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Valle de Chalco

La casade Sandro, en una de las colonias populares de Valle de Chalco, siempre olía aaceite viejo de cocina y a pan tostado. El aroma se le pegaba a la ropa despuésde cada jornada en el local de hamburguesas. Cuando llegaba por las noches, sequitaba los zapatos en la entrada y dejaba caer las llaves sobre la mesa demadera con un golpe seco que era lo único que rompía el silencio.
Sequedaba unos segundos parado, mirando la sala vacía. El sillón gastado. La mesacon un solo plato. Afuera se oían perros, música lejana y el murmullo de lacolonia. Adentro, la casa parecía esperar algo que nunca llegaba.
A vecespensaba en sus hijos. En cómo se habían ido, uno por uno. No los culpaba. Perotampoco podía evitar preguntarse cuándo había dejado de ser necesario.
Se sentófrente a la computadora. La luz fría de la pantalla iluminó su rostro cansado.Era su ritual: abrir los mismos sitios, buscar distracción, sentir que alguienlo veía.
Ese fueel día en que Magali volvió a escribirle.
Chat
Magali:
¿Ya llegaste?
Sandroleyó el mensaje dos veces. Ella siempre preguntaba eso, como si su llegada aesa casa fuera importante.
Sandro:
Sí. Acabo de sentarme.
Magali:
¿Estás cansado?
Sandro:
Un poco. El turno estuvo pesado.
Magali:
Hoy pensé en ti todo el día.
Sandrosintió un pequeño nudo en el estómago.
Sandro:
¿Por qué?
Magali:
No sé. Me gusta cómo me hablas. Me hace sentir menos sola… y un poco excitada,aunque no debería decirlo.
La frasele cayó como una piedra caliente. Él también estaba solo. Y ella, a susveintiún años, era la única persona que le escribía con verdadera intención.
Magali:
¿Puedo llamarte?
Sandrodudó un segundo. Luego escribió:
Sandro:
Sí. Llámame.
Elteléfono vibró. La casa dejó de estar en silencio.
La voz deMagali era suave, casi tímida:
—¿Cómoestás?
—Bien…—respondió él, aunque la fatiga se le notaba.
—Teescuchas cansado. Yo también… Hoy discutí con mi mamá. Dice que estoy rara.
—¿Y túqué le dijiste?
—Nada. Nome escucha. A veces pienso que… podría irme.
Sandroabrió los ojos.
—¿Adónde?
Magalirespiró hondo. La voz le tembló apenas:
—A tucasa.
Elsilencio se hizo denso. Pesado. Real.
Sandromiró alrededor: la sala vacía, el sillón hundido, las paredes que olían asoledad. Y por primera vez pensó que tal vez algo irreversible estaba por suceder.
Sandro noesperaba que ese martes fuera distinto. Salió del turno con las manos oliendo agrasa y los zapatos polvorientos. Al abrir la puerta, la casa estabasilenciosa… pero había algo en el aire.
Lasllaves cayeron sobre la mesa con un golpe más fuerte de lo normal.
Yentonces la vio.
Magaliestaba de pie junto al sillón gastado, con una mochila pequeña a sus pies.Llevaba puesta la blusa blanca semitransparente del uniforme escolar y unafalda corta. Debajo, apenas se adivinaba el contorno de un brasier claro y unatanga. La silueta esbelta, la cintura marcada, las caderas suaves y las piernaslargas contrastaban con la austeridad gris de la sala de ladrillo visto.
Sandro sequedó inmóvil.
Ellalevantó la mirada. Sus ojos brillaron.
—Hola…—dijo con una voz más frágil que la del teléfono—. Vine… como te dije. Vine aquedarme.
—Magali…no puedes simplemente aparecer así.
Ella nobajó la mirada.
—Sípuedo. Y ya lo hice. Quiero estar aquí. Contigo. Aunque sea de la forma que túdigas.
