En cuarentena conmamá
Capítulo 1

No sé por qué nadie se vio venir la pandemia delCOVID-25. Cualquiera pensaría que después de lo sucedido en 2020, un evento asíno debería sorprender a nadie. Sin embargo, todos nos relajamos, todos nosolvidamos del peligro de una enfermedad tan contagiosa.
Todo ocurrió con una rapidez brutal. Primeroaparecieron algunos casos aislados en el exterior. Después, como una sombra quese filtra por las rendijas, llegó a América, a la Argentina. El mismo procesode hacía cinco años, pero en versión acelerada, vertiginosa. Y esta nueva cepaera aún más contagiosa, más letal. De un día para otro se decretó unacuarentena mucho más estricta que cualquiera de las que habíamos conocido.
Eso sí: los noticieros repetían, casi como un rezotranquilizador, que la nueva vacuna llegaría pronto. Optimistas, hablaban dedos semanas; realistas, de un mes. Tenían que desarrollarla a partir de las yaexistentes, con pequeñas modificaciones.
Mientras tanto, nosotros no podíamos salir de casa.Solo los trabajadores de rubros indispensables seguían circulando, pero ya noalcanzaba con barbijos: tenían que usar cascos especiales, como astronautasurbanos. El resto del mundo debía permanecer encerrado, limitado al contactocon quienes ya convivíamos, siempre y cuando ninguno presentara síntomas. Erauna distopía hecha carne, una película de ciencia ficción transformada enrealidad.
En la pandemia anterior yo había sido apenas unchico, demasiado joven para entender las dimensiones de lo que estaba pasando.De todas formas, me la pasaba en casa. No conocía mucho más allá de la escuela.Pero ahora tenía dieciocho años. Ya era grande, o al menos así me sentía. Mimirada sobre las cosas era distinta, marcada por el despertar de mi sexualidad.Crecía, cambiaba, me agitaba por dentro. Y para colmo empezaban a pasarme cosasextrañas. Cosas que me preguntaba si era normal que pasara en un chico.
Vivía con tres mujeres. Mujeres prohibidas, sí.Pero, por algún motivo, no podía dejar de verlas con deseo.
Por un lado estaba mamá, de treinta y ocho años. Unarubia teñida, sí, pero rubia al fin, de ojos azules intensos. Su cuerpo eraperfecto, esculpido en las largas horas de gimnasio: cintura estrecha, senosgrandes y firmes, labios carnosos, y un culo que parecía diseñado para tentar acualquiera.
Era el sueño sexual de cualquier chico, y resultóser mi madre. No siempre la vi de esta manera, obvio. Pero, en el último año,al mismo tiempo que empezaba a despertarse mis deseos sexuales, me resultóimposible no notar que las mujeres que pasarían la cuarentena conmigo eran elarquetipo de la sensualidad y la belleza.
Luego estaba su hermana, o sea, mi tía: Mariana,ocho años menor. En nada se parecía a mamá. Tenía el cabello castaño, lacio,normalmente acompañado de un flequillo que le enmarcaba el rostro ovalado. Susojos eran marrones, su piel tersa, su boca carnosa y de una naturalidadarrebatadora. No alcanzaba la perfección de su hermana, pero tenía un atractivodistinto, más terrenal. Y, sobre todo, tenía un culo increíble y unas tetas queparecían un milagro: enormes, pesadas, espectaculares, y lo más sorprendente,completamente naturales.
Había sido mi primer amor platónico. Una vez, hacíaaños, me había atrevido a robarle un beso en la boca. Ella había respondidoriéndose, tratándome como a un niño. Pero para mí no había nada de infantil enese recuerdo. Sabía que la convivencia con la tía sería la más difícil, porquemientras que las demás eran prohibidas, ella era, además, mi amor imposible.
Y finalmente estaba mi hermana Luana, de dieciocho.Una especie de versión miniatura de mamá: labios carnosos, ojos claros, la pielmás suave que hubiera visto jamás. Su cabello castaño resaltaba todavía más esebrillo en la mirada. Tenía senos turgentes, un culo perfecto, y una costumbrepeligrosa: vestirse de manera provocadora hasta entre las paredes de la casa.Saber que debía pasar un tiempo indefinido encerrado con las tres era unacondena… y una fantasía.

El primer día de la cuarentena estricta ya empezaronlos conflictos. El motivo me pareció hasta gracioso. Las escuché gritar y salíde mi cuarto, preocupado.
Mamá y Luana estaban enfrentadas. Mamá sostenía ensu mano una bombachita blanca, pequeña, estampada de corazoncitos.
—Ya te dije que no dejes esto colgado en el baño,nena —le gritaba mamá, con el rostro encendido.
Era evidente que la prenda pertenecía a mi hermana.

—Bueno, tanto lío por esta pavada… ¡Ni que estuvierasucia! ¿Qué te pensás? —replicó ella, indignada, con las manos en la cintura.
Yo miraba todo desde el umbral, dividido entre elnerviosismo, la vergüenza y la fascinación. No podía evitar imaginar a Luanacon esa bombachita ajustada en ese culo perfecto que me obsesionaba, y la menteme traicionaba con pensamientos impuros.
Hacía calor, y la adolescente llevaba un shortcitodiminuto, ajustado, y una remerita corta que dejaba ver el ombligo. El pelosuelto le caía como una cascada y la piel brillaba con un leve sudor. Mamá, encambio, vestía un vestido sencillo pero elegante. Le gustaba mantenersearreglada incluso en casa, como si el encierro no fuera excusa para dejarseestar.
—Bueno, bueno… tranquila —intervino tía Mariana, queapareció desde el pasillo, caminando hacia el living donde estábamos todos.
Llevaba un jean ceñido y una remera gris ajustada.Cada paso que daba hacía rebotar sus enormes tetas, y los pezones se marcabandescaradamente en la tela, dejando en evidencia que no llevaba corpiño. Lavisión me dejó embobado; tragué saliva con desesperación.
—No hagan estas cosas delante del chico —agregó tía Mariana,mirándome con seriedad.
Recién entonces mamá pareció reparar en mipresencia. Con un gesto brusco, hizo un bollo con la bombacha y se la tiró a suhija.
—Tomá, hacete cargo —dijo.
Luana suspiró fastidiada y se alejó, moviendo lascaderas de un modo que parecía hecho a propósito para torturarme.
