subió por el pecho y me salió antes de que la pensara.
—Aquí tiene su café, señor Vargas —dije, y me acerqué a dejarle la taza en el escritorio, y me puse a su lado, más cerca de lo normal, cerca de verdad, tan cerca que le llegaba a la altura del pecho con la cabeza y sentía el calor que salía de él.
Él se giró. Me miró desde arriba. Y esta vez no disimuló. Esta vez me miró el escote sin ninguna vergüenza, bajó los ojos por la blusa, por el vientre, por la falda, por las piernas, y volvió a subir, despacio, hasta los ojos. Y ahí se quedó.
—Hanna —dijo, en voz baja.
—Sí.
—¿Usted sabe que me tiene loco?
Sentí que me temblaban las rodillas. En serio. Las rodillas. Como en las novelas.
—¿Loco? —repetí, idiota.
—Loco. —Se acercó un paso. Ahora estaba a un palmo. Olía a su colonia, a café, a hombre—. Llevo meses mirándola. Y usted me mira también. No me diga que no.
—No —dije—. Sí, la miro.
—¿Y qué mira?
No supe qué contestar. Así que contesté con el cuerpo. Levanté la mano y se la puse en el pecho, en la camisa, y sentí su corazón bajo la palma, latiendo rápido, más rápido de lo que un hombre tranquilo debería latir. Y él soltó un aire por la nariz, una risa breve, y me tomó la cara con las dos manos —esas manos grandes, cálidas— y me besó.
Fue mi primer beso con un hombre grande. Y fue distinto a todo. No fue el beso torpe de los muchachos de mi edad, apurado por meter la lengua. Fue un beso que empezó lento, con los labios apenas rozando, saboreando, y luego se hizo profundo, húmedo, con su lengua buscando la mía, con sus manos bajándome por el cuello hasta los hombros, hasta la espalda baja, hasta apretarme contra él. Sentí su cuerpo duro contra el mío. Sentí, contra el vientre, algo que me hizo abrir los ojos aunque tenía los ojos cerrados.
Se le notaba. Claro que se le notaba.
Me separé un segundo, sin aire.
—Señor Vargas...
—Ignacio —dijo—. Aquí, cuando estamos solos, Ignacio.
—Ignacio —repetí, y me gustó cómo sonó.
Y él volvió a besarme, y esta vez sus manos fueron más lejos, me subieron por la falda, me apretaron las caderas, me bajaron hasta el trasero y me lo agarraron por encima de la tela con una firmeza que me sacó un sonido de la garganta, un pequeño gemido que no reconocí como mío. Y él, al oírlo, se puso más urgente. Me llevó caminando hacia atrás hasta su escritorio, me sentó en el borde, se puso entre mis piernas abiertas, y ahí, con su cuerpo apretándome, con su boca en mi cuello, me dijo al oído algo que me cambió:
—Quiero que me la mame, Hanna.
Así. Directo. Sin rodeos. Un hombre grande que sabía lo que quería y no tenía tiempo para jugar.
Y yo, que nunca en mi vida le había mamado a nadie más que a dos noviecitos de la universidad que duraban tres minutos y no sabían qué hacer, dije que sí con la cabeza como una tonta, y me bajé del escritorio, y me arrodillé.
Me arrodillé ahí mismo, en su oficina, sobre el piso de madera, con la falda ajustada subiéndoseme por los muslos y los tacones altos haciendo que la postura me quedara rara. Él me miró desde arriba, con las manos apoyadas en el escritorio a los costados, y no se movió. Me dejó hacer. Me dejó ser yo la que abriera el cinturón, la que desabrochara el botón, la que bajara el zíper. Y cuando saqué su verga, cuando la tuve ahí al aire, dura, gruesa, parada frente a mi cara, me quedé un segundo mirándola.



Era grande. Más grande que lo que recordaba de mis noviecitos. Mucho más. Gruesa, con la cabeza brillante, con una vena que le recorría el costado, con el olor de hombre que sale de ahí, de piel limpia y de deseo, un olor que me dio ganas antes de probarla.
La agarré con la mano. Estaba caliente. La apreté apenas y él soltó el aire por los dientes. Subí la mano, bajé, la moví un par de veces, y luego abrí la boca y me la metí.