Sandrorespiró hondo. El aire de la habitación se volvió espeso. Caminó hasta ella, larodeó lentamente, dejándola sentir su presencia. Detuvo la mirada en el escoteapenas transparente, en la curva de sus pechos, en la línea de la tanga que semarcaba bajo la falda.
—Si tequedas —dijo con voz baja y firme—, se hace bajo mis reglas. Completas. Sinexcepciones.
Magalitragó saliva, pero asintió.
—Estábien… quiero tus reglas.
Sandrofue hasta el cajón de la mesa y sacó un cuaderno viejo y un bolígrafo. Escribióen silencio mientras ella lo observaba. Luego le tendió la hoja.
Contratode Sumisión
A partir de este momento, Magali pertenece a esta casa y a Sandro. Su única vestimenta permitida dentro de la vivienda serán brasieres transparentes, tangas y tacones altos. Nada más. Deberá mantenerse disponible en todo momento: cuerpo, atención y obediencia. Cualquier falta (desorden, demora, desobediencia) será corregida de inmediato, incluyendo nalgadas y cualquier otro castigo que Sandro considere necesario. No saldrá de la casa sin permiso explícito. Las ventanas permanecerán cerradas. Su nombre dentro de estas paredes podrá ser cambiado cuando Sandro lo decida. Acepta que su cuerpo será usado según el deseo de Sandro, sin necesidad de pedir permiso cada vez.Al finalhabía una línea para firmar.
Magalileyó despacio. Las mejillas se le colorearon. Cuando llegó a la parte delcuerpo y las nalgadas, apretó los labios, pero no retrocedió. Tomó el bolígrafocon dedos ligeramente temblorosos y firmó.
—Ya está—susurró—. Soy tuya.
Sandrotomó la hoja, la dobló y la guardó.
—Quítatela ropa del uniforme. Ahora.
Ellaobedeció sin preguntar. Se desabrochó la blusa, dejó caer la falda. Quedó solocon un brasier blanco semitransparente que apenas cubría los pezones oscuros yuna tanga del mismo color que se perdía entre sus nalgas. Los tacones negrosque él había dejado sobre la mesa esperaban a un lado.
—Póntelos—ordenó.
Magali secalzó los tacones. La postura cambió de inmediato: la espalda se arqueó unpoco, las caderas se marcaron más, el trasero se tensó. La tanga se le hundióun poco más entre los labios.
Sandro lamiró de arriba abajo con calma lenta, casi cruel.
—Así. A partirde ahora, así te vas a vestir todos los días. Nada más. Quiero verte siempredisponible.
Magalibajó la vista un segundo, luego lo miró de nuevo. Había vergüenza en sus ojos…pero también un brillo oscuro de aceptación.
—Sí,Sandro… como digas.
Él seacercó, le pasó dos dedos por la curva de la cadera, rozando el elástico de latanga, y luego le dio una nalgada seca, no demasiado fuerte, solo para marcarel inicio.
El sonidoresonó en la sala vacía.
Magalisoltó un pequeño jadeo y se quedó quieta, respirando agitada, esperando.
La casa,por primera vez en años, ya no olía solo a soledad.
Laprimera noche, Magali durmió en el cuarto pequeño junto a la cocina. Solollevaba el brasier transparente y la tanga negra que Sandro le había obligado aponerse. El calor de Valle de Chalco se filtraba entre los ladrillos y lepegaba la tela fina a la piel. Cada vez que se movía, la tanga se le hundía unpoco más entre las nalgas y el brasier se volvía casi invisible sobre sus pezones.
Sandroentró una sola vez, ya entrada la madrugada. No la tocó. Solo se quedó de piejunto a la cama, mirándola. La luz del pasillo le dibujaba el cuerpo: la curvade la cintura, el volumen suave de los pechos bajo la transparencia, eltriángulo oscuro de la tanga. Magali abrió los ojos a medias, lo vio, y no secubrió. Se quedó quieta, respirando agitada, dejando que la mirara todo lo quequisiera.
—Buenasnoches, Sandro… —susurró.
Él norespondió. Solo cerró la puerta y se fue.