—Mirá, así no vas a aguantar ni una semanaencerrada… —le reprochó la tía a mamá, apoyándole una mano en el hombro.
—No metas púa, Marian —replicó ella, apartándose confastidio.
En segundos, ambas desaparecieron del living,dejándome solo con tía Mariana. Entonces se acercó, cosa que me puso nervioso.
—Vamos a tener que ser nosotros los que nos armemosde paciencia, porque ya sabés cómo son esas dos —me dijo.
Quedó enfrente mío. Me acarició la mejilla conternura. Tía Mariana siempre era muy cariñosa conmigo. Me trataba como si aúnfuera ese niño al que cuidaba cuando mamá y papá salían. El mismo que le habíaprometido, sonrojado, que sería su novio. La pobre no tenía idea de las ganasque tenía de chuparle las tetas y masturbarme con ellas, para después dejárselallena de leche.
—Sí, es verdad —dije con torpeza—. Qué suerte que tequedás con nosotros.
La tía había ido de visitas a casa, y la habíaagarrado la cuarentena. Luego, cuando las restricciones llegaron al nivel en elque estábamos ahora, ya no se pudo ir.
—Gracias, me alegra que al menos vos estés contento.
—Todos estamos contento —dije.
Ella sonrió y se acercó más a mí. Inevitablemente,sus tetas se apretaron suavemente en mi torso. Sentí que empezaba a corrersangre por mi verga, a toda velocidad, y tuve que hacer un esfuerzo enorme paraque no se me parara la pija, cuando me dio un tierno beso en la mejilla.
—Sos un amor —me dijo.
Me dejó ahí, y yo vi cómo, mientras se dirigía a lasescaleras, meneaba suavemente las caderas, obligándome a mirarle ese lindo culoque tenía.
Sacudí la cabeza, haciendo un esfuerzo por borraresos pensamientos oscuros. ¿Cómo era posible que le tuviera ganas a las mujeresde mi familia? Era cierto que estaban buenísimas, y que era muy difícilencontrar a tres minas como ellas, mucho menos todas juntas encerradas conmigo,pero no dejaba de ser algo inmoral.
Pero esos pensamientos oscuros no tardaron enaparecer cuando fui a la cocina y encontré a mamá, de perfil, preparándose uncafé. La luz tenue de la mañana se filtraba por la ventana y acariciaba suscurvas, dibujando sombras que parecían hechas para provocarme.
El vestido se le ajustaba deliciosamente al cuerpo,como una segunda piel. Mi mirada se detuvo en ese culo perfecto que últimamenteme obsesionaba. La tela marcaba cada contorno, cada curva, y debajo, apenasinsinuada, la bombachita se adivinaba como un secreto prohibido.
Ella, ajena a mi presencia, revolvía el azúcar en lataza con movimientos lentos, casi sensuales. El brazo levantado, el hombro aldescubierto, y yo hipnotizado, luchando entre la vergüenza y el deseo, con lamente inundada de imágenes que no debería permitirme.
El aroma del café recién hecho se mezclaba con elperfume suave que llevaba en la piel, una fragancia que me llegó como un golpebajo, directa al estómago. Y entonces lo supe: la cuarentena no sería solo unencierro… sería también una condena deliciosa.
—¿Todo bien? —le pregunté, apoyado en el marco de lapuerta.
Giró despacio y me clavó sus hermosos ojos azules.
—Sí… es esta pandemia de mierda —respondió con unsuspiro—. No puedo creer que otra vez estemos pasando por esto.
—Bueno, pero ya lo pasamos, ¿no? —comenté,acercándome a ella con una media sonrisa, intentando animarla.
—Sí, pero esta vez es diferente —dijo, bajando lavista hacia la taza de café.
—Porque no está papá —le solté, casi sin pensarlo.
Ella me miró de golpe, sorprendida por misinceridad, y asintió.
—Sí… —me reconoció en voz baja.
—Pero no te preocupes, yo las voy a cuidar —dije.
Rio suavemente, y ese sonido me atravesó el pechocomo una puñalada dulce. Me di cuenta de que había sido un tonto. ¿Yo cuidarlasa ellas? ¿Por qué? ¿Porque era el hombre de la casa? Era el menor de todos, y,para colmo, más que pensar en cuidarlas, soñaba con cogérmelas. Ella se diocuenta de inmediato de mi cambio de ánimo, y, como para no dejar el aire tancargado, agregó:
—Obvio que sé que nos vas a cuidar, pero… no es lomismo. Hay cosas que una solo puede hacer con un hombre, ¿entendés?
Claro que entendía. Lo entendía demasiado bien.
Entonces hice algo que me sorprendió incluso a mímismo. Me acerqué por detrás, despacio, casi conteniendo la respiración. Latomé de la cintura, y apoyé la frente en su hombro mientras ella seguíabatiendo el café, como si nada. El contacto me estremeció.
Al instante la rodeé con mis brazos, abrazándola pordetrás, y de manera inevitable apoyé mi pelvis contra ese culo impresionanteque me tenía obsesionado desde hacía meses. Sentí el calor de su cuerpofiltrarse a través de la tela fina del vestido.
Nunca había hecho algo así, pero ella, por algúnmotivo, no pareció sorprenderse. Al contrario: juraría que hizo un levemovimiento con las caderas, casi imperceptible, restregando su trasero contrami entrepierna. El roce fue suficiente para que mi cuerpo reaccionara conviolencia.
Me incliné apenas y le di un beso suave en el hombrodesnudo. La piel me supo a perfume, a crema, y sexo.
—Gracias… —murmuró ella, con una voz que me heló lasangre y me encendió al mismo tiempo.
Yo no me aparté. No podía. Mi cuerpo empezaba areaccionar de manera inevitable ante la sensación de tener esas nalgasperfectas presionadas contra mi verga.
—De nada… —le susurré, con la respiraciónentrecortada, hundiendo un poco más mi frente en su cuello.
Luego me separé de ella, con mucho esfuerzo. Jamáshabía hecho algo semejante, pero ese gesto había sido peligrosamenteplacentero. Salí de la cocina, temiendo que si me quedaba, podríadescontrolarme.
Era increíble lo naturalizado que tenía el hecho deque mi mamá me calentara, pero así era.
A la noche, Luana apareció en la puerta de micuarto.
