You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Capítulo Doce: Solo las Dos

La Vale le escribió el jueves. Directo, sin vueltas.
"Che. ¿Nos juntamos? Solas. Este viernes, en mi depto. Traé vino y lo que quieras. Y traé también todas las historias, porque me quedé con ganas de más."
Sofía lo pensó un segundo y contestó.
"Dale. Viernes a las nueve. Y ya sabés lo que llevo."
"Ya sé. Traé lo que quieras. Y te llevás lo que quieras."
Ese viernes, Mateo se quedó en la casa, viendo una serie. Lucas tenía un cumpleaños. Sofía agarró una botella de vino, un bolso con un par de cosas, y se fue al depto de la Vale. Llegó a las nueve, puntual.
La Vale la esperaba con música baja, dos copas servidas, y un vestido holgado, de esos que se usan en casa, que le dejaba los hombros al aire y le marcaba apenas las tetas. Se abrazaron. Un abrazo un poco más largo de lo normal. Se separaron, se miraron, se rieron.
—Pasá —dijo la Vale.
Se sentaron en el sillón. Cenaron liviano: algo frío, algo de picada, nada pesado. Hablaron de pavadas primero. Del laburo. De la familia. De las salidas del grupo. Pero las dos sabían que la charla era una antesala. Se lo veían en los ojos. La Vale se reía distinto. Sofía también.
En un momento, la Vale sirvió más vino, se sentó de costado, mirándola de frente, y encaró.
—Bueno. Contame más.
—¿Más de qué?
—De ellos. De lo que hacés. La otra vez me contaste, pero te guardaste cosas. Ahora quiero todo.
—¿Y qué querés saber?
—Todo. Cómo te cogen. Cómo te hablan. Dónde te acaban. Todo.
Sofía se rió. Se sirvió más vino también.
—Bueno. Pero después contás vos.
—¿Yo de qué?
—De lo que hiciste después. Cuando llegaste a tu casa. De lo que me escribiste.
La Vale se puso colorada.
—Ah, eso.
—Eso. Pero primero yo.
Sofía arrancó. Esta vez sin guardarse nada. Le contó cómo Mateo la coge de frente, mirándola, hablándole al oído, agarrándole la cola con las dos manos. Le contó cómo Lucas la agarra de las caderas y la mueve como quiere, con la mano apoyada en la espalda baja, en el tatuaje. Le contó cómo le acaban, y dónde. En la panza. En las tetas. En la cara, una vez. En la boca, otra. Y le contó cómo se sentía después, con la leche tibia cayéndole por la piel, con los dos mirándola.
La Vale escuchaba cada vez más quieta. Ya no se reía tanto. Miraba fijo. En un momento, se pasó la lengua por los labios.
—¿En la cara?
—Sí. Una vez.
—¿Y vos qué hiciste?
—Me la dejé. Después me la saqué con la mano.
—La puta madre, Sofi.
—Ya sé.
—¿Y en las tetas?
—También. Un par de veces. Me la tiraron ahí, y después me la pasaron por los pezones con los dedos.
—Uf.
—¿Y vos?
—¿Yo qué?
—Cuando llegaste a tu casa. Me escribiste que te habías tocado. Que habías acabado fuerte.
—Sí.
—Contame. Con detalles.
La Vale tomó un trago largo.
—Bueno. Cuando llegué, estaba tan caliente que me saqué todo en la puerta. Fui a la pieza, me metí en la cama, y me puse a pensar en vos. En lo que me habías contado.
—¿Y qué te imaginaste?
—Primero me imaginé a mí en tu lugar. Con dos tipos. Uno adelante y uno atrás. Como me contaste. Y con eso me empecé a tocar. Después me imaginé a vos. Cogida por esas dos pijas grandes. Y ahí ya no aguanté más. Me acabé enseguida. Fuerte. Me dejó tirada.
—¿Y ahora?
—¿Ahora?
—Ahora cómo estás.
La Vale se rió.
—Ahora estoy igual. Estoy acá, con vos, con las historias frescas, y estoy mojada desde que llegaste.
—¿Desde que llegué?
—Desde que llegaste. Me puse una tanga limpia por si acaso. Y ya está empapada.
Sofía se rió. Después la miró.
—Yo también.
—¿Vos también?
—Yo también. Desde que me escribiste el jueves, ya estaba pensando. Y vine acá con la bombacha mojada, pensando en lo que podía pasar.
La Vale se quedó un segundo sin hablar.
—¿Y qué puede pasar?
—Lo que vos quieras.
Se miraron. La música seguía de fondo. La Vale dejó la copa en la mesa. Sofía también. Y se quedaron quietas, una frente a la otra, midiéndose.
—¿Vos querés? —preguntó la Vale, en voz baja.
—Quiero.
—¿Y Mateo?
—Mateo ya sabe. Le conté que venía a verte y me dijo "hacé lo que quieras".
—¿Y él qué hace?
—Está en casa. Viendo la serie. Y esperando que le cuente.
La Vale se rió.
—Qué bueno que es.
—Ya sé.