Alamanecer, el ruido de la cafetera la despertó. Sandro ya estaba vestido con eluniforme del trabajo. Magali se levantó de inmediato, se calzó los tacones ysalió al pequeño comedor. El brasier transparente dejaba ver claramente lospezones endurecidos por el fresco de la mañana. La tanga apenas cubría nada.
Sandro lamiró de arriba abajo mientras se servía el café y ponía un plato con huevos ypan tostado.
—Ven.
Ella seacercó. Él la hizo girar despacio, le ajustó la tanga con dos dedos, lepellizcó un pezón a través de la tela fina y le dio una nalgada seca.
—Así.Todos los días quiero verte así cuando me despierte.
—Sí,Sandro… —respondió ella con voz baja, casi agradecida—. Como quieras.
Él sesentó en la silla de la cabecera de la mesa, acomodó el plato delante y abriólas piernas.
—Derodillas. Ahora.
Magaliobedeció sin dudar. El sonido de los tacones contra el cemento fue el únicoruido mientras se arrodillaba entre sus muslos. Sandro bajó el cierre delpantalón con calma, sacó la verga ya semi-dura y la dejó caer pesada frente ala cara de ella.
—Ábrela.Y no te detengas hasta que me corra. Ese va a ser tu desayuno.
Magaliabrió la boca. Primero lamió la cabeza con lengua lenta, después la engullócompleta, dejando que le golpeara la garganta. Sandro empezó a comer como sinada: daba un bocado de huevo, bebía un sorbo de café, y de vez en cuando leagarraba el cabello para empujarla más profundo.
—Máslento… así… buena puta —murmuró entre bocado y bocado.
Ella gemíaahogada alrededor de su verga, saliva escurriéndole por la barbilla y cayendosobre sus pechos desnudos bajo el brasier transparente. Cada vez que Sandroempujaba, la tanga se le humedecía más. Él lo notó.
—Miracómo se te moja solo por tenerme en la boca mientras desayuno. Qué fácil eres.
Magalisolo pudo emitir un gemido de aceptación, sin soltarlo.
Sandroterminó el plato con calma. Cuando apuró el último sorbo de café, le agarró lacabeza con las dos manos y la usó de verdad: embestidas profundas, rápidas, sinpiedad. Magali se atragantaba, lágrimas le salían de los ojos, pero no seapartaba. Al contrario, abría más la garganta y se dejaba usar.
—Trágatelotodo —ordenó con voz ronca—. No dejes caer ni una gota. Ese es tu desayuno.
Se corrióprofundo, pegado a su garganta. Magali tragó con esfuerzo, una, dos, tresveces, hasta que no quedó nada. Cuando él la soltó, ella se quedó de rodillas,boca abierta, mostrando la lengua limpia.
—Ya me lotragué, Sandro… todo.
Él lepasó el dorso de la mano por la mejilla, casi con cariño cruel.
—Bien.Ahora limpia la mesa y ponte a trapear. Quiero la casa impecable cuandoregrese. Y no te atrevas a quitarte ni el brasier ni la tanga.
Magali selevantó con las piernas temblando, el sabor salado todavía en la boca, y asintió.
—Comodigas… estaré esperándote así.
Sandrorecogió las llaves, le dio una última nalgada fuerte que la hizo dar unsaltito, y salió. La puerta se cerró con llave.
Magali sequedó sola en la sala, vestida solo con la ropa interior transparente y lostacones, el sabor de él todavía en la lengua, y empezó a limpiar. Cada vez quese agachaba, la tanga se le clavaba entre los labios y el brasier se le pegabaa los pechos sudados. Y aunque la casa olía a grasa y a polvo de Valle deChalco, por primera vez en mucho tiempo… también olía a sexo.
Sandrollegó esa tarde con el olor a grasa todavía pegado a la piel y el cansancioclavado en los hombros. Abrió la puerta y lo primero que vio fue a Magali derodillas trapear el piso de la sala, vestida solo con el brasier transparenteempapado de sudor y la tanga negra que se le había metido entre los labios. Lostacones resonaban cada vez que se movía. El culo perfectamente expuesto, lasnalgas marcadas todavía por la nalgada de la mañana.