Me pregunté, casi con bronca hacia mí mismo, desdecuándo carajo había empezado a verla a ella también de otra manera. No habíasido a partir de la pandemia; ese encierro solo había intensificado algo que yaestaba latente. Primero me llamaban la atención sus shorts diminutos, lastetitas firmes marcándose bajo la tela fina, la piel sin corpiño, la barrigaplana, sus ojitos claros. No podía evitar desearla, aunque hiciera lo imposiblepor disimularlo. Siempre había sido una buena hermana mayor, aunque bastantepesada cuando se lo proponía. Yo trataba de comportarme igual que siempre, peroera muy difícil.
Se metió en la cama como si nada y nos pusimos a veruna película que teníamos pendiente desde hacía rato. Charlamos un poco, en vozbaja.
—Mamá no va a aguantar tanto tiempo este encierro—dijo de repente, con un tono seguro.
—Bueno, no nos dejemos llevar por lo que pasó hoy—le respondí—. Es cierto que ella nunca suele contestar mal, a mí también mellamó la atención verla así, pero seguro que va a estar bien.
Mi hermana mayor soltó una risita irónica, mirándomede reojo.
—No entendés.
—¿Qué cosa no entiendo? ¿Lo decís por papá, porqueél ahora no está?
—Obvio —contestó ella—. Pero no es solo por papá. Lacosa es que ella ahora… —hizo una pausa, como disfrutando de mi intriga, ydespués remató—. Ella ahora no tiene una pija que la calme, ¿me entendés?
—¿Qué? —le pregunté, confundido, tragando saliva.
—Eso. Que mamá no puede estar más de dos días sincoger. ¿No lo sabías?
Me quedé en silencio, procesando. Tenía sentido. Apesar de que ya rondaba los cuarenta, mamá salía seguido. Siempre radiante,siempre impecable. Cada tanto aparecía un hombre en la casa, tipos que ellapresentaba como amigos, pero que era evidente que dormían ahí. A mí siempre mesorprendía que alguien tan seria y recatada en ciertos aspectos no pudieraevitar traer a esos tipos de ocasión, cuando era obvio que apenas los conocía.
Entonces recordé lo que me había dicho en la cocinaesa mañana, y las piezas empezaron a encajar.
—¿De verdad? ¿Es tan abierta con el sexo? —pregunté,intrigado.
—Abierta no —respondió Luana con una media sonrisa—.Adicta. Básicamente no puede estar más de dos días sin coger.
Me quedó mirando, con esa expresión maliciosa, yagregó con naturalidad:
—Si no se la cogen bien cogida, lo antes posible,vamos a estar en problemas. ¿Sabés cuáles son los síntomas? Irritabilidad,ansiedad, malhumor constante, insomnio, hasta ataques de llanto. Ya la vistehoy. Eso fue apenas el principio.
Yo la miré de perfil. Estábamos tirados en la cama.Ella tenía las piernas desnudas, largas, blancas y suaves, cruzadas condescuido sobre las sábanas. Sus ojos claros se desviaban hacia mí cada tanto,con una chispa que no podía interpretar del todo. Su sonrisa, de labios gruesosy tentadores, me parecía perfecta. Hermosa como mamá, distinta, pero igual deletal para mis nervios.
No pude evitar sentir unas ganas tremendas debesarla. No solo en la boca, sino en cada rincón de ese cuerpo joven queirradiaba sensualidad sin proponérselo.
—Habrá que esperar que la pandemia dure poco—murmuré, rompiendo el silencio con torpeza.
Luana se rio con un sonido bajo, casi burlón.
—Yo no soy tan optimista —dijo, girando un pocohacia mí—. Y de todas formas…
—¿De todas formas qué? —pregunté, con un hilo devoz.
—De todas formas, en el mejor de los casos, lasrestricciones durarán dos semanas. Una, si somos demasiado optimistas. Pero unasemana sin coger, para mamá… no tenés idea de lo terrible que puede ser.
Me estremecí. No solo por lo que decía, sino porcómo lo decía: con esos labios a centímetros de mí, como si la confesióncargara un veneno delicioso que me estaba intoxicando sin remedio.
—¿Querés que te muestre algo? —dijo Luana derepente, con una sonrisa maliciosa que yo ya conocía, esa que usaba cuandoestaba a punto de mandarse una travesura.
—¿Qué cosa? —pregunté, intrigado.
—Esperá.
Salió de mi cuarto y volvió unos minutos después conun pendrive entre los dedos. Sin decir más, lo conectó a mi televisor.
Enseguida comenzó a reproducirse un video, de no másde diez minutos. Al principio no entendía bien qué estaba viendo. Era unahabitación que no reconocía. De pronto apareció mamá en pantalla. Estaba entanga, y esa era su única prenda. Sus tetas desnudas rebotaban al compás de susmovimientos. El cabello rubio, recogido en un rodete improvisado, le dejaba lacara libre.
Un hombre desconocido entró en cuadro y se tiró enla cama, con la verga totalmente dura. El peso de su cuerpo hundió apenas elcolchón. Mamá se acomodó en posición horizontal, acomodando su perfecto cuerposin pudor, como si disfrutara mostrar su semidesnudez. Tomó ese miembro con unamano, dejando que sus dedos lo rodearan lentamente, acariciándolo con la yemaantes de apretarlo con firmeza.
Miró hacia la cámara con una sonrisa descarada,sosteniendo la mirada con un gesto provocador que parecía ensayado pero quetenía algo de auténtico. Se la llevó a la boca despacio, rozando primero lapunta con los labios pintados de rojo, dejando un brillo húmedo que resaltababajo el lente.
Empezó a chupársela con la misma devoción que yohabía visto tantas veces en películas porno, moviendo la cabeza con un ritmohipnótico, produciendo sonidos húmedos que llenaban la habitación. Cada vez quese apartaba apenas, un hilo de saliva quedaba colgando, estirándose hastaromperse, y enseguida volvía a hundirse con más ímpetu, cerrando los ojos comosi realmente lo disfrutara.
—¿Qué es esto? —pregunté, atónito, pero sin poderapartar la mirada del monitor, donde mamá se estaba comiendo la pija de esetipo.
—Esto es mamá, ¿o no la reconocés? —contestó Luana,disfrutando de mi desconcierto.