Se miraron otro rato. Ninguna se movía. La tensión estaba ahí, en el aire, densa. En un momento, la Vale estiró la mano y le apartó a Sofía un mechón de pelo de la cara.
—Tenés una cara de caliente —dijo.
—Vos también.
—Yo estoy peor. Tengo la concha chorreando.
—Mostrame.
—¿Ahora?
—Ahora.
La Vale se levantó, se levantó el vestido hasta la cintura, y se quedó parada frente a Sofía con la tanga puesta. La tanga era blanca. Y en el centro, entre las piernas, había una mancha húmeda, alargada, que ya se veía desde el otro lado de la tela.
—Mirá —dijo la Vale.
Sofía la miró. Estiró la mano y le pasó los dedos por encima de la tela.
—Estás empapada.
—Ya te dije.
Sofía le bajó la tanga despacio. La tanga cayó al piso. La Vale quedó con el vestido levantado y la concha al aire. Sofía le pasó los dedos por el vello, por los labios, por la entrada. Estaba caliente. Estaba chorreando. Los dedos le salieron brillantes.
—Así estás —dijo Sofía, y se chupó los dedos.
La Vale cerró los ojos.
—Sofi.
—¿Qué?
—Sacate la ropa.
Sofía se levantó. Se sacó el vestido por la cabeza. Quedó con un conjunto de encaje negro, de esos con portaligas, con los pezones apenas velados por la transparencia. La Vale la miró de arriba abajo.
—La puta madre. Te preparaste.
—Y sí.
—¿Esto lo tenías puesto todo el día?
—Me lo puse antes de salir.
La Vale se acercó y le pasó los dedos por el encaje, por encima de los pezones.
—Sos una hija de puta.
—Vos también.
Se besaron. Un beso largo, con lengua, las dos paradas en el living, apretadas. La Vale le agarró las tetas por encima del corpiño. Sofía le agarró la cola. Se apretaron. Se movieron así, paradas, un rato largo, hasta que se fueron al sillón.
Se sentaron. Sofía le sacó el vestido a la Vale por la cabeza. La Vale quedó desnuda. Sofía todavía con el conjunto. Se besaron de nuevo, esta vez con las manos por todos lados. Sofía le agarró las tetas, se las apretó, le chupó los pezones. La Vale le agarró la cola por encima de la bombacha y se la apretó.
—Sacátela —dijo la Vale, tirando del elástico de la bombacha.
—Sacámela vos.
La Vale le bajó la bombacha despacio. Cuando se la sacó, la miró. La bombacha negra tenía una mancha en el centro, más grande que la de la Vale. Estaba empapada.
—Mirá esto —dijo la Vale, mostrándosela.
—Ya sé.
—Esto es un charco.
—Vos también mojaste la cama la otra vez.
—Por tu culpa.
Se rieron. Se besaron de nuevo. Se acostaron en el sillón, enredadas. Y empezaron a tocarse. Despacio primero, con los dedos, sin apuro. Sofía le pasó los dedos por la concha a la Vale, de arriba abajo, largo. La Vale se arqueó.
—Uy.
—¿Te gusta?
—Sí. Seguí.
Sofía le frotó el clítoris con dos dedos. La Vale gimió bajito. Le puso la mano en la muñeca y la guió, mostrándole el ritmo. Después le metió dos dedos adentro. La Vale estaba caliente por dentro, apretaba.
—¿Así? —preguntó Sofía.
—Así. Un poco más rápido.
Sofía fue más rápido. La Vale empezó a moverse contra su mano, con los ojos cerrados. En un momento, le agarró la mano y le dijo:
—Ahora vos.
Se dieron vuelta. La Vale se puso encima de Sofía y le metió los dedos. Sofía se arqueó. La Vale le buscó el clítoris con el pulgar mientras le metía los dedos, y Sofía empezó a gemir, más fuerte. Se agarraba del respaldo del sillón.
—No pares —dijo Sofía.
—No paro.
La Vale le metió un tercer dedo. Sofía gritó. Se empezó a mover contra su mano, cada vez más rápido, hasta que se vino. Se vino con un grito largo, con las piernas temblando, apretándole los dedos con la concha. La Vale no sacó la mano hasta que Sofía dejó de temblar.
—Ya está —dijo Sofía, sin aire.
—Ya está.
Sofía se quedó tirada en el sillón, transpirada, con el cuerpo brillando. La Vale se acostó a su lado, la abrazó, y le acarició la panza.
—Ahora vos —dijo Sofía.
—No hace falta.
—Hace falta. Que quiero.
La Vale se rió.
—Bueno.
Sofía se puso de rodillas, se metió entre las piernas de la Vale, y le hizo oral. Largo, con la lengua, sin apuro. La Vale le agarró la cabeza, se arqueó, gimió. Sofía le pasó la lengua por el clítoris, le chupó los labios, le metió la lengua adentro. La Vale empezó a moverse contra su boca.
—Sofi, así... así... no pares.
Sofía no paró. Le metió dos dedos mientras le chupaba el clítoris. La Vale se agarró del respaldo con las dos manos y se arqueó. Gritó. Gritó fuerte. Se vino en la boca de Sofía, con las piernas apretándole la cabeza, con la concha chorreando. Sofía se la tomó toda, sin sacar la boca, hasta que la Vale la soltó.
