El sábado siguiente no hubo excusa, ni película, ni partido. Lucas llegó a las nueve, con una botella de vino y una bolsa de empanadas. Pero los tres sabían que la comida era lo de menos. Cenaron rápido, casi sin hablar, con las miradas cruzándose por encima de la mesa. Y cuando terminaron el postre, Mateo se levantó, agarró a Sofía de la mano y la llevó a la pieza.
—Vení —le dijo.
Lucas los siguió. Sin decir nada. Como si ya estuviera todo acordado.
En la pieza, la cama estaba hecha con sábanas limpias. Sofía se había preparado: debajo de la ropa, un conjunto de encaje negro, de esos con liguero y portaligas, con los pezones apenas velados por la transparencia. Lo había elegido pensando en esa noche. En la segunda vez. En hacerlo bien.
Mateo la sentó en el borde de la cama y le sacó el vestido por la cabeza. Lucas, desde la puerta, se quedó quieto mirándola. Cuando el vestido cayó al piso y quedó Sofía con el conjunto de encaje, Lucas se pasó la mano por la boca.
—La puta madre —dijo—. ¿Esto lo tenías puesto todo el día?
—Sí.
—Hija de puta.
Mateo se rió y le dio un beso en el hombro.
—Se preparó. Para vos. Para los dos.
Lucas se acercó, se arrodilló frente a ella y le besó el abdomen, justo arriba del portaligas. Le pasó la lengua por el borde del encaje. Sofía se estiró, se arqueó, le agarró la cabeza. Mateo, del otro lado, le soltó el corpiño por atrás y se lo sacó. Los pechos le quedaron al aire. Lucas, sin dejar de besarle la panza, le subió las manos hasta las tetas y se las apretó.
—Uff —dijo Sofía.
Mateo se sacó la remera, después el jean. Lucas también. En menos de un minuto los tres estaban en ropa interior, enredados en la cama, besándose. Sofía en el medio, otra vez. Pero esta vez no había nada que ver, nada que esperar. Era directo.
Lucas le bajó la bombacha del conjunto, despacio, con las dos manos. Se la sacó por los pies y la tiró al piso. Después se puso entre sus piernas y le pasó la lengua por la concha, largo, de abajo hacia arriba. Sofía gimió y le agarró el pelo. Mateo, al lado, se sacó el calzoncillo y se empezó a pajear, mirándolos.
Lucas la chupó un rato largo, con ganas, sin apuro. La hacía gemir, la hacía moverse. En un momento, metió dos dedos mientras seguía con la lengua. Sofía se agarraba de las sábanas.
—Lucas... pará un poco que me voy a ir.
—¿Y?
—Quiero que me cojas.
Lucas levantó la cabeza.
—¿Ya?
—Sí. Ya.
Lucas se sacó el calzoncillo. La pija le salió al aire, dura, con la punta brillante. Mateo le pasó un preservativo. Lucas se lo puso. Se acomodó entre las piernas de Sofía y apoyó la punta en la entrada.
—¿Lista?
—Sí.
Entró despacio, hasta el fondo. Sofía lo recibió con un gemido largo, con los ojos cerrados. Lucas se quedó quieto un segundo, dejándola acomodar. Después empezó a moverse, despacio primero, después más parejo.
Mateo, al lado, se acercó. Se puso de rodillas junto a la cabeza de Sofía y le ofreció la pija. Sofía abrió la boca y se la llevó. Y así quedó: cogida por Lucas abajo, chupando a Mateo arriba. En el medio, con las manos agarradas a las sábanas.
Los dos la usaban despacio, coordinados, sin apuro. Cada tanto paraban, se miraban, se reían. Era raro, era nuevo, era exactamente lo que los tres habían estado fantaseando. Lucas le agarraba las caderas y la movía contra él. Mateo le acariciaba el pelo y le levantaba la cabeza cada tanto para que respirara.
—¿Todo bien? —le preguntó Mateo, en un momento.