—Sí, pero… ¿quién es el tipo? ¿Por qué se dejógrabar?
—El tipo es un chongo con el que estuvo hace unosaños.
—¿Hace unos años? —repetí, alarmado—. ¿Cuandotodavía estaba con papá?
Luana me miró fijo, con una calma perturbadora.
—¿Y quién te pensás que es el que sostiene lacámara?
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Miré denuevo la pantalla. Mamá soltaba un espeso hilo de baba sobre la verga deldesconocido, que caía pesado y brillante, resbalando desde la comisura de suslabios hasta enredarse en la piel húmeda del miembro. El hilo se estirabalento, temblando bajo la luz, antes de romperse y deslizarse sobre el glande,dejándolo aún más brillante. Después empezó a masajearlo con la mano, cerrandolos dedos alrededor del tronco con un movimiento lento y juguetón, como sidisfrutara de la textura caliente y palpitante que respondía a cada caricia.
Yo no podía dejar de mirarla. Era mamá, sí. Estababuenísima, y la estaba viendo en esa situación tan íntima, tan violenta, y tanbella al mismo tiempo. Obviamente que sabía que tenía una vida sexual activa,pero nunca imaginé algo como esto. ¿Papá la entregaba a otros hombres?
Recordé a mi difunto padre, que había muerto haciaunos meses de un derrame cerebral. Por un instante sentí pena por él. Peroluego me di cuenta de que seguramente disfrutaba de esa relación turbia.Disfrutaba de ver cómo otros tipos se cogían a mamá.
Mi boca estaba hecha agua, y yo no dejaba de vercómo mi querida madre hacía esa magistral mamada.
A veces apretaba un poco más fuerte, otras apenas lorozaba con la punta de los dedos, como si quisiera provocarlo con esa mezcla defirmeza y ternura. Su muñeca giraba despacio, haciendo que la piel se deslizaraarriba y abajo, y en cada movimiento la saliva acumulada formaba pequeñosanillos resbaladizos que chasqueaban cuando ella cambiaba el ritmo.
Antes de volver a devorarlo con la boca, lo miraba,con esa sonrisa traviesa que parecía disfrutar del espectáculo tanto como él.Se inclinaba y abría bien la boca, tragándoselo hasta donde podía, dejandoescapar un gemido ahogado que vibraba contra la carne, como si cada succiónfuera también un desahogo.
Sus tetas se sacudían con cada movimiento,acompañando el vaivén de su cuerpo, rebotando con un ritmo marcado que parecíaseguir el compás de la mamada. Los pezones, duros, rozaban apenas la piel de supropio antebrazo cuando apretaba más el miembro con la mano.
El sonido húmedo de la mamada se mezclaba con suspropios gemidos sofocados, una sinfonía indecente que llenaba la habitación. Seoían los chasquidos de la saliva, las succiones rítmicas y, de vez en cuando,el resoplido entrecortado de mamá al apartarse para tomar aire, con la bocaempapada y los labios brillantes, lista para volver a empezar con más ganastodavía.
La cámara tembló y se acercó más, como si papá noquisiera perderse ningún detalle. El lente vibraba con cada respiración delhombre, y ese leve movimiento hacía que la imagen resultara todavía más real,como si yo mismo estuviera allí. Papá le quitó la tanga con un gesto brusco,apartando la tela diminuta que quedó colgando de uno de sus tobillos. Laacomodó con una mano firme, presionándola contra el colchón, y la penetró pordetrás. El ruido húmedo del primer contacto se mezcló con un gemido ahogado de mamá,tan claro que parecía resonar en mi propia garganta.
Solo se veía su pelvis, el vaivén constante de suscaderas, y su pija entrando una y otra vez en la húmeda hendidura de ella. Cadaembestida hacía que sus nalgas perfectas rebotaran contra él, brillando bajo laluz como si hubieran sido esculpidas para esa escena. La cámara se manteníafija en ese ángulo, dejando ver cómo la piel de papá se pegaba y se separaba dela de ella, cubierta por una capa de sudor y saliva que caía de la boca de mamá,todavía ocupada con la verga del otro tipo.
—Una sola pija no le alcanza —dijo Luana de repente,como si hubiera leído mis pensamientos antes de que yo mismo me atreviera aformularlos.
No contesté. No podía articular palabra. Me limité aseguir mirando, atrapado por esa imagen hipnótica: el vaivén con el que mamáera penetraba una y otra vez, el sonido rítmico de los choques de piel, ymientras tanto ella, hambrienta, seguía chupándole la verga al otro hombre. Senotaba en cada movimiento que no podía saciarse nunca, que su deseo era un pozosin fondo.
Sus gemidos se mezclaban con succiones húmedas y conlas respiraciones entrecortadas de los dos hombres, creando una atmósfera densaque me mantenía paralizado frente a la pantalla. Al final, el tipo al que se laestaba mamando tensó el cuerpo, soltó un gruñido grave y descargó todo en suboca. Papá tuvo que estirar el brazo para grabar esa hermosa imagen. Mamá nodudó ni un segundo: lo tragó todo de golpe, cerrando los ojos como si saborearaese instante, lamiendo lo que quedaba alrededor con un gesto obsceno yperfecto.
Luego papá, con un último empuje profundo que laarqueó por completo, retiró su miembro de su concha. El glande brillaba húmedo,hinchado, y enseguida eyaculó en el perfecto trasero de mamá, dejando chorrosespesos que se deslizaban por sus nalgas hasta perderse entre sus pliegues. Lacámara lo captó todo sin piedad, acercándose aún más hasta que no quedaba nadafuera de cuadro.
Cuando terminó el video, me quedé en silencio, conel pulso acelerado. Me di cuenta de que mi excitación era evidente. Mi vergaestaba durísima, y se había formado una carpa en mi pantalón.
Miré de reojo a mi hermana. En ese momento no memiraba, pero estaba seguro de que había notado mi erección. Y, por ende, sehabía dado cuenta de que me había calentado viendo cómo se cogían a mamá.
—Bueno, me voy a dormir —dijo con naturalidad, sinsiquiera mirarme.
Salió de la habitación con paso tranquilo. Quizás lohizo por amabilidad, por no avergonzarme.
Me quedé ahí, tirado en la cama, con la cabeza a mil.Sabía perfectamente que mamá no iba a ser la única que sufriera en esacuarentena.