Lo primero fue el sabor. Salado, tibio, piel. Lo segundo fue el tamaño, que me llenó la boca entera y me tocó el fondo de la garganta y me hizo toser un poquito. Levanté la vista y él me estaba mirando con los ojos entrecerrados, la boca entreabierta, respirando por la nariz. Y esa imagen, la de un hombre grande mirándome desde arriba mientras yo lo tenía en la boca, me puso tan húmeda que sentí cómo se me pegaba la ropa interior.
Empecé a chuparlo. Despacio al principio, con la boca apretada, subiendo y bajando la cabeza, con la mano en la base moviéndose al ritmo de la boca, con la otra mano agarrándole el muslo por encima del pantalón. Y él empezó a soltar sonidos. Un "mmm" grave, profundo, que le salía del pecho. Una mano me subió a la cabeza, me agarró el pelo negro y lacio, me lo apartó de la cara, y me lo sostuvo ahí, en un puño suave, mientras me guiaba. Me empujaba un poco, apenas, para que lo tomara más profundo, y yo lo tomaba, y se me llenaban los ojos de agua, y él gemía.
—Así —decía—. Así, Hanna. Despacito. Con la lengua. Ahí. Justo ahí.


Y yo hacía lo que me decía. Porque quería hacerlo bien. Porque quería que le gustara. Porque por primera vez en mi vida me sentía poderosa, sentía que tenía a un hombre grande, importante, con la respiración cortada, en mis manos, en mi boca, a mi merced.
Me salí un segundo para respirar, con la verga todavía en la mano, apoyada contra mi mejilla, mirándolo desde abajo.
—¿Así? —pregunté.
—Así —dijo él—. Mírame. No dejes de mirarme.
Y volví a metérmela, esta vez más profundo, más rápido, y ya no fui tan delicada. Metí la mano en la base y la moví rápido mientras chupaba la punta, y luego la bajé y le lamí los huevos, uno y otro, y él soltó una palabrota que nunca le había oído, un "ay, hija" que me hizo reír por dentro con la boca llena. Volví a subir, me la metí entera hasta donde pude, y empecé a mover la cabeza con ganas, con las dos manos en sus muslos, con los ojos cerrados y luego abiertos para mirarlo, porque me lo había pedido, y le encantaba que lo mirara.
Y cuando él empezó a apretarme el pelo más fuerte, cuando empezó a mover las caderas y a metérmela él, a follarme la boca desde arriba con pequeños empujes, supe que estaba cerca.
—Me voy a venir —dijo—. ¿Dónde quiere?
Y yo, que no sabía qué contestar porque nunca me había venido nadie en la boca en serio, dije:
—Adentro.
—¿Segura?
—Sí.
Y él me agarró el pelo con las dos manos y me la metió hasta el fondo y se corrió. Sentí el chorro caliente, espeso, salado, pegar contra mi garganta, y sentí más chorros, y yo tragué, y él seguía saliendo, y me salió por las comisuras, y tragué otra vez, y él gemía y temblaba y me apretaba la cabeza contra él, y yo me quedé ahí, con la nariz pegada a su vientre, con su olor metido en mí, aguantando, aguantando, hasta que él aflojó las manos y soltó un suspiro larguísimo.
Me salí despacio. Una gota me resbaló por la barbilla y me la limpié con el dedo, y él me miró hacerlo y sonrió, una sonrisa de hombre satisfecho, de hombre que acaba de comerse el mundo.

—Ven acá —dijo, y me levantó de las axilas, me puso de pie, me agarró la cara y me besó, ahí, con su sabor en mi boca, con todo.
Y yo me dejé besar con las piernas temblando y la ropa interior empapada, y pensé, con una claridad absoluta: esto no se acaba aquí. Esto acaba de empezar.
Y así empezó. Y no se acabó nunca.
Los primeros días siguientes fueron raros, porque ninguno de los dos sabía muy bien cómo comportarse. En la oficina éramos jefe y secretaria. "Buenos días, señor Vargas." "Buenos días, Hanna." Y los dos con una sonrisa que apenas disimulábamos. Pero bastaba que se cerrara la puerta o que saliera todo el mundo para que la cosa cambiara. Y pronto se volvió rutina. Una rutina secreta, húmeda, perfecta.
Y lo que se volvió rutina, sobre todo, fue el escritorio.