Sofía sacó la pija de la boca y contestó, con la voz ronca:
—Todo bien. No pares.
Mateo se rió y le volvió a meter la pija en la boca.
Lucas, abajo, empezó a ir más fuerte. Le agarró las caderas con las dos manos y la apretó contra él. El ritmo se hizo más parejo, más intenso. Sofía empezó a gemir más seguido, contra la pija de Mateo.
—Estoy cerca —dijo Lucas.
—Dale —dijo Mateo.
—¿Vos?
—Dale vos. Yo después.
Lucas siguió, más rápido, hasta que se vino con un gruñido largo, apretándole las caderas. Se quedó adentro un rato, recuperando el aire, apoyado sobre ella. Después se sacó, tiró el preservativo, y se dejó caer al lado.
Mateo, entonces, se puso entre las piernas de Sofía. Se puso un preservativo y la penetró de frente, mirándola a los ojos. Sofía lo abrazó, le puso las piernas alrededor de la cintura. Lucas, al lado, se recostó y miró. Le acarició una teta a Sofía mientras Mateo la cogía.
—¿Te gusta? —le preguntó Mateo al oído.
—Sí.
—¿Te gusta que él mire?
—Sí.
—¿Te gusta que él te haya cogido?
—Sí. Mucho.
Mateo sonrió y siguió. La cogió despacio, mirándola, con Lucas al lado mirándolos. Sofía se vino otra vez, con la mano de Lucas en la teta y la pija de Mateo adentro. Se arqueó, gritó, apretó las piernas alrededor de Mateo. Mateo siguió un poco más, hasta que se vino él también, con la cara pegada al cuello de ella.
Se quedaron los tres quietos, transpirados, en la cama. Nadie hablaba. Solo se escuchaba la respiración.
Después, Lucas rompió el silencio:
—Bueno. Eso estuvo bueno.
—Estuvo bueno —dijo Mateo.
—Estuvo bueno —dijo Sofía, y se rió.
Se rieron los tres. Sin nervios, sin vergüenza. Como si fuera lo más natural del mundo.
La Doble
Se quedaron un rato tirados, hablando de pavadas, tomando agua. En un momento, Lucas tiró la idea:
—Che, ¿y si probamos algo?
—¿Qué? —preguntó Sofía.
—Vos en el medio. Los dos a la vez.
Mateo se rió.
—¿Ahora?
—¿Por qué no?
Sofía miró a los dos, se mordió el labio.
—¿Y cómo?
—Vos elegís —dijo Lucas—. Uno adelante, uno atrás. O lo que quieras.
Sofía pensó un segundo. Después se puso en cuatro, con la cola hacia arriba.
—Así —dijo—. Mateo adelante, Lucas atrás.
Mateo se puso un preservativo y se acomodó delante, sentado en la cama, con las piernas abiertas. Sofía se sentó sobre él, de espaldas, y se dejó caer despacio, hasta que la pija de Mateo la penetró. Después se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el pecho de Mateo, dejando la cola al aire.
Lucas, detrás, se puso un preservativo y se acercó. Le pasó un dedo mojado por el culo, primero. Después dos. Sofía gimió, se abrió. Lucas apoyó la punta de la pija en el culo de Sofía y esperó.
—¿Lista?
—Sí. Despacito.
Lucas entró despacio. Sofía apretó los dientes, se agarró del pecho de Mateo. Lucas entró hasta el fondo, con cuidado, y se quedó quieto.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Sí. Esperá un poco.
Se quedaron los tres quietos, conectados, respirando. Después Sofía se movió apenas, y los dos empezaron a moverse, despacio, coordinados. Uno entraba mientras el otro salía. Sofía, en el medio, se agarraba de Mateo y gemía.
—La puta madre —dijo Lucas—. Esto es un sueño.
Mateo se rió.
—Sí. Un sueño.