Capítulo 1

No sé por qué nadie se vio venir la pandemia delCOVID-25. Cualquiera pensaría que después de lo sucedido en 2020, un evento asíno debería sorprender a nadie. Sin embargo, todos nos relajamos, todos nosolvidamos del peligro de una enfermedad tan contagiosa.
Todo ocurrió con una rapidez brutal. Primeroaparecieron algunos casos aislados en el exterior. Después, como una sombra quese filtra por las rendijas, llegó a América, a la Argentina. El mismo procesode hacía cinco años, pero en versión acelerada, vertiginosa. Y esta nueva cepaera aún más contagiosa, más letal. De un día para otro se decretó unacuarentena mucho más estricta que cualquiera de las que habíamos conocido.
Eso sí: los noticieros repetían, casi como un rezotranquilizador, que la nueva vacuna llegaría pronto. Optimistas, hablaban dedos semanas; realistas, de un mes. Tenían que desarrollarla a partir de las yaexistentes, con pequeñas modificaciones.
Mientras tanto, nosotros no podíamos salir de casa.Solo los trabajadores de rubros indispensables seguían circulando, pero ya noalcanzaba con barbijos: tenían que usar cascos especiales, como astronautasurbanos. El resto del mundo debía permanecer encerrado, limitado al contactocon quienes ya convivíamos, siempre y cuando ninguno presentara síntomas. Erauna distopía hecha carne, una película de ciencia ficción transformada enrealidad.
En la pandemia anterior yo había sido apenas unchico, demasiado joven para entender las dimensiones de lo que estaba pasando.De todas formas, me la pasaba en casa. No conocía mucho más allá de la escuela.Pero ahora tenía dieciocho años. Ya era grande, o al menos así me sentía. Mimirada sobre las cosas era distinta, marcada por el despertar de mi sexualidad.Crecía, cambiaba, me agitaba por dentro. Y para colmo empezaban a pasarme cosasextrañas. Cosas que me preguntaba si era normal que pasara en un chico.
Vivía con tres mujeres. Mujeres prohibidas, sí.Pero, por algún motivo, no podía dejar de verlas con deseo.
Por un lado estaba mamá, de treinta y ocho años. Unarubia teñida, sí, pero rubia al fin, de ojos azules intensos. Su cuerpo eraperfecto, esculpido en las largas horas de gimnasio: cintura estrecha, senosgrandes y firmes, labios carnosos, y un culo que parecía diseñado para tentar acualquiera.
Era el sueño sexual de cualquier chico, y resultóser mi madre. No siempre la vi de esta manera, obvio. Pero, en el último año,al mismo tiempo que empezaba a despertarse mis deseos sexuales, me resultóimposible no notar que las mujeres que pasarían la cuarentena conmigo eran elarquetipo de la sensualidad y la belleza.
Luego estaba su hermana, o sea, mi tía: Mariana,ocho años menor. En nada se parecía a mamá. Tenía el cabello castaño, lacio,normalmente acompañado de un flequillo que le enmarcaba el rostro ovalado. Susojos eran marrones, su piel tersa, su boca carnosa y de una naturalidadarrebatadora. No alcanzaba la perfección de su hermana, pero tenía un atractivodistinto, más terrenal. Y, sobre todo, tenía un culo increíble y unas tetas queparecían un milagro: enormes, pesadas, espectaculares, y lo más sorprendente,completamente naturales.
Había sido mi primer amor platónico. Una vez, hacíaaños, me había atrevido a robarle un beso en la boca. Ella había respondidoriéndose, tratándome como a un niño. Pero para mí no había nada de infantil enese recuerdo. Sabía que la convivencia con la tía sería la más difícil, porquemientras que las demás eran prohibidas, ella era, además, mi amor imposible.
Y finalmente estaba mi hermana Luana, de dieciocho.Una especie de versión miniatura de mamá: labios carnosos, ojos claros, la pielmás suave que hubiera visto jamás. Su cabello castaño resaltaba todavía más esebrillo en la mirada. Tenía senos turgentes, un culo perfecto, y una costumbrepeligrosa: vestirse de manera provocadora hasta entre las paredes de la casa.Saber que debía pasar un tiempo indefinido encerrado con las tres era unacondena… y una fantasía.

El primer día de la cuarentena estricta ya empezaronlos conflictos. El motivo me pareció hasta gracioso. Las escuché gritar y salíde mi cuarto, preocupado.
Mamá y Luana estaban enfrentadas. Mamá sostenía ensu mano una bombachita blanca, pequeña, estampada de corazoncitos.
—Ya te dije que no dejes esto colgado en el baño,nena —le gritaba mamá, con el rostro encendido.
Era evidente que la prenda pertenecía a mi hermana.

—Bueno, tanto lío por esta pavada… ¡Ni que estuvierasucia! ¿Qué te pensás? —replicó ella, indignada, con las manos en la cintura.
Yo miraba todo desde el umbral, dividido entre elnerviosismo, la vergüenza y la fascinación. No podía evitar imaginar a Luanacon esa bombachita ajustada en ese culo perfecto que me obsesionaba, y la menteme traicionaba con pensamientos impuros.
Hacía calor, y la adolescente llevaba un shortcitodiminuto, ajustado, y una remerita corta que dejaba ver el ombligo. El pelosuelto le caía como una cascada y la piel brillaba con un leve sudor. Mamá, encambio, vestía un vestido sencillo pero elegante. Le gustaba mantenersearreglada incluso en casa, como si el encierro no fuera excusa para dejarseestar.
—Bueno, bueno… tranquila —intervino tía Mariana, queapareció desde el pasillo, caminando hacia el living donde estábamos todos.
Llevaba un jean ceñido y una remera gris ajustada.Cada paso que daba hacía rebotar sus enormes tetas, y los pezones se marcabandescaradamente en la tela, dejando en evidencia que no llevaba corpiño. Lavisión me dejó embobado; tragué saliva con desesperación.
—No hagan estas cosas delante del chico —agregó tía Mariana,mirándome con seriedad.
Recién entonces mamá pareció reparar en mipresencia. Con un gesto brusco, hizo un bollo con la bombacha y se la tiró a suhija.
—Tomá, hacete cargo —dijo.
Luana suspiró fastidiada y se alejó, moviendo lascaderas de un modo que parecía hecho a propósito para torturarme.