Él nodijo nada. Caminó directo al cuarto, se cambió de camisa y al momento deabrocharse notó el pliegue torcido en el cuello. Un detalle mínimo. Ridículo.Suficiente.
Volvió ala sala sosteniendo la camisa.
—Magali.
Ellalevantó la cara de inmediato, con esa mirada de perra bien entrenada.
—Sí,Sandro…
—Venaquí. De pie. Ahora.
Selevantó rápido. Él le mostró el pliegue.
—¿Esto teparece aceptable?
—Losiento… no me di cuenta. Lo plancho otra vez ahora mismo.
—No. Yano.
La agarródel brazo y la arrastró hasta el sillón. Se sentó y la tiró de bruces sobre susrodillas como si no pesara nada. La tanga se le subió sola entre las nalgas.Sandro se la bajó de un tirón hasta los tacones y la dejó completamenteexpuesta.
—Cuenta.
Laprimera nalgada resonó como un latigazo. La marca roja apareció al instante.
—¡Uno…!—jadeó ella.
Segunda.Más fuerte. La mano abierta le cubría casi toda la nalga.
—¡Dos…!
Tercera.Cuarta. Quinta. Cada golpe más salvaje, más seco, haciendo rebotar la carne.Magali se retorcía sobre sus piernas, pero no intentaba escapar. Al contrario:abría más las piernas y levantaba el culo para recibirlo mejor.
—¡Seis…siete… ocho…!
Sandro nose detuvo en diez. Llegó a veinte. Las nalgas de Magali estaban encendidas,hinchadas, de un rojo violento. Ella lloriqueaba, babeaba sobre el sillón, peroseguía contando con voz rota y sumisa.
—Veinte…perdón, Sandro… perdón por fallar…
Él laempujó al piso de rodillas, le agarró el cabello y le abrió la boca con losdedos.
—Vas achupar hasta que yo diga. Y si te detienes, empiezo otra vez con el culo.
Se sacóla verga ya dura y se la metió hasta la garganta de un solo embate. Magali seatragantó, lágrimas le saltaron de los ojos, pero abrió más la boca y se dejóusar. Sandro le follaba la cara sin piedad, agarrándola de las dos coletas queella misma se había hecho esa mañana “para estar más presentable”. Cadaembestida le golpeaba la garganta, saliva y mocos le escurrían por el pecho,empapando el brasier transparente hasta dejarlo inútil.
Cuandoestuvo al borde, la sacó de la boca de un jalón y le escupió en la lengua.
—Trágatelo.Y quédate con la boca abierta.
Ellaobedeció. Sandro se puso de pie, la levantó como un saco y la tiró de pechosobre la mesa de la cocina. Le separó las nalgas con las dos manos y le escupiódirecto en el agujero.
—Hoy tevoy a abrir los dos. Y vas a darme las gracias por cada embestida.
Primerole metió dos dedos en el coño, ya empapado. Después tres. La estiró sincuidado. Magali gemía contra la madera, las manos agarradas al borde de lamesa, los tacones temblando en el piso.
—Porfavor… úsame… haz lo que quieras conmigo…
Sandro sealineó y se la embistió de una sola embestida hasta el fondo. El golpe seco desus caderas contra el culo castigado resonó en toda la casa. Empezó a follarlacon violencia, sin ritmo, solo fuerza bruta. Cada embestida le hacía rebotarlos pechos contra la mesa y le sacaba un grito ahogado.
Cuandosintió que el coño ya estaba blando y abierto, se la sacó, le escupió otra vezen el culo y empezó a empujar la cabeza de la verga contra el anillo apretado.
—Relájate.O te lo meto a la fuerza.
Magalirespiró hondo, empujó hacia atrás y se abrió lo más que pudo.