Sofía, entre los dos, no podía hablar. Solo gemía, se movía, los apretaba. Los dos la cogían despacio, con cuidado, sin apuro. Cada tanto paraban para que ella respirara. Y después seguían.
Duraron así unos diez minutos. Después Sofía se vino por tercera vez en la noche, con un grito largo, apretando los dos a la vez. Lucas se vino enseguida, y Mateo un segundo después. Los tres terminaron al mismo tiempo, enredados, sin aire.
Se sacaron los preservativos, se limpiaron, se tiraron en la cama. Nadie hablaba. Nadie podía. Estaban agotados, transpirados, felices.
Después de un rato, Sofía habló:
—Bueno. Eso fue...
—Sí —dijo Lucas.
—Sí —dijo Mateo.
—No tengo palabras —dijo Sofía.
—No hace falta —dijo Mateo.
Se rieron otra vez. Y se quedaron abrazados, los tres, en la cama chaqueña, con el ventilador girando y el fresco del otoño entrando por la ventana. Sin decir nada más.
A la mañana siguiente, Sofía se despertó primero. Los miró a los dos, dormidos, uno de cada lado. Sonrió. Se levantó despacio, se puso una remera de Mateo, y se fue a la cocina a hacer café.
Cuando volvió con las tazas, los dos ya estaban despiertos. Se sentaron en la cama, tomaron café, hablaron de boludeces. Como si la noche anterior no hubiera sido nada. Como si fuera lo más normal del mundo dormir los tres juntos, cogidos, después de haber hecho todo lo que hicieron.
—¿Y ahora? —preguntó Lucas.
—Ahora, desayuno —dijo Mateo.
—¿Y después?
—Después, lo que quieran.
Sofía, con la taza en la mano, los miró a los dos.
—Yo quiero que sigamos —dijo—. Así. Como estamos.
—¿Cómo estamos? —preguntó Lucas.
—Los tres. Juntos. Sin apuro.
Mateo asintió.
—Sin apuro.
Lucas también.
—Sin apuro.
Y se quedaron así, tomando café, en la cama, los tres. Con la certeza tranquila de que lo que habían armado no era un experimento. Era una forma de estar juntos. Y les gustaba.
—Vení —le dijo.
Lucas los siguió. Sin decir nada. Como si ya estuviera todo acordado.
En la pieza, la cama estaba hecha con sábanas limpias. Sofía se había preparado: debajo de la ropa, un conjunto de encaje negro, de esos con liguero y portaligas, con los pezones apenas velados por la transparencia. Lo había elegido pensando en esa noche. En la segunda vez. En hacerlo bien.
Mateo la sentó en el borde de la cama y le sacó el vestido por la cabeza. Lucas, desde la puerta, se quedó quieto mirándola. Cuando el vestido cayó al piso y quedó Sofía con el conjunto de encaje, Lucas se pasó la mano por la boca.
—La puta madre —dijo—. ¿Esto lo tenías puesto todo el día?
—Sí.
—Hija de puta.
Mateo se rió y le dio un beso en el hombro.
—Se preparó. Para vos. Para los dos.
Lucas se acercó, se arrodilló frente a ella y le besó el abdomen, justo arriba del portaligas. Le pasó la lengua por el borde del encaje. Sofía se estiró, se arqueó, le agarró la cabeza. Mateo, del otro lado, le soltó el corpiño por atrás y se lo sacó. Los pechos le quedaron al aire. Lucas, sin dejar de besarle la panza, le subió las manos hasta las tetas y se las apretó.
—Uff —dijo Sofía.
Mateo se sacó la remera, después el jean. Lucas también. En menos de un minuto los tres estaban en ropa interior, enredados en la cama, besándose. Sofía en el medio, otra vez. Pero esta vez no había nada que ver, nada que esperar. Era directo.