Descubrimos que él tenía una silla alta y un escritorio hondo, y que si él se echaba un poco para atrás, y yo me metía debajo, entre sus piernas, en ese hueco oscuro y tibio, nadie podía verme desde la puerta. La primera vez que lo hicimos así fue una tarde, con una reunión que estaba por empezar. Se me acercó por detrás y me dijo al oído: "Métase debajo del escritorio. Ahora." Y yo, sin preguntar, me arrodillé y me metí en ese hueco, y él se sentó en su silla y se echó atrás, y se abrió el pantalón, y me sacó la verga ya dura, y me la puso en la boca, y en ese preciso instante golpearon la puerta.

—Adelante —dijo él con una voz perfectamente normal.
Y entró el gerente de finanzas. Y se sentó enfrente. Y empezó a hablar de números. Y yo, debajo del escritorio, con la boca llena de verga, con la cabeza entre las rodillas de mi jefe, le chupaba despacio, con la lengua, sin hacer ruido, mientras los dos hombres hablaban de facturas y de márgenes y de no sé qué más.
Fue una de las cosas más excitantes de mi vida. Estar ahí, escondida, invisible, con un hombre importante dentro de la boca, escuchando a otro hablar de cosas serias. Sentir cómo él, mientras respondía sobre presupuestos, me ponía la mano en la cabeza y me acariciaba el pelo. Sentir cómo se le cortaba la voz un segundo cuando yo apretaba. Aprendí a jugar con eso. Apretar cuando hablaba. Soltar cuando se callaba. Hacerle la vida imposible sin que el de enfrente sospechara nada.
Cuando se fue el gerente y se cerró la puerta, él soltó una carcajada baja y me dijo, todavía con la verga en mi boca: "Es usted el demonio." Y yo me reí con la boca llena, y él se corrió otra vez, y otra vez tragué.
Desde ese día el escritorio fue nuestro. Se volvió normal. Se volvió lo que hacíamos. Cada vez que había una llamada larga, una reunión, un cliente pesado, él me hacía una seña con la mano —dos dedos hacia abajo— y yo me metía debajo y me arrodillaba y lo esperaba. A veces tardaba media hora ahí abajo. A veces le chupaba mientras él hacía una videollamada con la cámara encendida y yo tenía que quedarme quietecita para no salir en el cuadro. A veces me quedaba con la verga en la boca sin moverme, solo respirando por la nariz, sintiéndola latir, sintiendo cómo crecía, y él tenía que apretar los dientes para no gemir en plena junta.
Y yo me volví buena. Muy buena. Aprendí cómo le gustaba, dónde le gustaba, cuánto apretar, cuándo lamer, cuándo usar la mano, cuándo usar solo la boca. Aprendí a tomarla hasta el fondo sin atragantarme, relajando la garganta, aguantando ahí, con los ojos llorosos, hasta que él me levantaba la cabeza y me dejaba respirar. Aprendí a hacerlo lento, muy lento, solo con los labios apretados alrededor de la cabeza, subiendo y bajando en un movimiento corto y apretado que lo volvía loco. Aprendí a morderle suave la base, a lamerle por debajo, a bajarle hasta los huevos y chupárselos uno por uno mientras con la mano le seguía trabajando la verga. Aprendí, sobre todo, a mirarlo. Siempre. Porque era lo que más le gustaba. Sus ojos en mis ojos mientras tenía su verga en la boca. Un hombre grande, importante, viéndose reflejado en los ojos de su secretaria joven, arrodillada, con la boca llena. Eso lo volvía loco.
Y la ropa. Ay, la ropa. Ahí fue donde me volví descarada. Porque si él me iba a hacer arrodillarme tres veces al día, si iba a tener que subirme la falda, si iba a tener que estar lista en cualquier momento, entonces iba a vestirme para eso. Iba a vestirme para él. Y me vestí.
Cambié todo mi guardarropa. Faldas cortas, muy cortas, de esas que cuando me sentaba en mi escritorio apenas me tapaban. Blusas escotadas, de esas que cuando me inclinaba hacia el escritorio se me veía todo, y él me veía todo, y se le notaba en la cara que le costaba concentrarse. Vestidos ajustados que me marcaban la cintura y las caderas y el trasero. Tacones de aguja, siempre, cada vez más altos, porque aprendí que le encantaba verme las piernas, le encantaba el sonido de mis pasos, le encantaba la forma en que los tacones me hacían sacar el trasero al caminar. Empecé a usar lencería debajo. Ropa interior de encaje, de colores, de tiras, de esas que se ven cuando me agacho, de esas que no se supone que nadie más vea, pero que él veía cada vez que me levantaba la falda para meterme debajo del escritorio.