—Mételo…por favor… quiero sentirte entero…
Sandroempujó. Lento al principio, sintiendo cómo el agujero se resistía y despuéscedía. Cuando la cabeza pasó, le dio una embestida profunda que le arrancó ungrito a Magali. Se la folló el culo con la misma salvajada, agarrándola de lascaderas con tanta fuerza que le iba a dejar moretones. Cada tanto le soltabauna nalgada encima de las marcas anteriores, haciendo que el esfínter seapretara alrededor de su verga.
—Eres unagujero con patas… mi agujero… diganlo.
—Soy tuagujero… solo tu agujero… úsame el culo todo lo que quieras, Sandro…
Él secorrió adentro, profundo, llenándola. Se quedó clavado un rato, respirandopesado, mientras Magali temblaba debajo de él, el semen empezando a escurrirlepor los muslos.
Cuando seretiró, el agujero quedó semi-abierto y goteando. Sandro le limpió la verga enlas nalgas rojas y le dio una última nalgada.
—Quédateasí. No te limpies. Quiero verte con mi leche saliéndote del culo mientrasterminas de limpiar la casa.
Magaliasintió con la cara todavía pegada a la mesa, la voz ronca y sumisa:
—Sí,Sandro… no me limpio… me quedo así para ti…
Él sesubió el pantalón, se sirvió un vaso de agua y se sentó en el sillón a mirarla.Magali se bajó de la mesa con las piernas temblando, el semen escurriéndoleentre los muslos, las nalgas en llamas, el brasier hecho un desastretransparente, y retomó el trapeador exactamente donde lo había dejado.
La casaolía a sexo crudo, a nalgadas y a sumisión.
Y Sandrosonrió por primera vez en mucho tiempo.
Sandrollegó cuando el sol ya se estaba metiendo detrás de los techos de lámina deValle de Chalco. Abrió la puerta y encontró a Magali de rodillas trapear elrincón de la sala, el brasier transparente pegado a los pechos por el sudor yla tanga negra perdida entre las nalgas. Los tacones temblaban cada vez que semovía.
Él cerróla puerta con llave, se quitó el cinturón despacio y lo dobló entre las manos.El sonido del cuero al doblarse hizo que ella levantara la cabeza de inmediato.
—Hoy noeres Magali —dijo con voz baja, casi tranquila—. Hoy eres mi perra.¿Entendiste?
Ellatragó saliva, pero sus ojos se oscurecieron de aceptación.
—Sí, dueño…soy tu perra.
—Entoncesponte a cuatro patas. Ahora.
Magali sequitó los tacones con dedos torpes y bajó al piso. Sandro se acercó, le pasó elcinturón alrededor del cuello y lo apretó hasta que ella soltó un jadeo. Usó elextremo libre como correa y tiró una vez, seco.
—Gatea.
Ellaempezó a gatear por la sala. El brasier transparente colgaba y dejaba ver lospezones duros. La tanga se le había torcido y el hilo se le clavaba entre loslabios. Cada vez que Sandro tiraba de la correa, ella soltaba un quejidoahogado.
—Ladra.
—Guau…—su voz salió temblorosa, humillada.
—Másfuerte, perra.
—¡Guau!¡Guau!
Sandrosonrió con dureza y la llevó hasta la cocina. Del piso sacó un balde viejo deplástico que antes usaba para el agua de la fregona. Lo tiró al suelo frente aella.
—Ese estu plato. Come.
Magalimiró el balde vacío un segundo. Sandro le dio un cinturonazo seco en el culo.El cuero cantó contra la piel y el ardor subió de inmediato desde las nalgashasta el coño, convirtiéndose en un calor sexual casi doloroso.
—¡Ah…!Perdón, dueño…
Élescupió dentro del balde y después se sacó la verga, se masturbó dos veces ydejó caer un hilo de saliva y líquido preseminal.
—Come,perra. Muestra lo agradecida que estás.
Magalibajó la cara al balde y empezó a lamer. El sabor salado de él se mezcló con elolor a grasa de hamburguesa que todavía traía Sandro encima. Mientras lamió, élle dio otro latigazo con el cinturón. El sonido fue húmedo y carnoso. Lasnalgas de ella latieron después del golpe, como si tuvieran pulso propio.