Lucas le bajó la bombacha del conjunto, despacio, con las dos manos. Se la sacó por los pies y la tiró al piso. Después se puso entre sus piernas y le pasó la lengua por la concha, largo, de abajo hacia arriba. Sofía gimió y le agarró el pelo. Mateo, al lado, se sacó el calzoncillo y se empezó a pajear, mirándolos.
Lucas la chupó un rato largo, con ganas, sin apuro. La hacía gemir, la hacía moverse. En un momento, metió dos dedos mientras seguía con la lengua. Sofía se agarraba de las sábanas.
—Lucas... pará un poco que me voy a ir.
—¿Y?
—Quiero que me cojas.
Lucas levantó la cabeza.
—¿Ya?
—Sí. Ya.
Lucas se sacó el calzoncillo. La pija le salió al aire, dura, con la punta brillante. Mateo le pasó un preservativo. Lucas se lo puso. Se acomodó entre las piernas de Sofía y apoyó la punta en la entrada.
—¿Lista?
—Sí.
Entró despacio, hasta el fondo. Sofía lo recibió con un gemido largo, con los ojos cerrados. Lucas se quedó quieto un segundo, dejándola acomodar. Después empezó a moverse, despacio primero, después más parejo.
Mateo, al lado, se acercó. Se puso de rodillas junto a la cabeza de Sofía y le ofreció la pija. Sofía abrió la boca y se la llevó. Y así quedó: cogida por Lucas abajo, chupando a Mateo arriba. En el medio, con las manos agarradas a las sábanas.
Los dos la usaban despacio, coordinados, sin apuro. Cada tanto paraban, se miraban, se reían. Era raro, era nuevo, era exactamente lo que los tres habían estado fantaseando. Lucas le agarraba las caderas y la movía contra él. Mateo le acariciaba el pelo y le levantaba la cabeza cada tanto para que respirara.
—¿Todo bien? —le preguntó Mateo, en un momento.
Sofía sacó la pija de la boca y contestó, con la voz ronca:
—Todo bien. No pares.
Mateo se rió y le volvió a meter la pija en la boca.
Lucas, abajo, empezó a ir más fuerte. Le agarró las caderas con las dos manos y la apretó contra él. El ritmo se hizo más parejo, más intenso. Sofía empezó a gemir más seguido, contra la pija de Mateo.
—Estoy cerca —dijo Lucas.
—Dale —dijo Mateo.
—¿Vos?
—Dale vos. Yo después.
Lucas siguió, más rápido, hasta que se vino con un gruñido largo, apretándole las caderas. Se quedó adentro un rato, recuperando el aire, apoyado sobre ella. Después se sacó, tiró el preservativo, y se dejó caer al lado.
Mateo, entonces, se puso entre las piernas de Sofía. Se puso un preservativo y la penetró de frente, mirándola a los ojos. Sofía lo abrazó, le puso las piernas alrededor de la cintura. Lucas, al lado, se recostó y miró. Le acarició una teta a Sofía mientras Mateo la cogía.
—¿Te gusta? —le preguntó Mateo al oído.
—Sí.
—¿Te gusta que él mire?
—Sí.
—¿Te gusta que él te haya cogido?
—Sí. Mucho.
Mateo sonrió y siguió. La cogió despacio, mirándola, con Lucas al lado mirándolos. Sofía se vino otra vez, con la mano de Lucas en la teta y la pija de Mateo adentro. Se arqueó, gritó, apretó las piernas alrededor de Mateo. Mateo siguió un poco más, hasta que se vino él también, con la cara pegada al cuello de ella.
Se quedaron los tres quietos, transpirados, en la cama. Nadie hablaba. Solo se escuchaba la respiración.
Después, Lucas rompió el silencio:
—Bueno. Eso estuvo bueno.
—Estuvo bueno —dijo Mateo.
—Estuvo bueno —dijo Sofía, y se rió.
Se rieron los tres. Sin nervios, sin vergüenza. Como si fuera lo más natural del mundo.