Y él lo premiaba. Empezó a regalarme cosas. Un día llegué y había una caja en mi escritorio. Dentro, un vestido rojo, corto, ajustado. "Póntelo mañana", decía la tarjeta. Y me lo puse. Y cuando entré al pasillo con ese vestido, él se quedó parado en la puerta de su oficina, mirándome venir, y no dijo nada, solo se pasó la lengua por los labios. Y esa mañana me tuvo debajo del escritorio el doble de tiempo.
Luego vinieron los tacones. Un par de tacones negros, de aguja, altísimos, de una marca que yo ni conocía, que debían costar más que mi renta. Luego la lencería. Un juego de encaje negro, con liguero y todo, y una tarjeta que decía "quiero verlo". Y me lo puse un día, con la falda corta, y a la hora del café me levanté la falda frente a él y le mostré el liguero y él casi se ahoga con el café, y esa tarde ni siquiera me hizo meterme debajo del escritorio: me sentó en su regazo y me tuvo ahí, sentada sobre su verga dura, moviéndome despacio mientras él me chupaba el cuello, con la puerta cerrada y el cartel de "no molestar" puesto.
Y así me volví su puta. Así, exactamente así. Porque un día me di cuenta de que ya no era su secretaria que le daba placer de vez en cuando. Era su puta. Y lo digo sin vergüenza porque era verdad y porque a los dos nos gustaba la palabra. Él me la dijo un día, en un susurro, mientras me tenía doblada sobre su escritorio: "Mi puta secretaria." Y yo sentí que me derretía. "Sí", le dije. "Sí, soy su puta."
Y a partir de ahí todo fue más. Más abierto. Más sucio. Más nuestro. Empezamos a usar el sillón de su oficina, el que tenía para las visitas, para sentarme encima y cabalgarlo. Empezamos a usar el baño privado que tenía al fondo, con su espejo enorme, donde él me ponía de espaldas al espejo para verse, para verme a mí, para vernos a los dos. Empezamos a usar el coche, en el estacionamiento del edificio, en la parte de atrás, con los vidrios empañados, cuando salíamos tarde. Empezamos a usar los viajes.
Ay, los viajes. Los viajes de negocios. Ahí fue donde dejé de ser una secretaria que además le chupaba la verga y me convertí en su mujer para todo. La primera vez que me llevó de viaje fue a otra ciudad, a una convención. Reservó una suite. Una sola cama. Y me dijo, como si fuera lo más normal: "Solo hay una habitación, Hanna. Espero que no le importe compartir." Y los dos nos reímos, porque llevábamos meses compartiendo todo, y sabíamos perfectamente que esa noche no íbamos a dormir nada.
Y no dormimos nada. Esa noche, en esa cama de hotel, hice todo lo que antes solo había hecho de a poquito. Me la metió entera por primera vez. Toda. Y yo grité. Y él tuvo que taparme la boca con la mano, y yo le mordí la palma, y él me dijo "shhh" riéndose, y siguió, y yo me corrí dos veces, dos veces, cosa que nunca me había pasado con nadie, con un hombre grande encima mío, con el peso de su cuerpo, con su olor, con su voz en mi oído diciéndome cosas.
"Mi puta. Mi puta hermosa. Mírate. Mira lo que haces."
Y yo me miraba. Nos mirábamos en el espejo del hotel, él detrás de mí, yo doblada sobre la cama, con su mano en mi pelo negro, con mi cara de éxtasis, y me veía y no me reconocía y me encantaba no reconocerme. Me encantaba ser esa. Me encantaba ser la secretaria joven y seria que de día tomaba notas en una libreta y de noche tenía la verga de su jefe en la boca y en la entrepierna.
Después de ese viaje ya no hubo vuelta atrás. Los viajes se volvieron frecuentes. La cama se volvió de los dos. Empezó a comprarme ropa para los viajes, para las cenas de trabajo, para las convenciones. Vestidos de noche, ajustados, caros, escotados. Y en las cenas me presentaba como su asistente, y todos me miraban, y él me ponía la mano en la espalda baja y sonreía como el dueño del mundo, porque lo era, porque yo era suya y todos lo sabían sin que se lo dijéramos.
En una de esas cenas me di cuenta de lo que era de verdad. Estábamos en un restaurante caro con un grupo de empresarios, y uno de ellos, un tipo canoso con cara de zorro, me miró de arriba abajo y le dijo a Vargas, con una sonrisa:
—Ignacio, ¿dónde encontraste a esta belleza?
