You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Capítulo Uno: La Mirada Que Lo Cambió Todo

Antes de meternos de lleno en esta historia, conviene conocer a quienes la protagonizan. Porque en Resistencia, ciudad de calles anchas y un calor que no da tregua, las cosas se cocinan despacio, a fuego lento, y estos tres no iban a ser la excepción.
Sofía tenía veinticinco años. Porteña de nacimiento, chaqueña por adopción después de mudarse por trabajo hacía un par de años. Rubia, delgada, estilizada, con ese abdomen plano que le daba un aire de fragilidad elegante. Pero lo que a todos llamaba la atención, sin que ella lo buscara, era su busto: abundante, generoso, que resaltaba todavía más por el contraste con su figura esbelta. Y abajo, una cola pequeña, firme, redonda, bien moldeada, de esas que se adivinan apenas se da vuelta. A primera vista, Sofía era simpática, dulce, un poco tímida, de las que hablan bajito y se ríen tapándose la boca. Pero por dentro, en la intimidad de su cabeza, habitaba un mundo entero de fantasías que la entusiasmaban y la excitaban hasta lo profundo, aunque le costaba horrores dar el primer paso para expresarlas. Era de las que piensan mucho, imaginan más y se animan poco. Hasta que algo las desbloquea.
Mateo tenía treinta y dos, también argentino, rubio, con una barba corta y cuidada que le daba un aire prolijo. De contextura delgada pero normal, proporcionado. Era compañero, atento, relajado. De esos novios que no se ponen celosos por pavadas y que, al contrario, disfrutan de ver a su mujer brillar. Con Sofía mantenía una relación de confianza absoluta, de esas donde se puede hablar de todo sin que se arme lío. Y justamente por eso, cuando la fantasía empezó a asomar, él no la frenó: la dejó crecer. Era abierto, curioso, y en el fondo también se calentaba con la idea de compartir. Era de los que piensan "si ella lo disfruta, yo lo disfruto".
Lucas tenía treinta y dos, igual que Mateo, y era su mejor amigo desde la facultad. De piel clara, cabello negro, barba corta descuidada a propósito. Atlético, bien definido, de esos cuerpos que se notan aunque use ropa suelta. Carismático, simpático, extrovertido, seguro de sí mismo. Era directo, "encarador", de los que dicen lo que piensan y no se hacen los misteriosos. Esa energía dinámica y desinhibida lo volvían el centro de cualquier grupo, el que hacía reír a todos, el que proponía el plan. Y esa seguridad, esa falta de vueltas, era exactamente lo que Sofía necesitaba del otro lado para animarse.
Tres personalidades que encajaban peligrosamente bien. Un novio abierto. Una novia con fantasías escondidas. Un amigo que no le tenía miedo a nada. Y un verano chaqueño que iba a hacer de las suyas.

El bar quedaba sobre la avenida Sarmiento, uno de esos bares chaqueños con ventiladores de techo que giraban sin convicción, mesas de plástico y un parlante que escupía cumbia a volumen moderado. Era viernes, el calor no daba tregua ni a la noche, y el grupo se había juntado como tantas otras veces: Mateo, Lucas, el Chino, la Vale. Nada del otro mundo.
Sofía se había preparado más de lo habitual, aunque no lo confesaría. Un vestido rojo, corto, con un escote que dejaba poco a la imaginación y un tajo lateral que subía peligrosamente cada vez que se sentaba o se inclinaba. No fue una decisión del todo consciente; fue más bien un impulso. Un "por qué no". Pero cuando se miró al espejo antes de salir, se dio cuenta de que ese vestido no era para Mateo. O no solo para Mateo.
En el bar, todo arrancó normal. Risas, chistes, el Chino contando una anécdota del laburo. Pero Sofía empezó a notar algo: Lucas, sentado enfrente, no le sacaba los ojos de encima. Al principio lo tomó como casualidad. Después, cuando se inclinó a agarrar los maníes del centro de la mesa y el escote se le abrió, Lucas directamente dejó de hablar a mitad de una frase. La Vale le tuvo que pegar un empujón.
—Che, Lucas, ¿estás? —le dijo, muerta de risa.
—Sí, sí, perdón. —Lucas se pasó la mano por la barba, sin ningún pudor—. Es que... nada.
Mateo, al lado de Sofía, no dijo nada. Pero le apretó la rodilla por debajo de la mesa. Un apretón cómplice, de esos que significan "te aviso después".
La noche siguió, pero el aire había cambiado. Sofía se reía más fuerte, se tocaba el pelo, se cruzaba y descruzaba las piernas. Y cada tanto, sin buscarlo, se encontraba con la mirada de Lucas. Él no la esquivaba. Al contrario, la sostenía. Como si le dijera algo sin hablar.
Cuando se fueron, en el auto, Mateo manejaba en silencio. Sofía miraba por la ventanilla, fingiendo distracción.
—Me miró toda la noche —dijo ella, al final, sin darse vuelta.
—Y vos te dejaste mirar.
—¿Yo?
—Vos. Con ese vestido, con esa forma de inclinarte. No te hagas la boluda. —Mateo se rió, sin maldad—. ¿Te gustó?
Sofía tardó en contestar.
—Un poco.
—¿Un poco nomás? Porque a mí me calentó verte así. Como que... no sé. Como que te exhibía.
Esa palabra le quedó dando vueltas. Exhibía. Esa noche, en la cama, cuando Mateo se la cogió, ella cerró los ojos y por primera vez, sin decirlo, pensó en Lucas. Y se vino como hacía rato no se venía.

0 comentarios - Capítulo Uno: La Mirada Que Lo Cambió Todo