La Doble
Se quedaron un rato tirados, hablando de pavadas, tomando agua. En un momento, Lucas tiró la idea:
—Che, ¿y si probamos algo?
—¿Qué? —preguntó Sofía.
—Vos en el medio. Los dos a la vez.
Mateo se rió.
—¿Ahora?
—¿Por qué no?
Sofía miró a los dos, se mordió el labio.
—¿Y cómo?
—Vos elegís —dijo Lucas—. Uno adelante, uno atrás. O lo que quieras.
Sofía pensó un segundo. Después se puso en cuatro, con la cola hacia arriba.
—Así —dijo—. Mateo adelante, Lucas atrás.
Mateo se puso un preservativo y se acomodó delante, sentado en la cama, con las piernas abiertas. Sofía se sentó sobre él, de espaldas, y se dejó caer despacio, hasta que la pija de Mateo la penetró. Después se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el pecho de Mateo, dejando la cola al aire.
Lucas, detrás, se puso un preservativo y se acercó. Le pasó un dedo mojado por el culo, primero. Después dos. Sofía gimió, se abrió. Lucas apoyó la punta de la pija en el culo de Sofía y esperó.
—¿Lista?
—Sí. Despacito.
Lucas entró despacio. Sofía apretó los dientes, se agarró del pecho de Mateo. Lucas entró hasta el fondo, con cuidado, y se quedó quieto.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Sí. Esperá un poco.
Se quedaron los tres quietos, conectados, respirando. Después Sofía se movió apenas, y los dos empezaron a moverse, despacio, coordinados. Uno entraba mientras el otro salía. Sofía, en el medio, se agarraba de Mateo y gemía.
—La puta madre —dijo Lucas—. Esto es un sueño.
Mateo se rió.
—Sí. Un sueño.
Sofía, entre los dos, no podía hablar. Solo gemía, se movía, los apretaba. Los dos la cogían despacio, con cuidado, sin apuro. Cada tanto paraban para que ella respirara. Y después seguían.
Duraron así unos diez minutos. Después Sofía se vino por tercera vez en la noche, con un grito largo, apretando los dos a la vez. Lucas se vino enseguida, y Mateo un segundo después. Los tres terminaron al mismo tiempo, enredados, sin aire.
Se sacaron los preservativos, se limpiaron, se tiraron en la cama. Nadie hablaba. Nadie podía. Estaban agotados, transpirados, felices.
Después de un rato, Sofía habló:
—Bueno. Eso fue...
—Sí —dijo Lucas.
—Sí —dijo Mateo.
—No tengo palabras —dijo Sofía.
—No hace falta —dijo Mateo.
Se rieron otra vez. Y se quedaron abrazados, los tres, en la cama chaqueña, con el ventilador girando y el fresco del otoño entrando por la ventana. Sin decir nada más.
A la mañana siguiente, Sofía se despertó primero. Los miró a los dos, dormidos, uno de cada lado. Sonrió. Se levantó despacio, se puso una remera de Mateo, y se fue a la cocina a hacer café.
Cuando volvió con las tazas, los dos ya estaban despiertos. Se sentaron en la cama, tomaron café, hablaron de boludeces. Como si la noche anterior no hubiera sido nada. Como si fuera lo más normal del mundo dormir los tres juntos, cogidos, después de haber hecho todo lo que hicieron.
—¿Y ahora? —preguntó Lucas.
—Ahora, desayuno —dijo Mateo.
—¿Y después?
—Después, lo que quieran.
Sofía, con la taza en la mano, los miró a los dos.
—Yo quiero que sigamos —dijo—. Así. Como estamos.
—¿Cómo estamos? —preguntó Lucas.
—Los tres. Juntos. Sin apuro.
Mateo asintió.
—Sin apuro.
Lucas también.
—Sin apuro.
Y se quedaron así, tomando café, en la cama, los tres. Con la certeza tranquila de que lo que habían armado no era un experimento. Era una forma de estar juntos. Y les gustaba.
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