Y él, sin soltarme, con la mano en mi cintura, dijo:
—La encontré en una entrevista. Y me la quedé.
Y todos se rieron. Y yo me reí. Y sentí, por primera vez, que era un trofeo. Y me gustó. Me gustó ser un trofeo. Me gustó que ese hombre grande me exhibiera como se exhibe un coche caro o un reloj. Porque él me cuidaba. Porque él me vestía. Porque él me llenaba de cosas y me daba placer y me miraba como se mira una cosa hermosa y valiosa y suya.
Su puta secretaria trofeo. Suya. Y yo de él.
Y volví al trabajo al día siguiente con la falda corta y los tacones altos y la blusa escotada, y pasé por su lado, y él me puso la mano en el trasero por debajo de la falda, sin que nadie nos viera, y me dijo al oído:
—Te ves increíble hoy.
Y yo le contesté, con una sonrisa que ya no era de niña buena, sino de mujer que sabe:
—Gracias, jefe.
Y me metí debajo de su escritorio antes de que me lo pidiera.
Y ahora, aquí, sentada escribiendo esto en mi casa, con las piernas todavía temblando del último viernes, pienso en todo lo que cambió en un año. Entré siendo una niña con moño apretado y blusa aburrida. Salgo —bueno, no salgo, me quedo, porque me quedo todas las tardes, a veces hasta la noche— siendo una mujer que se viste como quiere y que tiene un hombre que la desea como nadie la deseó. Aprendí a caminar con tacones de aguja por un pasillo de mármol, con la falda corta, con el trasero sacado, sabiendo que él me mira desde su puerta y que se le para. Aprendí a tomarme mi tiempo, a hacerlo esperar, a irme despacio cuando le toca estar dentro de mí, a hacerlo gemir. Aprendí a arrodillarme en un segundo sin mancharme la falda. Aprendí a tragar. Aprendí a pedir lo que quiero. Aprendí a usar el pelo negro y lacio para taparle la cara cuando estoy encima de él, para que huela mi champú, para volverlo loco.
Y aprendí, sobre todo, que la palabra "puta" no es un insulto. Es un título. Es lo que soy cuando me lo dice él al oído con esa voz grave, mientras me tiene de espaldas, mientras me agarra las caderas, mientras me dice "eres mi puta, dilo". Y yo lo digo. "Soy tu puta. Soy la puta de mi jefe." Y él se corre. Y yo también. Y los dos nos quedamos ahí, tumbados, sudados, riéndonos, con la oficina entera esperándonos afuera y el cartel de "no molestar" puesto en la puerta.
Hoy es sábado y ya me mandó un mensaje. Un mensaje corto, como todos los suyos. "Lunes, ven antes de las ocho. Y trae la falda negra." Y sonreí como una tonta mirando el teléfono, y me pasé la lengua por los labios, y ya estoy pensando en el lunes, en el escritorio, en el hueco oscuro entre sus piernas, en su mano en mi pelo. En su verga en mi boca. En su voz diciéndome "así, despacito, mírame". Y en la cara que pone cuando se corre y traga y lo mira a los ojos.
Mi jefe es un señor mayor y yo apenas una joven. Empecé mi primer empleo sin saber nada. Y terminé siendo la puta de mi jefe. Y si alguien me preguntara si me arrepiento, si cambiaría algo, si me da vergüenza, diría que no, que no y que no. Porque no hay nada más rico que ser joven, tener el pelo negro y los ojos cafés y un cuerpo sensual, y tener un hombre grande, de manos grandes, de voz grave, que te desee, que te vista, que te exhiba y que te haga suya debajo de un escritorio mientras el mundo sigue girando afuera y nadie, nadie sospecha nada.
Y lo mejor, lo que me hace sonreír ahora mismo, es que el lunes voy a llegar temprano. Con la falda negra. Con los tacones altos. Con la lencería de encaje que me regaló. Y me voy a sentar en mi escritorio, y él va a salir de su oficina, y me va a mirar de arriba abajo, y va a decir "buenos días, Hanna", y yo voy a decir "buenos días, señor Vargas". Y todo va a parecer normal. Y luego me va a hacer la seña con dos dedos, hacia abajo. Y yo me voy a meter debajo del escritorio. Y me voy a arrodilla r. Y él va a abrirse el pantalón. Y va a empezar el día.
Y así, un día tras otro, hasta que uno de los dos diga basta. Y a este paso, con esta boca, con este cuerpo, con estas ganas, me parece que nunca.
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