Se quedaron las dos tiradas en el sillón, sin aire, riéndose.
—Bueno —dijo la Vale.
—Bueno.
—¿Vamos a la cama?
—Dale.
Se fueron a la pieza. Se metieron bajo las sábanas. Pero antes de acostarse, la Vale fue al placar y volvió con un bolsito.
—¿Qué tenés ahí? —preguntó Sofía.
—Cosas.
Sacó un vibrador chico, rosado, con control remoto. Sacó también un par de huevos chinos. Sacó un lubricante.
—¿Y esto?
—Por si acaso.
Se rieron.
Se metieron en la cama. Empezaron de nuevo. Esta vez más despacio, más tranquilo. Se besaron largo. Se acariciaron todo. Sofía le puso el vibrador a la Vale en el clítoris y lo encendió. La Vale se arqueó.
—Uy.
—¿Fuerte?
—Un poco. Bajalo.
Sofía lo bajó. La Vale se acostumbró. Empezó a moverse contra el vibrador, despacio. Sofía, al lado, la miraba. En un momento, la Vale le dio el vibrador a Sofía y le puso a ella los huevos chinos. Le metió uno, después el otro. Sofía apretó los dientes.
—Se siente raro.
—Raro lindo.
—Sí. Raro lindo.
La Vale agarró el control y los iba subiendo de a poco. Sofía se retorcía. En un momento, la Vale le sacó los huevos, se puso encima de ella, y se frotó la concha contra la de Sofía. Despacio, buscando el ritmo. Sofía le agarró la cola con las dos manos y la ayudó.
—Así —dijo Sofía.
—Así.
Se frotaron. Las dos con las conchas pegadas, calientes, mojadas, resbalando una contra otra. Se movían despacio, con las caras cerca, mirándose a los ojos.
—Sofi —dijo la Vale, entre dientes.
—Qué.
—Me voy a venir.
—Yo también.
—No pares.
—No paro.
Se frotaron más rápido. La Vale escondió la cara en el cuello de Sofía. Sofía le agarró la cola más fuerte. Se vinieron las dos casi al mismo tiempo. La Vale primero, con un grito apagado en el cuello de Sofía. Sofía un segundo después, con un gemido largo, con las piernas temblando. La Vale siguió moviéndose hasta que las dos dejaron de temblar.
Se quedaron abrazadas, transpiradas, sin aire.
—La puta madre —dijo la Vale.
—Ya sé.
—Qué bueno.
—Qué bueno, sí.
Se quedaron un rato así. Después se volvieron a tocar. Una más. La Vale le hizo oral a Sofía otra vez. Sofía se vino gritando, con las manos agarradas a las sábanas. Y después Sofía le hizo oral a la Vale, y la Vale se vino gritando también, con la cara colorada, con las piernas temblando. Y después, ya sin aire, se quedaron tiradas una al lado de la otra.
—Che —dijo la Vale, después de un rato.
—Qué.
—¿Te quedás a dormir?
Sofía miró el reloj. Era la una y media.
—Mateo me espera.
—¿Y?
—Le dije que volvía.
—Pero podés quedarte.
—Puedo. Pero no. Mejor voy. Así le cuento todo.
La Vale se rió.
—Sos una hija de puta.
—Ya sé.
Se levantaron. Sofía juntó su ropa. Se vistió. La Vale se puso una remera y la acompañó a la puerta. Se besaron largo, en la puerta.
—Nos vemos el sábado —dijo Sofía.
—¿El sábado? ¿Con ellos?
—Con ellos. Pero primero quería estar sola con vos.
—Gracias.
—De nada.
—Sofi.
—Qué.
—Gracias por haberme contado todo. Y por esto.
—Gracias a vos.
Se besaron otra vez. Sofía salió. La Vale se quedó en la puerta, mirándola bajar la escalera.
—Sofi —dijo la Vale, cuando ya estaba a mitad de camino.
Sofía se dio vuelta.
—Qué.
—Contale a Mateo que te viniste tres veces.
Sofía se rió.
—Le voy a contar todo.
—Todo no.
—Todo sí. No es celoso.
—Qué suerte que tenés.
—Ya sé.
Sofía se fue. Llegó a la casa a las dos. Mateo estaba despierto, con la tele prendida, esperándola. La miró, le sonrió, y supo.
—¿Y?
—¿Y qué?
—Sofi.
—Estuvo bueno —dijo ella, y se sentó a su lado.
—¿Cómo bueno?
—Muy bueno.
—Contame.
Y Sofía le contó. Todo. Sin filtro. El sillón, la cama, los huevos chinos, el vibrador, las tres veces. Mateo la escuchó con atención, cada vez más caliente. Cuando terminó, la agarró de la cintura y la tiró sobre el sillón.
—Ahora me tenés que contar de nuevo —dijo—. Pero con detalles.
—¿Cuántos detalles?
—Todos.

0 comentarios - Capítulo Doce: Solo las Dos