—Así secome, puta. Más profundo.
Ellametió la lengua hasta el fondo del balde, lamiendo cada rastro, mientras elardor del cinturón le subía por la espalda y le empapaba la tanga. Las marcaslargas y rojas empezaban a volverse moradas.
Cuando elbalde estuvo limpio, Sandro tiró de la correa y la arrastró de nuevo a la sala.La tiró de pecho sobre el sillón, culo en alto, cara aplastada contra elasiento.
—Presenta.
Magaliabrió las rodillas todo lo que pudo, arqueó la espalda y levantó el culo,ofreciéndolo. La tanga estaba tan torcida que casi no cubría nada. Sandro se labajó de un tirón hasta los muslos y empezó a azotarla con el cinturón deverdad.
Uno. Dos.Tres.
Cadagolpe dejaba una línea roja viva. El ardor se transformaba en calor que lellegaba directo al coño. Ella gemía y ladraba entre golpe y golpe:
—¡Guau…!¡Perdón, dueño! ¡Tu perra se portó mal…!
El latidode las nalgas se volvió tan fuerte que sentía el pulso en todo el cuerpo.Estaba completamente abierta, expuesta, las nalgas hinchadas y rojas. CuandoSandro le escupió encima de las marcas, el escozor la hizo gritar y temblar.
—¿Quéeres?
—¡Tuperra…! ¡Solo tu perra…!
—¿Y quéhace una perra?
—¡Se dejausar… se deja pegar… come de su balde y abre el culo para su dueño!
Sandrotiró el cinturón, se arrodilló detrás de ella y se la embistió de una solaembestida. El crujido del sillón mezclado con el sonido húmedo de su culorecibiendo la verga llenó la casa. La follaba con violencia, tirando de lacorrea al mismo tiempo, obligándola a arquear más el cuello.
—Ladramientras te cojo.
—¡Guau…guau… ah, dueño…!
La babale colgaba de la boca y caía al asiento del sillón. El brasier transparenteestaba empapado y pegado a los pezones. Cada embestida hacía que el semenanterior y la saliva le escurrieran por los muslos, mezclándose con el rojoviolento de las nalgas.
Sandro sela sacó, le abrió las nalgas con las dos manos y le escupió directo en elagujero. Después se la metió en el culo sin avisar. Magali gritó y ladró almismo tiempo. El temblor de sus muslos era incontrolable. Las rodillas leflaqueaban.
—Aguanta,perra. Esto es tuyo.
La usóhasta que se corrió profundo dentro del culo. Cuando se retiró, el semen empezóa gotear al piso entre las rodillas de ella, con un sonido blando y obsceno. Elolor a sexo crudo, sudor y piel castigada llenó la sala, mezclado con el olor agrasa que Sandro siempre traía del trabajo.
Él sepuso de pie, todavía sosteniendo la correa, y miró a Magali temblando en elpiso, las nalgas en llamas, el agujero goteando, la cara llena de baba ylágrimas.
—Lame elpiso. Limpia lo que se te cayó.
Magali,todavía con el cinturón apretándole el cuello, bajó la cara y empezó a lamer supropio semen del cemento. Cada vez que la lengua tocaba el piso, un gemidohumillado se le escapaba.
—Buenasperras limpian su desorden —dijo Sandro, dándole un último cinturonazo suavesobre las marcas ya moradas—. Quédate así. De rodillas. Con la correa puesta.Hasta que yo diga que puedes moverte.
Magalilevantó la vista solo un segundo, los ojos vidriosos, la voz rota y sumisa:
—Sí,dueño… tu perra se queda aquí… esperando.
Y sequedó exactamente como él ordenó: a cuatro patas, el culo al aire, el semenescurriéndole, las nalgas latiendo, el cinturón colgándole del cuello como elúnico adorno que necesitaba.
La casa,por primera vez, olía a perra bien entrenada.
 
 

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