—Mirá, así no vas a aguantar ni una semanaencerrada… —le reprochó la tía a mamá, apoyándole una mano en el hombro.
—No metas púa, Marian —replicó ella, apartándose confastidio.
En segundos, ambas desaparecieron del living,dejándome solo con tía Mariana. Entonces se acercó, cosa que me puso nervioso.
—Vamos a tener que ser nosotros los que nos armemosde paciencia, porque ya sabés cómo son esas dos —me dijo.
Quedó enfrente mío. Me acarició la mejilla conternura. Tía Mariana siempre era muy cariñosa conmigo. Me trataba como si aúnfuera ese niño al que cuidaba cuando mamá y papá salían. El mismo que le habíaprometido, sonrojado, que sería su novio. La pobre no tenía idea de las ganasque tenía de chuparle las tetas y masturbarme con ellas, para después dejárselallena de leche.
—Sí, es verdad —dije con torpeza—. Qué suerte que tequedás con nosotros.
La tía había ido de visitas a casa, y la habíaagarrado la cuarentena. Luego, cuando las restricciones llegaron al nivel en elque estábamos ahora, ya no se pudo ir.
—Gracias, me alegra que al menos vos estés contento.
—Todos estamos contento —dije.
Ella sonrió y se acercó más a mí. Inevitablemente,sus tetas se apretaron suavemente en mi torso. Sentí que empezaba a corrersangre por mi verga, a toda velocidad, y tuve que hacer un esfuerzo enorme paraque no se me parara la pija, cuando me dio un tierno beso en la mejilla.
—Sos un amor —me dijo.
Me dejó ahí, y yo vi cómo, mientras se dirigía a lasescaleras, meneaba suavemente las caderas, obligándome a mirarle ese lindo culoque tenía.
Sacudí la cabeza, haciendo un esfuerzo por borraresos pensamientos oscuros. ¿Cómo era posible que le tuviera ganas a las mujeresde mi familia? Era cierto que estaban buenísimas, y que era muy difícilencontrar a tres minas como ellas, mucho menos todas juntas encerradas conmigo,pero no dejaba de ser algo inmoral.
Pero esos pensamientos oscuros no tardaron enaparecer cuando fui a la cocina y encontré a mamá, de perfil, preparándose uncafé. La luz tenue de la mañana se filtraba por la ventana y acariciaba suscurvas, dibujando sombras que parecían hechas para provocarme.
El vestido se le ajustaba deliciosamente al cuerpo,como una segunda piel. Mi mirada se detuvo en ese culo perfecto que últimamenteme obsesionaba. La tela marcaba cada contorno, cada curva, y debajo, apenasinsinuada, la bombachita se adivinaba como un secreto prohibido.
Ella, ajena a mi presencia, revolvía el azúcar en lataza con movimientos lentos, casi sensuales. El brazo levantado, el hombro aldescubierto, y yo hipnotizado, luchando entre la vergüenza y el deseo, con lamente inundada de imágenes que no debería permitirme.
El aroma del café recién hecho se mezclaba con elperfume suave que llevaba en la piel, una fragancia que me llegó como un golpebajo, directa al estómago. Y entonces lo supe: la cuarentena no sería solo unencierro… sería también una condena deliciosa.
—¿Todo bien? —le pregunté, apoyado en el marco de lapuerta.
Giró despacio y me clavó sus hermosos ojos azules.
—Sí… es esta pandemia de mierda —respondió con unsuspiro—. No puedo creer que otra vez estemos pasando por esto.
—Bueno, pero ya lo pasamos, ¿no? —comenté,acercándome a ella con una media sonrisa, intentando animarla.
—Sí, pero esta vez es diferente —dijo, bajando lavista hacia la taza de café.
—Porque no está papá —le solté, casi sin pensarlo.
Ella me miró de golpe, sorprendida por misinceridad, y asintió.
—Sí… —me reconoció en voz baja.
—Pero no te preocupes, yo las voy a cuidar —dije.
Rio suavemente, y ese sonido me atravesó el pechocomo una puñalada dulce. Me di cuenta de que había sido un tonto. ¿Yo cuidarlasa ellas? ¿Por qué? ¿Porque era el hombre de la casa? Era el menor de todos, y,para colmo, más que pensar en cuidarlas, soñaba con cogérmelas. Ella se diocuenta de inmediato de mi cambio de ánimo, y, como para no dejar el aire tancargado, agregó:
—Obvio que sé que nos vas a cuidar, pero… no es lomismo. Hay cosas que una solo puede hacer con un hombre, ¿entendés?
Claro que entendía. Lo entendía demasiado bien.
Entonces hice algo que me sorprendió incluso a mímismo. Me acerqué por detrás, despacio, casi conteniendo la respiración. Latomé de la cintura, y apoyé la frente en su hombro mientras ella seguíabatiendo el café, como si nada. El contacto me estremeció.
Al instante la rodeé con mis brazos, abrazándola pordetrás, y de manera inevitable apoyé mi pelvis contra ese culo impresionanteque me tenía obsesionado desde hacía meses. Sentí el calor de su cuerpofiltrarse a través de la tela fina del vestido.
Nunca había hecho algo así, pero ella, por algúnmotivo, no pareció sorprenderse. Al contrario: juraría que hizo un levemovimiento con las caderas, casi imperceptible, restregando su trasero contrami entrepierna. El roce fue suficiente para que mi cuerpo reaccionara conviolencia.
Me incliné apenas y le di un beso suave en el hombrodesnudo. La piel me supo a perfume, a crema, y sexo.
—Gracias… —murmuró ella, con una voz que me heló lasangre y me encendió al mismo tiempo.
Yo no me aparté. No podía. Mi cuerpo empezaba areaccionar de manera inevitable ante la sensación de tener esas nalgasperfectas presionadas contra mi verga.
—De nada… —le susurré, con la respiraciónentrecortada, hundiendo un poco más mi frente en su cuello.
Luego me separé de ella, con mucho esfuerzo. Jamáshabía hecho algo semejante, pero ese gesto había sido peligrosamenteplacentero. Salí de la cocina, temiendo que si me quedaba, podríadescontrolarme.
Era increíble lo naturalizado que tenía el hecho deque mi mamá me calentara, pero así era.
A la noche, Luana apareció en la puerta de micuarto.
Me pregunté, casi con bronca hacia mí mismo, desdecuándo carajo había empezado a verla a ella también de otra manera. No habíasido a partir de la pandemia; ese encierro solo había intensificado algo que yaestaba latente. Primero me llamaban la atención sus shorts diminutos, lastetitas firmes marcándose bajo la tela fina, la piel sin corpiño, la barrigaplana, sus ojitos claros. No podía evitar desearla, aunque hiciera lo imposiblepor disimularlo. Siempre había sido una buena hermana mayor, aunque bastantepesada cuando se lo proponía. Yo trataba de comportarme igual que siempre, peroera muy difícil.
Se metió en la cama como si nada y nos pusimos a veruna película que teníamos pendiente desde hacía rato. Charlamos un poco, en vozbaja.
—Mamá no va a aguantar tanto tiempo este encierro—dijo de repente, con un tono seguro.
—Bueno, no nos dejemos llevar por lo que pasó hoy—le respondí—. Es cierto que ella nunca suele contestar mal, a mí también mellamó la atención verla así, pero seguro que va a estar bien.
Mi hermana mayor soltó una risita irónica, mirándomede reojo.
—No entendés.
—¿Qué cosa no entiendo? ¿Lo decís por papá, porqueél ahora no está?
—Obvio —contestó ella—. Pero no es solo por papá. Lacosa es que ella ahora… —hizo una pausa, como disfrutando de mi intriga, ydespués remató—. Ella ahora no tiene una pija que la calme, ¿me entendés?
—¿Qué? —le pregunté, confundido, tragando saliva.
—Eso. Que mamá no puede estar más de dos días sincoger. ¿No lo sabías?
Me quedé en silencio, procesando. Tenía sentido. Apesar de que ya rondaba los cuarenta, mamá salía seguido. Siempre radiante,siempre impecable. Cada tanto aparecía un hombre en la casa, tipos que ellapresentaba como amigos, pero que era evidente que dormían ahí. A mí siempre mesorprendía que alguien tan seria y recatada en ciertos aspectos no pudieraevitar traer a esos tipos de ocasión, cuando era obvio que apenas los conocía.
Entonces recordé lo que me había dicho en la cocinaesa mañana, y las piezas empezaron a encajar.
—¿De verdad? ¿Es tan abierta con el sexo? —pregunté,intrigado.
—Abierta no —respondió Luana con una media sonrisa—.Adicta. Básicamente no puede estar más de dos días sin coger.
Me quedó mirando, con esa expresión maliciosa, yagregó con naturalidad:
—Si no se la cogen bien cogida, lo antes posible,vamos a estar en problemas. ¿Sabés cuáles son los síntomas? Irritabilidad,ansiedad, malhumor constante, insomnio, hasta ataques de llanto. Ya la vistehoy. Eso fue apenas el principio.
Yo la miré de perfil. Estábamos tirados en la cama.Ella tenía las piernas desnudas, largas, blancas y suaves, cruzadas condescuido sobre las sábanas. Sus ojos claros se desviaban hacia mí cada tanto,con una chispa que no podía interpretar del todo. Su sonrisa, de labios gruesosy tentadores, me parecía perfecta. Hermosa como mamá, distinta, pero igual deletal para mis nervios.
No pude evitar sentir unas ganas tremendas debesarla. No solo en la boca, sino en cada rincón de ese cuerpo joven queirradiaba sensualidad sin proponérselo.
—Habrá que esperar que la pandemia dure poco—murmuré, rompiendo el silencio con torpeza.
Luana se rio con un sonido bajo, casi burlón.
—Yo no soy tan optimista —dijo, girando un pocohacia mí—. Y de todas formas…
—¿De todas formas qué? —pregunté, con un hilo devoz.
—De todas formas, en el mejor de los casos, lasrestricciones durarán dos semanas. Una, si somos demasiado optimistas. Pero unasemana sin coger, para mamá… no tenés idea de lo terrible que puede ser.
Me estremecí. No solo por lo que decía, sino porcómo lo decía: con esos labios a centímetros de mí, como si la confesióncargara un veneno delicioso que me estaba intoxicando sin remedio.
—¿Querés que te muestre algo? —dijo Luana derepente, con una sonrisa maliciosa que yo ya conocía, esa que usaba cuandoestaba a punto de mandarse una travesura.
—¿Qué cosa? —pregunté, intrigado.
—Esperá.
Salió de mi cuarto y volvió unos minutos después conun pendrive entre los dedos. Sin decir más, lo conectó a mi televisor.
Enseguida comenzó a reproducirse un video, de no másde diez minutos. Al principio no entendía bien qué estaba viendo. Era unahabitación que no reconocía. De pronto apareció mamá en pantalla. Estaba entanga, y esa era su única prenda. Sus tetas desnudas rebotaban al compás de susmovimientos. El cabello rubio, recogido en un rodete improvisado, le dejaba lacara libre.
Un hombre desconocido entró en cuadro y se tiró enla cama, con la verga totalmente dura. El peso de su cuerpo hundió apenas elcolchón. Mamá se acomodó en posición horizontal, acomodando su perfecto cuerposin pudor, como si disfrutara mostrar su semidesnudez. Tomó ese miembro con unamano, dejando que sus dedos lo rodearan lentamente, acariciándolo con la yemaantes de apretarlo con firmeza.
Miró hacia la cámara con una sonrisa descarada,sosteniendo la mirada con un gesto provocador que parecía ensayado pero quetenía algo de auténtico. Se la llevó a la boca despacio, rozando primero lapunta con los labios pintados de rojo, dejando un brillo húmedo que resaltababajo el lente.
Empezó a chupársela con la misma devoción que yohabía visto tantas veces en películas porno, moviendo la cabeza con un ritmohipnótico, produciendo sonidos húmedos que llenaban la habitación. Cada vez quese apartaba apenas, un hilo de saliva quedaba colgando, estirándose hastaromperse, y enseguida volvía a hundirse con más ímpetu, cerrando los ojos comosi realmente lo disfrutara.
—¿Qué es esto? —pregunté, atónito, pero sin poderapartar la mirada del monitor, donde mamá se estaba comiendo la pija de esetipo.
—Esto es mamá, ¿o no la reconocés? —contestó Luana,disfrutando de mi desconcierto.
—Sí, pero… ¿quién es el tipo? ¿Por qué se dejógrabar?
—El tipo es un chongo con el que estuvo hace unosaños.
—¿Hace unos años? —repetí, alarmado—. ¿Cuandotodavía estaba con papá?
Luana me miró fijo, con una calma perturbadora.
—¿Y quién te pensás que es el que sostiene lacámara?
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Miré denuevo la pantalla. Mamá soltaba un espeso hilo de baba sobre la verga deldesconocido, que caía pesado y brillante, resbalando desde la comisura de suslabios hasta enredarse en la piel húmeda del miembro. El hilo se estirabalento, temblando bajo la luz, antes de romperse y deslizarse sobre el glande,dejándolo aún más brillante. Después empezó a masajearlo con la mano, cerrandolos dedos alrededor del tronco con un movimiento lento y juguetón, como sidisfrutara de la textura caliente y palpitante que respondía a cada caricia.
Yo no podía dejar de mirarla. Era mamá, sí. Estababuenísima, y la estaba viendo en esa situación tan íntima, tan violenta, y tanbella al mismo tiempo. Obviamente que sabía que tenía una vida sexual activa,pero nunca imaginé algo como esto. ¿Papá la entregaba a otros hombres?
Recordé a mi difunto padre, que había muerto haciaunos meses de un derrame cerebral. Por un instante sentí pena por él. Peroluego me di cuenta de que seguramente disfrutaba de esa relación turbia.Disfrutaba de ver cómo otros tipos se cogían a mamá.
Mi boca estaba hecha agua, y yo no dejaba de vercómo mi querida madre hacía esa magistral mamada.
A veces apretaba un poco más fuerte, otras apenas lorozaba con la punta de los dedos, como si quisiera provocarlo con esa mezcla defirmeza y ternura. Su muñeca giraba despacio, haciendo que la piel se deslizaraarriba y abajo, y en cada movimiento la saliva acumulada formaba pequeñosanillos resbaladizos que chasqueaban cuando ella cambiaba el ritmo.
Antes de volver a devorarlo con la boca, lo miraba,con esa sonrisa traviesa que parecía disfrutar del espectáculo tanto como él.Se inclinaba y abría bien la boca, tragándoselo hasta donde podía, dejandoescapar un gemido ahogado que vibraba contra la carne, como si cada succiónfuera también un desahogo.
Sus tetas se sacudían con cada movimiento,acompañando el vaivén de su cuerpo, rebotando con un ritmo marcado que parecíaseguir el compás de la mamada. Los pezones, duros, rozaban apenas la piel de supropio antebrazo cuando apretaba más el miembro con la mano.
El sonido húmedo de la mamada se mezclaba con suspropios gemidos sofocados, una sinfonía indecente que llenaba la habitación. Seoían los chasquidos de la saliva, las succiones rítmicas y, de vez en cuando,el resoplido entrecortado de mamá al apartarse para tomar aire, con la bocaempapada y los labios brillantes, lista para volver a empezar con más ganastodavía.
La cámara tembló y se acercó más, como si papá noquisiera perderse ningún detalle. El lente vibraba con cada respiración delhombre, y ese leve movimiento hacía que la imagen resultara todavía más real,como si yo mismo estuviera allí. Papá le quitó la tanga con un gesto brusco,apartando la tela diminuta que quedó colgando de uno de sus tobillos. Laacomodó con una mano firme, presionándola contra el colchón, y la penetró pordetrás. El ruido húmedo del primer contacto se mezcló con un gemido ahogado de mamá,tan claro que parecía resonar en mi propia garganta.
Solo se veía su pelvis, el vaivén constante de suscaderas, y su pija entrando una y otra vez en la húmeda hendidura de ella. Cadaembestida hacía que sus nalgas perfectas rebotaran contra él, brillando bajo laluz como si hubieran sido esculpidas para esa escena. La cámara se manteníafija en ese ángulo, dejando ver cómo la piel de papá se pegaba y se separaba dela de ella, cubierta por una capa de sudor y saliva que caía de la boca de mamá,todavía ocupada con la verga del otro tipo.
—Una sola pija no le alcanza —dijo Luana de repente,como si hubiera leído mis pensamientos antes de que yo mismo me atreviera aformularlos.
No contesté. No podía articular palabra. Me limité aseguir mirando, atrapado por esa imagen hipnótica: el vaivén con el que mamáera penetraba una y otra vez, el sonido rítmico de los choques de piel, ymientras tanto ella, hambrienta, seguía chupándole la verga al otro hombre. Senotaba en cada movimiento que no podía saciarse nunca, que su deseo era un pozosin fondo.
Sus gemidos se mezclaban con succiones húmedas y conlas respiraciones entrecortadas de los dos hombres, creando una atmósfera densaque me mantenía paralizado frente a la pantalla. Al final, el tipo al que se laestaba mamando tensó el cuerpo, soltó un gruñido grave y descargó todo en suboca. Papá tuvo que estirar el brazo para grabar esa hermosa imagen. Mamá nodudó ni un segundo: lo tragó todo de golpe, cerrando los ojos como si saborearaese instante, lamiendo lo que quedaba alrededor con un gesto obsceno yperfecto.
Luego papá, con un último empuje profundo que laarqueó por completo, retiró su miembro de su concha. El glande brillaba húmedo,hinchado, y enseguida eyaculó en el perfecto trasero de mamá, dejando chorrosespesos que se deslizaban por sus nalgas hasta perderse entre sus pliegues. Lacámara lo captó todo sin piedad, acercándose aún más hasta que no quedaba nadafuera de cuadro.
Cuando terminó el video, me quedé en silencio, conel pulso acelerado. Me di cuenta de que mi excitación era evidente. Mi vergaestaba durísima, y se había formado una carpa en mi pantalón.
Miré de reojo a mi hermana. En ese momento no memiraba, pero estaba seguro de que había notado mi erección. Y, por ende, sehabía dado cuenta de que me había calentado viendo cómo se cogían a mamá.
—Bueno, me voy a dormir —dijo con naturalidad, sinsiquiera mirarme.
Salió de la habitación con paso tranquilo. Quizás lohizo por amabilidad, por no avergonzarme.
Me quedé ahí, tirado en la cama, con la cabeza a mil.Sabía perfectamente que mamá no iba a ser la única que sufriera en esacuarentena.
0 comentarios - En cuarentena con mamá 1